La geología versus el dogma climático (2ª parte): realidades, mitos y leyendas sobre el efecto invernadero

NOTA DEL AUTOR

Desde el otoño de 2021, se vienen publicando en esta revista una serie de artículos dedicados a divulgar, con un lenguaje asequible a los no especialistas, diferentes temas de interés, con especial atención a cuestiones geológicas de actualidad como el calentamiento global y el cambio climático. Hace unos meses, el Colegio Oficial de Geólogos de España se mostró interesado en dichos artículos y solicitó una síntesis de los mismos para ser publicados en su revista de divulgación geológica, Tierra y Tecnología. Dicha síntesis, dividida en dos partes para evitar una longitud excesiva, fue evaluada, revisada y publicada en su primera parte el pasado 30 de Noviembre. Sus conclusiones, muy diferentes a las hipótesis de muchos investigadores que defienden el origen antrópico del calentamiento global, han molestado a diferentes colectivos, dando lugar a la publicación de diversas informaciones en diversos periódicos digitales, regionales y nacionales, donde se ha calificado el artículo como poco científico, asignándole además (de forma gratuita) connotaciones políticas inexistentes. Además, se ha instado al Colegio Oficial de Geólogos para que se retirase el artículo y que no se publicase la segunda parte. Atendiendo al interés de muchas personas por conocer el contenido completo del artículo, se adjunta a continuación su texto íntegro, tal y como fue remitido a la revista Tierra y Tecnología. Por ello, su formato y su longitud son diferentes de las entradas anteriormente publicadas en ENTREVISTTAS.

INTRODUCCIÓN

En la primera parte de esta publicación, se han descrito las informaciones climáticas que han quedado registradas en las rocas, en los sedimentos, en los fósiles y en el hielo, que permiten afirmar que a lo largo de miles de millones de años de historia de nuestro planeta, se han registrado múltiples cambios climáticos, similares o incluso más extremos que el calentamiento actual. También, se han detallado los procesos (actividad volcánica, evolución de las manchas solares, radiación cósmica y cambios cíclicos en la órbita terrestre) que controlan la iluminación recibida del sol y su incidencia en la temperatura terrestre, concluyendo que dichos procesos, espontáneos y naturales, están fuera del control antrópico. Debe deducirse por lo tanto que el calentamiento global no es un cambio climático desencadenado por las actividades humanas, ni tampoco el Hombre tiene la capacidad para revertirlo. Sin embargo, a pesar de estas evidencias, en los medios de comunicación se difunden frecuentemente informaciones que indican lo contrario, afirmando que existe un consenso unánime entre los científicos sobre el origen antrópico de los cambios climáticos actuales. Quizá convenga recordar aquí que la Ciencia no suele regirse por criterios democráticos y el hecho de que exista una mayoría de publicaciones a favor de una hipótesis, no implica necesariamente que esa sea la interpretación correcta. Citando de nuevo las palabras del profesor Richet, ya mencionadas en la primera parte de este artículo: En realidad, la noción de consenso no es pertinente aquí, porque la historia de la ciencia no es más que un largo paseo por el cementerio donde descansan en paz las ideas aceptadas sin discusión durante mucho tiempo. Más bien, sirve de justificación para desterrar del debate cualquier idea heterodoxa que cuestione el dogma. Y tampoco debe olvidarse que el ese supuesto consenso sobre el origen humano del calentamiento global, como indica Hugo Rubio (2021), tiene más de 31.000 disidentes, lo que representa una cantidad nada desdeñable.

Antes de continuar, es necesario aclarar (no hay duda al respecto y está fuera de discusión) que es absolutamente necesario controlar, no sólo las emisiones atmosféricas, sino también los vertidos tóxicos,  el abuso en la utilización de fertilizantes, el uso y vertido incontrolado de plásticos y un largo etcétera, una extensa lista de productos que, incorrectamente utilizados, están ensuciando la naturaleza. Pero la necesidad de poner freno a la contaminación que nos rodea, no debe impedir la búsqueda de las verdaderas causas del calentamiento global, comprobando si su principal responsable es realmente el dióxido de carbono.

LA BESTIA NEGRA DEL CALENTAMIENTO GLOBAL: EL EFECTO INVERNADERO

El efecto invernadero es un fenómeno natural, ocasionado por determinados gases presentes en la atmósfera, que tienen la capacidad de retener parte de la radiación térmica recibida del sol y reflejada por la superficie terrestre, evitando que se escape hacia el espacio exterior. El vapor de agua, el dióxido de carbono (CO2), el metano (CH4), el ozono (O3) y otros gases se encargan de producir ese efecto de retención. Este proceso, que siempre había sido considerado beneficioso, ya que gracias a él la temperatura del planeta se mantiene a un nivel adecuado para el desarrollo de la vida, ha pasado en poco tiempo de héroe a villano. Y dentro de la lista de gases y vapores mencionados, el dióxido de carbono se ha convertido en el culpable principal de potenciar en exceso la capa protectora de nuestra atmósfera por haber alcanzado valores demasiado altos, y a él se le atribuye la responsabilidad principal del calentamiento global. Por ello, se está procediendo a la firma, en diferentes conferencias y cumbres climáticas internacionales, de convenios y acuerdos para conseguir la reducción de emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera. Está fuera de toda duda que la actividad humana está contribuyendo al aumento de los niveles de CO2 en la atmósfera. Pero, la información disponible muestra que los actuales valores atmosféricos de dióxido de carbono no representan ninguna anomalía en la historia del planeta. Puede conocerse cuál fue el comportamiento relativo del CO2 respecto de la temperatura en épocas pasadas, mediante la información proporcionada por los sondeos realizados en el casquete glaciar de Groenlandia, ya mencionados en la primera parte de este artículo. Extrayendo y analizando el aire ocluido entre los cristales de hielo, se ha podido obtener una valiosísima información sobre la evolución en la composición de la atmósfera terrestre en tiempos pasados, no sólo del isótopo O18 que nos proporciona una estimación indirecta de la temperatura, sino también de su contenido en dióxido de carbono.

Figura 1.- Comparación entre la evolución de la temperatura (línea roja) y el dióxido de carbono en la atmósfera (línea azul) durante los últimos 400.000 años. Datos obtenidos a partir de los sondeos en el casquete glaciar de Groenlandia.

La Figura 1, basada en los datos de Jouzel et al. (2007), representa la evolución de ambos parámetros durante los últimos 400.000 años y muestra el enorme paralelismo que existe entre ellos, aumentando y disminuyendo de forma aparentemente simultánea. La concordancia entre las dos gráficas de la Figura 1 sugiere que existe una estrecha relación entre ellos y por eso, en 2006, Al Gore utilizó una gráfica muy similar en su famoso video sobre el calentamiento global, que llevaba por título Una verdad incómoda. En aquel documental, que ha tenido una enorme influencia en la opinión pública, se afirmaba taxativamente que era el aumento de CO2 el que estaba provocando la elevación de la temperatura, profetizando que el cambio climático causaría millones de muertos. Sin embargo, estudiando los datos con mayor detalle, la Figura 1 está indicando todo lo contrario, ya que es la temperatura (línea roja) quien tiende a preceder en el tiempo al aumento del CO2. Esta situación, no es muy evidente por la escala temporal del gráfico en la Figura 1, ya que las dos líneas se superponen en gran parte de su trazado. Sin embargo, es mucho más evidente si realizamos una ampliación, como se puede apreciar con mucha mayor claridad en la Figura 2, correspondiente al periodo comprendido dentro de los últimos 150 000 años.

