El mercurio: ese metal tan tóxico… a veces

En el artículo anterior de esta misma serie (Sobre las contaminaciones aparentes y otras disquisiciones medioambientales, publicado en Entrevisttas.com), se analizaban algunos casos de contaminación que, en contra de las apariencias, no eran consecuencia de las actividades humanas, sino productos espontáneos de la misma naturaleza. La presente entrada está también dedicada a esa misma problemática, pero focalizada exclusivamente en uno de los elementos considerados como más peligrosos: el mercurio. Ese metal, también llamado azogue, que en pocos años pasó de ser el simpático líquido con el que todos los niños jugábamos cuando en casa se rompía un termómetro, a convertirse en una sustancia maldita cuyo uso está en la actualidad totalmente prohibido .

Fotografía de una de las víctimas de Minamata, de Eugene Smith
Fotografía de una de las víctimas de Minamata, de Eugene Smith

La notoriedad contaminante del mercurio saltó a primera página como consecuencia de dos catástrofes medioambientales y sanitarias acaecidas en la segunda mitad del siglo XX. La primera de ellas tuvo lugar en 1953, en la bahía de Minamata (Japón), en los alrededores de un pueblo pesquero donde estaba instalada una importante industria química, cuyos vertidos contenían compuestos orgánicos de mercurio. La toxicidad de aquellos efluentes contaminó a diversos organismos vivos (incluyendo peces y crustáceos), que al ser ingeridos por las personas, dieron lugar al envenenamiento de la población, contabilizándose más de un centenar de víctimas mortales, además de varios centenares de afectados por problemas neurológicos.

El segundo desastre tuvo lugar dos décadas más tarde en Irak, donde después de un prolongado período de sequía y ante la escasez de granos para abastecer las necesidades de siembra, el gobierno importó de Méjico y de Estados Unidos 100.000 toneladas de trigo y cebada para ser utilizada como semillas. Aquellos granos no eran aptos para consumo humano, tal y como se podía leer en la advertencia rotulada en cada saco, ya que habían sido tratados con fungicidas (que incluían también compuestos orgánicos de mercurio) para facilitar su conservación. Desgraciadamente, este aviso aparecía sólo en español y en inglés, y no pudo ser entendido por la población. Cuando los granos fueron distribuidos entre los agricultores, dada la escasez reinante, fueron en parte utilizados para preparar alimentos. Tres meses después, empezaron a detectarse las muertes por envenenamiento, que se extendieron con rapidez porque también se contagió el ganado, y el consumo de carne contribuyó a la propagación. En esta ocasión las consecuencias fueron aún peores, afectando a decenas de miles de personas y produciendo más de 5.000 muertes.

Aquella pavorosa mortandad tuvo un impacto terrible en la opinión pública y las autoridades sanitarias empezaron a considerar de forma generalizada al mercurio como un enemigo público. Se realizaron múltiples investigaciones, que pusieron de manifiesto de forma innegable, durante el periodo de desarrollo industrial, el aumento de los contenidos de mercurio en el medioambiente. Porque, en efecto, las propiedades tan peculiares de ese metal, habían propiciado innumerables aplicaciones tecnológicas, tanto en la industria química (producción de cloro y de sosa cáustica o fabricación de baterías alcalinas), como en la elaboración de pigmentos (pinturas especiales para la náutica que evitan la formación de algas en las quillas), la fabricación de instrumentos de medida (termómetros, barómetros, etc.), de equipamientos eléctricos (principalmente lámparas de vapor de mercurio e interruptores), en la industria armamentística y de explosivos (principalmente para la obtención de fulminatos), la industria agropecuaria (elaboración de fungicidas) y hasta en la industria médica (desinfectantes como el mercurocromo y los empastes dentales).

Las pruebas más concluyentes del progresivo aumento en la contaminación por mercurio, fueron localizadas en los sedimentos lacustres de los países septentrionales de América y de Europa, donde los estratos recientes tenían niveles más altos que los anteriores. El lógico impacto por la combinación entre las intoxicaciones masivas y los estudios mencionados, dio lugar a que el mercurio pasase de ser un metal profusamente utilizado, a quedar completamente proscrito. En la actualidad, existe desde marzo de 2012, una normativa aprobada por el Consejo de la Unión Europea, que prohíbe la extracción y comercialización de cualquier compuesto que contenga mercurio.

