Inimpugnable – Capítulo XIII: Una velada incómoda

Era una tarde lluviosa y muy desapacible. Eudald estaba sentado en su nuevo sillón de cuero, mirando la televisión, mientras Lolita planchaba en la habitación contigua. Llevaban así un par de horas, cuando Eudald le pidió a Lolita un vaso de Brandy. Tenían más de diez botellas: Soberano, 103, Fundador, Terry, Carlos III, Lepanto, Torres, Carlos I, Duque de Alba… Le preguntó cuál quería y respondió que el que estuviese más lleno. Al servírselo, le anunció la llegada de invitados a la casa.

—Mañana por la noche vendrán a cenar dos colegas míos, de la facultad —le informó a Lolita mientras hojeaba un informe médico—. Joan y Esther. Son médicos brillantes y con ideas interesantes. Espero que estés a la altura, Dolores.

El uso de su nombre de bautizo le hizo temblar ligeramente. Siempre lo hacía cuando Eudald deseaba recalcar su autoridad o su descontento. Lolita asintió, sabiendo que no podía permitirse cometer errores.

La joven esposa pasó el día siguiente entre el mercado y la cocina, esforzándose por preparar una cena digna de las expectativas de su exigente marido. Aunque a menudo la menospreciaba, exigía que su casa proyectara una imagen impecable para sus conocidos y muchas veces quedaba satisfecho. Pero, no siempre, claro…

Cuando llegó la noche, Vicenteta se presentó con la excusa de ayudar, pero más que asistir a su hija, se encargó de criticar cada detalle.

—Ese mantel está arrugado —comentó mientras lo alisaba innecesariamente—. Y no pongas esos vasos; usa los de cristal tallado.

A pesar de todo, Lolita consiguió tener la mesa lista justo a tiempo para la llegada de los invitados.

Joan y Esther llegaron puntuales, irradiando una energía fresca y segura. Joan era alto y extrovertido, con una barba cuidada que le daba un aire intelectual. Esther, por su parte, era elegante y sonriente, con una melena castaña y un porte que denotaba confianza. Desde el momento en que cruzaron la puerta, ambos llenaron la casa de risas y conversación.

—¡Eudald, cuánto tiempo! —exclamó Joan al estrecharle la mano—. Y tú debes ser Lolita, ¿verdad? —añadió con una sonrisa amable pero fugaz antes de volver su atención a su anfitrión.

—Encantada —respondió ella en voz baja, sintiendo que apenas era notada.

Estuvieron, primeramente, en la cocina, donde ellos se tomaron una cerveza y ellas un refresco. En la mesa, Joan y Esther hablaban con entusiasmo de sus últimos proyectos médicos. Conversaban sobre avances en medicina, ideas innovadoras para mejorar los hospitales y anécdotas de su vida profesional. Eudald, fascinado, participaba activamente en cada tema, compartiendo sus propias experiencias y puntos de vista.

Lolita intentó intervenir en un par de ocasiones.

—Yo creo que la medicina… —empezó a decir en un momento, pero su voz se perdió entre el murmullo de la conversación.

Más tarde, se atrevió a comentar:

—¡Qué interesante lo que decís sobre los partos! Yo tuve que acompañar a mi madre cuando nació la hija de una amiga…

Esther le dirigió una mirada amable, pero Joan simplemente continuó su discurso como si ella no hubiera hablado. Lolita bajó la cabeza, sintiéndose insignificante.

Después de cenar, mientras los hombres seguían conversando animadamente en el salón con unas copas de licor, Esther se levantó y fue a buscar su bolso. Lo había dejado en el vestíbulo. Lolita, aprovechando la oportunidad, la siguió.

—Gracias por venir. Eudald estaba muy emocionado por esta cena —dijo Lolita con una tímida sonrisa.

—Gracias a ti, Lolita. Todo estuvo delicioso. —Esther la miró fijamente por un instante, como si analizara algo que no podía decir en voz alta—. Sabes, eres más fuerte de lo que piensas.

Antes de que Lolita pudiera responder, Esther sacó una pequeña tarjeta de su bolso y se la ofreció con discreción.

—Si alguna vez necesitas algo, lo que sea, no dudes en llamarme.

Lolita tomó la tarjeta con manos temblorosas.

—Gracias —susurró.

Cuando regresaron al salón, los hombres apenas notaron su ausencia.

Joan y Esther se despidieron cerca de la medianoche, agradeciendo la hospitalidad y prometiendo repetir la visita. Eudald los acompañó a la puerta, mostrando su lado más encantador.

Lolita guardó la tarjeta de Esther en un cajón del tocador, debajo de toda su preciosaropa interior. Como un secreto que no podía compartir con nadie. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que alguien había visto su verdadera situación, aunque solo fuera por un instante.

Esa noche, mientras se acostaba junto a Eudald, acarició la idea de que quizá, algún día, podría pedir ayuda.


Inimpugnable
Capítulo XIII: Una velada incómoda

por Carmen Nikol


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Meteorología vs. Hidrología: el cielo contra la tierra

EL CIELO

Hace aproximadamente un mes, el 29 de octubre de 2024, un episodio de gota fría volvió a desplegarse de forma salvaje sobre la orilla sur de la ciudad de Valencia. Algunos de los barrancos y microcuencas cuya dinámica hidrológica ha conformado el entorno del mar pequeño (al buhayra) que se formó en el paraje de lo que se conoce Saler-Albufera recuperaron su memoria torrencial y activaron de nuevo su función excavadora y de transporte.

La consecuencia de ello han sido más de doscientas vidas humanas y daños materiales incontables hasta el momento. La necesidad de una explicación lógica, la más imperiosa aún de evitar repeticiones de un evento similar, así como la usual tendencia de espontáneos al ruedo de la opinión pública, han llenado los medios de todo tipo con información a cuál más disparatada.

Foto: Cortesía E. Ortega Gironés. Una de las calles afectadas por la riada del barranco del Poyo, 2024

Pocos casos entre la serenidad y el acierto, entre los que destaco dos: uno de un empresario y jurista, Jesús Laínz y otro, de un ingeniero de Montes, Ignacio Pérez-Soba Díez del Corral. El primero, en un foro de ámbito conservador o vulgarmente facha; pero el segundo, nada más y nada menos, aparecido en las páginas de uno de los principales medios a los que se le atribuye, vulgarmente, la posición de socorrista frente al partido político actualmente en el Gobierno.

Nada que ver con las declaraciones de todo un Gobierno de la Nación, representado en su posición apical por el Presidente y rematado por la nueva y flamante ministra para la transición energética y el reto demográfico (MITERD).

A. Pérez Meca – Europa Press / Europa Press

Los más afines a esta última tendencia, acusadora del medio ambiente y los fenómenos naturales, atribuyen el desastre a circunstancias climáticas desfavorables causadas por la continuada intervención humana desde el inicio de la época industrial, basándose en la rápida liberación de carbono a la atmósfera. Es lo que se llama ahora Cambio Climático Antropogénico.

A estas alturas del partido, ya no debería sorprender que los principales jaleadores de las tesis oficiales se encuentren en una pléyade de analistas, transmutados en meros cronistas, que no se esmeran en ahondar más allá del explícito edicto de tablón o emitido verbalmente por el portavoz de la oficialidad.

Menos aún, observar la serie de personajes venidos a menos que deben sacar cuello desde el caparazón del ostracismo a través de la pequeña pantalla, para llevar a casa lo que suele conocerse como «el pan de los chiquillos», hoy en día transmutado en niveles de vida top, según el quién y el momento.

Lo peor de todo es que, puestos a discutir sobre el tema, se cierran en banda y cruzan tras el portón la etiqueta negacionista, como tranca frente al ariete de la evidencia.

A todos ellos, conviene remitir el mensaje de que, el simple hecho de mencionar el término cambio climático, es no tener remota idea de lo que significa clima y siquiera, la palabra cambio.

Todo viene de la confusión que la mayoría tiene sobre los conceptos meteoro y clima. El primero alude a la generación de un fenómeno o circunstancia atmosférica con más o menos consecuencias sobre la superficie terrestre y los organismos que la habitan. El segundo implica la caracterización que la sucesiva recurrencia promedio de los fenómenos meteorológicos imponen sobre un determinado territorio. Con consecuencias igualmente para los organismos que la habitan. La diferencia entre uno y otro, reside en la cuestión temporal.

Por eso, quiénes advirtieron el error, pasaron a una nueva nominación, reduciendo el axioma a la temperatura: calentamiento global antropogénico. AGW por sus siglas internacionales (Mörner, 2018).

Incluso los más avezados, sumaron a ésta la atribución de las sequías en los últimos años, pese al carácter claramente cíclico de las mismas, tradicionalmente conocido por la sabiduría popular agraria.

La meteorología es una cuestión cotidiana y el clima resulta, cuando menos, secular. La primera no tiene patrones de conducta o reiteración mientras que el segundo sí. Frente a la eventualidad de una, lo esperable de la otra. Es la diferencia entre lo observable y lo esperado. Una se estudia a escala de generación humana, con series temporales de 25-30 años y el otro, a escala geológica, con series o ciclos de siglos, milenios o millones de años.

Por tanto, el cambio está implícito, pero no en los términos inmediatos y controlables que se nos traslada. Los fenómenos geológicos que se producen en la actualidad están regidos por las mismas leyes que funcionaron en el pasado (Principio del Actualismo). Y viceversa, por eso se recurre a los registros fósiles de la Tierra para entender la situación actual e intentar predecir la evolución del futuro a escala humana.

Es por eso que los geólogos estudian más sobre clima que los meteorólogos o los físicos. Aquellos pueden leer y aprender en el libro del pasado. Éstos por el contrario, miran hacia el futuro a través de herramientas y tecnologías modernas para construir modelos con los que proyectar la variabilidad del clima.

Y en palabras del maestro Oogway: el futuro es un enigma (DreamWorks, 2008). La climatología la estudian geólogos y geógrafos mientras que la meteorología es más disciplina de ingenieros, físicos y meteorólogos. Temperatura, viento, precipitación, evaporación, condensación, gelificación, trueno, rayo, son cuestiones meteorológicas. El cómo y cuándo se producen o manifiestan sobre un determinado territorio de la Tierra, a lo largo del tiempo, los convierte en asunto climático.

El clima caracteriza espacios territoriales a lo largo de la geografía terrestre, hasta el punto de que fue o sigue siendo sinónimo de clasificación de aquellos. El topónimo Lecrín (Granada), deriva del árabe al iqlim (el clima), refiriéndose a un territorio del antiguo reino nazarí con características comarcales similares. La meteorología, por su parte, caracteriza épocas a lo largo del régimen anual dentro de esos espacios. Es lo que se llama estacionalidad.

Por eso hay regiones de clima ecuatorial, tropical, continental, atlántico, mediterráneo, boreal, polar, desértico…, y estaciones como las ya conocidas: invierno, primavera, verano, otoño, en climas templados o el monzón, la estación seca, la estación lluviosa de los climas tropicales.

Por tanto, una sequía, un pulso de precipitación torrencial, una anomalía térmica en un momento determinado, no es un cambio de clima. Son desviaciones del promedio que dependen única y exclusivamente de la circulación general de la atmósfera, de las corrientes oceánicas y de cómo estas, reparten a lo largo del Planeta el balance de energía que procede del Sol.

Una sequía, un pulso de precipitación torrencial, una anomalía térmica en un momento determinado, no es un cambio de clima. Son desviaciones del promedio(…)

«La atmósfera constituye una delgada capa gaseosa turbulenta, sometida a fuertes influencias térmicas que condicionan los procesos hidrometeorológicos. Aunque la fuente del calor primario sea evidentemente la radiación solar, el aire puro y seco es tan “transparente” para las radiaciones de mediana y pequeña longitud de onda, que la atmósfera es, sobre todo, calentada por su base, gracias a la “emisión secundaria” de la superficie de la tierra, que transforma la energía incidente recibida del sol en radiación calorífica de gran longitud de onda más fácilmente absorbida por el vapor de agua, el gas carbónico y los polvos contenidos en el aire.

Sin embargo, la absorción de la mayor parte de los rayos ultravioleta por el ozono concentrado en la “capa caliente” que reina a unos 30 km de altitud puede jugar un papel esencial en las fluctuaciones de la situación meteorológica» (Remenieras, 1974).

La absorción de la mayor parte de los rayos ultravioleta por el ozono concentrado en la “capa caliente” que reina a unos 30 km de altitud puede jugar un papel esencial en las fluctuaciones de la situación meteorológica (Remenieras, 1974)

Así pues, un cambio climático no se produce por una fenomenología meteorológica eventual, como puedan ser unos registros inusuales, tal que una modificación en el diario térmico o de precipitación. Aunque se presente con cierto carácter recurrente o de apariencia continuada y progresiva. Es lo que suele llamar episodio o período.

El carácter cíclico de muchos episodios es, cuando menos, bíblico en la memoria humana. Basta citar el libro de José, en el que se mencionan recurrencias de siete años para los períodos de abundancia y escasez dependiendo de la favorabilidad meteorológica sobre las cosechas del Antiguo Egipto.

A otro nivel de memoria, el de la Tierra, los registros son igualmente cíclicos. Ciclo de Dansgaard-Oeschger, ciclo de Eddy, ciclo de Bray, ciclo de Feynman, ciclo de Schwabe, ciclo de Hale, ciclo solar,… (Vinós, 2023; Nierode, 2024; Ortega Gironés et al., 2024).

Fig. 1.- Oscilaciones en el ciclo solar (Nierode, 2024)

Hay publicaciones más recientes que La Biblia y de carácter más científico, que muestran la recurrencia de ese tipo de eventos (Barriendos & Rodrigo, 2006; Ortega Girones, 2024).

También la vegetación de un territorio es reflejo del clima actuando como testigo, por lo que se suele llamar vegetación climácica o zonal. En su dinámica a lo largo del tiempo, se reflejan cambios en función de las alteraciones que sufre el patrón climático.

Estas oscilaciones también se han mostrado cíclicas a escala de tiempos geológicos, desplazando especies sobre el territorio en busca de refugios desde los que volver a colonizar antiguos dominios. Es lo que se conoce como Paleobotánica (Costa Tenorio et al., 1990; González-Sampériz et al., 2010; Carrión García et al., 2022).

Fig. 2.- Ciclo solar de Feynman (Vinós, 2022)

No estamos de momento en cambio de clima. En nuestra región, la tipología sigue siendo Mediterránea. Sus características principales que son inviernos de temperaturas moderadas, distribución de precipitaciones entre primavera y otoño, con márgenes entre los 300 mm y los 3000 mm anuales y la existencia de un período de máximas temperaturas (verano) con déficit o ausencia de precipitaciones, no han cambiado. Ni por el momento parecen estar en transición o fase de cambio.

