Relato corto | El espejo de la vida

-Nadie te cree.

-Me adoran. Soy el más listo.

-Y el más guapo…

El espejo aguantaba en su marco dorado una mirada inquieta.

Él sabía que, aguantando un par de años, las aguas se calmarían. Todas las dificultades, todos los sinsabores, nada serían. Siempre había superado las adversidades. Pero un espejo hablador, una imagen suya que le contestaba…

Muerto. Lo habían dado por muerto muchas veces, pero había conseguido resucitar, sobreponerse, a todas las caídas, todas las trampas, incluso de las suyas…Un hilo de vida le había convertido en un superviviente. Hilos de vida que él había cortado…

Se cepilló los dientes con fuerza y cuidado. Presumía de dientes perfectos, brillantes, iluminadores. Abusadores. Quería seducir con una sonrisa perfecta. Con una alegría desbordante. Con un hambre intemporal y caníbal.

El espejo no le hacía justicia. ¿Por qué le hablaba? Era crítico con él. En cualquier momento lo cambiaría, era prescindible. Cualquier espejo podría cumplir su función. Este cuarto de baño le irritaba. No entendía cómo le replicaba. Nadie, solamente él lo sabía. ¿Era real? Un espejo le hablaba.

No se atrevía a comentar con nadie que el espejo de baño de su casa hablaba. Como su otro yo. Su conciencia. Conocía todos sus secretos, sus debilidades y sus fortalezas. Le inquietaba que sabía sus miedos. Sentía la sensación del vigilado, del escrutado. Estaba intranquilo, no tenía libertad. Pensó olvidar el espejo, ¡vaya tontería!, con su trabajo, con las reuniones que tenía, las monótonas rutinas… pero volvía a mirar al espejo, al otro que era todo ojos y le juzgaba.

Era él, pero no se reconocía. Sentía miedo a esa mirada, a contemplarse, ver cómo era en realidad. No, no se reconocía. Había moldeado un aspecto distinto al de ese niño que jugaba en el campo infinito donde un calor abrumador distorsionaba el espacio dirigiendo bandadas de pájaros y un concierto de chicharras junto a las norias de pozos que regaban el agosto infinito. Un paso lento del tiempo que añoraba, al que deseaba volver…

-No eres nada. Crees que has conseguido algo y, a tu pesar, no dejarás ningún legado. No eres capaz de hacer autocrítica. Has cometido errores y maldades. Has pasado por encima de muchos, has engañado a hombres y mujeres, los has eliminado, y nadie te ha obedecido por amor, solamente por dinero. Tal vez te teman, pero te apuñalaran porque no te quieren, nunca te han querido y nunca has conseguido que te quieran. Tu fachada te delata. ¿Qué queda del niño que fabricaba espadas con madera? Ahora, únicamente, te aburres. Tus metas ya no tienen disfrute o aventura.

-¿Quién eres tú para juzgarme? ¡Espejo de mierda!

-Soy tu conciencia, la de un cabrón sin escrúpulos. Su última oportunidad. No eres una victima, eres un aprovechado. Nunca has querido a nadie. O sí. A dos personas. Y una de ellas eres tú. Todas las mujeres con las que disfrutabas eran una proyección propia. O un medio para satisfacer tu deseo. Utilizabas a unas con otras si te ponían a prueba. Te reías.

Soy tu conciencia, la de un cabrón sin escrúpulos.

El Espejo

-¡No es cierto! Las quise a mi manera. Soy enamoradizo, soy voluble, era un juego muchas veces…

-Te morirás en soledad, como el más rico del cementerio. Te pudrirás con las más bellas flores, las del olor más intenso, bajo una lápida fastuosa. Olvidado.

-Romperé este espejo…

-No puedes hacerlo… ¡Déjame terminar! No las querías. No las respetabas. Ni a tu madre. La engañabas, y luego un ramo de rosas, un perfume o un libro ¡Si no prestabas atención a lo que decía!

-¿Qué sabrás tú de lo que quería a mi madre? ¿Cómo que no le prestaba atención?

-¿Nombre del último libro del que te habló? No te acuerdas, mamarracho. ¿Y de qué te hablo sobre ese libro? Tampoco te acuerdas. Tendrás que buscar en lo más profundo de tu memoria, el único resquicio para no estar totalmente condenado. Recordar lo que no has apreciado. Te habló de la técnica narrativa, que escribía en tercera persona, era el Viaje a la Alcarria de Cela, que había oído que también lo utilizaba Llamazares en sus rosas de piedra.

Y en cuanto a las mujeres que querías: Recuerda la fiesta de La.., te invitó para que estuvieras con ella, lo sabías, pero conociste a Le… y la utilizaste contra ella. Y luego le decías que era una amiga… Te pilló en el patio besando sus labios con frenesí, inacabable lengua, que hizo caer vuestras copas, que hizo perder el sentido.

-No me acordaba…

-¡Calla! Y luego el olvido, de las dos. En tus negocios, igual. Casi envías a media familia a la cárcel. Y siempre te librabas. Hacienda te investigó, pero fuiste rápido y pagaste antes de una condena. Pero la jugada del bloque de edificios… No pagaste a tus acreedores. Tú, insolvente. Habías pasado el efectivo y el inmobiliario a nombre de sociedades. Arruinaste a esas familias.

-Estás hablando mucho, espejo rompible…

-¿Me amenazas? Atrévete. Estás hasta arriba de fentanilo y alcohol… Bien que te ha emborrachado Pe…

Golpeó con todas sus fuerzas el cristal del espejo que se rompió proyectando balas de filo mortal en varias direcciones, cortando su mano, el pecho y clavando en el cuello un trozo de espejuelo que seccionó la garganta matando al guapo y arribista desconocido. Muerto él, también murió su otro yo.

El cadáver fue encontrado al día siguiente en medio de un charco seco de sangre, sin valor, sin vida. Las diligencias fueron abiertas por la policía del juzgado de primera instancia de M… que coordinaba el teniente Prometeo Pérez. Un atestado fácil. Un asunto de mala suerte, dijeron. De forma concienzuda se tomaron muestras, se trasladó el cuerpo con los restos del espejo. Hubo dudas. No estaba claro si el espejo debía ir al depósito de pruebas o al Anatómico Forense. Había quedado muy pegado a la sangre del fallecido como si fuera una única pieza, un único elemento.

El cadáver fue encontrado al día siguiente en medio de un charco seco de sangre, sin valor, sin vida.

En las noticias de sucesos, un breve: ‘Un cuerpo exangüe, degollado, frente a un espejo roto, esparcido en múltiples cristales que reflejaban su misma muerte, en pequeños cuadros, como fin de su vida.’

Relato corto por Blas Maeso Ruiz-Escribano.


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