Espejo roto – Capítulo 20: Entre sombras y promesas

El retorno a Barcelona fue apenas el comienzo de una nueva tensión que Lena no supo cómo definir. Comenzaba a estar cansada de vivir bajo tanta tensión, pero ¿qué remedio? Ya faltaba poco para conseguir que Luna pudiese liberarse totalmente de la sombra de la Ley. Las piezas del juego parecían estar encajando en sus lugares correctos, pero al mismo tiempo, cada vez era más claro que Janus movía los hilos con una precisión escalofriante. Su relación con Javier había llegado a un punto de intensidad que parecía inevitable: quería dejar a Janus para vivir con él, ASAP. Sospechaba, incluso, que Janus lo estaba formulando para que así pasase.

Apenas aterrizaron, Lena recibió un mensaje breve y directo de Janus: A mi oficina, hoy, ocho en punto. La cita no admitía excusas, y aunque su cuerpo aún llevaba las marcas de su última noche con Javier, su mente estaba fija en lo que Janus tendría que decirle.

Al llegar a la oficina de Janus, Lena intentó mantener una expresión neutral, pero no pudo evitar cierta inquietud. Él la recibió con su habitual frialdad calculadora, con esa mirada intensa sobre ella. Janus cerró la puerta tras de sí y la invitó a sentarse.

—Entonces, ¿qué tal el viaje? —preguntó con una suavidad inquietante.

Lena respiró hondo…

—Ha sido… productivo —respondió ella, manteniendo el contacto visual—. Lefebvre y Adrien han mostrado un compromiso sólido. Guillaume firmó en París, y Adrien se ha comprometido a facilitar el traslado de los fondos a través de sus contactos en el Banco de Luxemburgo.

Janus asintió, satisfecho.

—Perfecto, Lena. Has hecho un buen trabajo. —Hizo una pausa y ladeó la cabeza, observándola con algo parecido a una sonrisa irónica—. Y me han llegado rumores de que la colaboración con Javier está siendo más… fructífera de lo esperado.

El comentario dejó a Lena en silencio un instante. Entonces fue ella la que ladeó la cabeza y sonrió con cara de complicidad y picardía acotada.

—Javier y yo formamos un buen equipo —respondió con cautela, evitando ahondar en detalles.

—Lo sé —dijo Janus, como si lo supiera todo—. Esa era precisamente la idea. No pienses que no planeé cada uno de esos encuentros, Lena. No solo los negocios requieren de confianza y una base sólida; para lo que haremos después, era fundamental que fueras tú quien conectara con él. Ya sabes que yo soy muy liberal. Más aún, si cabe, cuando se trata de cerrar un negocio.

Lena se sintió atrapada entre la admiración por su carácter, la rabia por la manipulación (sin avisos) y cierta incomodidad. Si había una cosa que Janus tenía clara, era cómo manipular cada situación a su favor. Lena también lo era, con la relación de Luna y Janus, pero le hubiese gustado tener claro que Janus la quería algo más, que no se desprendería de ella así, sin comentario alguno sobre cómo podría llegar a desarrollar otras relaciones ella misma.

—¿Cuál es el siguiente paso, entonces? —preguntó, decidida a no darle a Janus más de lo que ya tenía sobre ella.

Janus deslizó un documento hacia ella.

—Luna tomará posesión de estos activos en Dubái y Abu Dabi. Es clave que el próximo viaje lo haga con Javier, y solo con él. Ya es hora de que todo este dinero tome su ruta final. Mateo y tú supervisaréis desde Barcelona; necesito que os enfoquéis en los últimos acuerdos, especialmente en Suiza y Sudáfrica. Estos fondos, que serán las principales fuentes de rentabilidad, asegurarán el anonimato y cubrirán cualquier rastro de capital proveniente de Dubái.

El papel que ella debía desempeñar en esta etapa era claro, pero saber que Luna estaría de cerca con Javier la inquietó, aunque procuró no mostrarlo. Cada vez que el nombre de Luna aparecía, Lena sentía que Janus, de alguna forma, buscaba analizar sus reacciones, observando cualquier signo de debilidad en ella. Por otra parte, quería saber cómo reaccionaria Javier con su gemela (algo modificada). Él no tenía por qué saberlo, si Janus no le decía nada sobre las operaciones estéticas. Luna contaba con nueva documentación.

Las semanas siguientes fueron una sucesión de reuniones, llamadas y cálculos complejos. Mientras Luna y Javier se sumergían en los negocios en Dubái, Javier procuraba llevársela a cenar. Tanía curiosidad porque se parecía mucho a Lena, incluso en la voz. Pero, no entendía cómo Janus había conseguido dos mujeres tan paralelas, si bien diferentes. Por otra parte, Luna se sentía especial. No había recibido aviso alguno, ni de Janus ni de Lena, sobre el tórrido romance entre Lena y Javier. De haberlo sabido, y tras las desgracias de juventud con respecto al apuñalamiento de Mateo por los celos que sentía, no se hubiese permitido salir con él ni a cenar. Sin embargo, su relación con Janus era casi parental y su cuerpo le pedía algo diferente, por fin. Javier, con su estilo directo y apasionado característico y habitual con las mujeres, le ofrecía algo que hacía mucho tiempo no sentía: cierta complicidad, una especie de refugio donde podía bajar la guardia, al menos por momentos, y sentirse deseada. Sí, se parecía a lo que le ofrecía Janus inicialmente, pero era con alguien nuevo, permitiéndose sentir algo diferente tras tantos años.

Durante una de esas noches en el apartamento de Javier, mientras discutían sobre los contratos que debían revisar en Suiza, él se acercó a ella con una mirada ambigua.

—Sé que Janus tiene su propia agenda, Luna —murmuró—. Lo veo en la forma en que nos dirige. Pero quiero que sepas algo: para mí, esto va más allá de sus planes. Quiero que Lena forme parte de mi vida. Tú la conoces desde hace muchos años, me consta. Y me gustaría saber qué opinas. ¿Crees que Janus lo verá bien?

Luna sintió una punzada en el pecho. ¿Cómo se podía haber confundido tanto con él? Luna, por respuesta, lo besó. Por primera vez, le costó distinguir si su lealtad era hacia Janus, hacia Lena, el equipo o hacia ella misma. Javier se retiró y se fue a dormir.

Al día siguiente, Javier llamó a Janus y le dijo lo que había pasado. Janus se lo tomó bien. Le dijo que Luna llevaba muchos años apartada del mundo, bajo su ala; que probablemente estaba confundida por eso. Que no le diese importancia.

Una semana después, mientras supervisaban los últimos detalles de la transferencia de fondos en una reunión en el centro financiero de Barcelona, Janus convocó a todos en una videollamada. Al otro lado de la pantalla, Luna estaba seria y enfocada, como si nada hubiese pasado. Sandra, Mateo, Javier y Lena estaban centrados, como siempre.

—Lena, Mateo —comenzó Janus—, estamos en la fase final. Luna ha asumido el control de las operaciones en Oriente Medio. Gracias a Javier y a las operaciones previas de Sandra, va todo viento en popa. Ahora, necesito que vosotros os enfoquéis en cerrar el último frente en Suiza. Adrien ya ha acordado facilitarnos las cuentas, pero necesito a alguien en el terreno. Lena, será tu tarea viajar allí.

La instrucción la tomó por sorpresa. Aunque su relación con Javier había sido intensa, los viajes de negocios hasta entonces los habían unido. Pero Janus estaba claramente reestructurando el equipo, dándoles tareas individuales, como si intentara quebrar las alianzas que él mismo había propiciado.

—Lena viajará a Zúrich y Lucerna —prosiguió Janus, con un tono que no admitía réplica—. Necesito que te asegures de que las transferencias se ejecuten sin problemas. Javier, en Barcelona, se unirá a Mateo para gestiona las reuniones con nuestros socios en Sudamérica. Desde ahí, ambos mantendréis contacto constante y reportaréis cualquier novedad. Esto es crucial: si no funciona en Suiza, lo de Dubái habrá sido en vano.

Nadie se atrevió a preguntar qué haría Sandra. Tampoco ella preguntó. Pero, todos sospechaban que estaría en la casa de la playa, con Janus.

Lena asintió, con incomodidad y expectativa. La distancia con Javier no le hacía gracia, pero comprendía la importancia de lo que se le encomendaba. Por primera vez desde el inicio de su relación con él, tendría que trabajar sola, sin la red de apoyo que Javier le había ofrecido en los últimos meses. Y lo peor era saber que Luna, mientras tanto, estaría cada vez más cerca de Javier. Quiso hablar con ella sobre el tema pero ella le dijo que le llamaría más tarde.

Cuando se despidieron, Lena notó una frialdad en la mirada de Janus, algo que antes había pasado desapercibido. Era como si, al separarlos, estuviera colocando otra pieza en su tablero, preparando un nuevo movimiento que ella aún no comprendía.

Antes de partir hacia Suiza, Lena pasó una última noche con Mateo, en el piso fachada que compartían desde hacía tanto tiempo. Su amistad se había afianzado, aún más, durante esa semana. Mateo le había confesado lo bien que se sentía desde que Sandra había aparecido en su vida. Se sentía capaz de superar su dependencia hacia ella. Lena le escuchó con cierta alegría y, por supuesto, con cierta pena: alegría por ver que podría vivir una nueva vida como un hombre más resuelto y menos temeroso; y pena por sentir que ella ya no tendría sobre el lugar que hacia tanto que había ocupado. Aquella noche fue intensa, como si ambos supieran que su lazo se resbalaba y lloraron abrazados, olvidándose del resto del equipo y de los negocios.

Ya en el aeropuerto, un mensaje de Janus apareció en su móvil: Cuídate, Lena. No olvides que todo esto es solo una parte de mi plan. Mateo necesitaba volar. Nos vemos pronto.