Los registros térmicos y de precipitación (sólida o líquida) son sólo factores meteorológicos, dentro de un rango variable, que no determinan por sí mismos la caracterización de un clima. El factor tiempo, no está siendo tenido en cuenta. El calor se produce en tiempo de calor, y el frío en tiempo de frío, salvo eventuales procesos adiabáticos de carácter local generados por la combinación entre circulación atmosférica y relieve (vientos terrales) que muchos de los opinadores oficiales… no parecen tener en cuenta.

Hay que descartar, por tanto, que la circunstancia meteorológica de la gota fría, depresión atmosférica en niveles altos o ciclón de otoño se trate de una anomalía o circunstancia especial, y mucho más, que sea atribuida a un cambio climático, al igual que otras cuestiones (Mörner, 2018; Ortega Gironés, 2024).

El consenso no es científico sino político y mediático (Mörner, 2018, Ato, 2024). Hay muchos científicos que se mantienen fieles a los principios de la Ciencia y que no solo discrepan sino que contradicen la hipótesis del IPCC acerca de la responsabilidad del CO2 en el calentamiento por efecto invernadero como causa de cambio con atribución antropogénica.

Entre ellos, cabe citar Solomon, 2010; Humlum, et al., 2013; Harde, 2013; Schildknecht, 2020; Kotusoyiannis, 2021; Lighfoot & Ratzer, 2023; Miskolzci, 2023; Ato, 2024; Kubicki et al., 2024, Ortega Gironés et al., 2024.

«Aunque se achacan estas lluvias intensas a cambios climáticos inducidos por el hombre, existen datos de fuertes avenidas ya desde el año 75 a.C., cuando César derrotó a Pompeyo en Hispania valiéndose de unas fuertes inundaciones en las cuencas del Segre y Cinca. A partir del siglo XII existen frecuentes reseñas históricas de estos hechos (Font Tullot, 1988)» (Martínez de Azagra & Navarro Hevia, 1996).

La frecuencia con la que se producen esos fenómenos es aleatoria y entra dentro de lo que se conoce como período de retorno (T). Entra, por tanto, dentro de la fenomenología característica de la climatología de la región. El calor que se produce y acumula en el Cinturón o Zona de Convergencia Intertropical se transporta hacia los Polos y sus consecuencias se proyectan sobre la zona templada, en la franja latitudinal comprendida entre los 30º y 60º N (Vinós, 2023).

Tales circunstancias no son regulares, sino cíclicas como lo son la Oscilación Decadal del Pacífico, la Oscilación Multidecadal Atlántica y los fenómenos de El Niño y su contrapuesto La Niña (Vinós, 2023).

Así pues, el calor que se produce principalmente en las regiones ecuatoriales y templadas durante el verano, se traslada hacia el norte en tiempo de cambio de orientación del hemisferio, generando fenómenos de gradiente y circulación atmosférica que evacuan el aire frío ártico, cuyo vórtice no tiene la estabilidad del antártico (Vinós, 2023).

El agua se evapora en los océanos debido a la energía proporcionada por las radiaciones solares. El vapor de agua asciende formando las nubes, de las que parte se desplazan hacia la tierra, donde se condensan y forman la precipitación terrestre (Mintegui Aguirre & López Unzu, 1990).

El mar no es un sistema en ebullición en el que el fluido disponga de la energía suficiente para escapar por si misma al medio aéreo. Es la atmósfera, con la energía solar y sus condiciones, la que dispone de poder evaporante, por lo que la temperatura del agua no es el único factor determinante.

Los flujos se generan a través de gradientes y en ello influye el concepto diferencial o diferencia de potencial (2º Principio de la Termodinámica). No se puede determinar con un único valor. Y en caso que nos ocupa, hablar de varios grados más en la temperatura del agua no establece diferencial si no hay dato con respecto al medio aéreo.

A ello hay que unir la necesidad de un sistema de bombeo o aspiración que eleve el agua hasta las capas altas donde conseguir la condensación necesaria para caer y asimismo un mecanismo de retroalimentación que pueda mantener el proceso durante el tiempo que se prolongará el pulso de precipitación.

Este mecanismo es el ciclón o borrasca, un régimen de vientos convectivos que ascienden desde la superficie terrestre a la vez que giran en sentido contrario a las agujas del reloj (en el Hemisferio N).

En esta ocasión, la borrasca originadora del evento meteorológico estaba situada frente a las costas del cabo de San Vicente (Portugal) y no en el Mediterráneo. Su seguimiento a lo largo del Atlántico durante días previos ha mostrado como era una consecuencia derivada por los restos del huracán Milton que sacudió las costas centroamericanas a principios del pasado octubre.

Su potente diferencia de potencial generó fuertes vientos de levante que generaron succión del viento en la cuenca mediterránea atrayéndolas hacia las montañas de interior y forzando su elevación y enfriamiento en su ascensión por las laderas montañosas de la cadena levantina. Sus efectos se prolongaron días después a las zonas costeras de Granada, Málaga, Cádiz y Huelva, ya en pleno Atlántico, donde la temperatura del mar era más baja.

En el hecho de nulos daños personales, tuvo mucho que ver la situación hidrológica de las vertientes, en las provincias de Málaga y Granada. Por otra parte, influye la altitud a que se encuentre el punto de rocío, en que condensa el agua. A medida que asciende, el vapor de agua se expande al disminuir la presión. Rebaja temperatura a razón de 0,6 ºC/100 m (en el adiabático húmedo) por lo que dependerá tanto de la temperatura inicial como de la altitud a que se encuentre el punto de condensación. A mayor altitud, menor influencia de la temperatura basal. Es por tanto, una cuestión relativa.

Para rematar, dejo aquí algunos apuntes recomendables como píldoras de primeros auxilios en caso de carbonofobia, uno bastante antiguo:

«Los océanos son mucho más importantes como reservas de anhídrido carbónico que la atmósfera. Ocupan cerca de tres cuartas partes de la superficie terrestre y se estima que contienen cerca de ochenta veces más carbono que la atmósfera en forma asequible para las plantas. El anhídrido carbónico de las aguas oceánicas está involucrado en una serie de complejos ciclos químicos y biológicos que nunca han sido totalmente determinados… También existe un complejo equilibrio entre el CO2 disuelto, los carbonatos y los bicarbonatos. Ciertos animales marinos emplean grandes cantidades de carbonatos para la formación de sus conchas protectoras. Otros animales marinos precipitan gran volumen de anhídrido carbónico en forma de combinaciones químicas como el carbonato de calcio de muchas rocas calcáreas, y existe también un constante intercambio de anhídrido carbónico entre el océano y la atmósfera. En realidad, y bajo un aspecto teórico, existe una buena razón para suponer que la concentración de anhídrido carbónico de la atmósfera se mantiene en equilibrio dinámico con la de los océanos en forma más o menos efectiva. El mantenimiento del equilibrio dinámico de tan vasta escala entre los océanos y la atmósfera, es probablemente el factor principal responsable de la uniformidad de la concentración del anhídrido carbónico en la atmósfera» (Meyer et al., 1966).

Y otros más recientes:

  • El cambio climático es un asunto político impulsado desde los tiempos de Olof Palme y Margaret Thatcher al frente del gobierno británico (Durkin, 2007; Mörner, 2018).
  • Los actuales incrementos de temperatura sobre la Tierra son parte de su ciclo natural de temperatura que ha estado ocurriendo durante los últimos 15.000 años. La cantidad de manchas solares es la principal fuerza que determina si las temperaturas incrementan o declinan durante las oscilaciones en el Modelo de Ciclo Solar (Nierode, 2024).
  • La capacidad de absorción ya está casi completamente saturada. Con 300 ppm un 98,5% y con el doble, un 99,3%. El efecto invernadero hace el vapor de agua con un máximo del 60%. El resto de calor se escapa al Espacio. Solo en el rango de longitud de onda (del IR) entre 13 y 17,6 micras, el CO2 puede tener una influencia de efecto invernadero de un máx. del 14%, sólo cuando la atmósfera está seca por completo (en los desiertos, por ejemplo). Pero como su capacidad de absorción ya está casi saturada por completa, ya no tiene más importancia, ya no puede absorber más (Schack, 1972).
  • Schack señala en su artículo que, para una concentración de 0,03% de dióxido de carbono en el aire, la saturación aproximada es alcanzada dentro de una distancia de aproximadamente la altura de la troposfera. La absorción alcanza valores cercanos al 100% para un contenido real en CO2 del 0,03%, se concluye que cualquier incremento más (antropogénico) de CO2 no puede llevar a una absorción de radiación apreciablemente más fuerte y consecuentemente no puede afectar al clima de la Tierra. El cuantitativo resultado de ∆T = 0,5 a 0,6 ºC válido para el drástico incremento de doblar el contenido de CO2 en el aire desde 380 ppm a 760 ppm, en el plazo de un siglo, confirma que el efecto de un incremento de CO2 antropogénico sobre el clima de la Tierra es bastante insignificante (Schildknecht, 2020).
  • Existe una clara relación de fase entre los cambios de CO2 atmosférico y los diferentes registros de temperatura global, ya sea que representen la temperatura de la superficie del mar, la temperatura del aire superficial o la temperatura más baja de la troposfera, con cambios en la cantidad de CO2 atmosférico que siempre se retrasan respecto a los cambios correspondientes en la temperatura (Humlum et al., 2013).
  • El CO2 solo a una concentración de 380 ppm contribuiría al 24,1 %, pero en presencia de otros gases, su influencia se repele al 4,6 %, lo que se debe a la fuerte superposición espectral con los otros componentes, particularmente con el vapor de agua, y la absorción total solo sube hasta el 85,3 %. Basado en la simple suposición de que debido a la radiación de retorno, el efecto invernadero natural causa un aumento de la temperatura global de aproximadamente 33K y que la temperatura de la superficie responde linealmente a cualquier cambio en el balance de energía o radiación, un aumento en este balance de menos del 1% solo debería contribuir a un aumento de la temperatura de aproximadamente 0,3 K. Esto está en clara contradicción con el IPCC, que emite una sensibilidad climática oficial (aumento de la temperatura al doble de CO2) de CS = 3,2 K (Harde, 2013).
  • Los resultados del experimento presentado sugieren claramente que puede haber saturación de la absorción de la radiación térmica de la Tierra en dióxido de carbono atmosférico. Si este fuera el caso, el dióxido de carbono emitido adicionalmente a la atmósfera no tendría que ser el gas de efecto invernadero (Kubicki et al., 2024)
  • El océano es un enorme reservorio de CO2 y un mayor contribuyente al ciclo del CO2 a causa de los cambios de solubilidad con la temperatura (Ato, 2024)
  • Los picos de calentamiento global llegan a ser mucho más probables durante los eventos de El Niño precedidos por un largo evento de La Niña, incluso si no son esperados (p = 10.3 %) y la variabilidad interna puede producir tales picos grandes en la Temperatura Global Media de Superficie (GMST) sin implicar forzamiento externo (Raghuraman et al., 2024)
  • No existe correlación entre el progresivo incremento de la concentración de CO2 atmosférico y las temperaturas medias anuales…, de cualquier parte del mundo, ni siquiera a lo largo del s. XX, el sometido al supuesto efecto antropogénico. Es algo que cualquiera puede comprobar simplemente comparando las gráficas que pueden encontrarse en distintos medios.

LA TIERRA

Cuando la meteorología llega a tierra abandona su naturaleza cósmica y se convierte en hidrología. El cielo llega al suelo y se funde en beso húmedo con la Tierra. Nunca hubo una conexión vertical más sagrada, porque siempre se interpretó como fuente de vida.

El elemento líquido entra en fase con el sólido y se genera una mezcla de composición variable y de características mecánicas que pueden llegar a ser muy potentes. En el proceso intervienen una serie de elementos que obviamente, son los que han convertido el evento meteorológico reciente sobre Valencia, en una catástrofe humana y económica.

1.- Físicos

Obviamente, el primer factor definitorio se deriva de las características de la pista de aterrizaje. La forma y extensión de lo que se llama cuenca de recepción o cuenca vertiente sobre la que incide el pulso de precipitación. Sobre ella, se produce el fenómeno o evento hidrológico que recibe el nombre de escorrentía.

La energía potencial de este evento hidrológico dependerá de la altura de la cuenca, obtenida mediante la diferencia entre sus altitudes mayor y menor (curva hipsométrica). Es el mismo concepto ya referido de diferencia de potencial (2º Principio de la Termodinámica). Valga como ejemplo, un tobogán. La energía cinética que puede desarrollar esta energía potencial depende del tamaño y forma de la cuenca de drenaje. Las cuencas grandes amortiguan más que las pequeñas, en razón de que raramente un evento meteorológico las puede afectar íntegramente (caso de la crecida anual del Nilo).

En una cuenca pequeña, los pulsos que ocurran en el punto más alejado de la salida, tardan menos tiempo en manifestarse aguas abajo y no tienen opción a disipar energía. De igual modo, un episodio de cierta extensión, tiene más probabilidad de afectar a la totalidad o gran parte de la superficie. Es decir, toda la escorrentía que pueda originar un evento, afecta al mismo territorio.

El tamaño, expresado en unidades de superficie está afectado también por la forma o configuración de la misma. No genera los mismos riesgos una extensión de forma redondeada que una que tenga la mayor parte de su territorio en disposición alargada. Cuanto más circular sea (similitud entre ejes principales), más favorable y cuanto más elíptica (disparidad entre ejes principales), más desfavorable.

2.- Funcionales

Además de estas características físicas o de forma, intervienen otras que podrían llamarse de funcionalidad o comportamiento. Entre ellas, hay que destacar las que intervienen en la infiltración, que podrían llamarse permeabilidad y rugosidad del terreno. La permeabilidad influye en la capacidad de percolación, es decir, restar caudal de precipitación a la escorrentía. Disminuye de forma efectiva el volumen de agua disponible para escurrimiento superficial. Ello supone menor capacidad para generar volumen sólido en el flujo resultante por reducción de la capacidad erosiva. La infiltración no depende sólo de las características del terreno, esencialmente porosidad e inclinación. Influye y mucho, la capa de vegetación que sustente sobre ella. El manto vegetal intercepta la gota de agua y en primera instancia resta caudal disponible para la escorrentía.