El lógico impacto por la combinación entre las intoxicaciones masivas y los estudios mencionados, dio lugar a que el mercurio pasase de ser un metal profusamente utilizado, a quedar completamente proscrito. En la actualidad, existe desde marzo de 2012, una normativa aprobada por el Consejo de la Unión Europea, que prohíbe la extracción y comercialización de cualquier compuesto que contenga mercurio.

Pero la normativa aprobada por cualquier organismo, por muy elevado y multinacional que sea su rango, no tiene autoridad para modificar la naturaleza. El mercurio, siguiendo los dictados que imponen las propias leyes de nuestro planeta, sigue surgiendo de las profundidades rocosas de la Tierra y los volcanes se encargan de expulsarlo a la atmósfera, pudiendo viajar luego miles de kilómetros, arrastrado por el viento, hasta caer depositado en el suelo o en el agua del mar. Por eso, aunque en ínfimas cantidades, todos los suelos del planeta y las aguas de todos los mares del mundo, contienen mercurio. A veces, de cuando en cuando, la prensa nos sorprende con noticias sobre hallazgos de trazas de mercurio en plumas de aves marinas o en las entrañas de pescados, atribuyendo automáticamente su origen a la contaminación antropogénica. Pero en realidad, lo raro sería que, viviendo en un medio marino, estuviesen libres de mercurio.

Todos los suelos del planeta y las aguas de todos los mares del mundo, contienen mercurio

Por otra parte, determinados tipos de rocas, como por ejemplo las pizarras (esas que se fragmentan en forma de lajas y se utilizan con frecuencia a modo de tejas), suelen tener un elevado contenido en mercurio, por encima del umbral de contaminación según la normativa de la mayor parte de los países del mundo. Imaginemos por un momento que esas pizarras, se encuentren a nivel de la superficie terrestre, y que como consecuencia de la alteración producida por los meteoros atmosféricos y la humedad, se hayan ido degradando hasta formar un suelo. O también, que sobre el suelo de una zona cualquiera hayan precipitado cantidades significativas de mercurio, proveniente de una lejana erupción volcánica. En cualquiera de los dos casos, si se iniciase una actividad industrial o minera sobre ese suelo, al realizar los reglamentarios controles medioambientales, cuando se verificase su contenido en mercurio, sería erróneamente considerado (como ha ocurrido cientos de veces en muchos lugares del mundo) contaminado por la actividad humana, aún y cuando el mercurio detectado llevase allí cientos o miles de años .

Determinados tipos de rocas, como por ejemplo las pizarras (esas que se fragmentan en forma de lajas y se utilizan con frecuencia a modo de tejas), suelen tener un elevado contenido en mercurio, por encima del umbral de contaminación según la normativa de la mayor parte de los países del mundo

Sin lugar a dudas, diferenciar el posible origen natural del metal supuestamente contaminante, es una tarea imposible si no se dispone de valores de referencia anteriores a la actividad que se quiere controlar. Pero además, también es muy complicado determinar la toxicidad de la sustancia contaminante si no se conoce la forma química bajo la cual se presenta. En realidad, para que una sustancia pueda ser considerada tóxica, no basta que contenga ciertas cantidades de un determinado elemento, es necesario que dicho elemento se encuentre dentro de una estructura química que sea soluble o asimilable por los organismos vivos.

En realidad, para que una sustancia pueda ser considerada tóxica, no basta que contenga ciertas cantidades de un determinado elemento, es necesario que dicho elemento se encuentre dentro de una estructura química que sea soluble o asimilable por los organismos vivos.

Conviene recordar aquí, que algunos elementos como el oro, la plata o el platino, tienen dificultades para combinarse con el oxígeno, no forman óxidos y pueden aparecer libres en la naturaleza. Ese es el caso también del azogue, que en condiciones naturales muy raramente forma óxido de mercurio, ya que necesita gran aporte de calor o del ataque con ácidos para poder formarse.

Desde un punto de vista muy general, puede decirse que los óxidos, los hidróxidos o los compuestos orgánicos que de ellos pueden derivarse, son asimilados con mucha más facilidad por los seres vivos que otras sustancias como por ejemplo los sulfuros, los silicatos o los metales libres, que pueden permanecer inertes en el suelo o en el fondo de ríos, mares y lagos durante miles de años. Este es precisamente el caso del mercurio, que como sulfuro o como metal libre, puede permanecer estable durante periodos de tiempo larguísimos. Y, en este último caso, aunque se detecte su presencia en un suelo en cantidades significativas, su toxicidad sería inocua.