Figura 2.- Comparación entre la evolución de la temperatura (línea roja) y el dióxido de carbono en la atmósfera (línea azul) durante los últimos 150.000 años. Datos obtenidos a partir de los sondeos en el casquete glaciar de Groenlandia.

El desfase entre dióxido de carbono y temperatura resulta aún más evidente con una nueva ampliación, por ejemplo, para el periodo comprendido entre los 235.000 y 245.000 años (Figura 3), donde se aprecia como el pico del valor máximo de la temperatura se alcanza 800 años antes que el máximo de C02.

Figura 3.- Comparación entre la evolución de la temperatura (línea roja) y el dióxido de carbono en la atmósfera (línea azul) durante el periodo comprendido entre 237.000 y 235.000 años. Datos obtenidos a partir de los sondeos en el casquete glaciar de Groenlandia.

Esta secuencia puede explicarse por el particular comportamiento que tiene el CO2 disuelto en el agua, cuyo producto de solubilidad disminuye al aumentar la temperatura. Teniendo en cuenta que el agua de los océanos es la principal fuente de emisión de dióxido de carbono, al ir ascendiendo la temperatura de los mares, crecen las emisiones desde el agua hacia la atmósfera, pero siempre con un cierto retardo respecto del aumento de la temperatura, porque la enorme profundidad de algunas zonas, hacen que se necesite mucho tiempo para calentar la enorme masa de agua de todo el planeta.

Desde esta perspectiva, puede afirmarse que realmente sí existe una relación causa – efecto entre el aumento del dióxido de carbono y el calentamiento global, al menos cuando se observa su evolución durante periodos de tiempo muy largos, pero esta relación se produciría en sentido opuesto al postulado por Al Gore. Es decir, que en realidad, como consecuencia de los procesos que controlan la radiación solar que llega al planeta, al calentarse las aguas de los océanos, aumentaría el nivel de CO2 en la atmósfera, y no al revés.

Por otra parte, existen informaciones correspondiente a épocas más recientes, atestiguando que cuando se observan estos mismos procesos durante periodos de tiempo más cortos, no existe una relación directa entre la evolución de la temperatura y la variación del contenido atmosférico de dióxido de carbono. La gráfica de la Figura 4, basada en informaciones proporcionadas por la NASA, muestra como durante el intervalo comprendido entre 1945 y 1975, a pesar de tratarse del momento en que se generalizó el uso del automóvil y se produjo un considerable aumento de las emisiones antrópicas de dióxido de carbono a la atmósfera (línea azul), la temperatura (línea roja), no creció paralelamente, sino que incluso descendió de una manera significativa.

Figura 4.- Comparación entre la evolución de la temperatura (línea roja) y el dióxido de carbono en la atmósfera (línea azul) desde 1880 hasta la actualidad. (Gráfica elaborada a partir de datos de la NASA).

Las figuras anteriores evidencian que las relaciones entre la evolución del dióxido de carbono en la atmósfera y la temperatura, tienen un aspecto muy diferente según el intervalo temporal que se tome en consideración. Durante los últimos 400.000 años (Figura 1) la correlación es perfecta. Si se selecciona un periodo de 150.000 años, se visualiza más claramente el retardo entre ambos parámetros, que se hace aún más evidente para los 10.000 años de la Figura 3. Y finalmente, en la Figura 4 pueden observarse tendencias opuestas para un periodo de unas tres décadas.  

La misma falta de correlación se observa si comparamos la evolución de temperatura y el valor de las emisiones antrópicas de CO2 (no el contenido atmosférico), como se representa en la Figura 5, según datos obtenidos en https://ourworldindata.org. para el intervalo comprendido desde 1850 hasta la actualidad.

Figura 5.- Comparación entre la evolución de la temperatura (línea roja) y las emisiones antrópicas de dióxido de carbono (línea negra) desde 1850 hasta la actualidad. Basado en Soon (2004), Harvard Smithsonian Center for Astrophisics (En Durkin, 2007)

En la gráfica, la línea negra representa los valores de las emisiones, la línea roja el promedio de la anomalía térmica global y la línea azul a trazos representa la tendencia general de la evolución térmica. Desde 1970 hasta la actualidad, las emisiones de dióxido de carbono y las anomalías térmicas ascienden con tendencias similares a medida que avanza el tiempo, mientras que en el periodo comprendido entre 1850 y 1970, la temperatura sufre bruscas oscilaciones, completamente independientes del ritmo de las emisiones de CO2. La disconformidad entre ambas curvas entre 1850 y 1970, indicaría que los cambios de temperatura están controlados por parámetros ajenos al efecto invernadero.

Por otra parte, los datos representados en la Figura 6, basados en observaciones efectuadas en la Antártida por diversas agrupaciones científicas (incluyendo la NASA) entre los años 1890 y 2000, aclaran que es la radiación solar quien controla esas discrepancias. En el gráfico de la derecha, se observa una estrecha correlación entre la evolución de la temperatura (línea roja) y la radiación solar (línea negra, expresada en watios por metro cuadrado), que a lo largo de toda la gráfica mantienen tendencias prácticamente idénticas. En cambio, en la gráfica de la izquierda, donde la línea azul corresponde a la variación del CO2 en la atmósfera (expresada en partes por millón), la temperatura y el CO2, se muestran como parámetros independientes en la mayor parte de su trazado. Teniendo en cuenta que el intervalo temporal representado en la Figura 6 coincide con la mayoría del periodo de la Figura 6, puede afirmarse que la disarmonía observada entre CO2 y temperatura queda plenamente justificada por la evolución de la radiación solar.

Figura 6.- Comparación entre la evolución de la temperatura (línea roja), la radiación solar (línea negra) y contenido atmosférico del CO2 desde 1890 hasta la actualidad, a partir de observaciones realizadas en la Antártida.

Ateniendo a lo que puede observarse en las figuras 4, 5 y 6, debe recordarse que cuando existe una correlación causa – efecto entre dos fenómenos, su interrelación debe verificarse en todo momento y no sólo en determinados intervalos temporales. Existen además otras evidencias que también deben ser tenidas en cuenta para analizar el comportamiento del CO2 en la atmósfera. La Figura 7, elaborada a partir de datos publicados en  https://ourworldindata.org, permite comparar las emisiones antrópicas de CO2  (línea negra) con la evolución de los contenidos de ese mismo gas en la atmósfera (línea roja), medidos anualmente en la estación de Mauna Loa, en el archipiélago de Hawái, durante el intervalo comprendido entre 1960 y la actualidad.

Figura 7.- Comparación entre la evolución de las emisiones antrópicas de CO2  (línea negra) y la evolución de los contenidos de ese mismo gas en la atmósfera (línea roja) durante el intervalo comprendido entre 1960 y la actualidad.