Simultáneamente, impide su impacto directo sobre el terreno siendo éste el primer instante del proceso erosivo, al facilitar la liberación de micropartículas disponibles para su arrastre.

La intercepción de precipitación en su proceso de escurrimiento prolonga el tiempo de llegada hasta el suelo al reducir sensiblemente la velocidad. Así pues, la cobertura vegetal, en función de su altura y densidad, actúa como una primera esponja absorbente que reduce la velocidad y fuerza de la subsecuente escorrentía.

El segundo colchón amortiguador será la estructura intrínseca del suelo. La textura y cohesión del suelo influye en su porosidad, favorecida por la acción mecánica de elementos vivos sobre ella, principalmente la vegetación, aunque también la de animales (lombrices, insectos, micromamíferos). En ello tiene mucha preponderancia la mineralogía del sustrato. Las rocas calizas suelen estar fragmentadas en superficie y además, socavadas desde superficie a profundidad por la acción de disolución kárstica, que genera fisuras, galerías, cuevas y simas, con elevada capacidad drenante que en ocasiones anula los fenómenos de escorrentía superficial.

Mineralogías impermeables, como las arcillas y rocas ígneas u otras de origen sedimentario, favorecen la escorrentía superficial a poco que la precipitación sea notoria.

Como rugosidad, puede considerarse todo aquello que, una vez iniciada la escorrentía de superficie, dificulta su flujo mediante la disminución de su velocidad. La solución areal más barata y extendida es la de generar una cubierta vegetal, a fin de lograr los beneficios citados anteriormente. Por regla general se establece un herbazal (empradizamiento) o una arboleda (repoblación forestal). La revegetación de cumbres y laderas en cabecera de cuenca actúan en el sentido de intercepción y escurrimiento ya referido, a salvo de arrastres, dado que se encuentran lejos del riesgo de crecida.

Como estas soluciones funcionan a largo plazo y su establecimiento depende de circunstancias ambientales variables, lo normal es acometer trabajos alternativos de más facilidad y rapidez de implantación. Consisten estos otros en la instalación de estructuras transversales a las líneas de máxima pendiente. Artificios pequeños cuando se trata de un tratamiento de área y mayores cuando se trata de un tratamiento longitudinal, donde se manejan caudales mayores.

En el primer caso, la construcción de pequeños diques de tipología material diversa y poco consistente como puede ser el ramaje, la madera o la piedra. Reciben el nombre de fajinas, las que se construyen con ramas o madera y tienen forma de gavilla o empalizada.

Reciben el nombre de albarradas los diques pequeños construidos con estacas de madera o piedra suelta (mampostería seca) en el centro de una cárcava o barranco pequeño. Suelen usarse en tratamientos de cabecera de cuenca o de erosión incipiente.

A medida que se desciende en altitud, el volumen de desagüe es mucho mayor y los tratamientos requieren estructuras de mayor entidad: diques cuando son transversales, espigones si son longitudinales y rastrillos cuando están enterrados hasta ras de superficie.

Lo más usual es dotar de una sucesión de diques ortogonales al eje longitudinal de un cauce o un barranco, hasta lograr lo que se conoce como pendiente de compensación. Esta es la que adopta el lecho del cauce cuando la colmatación de la sucesiva serie de diques, reduce la pendiente original del terreno y reduce así la velocidad del flujo. Con su relleno por acúmulo de sedimentos, la cubeta que conforma un dique estabiliza también los márgenes del barranco, reduciendo su excavación por erosión.

Todo esto influye en lo que se denomina tiempo de concentración y su función es laminar el flujo y caudal punta, o lo que se llama aplanar la curva del hidrograma (evitar que el diagrama representante del caudal tenga forma de campana).

Por tanto, todo elemento que reduce la velocidad de escorrentía y aumenta el tiempo de concentración, resulta favorable para la prevención de regímenes de avenida catastrófica.

La destrucción de pequeños azudes en la cuenca, de la que se ha hablado, influye negativamente en el proceso de avenida. Cabe cuestionar no obstante su funcionalidad relativa en función de cada caso particular derivado de su ubicación y caudal circulante.

El cálculo de todos estos elementos se hace en función de la probabilidad de acaecimiento de un pulso de precipitación. En base a ella, se define el tan nombrado período de retorno (T).

«En el curso de un período de observación de n años, se ha registrado m veces el “aguacero-tipo” de intensidad máxima im sobre un intervalo de referencia t, la frecuencia de ese “aguacero-tipo” es por definición:

El intervalo de recurrencia T es el inverso de la frecuencia

«Como en todos los problemas de previsión de ese género, se admite implícitamente que el valor de la frecuencia determinada es muy próximo al de la probabilidad; se ve que el intervalo de recurrencia, –llamado a veces “duración de retorno”– es el número de años en el curso del cual, en promedio, el aguacero tipo considerado se producirá solamente una vez» (Remenieras, 1974)

El período de retorno, es el inverso de la frecuencia con la que se presenta un determinado suceso.

«De las curvas de frecuencias acumuladas se puede deducir la probabilidad de excedencia buscada, y paralelamente es posible obtener el período de recurrencia, que se define como el período medio durante el cual la variable hidrológica excederá una vez el valor dado. Tradicionalmente los resultados suelen expresarse como la magnitud del evento de recurrencia T; es decir, el problema inverso, en el que se obtiene la magnitud de la variable que como media será excedida una vez en dicho periodo.

Es necesario notar que el período de recurrencia representa el período medio y que dicho valor no equivale a la diferencia de tiempo transcurrido entre dos excedencias del valor límite. La relación entre el período de retorno T y el período de tiempo T0 transcurrido entre dos excedencias puede expresarse si asumimos la distribución de Poisson para las excedencias como:

Donde P (T0) es la probabilidad de que el tiempo transcurrido sea igualado o excedido» (Mintegui Aguirre & López Unzu, 1990).

La misión de todo el manejo en una cuenca vertiente es evitar que los caudales de salida sean de carácter torrencial y dispongan de una energía demoledora a su paso y sobre todo en la llanura de inundación final.

La conjugación de todo, recibe el nombre de gestión hidrológico-forestal, una tarea ardua en lo económico (por la extensa superficie que requiere) y en el tiempo, por los requerimientos inherentes al proceso constructivo y sobre todo al vegetativo.

Este tipo de obras son las que se han llevado a cabo recientemente para mitigar riesgos hidrológicos tras el incendio forestal de Sierra Bermeja del año 2021, con distinta metodología y tipología en función de adecuación a diversas funcionalidades. (Pulido Pastor, 2024).


LOS HUMANOS

En el triste evento de Valencia, se han puesto a prueba todos estos elementos. En cuanto al factor humano, parece obvio aludir a la sensatez, ese sentido común, que parece ser el menos común de los sentidos.

Foto: cortesía de E. Ortega Gironés

Construir en zonas de riesgo (incendio, inundación, volcanes, aludes, desprendimientos) es fácilmente encuadrable dentro del absurdo. Concepto éste que parece estar restringido solamente al ser humano dentro del elenco natural.

Actualmente las cuencas vertientes suelen tener un sistema de seguimiento automatizado que se conoce como Sistema Automático de Información Hidrológica (S.A.I.H.), que mantiene activos los sensores necesarios para el seguimiento de los caudales.

Conozco personalmente el sistema porque me ha tocado en alguna ocasión informar acerca de la adecuación ambiental de alguno de los proyectos para su puesta a punto y modernización en mi lugar de trabajo.

Resulta muy extraño por tanto que haya existido una falta de datos, salvo fallo del sistema o manifiesta incompetencia de alguien. Por regla general, resulta intachable la profesionalidad de los técnicos a cargo de estas cuestiones. Son altamente conscientes de los riesgos que conlleva y ajenos a otra ideología que no sea la del servicio público.

El desagüe controlado de las estructuras con capacidad regulable, grandes diques con sistemas de aliviadero móvil (presas), es una estrategia de amortiguación que tiene como fin generar el vacío necesario para laminar en la mayor medida posible el caudal punta de una avenida.

Cuestionar otros fines, en el caso de la apertura en la presa de Forata, particularmente me parece fuera de lugar. También se ha hablado mucho de la provocación del evento mediante técnicas de geoingeniería o la dejación de funciones para favorecer la inundación. Descarto totalmente una opción de ese tipo.

Si el evento supera las estimaciones previstas (período de retorno T) en el cálculo de la estructura, los protocolos fallan y se ven comprometidas las medidas de seguridad aguas abajo. La ocurrencia de un suceso extraordinario siempre entra dentro de lo posible. Cabe en esta situación el dicho según el cual, la realidad supera a la ficción.

Según los datos disponibles, la magnitud del evento, si bien extraordinaria, no ha superado la de otros que obran en la memoria de aquel territorio: 1957, 1977, 1982, 1986 (Martínez de Azagra & Navarro Hevia, 1996), por lo que resulta más incomprensible que haya habido falta de previsión en la dotación de medidas preventivas contra este tipo de fenomenología.

Desembocadura del barranco del Poyo. Foto: cortesía de E. Ortega Gironés

La gestión hidrológica en la zona está adscrita a la Confederación Hidrológica del Júcar, organismo autónomo vinculado a la Administración central del Estado a través del actual Ministerio para la Transición Energética y Reto Demográfico (MITERD).

Curiosamente el mismo Ente oficial obsesionado con el cambio climático y entre cuyas tareas consta la inalcanzable de mitigar sus efectos (los del clima, no los del propio Ministerio).

Teniendo en cuenta esto así como la vinculación del desastre a una estructura bajo adscripción meridianamente clara, no será difícil a la jurisdicción competente atribuir responsabilidades y solicitar compensación proporcional a los daños producidos.

En los tiempos que nos movemos, donde se ha perdido la noción de patriotismo, entendida como la generación de patrimonio para beneficio del país, no es de extrañar el abandono en políticas de inversión que suponen una carrera de fondo, un recorrido a largo plazo. Por lo que, la dejaciónde este tipo de políticas se suma a la existente en otros ámbitos.

Lo peor de todo ha sido la gestión posterior al desastre. La tutela por parte del Estado no es facultativa sino obligatoria. La famosa declaración institucional por parte del Presidente del Gobierno resulta inconcebible y totalmente asimétrica. Su definición de Estado, a título meramente justificativo de la inacción, lo ubica en la pura inopia.

A título personal, las de la ministra de Defensa, con relación a la función de socorro de la población civil por el Ejército, poco menos que infames.

LA RESPONSABILIDAD, NO ES DELEGABLE.
Primer principio de estructura organizativa.


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Meteorología vs. Hidrología: el cielo contra la tierra
por Antonio Pulido Pastor (Puli)


Inimpugnable – Capítulo XII: Un respiro envenenado

Se adentraba el verano y parecía que Eudald no iba a tener vacaciones. Pero, en un inesperado gesto de aparente generosidad, Eudald decidió organizar un viaje para Lolita y su madre, Vicenteta.

—Nos vendrá bien un cambio de aires —anunció durante la cena, mirando a Vicenteta con una amabilidad que parecía genuina—. Además, Lolita lleva tiempo encerrada en casa. Un viaje nos hará bien a todos.

Vicenteta, encantada, aceptó al instante. La idea de un paseo por las playas y los pueblecitos costeros le parecía un sueño, y el hecho de que Eudald la tratara con tanta atención alimentaba su ya consolidada admiración por él.

Lolita, claro está, no compartía el entusiasmo. Le pareció otro punto de crueldad que usase la realidad como una expresión casual porque, efectivamente, llevaba demasiado tiempo encerrada en casa. Y conocía demasiado bien las estrategias de su marido: los gestos grandiosos eran siempre una fachada que ocultaba un propósito más oscuro.

Era el verano de 1982. Propuso visitar la Costa Brava: Calella de Palafrugell, Tossa de Mar, Pals, Begur, Cadaqués, Roses, Empuriabrava… El viaje iba a ser muy largo, pero no resultaría especialmente cansino, ni siquiera para Vicenteta. Parecían estar en otro mundo, todo era bonito y moderno. Lo que más les gustó fue conocer el teatro-museo Dalí. ¡Era tan diferente a todo! ¡Tan extravagante!

Los primeros días del viaje transcurrieron sin incidentes. Eudald se mostró amable. En público, incluso cariñoso con Lolita. La llevaba a pasear por las calas, compraba helados para los tres y se aseguraba de que Vicenteta tuviera siempre un asiento cómodo a la sombra.

—Eres un hombre excepcional. ¡Te lo agradezco tanto! —comentó Vicenteta una tarde mientras se acomodaban en una terraza frente al mar—. Lolita tiene suerte de tenerte.

Ella bajó la mirada, sin atreverse a contradecir a su madre. Sabía que cualquier intento de exponer la verdad sería inútil. Vicenteta estaba completamente encantada con Eudald, y él no perdía oportunidad de reforzar esa imagen, haciendo pequeños gestos de caballerosidad que resaltaban su supuesta perfección como esposo.

En uno de esos paseos, Eudald se quedó a solas con Vicenteta mientras Lolita compraba agua en una tienda.

—A veces creo que Lolita no valora todo lo que hago por ella —confesó con tono pesaroso, sin dejar de mirar a su mujer—. Intento ser el mejor esposo posible, pero siempre parece insatisfecha.

Vicenteta, indignada, apoyó su mano sobre la de él.

—Es joven todavía, Eudald. No sabe apreciar lo que tiene. Pero con el tiempo aprenderá. Tú eres lo mejor que le ha pasado.

Al regresar del viaje, Vicenteta no dejó de alabar a Eudald. Luego, cada vez que visitaba su casa, insistía en cómo debía Lolita esforzarse más para cuidar de su marido.

—No seas desagradecida, hija. No todos los hombres son así de buenos.

Lolita, aislada de la falta de conocimiento de su progenitora, sentía que el apoyo de su madre ya no existía. Dejó de ser un apoyo amoroso tras faltar su padre pero, incluso entonces, era su refugio. Ahora, en cambio, parecía una aliada de su carcelero. Pero no podía decírselo y, por ello, Lolita misma era responsable de esa complicidad suegra-yerno.

Finalizó el verano, los paseos por Barcelona junto a Vicenteta, el respiro de no estar encerrada constantemente en el baño,… Y llegó el otoño y el frío. Su madre ya no quería salir, prefería que la visitasen.