Pero el tipo de análisis necesarios para determinar la formula exacta del compuesto químico del agente contaminante, muy raras veces se realiza. La práctica habitual se limita a detectar la presencia del mercurio, sin precisar si aparece como metal aislado, o formando parte de un compuesto inorgánico u orgánico, lo que implica importantísimas diferencias sobre su comportamiento en el medioambiente, así como sobre su verdadera capacidad tóxica y contaminante. En otras palabras, que cuando se localizan valores elevados de mercurio en un suelo, es posible que se estén considerando erróneamente como contaminadas áreas donde exista exclusivamente mercurio metálico, de origen natural, que al aire libre resultaría completamente inerte e inocuo. O también puede ocurrir lo contrario. Es decir, que si los umbrales seleccionados no son idóneos, se cataloguen como libres de contaminación algunas áreas con contenidos de mercurio muy bajos, pero que al tratarse de componentes orgánicos, resulten realmente tóxicos.

Pero aún hay más, porque además de las consideraciones anteriores, el mercurio, en su forma metálica y por sus especialísimas propiedades (es líquido a temperatura ambiente y fácilmente vaporizable), tiene otras connotaciones para la salud humana. Debe recordarse también que el grado de toxicidad de una sustancia depende no sólo del estado físico – químico bajo el que se presenta, sino también de su vía de exposición. Nuestro organismo no absorbe el mercurio metálico a través de la piel, ni tan siquiera por vía intestinal, ya que su capacidad de disolución es tan baja que si es ingerido, puede atravesar el tracto digestivo sin causar daños. Así lo atestigua el hecho de que millones de personas, habiendo llevado durante años empastes de amalgama de mercurio en su dentadura, no hayan tenido ningún tipo de problema. Yo mismo puedo atestiguar este hecho, ya que llevo un par de esos empastes desde mi adolescencia, sin haber experimentado nunca la más mínima dificultad. Incluso, durante los casi tres lustros que trabajé en una empresa minera dedicada a la extracción del mercurio, estando sometido a preceptivos y rigurosos controles de mercurio en sangre y orina, mis resultados analíticos fueron siempre absolutamente normales.

Sin embargo, en contraposición a lo que ocurre por vía digestiva, la inhalación de vapores de mercurio puede producir serios daños al organismo. Un ejemplo burdo, pero que puede resultar ilustrativo, lo podemos encontrar en la sílice, el componente habitual en la arena de muchas playas. Tumbados al sol, con nuestra piel en contacto con ella, es totalmente inocua. Incluso si se ingiere (¡cuántos niños no habrán tragado involuntariamente arena, jugando en la playa!), no causa ningún efecto perjudicial. Pero sin embargo, la exposición continuada al polvo de sílice en el interior de una mina o una cantera, produce daños irreparables en los pulmones por silicosis.

Algo similar ocurre con el vapor de mercurio, aunque para que esos daños aparezcan, se requiere que su inhalación se produzca de forma prolongada, cotidianamente y en atmósferas con elevadas concentraciones, como las que existen en las explotaciones mineras subterráneas, en el entorno de plantas metalúrgicas de producción de mercurio o durante la recuperación de metales preciosos por el método de la amalgamación. La inhalación ocasional o esporádica (como la que se producía por la rotura doméstica de un termómetro), es inocua.

Actualmente, pesar de las prohibiciones oficiales para su utilización, existe una actividad en la que de forma totalmente ilegal, se continúa utilizando profusamente el mercurio: la minería artesanal del oro en países subdesarrollados. En efecto, la capacidad que tiene el mercurio para amalgamarse con ese precioso metal, hace que este proceso constituya un método rudimentario, pero eficiente y económico, para que mineros artesanos sin recursos ni capacidad tecnológica, puedan extraerlo de las rocas, donde suele encontrarse en cantidades mínimas, de tan sólo unos pocos gramos de oro por tonelada. Para ello, debe molerse la piedra hasta reducirla a una fina arenilla, mezclarla con el mercurio para que, amalgamándose, extraiga las finas partículas doradas, y después, calentar la torta de amalgama resultante para que el mercurio se evapore y quede un residuo sólido mayoritariamente compuesto por oro.