Aunque es evidente la tendencia creciente de ambas gráficas, es llamativo que, durante un periodo de 60 años, el contenido de CO2 en la atmósfera haya ido aumentando a un ritmo prácticamente constante (la línea roja es prácticamente una recta), a razón aproximadamente de 1,6 ppm cada año, sin acusar los aumentos en las emisiones, que han ido creciendo a lo largo de ese mismo intervalo temporal. Esta falta de respuesta al aumento de las emisiones, indicaría que la variación del contenido de CO2 en la atmósfera sigue un ritmo que no está controlado por las emisiones antrópicas, siguiendo probablemente (entre otros procesos) el dictado del aumento en la temperatura del agua de los océanos, como se ha sugerido anteriormente.

Tampoco deben olvidarse los mecanismos autorreguladores de la propia naturaleza para controlar la composición de la atmósfera, como los procesos de meteorización de los silicatos, que contribuye a la extracción de CO2 de la atmósfera (Arnscheidt & Rhotman, 2022, y muy especialmente el mundo vegetal. Con frecuencia, suele olvidarse que el aumento de la temperatura del agua del mar implica un crecimiento muy importante del fitoplancton, que tiene una enorme capacidad de actuar como sumidero de CO2, mayor aún que la selva amazónica, lo que permitiría explicar por qué los valores de CO2 en la atmósfera no están acusando el aumento de las emisiones.

LA DISCUTIBLE ESTADÍSTICA

A pesar de los datos y evidencias mencionados, se suele transmitir a la opinión pública, que las emisiones antrópicas de dióxido de carbono son las responsables directas y exclusivas del calentamiento global, con el apoyo de abundantes datos estadísticos.  Durante las últimas décadas, la estadística se ha ganado el dudoso prestigio de ser una ciencia donde los resultados pueden ser elásticamente estirados y adaptados, a pesar del rigor matemático de sus cálculos. Con sentido del humor, suele decirse que existen tres tipos de verdades: las verdades en sentido estricto, las verdades a medias y las verdades estadísticas. Los usuarios de esta disciplina (de alguna manera, todos lo somos y sufrimos las consecuencias de sus veredictos), conocemos bien su indudable utilidad, pero también los peligros potenciales que encierra si no se utiliza correctamente.

Para caricaturizar los procedimientos poco ortodoxos, aquellos que tratan de forzar los resultados de una investigación hacia conclusiones preconcebidas, es bien conocida la Constante de Skinner, que puede definirse como el número, entero o fraccionario, real o imaginario, que sumado, restado, dividido o multiplicado por el valor obtenido, proporciona el resultado que se deseaba obtener. Esta capacidad potencial para la manipulación, por las posibilidades que ofrece tanto para la presentación sesgada de los datos como para su interpretación, ha sido considerada una cuestión lo suficientemente seria como para que un señor llamado Darrell Huff, se tomase el trabajo de publicar un libro titulado Cómo mentir con estadísticas (2015), que se convirtió enel manual sobre esta ciencia más vendido en la segunda mitad del siglo XX.

La manera más efectiva de dirigir los análisis estadísticos hacia los objetivos deseados, es seleccionar los datos a utilizar para que, sin manipulaciones, se alcancen los resultados esperados. Un claro ejemplo de cómo se pueden obtener conclusiones diametralmente opuestas en función del intervalo temporal seleccionado, lo podemos encontrar en las series estadísticas del cambio climático.

La Figura 8, basada en Pedraza (1996), ya publicada en la primera parte de este artículo, muestra la evolución estimativa de la temperatura media del planeta a lo largo del tiempo. En la gráfica, la línea negra horizontal representa la temperatura actual y la línea en zigzag la variación de la temperatura a lo largo del tiempo, evidenciando que durante los últimos 2.800 millones de años, la temperatura de la Tierra ha sufrido variaciones constantes, alcanzando valores mucho más extremos, más fríos y más cálidos, que los actuales.

Figura 8.- Evolución estimativa de la temperatura media del planeta a lo largo del tiempo,  a partir del momento en que los restos fósiles proporcionan información sobre condiciones atmosféricas.

Observando la posición de la línea negra horizontal, es evidente que en el momento actual nos encontramos en una situación intermedia, lejos de los periodos muchísimo más fríos o muchísimo más cálidos que ha experimentado el planeta en épocas pasada. Incluso, si centramos nuestra atención en el tramo más reciente de la gráfica, el extremo derecho de la línea en zigzag, se aprecia que la línea es descendente, hacia el enfriamiento, a pesar del innegable calentamiento que está sufriendo el planeta en el momento actual. Esta aparente contradicción, se debe simplemente a la escala de observación, ya que esa es realmente la tendencia que se observa cuando se contempla la evolución térmica de la Tierra con la perspectiva de miles de millones de años.

Figura 9.- Evolución de la temperatura durante los últimos 65 millones de años. Basada en Zachos et al. (2001).

En la Figura 9, donde se ha realizado una ampliación del tramo final de la figura anterior, correspondiente a los últimos 65 millones de años, la evolución de la temperatura muestra un acusado perfil en diente de sierra, una alternancia de alrededor de 400 máximos y mínimos, correspondientes a los ciclos de Milankovitch ya mencionados en la primera parte de este artículo. A pesar de los vaivenes y oscilaciones registradas, la tendencia general coincide con la gráfica anterior, es decir, que a largo plazo, la tendencia actual es hacia el enfriamiento. Si continuamos haciendo ampliaciones y centramos ahora nuestra atención en lo ocurrido durante los últimos 400.000 años, en la Figura 10 se aprecian con mayor detalle las últimas oscilaciones térmicas experimentadas por el planeta, donde la línea azul discontínua, representa la tendencia general.

Figura 10.- Evolución de la temperatura (línea roja) durante los últimos 400.000 años. La línea azul discontínua, representa la tendencia general.

La comparación entre las figuras 9 y 10 permiten comprobar como, al cambiar el intervalo temporal de observación y centrar la atención en un periodo más corto, desaparece la tendencia decreciente, pasando a situarse con un perfil ligeramente ondulado pero prácticamente plano. Si hacemos una nueva ampliación y nos fijamos en lo ocurrido durante el último siglo y medio (ver Figura 4) se puede apreciar una tendencia netamente ascendente de la temperatura. Es indudable que si se observa la Figura 4 de manera aislada y sin tener en cuenta las tendencias observadas en las figuras 8, 9 y 10, es imposible apreciar si el ascenso térmico registrado durante los últimos años representa un hecho aislado  o forma parte de la tendencia que ya se había iniciado hace 20.000 años. O incluso, no representa más que un breve periodo de calentamiento dentro de un ciclo largo de descenso térmico iniciado hace millones de años, como demuestra la Figura 9. Esta comparación ilustra la importancia que tiene la selección del intervalo temporal a estudiar, para garantizar la representatividad y la validez de las conclusiones a obtener, dejando en evidencia que si la información corresponde a un intervalo de tiempo excesivamente corto, las variaciones de temperatura registradas en las últimas décadas no permiten una interpretación correcta del proceso de cambio climático. Las dudas sobre la representatividad de la información plasmada en una gráfica de la evolución térmica del planeta, aumentan aún más cuando, además de elegir un intervalo excesivamente corto, se mezclan datos diferentes. Este es el caso de la Figura 11, la última versión de la gráfica que el IPCC viene publicando y actualizando desde finales del siglo pasado y que representa la evolución de la temperatura del planeta durante los dos últimos milenios.