Lena sonrió y cerró el teléfono.


Espejo roto – Capítulo 20
Entre sombras y promesas

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Espejo roto – Capítulo 19: Entre el deber y el deseo

La relación entre Lena y Javier había comenzado como un juego de miradas y sonrisas veladas durante sus reuniones. Javier era intenso, persuasivo y, sobre todo, parecía entender perfectamente cómo funcionaba la mente de Lena. La tensión que habían cultivado entre charlas de negocios y cenas lujosas en Barcelona se transformó rápidamente en algo más profundo, más íntimo. No podían evitarlo: cada vez que sus manos se rozaban, cada vez que sus miradas se cruzaban, había algo eléctrico en el aire, algo que los atraía a pesar de las normas tácitas que ambos sabían que debían respetar.

Desde su primera noche juntos, la relación entre Lena y Javier fue todo menos un simple romance pasajero. Lena, quien había aprendido a ser calculadora y fría en el terreno profesional, encontró en Javier una chispa que hacía tiempo, mucho tiempo, que no experimentaba. Su conexión era tan intensa que parecía conseguir que olvidasen, momentáneamente, los complejos engranajes de los negocios que ambos tenían en marcha bajo las estrictas órdenes de Janus. Sin embargo, ni siquiera esta pasión era capaz de distraerla de los objetivos a los que ambos debían servir.

Al día siguiente de aquella primera noche juntos, mientras el sol despuntaba sobre Barcelona, Lena y Javier se encontraban en la oficina de éste. Javier la observaba con esa intensidad propia del conquistador, con una sonrisa en los labios, pero el tono de su voz era estrictamente profesional.

—Nuestra próxima reunión con los inversores es en dos días —le dijo Javier, repasando los documentos en su escritorio, pues aún le gustaba el papel—. Necesitamos proyectar la garantía de que este fondo de inversión en bienes raíces es más que un simple negocio. Deben ver la protección que les ofrece, tanto legal como financiera.

Lena asintió, enfocada. Sabía que el esquema planteado por Janus dependía de la confianza que lograran construir con estos nuevos contactos. El fondo de inversión en bienes raíces era la cobertura perfecta para mover los fondos de forma segura entre paraísos fiscales, utilizando a Javier y sus conexiones para afianzar la operación sin dejar rastros.

—Los informes están listos —dijo Lena, mientras revisaba los papeles que tenía delante—. Presentaremos el fondo como una oportunidad de largo plazo, una inversión blindada en zonas de expansión. Las propiedades están a nombre de terceros confiables, y ya hemos asegurado la estructura para que, en caso de alguna investigación, parezca solo un negocio local sin vinculación directa con otros activos.

Javier asintió, mirando los informes con atención, y añadió:

—Además, podemos ofrecerles la opción de mover una parte de sus capitales a través de las cuentas en Dubái que gestiona Sandra. Eso les dará más tranquilidad, sabiendo que sus inversiones no solo están seguras, sino también fuera del alcance de cualquier jurisdicción europea.

Cada paso que daban reforzaba la estructura en la que Janus, Lena y el resto del equipo habían estado trabajando durante meses. Luna y Mateo aún estaban más involucrados en las actividades de bajo perfil, pero Lena intuía que pronto las cosas cambiarían. Mientras tanto, ella y Javier se habían convertido en el equipo de avanzada, tejiendo la red que les aseguraría no solo el anonimato, sino también una posición de poder.

A medida que las reuniones avanzaban, el vínculo entre Lena y Javier se hacía cada vez más difícil de disimular. Cuando terminaban sus encuentros, aprovechaban cualquier excusa para encontrarse a solas. Sus noches juntos estaban cargadas de una intensidad que parecía alimentar su energía durante el día. Pero Lena nunca perdía de vista el propósito de su relación: aunque deseaba a Javier, no podía olvidar que también era un hombre de negocios, y que juntos estaban construyendo algo tan frágil como peligroso.

Una noche, después de una cena en un restaurante exclusivo en la ciudad, Javier la llevó a su apartamento en el centro. La conversación que habían mantenido durante la cena había girado en torno a los contactos que Lena debería hacer en Londres y París, donde potenciales inversores ya esperaban sus propuestas. Sin embargo, apenas cruzaron el umbral de la puerta, el tono cambió. Javier la abrazó y, en un susurro, le dijo al oído:

—No sé cómo lo haces, Lena. Todo esto, tu capacidad para mantener el control, para ejecutar cada movimiento como si fuera una jugada maestra. Eres… única.

Lena se ruborizó, un gesto inusual en ella, pero permitió que Javier la besara, dejando de lado por un momento las tensiones de su vida diaria. Sin embargo, incluso en los momentos de mayor intimidad, de mayor intensidad, no podía evitar la sensación de que Janus estaba de alguna forma presente, como si supervisara cada paso que daba. Cada vez tenía más claro que esta misma relación con Javier formaba parte del plan de Janus. De nuevo, una pieza más en su tablero.

A medida que los días pasaban, la red de contactos que Lena y Javier estaban formando en Europa se consolidaba. En Londres, Adrien Dubois, el tío de las gemelas y director de un fondo de inversión, se mostró particularmente interesado en sus propuestas. Lena había tenido que utilizar toda su persuasión y diplomacia para convencer a Adrien de los beneficios de participar en el esquema. Adrien, aunque familiar, era un hombre muy severo, muy frío. Al principio,se mostró reticente, pero terminó accediendo al ver la estructura segura y legalmente hermética que ella y Javier ofrecían. En este punto, le daba igual quien era Lena.

Una noche, mientras ella y Javier revisaban algunos documentos en el apartamento donde solían pasar las noches, un mensaje de Janus interrumpió el silencio de la habitación. La pantalla del teléfono mostraba una notificación urgente. Lena lo leyó en voz baja, sintiendo una mezcla de respeto y cautela hacia el hombre que parecía conocer cada movimiento antes de que siquiera ella lo considerara.

—Janus quiere que tengamos todo listo para la próxima semana —dijo Lena, mirando a Javier con seriedad—. Luna tomará el control de los fondos cuando estemos preparados. Es crucial que dejemos todo perfectamente atado antes de que ella entre en juego.

Javier asintió, observando el rostro de Lena con una sonrisa leve, pero sin apartarse del propósito de la conversación.

—Será un trabajo rápido, pero puedo asegurar que cuando Luna tome el control, todo estará en su lugar —respondió Javier, con esa misma confianza que lo caracterizaba—. De hecho, ha quedado claro en el último Teams. Ya tenemos la aprobación de los contactos en Dubái, y en los próximos días nuestros inversores en Londres y París terminarán de consolidarse.

Esa misma semana, los dos viajaron a París para cerrar el trato con el contacto francés más importante, un empresario llamado Guillaume Lefebvre, quien controlaba varios activos en Europa del Este. La reunión con Guillaume fue discreta pero intensa; Lena y Javier debían convencerlo de que su inversión estaría protegida y de que los beneficios superarían cualquier riesgo. Durante la cena, Javier se encargó de explicar con detalle la solidez del plan, mientras Lena estudiaba las reacciones de Guillaume, asegurándose de que captara la seriedad de la operación.

A pesar de los desafíos, Lena y Javier lograron cerrar el trato con Guillaume y varios inversores más. La red estaba casi completa, y las piezas encajaban con precisión. Todo estaba listo para el siguiente paso: la fase en la que Luna tomaría el control. Pero Lena no podía evitar sentir una inquietud creciente. Había algo en su relación con Javier, algo en la forma en que él la miraba en los últimos días, que la hacía dudar de sus propios sentimientos. Estaba claro que ambos compartían una atracción innegable, una pasión indómita, pero ¿hasta qué punto sus sentimientos eran parte de los negocios?

El regreso a Barcelona fue silencioso. Mientras viajaban de vuelta, Lena comenzó a comprender la magnitud de lo que habían construido. Había logrado enredarse en una trama de contactos que la protegía, pero también la mantenía atrapada en el juego de Janus. Sabía que, en el fondo, Javier también era parte de ese juego, aunque su papel era el de un socio y no el de un simple amante.

Sentía que Janus, aunque distante, controlaba cada movimiento, cada susurro, cada roce que ella y Javier compartían. Que era él quien había deseado separarla y brindarle esta nueva aventura. ¿Tan seguro estaba de que no le fallaría?¿De que no perdería el control? O… ¿quizá empezaba a darle igual? ¿Qué motivos tenía?


Espejo roto – Capítulo 19
Entre el deber y el deseo

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Espejo roto – Capítulo 18: El tablero internacional

La mesa de reuniones en la casa de la playa era amplia, iluminada apenas por la luz tenue que se colaba a través de las ventanas. Janus los había convocado a todos, y la atmósfera era tan intensa que, irónicamente, casi podía atravesarse con un cuchillo. A un lado estaba Lena, cruzando los brazos con gesto firme, aunque los ojos le brillaban con una mezcla de emoción e inquietud. Luna, sentada frente a ella, mantenía una expresión seria; aquella era una reunión que afectaba directamente a su vida y su libertad, lo sabía bien. A su lado, Mateo intentaba mantener el semblante tranquilo, pero el peso de la responsabilidad le tensaba los músculos.

Sandra entró, segura de sí misma, con un cuaderno de notas y algunos documentos que colocó en la mesa. A pesar de su presencia relajada, había algo en ella que imponía, una experiencia y un dominio de la situación que llamaban la atención de todos los presentes. Finalmente, Janus tomó asiento en el extremo opuesto de la mesa y los miró a cada uno con una sonrisa fría y calculada.

—Tenemos mucho que discutir, y el tiempo apremia. Como sabéis, la expansión de nuestros negocios en el extranjero es crucial no solo para nuestros beneficios, sino también para asegurar la estabilidad y el anonimato de todos. Especialmente de Luna —añadió, dirigiéndole una mirada intensa—. Si seguimos estos planes, lograrás una posición económica y legal que te permita vivir en paz, sin mirar hacia atrás.