El mercurio: ese metal tan tóxico... a veces

Se ha estimado que, entre trabajo directo e indirecto, unos 100 millones de personas en todo el mundo viven de esta actividad. De acuerdo con numerosísimos informes elaborados, tanto por organismos internacionales como por ONGs y los propios gobiernos de cada estado, las consecuencias que acarrea esta actividad son dramáticas. En primer lugar el impacto en la salud de los mineros y sus familias,  que durante el proceso de amalgamación y del calentamiento de la torta, respiran los vapores de mercurio sin ninguna protección. Con muchísima frecuencia, las secuelas de esta actividad se expanden al conjunto de los habitantes de los poblados mineros, ya que la totalidad del proceso suele realizarse en la proximidad de las viviendas.

El mercurio: ese metal tan tóxico... a veces | Por Enrique Ortega Gironés. En Entrevisttas.com

Y en segundo lugar, esta actividad, además de ser ilegal en la mayor parte de los casos (los mineros suelen trabajar sin licencia), tiene terribles consecuencias sobre el medioambiente. Es muy frecuente que se produzcan graves alteraciones de los ecosistemas en el entorno de las áreas mineras como consecuencia de talas incontroladas, la turbidez inducida en las aguas por la molienda y lavado de las rocas, el polvo que se emite al aire en algunos casos, y un largo etcétera, además de la supuesta contaminación por mercurio que constituye el objeto de este artículo. Porque son innumerables los estudios que han concluido afirmando que cuando el mercurio metálico llega a los ríos próximos, genera productos orgánicos solubles, altamente tóxicos, que son absorbidos por los seres vivos, tanto de la flora como de la fauna, y que llegan a afectar también a la salud de las personas que habitan aguas abajo, quienes llegan a intoxicarse por vía indirecta al consumir pescados contaminados.

El mercurio: ese metal tan tóxico... a veces | Por Enrique Ortega Gironés. En Entrevisttas.com

Pero es necesario recordar aquí que la inmensa mayoría de esos estudios adolecen de las limitaciones antes mencionadas. Es decir, que carecen de valores geoquímicos de fondo para conocer el posible origen natural del mercurio detectado, y también de métodos de análisis adecuados para establecer la forma química (orgánica o inorgánica) bajo la que se presenta el mercurio. En la mayor parte de los casos, se detecta la presencia de mercurio y se asume la presencia de compuestos orgánicos, pero sin poder afirmarlo con seguridad por falta de datos analíticos fiables. En la práctica, entonces, es posible que el supuesto contaminante detectado se trate de mercurio metálico adsorbido en las arcillas en suspensión, o en los barros que ingieren los seres vivos.   

Además, superponiéndose a la carencia analítica arriba mencionada, todos los estudios de evaluación de impacto ambiental por mercurio en zonas mineras artesanales, se basan en un modelo único, según el cual, el vapor de mercurio, al caer al suelo y al agua, es metabolizado por bacterias, transformándose en compuestos orgánicos. Y es precisamente este proceso de conversión el que, desde el punto de vista geológico, plantea serias dudas. Es posible que ese mecanismo pueda ser operativo en el entorno de áreas industriales, donde la contaminación por mercurio proviene de materiales oxidados o químicamente procesados. Sin embargo, no parece aplicable al mercurio metálico que utilizan los mineros durante la extracción del oro. O al menos, no parece científicamente correcto que sea extrapolado de forma generalizada (como se está haciendo en la actualidad) al conjunto del planeta, ya que existen sólidas evidencias que dejan en entredicho al modelo y las interpretaciones que de él se derivan.

De nuevo, como ocurría en el artículo anterior con Riotinto, el mejor lugar del mundo para evaluar el comportamiento del mercurio metálico en la naturaleza, lo tenemos también en nuestro territorio, en este caso en la provincia de Ciudad Real. El yacimiento de mercurio de Almadén es un caso excepcional en la historia mundial de la minería. Explotado ininterrumpidamente desde la época romana hasta los albores del siglo XXI, de su mina se han extraído más de 20 millones de litros de mercurio, equivalentes a un tercio de todo el mercurio consumido por la humanidad a lo largo de los siglos. Ningún otro yacimiento de cualquier metal, en todo el mundo, puede ostentar, ni de lejos, un récord comparable. Esta situación de primacía le ha permitido jugar un papel importantísimo en la economía y en la historia durante siglos, lo que le ha valido ser declarado Patrimonio de la Humanidad.