Figura 11.- Evolución de la temperatura durante los dos últimos milenios según el International Panel on Climatic Change (IPCC).

Dicha gráfica, denominada coloquialmente como el palo de hockey (su largo tramo rectilíneo, con un una brusca elevación final, casi en angulo recto, recuerda a la forma de esa herramienta deportiva), ha sido elaborada integrando medidas termométricas con estimaciones de temperatura a partir de datos con orígenes diversos como anillos de crecimientos de árboles, corales e isótopos de oxígeno en sondeos de hielo. Debe recordarse que no hay medidas obtenidas mediante termómetros antes del siglo XIX y para corregir la heterogeneidad de los datos (es decir, hacer corresponder por ejemplo las características el anillo de crecimiento de un árbol con una determinada temperatura), se han aplicado técnicas estadísticas. Y, precisamente, sobre los métodos estadísticos aplicados cayeron graves críticas.

La publicación de la primera versión del palo de hockey a finales del siglo XX, proclamando que el planeta está experimentando un calentamiento drástico y sin precedentes, causó un gran revuelo y una enorme alarma social. El sobresalto provocado es totalmente comprensible, ya que el tramo corto del palo de hockey, ese brusco cambio de tendencia, coincide con el inicio de la época industrial, lo que permitía establecer una clara correlación entre la actividad humana y el calentamiento global, obviando que la evolución térmica de los dos últimos milenios no puede considerarse anómala en el conjunto de la historia del planeta.

Investigaciones posteriores indicaron que dicha gráfica fue elaborada aplicando metodologías inadecuadas, atribuyendo mayor peso en la ponderación a determinados parámetros para dirigir los cálculos hacia los resultados que se deseaba obtener, tal y como pusieron de manifiesto Mcintyre y Mckitrick (2005). Por si esto no fuera suficiente, en 2009, un pirata informático filtró a la prensa una serie de correos electrónicos entre miembros del IPCC que dejaban en evidencia la manipulación de datos, la destrucción de pruebas y la realización de fuertes presiones para acallar a los científicos escépticos, el denominado Climagate al que ya se ha hecho referencia en la primera parte de este artículo. Existen además otros criterios que introducen serias dudas sobre la representatividad de la Figura 11.  Las informaciones obtenidas mediante sondeos en el hielo de Groenlandia, indican la existencia de un periodo muy cálido (con temperaturas muy similares a las actuales) al principio del último milenio, seguido de un periodo muy frío iniciado al principio de la Edad Moderna. Dichos datos son perfectamente coherentes con informaciones históricas (ver Figura 12, extraída de Gomez Ortíz, 2006). Las cálidas temperaturas durante los primeros años del milenio, el Óptimo Medieval, permitieron a los vikingos colonizar un extenso territorio, en buena parte libre de hielo, que fue bautizado como Greenland, es decir, país verde, la actual Groenlandia. Su presencia allí está certificada por restos arqueológicos y también documentación conservada en los archivos vaticanos. Pero sólo aguantaron allí unos pocos siglos, cuando comenzaron a descender las temperaturas y la agricultura resultó imposible, se vieron obligados a abandonar aquel territorio. Durante el periodo frío que siguió, la Pequeña Edad de Hielo, son abundantes las informaciones sobre temperaturas extremadamente bajas que llegaron a congelar el río Támesis en Londes e incluso los canales de Holanda y Venecia. No deja de ser llamativo que oscilaciones térmicas tan significativas pasen totalmente desapercibidas en el palo de hockey de la Figura 11.

Figura 12.- Evolución de la temperatura durante el último milenio, contrastada con datos históricos.

Teniendo en cuenta estos datos, no parece descabellado afirmar que la Figura 11 no refleja fidedignamente todos los conocimientos actuales sobre la evolución climática del planeta, ya que  con la informacion correspondiente a tan sólo dos milenios, no se puedan obtener conclusiones representativas de lo que realmente está ocurriendo. Entonces, cabe preguntarse: ¿Por qué el trabajo del IPCC se ha centrado tan sólo en un intervalo de tiempo tan breve? ¿Por qué en la Figura 11 se hace referencia a periodos de 2.000 y de 100.000 años, ignorando toda la historia anterior, registrada en las figuras 8, 9 y 10? Se podría obtener una visión más completa, objetiva y equilibrada del problema, si la visión se ampliase y se tomase en consideración el conjunto de la historia de la evolución climática del planeta. Pero es evidente que si comparásemos el ciclo de calentamiento actual con los experimentados por el planeta en etapas anteriores de su historia, las responsabilidades de la Humanidad en el cambio climático, quedarían diluidas.

IMÁGENES FRAUDULENTAS
SOBRE EL CALENTAMIENTO GLOBAL

Para validar las estadísticas que se publican, los medios de comunicación difunden con frecuencia imágenes impactantes sobre las consecuencias detectables del calentamiento global. Es innegable que la temperatura media del planeta está aumentando, hay evidencias de sobra que apoyan esa realidad y el hielo de los glaciares está retrocediendo. Es también irrebatible que hay regiones de la Tierra que están sometidas a un proceso de desertización. Pero no es menos cierto que, con frecuencia, las imágenes que acompañan a las noticias sobre estos fenómenos y que proporcionan los medios de comunicación, están muy lejos de ser representativas de lo que está ocurriendo en realidad.

Es evidente que el retroceso del hielo en los polos lleva asociado un aumento de aridez en algunos lugares, pero la desertización no debe vincularse tan sólo con un aumento de temperatura, si no con un descenso de humedad y de precipitaciones, que no siempre está relacionado con la elevación térmica ni tampoco con las actividades antrópicas. La desertización del Sahara es muy reciente, se inició hace tan sólo unos pocos miles de años, muchísimo antes del inicio de la era industrial, como parte de la secuencia de calentamiento global que viene experimentando el planeta desde hace miles de años. Es también evidente que ese proceso está afectando a la climatología de la Europa meridional, como consecuencia del aumento de temperatura, el retroceso de los hielos polares y la disminución de la pluviosidad. Pero esa tendencia no implica que se esté produciendo una desertización generalizada del planeta, como en muchas ocasiones, de manera explícita o implícita, se nos transmite. La aparición de una zona desértica depende de complejos factores meteorológicos, de las barreras montañosas y de las complicadas leyes que gobiernan las corrientes marinas y los vientos dominantes. Por lo tanto, no se trata de una simple zonación Norte – Sur, no se trata simplemente de que las zonas áridas están avanzando hacia los polos.

Figura 13.- Mapamundi elaborado a partir de un mosaico de imágenes satélite.