Luna asintió en silencio, agradecida pero cautelosa. Era plenamente consciente de lo que aquello implicaba, y le confería confianza hacia Janus y, asimismo, a Sandra, también sabía que cada paso debía darse con precisión.

—Sandra —prosiguió Janus, volviéndose hacia ella—, tú serás nuestro enlace en los Emiratos Árabes. Hablaremos de todo lo que necesitas para contactar con los mandatarios clave y otros jugadores importantes en la región. Tu tarea será coordinar la apertura de las nuevas cuentas y asegurar que las transacciones se realicen sin dejar huellas. Cuento con tu habitual buen hacer.

Sandra asintió con tranquilidad, anotando algunos puntos en su cuaderno.

—Perfecto —respondió ella, en un tono sosegado—. Como discutimos, me reuniré primero con el ministro de comercio en Abu Dhabi. Ya he hablado con él, y he encontrado una excelente oportunidad en un fondo de inversión discreto que nos facilitará el flujo de dinero entre las cuentas sin levantar sospechas.

Janus asintió, satisfecho. Lena observó la interacción con atención; notaba el respeto que Janus le tenía a Sandra y la facilidad con la que ambos se entendían. No podía evitar sentir una pequeña punzada de incomodidad.

—Muy bien —dijo Janus, volviendo su mirada hacia Lena y Mateo—. Ahora, Lena, Mateo, vosotros tenéis una tarea importante en España. Hemos conseguido contactar con varios inversores interesados en formar parte de nuestros proyectos. Sin embargo, algunos de ellos necesitan un trato más… personal. Y es aquí donde entra Javier Lorca, el director de un consorcio financiero con intereses en paraísos fiscales. Él será uno de nuestros enlaces, y he acordado que tanto tú como Mateo lo conoceréis durante la próxima semana en Barcelona.

Lena asintió, aunque su mente comenzó a vagar con pensamientos y conjeturas sobre este nuevo contacto. Javier Lorca era un nombre que resonaba en los círculos financieros y legales, pero también en el rumor de la calle y los medios. Sabía que trataba con hombres de negocios de gran influencia y que, además, era alguien muy carismático. Por lo que había escuchado, también era atractivo, y su encanto personal le abría muchas puertas.

—Javier es un hombre extremadamente ambicioso —prosiguió Janus, mirando a Lena—. Su interés en nuestro negocio no solo es por los beneficios económicos, sino también por las conexiones que podemos brindarle. Tú, Lena, tienes el perfil perfecto para acercarte a él. Sé que no será un problema para ti captar su atención.

Lena tragó saliva, notando el peso de aquella insinuación. Era evidente que Janus tenía un plan en mente, pero al mirarle, sus ojos no delataban más que calma y seguridad.

—Entendido —dijo Lena, intentando mantener un tono neutral—. Me reuniré con él y le presentaré el proyecto. ¿Algo en particular que deba enfatizar?

Janus esbozó una sonrisa, como si estuviera complacido con su disposición.

—Habla de la estabilidad del plan, de cómo aseguraremos sus inversiones sin riesgos innecesarios. Y, sobre todo, hazle ver que somos una red de contactos que pueden protegerlo tanto a él como a sus fondos. Mateo te apoyará en esto, así que aprovecha su presencia para transmitir seriedad y profesionalidad. Javier necesita lo que le ofrecemos y suele fiarse más de los equipos que de las personas. Le gusta tratar con hombres y suele perder un poco el norte, como es bien conocido, cuando se trata de mujeres atractivas, aunque no las descarta en los negocios más lucrativos.

Mateo asintió, sintiéndose aliviado de poder cumplir con un rol más diplomático en la situación. Sin embargo, no pasó desapercibido para él la mención de que Javier Lorca podría interesarse más en Lena que en los números de sus proyectos.

—¿Y yo? —preguntó Luna finalmente, alzando la voz con una mezcla de ansiedad y determinación—. ¿Qué debo hacer?

—Tú tendrás que permanecer en un perfil más bajo, Luna —respondió Janus con suavidad, aunque su tono era inapelable—. Eres el eslabón que todos queremos proteger, y hasta que Sandra y Lena finalicen sus primeras fases, tu papel será gestionar los fondos a nivel local, en la sombra. Sandra se asegurará de que te lleguen las cantidades que necesitas para poder iniciar la fase final del plan: tus cuentas en el Caribe estarán activas en menos de medio mes, y de ahí en adelante, solo será cuestión de mantener todo en orden.

Luna asintió, aceptando la responsabilidad que Janus le encomendaba. Era un papel menos visible, pero vital para su seguridad y estabilidad. Sabía que su implicación en los negocios internacionales era delicada, y cuanto menos apareciera en documentos o registros, mejor sería para todos. Janus ya hacía mucho que le había conseguido una nueva identidad falsa que había elaborado ciertas trazabilidades que brindaban confianza en ella. Antes de ello, había pagado una rinoplastia con un cirujano de confianza. Ya no era una gota calcada de Lena. Y siempre llevaba lentillas de color negro cuando se disponía a salir. Su pelo era corto, en un estilo pixie elegante que le quedaba muy bien. Había hecho, con todo esto, que, además, se sintiera diferente a Lena y más segura con su nuevo look.

—Finalmente, Mateo —dijo Janus, con una mirada calculadora—, hay una última fase que necesitamos desarrollar en Londres. Un fondo de inversión de bienes raíces podría ser nuestra cobertura perfecta para mantener activos en Europa sin levantar sospechas. La próxima vez que viajes a Londres, te reunirás con nuestro contacto, Adrien Dubois, quien es el director del fondo y, como sabéis, el tío de las gemelas. Él ya conoce la situación y está dispuesto a ayudarnos siempre que mantengamos su nombre fuera de los documentos.

Mateo asintió, sintiendo el peso de la misión. Londres sería un reto, pero era también la oportunidad de demostrar su capacidad y de fortalecerse en el mundo financiero, en el que hasta ahora había sido más bien un aprendiz.

La reunión continuó con Janus detallando los cronogramas y los puntos de encuentro que debían respetar, además de puntualizar la hora en que harían un Teams diario para la actualización de eventualidades externas e internas. Cada contacto, cada reunión, estaba calculada al milímetro para asegurar que ninguno de ellos levantara sospechas.

Unos días después, Lena y Mateo partieron hacia Barcelona. La ciudad brillaba bajo el sol de verano, y aunque el viaje era de negocios, Lena no pudo evitar sentir una mezcla de anticipación y nerviosismo. El encuentro con Javier Lorca estaba programado para esa misma noche, en ABaC, un lujoso restaurante donde los empresarios más influyentes de la ciudad solían hacer sus tratos.

Cuando Javier apareció, Lena entendió por qué Janus le había hablado tanto de él. Era un hombre de presencia imponente (mucho más en persona que en la prensa) con una sonrisa magnética y una seguridad que irradiaba en cada palabra. Durante la cena, Javier se mostró encantador, atento, y en varias ocasiones, Lena se sintió casi hipnotizada por la manera en la que la miraba, como si cada palabra suya fuera de una importancia vital. Aunque intentó centrarse en los aspectos financieros, la intensidad de Javier la hizo dudar de su propia serenidad, de su control.

Mientras Lena y Javier hablaban, Mateo se limitaba a observar en silencio y participar en punto clave que, sí o sí, debían tratarse en ese momento, intuyendo la estrategia de Janus al colocar a Lena en la ecuación. La atracción era evidente, y aunque eso le causaba cierto recelo, entendía que el poder de seducción de Lena podía ser una herramienta útil en el esquema que estaban trazando.

Después de la cena, Javier se ofreció a llevarla al hotel, y Lena, aunque vacilante, aceptó. En el trayecto, Javier continuó hablando de sus ambiciones y de cómo veía en ella una aliada capaz, una mujer con visión y determinación. Cada palabra iba penetrando en la defensa de Lena, quien se sentía extrañamente cautivada. Quería contar con ella para otros negocios personales.

A lo lejos, Janus observaba. No era casualidad que Lena sintiera lo que sentía; él había calculado que el acercamiento de Javier serviría para poner a prueba su lealtad, para alejarla un poco de él y ver si era capaz de resistir el encanto de alguien tan persuasivo. Porque, al final, el mayor riesgo en este juego no eran los contactos ni los mandatos; el mayor riesgo era que Lena se diera cuenta de que, en el fondo, podía querer algo más.


Espejo roto – Capítulo 18
El tablero internacional

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Espejo roto – Capítulo 17: Lena y Sandra

Lena observaba, como hacía a menudo, desde el umbral de la puerta. En la penumbra del salón, apenas iluminado por una lámpara de mesa, Sandra y Janus estaban sentados, susurrando algo en voz baja. Estaban muy cerca, demasiado para el gusto de Lena, y en un momento que le pareció eterno, vio cómo las manos de Janus y Sandra se rozaban brevemente, aunque lo suficientemente perceptible como para que le obligara a contener la respiración. La escena era confusa; quizá solo se trataba de una cuestión de perspectiva, o quizá de una cercanía natural entre viejos amigos. Sin embargo, había algo en esa conexión que se le antojaba íntima, cargada de un magnetismo que jamás había visto entre Janus y… nadie. Pensaba que Sandra estaba ahí por Mateo.

Justo en ese instante, Sandra giró la cabeza hacia la puerta, como si pudiera sentir la presencia de Lena. La sonrisa amistosa y despreocupada de Sandra la hizo estremecerse, a pesar de que intentó disimular su incomodidad. Pero en el fondo, aquella mirada había sido suficiente para despertar una sensación punzante en Lena, una mezcla de celos e inseguridad que no había sentido hasta ahora. Sabía que la relación de Janus y Sandra tenía algo de historia, pero desconocía la profundidad de ese pasado en común y, mucho menos, las implicaciones que esto podía tener en el presente.