Se acercaba la fecha de su aniversario. Ese año, Lolita temía la amabilidad de Eudald. Como había demostrado, no solía disfrutar de su aniversario de bodas ni del Fin de Año. No con ella, solo con sus amistades. Era la fecha en la que Lolita añoraba más a su padre. ¿Qué pensaría de su estado? ¿Qué pensaría de que no se revelase contra Eudald? Sin embargo, ese año, por fin, iban a celebrar el Fin de Año y su aniversario de boda a solas. Al menos, pensó Lolita, no me sentiré humillada frente a otras personas. No tendré que mentir ni aparentar ni creo que me encierre. Ni siquiera estaría Vicenteta, quien dijo que se acostaría prontito. Pero, esa velada, después de una cena silenciosa en casa, preparada por él mismo, Eudald condujo a Lolita al dormitorio con una mirada que helaba la sangre.

—Hoy será especial —le dijo mientras cerraba la puerta tras ellos.

Lolita sabía lo que eso significaba. En la cama, su esposo no tenía límites. Esa noche, bajo el pretexto de que ella debía ser una mejor esposa, la sometió a humillaciones que la dejaron físicamente devastada. Eudald tenía una capacidad sexual insoportable. Si no bebía, conseguía aguantar tanto que las actividades que debía soportar Lolita parecían no tener nunca fin.

La había observado mientras se maquillaba. Ella pensó que la observaba porque disfrutaría de ver cómo se le corría la máscara de pestañas mientras se ahogaba con su enorme miembro, esa máquina de destrozos y desgarros sin piedad. Eudald usaba su pulgar para expandir su Rímel por su cara. Eso siempre lo hacía. Pero nunca lo había tenido detrás mientras se maquillaba. Incluso en ese momento tan humillante, Lolita prefería evitar llorar a toda costa (tanto como pudiera). Humillación tras humillación, Lolita se endurecía. Sí, él estaba ahí, observándola; y ella, sí, estaba ahí, maquillándose y sonriendo, a pesar de todo lo que ya sabía que iba a pasar. Pero era mejor tener un sexo atroz, no placentero, que soportar una paliza por no sonreír, o por llorar, o por quejarse… Al fin y al cabo, Lolita aún no había disfrutado de otro sexo a parte del que Eudald le regalaba. No había sido precoz en su propia intimidad y, por tanto, no entendía aún que el sexo debía ser placentero y un parte importante de su felicidad.

Al finalizar la noche, a altas horas de la madrugada, cuando terminó de fustigarla y se corrió sobre su precioso pelo, Eudald se acostó a su lado, cogiéndola por detrás, acurrucadito en posición fetal. Como si fuese un niño, pero apretándola contra su pecho. Quería que ella se quedara quieta, sin poderse asear ni quitarse ese insoportable olor que desprendía su cabello. Y no era solo por cancelarla otra ocasión más. Para él se trataba de disfrutar de su propio olor sobre su propia mujer. La posesión, el poder sobre Lolita, debía calmar la frustración que sentía en el trabajo. En el hospital, muchas eran las mujeres que le deseaban y muchas las que él deseaba poseer, pero siempre había tenido presente que su futura mujer debía de ser joven, ajena a todo su sector y ser la única. Al menos, durante varios años, actuó así porque creía que esa actitud le ayudaría a ir mejorando su posición social y laboral dentro de la Maternidad de Barcelona. Creyó siempre que por ser así llegó a ser un directivo.

Él merecía una mujer sumisa, bella, joven e inexperta que pudiese permitirle desarrollar todo lo que, desde su perversión, fuese desarrollando. Porque ya la había vivido, la conocía desde muy jovencito. Se reconocía perverso por los cómics que compraba, por cómo observaba a su madre bañándose o a su tía lavándose en el bidé; porque se masturbaba muy a menudo y porque había estado con algún compañero al que también había sometido. Además, llevaba muchos años soltero, sin compromiso, esperando encontrar a la adecuada; dejándose querer por enfermeras y doctoras, sin darles nada más que miradas y roces sin futuro.

Esa noche, como todas las noches y todos los días, sentía que Lolita debía recibir su ración de entrega y, por supuesto, por ser una joven inútil, debía hacerlo entendiendo que ése era su sino, aceptarlo y acatarlo hasta comprender que Don Eudald Ferré se entregaba a ella y eso era suficiente para su existencia. No necesitaba asearse por recibir su mejor parte.

—Deberías darme las gracias —murmuró antes de quedarse dormido.

Lolita, en silencio, apretó los puños bajo las sábanas. Aquella noche, en la oscuridad de su habitación, sintió que algo dentro de ella empezaba a romperse de forma irreparable. Y cuando, por fin, Eudald se quedó dormido, se levantó para asearse y, al regresar hacia la cama, se sentó en el sillón para observarle y pensar…


Inimpugnable
Capítulo XII: Un respiro envenenado

por Carmen Nikol


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Inimpugnable – Capítulo XI: El reflejo de la humillación

El cambio llegó sin previo aviso. Eudald había estado perfeccionando su control sobre Lolita, buscando formas cada vez más ingeniosas para subyugarla. Ahora, su crueldad adoptó una nueva rutina: el encierro en el baño. Lo había estado pensando con tiempo y disfrutaba la idea de llevarlo a cabo, si bien, en su interior, realmente pensaba que este tipo de encierro ayudaría a Lolita a entender que su mirada altiva debía cambiar. Una mirada que, en realidad, era solamente una mirada juvenil que aún no expresaba un miedo atroz o una entrega absoluta.

El baño de la casa tenía algo peculiar: la cerradura estaba diseñada para bloquearse desde fuera, desde la habitación contigua; y no desde dentro, como comenzaba a ser habitual en los cuartos de baño con cerradura (los que ya no usaban pestillo). Eudald lo había elegido deliberadamente, justificándolo con argumentos como «es más seguro» o «así no te puedes quedar encerrada». Sin embargo, Lolita pronto entendió que no era casualidad, que justamente buscaba todo lo contrario: dejarla encerrada en una habitación aún más pequeña.

La primera vez que Eudald la encerró en el baño, fue tras una discusión insignificante sobre la organización de su ropa en el armario. Cuando ella intentó defenderse, él la interrumpió con una sonrisa sarcástica y le dijo:

—Creo que necesitas un tiempo para reflexionar sobre cómo hablarme.

Antes de que pudiera responder, la llevó al baño, la empujó suavemente pero con firmeza, y cerró la puerta tras de sí. Lolita escuchó el sonido metálico de la llave girando, dejándola completamente aislada, pero decidió no chillar ni pedir que la sacase de allí. Era lo que necesitaba hacer, gritar, pero no quería que él la percibiese desesperada. No sabía si, en realidad, era una provocación para golpearla como reacción a sus gritos.

El baño era pequeño, frío y aséptico. Lujoso, también, aunque sin tan siquiera una ventana, solo un respiradero y un espejo que reflejaba la figura de Lolita con su rostro pálido y sus ojos llenos de lágrimas contenidas.

Pasaron horas antes de que Eudald regresara, como si fuera un maestro evaluando a una alumna desobediente.

—¿Lo has pensado mejor? —preguntó al abrir la puerta, como si fuera un juego.

Lolita no respondió. Aprendió pronto que las respuestas no le servían de nada.

Semanas después, se acercaba de nuevo el 31 de diciembre, el aniversario de boda y el Fin de Año, los cuales llegaron faltos de celebración. El encierro en el baño se había vuelto un recurso habitual para Eudald pero, en esta ocasión, lo convirtió en un espectáculo de humillación. Había organizado otra celebración de fin de año en casa, con sus compañeros médicos y sus esposas. Lolita había preparado todo con esmero, tratando de evitar su enojo, pero un comentario inocente sobre la decoración bastó para encender la ira de Eudald.

—¿Es que no puedes ni colgar un cuadro derecho? —le recriminó, con una dureza que hizo que los pocos invitados cercanos a la escena desviaran la mirada.

Eudald, con una falsa sonrisa, les pidió disculpas:

—Lolita necesita un momento para despejarse.

Antes de que alguien pudiera preguntar sobre lo absurdo y cruel que fue su comentario, se la llevó a la habitación y la metió en el baño; la encerró con llave y volvió a la fiesta como si nada hubiera ocurrido.

Lolita permaneció allí durante toda la noche. Escuchaba las risas, las copas tintineando y la música de fondo mientras se sentaba en el suelo frío, abrazando sus rodillas. Cada tanto, miraba su reflejo en el espejo, pero era incapaz de reconocer a la mujer que veía.

No fue hasta después de las tres de la madrugada, cuando los invitados se marcharon, que Eudald la liberó. Estaba ebrio, y su mirada fría era aún más aterradora que sus palabras.

—Ya puedes salir. Quédate callada y limpia el desastre que hemos dejado.

Lolita asintió en silencio, como había aprendido que debía hacer. Esa noche, mientras fregaba las manchas de vino y recogía las sobras de comida, se prometió a sí misma que encontraría una forma de escapar. Y, aunque todavía no sabía cómo, una chispa de resistencia empezó a encenderse en su interior.



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Una valoración jurídica de las consecuencia de la DANA (Valencia, 29-10-24)

La tragedia humana derivada de la catástrofe climática ocurrida en Valencia a partir del día 29 de octubre de 2024, y cuyas consecuencias continúan a día de la fecha, implica que estas graves inundaciones han causado daños en bienes jurídicos protegidos de los ciudadanos, no solo en su patrimonio, sino fundamentalmente en su vida, el bien más preciado, con centenares de fallecidos.

El Derecho, cuando se trata de catástrofes de este tipo, de carácter natural, y de forma muy parecida a lo que ocurrió con la crisis derivada de la pandemia del covid-19, se encuentra en un terreno ciertamente inexplorado, pues la excepcionalidad de los hechos determina que las normas jurídicas no prevean de forma explícita y pormenorizada la forma de proceder en un caso concreto como el que nos ocupa. De este modo, la salida de la situación crítica depende más del buen criterio y rápida actuación política y ejecutiva que de la aplicación de normas. Si esa actuación que ha de ser rápida y sensata no tiene lugar y ello conlleva una agravación de las consecuencias de los hechos naturales que, como tales, forman parte de la fuerza mayor, es posible que sí se deriven efectos jurídicos. Pero debe ponerse de manifiesto y subrayarse que el punto de partida de tales efectos no es un acto voluntario de quien gestiona, sino un acontecimiento de la naturaleza, extremo que tiene un muy relevante peso en la determinación de las responsabilidades jurídicas. No es lo mismo una actuación propia y querida del poder que produce un daño a los ciudadanos (como pueden ser los actos de corrupción) a que ese origen le sea ajeno y los daños procedan primero de ese inicio natural y luego se incrementen por una mala gestión. En el primer caso, el reproche jurídico, y específicamente penal, es claro; en el segundo supuesto, las responsabilidades a título personal se difuminan.

No es lo mismo una actuación propia y querida del poder que produce un daño a los ciudadanos (como pueden ser los actos de corrupción) a que ese origen le sea ajeno y los daños procedan primero de ese inicio natural y luego se incrementen por una mala gestión

El recurso al Derecho Penal en este caso, acudiendo en primer lugar a esta rama del ordenamiento jurídico de forma apriorística, esto es, mediante la interposición de denuncias o querellas por «homicidio involuntario» (debe ponerse de manifiesto que la terminología “homicidio involuntario” es impropia desde un punto de vista jurídico, pues la acción u omisión antijurídica ha de ser o dolosa o culposa, esto es, imprudente, ya sea porque el autor material quiera causar el daño, en el primer caso, o bien porque infrinja las normas básicas de cuidado o protocolos de actuación, en el segundo, de forma que tal “involuntariedad” se traduce en imprudencia) contra personas concretas no tiene visos técnicos de prosperabilidad. Ello por tratarse el Derecho Penal de la ultima ratio jurídica, esto es, la rama del Derecho a la que no se puede acudir en primer lugar, sino cuando todas las demás no alcanzan a resarcir el daño causado. Y en segundo lugar, el Derecho Penal se rige por una serie de principios muy precisos de causalidad e imputación objetiva, de modo tal que para que la acción penal prospere no es suficiente con un cuestionamiento de la decisión política o gestora, o con la valoración de la celeridad del proceder, sino que debe enlazarse directamente y sin género de dudas la muerte de la víctima concreta con el proceder de la autoridad que se considera que la ha ocasionado, demostrando que ésta ha querido, con su acción, su omisión o su tardanza, causar esa muerte, ya sea asumiendo el riesgo o de forma deliberada. Es decir, en el Derecho Penal se exige delimitar conductas precisas, individualizar víctimas y presuntos autores, no siendo válida la llamada «responsabilidad por el cargo». Esta es una carga de la prueba que corresponde a quien acusa, por lo que si no se puede acreditar que existe ese ánimo específico de causar un daño en particular, será muy difícil que pueda tener recorrido la acción que se pretende. Si, aun así, se pretendiera emprender en primer lugar la vía penal, toda denuncia o querella habrían de estar muy bien fundamentadas y documentadas y en ellas debería acreditarse ese elemento volitivo de los sujetos frente a quienes se dirige la acción, pues se trataría de responsabilizarles técnicamente de las consecuencias de un desastre natural que, por su condición, ellos no han causado, interviniendo con una serie de decisiones políticas y administrativas que podrán, desde luego, cuestionarse por incluso ser calamitosas o fallidas, pero este tipo de reproches tienen su sede en otros ámbitos jurídicos.

Así, habría de ser el Derecho Administrativo la sede idónea en la que afrontar las reclamaciones de las víctimas de la DANA, ejerciendo acciones de responsabilidad patrimonial contra las administraciones públicas competentes, invocando una omisión o inacción administrativa como fuente no ya generadora, sino factor potenciador, de unos daños que la fuerza de la naturaleza ocasiona. En este punto, ciertamente, no existe la exigencia rigurosa del Derecho Penal en cuanto a la demostración de ese nexo de imputación objetiva y del elemento subjetivo del injusto, siendo suficiente que el normal o anormal funcionamiento de la administración haya causado un daño.

Serán, no obstante, los Juzgados y Tribunales quienes, respecto de aquellas acciones que puedan superar los requisitos formales de admisibilidad, establezcan un criterio jurídico acorde con unos hechos trágicos y excepcionales como lo son éstos, debiendo de estar a lo que así se consolide, sin olvidar las cuestiones teóricas expuestas y el precedente derivado de la pandemia que también hemos tenido que vivir en estos tiempos, cuyas consecuencias jurídicas son públicamente conocidas.