Vista panorámica de Almadén (Ciudad Real, España)
Vista panorámica de Almadén (Ciudad Real, España)

Pero aunque la dilatada trayectoria del yacimiento de Almadén es apasionante, lo que aquí nos interesa, como contrapunto a los presuntos impactos medioambientales del mercurio metálico, es su historia geológica. Hace 435 millones de años, a 45 kilómetros de profundidad, se inició el ascenso de una masa rocosa parcialmente fundida. Cuando llegó a la superficie, en el lugar donde hoy se encuentra Almadén, existía un mar tropical, tranquilo y poco profundo, en cuyo fondo se formó un cráter volcánico, acompañado de emanaciones gaseosas y fuertes explosiones. Algunos de aquellos gases (azufre y mercurio) se combinaron entre sí para formar el cinabrio (sulfuro de mercurio también conocido como bermellón),  que rellenó los huecos entre los granos de arena del fondo marino, del mismo modo (aunque mucho más despacio) que el agua ocupa los poros entre los granos de arena de la playa cuando una ola se retira.

Las emanaciones gaseosas de aquel volcán tenían una formidable riqueza en mercurio. Tanta, que no existía suficiente azufre para combinarse con él y una buena parte del mismo quedó libre, condensándose en pequeñas gotas, ágiles y vivaces, que se escurrieron por cualquier orificio que le salió al paso. Cuando cesó la actividad volcánica, el cráter volcánico y la masa de arenas mineralizadas, fueron quedando enterrados progresivamente por varios miles de metros de sedimentos, durante un largo proceso que duró más de cien millones de años.

Algo más tarde, por el caprichoso movimiento de las placas de la corteza terrestre, se levantó una nueva cordillera, cuyas montañas comenzaron inmediatamente a ser atacadas por la erosión, los efectos del viento, el hielo, la nieve y la lluvia. Con una relativa rapidez (en términos geológicos, tan sólo unos pocos millones de años), el relieve adquirió una configuración muy similar al paisaje actual. Las rocas más resistentes ocuparon las crestas de las sierras y en la cima de uno de aquellos montes, si hubiese habido alguien para verlo, podría haber observado unas vetas brillantes de color rojo escarlata, el cinabrio que más tarde sería extraído de la mina de Almadén. Pero aún tendrían que pasar otros trescientos millones de años, antes de que apareciesen los hombres para empezar a explotar ese mineral.

Desde el punto de vista medioambiental, lo que esta abreviada historia geológica nos indica, es que durante trescientos millones de años, el yacimiento de Almadén ha estado en contacto con el agua superficial y subterránea. Y sin embargo, esta larga exposición no ha causado ningún impacto que pueda detectarse en la flora, en la fauna, ni tampoco en la salud de sus habitantes. Por supuesto, de esta afirmación deben exceptuarse a los mineros que, durante siglos, se vieron forzados a respirar los vapores de mercurio en el interior de la mina.

El mercurio: ese metal tan tóxico... a veces | Por Enrique Ortega Gironés. En Entrevisttas.com

Ante esta situación, un geólogo suspicaz no tiene más remedio que hacerse una pregunta. Si la mayor concentración de mercurio del planeta, que ha estado en contacto con el agua durante un periodo de tiempo tan dilatado, no ha formado derivados orgánicos de mercurio ni contaminado su entorno, ¿cómo es posible que las pequeñas cantidades de mercurio que usan los mineros artesanales tengan impactos medioambientales tan inmediatos? Si aplicásemos al entorno de esa mina, los mismos criterios que se están utilizando en las evaluaciones ambientales de las áreas amazónicas donde existe actividad minera artesanal, la comarca de Almadén debería estar infestada de compuestos orgánicos de mercurio desde hace millones de años. Y la contaminación debería haberse extendido hasta el Atlántico a través de la cuenca hidrográfica del Guadiana.

Sin embargo, estos efectos son totalmente inexistentes. A pesar de que la pesca forma parte de las actividades habituales de sus habitantes (incluyendo los crustáceos, especialmente sensibles a la contaminación por mercurio, como los cangrejos de río), no hay registrado ni un solo caso de intoxicación, ni en el entorno de la mina ni en las comarcas situadas aguas abajo. Incluso, los análisis sistemáticos que se realizan en los cauces fluviales en el entorno del yacimiento, indican valores situados dentro de los estándares recomendados por la Organización Mundial de la Salud.