Pasaron unos minutos en los que Lena fingió revisar algunos documentos en el estudio, tratando de apaciguar su mente. Finalmente, cuando notó que Sandra se había retirado, se armó de valor y fue a buscar a Janus. Tenía preguntas, y no estaba dispuesta a ignorar las respuestas que tanto le urgían.

Lo encontró en la terraza, con la mirada fija en el mar oscuro que se extendía ante ellos. Se acercó lentamente, pero su presencia pareció no sorprenderle.

—Janus —dijo con voz firme, procurando no mostrar inseguridad en sus palabras—. Quiero hablar contigo sobre Sandra.

Él mantuvo la vista en el horizonte, como si esperara que ella continuara. Lena, sin embargo, percibió un leve movimiento de sus labios, una sonrisa apenas perceptible, que le hizo sentir que él ya sabía de qué se trataba esta conversación.

—Vi… lo que sucedió hace un rato entre vosotros —continuó, tratando de no sonar como si le estuviera reclamando algo, aunque en el fondo, eso era exactamente lo que quería hacer—. ¿Te has olvidado de mencionarme que tenéis un… pasado?

Janus dejó escapar un leve suspiro, y finalmente la miró.

—Sandra y yo fuimos pareja, sí, hace mucho tiempo. Nuestra relación fue compleja, como todo lo que tiene que ver con ella. Pero ahora somos amigos, Lena, y grandes socios. Ella es importante para nuestro equipo, y no solo por su habilidad en los negocios, sino también porque puedo confiar en ella como en pocos. Sabe lo que está en juego y entiende lo que queremos lograr.

Lena sintió que una sombra de duda se disipaba, aunque aún le incomodaba la familiaridad que había visto entre ellos.

—¿Y por qué ella? —preguntó, sin poder reprimir la curiosidad. Su tono era suave, pero Janus percibió la incomodidad subyacente.

—Porque Sandra tiene habilidades que pocos poseen, y contactos que son invaluables para nosotros. Habla árabe con fluidez y tiene una red de contactos en los Emiratos Árabes que hemos estado intentando explotar durante años. Su acceso a ciertos mandatarios y empresarios en la región puede abrirnos puertas que de otro modo serían imposibles de alcanzar. Ella conoce a los líderes adecuados para impulsar nuestra trama y, por lo tanto, Sandra es quien les llevará la propuesta directamente a ellos. Es nuestra mejor carta para expandirnos, y eso, Lena, beneficiará a todos en este equipo.

Lena escuchó sus palabras, comprendiendo la lógica que había detrás. Pero, por encima de todo, algo dentro de ella seguía inquietándola. Las razones prácticas eran válidas, y confiaba en que Janus tomaba decisiones calculadas y racionales. Sin embargo, saber que una parte de la vida de Janus estaba ligada a Sandra de esa manera le resultaba incómodo.

—¿Y cuál es exactamente el papel de Mateo en todo esto? —preguntó, tratando de encauzar la conversación hacia una cuestión menos personal. Quería entender mejor cómo encajaban todas las piezas de este plan.

—Mateo es un recurso útil. Necesitamos que gane seguridad y se vuelva cada vez más independiente. Sandra tiene la habilidad para ayudarle a lograrlo, para empujarlo a ser más audaz y autónomo. He notado que su relación contigo le impide desenvolverse como realmente podría. Es demasiado cuidadoso, demasiado dependiente de tu apoyo, de tu presencia. Y eso, Lena, es una debilidad para el proyecto.

Lena comprendió el mensaje subyacente. Janus estaba sugiriendo que Sandra separaría a Mateo de ella, al menos lo suficiente como para que él pudiera trabajar con mayor soltura. Esa idea la incomodaba profundamente. Durante mucho tiempo, había sido el ancla de Mateo, la figura en la que él confiaba incondicionalmente. Verlo distanciarse de ella para acercarse a Sandra despertaba en Lena otra incomodidad que no lograba definir del todo.

—Pero… ¿realmente es necesario alejarlo de mí? —preguntó, mirando a Janus a los ojos. Había algo en su mirada que buscaba alguna especie de consuelo, una señal de que su vínculo con Mateo no sería completamente destrozado.

Janus la miró con una mezcla de compasión y firmeza.

—Es necesario, Lena. Sandra lo ayudará a fortalecerse, a desarrollar las habilidades y la independencia que necesitamos en él. Es un sacrificio, lo sé, pero te prometo que todos nos beneficiaremos con esto. Y, al final, Luna también saldrá beneficiada. Sandra podrá proporcionarle la seguridad económica que necesita para escapar de la ley de una vez por todas. Podrá vivir en paz, sin miedo a ser encontrada, donde ella quiera.

El nombre de su hermana fue suficiente para que Lena se detuviera un momento. Janus sabía cómo tocar la fibra sensible de cada persona, cómo manipular sus motivaciones más profundas para llevarlos a hacer lo que él deseaba. Al mencionar a Luna y su tranquilidad, Lena sintió cómo su resolución se afianzaba. Si aceptar la presencia de Sandra en el equipo garantizaba que su hermana viviría sin temor, entonces quizás era un sacrificio que estaba dispuesta a hacer.

—Y Sandra… —prosiguió Janus, bajando un poco la voz, como si le estuviera confiando un secreto—, es más de lo que aparenta. No solo es una socia comercial; es una aliada en la que puedo confiar ciegamente, alguien que ha estado en situaciones difíciles y ha salido adelante con fuerza y determinación. Ella entiende la naturaleza de nuestros negocios y sabe cómo lidiar con los desafíos más complejos. Por eso la quiero aquí, Lena. Porque si hay alguien en quien podemos confiar, es en Sandra.

Lena asintió lentamente, asimilando sus palabras. Sabía que Janus rara vez hablaba de alguien con tanto respeto, y ese hecho era suficiente para que comprendiera la importancia de Sandra en el equipo. Pero el pequeño roce que había visto entre ellos, la cercanía implícita en sus gestos, seguían atormentándola.

Janus pareció leer sus pensamientos, y acercándose un poco más, le susurró:

—Lena, no tienes de qué preocuparte. Sandra es mi amiga, mi socia… y, sí, compartimos un pasado. Pero eso es todo. Ahora, tú eres parte de esto, y nadie va a ocupar tu lugar.

Lena sintió que una parte de su duda se disipaba, aunque el temor persistía. Janus la miró con una expresión de convicción que, aunque un tanto fría, transmitía una especie de promesa. Sabía que debía confiar en él, que su lealtad hacia Janus era, en última instancia, lo que la mantenía en este proyecto. Si él creía que Sandra era necesaria, entonces Lena debía aceptarlo.

Finalmente, se apartó, sintiendo que había obtenido las respuestas que necesitaba. Sabía que la presencia de Sandra sería un desafío para ella, tanto a nivel personal como en el contexto de su relación con Mateo. Pero también comprendía que, en el complejo juego que Janus había diseñado, cada pieza tenía su función, y la suya era, por el momento, aceptar su rol y confiar en que todo se desenvolvería según lo planeado.

Esa noche, mientras estaba sola en su habitación, Lena reflexionó sobre todo lo que Janus le había dicho. Sabía que Sandra tenía un poder innegable en el equipo, una influencia que podría cambiar el curso de todo. Aun así, se prometió a sí misma no dejarse amedrentar, no permitir que su inseguridad la desviara de su objetivo. Sandra era una figura imponente, pero Lena tenía claro que ella también era una pieza clave.

Al apagar la luz, sintió una especie de calma, una paz momentánea que sabía que no duraría mucho. Porque en este mundo, en el universo que Janus había construido, cada día traía un nuevo desafío, una nueva prueba. Y ahora, con Sandra en el equipo, Lena sabía que el verdadero juego apenas comenzaba.


Espejo roto – Capítulo 17
Lena y Sandra

por Carmen Nikol


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Espejo roto – Capítulo 16: La prueba de Sandra

Las semanas avanzaron en un murmullo de tensión, mientras Lena se mantenía atenta a cualquier señal de cambio en Mateo, de cualquier reacción ante la introducción de Sandra. Hasta ahora, su relación con él había seguido una línea firme, marcada por la seguridad y la rutina que Janus le había exigido. Pero ahora, la aparición de una nueva figura amenazaba con alterar esa tranquilidad cuidadosamente construida.

Cuando Janus le mencionó a Sandra por primera vez, Lena apenas mostró sorpresa. En su mundo, las personas nuevas entraban y salían según los planes de Janus, según sus necesidades de control y manipulación. Pero esta vez era distinto. Sandra no solo sería una pieza más en el tablero; representaba una prueba de fidelidad, de estabilidad y, quizá, de compromiso para Mateo. Y para Lena, eso significaba lidiar con una presencia que podría desestabilizar la relación que ella misma mantenía con Mateo, esa conexión que intentaba proteger a pesar de las complejas emociones y compromisos que la rodeaban.

Una tarde lluviosa, Janus anunció que Sandra llegaría al día siguiente. Lena se sentía intranquila, casi inquieta. Esperaba que Mateo no se encariñase demasiado con ella; al fin y al cabo, su rol con él era una fachada, una especie de teatro diseñado por Janus. Pero, con los años, habían compartido suficientes momentos, risas, cuidados y hasta secretos, como para que esa fachada se volviera en parte real para ella. Aun así, no podía cuestionar el plan, y mucho menos desobedecer a Janus.

Al día siguiente, Sandra llegó. Era una mujer de presencia imponente, de cabello rubio y muy liso, largo; con ojos azul frío cristalino, pero cercanos. Vestía con un estilo elegante y discreto. Su aspecto transmitía confianza, y había en su manera de moverse una seguridad que enseguida atrajo la atención de todos en la casa. Lena observaba desde la puerta de la cocina, pretendiendo estar ocupada con alguna tarea mientras trataba de captar cada detalle de esa primera interacción. Mateo y Sandra se saludaron de manera formal, un apretón de manos que, a pesar de ser breve, parecía contener una especie de entendimiento tácito.