Ahora bien, en esta su sede propia, las reclamaciones se encuentran con una serie de óbices: primero la concurrencia de culpas, pues en la gestión de la DANA han confluido tanto la Comunidad Autónoma como el Estado, y es necesario delimitar nítidamente sus competencias precisas, sin perjuicio de la incuestionable responsabilidad de ambas, pues, en el caso de existir un hipotético procedimiento contencioso-administrativo con ambas administraciones como codemandadas, su defensa será atacarse entre sí y reprocharse mutuamente los daños; y aparte existen ciertos actos que tienen el carácter de actos políticos, y que quedan fuera del ámbito de control total de la justicia, como puede ser la decisión, o no, de proclamar el estado de alarma para una región, de tal modo que si las normas jurídicas no prevén de forma positiva y expresa una manera concreta de actuar y unos tiempos y formas de hacerlo, la responsabilidad patrimonial se empieza a debilitar, puesto que no existe una previsión legal que obligue al poder, en este concreto caso, a actuar de una precisa manera. Así, el resarcimiento de los daños ocasionados, desde esta rama del ordenamiento, tiene lugar mediante la aprobación de normas que habiliten mecanismos de ayuda, de compensación o de subvención a las víctimas de la tragedia.

Todo ello, al margen de las consideraciones éticas sobre la gestión llevada a cabo, cuyas conclusiones son de otro orden y dotadas de mucha mayor nitidez.


Una valoración jurídica de las consecuencia de la DANA (Valencia, 29-10-24)
por Diego García Paz


Inimpugnable – Capítulo X: Las llaves de la libertad

A medida que el matrimonio avanzaba, las restricciones impuestas por Eudald sobre Lolita se volvían más asfixiantes. La primera vez que la encerró en casa ocurrió de una manera, aparentemente, protectora. Una mañana, mientras se preparaba para salir a su consulta, le dio un beso frío en la frente y le dijo con voz seca:

—No salgas. Este barrio no es seguro para una mujer sola.

Lolita no replicó, pero cuando escuchó el chasquido de la cerradura al girar desde fuera, algo se rompió dentro de ella. Corrió a la puerta y, al intentar abrirla, confirmó lo que temía: estaba encerrada. Su hogar era acogedor porque Eudald se preocupó de comprar los mejores muebles, las mejores cortinas, los mejores electrodomésticos, luces… Pero, en ese momento, como en tantos otros igualmente agónicos, Lolita no pudo más que sentir que la casa se le caía encima. Ella no solía salir sola, no entendía por qué Eudald la había encerrado con esa excusa. Solo le dejaba claro que no confiaba en ella. Por si de pronto se animaba a salir sin él…

Intentó pensar que era una medida temporal, una exageración del carácter sobreprotector y desconfiado de su esposo. Sin embargo, el hábito se volvió rutina. Cada vez que Eudald salía, se aseguraba de dejarla encerrada en casa, con las ventanas cerradas y las llaves fuera de su alcance.

Lolita pasó esos primeros días de confinamiento en un silencio abrumador, caminando de un lado a otro, mirando por las ventanas y observando cómo la vida seguía sin ella. A menudo veía al vecino despedirse de su mujer en el umbral, acompañado por sus hijas y el perro, y no podía evitar imaginar cómo sería vivir una vida normal, una vida en la que no tuviera que temer al hombre con el que compartía su hogar.

El 31 de diciembre de 1979 se cumplía el segundo fin de año de casados y llegó con una atmósfera tensa. Eudald había pasado toda la semana hablando de la cena que organizarían en casa, pero Lolita apenas había tenido tiempo para prepararla. Estaba agotada por las noches de insomnio y los constantes dolores de cabeza que se habían vuelto habituales desde el inicio de los maltratos ofrecidos por su marido.

Eudald llegó temprano esa noche, cargando con varias botellas de cava y un gesto de impaciencia. Al entrar, revisó la mesa con ojos críticos y se volvió hacia Lolita con un destello de irritación.

—¿Es que no puedes hacer nada bien? —le espetó, señalando un pequeño desorden en la cocina.

Lolita trató de excusarse, pero él no la dejó terminar. La agarró del brazo con fuerza y la empujó hacia una de las habitaciones del fondo.

—No quiero verte hasta que lleguen los invitados. Quédate aquí y no salgas.

El encierro en la habitación fue peor que cualquier castigo físico, mucho peor que los anteriores encierros en casa. Lolita podía escuchar los ruidos de la casa mientras Eudald terminaba de arreglarlo todo. Los golpes de los cubiertos, el sonido de las copas colocándose en la mesa, y, finalmente, las voces de los invitados que llegaban, ajenos al drama que se escondía tras una puerta cerrada con llave.

Horas después, cuando la fiesta se acercaba a su fin, Eudald abrió la puerta.

—Ven a despedir a los invitados. Hazlo con una sonrisa, no quiero que parezcas una desgraciada. Tan solo di que no te encontrabas bien y que he tenido la bondad de dejarte dormir, a pesar de la fecha que celebrábamos.

Lolita obedeció, y nadie notó que, bajo su cara de dormida, había lágrimas secas y un corazón roto. ¡Quería pedirles ayuda! ¡Decirles que Eudald no era lo que parecía! Pero, ¿quién la iba a creer? Su madre sí estaba enferma y no había venido a cenar; y los invitados eran compañeros y trabajadores de la Maternidad, los más allegados a Eudald.

Al despedir a la última pareja, Eudald cerró la puerta y la miró con frialdad.

—Espero que para el próximo año lo hagas mejor.

Aquella noche, mientras el reloj marcaba la llegada de un nuevo año, había estado pensando en que, al final, se sentía mejor en la habitación, encerrada, que aparentando felicidad junto a Eudald. Luego, el resto de la noche, Lolita se quedó sentada en la penumbra, sintiéndose más prisionera que nunca, hasta que consiguió dormirse. Cuando la despertó Eudald, regresó a la realidad y supo cómo mentir a los invitados porque ya tenía práctica con su madre. Pero, debía buscar la manera de sobrevivir a su cruel marido. No era una buena época para divorciarse, sobre todo en España. Así que lo mejor, hasta ahora, había sido soportar los golpes y los insultos. Pero ya eran muchas las veces que pensaba ¿hasta cuándo? Si al menos pudiese tener un bebé…

Todos estos pensamientos confluían dentro de la oscuridad de la bella Lolita. Afuera, los fuegos artificiales iluminaban el cielo de Barcelona sin conseguir aportarle la suficiente luz como para disipar las sombras de su tristeza.


Inimpugnable
Capítulo X: Las llaves de la libertad
por Carmen Nikol


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Inimpugnable – Capítulo IX: El silencio de Lolita

Después de la boda, Lolita asumió su nueva vida al lado de Eudald con una mezcla de resignación, ganas de crecer y esperanza. Sabía que debía adaptarse y ser la esposa que él (y su madre) esperaban que fuera. Se lo habían inculcado tanto que no le quedaba otra que entender que su niñez se había acabado. Quería, incluso, quitar todos los peluches que tenía en su habitación, en Ca Vicenteta, para no verlos cuando fuesen a visitar a su madre. Pero, de hecho, no hizo falta. El primer día que se presentaron allí, con un pequeño detalle para Senteta, ella ya los había quitado todos, sin pedirle permiso ni hacerle mención a Lolita. Había adaptado la habitación por completo: ahora era una salita donde también planchaba. Es decir: había quitado todo, no solo los peluches; también la cama, el armario, la ropa que allí le quedaba… Todo. Como si Lolita jamás hubiera vivido allí.

Al llegar, Lolita, estuvo a punto de explotar. ¡Eso era el colmo! Tenía demasiada frustración acumulada. Pero, en cuanto fue a saltar, Eudald la frenó con un pellizco en el brazo tan fuerte que le duró la marca tres semanas. Reaccionó a él en silencio. Eudald la besó a la vez que lo hacía y a Vicenteta le pareció de lo más romántico…

Cuando ya se iban, Eudald las abrazó a la vez y les prometió que saldrían a comer al día siguiente. Quería una cena romántica con su mujer, ya que estaban de visita en Valencia y se iban a instalar en uno de los mejores hoteles de la ciudad: el Hotel Astoria.

Lo cierto es que bajaban muy a menudo desde Barcelona. El cargo de Eudald se lo permitía. Además, querían que Vicenteta estuviese muy presente en la vida de la pareja, sobre todo lo deseaba Eudald. Sin embargo, siempre se instalaban en hoteles. Eudald deseaba intimidad. Esa intimidad que se revelaba algo cruel y despiadada para Lolita desde aquella misma noche del 31 de diciembre, la primera de casados, cuando Eudald había dejado claro que no toleraría ni el más leve desvío de lo que consideraba «su lugar».

Aquella noche, afortunadamente para la joven, Eudald había bebido demasiado y se durmió rápidamente. Ni si quiera la acarició, ni un besó de buenas noches aceptó.

Todos los días que podía, Eudald se escapaba del trabajo para disfrutar de su mujer. Le hacía visitas inesperadas, pero éstas no tenían nada que ver con las que le hacía en su antiguo hogar, donde la adulaba y le hacía promesas de un futuro idílico junto a él. Luego, cuando regresaba de noche, repetía su entrega.

Eudald comía fuera de casa todos los días y llegaba justo para la hora de cenar. Lolita, así, conseguía disfrutar un poco de su vida porque su marido, en general, no estaba muy presente. Pero siempre, siempre, sufría en las cenas. En ellas, nunca faltaba algún comentario sobre que aún le faltaba bastante para aprender a cocinar. En cuanto al sexo, se limitaba a entregarse tanto como Eudald se lo requiriese, pero notaba que él no estaba satisfecho con su forma de hacer… cuando le pedía algo especial. Solía ser un par de veces por semana, si no venía muy cansado, que Eudald deseaba sus especialidades: quería que Lolita aprendiese a hacerlas bien y, además de forzarla para ello, le llegó a comprar un par de libros en los que se explicaba cómo debía ser una mujer en el hogar. Ninguno era el de Carmen de Burgos, pero no habían evolucionado mucho tampoco. En uno de ellos, se incluía cómo realizar algunas prácticas íntimas. Eudald quería darle cierto empaque a su forma de ser en la cama: quería que Lolita entendiese que, si él la forzaba, era porque así lo desearía cualquier hombre.

Una noche, tras la cena, estaba tan enfadado por el plato de cocido que Lolita le había servido que le rasgó brutalmente el vestido y comenzó a morderle la espalda. El chillido de la joven fue silenciado de inmediato: le tapó la boca con la mano y la penetró con tanta fuerza que la dejó con dolores durante una semana, cada vez que iba a defecar.

Esa misma noche, Eudald decidió que Vicenteta se vendría a vivir a Barcelona. Al menos así comería bien. Le compró un piso y vendió el que la señora tenía en Valencia. La convenció fácilmente, a pesar de las reformas que Vicenteta había hecho recientemente en su hogar.

Comenzaron a visitarla más a menudo, por supuesto, pero Lolita guardaba sus secretos. A Vicenteta jamás le contaba lo que realmente pasaba en su matrimonio. Cuando su madre la miraba, a veces con ternura y orgullo, convencida de que había logrado un buen matrimonio para su hija, Lolita apenas podía esbozar una sonrisa. Sabía que su madre jamás entendería su sufrimiento. Para ella, Eudald era el «hombre ideal» de la época, un hombre que encarnaba los valores del régimen y sabía lo que «debía» ser un buen esposo(a pesar de que estaban justo tras la Transición).

Una tarde, mientras visitaba a su madre, Vicenteta comentó con entusiasmo:

—Eudald es un hombre de principios, hija. Es fuerte, como los hombres de antes, los que saben cómo manejar a una familia. Qué suerte tienes de tener a un hombre como él.

Lolita bajó la mirada, sintiendo un nudo en la garganta. La admiración de Vicenteta hacia su yerno la ahogaba, impidiéndole siquiera insinuar el dolor que llevaba dentro. ¿Cómo explicarle que, detrás de esa fachada de «hombre de principios», se escondía alguien que la sometía y le imponía su voluntad con violencia?

Los maltratos continuaron en silencio, siempre ocultos detrás de las paredes de su hogar. Eudald no dejaba marcas visibles. Pero, si alguna vez se le iba la mano, siempre eran golpes o mordiscos en lugares estratégicos, asegurándose de que nadie sospechara. Cada golpe venía acompañado de palabras que buscaban aplastar cualquier rastro de resistencia en ella, recordándole que debía ser sumisa, que su vida ya no le pertenecía.

Con el tiempo, Lolita comenzó a moverse con cautela, cuidando cada palabra y cada gesto, intentando evitar cualquier situación que pudiera enfurecer a su esposo. Aprendió a vivir con el miedo, a callar y a soportar, sabiendo que no encontraría comprensión en su madre, que solo veía en Eudald la firmeza de un hombre «a la antigua».

Lolita se fue apagando lentamente, atrapada entre las expectativas de su madre y el control de un hombre que no conocía la piedad.


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Capítulo IX: El silencio de Lolita
por Carmen Nikol


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Inimpugnable – Capítulo VIII: Un nuevo comienzo

El 31 de diciembre llegó con una calma inusual en el hogar de Lolita. El aire parecía denso, cargado de expectativas, y cada rincón de la casa había sido transformado en un reflejo de los preparativos finales. Era el día de la boda, un día que Lolita había esperado con una mezcla de alegre nerviosismo y resignación. Deseaba irse de su casa, pero no tenía claro cómo iba a conducir su propio hogar. Tampoco si sería buena esposa para Eudald. Sentía que no estaba preparada y temía la reacción de ese hombre que había invadido sus días, había llenado su pequeña habitación infantil de regalos y le había prometido un futuro feliz a su lado.

Apenas había amanecido cuando Eudald llegó a recoger a Lolita. Vicenteta, vestida con el precioso traje que le había regalado el propio Eudald, le dio la bienvenida con una sonrisa orgullosa y con palabras de gratitud. Ella no podía estar más feliz; estaba segura de que, con Eudald, Lolita tendría la vida que ella misma nunca pudo disfrutar. En los últimos días, había incluso bromeado con Eudald sobre cómo Lolita debería aprender a ser una buena esposa, sobre todo junto a un marido con tanta reputación, junto al excelentísimo Dr. Ferré.

Eudald escuchaba a Vicenteta con una media sonrisa, mientras lanzaba una mirada larga y fija a Lolita. Ella bajaba la vista de vez en cuando, nerviosa ante la intensidad de sus ojos. Cuando él se acercó hacia ella para guiarla hacia el coche, la tomó del brazo con firmeza, apretando un poco más de lo necesario. Ella sintió una presión en el brazo, y aunque le dolió un poco, no dijo nada. Solo acertó a sonreír a su emocionada madre.