Es posible que estos argumentos geológicos sean difícilmente comprensibles para quien no esté acostumbrado a los exagerados periodos de tiempo, siempre hablando de millones de años, que usan los geólogos, y pueden parecer especulativos o poco fiables. Pero hay otras evidencias igualmente concluyentes, más inmediatas y de comprensión más asequible. Veamos un par de situaciones muy ilustrativas.

La primera de ellas nos la proporciona un naufragio. Hace ahora casi tres siglos, en 1724, el galeón español Guadalupe, que transportaba 230 toneladas de mercurio en sus bodegas, se refugió en la bahía de Samaná, en la República Dominicana, huyendo de la furia de un huracán, pero resultó inútil y terminó naufragando. Allí ha permanecido hasta hoy, hundido bajo las aguas, a 8 metros de profundidad, hasta que hace unos años fue localizado y gran parte de su carga fue rescatada.

Debe recordarse que ese tipo de transporte era muy habitual, el mercurio era imprescindible para beneficiar el oro y la plata de las minas americanas. La metodología de transporte de la época consistía en introducir el azogue en sacas de cuero, alojadas dentro de pequeños barriles, que a su vez iban encajados de tres en tres en el interior de sólidas cajas de madera, tal y como puede verse en la fotografía adjunta, publicada por National Geographic. Pero aquel embalaje no estaba concebido para mantener la estanqueidad durante una inmersión tan larga, e inevitablemente, el mercurio ha estado casi tres siglos en contacto con el agua.

https://www.todoababor.es/listado/navio-nsdeguadalupe.htm

Hace unos años, por cuestiones de trabajo, tuve que visitar el Ministerio del Medioambiente de la República Dominicana y aproveché la ocasión para preguntar sobre el posible impacto ambiental de aquel naufragio. No había ninguna constancia, a pesar de tratarse de un área donde las actividades pesqueras son habituales, de una sola intoxicación o problemas medioambientales generados por esas 230 toneladas de mercurio. La estabilidad demostrada por el azogue después de permanecer tanto tiempo sumergido, sugiere que, si a mediados del siglo XX, en la bahía de Minamata, en lugar de productos químicos derivados del mercurio, se hubiese vertido azogue líquido, no hubiese ocurrido ninguna catástrofe.

La segunda evidencia nos la proporciona la misma mina de Almadén, cuyas labores llegaron hasta los 700 metros de profundidad y que ha estado en actividad hasta el año 2002. Al cesar la explotación e interrumpirse el bombeo, se ha ido inundando lentamente, como ocurre con todas las minas cuando los trabajos se detienen. La abundantísima documentación sobre la historia de su laboreo, acredita que durante los siglos XVII y XVIII, hubo que dejar sin extraer una gran cantidad de mineral de altísima calidad, que no pudo ser explotado por las limitaciones técnicas de la época. Simplemente, la veta era excesivamente ancha para que se pudiese extraer en su totalidad sin causar derrumbes.

https://www.todoababor.es/listado/navio-nsdeguadalupe.htm

Eso quiere decir que, desde el cierre de la mina, el agua que se ha ido acumulando en túneles, pozos y galerías, está en intimo contacto con los miles de toneladas de cinabrio y de mercurio metálico que quedaron sin explotar. Sin embargo, los rigurosos análisis, periódicos y sistemáticos, que desde hace años se están realizando en las aguas del interior de la mina, así como en las aguas superficiales, subterráneas y manantiales de su entorno, no han detectado contenidos de mercurio que puedan considerarse como peligrosos, de acuerdo con la normativa medioambiental y sanitaria en vigor. Es inevitable preguntarse entonces ¿qué está ocurriendo? Si los modelos ambientales aplicados son ciertos, ¿cómo es posible que en el enclave del planeta donde se ha concentrado espontáneamente la mayor cantidad conocida de azogue, después de dos décadas de contacto íntimo con el mercurio, el agua no contenga valores de riesgo para la salud?

Nadie duda, es indiscutible, que el mercurio puede ser altamente tóxico y muy perjudicial para el medioambiente cuando se presenta en forma de compuestos orgánicos. También es incuestionable que respirar sus vapores es muy dañino. Pero el comportamiento del mercurio en la comarca de Almadén arroja serias dudas sobre las implicaciones ambientales que sistemáticamente se le atribuyen. Los estudios realizados en varios lugares del mundo, especialmente en las zonas lacustres de los países nórdicos de Europa y América, indican que pueden formarse compuestos mercuriales orgánicos muy tóxicos mediante procesos espontáneos y naturales. Pero es posible que dichos procesos estén favorecidos por las particulares condiciones físico-químicas de esos entornos, o también, por el tipo de material fuente que aporta el mercurio (óxidos, hidróxidos, compuestos industriales, etc.).