—Hola, Sandra, es un placer —dijo Mateo, sonriendo de una forma que Lena no le había visto antes. No era la típica sonrisa con la que él solía recibir a extraños; había en ella una chispa de curiosidad, una especie de atención especial. Mateo, con lo discreto que era desde su apuñalamiento, con lo Mr. Segundo Plano que representaba ser en el equipo de cuatro que, hasta ahora, conformaban, había abierto una parte de sí mismo mucho más atractiva y lanzada; aquella que tanto le identificaba en su temprana juventud, antes de todo.

—El gusto es mío, Mateo. He oído mucho sobre ti —respondió Sandra, con una voz cálida y a la vez calculada, midiendo cada palabra y movimiento.

Desde la distancia, Lena sintió una punzada de incomodidad. Sabía que Sandra estaba ahí por un propósito específico, pero ver la conexión inicial que surgía entre ella y Mateo le resultaba inquietante. Con cada palabra que intercambiaban, Lena sentía que un nuevo lazo se tejía entre ellos, uno que ella no entendía del todo pero que reconocía como una amenaza potencial para la estabilidad que habían conseguido construir.

A medida que la tarde avanzaba, Janus se unió a ellos en el salón, actuando como un mediador invisible, evaluando cada gesto, cada mirada, cada pequeña señal que Sandra y Mateo pudieran intercambiar. Lena notaba cómo la observación de Janus se volvía cada vez más intensa, sus ojos analizaban a Mateo con una atención que solo significaba una cosa: que esperaba ver si caería en el juego de Sandra.

Sandra, por su parte, se manejaba con una soltura que Lena encontraba admirable, casi envidiable. Hablaba de temas triviales, intercalando anécdotas personales y bromas que hacían reír a Mateo. En un momento dado, Janus los dejó solos, excusándose bajo el pretexto de una llamada urgente, lo que obligó a Lena a seguir observando desde la distancia.

Con la salida de Janus, el ambiente en la sala cambió. Sandra y Mateo se miraron por un instante, en un silencio que parecía buscar un nuevo comienzo, una especie de conexión real.

—Así que, ¿también trabajas con Janus? —preguntó Mateo, rompiendo la pausa incómoda con una sonrisa curiosa.

Sandra asintió. —De algún modo. Digamos que colaboro con él en ciertos proyectos.

Mateo asintió, aunque parecía buscar en su respuesta algún significado oculto, alguna pista que le ayudara a comprender mejor la naturaleza de esta mujer que había aparecido de manera tan repentina en su vida.

—Es un hombre enigmático, eso es seguro —dijo él, con una risa nerviosa. Sandra lo miró a los ojos, con una expresión que no dejó a Lena indiferente.

—Lo es, Mateo. Pero a veces, esos enigmas… tienen sus propias respuestas —respondió Sandra, y por un segundo Lena creyó ver una chispa de complicidad entre ellos.

La charla siguió por un rato, pasando de temas superficiales a otros más personales. Lena no podía evitar sentir un ligero dolor en el pecho cada vez que Mateo reía o se mostraba animado ante los comentarios de Sandra. Había algo en la manera en que se conectaban que le resultaba como si una pequeña fisura comenzara a formarse en la relación que había construido con Mateo, por falsa que esta percepción pudiera ser.

Finalmente, cuando la tarde comenzó a oscurecer, Janus regresó al salón, terminando la llamada que había usado como pretexto para dejarlos solos. Observó la escena con una expresión tranquila, aunque Lena sabía que estaba analizando todo con meticulosidad.

—Veo que ya habéis roto el hielo —dijo Janus, sonriendo mientras se sentaba junto a ellos—. Eso es bueno. Mateo, Sandra estará aquí por unos días. Quiero que la acompañes, que le enseñes la zona. Es su primera vez aquí, y creo que puede aprovechar la compañía de alguien local.

Mateo asintió, sin percibir la indirecta oculta en la solicitud de Janus.

—Claro, será un placer. Cualquier cosa que necesites, Sandra, cuenta conmigo.

Sandra sonrió, y Lena sintió que esa sonrisa estaba dirigida no solo a Mateo, sino a Janus también, como una señal de que entendía la dinámica que ellos buscaban crear. Era una sonrisa que parecía confirmar que estaba dispuesta a jugar el rol que le habían asignado.

Esa noche, Mateo tardaba en regresar y Lena no lograba conciliar el sueño. Las imágenes de Sandra y Mateo riendo juntos le rondaban la mente, como si fueran un eco que se negaba a desaparecer. Sabía que debía ver todo esto como un trabajo, como una misión en la que debía seguir las instrucciones de Janus sin cuestionar, sin permitir que sus sentimientos interfirieran. Pero cada vez que recordaba la manera en que Mateo miraba a Sandra, una especie de celos inexplicables la invadían.

Al día siguiente, Sandra y Mateo partieron temprano para un recorrido por la ciudad. Janus aprovechó la oportunidad para reunirse a solas con Lena en la sala, sabiendo que la situación había generado un cambio en ella, un malestar que no había pasado desapercibido.

—¿Te preocupa algo? —preguntó Janus, mirándola con esa frialdad característica, como si ya conociera la respuesta.

Lena desvió la mirada, tratando de ordenar sus pensamientos.

—No es nada, Janus. Solo… nunca imaginé que sería tan difícil ver a alguien más cerca de Mateo.

Janus asintió, con una ligera sonrisa.

—Eso es bueno, Lena. Significa que te importa, y eso es lo que hará que este plan funcione. Mateo necesita sentir que todo esto es real. Que tú, Sandra… que todos somos parte de algo auténtico.

Lena lo miró, intentando comprender si él realmente entendía lo que ella sentía, o si solo lo veía como otra pieza en su juego. Aun así, asintió, sin decir nada más.

Con el paso de los días, el vínculo entre Mateo y Sandra se fue consolidando. Lena podía ver que él disfrutaba de su compañía, de su conversación; cada vez que los observaba juntos, sentía que algo en ella se desmoronaba. Su rol en el plan era mantener la fachada, y eso hacía, aunque con una creciente incomodidad que Janus percibía, pero a la que no confería mayor importancia.

Una noche, al verlos llegar juntos después de una cena que habían compartido solos, Lena sintió que ya no podía más. Se acercó a Janus y le expresó su inquietud con una franqueza que nunca antes se había permitido.

—Janus, no sé si esto va a funcionar. Mateo y Sandra… realmente se están conectando. Y si esto sigue así, no sé si podré mantener la fachada. O él. ¿Podrá él? Creo que no. Ya no pareceremos una pareja. Lo nuestro, entre tú y yo, es factible: lo hemos fraguado desde el principio, desde la cafetería, desde un origen que Mateo conocía y le beneficiaba. Pero, ¿esto?

Janus la miró con una expresión ligeramente endurecida.

—Lena, Sandra es parte de este plan, y Mateo necesita esto tanto como nosotros. Ella está aquí para cumplir un papel, y tú, como siempre, debes concentrarte en el tuyo. No dejes que los sentimientos te nublen. Esto es un juego calculado, Lena, uno en el que tú elegiste participar.

Esas palabras calaron hondo. En ese momento, comprendió que, para Janus, ella solo era otra pieza en su maquinaria. Pero, pese al dolor que sentía, sabía que tenía razón. Era un juego, un juego que había aceptado. Era la rueda que salvaba a su familia y el negocio que les podía permitir avanzar.


Espejo roto – Capítulo 16
La prueba de Sandra
por Carmen Nikol


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Espejo roto – Capítulo 15: Un encuentro entrañable

La casa de la playa se llenó de un aire fresco cuando los padres de Lena y Luna llegaron. Los ojos de su madre parecían buscar cada rincón, como si intentara retenerlo todo en su memoria, mientras que su padre, de rostro endurecido, se esforzaba en mantener la compostura. Para ellos, el tiempo con Luna iba a ser el mejor regalo e iba a suponer un gran riesgo. Sabían que la policía vigilaba sus movimientos, quizá esperando ese momento en que se reuniesen con ella y, así, poderla detener. Pero, por mucho que les aterrara, no podían evitar estar ahí.

Luna recibió a sus padres en el salón, un espacio amplio y fresco, decorado de manera sobria, donde podían hablar sin temer que nadie oyera nada. Lena, nerviosa pero serena, mantenía una distancia prudente, observando desde el umbral de la cocina antes de acercarse, por tal de darles un momento de intimidad.

—Cariño, ¿estás bien? —preguntó su madre con un nudo en la voz, tomando a Luna entre sus manos como si quisiera asegurarse de que realmente estaba allí, viva, ante sus ojos.

—Sí, mamá. Tranquila, aquí estoy bien. Estoy… mejor de lo que podría estar en casa. Janus y Lena han sido de gran ayuda —dijo Luna con una sonrisa, tratando de infundirles calma. Pero lo que más paz me da es que Mateo me ha perdonado de corazón.

Su madre asintió, pero en sus ojos se reflejaba la incredulidad. Aun así, intentó sonreír y añadió en voz baja:

—Tu padre y yo hemos vivido tanto tiempo con este miedo, mi niña… No poder saber si estabas bien, si seguirías en peligro. ¿Por qué nunca llamaste? Ya, ya sé. Pero… quizá podíamos haber buscado la manera de contactar a través de Lena.

Luna no respondió de inmediato. Los años de silencio y ocultamiento eran difíciles de justificar. Su vida había estado tan enredada en sus propios errores y las consecuencias de aquella decisión que tomó hacía años que cada palabra parecía un acto de traición.