La ceremonia se celebró en una pequeña capilla, decorada con flores blancas y velas que proyectaban sombras en los muros antiguos. Los invitados susurraban entre ellos, admirando la belleza de la novia y el porte de Eudald, quien caminaba con una prestancia casi intimidante. Durante el intercambio de votos, Eudald tomó la mano de Lolita y la miró con intensidad, pronunciando cada palabra con una dicción perfecta, pausada. Parecía sellar su compromiso de una manera inquebrantable. Lolita, en cambio, murmuró sus votos con una voz apenas audible, sintiéndose pequeña y temblorosa a su lado.

Al caer la tarde, Eudald organizó una cena privada en el mejor restaurante de Barcelona. Vicenteta había insistido en acompañarlos, pero Eudald se negó; con cortesía, pero con firmeza, asegurando que quería una noche de intimidad con su nueva esposa. Lolita sintió una mezcla de alivio y ansiedad. La idea de estar a solas con él la inquietaba, pero se dijo a sí misma que debía comportarse como la esposa que todos esperaban que fuera.

Durante la cena, Eudald mantuvo una conversación tranquila. Sin embargo, el tono de sus palabras se tornaba más directo, incluso áspero en algunos momentos. Le hablaba de su papel como esposa, de lo que esperaba de ella y de cómo debía comportarse. Al notar el nerviosismo de Lolita, se inclinó sobre la mesa y le dijo en voz baja:

—Espero que te des cuenta de que ahora eres mía, Lolita. Tienes una responsabilidad conmigo. Ya no eres una niña, así que quiero que entiendas bien qué significa eso.

Lolita asintió, tragando saliva mientras sentía el peso de sus palabras. Se había imaginado que el matrimonio traería consigo nuevas reglas, pero algo en la frialdad de su tono y en el brillo de sus ojos provocó en ella cierto estremecimiento. Eudald lo notó y la abrazó con cariño. Se levantaron y Eudald solicitó entre los presentes un brindis por la novia.

Al llegar a casa, Eudald la introdujo como era costumbre, cogiéndola en brazos para pasar el quicio de la puerta. Luego la cerró con un ruido seco que resonó en la quietud de la noche. A solas, él se acercó a ella con una lentitud deliberada, y ella sintió cómo la respiración se le aceleraba. Cuando alzó la mano para tocarle el rostro, lo hizo con una firmeza inesperada, sujetándola por la barbilla. Le dio un beso lento, mojado, exagerado para la joven e inexperta Lolita. Eudald sonreía, como si estuviese disfrutando desde ese mismo momento de sobrepasar los límites de Lolita. Siguió besándola al lado de la puerta, contra la pared, y comenzó a tocar sus tersos pechos por fuera del vestido. Lolita hizo un amago de moverse, no entendía por qué iban tan rápido. Su madre solo le había dicho que, en la noche de bodas, Eudald la conduciría con suavidad (así lo veía ella). Pero le dijo que lo haría en la cama, que allí comenzaría a tocarla para iniciar la intimidad entre marido y esposa. En todo caso, no le dijo nada más y Lolita estaba completamente asustada con esa situación.

Eudald, tras haber magreado a Lolita un poco, entre esos primeros besos en su nuevo hogar, decidió cogerla de la cintura y conducirla así hasta la habitación. Allí, le dijo que entrara en el baño, en su nuevo y precioso baño, y que se quitase la ropa y se desnudase. Quería que se bañara. Había mandado preparar el baño para que estuviera caliente y ambientado con velas. Quería que, al llegar, todo fuese lo suficientemente confortable para Lolita para que iniciase la noche de bodas con calidez, lo más confiada y cómoda posible. Le indicó que, tras bañarse saliera con el camisón que estaba colgado detrás de la puerta del baño.

Lolita, con temor de que entrara mientras se bañaba, se tumbó en la bañera y se lavó mirando hacia la puerta. El camisón era casi transparente, hecho con chiffon y una gasa muy fina y con ribetes de encaje. La forma de los pechos tenía una apertura en el entro que iba desde el ribete superior hasta la base misma de cada pecho, algo que no entendía Lolita. Pero no tardó en descubrir por qué Eudald lo había ordenado así…

Eudald, al cabo de diez minutos llamó a Lolita. Quería que saliese del baño cuanto antes. Había estado esperando ese momento desde hacía mucho. Lolita no tardó en salir ataviada con el camisón, el pelo mojado y la cara limpia. Eudald la contempló por un minuto, pero a Lolita le pareció un siglo. Se acercó a ella y, cogiéndola por la nuca, le estiró la cabeza para atrás, acerando sus labios al pezón derecho de la joven. Lo hizo suavemente, pero no dejaba de resultar un gesto algo brusco e incomprensible para una niña inexperta en lo referente al sexo o al erotismo. El simple hecho de no poderle ver la cara a su esposo, ese hombre que había basado su acercamiento a Lolita a través de la mirada y las palabras, hacía que sintiese que estaba con un desconocido en una situación totalmente nueva a incómoda para Lolita. ¿Por qué hacía eso? ¿No iba a ser suave con ella? Eudald comenzó a apretar con sus labios los pezones de Lolita hasta que paró para mirarla y decirle que se tumbase en la cama. Y ella lo hizo, no sin antes corresponderle con la mirada, con cara de temor.

Cuando Lolita yacía tumbada en la cama, Eudald se sentó en el sofá que había dispuesto junto al baño, algo distante de Lolita. La observó un rato y, con una voz tenue, le indicó que se subiese el camisón hasta su vientre. Acto seguido le dijo:

—A partir de hoy, espero que sepas cuál es tu lugar. Y también que entiendas que mi vida, mis deseos, son ahora los tuyos. Quítate el camisón y túmbate de espaldas. Pero, antes, quiero que me mires y asientas si me has entendido.

Lolita intentó apartar la vista, incómoda con la intensidad de su mirada, pero él la obligó a mantenerla. Se acercó a ella y esperó un instante hasta que ella asintió con un leve gesto. En ese momento, su tono y su expresión mostraron una dureza que Lolita no había visto antes, una sombra que la hizo sentirse pequeña e indefensa. El sueño de una boda de cuento se desvanecía, dejando en su lugar una realidad cruda y opresiva. Ella deseaba decir algo, pero la garganta se le cerraba.

Eudald la ayudó a ponerse de espaldas y se posó encima de ella, con su miembro completamente duro. Lo posó sobre la fina carne de Lolita para comprender si su madre la había advertido de cómo se sentía, de qué era lo tenían los hombres, de cómo iban a disfrutar de la noche de bodas. Pero Lolita se asustó al notarlo, lo cual dejó muy claro que nada había entendido o que Vicenteta no había hecho bien su trabajo para prepararla. Eudald giró la cara de Lolita contra la almohada, sin mucha presión, y comenzó a penetrarla. La desvirgó así, sin más decoro ni delicadeza y Lolita comenzó a llorar. Pero Eudald no tenía ninguna intención de parar. Lolita siguió llorando durante todo el coito. Estuvo un cuarto de hora llorando hasta que Eudald derramó toda su virilidad encima de su espalda. Luego, La giró y le dijo que esto era normal, que la primera vez que un matrimonio entra en el amor conyugal es difícil. Que descansara. Se giró y se durmió.

Lolita estupefacta, no pudo dormir en toda la noche. Se fue al baño para bañarse de nuevo con el agua que había quedado aún en la bañera. La luz de las velas seguí iluminando el baño pero… ya no era el mismo baño. Deseaba regresar a su habitación, pero sabía que ya nada sería igual; nada sería, nunca más, lo que ella deseara. Sabía que, a partir de ahora, todo sería lo que Eudald deseara. Nada más. Miró el anillo en su mano y decidió ser fuerte. Para entender la felicidad conyugal, debía comprender los deseos de su marido. Salió de la bañera ensangrentada, se secó y se miró en el espejo con complicidad y condescendencia. Regresó a la cama y consiguió dormir toda esa noche.


Inimpugnable
Capítulo VIII: Un nuevo comienzo
por Carmen Nikol


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Inimpugnable – Capítulo VII: Preparativos y promesas

Los meses que siguieron al compromiso fueron una vorágine de preparativos. Eudald se encargó de los detalles con una precisión casi obsesiva, ocupándose de la elección de la iglesia, los arreglos florales y hasta el más ínfimo detalle del vestido de Lolita, sin importarle lo más mínimo lo que pudieran pensar ellas sobre que él viese el vestido antes de la ceremonia.

Vicenteta, maravillada, se dejaba llevar por aquel despliegue, orgullosa de que su hija tuviera una boda tan prometedora y de que un hombre de la categoría de Eudald le diera un futuro tan seguro. Obviaba cualquier tipo de tradición ni de posible superstición. Lolita, en cambio, se sentía cada vez más abrumada. El peso de las expectativas, las miradas y comentarios de admiración y, sobre todo, el ritmo frenético de los preparativos la llenaban de una inquietud creciente. Aunque todos a su alrededor la felicitaban y le hablaban de su buena fortuna, en su interior se acumulaban emociones que no lograba descifrar. Sabía que Eudald era un buen partido y un hombre respetado, pero su atención, tan intensa a veces, le resultaba sofocante. Aquella mirada que parecía buscar dentro de ella la hacía sentirse observada, casi desarmada.

Eudald había invitado a familiares lejanos de Vicenteta y del difunto padre de Lolita. También a las mejores amigas de Senteta (como la llamaban esas amigas), para que pudiese lucirse con su futuro yerno y con las atenciones que siempre le prestaba; pero a lo grande, para que la viesen en la magnífica boda de su hija.

Cierta tarde de octubre, mientras ajustaban algunos detalles de los trajes en un exclusivo atelier de Barcelona, Eudald pidió un momento a solas con Lolita. Tras comprobar que estaban en un rincón apartado, la miró fijamente y, sin apartar la mano de la suya, le susurró:

—Lolita, sé que todo esto puede parecer abrumador. Pero quiero que entiendas que todo lo hago por ti. Mi intención es darte una vida que no te falte nada, que siempre te sientas segura. Y que tengas una boda memorable.

Lolita, con los ojos bajos, apenas alcanzó a asentir. Sentía que era su deber agradecer la dedicación de Eudald, pero algo en su tono, en la forma en que apretaba sus manos, la hacía dudar.

—Te prometo que esto solo es el inicio —continuó él, inclinándose un poco más cerca de ella—. Y si en algún momento sientes dudas, solo recuerda que yo estoy aquí, para disiparlas todas.

Las palabras de Eudald la envolvieron y Lolita, comprensiva y agradecida, se esforzó una y otra vez por sonreír. Le resultaba difícil poner en palabras el nudo de emociones que la abordaban, así que se limitó a asentir y a esbozar una sonrisa tímida cada vez que su futuro marido le sonreía. Eudald le devolvía las sonrisas, satisfecho. En un momento dado, deslizó la mano suavemente por la mejilla de Lolita, la besó inocentemente y se apartó para hablar con Vicenteta.

Días después, en otra visita a la casa de Lolita, Eudald tomó asiento en la sala, de nuevo para hablar con Vicenteta. Le indicó que todos los preparativos de boda estaban dispuestos para que se celebrara antes de que terminara el año. Quería cerrar el año con la certeza de que Lolita y él comenzarían el 1 de enero como marido y mujer; que él se ocuparía de su bienestar y, sobre todo, de su futuro.

—No hay nada que desee más que empezar nuestra vida juntos, sin esperar más tiempo —le comentó a Vicenteta, con una determinación que no dejaba espacio para objeciones.

Su futura suegra, conmovida por la seriedad y dedicación de Eudald, aceptó su petición sin reservas. No le importaban los comentarios que pudieran surgir en el vecindario sobre la velocidad de los preparativos, ni las opiniones de quienes se sorprendieran de que Lolita, tan joven aún, se casara con un hombre que casi le doblaba la edad. En su mente, no había un destino mejor para su hija. De hecho, pocos eran los que comentaban que Lolita era demasiado joven: en aquel momento, de hecho, en España aún se podían casar teniendo tan solo 14 años y ella ya tenía casi 17.

Los días pasaban en una extraña mezcla de anticipación y temor. Lolita, cada vez que Eudald estaba cerca, sentía una combinación de fascinación y desasosiego. A veces, cuando él le hablaba del futuro que construirían juntos, percibía una intensidad en su voz que le causaba una leve inquietud. Eudald parecía visualizar su vida con ella en cada detalle, con una claridad y una determinación que parecían augurar un margen muy pequeño sobre lo que ella pudiera decidir dentro de su futuro. Sabía que no podría trabajar, si él no quería, ni podría contar con su propio sueldo, en caso de conseguir un empleo. El marido era el amo de las decisiones en el hogar y en todo lo referente a la libertad de su mujer. Eso ya lo había aprendido: su madre se lo había aclarado al poco de aceptar el compromiso porque Lolita había crecido, principalmente, con una madre soltera y podría entender la vida como la había vivido su propia madre, tomando las decisiones libremente.

El día antes de la boda, mientras terminaba de probarse el vestido en su habitación, Vicenteta entró y la abrazó, emocionada.

—Lolita, no sabes cuánto he esperado verte así. Eudald es un hombre increíble, y no dudo que sabrá hacerte feliz —le susurró con una sonrisa.

Lolita, observándose en el espejo con el vestido blanco, no pudo evitar pensar en la versión de sí misma que dejaría atrás. La Lolita que era ahora —inocente, soñadora y llena de preguntas— parecía desvanecerse ante la nueva vida que la esperaba. Sabía que a partir de ahora su destino estaría ligado al de Eudald y, con un suspiro, se resignó a aceptar ese futuro desconocido, confiando en que, de alguna manera, todo se ajustaría con el tiempo…


Inimpugnable
Capítulo 7: Preparativos y promesas
por Carmen Nikol


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Inimpugnable – Capítulo VI: La promesa de un futuro

Los días posteriores al compromiso fueron un torbellino de emociones para Vicenteta. No se cansaba de contarle a sus pocas amigas cercanas acerca del caballero que había pedido la mano de su hija con tanto respeto y devoción. Lolita, por su parte, apenas alcanzaba a comprender el cambio que estaba a punto de suceder en su vida. Eudald, el hombre que le había hablado de poesía, de viajes, y de temas que apenas comprendía, se convertiría en su marido. Aunque aún era joven, algo en ella despertaba al pensar en él: la mezcla de admiración y temor que sentía cuando lo veía le hacía sentir mariposas en el estómago y, a la vez, un nudo en la garganta.