En la figura 13, un mapamundi realizado mediante un mosaico de imágenes satélite, los tonos amarillentos corresponden a las zonas áridas, se puede apreciar que el actual retroceso de los hielos no está dando lugar a una desertización generalizada. El continente africano, en el centro de la imagen, presenta en su tercio septentrional una extensísima zona árida que se prolonga hacia Asia por la Península Arábiga y Oriente Medio. Pero más hacia el Este y exactamente a la misma distancia del Polo Norte, encontramos las densas selvas de montaña del extremo oriente (Camboya, Birmania, Laos y Vietnam), mientras que en dirección contraria, hacia poniente, aparecen las selvas centroamericanas, famosas por ser de las más densas, húmedas e impenetrables del mundo. Un poco más al Sur, la mayor parte de la zona ecuatorial africana, disfruta de abundantes lluvias y frondosas selvas, mientras que hacia el Este, en la costa del océano Índico, la península de Somalia está sometida a unas condiciones extremadamente áridas. Otro ejemplo de cambios drásticos de pluviosidad para zonas situadas en la misma franja geográfica respecto de los polos, lo encontramos en la comparación entre la zona meridional de Brasil (donde la abundante lluvia proporciona el enorme caudal que alimenta a las cataratas de Iguazú) y las zonas desérticas de Namibia y Kalahari, al otro lado del Atlántico. Además, en la misma latitud hacia el Este, o incluso en una posición más austral, aparecen las extensas zonas desérticas australianas.  Más ilustrativo resulta todavía, por su escasa separación, el ejemplo de la zona septentrional de Colombia, que en su costa atlántica es prácticamente desértica (región de La Guajira), mientras que hacia poniente, en la costa Pacífica, la región del Chocó presenta la pluviosidad más alta del planeta. Es decir, que el esquema simplista que propone el progreso generalizado de la desertización hacia los polos como consecuencia del calentamiento global, no está justificado por la realidad. Sin embargo, en muchas noticias de prensa o televisión, cuando se informa sobre la desertificación, para acentuar visualmente el peligro que nos acecha, se insertan imágenes de un lugar totalmente árido, reseco, donde la tierra aparece cuarteada (las clásicas grietas de desecación o mud cracks), sin una sola brizna de vegetación. Pero la noticia nunca informa sobre cuál es el lugar y la fecha donde se han tomado esas sobrecogedoras fotografías. ¿Se trata de una laguna que se ha secado para siempre? O por el contrario, ¿se trata de un lugar donde esas grietas aparecen de forma transitoria? Porque existen muchos lugares en la Tierra donde se secan las lagunas durante la estación seca, y bastaría regresar al mismo lugar unos meses más tarde, para que el paisaje tuviese un aspecto totalmente diferente, húmedo y lleno de vegetación. De entre las innumerables imágenes fraudulentas que han sido presentadas a la opinión pública, a título de ejemplo, se reproduce en la Figura 14 un montaje fotográfico (publicado en el periódico La voz de Asturias en septiembre de 2021) donde las dunas del Sahara llegan a los pies de los Picos de Europa, en un artículo donde se proponía al Principado como refugio para la inminente desertización de la península.

Figura 14.- Fotomontaje sensacionalista publicado por el periódico La Voz de Asturias (2021).

Tampoco suele ser muy correcta ni completa la información que se difunde sobre los lagos que están actualmente en proceso de desecación, y a los cuales se hace mención con frecuencia. El de mayores dimensiones y el más conocido de todos es el mar de Aral, situado entre Kazajistán y Uzbekistán, que actualmente tan sólo conserva un 5% de su extensión original. Aunque la razón primordial de su pérdida de agua no ha sido la desertización ni el calentamiento global, sino la actividad humana, ya que durante buena parte del siglo XX,  los dos ríos principales que le habían nutrido de agua durante miles de años, el Amu Darya y el Syr Darya, fueron desviados y canalizados hacia zonas agrícolas para favorecer cultivos intensivos. Esta modificación de la red hidrográfica dio lugar a que el lago perdiese el 80 % del caudal que le alimentaba, tal y como se puede apreciar en la secuencia de imágenes de la Figura 15, obtenidas por el espectro – radiómetro MODIS del Earth Observatory de la NASA. Además, como consecuencia, sus aguas han aumentado drásticamente el contenido en sales y contaminantes, aunque sin olvidar (tampoco suele mencionarse) que se trataba originalmente de un lago de agua salada.

Figura 15.- Evolución de la masa de agua del mar de Aral entre 1985 y 2013 (imágenes de la NASA).

Otra imagen fraudulenta que ha dado la vuelta al mundo, que ha aparecido en primera plana de numerosos periódicos y en la cabecera de muchos noticieros, ha sido la fotografía de un oso polar, esquelético y agonizante, en la isla de Baffin, en el Ártico canadiense. Los fotógrafos que realizaron el reportaje, atribuyeron el deterioro físico del animal a la desnutrición, como consecuencia del calentamiento global. Posteriormente a su publicación, reconocieron que no sabían cuáles eran las causas por las que el animal se encontraba en aquel estado, podía estar agonizando como consecuencia de alguna enfermedad, o simplemente de vejez. La realidad es, según la Administración canadiense (información confirmada por la organización World Wildlife Fund, WWF), que la colonia actual de osos polares es de casi 30.000 ejemplares, frente a los 22 500 censados hace más de una década. No obstante, las imágenes del oso agonizante, todavía hoy, siguen dando la vuelta al mundo.

¿ESTÁ EL PLANETA EN PELIGRO?

Así pues, gran parte de las informaciones climáticas que se difunden en los medios de comunicación, no son representativas del conjunto de conocimientos que actualmente disponemos sobre la evolución climática. Esa tendencia informativa, iniciada hace décadas, se ha reforzado últimamente subiendo peldaños en el nivel de alarma y en el lenguaje utilizado. Del cambio climático se ha pasado a la emergencia climática, y en la reciente cumbre de Egipto en 2022, se ha llegado a mencionar el riesgo de un genocidio climático, introduciendo la idea de que el planeta está en peligro. Sin embargo, el registro geológico de lo ocurrido en las etapas durante las cuales la Tierra se recalentó hasta alcanzar temperaturas muy superiores a las de ahora, no sustenta esas alarmas. Durante esas etapas no ocurrió ninguna catástrofe, y la evolución continuó con el ritmo impuesto por los ciclos naturales.

Es conveniente recordar aquí que los pronósticos sobre la evolución climática están basados en modelos estadísticos de proyección hacia el futuro, simulaciones obtenidas por ordenador basadas en cálculos estadísticos, aunque con frecuencia son presentados como si se tratase de hechos probados y contrastados. En este contexto muy interesante la gráfica elaborada por el Profesor John Christy, físico atmosférico de la Universidad de Alabama (Figura 16).

Figura 16.- Comparación entre la mediciones reales de temperaturas atmosféricas y las predicciones basadas en diferentes modelos estadísticos (Christy 2016).