—Fue la única manera de protegeros, mamá. Creí que si mantenía las distancias, si desaparecía, nunca llegarían a trazar vuestras rutas hacia esta casa. Debía pasar el suficiente tiempo para sentirme tranquila. Lena ha tomado muchas precauciones por la misma razón. Por otra parte, yo ya no soy la misma de antes y no quiero que mi presencia os ponga en peligro. Ahora, y desde hace todo este tiempo, Janus me ha dado una nueva oportunidad para hacer las cosas bien.

El padre de las gemelas, de rostro severo, la miró con dureza.

—¿Y este hombre? —preguntó él, señalando en dirección al fondo de la casa, donde Janus observaba la escena en silencio desde la puerta del despacho, respetando la privacidad del reencuentro.

Janus se adelantó un paso, captando la indirecta de su suegro, y saludó con firmeza. Su figura era la de un hombre seguro de sí mismo, con un aire tranquilo que contrastaba con la ansiedad contenida en el ambiente. Su mirada era directa, imperturbable.

—Don Anthony, Mrs. Dubois, me alegra conocerles finalmente —dijo Janus con su tono cortés habitual—. Entiendo que este momento es difícil, y también lo es para Luna. Solo puedo decirles que, desde hace un tiempo, he intentado proporcionarle un ambiente seguro, tanto a ella como a Lena.

Los padres de las gemelas intercambiaron una mirada. Para ellos, el regreso de sus hijas a sus vidas era una mezcla de alivio y amenaza, de nostalgia y resentimiento. A pesar de la presencia de Janus, sentían una inquietud tangible que parecía flotar en el ambiente.

—Solo queremos que estén a salvo, Janus —dijo doña Mary, con voz temblorosa—. Han sido años difíciles. No creímos que fuera posible volver a verlas juntas, y menos… así. Gracias.

Lena, que hasta ese momento había observado en silencio, intervino:

—Mamá, papá… No os preocupéis. Hemos aprendido a cuidarnos mutuamente, bien sabéis ya que nunca habíamos conseguido este nivel de atenciones anteriormente. Tendíamos más a rivalizar que a saber mirar la una por la otra. Lo que pasó en el pasado… todo eso, ya no es lo mismo. Ahora estamos juntas, y podemos protegernos.

Su madre asintió, aunque su rostro reflejaba el conflicto interno que sentía. Se lo quería creer, por supuesto, pero aún le costaba, tras tanto malentendido y tanta desgracia. Estaba claro que entendía poco del rol de Janus en todo esto. Sentía que debía confiar en su hacer por su papel en este retorno, pero había algo en la situación que le parecía más grande de lo que podía captar en ese momento. Intuición de madre.

Lena, sintiendo la incomodidad de sus padres, se acercó un poco más a ellos y les dijo:

—Sé que esto es complicado y que no tenéis por qué confiar en alguien que acabáis de conocer. Pero todo lo que hace es para nuestro bienestar. Os prometo que los riesgos están controlados, al menos tanto como es posible. Quería daros un momento para ver que estamos bien, para que no tengáis que preocuparos más. Pero no podemos prolongar esto. La policía aún busca algo que os conduzca hasta Luna.

—Eso lo sabemos bien —murmuró su padre, mirando a su hija con pesar—. Pero a veces es difícil vivir con el hecho de que nuestra propia hija tiene que vivir en la sombra. Y aquí. Que ya está con un hombre que no conocemos, sin conocer su relación. Sois mayores de edad y eso, como a todos los padres, nos afecta. Pero, así, más.

Las palabras resonaron en el ambiente, cargadas de un dolor latente. Era evidente que esa situación no tenía una salida sencilla para ellos, y sabían que las despedidas serían siempre un ejercicio de autocontrol.

—Entiendo, papá —dijo Luna con voz queda, tomando la mano de su madre—. Pero este es el camino que me ha tocado, el que él me brindó y me salvó. Y, aunque suene duro, lo volvería a elegir si eso significara seguir viva y haber recuperado a Mateo en mi vida, así como a Lena y el amor que merecemos. No quiero que sentáis que os abandoné. Lo hice por todos nosotros.

La madre asintió, conteniendo las lágrimas. Pero la expresión en sus ojos denotaba un amor incondicional, una comprensión que solo una madre podría ofrecer.

Tras un intercambio de miradas cargadas de significados, los padres de las gemelas entendieron que era el momento de despedirse. No tenían muchas palabras, pero sí abrazos silenciosos y miradas que transmitían una mezcla de orgullo y desesperación contenida. Al despedirse, prometieron regresar, pero entendían que sus visitas serían breves y esporádicas, siempre bajo la amenaza constante de ser vigilados.

Ya en el umbral de la puerta, el padre se volvió hacia Janus con una expresión seria.

—Espero que seas tan digno de su confianza como aseguras ser —dijo, con un tono firme—. Ellas han sacrificado demasiado como para ser traicionadas de nuevo.

Janus mantuvo su compostura y asintió con respeto.

—Lo soy, señor. Todo lo que hago es por ellas.

Con esto, finalmente se marcharon, conscientes de que su presencia en la vida de Luna sería como una sombra que reaparecería cada cierto tiempo, pero siempre desde la distancia. Cuando se fueron, la casa quedó en silencio, un vacío que rápidamente se llenó de una mezcla de emociones entre Lena y Luna, que sabían que no podían ser del todo sinceras ni consigo mismas ni con los suyos.

Al cerrar la puerta, Lena se quedó en silencio junto a su hermana. Janus se les unió en el salón, seguido por Mateo, quien hasta ahora se había mantenido discreto. Ambos hombres eran como dos figuras vigilantes, observando en silencio, compartiendo una presencia sólida en la vida de las hermanas.

—¿Cómo os sentís? —preguntó Janus, mirándolas a ambas.

Luna, aún conmovida, suspiró. —Extraña. Feliz y triste a la vez. Ellos saben que no hay marcha atrás, y yo también lo sé. Pero aun así, la culpa y el miedo siguen ahí.

Lena asintió, tocando ligeramente el brazo de su hermana como muestra de apoyo. Janus observaba esa cercanía y la falta de palabras; era consciente de que aquella despedida había despertado en ellas recuerdos y sentimientos antiguos, contradicciones que cada una cargaría a su manera, sobre todo a la hora de consolidar los negocios que iban tomando forma entre los cuatro. No eran negocios especialmente transparentes y, por supuesto, no podrían mencionar ni una palabra sobre ellos con nadie, incluidos sus padres.

—Lo importante es que saben que estás bien —dijo Janus con suavidad—. Y que ahora estáis aquí juntas. Eso les da una paz que antes no tenían.

Mateo, observando el momento, finalmente intervino:

—Este tipo de encuentros son… difíciles, y lo seguirán siendo. Pero, Luna, es parte de lo que tienes que sobrellevar, como todos. También yo he de mentir a mi madre. Y aquí, en esta casa, Luna, tienes todo lo que necesitas para seguir adelante.

Luna asintió, comprendiendo que las palabras de Mateo eran más un recordatorio que un consuelo. Las dos hermanas intercambiaron una mirada, sabiendo que los vínculos que las unían eran más fuertes que nunca, pero también más complejos, más enzarzados en una red de decisiones y sacrificios que las marcarían para siempre.


Espejo roto – Capítulo 15
Un encuentro entrañable
por Carmen Nikol


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Espejo roto – Capítulo 14: Lealtades en la penumbra

Luna sintió el peso de la pregunta de Lena como una losa. La sinceridad de su hermana la había dejado descolocada, y aunque sabía que había dado el primer paso al hablarle de frente, la respuesta de Lena le dejaba un extraño sabor en la boca. ¿Acaso realmente podía convivir con la idea de compartir a Janus sin que ello resquebrajara la estabilidad que intentaban recuperar? ¿Y qué papel estaba dispuesta a aceptar en este complejo equilibrio de lealtades y ambiciones?

Con los pensamientos enredados, abrió la boca para responder, pero un ruido en el pasillo la detuvo en seco. Al girarse, sus ojos se encontraron con la figura de Janus, quien, apoyado contra el marco de la puerta, las miraba con una expresión que mezclaba diversión y algo más insondable, como si fuera un juego que él había planeado desde el inicio. Mateo estaba junto a él, en silencio, con una expresión seria y observadora, como si estuviera juzgando hasta qué punto el encuentro entre las hermanas podría afectar al delicado plan que habían trazado.

—Vaya, vaya, ¿así que finalmente habéis decidido hablar sin filtros? —dijo Janus, cruzando los brazos mientras las miraba, sin hacer el menor intento por disimular que había estado escuchando—. Esto es un avance, debo decir. No puedo pedir nada mejor que vuestra franqueza. Nuestro plan depende de ello.

Luna sintió cómo una corriente de incomodidad recorría su cuerpo. Le pedía algo que él no había ofrecido. La presencia de Janus en ese momento crucial la hizo sentir expuesta, como si él estuviera siempre un paso por delante, anticipando cada una de sus reacciones, cada uno de sus intentos por entender la situación. Lena, en cambio, parecía serena, como si hubiera esperado esta intervención y la aceptara como parte de la dinámica que él imponía entre todos ellos.

—¿Cuánto tiempo llevas escuchando? —preguntó Luna, con un intento de firmeza que traicionaba la confusión que sentía.

Janus sonrió con calma y dio un par de pasos hacia ellas.

—El tiempo suficiente, Luna —respondió, inclinándose ligeramente hacia ella—. Y me complace ver que ambas estáis dispuestas a trabajar juntas y dejar de lado los celos. Esto forma parte de mi plan: todos estamos aquí para protegerte y como consecuencia de lo que provocaron tus celos. Si quieres seguir, debes demostrarnos que evolucionas hacia otro plano. Porque, si realmente queréis que esto funcione, tanto en el ámbito personal como en el de negocios, necesitaréis esa unidad por encima de todo, sobre todo de lo que os separó. Cada una de vosotras tiene un papel que desempeñar, y solo trabajando juntas podremos alcanzar lo que estamos buscando. ¿Estáis de acuerdo?