Eudald, que había mostrado siempre una faceta amable y cuidadosa, había seguido visitando la casa con mucha frecuencia. Ahora, sin rodeos, se dirigía directamente a Lolita cuando conversaban, haciéndole preguntas y comentarios cada vez más maduros y escuchando sus respuestas con mucha atención, tanteándola para reconocer en ella cualquier atisbo de evolución hacia una madurez precoz. A Lolita le inquietaba la intensidad con la que él la miraba, pero al mismo tiempo le parecía un gran consuelo en ese mundo que le resultaba hostil. Su madre, cada vez más convencida de que Eudald era la solución a sus problemas, no perdía ocasión para alentarla, incitándola a aceptar con agrado los gestos del hombre.

Una noche de septiembre, Eudald invitó a Lolita y a su madre a una cena en uno de los restaurantes más elegantes de Valencia. Lolita, vestida con un sencillo pero hermoso vestido palabra de honor, se sentía fuera de lugar en aquel ambiente sofisticado, lleno de luces tenues y de música exquisita. Eudald la miró como si fuera una joya preciosa y tomó su mano con firmeza, guiándola hacia la mesa donde cenarían.

Durante la cena, él se inclinó hacia ella y, en voz baja, le habló de su deseo de construir un futuro juntos.

—Lolita, quiero que sepas que esto que hacemos no es solo un compromiso con tu madre. Es algo que quiero compartir contigo —dijo él, acariciándole la mano con una suavidad que contrastaba con la fuerza de su mirada—. Quiero que confíes en mí, que sepas que siempre estaré aquí para protegerte.

Lolita asintió en silencio, sintiendo cómo el peso de aquellas palabras caía sobre ella. Aún no podía articular del todo lo que sentía. Una mezcla de gratitud, nerviosismo y una pizca de miedo se entrelazaban dentro de su corazón. Pero Eudald, atento a sus gestos y pausas, parecía captar cada una de sus dudas y le respondía con sonrisas o con algún gesto para tranquilizarla.

Al final de la cena, después de un brindis discreto, Eudald se dirigió a Vicenteta, que los miraba con orgullo y pensamiento ocultos desde el otro lado de la mesa.

—Quiero que sepáis que no espero nada de ti, Lolita. —dijo, mirándola con sinceridad—. Respetaré, lo máximo posible, tus tiempos y deseos.

Vicenteta le sonrió, satisfecha y profundamente conmovida.

—Eres un hombre de honor, Eudald. No podríamos estar más agradecidas.

Después de la cena, mientras caminaban hacia el coche, Eudald se acercó a Lolita y le ofreció su brazo. Lolita, tímidamente, lo aceptó. Mientras la escoltaba hacia el vehículo, le habló con voz suave y llena de promesas:

—Lolita, sé que esto puede parecer mucho en este momento. Pero quiero que sepas que, con el tiempo, será solo el comienzo de todo lo que haremos juntos. Solo dame la oportunidad de mostrarte el mundo que quiero construir para nosotros.

Lolita asintió, sin saber qué responder. En el fondo, el poder de su voz y la firmeza de su promesa la habían conmovido, y una parte de ella deseaba entregarse a la vida que él le ofrecía, una vida que ella ni siquiera sabía que podría existir.

Esa noche, mientras se despedía de Eudald en la puerta de su casa, él se inclinó hacia ella, besándole la mano con gentileza y la mejilla con un amago de pasión. Su madre, observando ya desde el umbral, le sonrió con aprobación. Cuando Eudald finalmente se fue, Lolita quedó contemplando la noche, sintiendo que acababa de abrirse una puerta hacia un futuro incierto, pero que, por primera vez, se perfilaba ante ella con promesas de algo más.


Inimpugnable
Capítulo 6: La promesa de un futuro

por Carmen Nikol


Capítulo anterior: La propuesta
Capítulo posterior: Preparativos y promesas


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Inimpugnable – Capítulo V: La propuesta

En las semanas posteriores a aquella primera visita, Eudald comenzó a frecuentar la casa de Lolita con regularidad, en momentos inesperados. Caballeroso, como siempre, cada vez que iba, llevaba algún pequeño obsequio: una caja de bombones, un ramo de flores frescas o alguna delicadeza que alegraba el día de madre e hija. Tan educado y tan atento que parecía haber aparecido en sus vidas como un salvador. Era como si una providencia les hubiese enviado a alguien que llenara el vacío de su hogar y, sin darse cuenta, empezaron a imaginarlo en su futuro, sobre todo Vicenteta.

Eudald, hábil y persuasivo, sabía cómo acercarse a la que ya veía como su futura suegra. Sus conversaciones se tornaron cada vez más profundas, y, con una delicadeza bien calculada, se ganó su confianza. Conseguía que se riese a carcajadas con anécdotas de su trabajo en La Maternidad de Barcelona y le hablaba de los viajes que soñaba con hacer; también de sus años de estudio, e incluso (y sobre todo) de la importancia de la familia y de la religión. Vicenteta se veía reflejada en él: una persona entregada, abnegada y con valores. Por primera vez, desde la muerte de su esposo, se sentía vista y valorada.

Una tarde de junio, mientras Lolita estaba en la escuela, Eudald apareció en la casa y sorprendió a Vicenteta con un almuerzo especial. Había preparado con detalle cada plato, un gesto que Vicenteta no recordaba haber recibido desde hacía años. Eudald se mostró atento, sirviéndole él mismo y mirándola con una intensidad que ella, nerviosa, evitaba.

—Vicenteta —comenzó él, después de un rato en silencio—, hace tiempo que quería decirte algo importante.

Ella lo miró, entre sorprendida y cautivada.

—Dime, Eudald.

Él tomó aire y entrelazó sus manos, como si estuviera a punto de tomar una decisión difícil.

—Desde que llegué a esta casa, me he sentido como en un refugio —dijo, bajando un poco la voz—. Tú y tu hija habéis sido una luz en mi vida, y ya no puedo imaginarme lejos de vosotras.

Vicenteta sintió cómo el corazón se le aceleraba, con un atisbo de esperanza que temía mostrar.

—Eudald… —murmuró, sin atreverse a interrumpirlo más allá de ese susurro.

—Quisiera pedirte la mano de tu hija, Lolita —continuó él, sin rodeos, dejando a Vicenteta sin aliento—. Quiero que sepas que haré todo lo que esté en mi poder para cuidarla, para darle la vida que merece.

Se quedó petrificada. Por alguna absurda razón, había creído que la propuesta iba a ser para casarse con ella. Aunque sabía que a quien cortejaba siempre era a su hija, por cómo se había desarrollado esa tarde, pensó que se le iba a declarar a ella.

—¿Estás… seguro de esto, Eudald? —preguntó con una mezcla de incredulidad y esperanza—. Lolita es tan joven…

—Precisamente por eso, Vicenteta. Lolita necesita a alguien que la cuide, que la guíe. Quiero que ella sienta la seguridad de un hogar. Prometo cuidarla y amarla. Además, sabes que puede contar conmigo en todo momento —le dijo con una dulzura que derritió las últimas dudas en el corazón de Vicenteta.

Rápidamente concluyo que su hija estaría segura y acompañada, y, al mismo tiempo, ella podría contar con la cercanía y protección de Eudald, del cual tampoco se quería separar. Así, apenas conteniendo la emoción, Vicenteta sonrió y asintió.

—Eudald, si esto es lo que quieres… yo confío en ti. Sé que serás un buen marido para mi hija.

Eudald le tomó las manos con ternura y en sus ojos brilló un destello de triunfo.

—Gracias, Vicenteta. Este es el primer paso de una vida juntos. No te arrepentirás.

Tras esta frase, bajo la luz cálida de la tarde, se selló el compromiso que cambiaría el destino de Lolita para siempre.


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Capítulo 5: La propuesta
por Carmen Nikol


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Inimpugnable – Capítulo IV: Una visita inesperada

Lolita observaba la vida pasar desde la ventana de su habitación, en su casa de Valencia. La luz del atardecer cubría las calles con un brillo dorado, y ella sentía cómo esa calidez contrastaba con la frialdad que invadía su hogar desde que su padre había fallecido. A pesar de que habían pasado ya algunos años desde esa pérdida, la tristeza seguía instalada en su corazón. Su madre, por su parte, parecía haber llenado el vacío con las atenciones de Eudald, quien se volvía cada vez más cercano y presente en sus vidas.

Era una tarde como cualquier otra cuando un coche se detuvo frente a la casa. Desde la ventana, Lolita reconoció a Eudald al instante, su silueta elegante y segura bajando del vehículo con su talante habitual. No era una visita programada, y eso la tomó por sorpresa. Se miró en el espejo, peinó su cabello con los dedos, y se apresuró a bajar al recibidor, donde su madre ya estaba abriendo la puerta con una amplia sonrisa.

—Eudald, qué sorpresa verte por aquí —dijo Vicenteta, con una emoción apenas disimulada—. Pasa, pasa, por favor. Nos alegra tanto recibirte.

Eudald entró en la casa y se inclinó para besar a Vicenteta en la mejilla con formalidad. Luego, sus ojos se posaron en Lolita, quien se encontraba al final del pasillo, observándolo.

—Buenas tardes, Lolita —le dijo con una sonrisa que ella sintió como si fuera solo para ella—. Espero no haber llegado en mal momento.

Lolita negó con la cabeza rápidamente, tratando de ocultar el leve rubor en sus mejillas.

—No, claro que no. Es… Es un placer verte, Eudald —respondió ella, sintiéndose torpe pero feliz.

Vicenteta los dejó solos bajo la excusa de ir a preparar algo de merienda. En cuanto su madre se alejó, Eudald se acercó a Lolita, le cogió la mano algo más fuerte que las anteriores veces y la miró en silencio, disfrutando esa incómoda complicidad y, sobre todo, sus pensamientos.

—Quería verte —le dijo en voz baja, casi como un susurro—. No podía dejar de pensar en nuestra última conversación.

Lolita sintió que el corazón se le aceleraba. Notaba a Eudald algo intenso, nervioso. Un poco más cerca de ella. Sus brazos la habían intentado rodear pero acabó abrazándola para cuando regresó Vicenteta.

—Yo también… —murmuró, sin saber bien cómo había brotado de sus labios esa apresurada frase—. Es decir, pensé en lo que dijiste.

Eudald sonrió, satisfecho, como si cada reacción de Lolita fuera una confirmación de lo que él esperaba de ella. Se inclinó y le susurró con suavidad:

—Eres tan especial, Lolita. De verdad lo eres. Deseo que desarrollemos nuestra relación

Ella sintió cómo su pulso se aceleraba al escuchar esas palabras, y bajó la mirada, sin saber cómo responder. Aquel momento era demasiado intenso, pero una parte de ella deseaba quedarse en él, perderse en la admiración que Eudald le ofrecía.

De pronto, Vicenteta los interrumpió:

—¡Lolita, ven a ayudarme con la merienda! —dándose cuenta del instante que estaba interrumpiendo.

Lolita parpadeó, volviendo a la realidad, y asintió con nerviosismo.

—Voy enseguida —respondió, y miró a Eudald una vez más antes de dirigirse hacia la cocina.

Allí, su madre la miraba con una sonrisa que parecía cargada de secretos. Con la bandeja lista, se dirigieron hacia la sala, donde Eudald las esperaba, sentado en un sillón de pana. Mientras conversaban, él no dejaba de mirarla de una manera que Lolita no podía interpretar, una mezcla de ternura y algo más oscuro que le generaba un nerviosismo nuevo y recurrente.

Al final de la velada, cuando Eudald se despidió, tomó nuevamente la mano de Lolita y la sostuvo por un momento, mirándola de nuevo intensamente.

—Vendré a verte más a menudo —le dijo con firmeza—. Quiero que sepas que siempre estaré aquí para ti. Tienes el número de teléfono de mi consulta. Si te apetece algo o te sientes inquieta, puedes llamarme en cualquier momento de la tarde, las tardes que no haya venido.

Lolita asintió, conteniendo la emoción y la confusión que le provocaban aquellas palabras y el carácter que había inundado el salón.

Mientras el coche de Eudald se alejaba, ella se quedó en la puerta, observándolo hasta que se perdió en la distancia, con la sensación de que algo había cambiado.

Vicenteta, tras la visita, hizo que su hija recogiese la mesa y fregase los platos. Aún no había decidido enseñarle a cocinar ni a prepararse para una futura vida que, quizá, la acechaba ya con paso firme. Una buena madre, en aquellos tiempos, se preocupaba de estas cosas. Tampoco le había hablado nunca sobre la intimidad entre hombre y mujer. ¿Para qué? Ya lo aprendería, como tuvo que aprenderlo ella, como tuvo que sufrirlo ella. Pero Eudald había tomado la iniciativa de irle comentando lo básico, algo que Vicenteta, por supuesto, no sabía. La confianza entre madre e hija, sin duda, dejaba mucho que desear. Al fin y al cabo, Vicenteta había sufrido de cierta envidia hacia su hija desde siempre. Quizá, en el futuro, podrían cambiar esas tornas.


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Capítulo 4: Una visita inesperada
por Carmen Nikol


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Inimpugnable – Capítulo III: Un helado de fresa

Era una tarde soleada, de esas pocas en las que, en Barcelona, el cielo parece no tener límites. Eudald y Lolita caminaban juntos hacia la heladería, uno al lado del otro, ella con una sonrisa nerviosa y él con una mirada firme, calmada y segura. Cada vez que se encontraban, Lolita sentía cómo sus dudas y sus inseguridades se desvanecían; junto a Eudald, el mundo parecía ordenarse de una forma que nunca había experimentado. De hecho, jamás había soñado con salir con ningún chico, menos aún con un hombre tan apuesto. Era como si alguien le diera el lugar que ella nunca supo imaginar ni sería capaz de pedir.

Se sentaron en una mesa cerca de la ventana y Eudald trajo un helado de fresa para Lolita y uno de café para él. Mientras el sol iluminaba su rostro, Eudald comenzó a hablar sobre su trabajo en La Maternidad. Le contaba historias de pacientes, de vidas nuevas que nacían cada día. Lolita le había preguntado cómo nacían los bebés y él le explicó por qué nacían, cómo y qué era lo que producía su gestación. Para ella, cada historia era un mundo fascinante y lejano al que él tenía acceso exclusivo. Eudald hablaba con calma, sin prisa, pausando cada tanto para observar la reacción de Lolita, deleitándose con cada destello de admiración que se reflejaba en sus ojos. Estaba claro que no contaba con mucha picardía…

La conversación giró, de repente, hacia temas más personales. Él, con una habilidad casi imperceptible, comenzó a hacerle preguntas sobre su vida, sobre sus temores y sus sueños. Al principio, Lolita respondió tímidamente, pero poco a poco se fue abriendo. Le habló de su padre, de cómo había muerto cuando ella tenía siete años, y de cómo nunca había vuelto a sentirse igual desde entonces. Eudald la escuchaba con una atención que la hacía sentir especial y sus palabras parecían aliviar esa carga pesada que llevaba desde la infancia.