La Figura 16 establece la comparación entre las temperaturas reales medidas y las predicciones realizadas por modelos estadísticos, durante el periodo comprendido entre 1975 y 2015. El valor “cero” en el eje de ordenadas representa el dato de referencia para contabilizar las variaciones de temperatura. La línea señalada por cuadrados azules corresponde al promedio de observaciones realizadas mediante satélites, la línea de círculos verdes al promedio de medidas obtenidas mediante globos sonda meteorológicos y la línea de rombos rosados al promedio de todos estos datos homogeneizados y reanalizados. Por otro lado, la línea roja representa el promedio de las predicciones obtenidas a partir de más de un centenar de modelos informatizados de predicción climática, entre ellos, los utilizados por el I.P.C.C. en sus previsiones. La tozuda realidad indica, a partir de las medidas realizadas, que durante los últimos 40 años (1975 a 2015) la temperatura ha aumentado tan sólo 0,3ºC.

No debe olvidarse que todos estos modelos están basados en datos correspondientes a un intervalo temporal cortísimo, ignorando los ciclos planetarios y cósmicos. Desde el punto de vista geológico, que contempla la historia de nuestro planeta con la perspectiva de miles de millones de años, no es concebible que se intente analizar la situación climática actual utilizando tan sólo datos de unos pocos siglos, por muy precisos que estos sean. Si se pretende analizar el clima actual teniendo en cuenta sólo los dos últimos milenios, es como si un periodista intentase evaluar y analizar la situación actual de la Humanidad, considerando tan sólo las noticias de la prensa publicadas durante los últimos cinco meses, sin tener en cuenta nada de lo ocurrido anteriormente desde que se inició la Historia, hace unos 6000 años. Esta comparación puede parecer exagerada, pero los modelos de predicción climática, respecto de los 3.500 millones de años de historia de la atmósfera del planeta, están considerando los datos de un periodo que representa tan sólo el 0,00007 % del total.

Por otra parte, observando la cronología de en las gráficas de la Figura 16, no deja de ser significativo que los modelos de evolución climática sean más o menos concordantes con las observaciones realizadas durante las dos últimas décadas del siglo XX y que la divergencia se inicie alrededor de la fecha de creación del IPCC, donde los pronósticos tienden sistemáticamente a exagerar el calentamiento. Como se puede apreciar en la gráfica, ninguna de estas predicciones se ha cumplido hasta la fecha.

Pero incluso aceptando que estos vaticinios fuesen ciertos, ¿representa ese aumento de temperatura un problema real para el planeta? Si queremos saber qué es lo que realmente puede ocurrir cuando aumente la temperatura, deberíamos prestar atención a lo que sabemos, a lo que conocemos que ya ocurrió en el pasado. El último informe del IPCC advierte que, si las emisiones continúan produciéndose al mismo ritmo que hasta ahora, el calentamiento medio llegaría a finales de siglo a los 4,4 grados por encima de las temperaturas preindustriales, lo que tendría unas consecuencias desastrosas. Hace ahora entre 20 y 60 millones de años, durante uno de los periodos más cálidos de la historia de la Tierra, las temperaturas alcanzaron valores de seis grados por encima de la temperatura preindustrial.

Figura 17.- Comparación entre la evolución de la temperatura (línea roja) y el ritmo de la evolución (aparición de nuevas especies, línea azul), durante los últimos 65 millones de años. Basada en Jaramillo et al. (2006).

La Figura 17, basada en las investigaciones de Jaramillo et al. (2006), permite comparar la evolución de la temperatura y la biodiversidad durante ese mismo periodo. En dicha figura, la línea fina de color gris representa la evolución de la temperatura media del planeta, con su característico perfil en diente de sierra, mientras, que la línea roja gruesa expresa la tendencia general de dichas oscilaciones. En la gráfica inferior, la línea en color azul representa el número de especies vegetales nuevas que van surgiendo, tal y como atestigua el estudio de las esporas fósiles que van apareciendo en los sucesivos estratos. La correlación entre ambas gráficas evidencia que, a lo largo del tiempo, existe un estrecho paralelismo entre la diversidad vegetal (aparición de nuevas especies) y la temperatura del planeta, aumentando ambas conjuntamente. Por lo tanto, la similitud y el paralelismo de las tendencias en las curvas roja y azul, sugieren que el aumento de temperatura no representa ningún obstáculo para el desarrollo de la vida, sino más bien todo lo contrario. Lógicamente, esa evolución no se restringe al mundo vegetal. El aumento de temperatura favoreció el desarrollo de frondosos bosques tropicales, cuyos restos dejaron extensos yacimientos de carbón, como los que se están explotando actualmente en la zona de La Guajira, a ambos lados de la frontera entre Venezuela y Colombia. Dicho hábitat representó un terreno muy favorable para el desarrollo del mundo animal, como lo demuestran los espectaculares restos fósiles, reptiles de gran tamaño, cuya presencia demuestra que la vegetación tropical no desaparece como consecuencia del calentamiento, ni se produce una desertización al aumentar la temperatura media del planeta. Así pues, los datos geológicos indican que un aumento de seis grados en la temperatura del planeta, en lugar de una emergencia climática, representa una eclosión de vida, un aumento de la biodiversidad, ya que el calentamiento parece potenciar la evolución y facilitar la aparición de nuevas especies, cada vez más adaptadas al medio.

Por otra parte, también suele olvidarse que, si observamos la evolución térmica del planeta en su conjunto, la aparición del Hombre sobre la Tierra coincidió con un periodo relativamente frío. Con anterioridad al cuaternario, predominaron durante mucho tiempo los climas cálidos, la glaciación precedente al periodo actual tuvo lugar hace unos 25 millones de años y fue unipolar, con un sólo polo cubierto de hielo, localizado en el hemisferio Sur. Para encontrar una situación comparable a la actual, con dos polos cubiertos por hielo, debemos remontarnos al final del Paleozoico, hace más de 260 Ma. Debemos tener en cuenta que, aquello que desde nuestra perspectiva representa la normalidad (así nos lo parece porque es lo que ha existido desde los albores del ser humano sobre la Tierra), las épocas glaciares similares a la actual han sido realmente una rareza, abarcando poco más del 10% del total de la historia de la Tierra. Algo similar puede decirse del actual contenido atmosférico de CO2, ya que los valores actuales pueden considerarse muy bajos en comparación con los que han existido en tiempos pasados. La Figura 18 (Berner & Kothavala, 2001) representa la evolución del contenido del CO2 en la atmósfera desde el inicio del Paleozoico (hace aproximadamente 550 millones de años), hasta la actualidad. Los valores del eje de ordenadas se corresponden con el factor multiplicativo de la masa de CO2 en la atmósfera respecto de los valores actuales.

Figura 18.- Evolución del contenido de CO2 en la atmósfera durante los últimos 550 millones de años, según Berner & Kothavala (2001).

Es decir, que durante el Cámbrico, hace unos 520 millones de años, el contenido atmosférico en dióxido de carbono, llegó a ser más de veinticinco veces el actual (unas 10.000 ppm). Por el contrario, el presente contenido de CO2 en la atmósfera (unas 400 ppm) no ha tenido equivalente en ningún momento de la historia geológica del planeta, salvo en el período comprendido entre los 350 y los 250 millones de años antes del presente, durante los períodos Carbonífero y Pérmico. A la luz de estos datos, es difícil defender que las concentraciones actuales de CO2 sean peligrosas para la salud del planeta y la vida sobre la Tierra.