Pero las conclusiones obtenidas en esos entornos lacustres no pueden ser aplicadas sistemáticamente a todos los lugares del mundo, sin más comprobaciones. Si se extrapolase a la comarca de Almadén la metodología al uso en cualquiera de los estudios medioambientales realizados en la inmensa mayoría de los distritos artesanales mineros, esta debiera ser la zona más contaminada en mercurio de todo el planeta. Y, sin embargo, la realidad indica todo lo contrario. ¿Cómo explicar que el vertido de pequeñas cantidades de mercurio en el medio acuático en un arroyo de la cuenca amazónica, cause graves y rapidísimos efectos, mientras que en la comarca de Almadén, las consecuencias de millones de toneladas de mercurio interactuando con el medioambiente durante millones de años sea inocuo? Es evidente que algo falla en los protocolos y en las sistemáticas que se están aplicando actualmente y que, al menos en algunos casos, su enfoque metodológico es inadecuado y presenta carencias de la información mínima requerida.

Es evidente que algo falla en los protocolos y en las sistemáticas que se están aplicando actualmente y que, al menos en algunos casos, su enfoque metodológico es inadecuado y presenta carencias de la información mínima requerida.

Esta conclusión lleva inevitablemente a pensar que los cientos de millones de dólares que anualmente se están dedicando a combatir supuestos efectos medioambientales, podrían estar mejor empleados. Resulta evidente que el comportamiento del mercurio metálico en la naturaleza aún no es bien conocido en todos los entornos. Sería más eficaz profundizar en ese conocimiento para poder aplicar una metodología de evaluación ambiental realmente eficiente, en lugar de poner en práctica sistemáticas que, al menos en algunos casos, no se ajustan al comportamiento real de la naturaleza. Para ello, para investigar y verificar el comportamiento del azogue, Almadén y su comarca constituyen un laboratorio natural perfecto. No existe en el planeta otro lugar más adecuado para dilucidar los interrogantes y contradicciones planteados sobre los verdaderos efectos contaminantes del mercurio metálico. Como mínimo, sería esencial averiguar cuáles son los parámetros físico-químicos que inducen, en esa comarca, un comportamiento del azogue aparentemente tan distinto a otros lugares del mundo. O, ¿podría ser que esté ocurriendo lo contrario? ¿No será que en realidad ese comportamiento no está siendo correctamente comprendido ni bien interpretado?

Las personas interesadas, pueden obtener información adicional sobre la historia del distrito minero de Almadén y el uso del mercurio en la minería artesanal del oro, respectivamente, en:


El mercurio: ese metal tan tóxico… a veces | Por Enrique Ortega Gironés


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Publicado por Enrique Ortega Gironés

Soy, por ese orden, geólogo y escritor. O simplemente, un geólogo al que le gusta escribir. Primero, docente e investigador en el Departamento de Geotectónica de la Universidad de Oviedo. Luego, en las minas de Almadén (Ciudad Real), y durante los últimos 20 años, consultor independiente.

4 comentarios sobre “El mercurio: ese metal tan tóxico… a veces

  1. Muchas gracias por una explicación tan clara y sencilla. Un ejemplo más de como el poder y la ignorancia juntos pueden acabar con la prosperidad de muchos lugares, como ha pasado con la comarca de Almadén.

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    1. Muchas gracias por tu comentario. El objetivo del artículo es dar a conocer algunos aspectos del comportamiento en la naturaleza que con frecuencia son ignorados u olvidados por los gestores medioambientales, aplicando de forma generalizada normas que no se corresponden con el comportamiento de la naturaleza, como bien conocen las gentes de Almadén y sus alrededores desde hace siglos.

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  2. Totalmente de acuerdo con el escrito de Matías Raja. Si fuese cierto todo lo que dicen, los que hace años nos desinfectábamos heridas con mercuro-cromo (mercromina para los amigos, que se utilizaba incluso en los hospitales), sobre todo durante nuestra niñez, cuando salíamos a coscorrón o rasponazo casi diario, deberíamos estar seriamente intoxicados.

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