—Yo también perdí a mis padres —le confesó, con un tono de voz bajo y un gesto de tristeza en el rostro—. Fue un accidente de coche cuando venían a visitarme para celebrar que había terminado mis estudios. Esa pérdida me cambió la vida, Lolita.

Ese «Lolita» sonó distinto en su voz. Ella levantó la mirada, sorprendida por la confesión de Eudald. Él no había mencionado aquello antes, y en ese momento, Lolita sintió una conexión indescriptible, como si compartieran una misma herida. Sin saber bien cómo reaccionar, tomó su mano sobre la mesa en un impulso casi inconsciente. Él la miró, sorprendido, y no apartó la mano. Un silencio profundo se instaló entre ellos, un silencio cargado de algo que ninguno de los dos nombraba, pero que ambos podían sentir, cada uno a su manera.

A partir de aquel día, los encuentros se hicieron más frecuentes. Eudald la buscaba cada vez más seguido, y Lolita, sin darse cuenta, se había vuelto dependiente de aquellas salidas, de la atención y de la calidez que él le ofrecía. Su madre, sin cuestionar nada, veía en esos encuentros una oportunidad para que su hija aprendiera, tal vez para que encontrara algo de estabilidad en una vida marcada por tantas pérdidas. Pero en cada mirada de Eudald, en cada conversación aparentemente inofensiva, había una intención que él cuidaba de mantener velada, calculando cada gesto, cada palabra.

Durante un paseo por el parque de la Ciutadella, Eudald, con un tono aparentemente casual, le habló sobre el amor. No se declaró, pero sus palabras estaban llenas de insinuaciones, de ideas que ella escuchaba como si fueran confesiones secretas. Le habló de cómo, a veces, las almas se encuentran y se reconocen sin importar la edad o las circunstancias. Lolita, fascinada y algo ruborizada, pero entregada, lo escuchaba sin poder ver el juego subterráneo que él desplegaba frente a ella. Eudald le explicó que, en muchas ocasiones, el amor no se entiende, que va más allá de lo que los demás piensan o creen correcto. A Lolita esas palabras le resultaban intrigantes, como si él estuviera hablándole de algo que aún no comprendía, pero que anhelaba descubrir. En ese momento, fue él quien tomó la mano de Lolita, con suavidad. Ella sintió una calidez desconocida que la llenó de un vértigo agradable, como si estuviera a punto de cruzar una línea que la convertiría en alguien nuevo.

—Eres muy especial, Lolita —dijo él, mirándola a los ojos—. Nunca dejes que nadie te haga creer lo contrario. Tú eres digna de ser amada y protegida.

Con esas palabras, Lolita sintió que algo se encendía en su interior. Por primera vez, alguien le decía que ella merecía ser querida, que era alguien valiosa. La emoción la embriagaba, y en ese momento, solo pudo asentir en silencio, mirándolo con cierta devoción. ¿Era eso sentirse mujer? Su padre, a pesar del amor que sentía por ella, no parecía haber sentido tanta cercanía hacia su madre y, Lolita, aunque inocente aún, temía que ser mujer fuera ser como su madre.

Aquel día, cuando llegó a casa, Vicenteta. Sabía que Lolita había pasado la tarde con Eudald y aquello era un privilegio que solo una mujer afortunada podía tener. Quizá demasiado para su hija. Su amor de madre era un amor complejo. Para ella, el luto parecía que debía durar para siempre, pero solo porque su educación la conducía a ese estar. Sin embargo, de nuevo, el amor de un hombre importante en la vida de Vicenteta, recaía con fuerza en su hija. Le decía a Lolita: «Es un hombre de bien, un caballero que se preocupa por ti». Quería que Eudald estuviese en sus vidas, pero… ¿solo por el bien de su hija?

Aquella noche, en la soledad de su habitación, Lolita se preguntó qué significaban realmente las palabras de Eudald y si aquel interés en ella era tan sincero como parecía o si había algo más, algo que no podía definir. Dentro de su inocencia, también pensaba en que las palabras que le había expresado su madre no sonaban del todo sinceras. Algo la intranquilizaba.

Las noches siguientes, mientras intentaba conciliar el sueño, su mente volvía una y otra vez a sus palabras. Sentía un ardor extraño en el pecho, una mezcla de admiración, miedo y anhelo que se agolpaba en su mente. Eudald había conseguido sembrar en ella una semilla de dependencia, de deseo, de esa devoción que él sabía alimentar con sutil precisión.


Inimpugnable
Capítulo 3: Un helado de fresa

por Carmen Nikol


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Inimpugnable – Capítulo II: El Encuentro

Lolita jamás olvidaría la primera vez que vio a Eudald. No tenía forma de imaginar lo que significaría para ella aquel encuentro que su madre, Vicenteta, había provocado de manera inocente. Habían ido juntas a Barcelona, a visitar a una amiga de Vicenteta que acababa de dar a luz en La Maternidad, un hospital con una fama respetable y un aire solemne que intimidaba a la joven Lolita.

La amiga de su madre, Chelo, aunque exhausta por el parto, las recibió con la calidez que le quedaba, entre risas apagadas por la debilidad, Lolita sintió que estaba en un lugar extraño, aún no acababa de entender por qué Gloria había tenido un hermanito. Tampoco cómo era posible que naciesen de dentro de Chelo.

Fue en esa misma habitación, con las paredes pintadas de un blanco que hacía arder los ojos, donde Eudald hizo su entrada. Él era un hombre de complexión fuerte, con una mirada seria que rápidamente se volvió hacia Lolita, la cual no pudo evitar bajar los ojos al notar la intensidad de ese hombre, que parecía leerla de una sola ojeada. Era el Director Médico de La Maternidad, un joven respetado en su ámbito. Sus movimientos denotaban una seguridad y precisión que no pasaron desapercibidos para nadie en la sala. Al mirarla, una pequeña sonrisa surgió en sus labios. «¿Qué tienes aquí?», preguntó suavemente, señalando un pequeño granito en la mejilla de Lolita.

Con esa sonrisa y un tono delicado, Eudald rompió la distancia que había entre ellos y comenzó una conversación que, a Lolita, le hizo sentirse importante, casi en el centro de la escena. Su madre, sorprendida de que el atractivo médico le prestara tanta atención a su hija, no tardó en ver en él una figura de autoridad y, tal vez, de respeto y admiración. Eudald le explicó que ese granito en la mejilla podía ser una pequeña señal de un desbalance hormonal y, si querían, podía revisarla en su consulta esa misma tarde.

La madre, honrada de recibir tal atención, aceptó la propuesta sin dudar, agradecida de que un médico tan prestigioso se preocupara por una joven como su hija. Aquel hombre de aspecto moreno, tanto en su cabello como en su tez y sus ojos, usaba una voz tranquila, cercana. Su traje, perfectamente planchado, se podía ver por debajo de una bata inmaculadamente blanca. Sin duda, a Vicenteta le parecía un hombre sumamente deseable.

Aquella tarde, en la consulta privada de Eudald, el ambiente era distinto. Lolita estaba nerviosa y Eudald percibió el leve temblor de sus manos cuando se las estrechó con la suavidad calculada de alguien que sabe controlar cada movimiento. Para ella, el lugar tenía un aire sofisticado y, a la vez, rancio: las paredes estaban decoradas con cuadros de temas médicos y filosóficos, y un tenue olor a desinfectante impregnaba el aire. Eudald observaba cada detalle de ella, cada palabra y cada gesto. Le fascinaba esa mezcla de inocencia y belleza tan difícil de encontrar, y… sabía perfectamente lo que quería de ella.

Vicenteta, encantada con la atención que el médico les brindaba, apenas notaba el interés real de Eudald, quien hablaba de temas médicos complejos para impresionar, buscando cautivar tanto a madre como a hija. Les explicó que Lolita estaba en una etapa de desarrollo delicada y que, para mantener un equilibrio hormonal adecuado, necesitaba algunos cuidados especiales. «Nada grave, solo algo que debemos atender con cuidado. Unas simples pastillas anticonceptivas, por un breve tiempo, podrán rebajar su acné. Es algo relativamente novedoso pero no es peligroso, si tiene ya el periodo», decía, mientras miraba a Vicenteta, pensando que, por su expresión, aquella mujer no sabía de qué le hablaba, a pesar de que llevaban más de una década en España. Vicenteta le respondió que hacía ya dos años que tenía la regla y que podían probar tal tratamiento.

Fue al final de la consulta cuando Eudald sugirió, con la misma calma de quien invita a una charla más, que Lolita y él podrían verse de vez en cuando. Podrían salir a tomar un helado o a pasear, una simple distracción que le haría bien a la joven, para aliviar el estrés que él podía percibir en su mirada y en su cuerpo. Vicenteta, sorprendida y celosa, pero agradecida y complacida, aceptó la oferta casi de inmediato, convencida de que aquel hombre representaba una figura imponente y de protección para su hija. Incluso, quizá, para ambas.

Con ese primer «sí» de su madre, Lolita y Eudald comenzaron a verse de tanto en tanto, siempre en entornos aparentemente inocentes y, casi siempre, acompañados por Vicenteta. Para Lolita, aquellos encuentros tenían el sabor de algo nuevo, un respiro ante la monotonía de su vida, marcada por el vacío de una pérdida que aún dolía. Eudald se le acercaba con amabilidad, siempre atento a cualquier detalle, escuchando sus palabras y regalándole miradas que hacían que su corazón latiera más rápido, sobre todo cuando conseguían quedar sin la compañía de la madre, algo que Eudald procuraba con facilidad.

Para Lolita, él era una figura estable en medio de la confusión de su juventud. Y, aunque aún no lograba ponerle nombre a lo que sentía, comenzaba a experimentar algo que jamás había sentido antes: un deseo latente, el anhelo de estar cerca de alguien que parecía conocer cada uno de sus pensamientos. Aquellos encuentros, aparentemente simples y casuales, iban tejiendo entre ellos una conexión que ni ella ni su madre podían prever dónde acabaría.


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Capítulo 2: El Encuentro

por Carmen Nikol


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Inimpugnable – Capítulo I: Dolores

Lolita había nacido un 21 de noviembre, en Valencia, en un día gris y lleno de viento que parecía anticipar el infortunio. Su madre la bautizó con el nombre de Dolores, como si su destino ya estuviera marcado, y fue su padre quien, con cariño y ternura, empezó a llamarla «Lolita» para suavizar la dureza de ese nombre. «Mi Lolita», decía, como si fuera su tesoro más preciado, un resplandor cálido en medio de un hogar lleno de silencios y sombras.

A los siete años, Lolita perdió a ese hombre que era todo para ella. Su padre, un empresario en la industria de hilaturas, falleció inesperadamente, dejando un vacío insuperable en el hogar. Para Lolita, el mundo cambió de un día para otro. La risa de su padre y su olor a tabaco mezclado con algodón desaparecieron, y en su lugar quedó un silencio sofocante que su madre, Vicenteta, intentaba llenar con palabras que sonaban huecas. Nada lograba consolar a Lolita; ni los abrazos, ni las historias de consuelo que su madre intentaba contarle al pie de su cama cada noche.

Para Vicenteta, aquella pérdida fue también una liberación velada. Su esposo había sido un hombre autoritario, y ella, resignada a ser una mujer de pocas opciones en una época en la que las mujeres ni siquiera podían tener cuentas propias, asumía que viviría en la sombra de su hija. Pero, al mismo tiempo, resentía el dolor inquebrantable de Lolita, la devoción que mostraba hacia un padre que ya no estaba y la mirada ausente que tanto la irritaba, como si le dijera que ella nunca podría llenar su vacío.

Aquel duelo silencioso no era solo por la pérdida de su padre; era la transición de una niña a una especie de estatua, una belleza helada a la que nadie lograba arrancar una sonrisa verdadera. Lolita no se sentía en su lugar en el mundo; se limitaba a observar desde las esquinas, y su mirada clara y serena escondía un dolor profundo que los demás no comprendían. En la escuela, las burlas se volvieron cotidianas: los chicos la molestaban por su apariencia, y las chicas, por su belleza. Pero la pérdida de su padre la había endurecido. Aguantaba en silencio, sin rebelarse, mientras el tiempo pasaba y su tristeza se convertía en parte de ella.

Así, su infancia se fue desvaneciendo sin que nadie hiciera algo para salvarla de ese vacío. En un trato que no supo nunca cómo ni cuándo sucedió, la fábrica de hilaturas, el legado de su padre, pasó a manos del encargado, un hombre sin escrúpulos que engañó a Vicenteta con una paga mensual insignificante. La madre de Lolita, resignada, aceptó el trato para poder seguir adelante, sin comprender el alcance de lo que había perdido.

Las tardes en Valencia se volvieron monótonas y solitarias. Vicenteta no podía permitirse muchas cosas y el dinero apenas alcanzaba para lo básico. Lolita pasó los años encerrada en su propio mundo, soñando con algo que ni ella misma podía describir, como una especie de refugio secreto al que nadie tenía acceso.

Su belleza crecía sin que ella misma se diera cuenta, y en su interior se fortalecía una especie de tristeza inmóvil, como si la vida le hubiera quitado la capacidad de sentir plenamente. Los niños la llamaban «rara», y los adultos simplemente desviaban la mirada, incapaces de enfrentar la intensidad de esa niña que parecía ausente.

Lolita cumplía cada año con el peso de una tristeza que se hacía más profunda, y su madre, incapaz de entenderla, comenzó a distanciarse de ella. Con el tiempo, Vicenteta apenas reconocía a su hija, esa joven de belleza helada, tan distinta a la niña que había nacido en un noviembre ventoso.

El 21 de noviembre de 1975, Lolita cumplió dieciséis años. La celebración fue silenciosa, apenas un par de palabras de felicitación de su madre, quien en el fondo miraba a su hija con resentimiento y admiración, como si albergara un deseo oculto de poseer aquella juventud y belleza que Lolita exhibía sin saberlo.

Ese mismo año, en Barcelona, alguien que cambiaría su vida para siempre se preparaba para un encuentro que marcaría el destino de ambos.


Inimpugnable
Capítulo I: Dolores
por Carmen Nikol


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