EL IMPARABLE ASCENSO DEL NIVEL DEL MAR Y LA FIABILIDAD DE LOS MODELOS ESTADÍSTICOS DE PROYECCIÓN CLIMÁTICA

Uno de los temores que más ha calado en la población es el miedo a que el mar invada la tierra firme, lo cual no es de extrañar si se tienen en cuenta las apocalípticas informaciones que se difunden al respecto, profetizando un Mediterráneo sin playas. En 2001, el IPCC anunció que el nivel medio mundial del mar se elevaría 0,14 metros entre 1990–2025, a un ritmo de 4 milímetros al año, pero que ese ritmo se aceleraría hasta los 5,3 milímetros al año, si se consideraba un ciclo más largo, entre 1990 y 2050. En 2021 el IPCC ha actualizado sus previsiones, acelerando el ascenso a 5,5 milímetros al año hasta 2100. Pero no todo el mundo coincide con estas previsiones, y hay otros datos que registran una velocidad de elevación sensiblemente menor. Así por ejemplo, el informe CLIVAR (Vargas-Yáñez et al. 2010), basado en medidas de mareógrafos en las costas españolas del Atlántico, indica aumentos sostenidos del orden de 2 mm/año en la segunda mitad del siglo XX. Es absolutamente lógico que informaciones de este tipo alarmen y preocupen a la población, sobre todo si no están integradas en el contexto sobre la historia de las variaciones del nivel del mar, lo que permitiría disponer de una visión equilibrada y menos catastrófica del fenómeno que hoy estamos presenciando.

En la Figura 19, la línea azul en la mitad inferior, representa las variaciones del nivel medio del mar registradas durante los últimos 400.000 años, de acuerdo con los datos publicados por Hansen et al. (2001). En la gráfica, el valor “cero” y la línea negra discontinua horizontal corresponden al nivel actual del mar. En la misma figura, la línea roja en la mitad superior, muestra la variación de la temperatura media del planeta durante el mismo periodo, obtenida a partir de los valores del isótopo de oxígeno O18 en los sondeos del hielo glaciar de Groenlandia.

Figura 19.- Comparación entre la evolución de la temperatura (línea roja) y la variación del nivel del mar (línea azul) durante los últimos 400.000 años. Basada en Hansen et al. (2001).

La comparación entre ambas gráficas pone de manifiesto que existe un estrecho paralelismo entre la evolución de la temperatura y la variación del nivel del mar. Dicha correlación es totalmente lógica y fácilmente comprensible, si tenemos en cuenta que la causa primordial del ascenso del nivel del mar está relacionada con la fusión de los hielos glaciares. Al calentarse el planeta, los hielos se funden y el agua procedente de esa fusión hace que la línea de costa avance tierra adentro. Además, al aumentar la temperatura del agua, ésta sufre una dilatación, aumentando su volumen, contribuyendo también a la elevación del nivel del mar. Por el contrario, al enfriarse el planeta, ocurren los procesos opuestos.

El registro de la evolución de la temperatura del planeta, muestra que tan sólo durante los últimos 60 millones de años (ver Figura 10), han existido cientos de ciclos de calentamiento y enfriamiento, similares a los reflejados en la Figura 19, y cada uno de ellos estuvo asociado al correspondiente ascenso y descenso del nivel del mar.  Así pues, la lenta elevación de las aguas que la humanidad está observando hoy, no representa una situación excepcional creada por el hombre, sino tan sólo uno más de los ciclos naturales que vienen sucediéndose desde hace millones de años. En otras palabras, que el nivel del mar nunca ha estado estable, ni puede estarlo. Si centramos nuestra atención en la parte más reciente de la Figura 19, comprobaremos que el momento más frío del último ciclo (máximo glaciar) tuvo lugar hace 20.000 años. Los datos geológicos indican que, en ese momento, el nivel de las aguas estaba situado unos 120 metros por debajo del actual, y que desde entonces ha estado elevándose de forma incesante. Existen mucho lugares donde las variaciones del nivel del mar han dejado huellas muy evidentes en las costas, como por ejemplo la gruta de Cosquer en Francia, con magníficas pinturas rupestres, cuya entrada se encuentra hoy a 36 metros de profundidad bajo las aguas del Mediterráneo (ver Figuras 20 y 21).

Figura 20.- Bloque diagrama de la gruta de Cosquer (Francia), cuyo acceso se sitúa hoy 36 metros por debajo del nivel del mar. Fuente: Office de la Mer, Marsella.

Figura 21.- .- Pinturas rupestres en la gruta de Cosquer (Francia), hoy parcialmente inundada. Fuente: Parque Nacional de Calanques.

También se podrían citar los muelles del puerto antiguo de Alejandría, hoy sumergidos, pero quizás el ejemplo más ilustrativo se encuentre en el Banco de Dogger, que con una extensión 17.000 Km2, representa la porción más elevada de un enorme territorio antiguamente emergido, Doggerland y que actualmente está situado bajo las aguas, a una profundidad de unos 16 metros, entre Gran Bretaña y Dinamarca (Coles, 1998).

En la Figura 22 se muestra la disposición de las tierras emergidas en el entorno de lo que hoy es el Mar del Norte, durante los últimos 16.000 años. Se trata de un extenso dominio que representó en su mayor parte tierra firme, hasta que el progresivo aumento del nivel del agua durante la actual época interglaciar, produjo la inmersión de Doggerland, y la separación de las Islas Británicas respecto del continente. Existen evidencias de que hace unos 6.500 años, el Estrecho de Calais aún estaba en seco y el Banco de Dogger estaba todavía emergido, y representaba un hábitat adecuado para los asentamientos humanos, probablemente similar a las condiciones actuales de la tundra, como lo demuestran los abundantes restos fósiles (principalmente huesos y dientes de mamuts) y herramientas prehistóricas que han encontrado los pescadores atrapados en sus redes de arrastre, como se muestra en la fotografía de la Figura 23.

Figura 22.- .- Cartografía de la antigua línea de costa de Europa occidental hace 16.000 años, cuando las Islas Británicas estaban unidas al continente. Fuente: Mcnulty y Cookson, publicado en National Geographic.

Figura 23.- Hueso de mamut atrapada por redes pesqueras de arrastre en el Banco de Doggerland. Fuente: Naturalis Historia.

Aunque el ascenso del nivel del mar durante los últimos miles de años no ha tenido lugar a un ritmo uniforme, ya que del mismo modo que ocurre con la temperatura, se producen pequeñas oscilaciones y cambios de tendencia, un sencillo calculo, dividiendo el aumento de cota (120 metros) por el tiempo transcurrido (20.000 años), permite obtener un valor promedio de 6 milímetros al año.