Luna dudó y miró a Mateo. Él mantenía una expresión serena, aunque sus ojos reflejaban una mezcla de comprensión y lealtad hacia Janus. Él también formaba parte de este círculo, alguien que había dejado de ser simplemente un amigo de Lena para volverse una pieza fundamental en el engranaje que Janus había construido.

Lena fue la primera en hablar, con voz firme.

—Estoy de acuerdo, Janus. Ya lo sabes. Luna y yo tenemos claro que lo más importante es no dejar que ningún conflicto interno nos distraiga del plan, así lo hemos hablado recientemente. Sé lo que implica, y estoy preparada para asumirlo. Hemos llegado hasta aquí, y ahora mismo, nuestra relación es más sólida de lo que ha sido en mucho tiempo.

Luna, aunque aún vacilante, no podía negar que había llegado a una conclusión similar. Quizá no estaba lista para aceptar con naturalidad la situación, pero tampoco estaba dispuesta a renunciar al trabajo y a la cercanía que había recuperado con su hermana, todo por la tensión que Janus inevitablemente generaba entre ellas. Con un leve asentimiento, tomó aire y miró a Janus con seriedad.

—No puedo decir que esto sea fácil para mí —dijo Luna finalmente—. Pero sí, estoy dispuesta a seguir adelante. Si Lena y yo tenemos claridad y podemos trabajar sin que surjan malentendidos, creo que podremos manejar esta situación. Pero sí os pido algo: no quiero veros en situaciones de intimidad: ni besos, ni complicidad, ni caricias… Yo no puedo salir de esta casa. Es una jaula de oro, pero no tengo la libertad que tiene Lena. ¡Ojalá que la puedas soltar y que a ella le apetezca abrirse a una nueva relación!

Janus le dedicó una sonrisa que no alcanzó a ser del todo tranquilizadora.

Janus miró a Lena para ver su reacción. No le parecía mal la propuesta. Él no era celoso y tampoco temía perder a Lena. Quizá esto podría ampliar las opciones en su plan.

Mateo se adelantó un paso, interviniendo por primera vez. Su voz era pausada, como si evaluara cada palabra antes de pronunciarla.

—Me alegra escuchar eso —dijo, dirigiéndose a Luna y Lena—. A veces, los conflictos personales pueden ser la mayor amenaza para cualquier estrategia, bien lo sabemos todos. Pero recordad por dónde he pasado yo y, con todo, aquí estoy: fiel a nuestro compromiso. No dudo que la lealtad entre vosotras nos mantendrá firmes. Y os la pido. Sobre todo a ti, Luna. Me lo debes.

Luna abrazó a Mateo, con un llanto repentino de emoción comprimida, en tan breve momento, y decidida a compensar a Mateo desde ese mismo instante.

—Entonces, que así sea —dijo Luna mirando a Janus y a Lena—.


Espejo roto – Capítulo 14
Lealtades en la penumbra
por Carmen Nikol


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Espejo roto – Capítulo 13: Reconciliaciones y acuerdos

Luna se despertó inquieta. Desde que había hablado con Janus esa madrugada, una duda persistente la atormentaba: ¿hasta qué punto él era sincero con ella? ¿Acaso tenía a Lena tan atrapada como la tenía a ella misma? Luna se había acostumbrado a su relación con Janus, pero esa cercanía constante, casi obsesiva, le despertaba recelos. Tenía que hablar con su hermana, comprender realmente lo que estaba sucediendo entre ambas y, si fuera necesario, advertirle.

Al día siguiente, Mateo y Lena les visitaron en la casa de la playa. Al abrirle la puerta, su hermana le dedicó una sonrisa amable mientras se fundían en un abrazo. La tensión entre ellas, sin embargo, no dejaba de acecharlas. La falta de comunicación desde su reencuentro, comunicación de tú a tú, sin intermediarios, les pesaba de algún modo.

—¿Cómo estás, Luna? —preguntó Lena, intentando ocultar una pizca de incomodidad y apartándola, como si fuesen a maquillarse al lavabo. Algo que, sin duda, a quien incomodaba era a Janus.

—No sé, Lena —respondió Luna, exhalando con frustración—. No estoy bien. Quiero entender lo que pasa aquí, entre nosotras, entre tú y Janus.

Lena la miró, captando la seriedad en su expresión. Sabía que, en algún momento, esta conversación llegaría.

—Yo también tengo preguntas, Luna. Esta situación es ventajosa, pero no es fácil. Nos ha puesto a las dos en posiciones que nunca imaginamos. Pero quiero que sepas que estoy aquí para ti, pase lo que pase. Necesitaba decírtelo. No quiero volver a cometer los errores de antes. No quiero que me sufras más ni que me puedas malinterpretar.

Luna asintió, tratando de suavizar su expresión, aunque aún había cierta desconfianza en su mirada. Había una fragilidad en sus ojos, un rastro de lo que había sido su relación en el pasado, antes de que los celos y la inseguridad las separaran.

—No quiero perderte de nuevo, Lena. Sé que Janus ha hecho mucho por mí, y en muchos sentidos, le debo estar aquí, fuera de problemas. Pero no quiero que se interponga entre nosotras. Ni él ni sus juegos.

Lena observó a su hermana detenidamente, comprendiendo la mezcla de recelo y deseo de cercanía que emanaba de ella. No podía culparla: el pasado había dejado heridas profundas, y Janus, con su forma de manejar las cosas, no hacía sino reavivarlas de vez en cuando. Sin embargo, sentía que ahora, como adultas, ambas podían enfrentarse a esta situación con madurez. Pasar página y seguir con el plan de negocios.

—Luna —dijo Lena con firmeza, colocando una mano sobre la suya—, creo que nos merecemos otra oportunidad de entendernos, sin que nadie interfiera. Podemos trabajar en esto, en nosotras, y asegurarnos de que esta vez, no dejamos que nada ni nadie nos separe. Pero, sin fallar a nuestros, sus, planes. Al fin y al cabo, es quien te está ayudando más.

Luna soltó un suspiro largo, sintiendo que algo se deslizaba de sus hombros, al menos por un momento. No había hablado de este modo con Lena en años. La presencia de Janus entre ellas había sido un catalizador para enfrentar estos sentimientos, para revisar su relación y ver si aún había algo que salvar y afianzar.

—Pero, Lena, debo saber algo: ¿Qué esperas tú de Janus? Porque, sinceramente, no sé si podemos seguir adelante si… si me siento traicionada nuevamente.

Lena apartó la vista por un segundo, dándose un momento para ordenar sus pensamientos.

—Es complicado, Luna. No puedo negar lo que Janus significa para mí en este momento, pero tampoco quiero que se vuelva una barrera entre nosotras. Estoy dispuesta a priorizar nuestra relación, porque, después de todo lo que hemos pasado, lo único que realmente quiero es que tú y yo estemos bien. Que esta vez podamos ser un equipo, sin malentendidos ni rencores. Pero, sospecho que lo que imaginas es cierto. Janus y yo mantenemos una relación. Nuestra pasión es parte de mi sentido vital. La necesito.

Luna, contrariada, sintió una calidez inesperada en el pecho, una cercanía que hacía tiempo no experimentaba, a la vez que una intensa sensación de frustración y celos. Esa sinceridad le dio una nueva perspectiva y le hizo ver que su hermana estaba realmente comprometida en superar cualquier conflicto que surgiera, pero ¿cómo podían manejar esa pasión compartida con Janus y más sabiendo que era Janus quien había buscado a cada hermana? Esto último… lo tenía clarísimo.

—Lena, imagino que sabes que Janus nos comparte y que es probable que ambas estemos enganchadas a él del mismo modo.

Lena usó su típico gesto al asentir.

—Lo sé desde el principio. Sabía que estabais juntos cuando comenzó a cautivarme, pero me pareció parte del precio a pagar por salvarte: si te lo decía, era probable que regresases a tus celos indomables. Prefería que pasara el tiempo y te sintieses más segura con él y conmigo. Esto no es lo mismo que con Mateo. Yo necesito a Janus y tú, sin duda, también. Así que, con este nuevo marco, conociendo ambas lo que ocurre y encaminadas cada una con nuestro papel dentro del marco de negocios que nos ha planteado… ¿qué deseas hacer?

Luna se quedó parada, con la mirada sobre su hermana y cerró la boca como si fuese una niña que no quiere soltar palabra.


Espejo roto – Capítulo 13
Reconciliaciones y acuerdos
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Espejo roto – Capítulo 12: Movimientos silenciosos

Janus llegó al pequeño apartamento que compartían Lena y Mateo de madrugada. Desde la calle, apenas se veía la luz tenue de una lámpara encendida en el interior. La rutina de ambos estaba cuidadosamente planeada: debían moverse como si todo en sus vidas fuera normal, como si fueran una pareja más. Mateo estaba de viaje, visitando a sus padres, por lo que Janus entró en la finca como si fuese a su propio piso, con las llaves de la entrada principal que le habían dado hacía cierto tiempo.

Jota, como a veces le llamaban todos, había planeado cada detalle: Lena seguiría en su rol de cuidadora, como siempre, mostrándose amorosa ante los vecinos y amigos de Mateo y de su propia familia y amigos. Mateo debía recibir visitas, salir a hacer la compra y compartir paseos discretos con Lena, todo bajo la apariencia de una vida tranquila y feliz. El juego de la normalidad era esencial para que nadie sospechara, especialmente ahora que el grupo se estaba adentrando en el siguiente nivel de su plan.