Es decir, que la elevación del nivel del mar durante los últimos 20 milenios, como promedio, se ha producido a un ritmo más rápido que los 5,5 mm/año preconizados por el IPCC como dramática consecuencia del calentamiento global generado por las actividades humanas. Entonces, ¿por qué considerar anómalo y catastrófico un ritmo de ascenso que encaja perfectamente dentro de los ritmos establecidos y mantenidos espontáneamente por la naturaleza desde mucho antes de la aparición de la sociedad industrial?

Este dato, además, permite introducir nuevas dudas sobre la fiabilidad de los modelos estadísticos sobre cambio climático. Si consideramos que el ascenso del nivel del mar se debe a la fusión de los hielos glaciares, si dicha fusión está motivada por el aumento de temperatura del planeta, y si el ritmo de elevación del nivel marino que está midiéndose actualmente es inferior a los registrados durante los últimos 20.000 años, ¿por qué se afirma que el calentamiento que está experimentando la Tierra es anómalo y está generado por las actividades antrópicas? ¿Dónde está la correlación entre el aumento de emisiones de dióxido de carbono y la aceleración en el ascenso del nivel de las aguas? Si realmente estuviese sucediendo un calentamiento extraordinario y fuera del rango de los ritmos naturales, ¿no debería verse reflejado en un aumento anómalo de la elevación del nivel del mar?

A pesar de estas evidencias, el IPCC ha aclarado que su previsión de aumento del nivel del mar a una velocidad de 5,5 mm al año, es sólo una especie de mal menor, el mínimo exigible que sólo se podrá alcanzar si la humanidad cumple los acuerdos suscritos en la Cumbre del Clima celebrada hace unos años en París. En caso contrario, la velocidad de elevación podría triplicarse hasta el año 2100, llegando a los 16,5 mm al año. O incluso aún más (20 milímetros hasta el año 2300), si el planeta se sigue calentando y se produce el deshielo total de los polos. Es verdaderamente difícil encontrar justificación a una aceleración tan brusca cuando, después de casi dos siglos de actividad industrial, el nivel del mar está ahora ascendiendo a velocidades inferiores al promedio de las registradas durante los últimos milenios.

CONCLUSIONES

Hay indicios suficientes para pensar que la estrategia de lucha contra el cambio climático que se están proponiendo no apunta en el camino correcto. Se está procediendo como si la correlación entre emisiones antrópicas de CO2 y calentamiento global fuese una verdad absoluta, demostrada e irrebatible, como si detener el cambio climático estuviese en nuestras manos y dependiese sólo de nosotros. Se hace necesaria una seria reflexión sobre la aplicabilidad y consecuencias de las medidas adoptadas, que debe incluir también un análisis económico de la relación entre costes y beneficios de los enormes sacrificios y de las inversiones astronómicas que suponen, cuyos impactos climáticos pueden ser insignificantes. En este contexto, cabe recordar la información hecha pública recientemente por la Organización Meteorológica Mundial y Copernicus (noviembre de 2022), indicando que las temperaturas en Europa han aumentado más del doble de la media mundial en los últimos 30 años, a pesar de que las emisiones de gases de efecto invernadero han disminuido en el territorio europeo un 31% entre 1990 y 2020.

Además, la ofensiva que se está desarrollando contra los gases invernadero está dejando de lado otras tareas urgentes, a las que no se les está prestando la atención que merecen. Es absolutamente evidente que la actividad antrópica está afectando la salud ambiental del planeta. Se están talando selvas, se está vertiendo a lagos, ríos y mares productos tóxicos, los plásticos están invadiendo los océanos, se está abusando de herbicidas y pesticidas, se está permitiendo la obsolescencia programada de electrodomésticos para aumentar artificialmente la demanda y la producción, etc. Pero toda la atención está focalizada de forma prácticamente exclusiva sobre el cambio climático y las emisiones de CO2. Mientras que la reversión del calentamiento global y del ascenso del nivel del mar es utópica (la temperatura del planeta seguirá cambiando, hagamos lo que hagamos, atendiendo al ritmo de los ciclos planetarios, solares y cósmicos que llevan en funcionamiento desde hace millones de años), el freno a la contaminación depende exclusivamente de nosotros, y bastaría poner en marcha las medidas necesarias, con esos mismos esfuerzos que se están dilapidando en la lucha contra el cambio climático.

Por otra parte, los modelos climáticos están ofreciendo predicciones exageradas y alejadas de la realidad, dificultando la puesta en práctica de estrategias de actuación eficientes para corregir, mitigar y prevenir los efectos del previsible aumento de temperatura y de la elevación del nivel del mar que continuará a lo largo de los próximos decenios. Nuestros antepasados cromañones que habitaban en Doggerland o decoraban las paredes de la cueva de Cosquer, ignoraban que con el paso del tiempo su entorno se vería cubierto por la aguas. Peo nosotros sí lo sabemos, y nuestra actitud hacia el cambio climático y el ascenso del nivel del mar, debiera ser similar a la que tenemos hacia procesos naturales como los terremotos o las erupciones volcánicas. Es decir, fenómenos sobre los que en cierto modo podemos predecir su nivel de riesgo, y aunque no sabemos exactamente cuándo se producirán, sí podemos tomar las medidas preventivas adecuadas para cuando hagan acto de presencia.

Es decir, que nuestros esfuerzos debieran encaminarse hacia la adaptación de nuestro hábitat a los cambios que se avecinan, como han hecho, por ejemplo, los holandeses para defender su terreno frente a la invasión del mar. Y también, con visión realista a medio y largo plazo, planificar adecuadamente el uso del suelo, especialmente en la proximidad de la línea de costa. Con la misma mentalidad con la que preparamos nuestra casa o nuestras ropas cuando vemos que se acerca el verano, sabiendo que no podemos hacer nada por evitar su llegada. Sin pausa, con visión de futuro, pero también sin las prisas con que nos azuzan unos modelos climáticos basados en premisas insuficientes.

AGRADECIMIENTOS

El texto del presente trabajo ha sido extraído y refundido a partir de una serie de artículos sobre cambio climático y calentamiento global publicados entre 2021 y 2022 en la revista digital www.Entrevisttas.com. Mi agradecimiento a Carmen Nikol, promotora y directora de la misma, por su apoyo para la edición de las publicaciones mencionadas y también por las facilidades prestadas para la publicación del presente artículo.

También, mi más sincero agradecimiento para mis colegas (y sin embargo amigos) Miguel Arbizu Senosiáin, Fernado Bastida Ibáñez y Jose Antonio Sáenz de Santa María Benedet por sus aportaciones y sus comentarios constructivos para mejorar la claridad y el contenido de este artículo.

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La geología versus el dogma climático (2ª parte):
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Por Enrique Ortega Gironés
Continuación de: La geología versus al cambio climático (1ª parte):
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Publicado por Enrique Ortega Gironés

Soy, por ese orden, geólogo y escritor. O simplemente, un geólogo al que le gusta escribir. Primero, docente e investigador en el Departamento de Geotectónica de la Universidad de Oviedo. Luego, en las minas de Almadén (Ciudad Real), y durante los últimos 20 años, consultor independiente.

Un comentario en “La geología versus el dogma climático (2ª parte): realidades, mitos y leyendas sobre el efecto invernadero

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