Lena lo recibió en la entrada, con los ojos brillantes. Al entrar, comenzaron a besarse con la pasión que aún mantenían. Janus seguía cultivando en ella una mezcla de fascinación y control que le permitía moverla a su voluntad, quizá gracias a tenerla atrapada sexualmente. Lena lo necesitaba a diario, algo que complicaba la convivencia con Mateo. Su magnetismo y su capacidad de satisfacerla eran demasiado poderosos para conseguir centrarse, en ocasiones. Sin embargo, Janus sabía cómo asentarla cuando era necesario.

—Todo marcha bien —dijo Lena en voz baja, guiándolo hacia la cocina—. Mateo ha seguido el ritmo sin problemas. Hoy vino su madre y se sintió tan cómoda que hasta le preparó un guiso, como cuando era niño.

Janus asintió, satisfecho. —Perfecto. Esa es la imagen que necesitamos dar: que estás ahí para él y que todo sigue como siempre. Pero, Lena, recuerda: cualquier novedad, cualquier cosa que te llame la atención… me lo haces saber.

Lena asintió.

—Mateo conocerá a alguien más dentro de poco —prosiguió Janus, sin apartar la mirada—. Una mujer llamada Sandra, muy atractiva y de aspecto confiable. Pero quiero que observes cómo reacciona, cómo se maneja con ella. Es una prueba importante, tanto para él como para nosotros.

Lena, de nuevo, asintió. Le inquietaba la idea de que Mateo estuviera involucrado en una relación con otra mujer, aunque entendía que era parte del plan. Había algo en esa idea que la hacía sentirse extraña, tal vez porque, a pesar de su relación con Janus, aún sentía una lealtad hacia Mateo, un lazo que ninguno de ellos podía ignorar.

Esa misma noche, Janus, volvió a su casa en la playa, y allí estaba Luna, como siempre. Ella lo esperaba desnuda, en la cama, sin saber si regresaría. Esa noche no se lo había confirmado.

—¿Pensabas que no vendría? —dijo él, entrando sin esperar una invitación.

Luna lo miró, cruzada de brazos. —Sabía que ibas a venir. Lo que no sé es por qué has de visitarles de noche.

Janus se acercó, apoyándose en la mesa y estudiándola con una sonrisa que contenía un leve sarcasmo. —No necesitas entenderlo todo, Luna. Lo que me interesa es saber si realmente estás comprometida con esto… y si puedes manejar la presión que viene.

Ella lo miró con una mezcla de desconfianza e interés. Janus tenía cautivadas a ambas gemelas. Había sido el artífice de recuperar la confianza perdida entre ambas y se lo estaba cobrando.

—Ya me conoces, Janus. No vine aquí para jugar a medias —dijo, tratando de mantener la compostura— Aunque me ayudases y me dieses cobijo y nunca me hayas dejado de ayudar, quiero saber hasta qué punto nos conocías antes de que esto comenzara. Especialmente a Lena. Tu presentación fue extraña y, creo, más realista que misteriosa, a pesar de tus trucos.

—Todo a su tiempo —contestó él, con una sonrisa evasiva—. Por ahora, enfócate en tu parte del plan.

Sin añadir nada más, Janus la tomó sin que ella lo pudiera evitar. Luna permaneció inmóvil un momento, mientras Janus se recomponía de su anterior ejercicio (aunque ella no lo supiera). En silencio, se preguntaba qué habría hecho en casa de Lena y Mateo y hasta qué punto podía confiar en él y si, siendo lo que sospechaba, podría continuar con esa relación y con los planes que, en realidad, Janus había desarrollado para protegerla.

Los días siguientes transcurrieron bajo la rutina cuidadosamente establecida. Lena y Mateo seguían recibiendo a amigos y familiares sin levantar sospechas. Todo parecía normal, excepto por las veces en que Lena se reunía en secreto con Janus, reuniones en las que él repasaba detalles y confirmaba que no había ningún riesgo en su comportamiento. Mateo, la mayoría de las veces, dormía en una habitación contigua a la de Lena, cuando Janus y Lena compartían cama. A Mateo había dejado de interesarle Lena hacía mucho tiempo. Todo su fervor juvenil había pasado a un segundo plano. Era su mejor amiga. Nada más.

Finalmente, Mateo conoció a Sandra, la mujer que Janus había puesto en su camino. La presentación había sido casual, en un evento social en el que Mateo debía aparecer como parte de su fachada. Sandra era atractiva, inteligente, y tenía el tipo de personalidad que despertaba el interés de Mateo. En un principio, él no sospechó nada, pero con el tiempo, la constante presencia de Sandra en sus círculos comenzó a hacerle dudar.

—¿Quién es realmente? —le preguntó Mateo una noche a Lena, después de que Sandra los visitara.

Lena evitó responder directamente, recordando las palabras de Janus. —Es solo una persona con la que trabajas. ¿Por qué lo preguntas?

Mateo frunció el ceño, pero no insistió. Sabía que había algo más, pero también entendía que Lena estaba siguiendo instrucciones, igual que él. La red de Janus se cerraba alrededor de todos ellos, y ninguno podía escapar sin consecuencias, en caso de dar un mal paso. Janus, al fin y al cabo, no era alguien a quien traicionar.


Espejo roto – Capítulo 12
Movimientos silenciosos
por Carmen Nikol


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Espejo roto – Capítulo 11: La red de Janus

La noche era densa y oscura cuando Janus cerró la puerta tras ellos, sumiendo la casa en una intimidad tensa y envolvente. Como siempre, y a pesar de la confianza, Janus les indicó que tomaran asiento alrededor de la mesa de madera en el salón, como si de un patriarca antiguo se tratase. Sus miradas eran altamente expectantes. Aún le veían como a un tutor que podía sorprenderles. Lena observaba con cautela, Mateo con una curiosidad contenida y Luna con una mezcla de admiración y nerviosismo que apenas podía ocultar. Había madurado, como Lena y Mateo, pero seguía teniendo un nerviosismo despuntado desde que se convirtió en fugitiva de la justicia.

Esta vez, Janus estaba preparado para mostrarles quién era realmente.

—Es hora de que entendáis cómo vamos a hacer esto —dijo Janus. Sus palabras rompieron el silencio con una claridad que les erizó la piel.

Desde el bolsillo interior de su chaqueta, sacó un teléfono y una tablet. Con un par de toques, proyectó sobre una pared una serie de gráficos, cifras y nombres de empresas cuyo origen estaba en lugares tan variados como Suiza, Panamá y las Islas Caimán. Los números brillaban en la oscuridad, y Janus se giró para observar la reacción de cada uno.

—Lo primero que debéis saber es que nada de esto está registrado bajo mi nombre. Este capital, este imperio, como lo llamarían algunos, es invisible. —Su mirada era penetrante y no quedaba rastro de la cortesía o la galantería que a veces esbozaba; había un aire directo, casi peligroso, en su voz—. Así es como vamos a proteger a Luna y a ti, Lena, y de paso, a nosotros mismos. Porque, a partir de ahora, debemos andarnos con pies de pluma (me gusta más que pies de plomo porque yo vuelo y vosotros debéis comenzar a entender qué implica).

Mateo frunció el ceño, tratando de descifrar las conexiones entre las empresas de la pantalla. —¿Entonces tú no apareces en ninguno de esos registros?

—No, y esa es la primera lección —respondió Janus, dirigiéndose a él con la confianza de un mentor—. El capital real nunca tiene dueño directo. En cambio, se mueve a través de sociedades que cruzan fronteras, cada una cubriendo a la siguiente. Ahora, aquí es donde entráis vosotros.

Lena y Luna se sentían algo inseguras. Este hombre había aparecido en sus vidas como el guardián de las puertas, con un acto mágico, con un espejismo que, a su vez, atrajo a Mateo sin saber ni cómo. Y, aunque no lo habían vuelto a pensar durante esos meses porque todo tenía un aire de normalidad y de protección, además de embelesamiento, Janus era un personaje extraño. Cada tanto, ellas compartían una complicidad sutil, imperceptible por sus compañeros. El espejo roto que las vio crecer parecía estar juntando sus piezas para unirlas más que nunca.

Janus decidió comenzar con Lena. —Lena, tú vas a encargarte de la fachada inicial. Necesitamos una empresa pequeña y creíble que opere en España. Algo que llame poco la atención pero que pueda justificar el flujo de dinero. Vas a registrar una firma de consultoría financiera; tengo un contacto en Gibraltar que puede ayudarte con los trámites iniciales sin hacer preguntas y de un modo muy discreto a nivel institucional.

Lena asintió, procesando la información. La idea de verse a sí misma como el rostro visible de una empresa falsa le causaba un extraño cosquilleo de anticipación. Había cuidado de Mateo, había sido la responsable, la protectora; pero ahora, Janus le ofrecía la oportunidad de sumergirse en un mundo de riesgos y secretos.

—¿Y yo? —preguntó Mateo, con una seriedad calculada, aunque en el fondo lo fascinaba la idea de ser parte de este plan.

Janus sonrió de lado, reconociendo la chispa en sus ojos. —Tú, Mateo, vas a ser nuestro inversor internacional. Tienes algo que la mayoría de la gente no posee: la habilidad de hacerte pasar por alguien más sin levantar sospechas. He visto cómo te desenvuelves, cómo mantienes la calma incluso bajo presión. Te encargarás de manejar las cuentas en los paraísos fiscales, pero todo desde el extranjero. Tendrás acceso a una cuenta en las Islas Caimán, pero necesitarás mover el dinero en pequeñas transacciones que puedan justificarse como inversiones internacionales. De tu fachada estética hablaremos en otro momento.

Mateo asintió, aceptando su rol, aunque un nudo de excitación se formaba en su estómago. Las posibilidades que Janus le estaba abriendo eran tan peligrosas como seductoras. En ningún momento quiso pensar que el crimen de Luna podría ser beneficioso pero comenzaba a estar medio agradecido de poderle devolver a las gemelas todo lo que habían hecho por él.

Finalmente, Janus se volvió hacia Luna, quien lo observaba con una mezcla de respeto y vulnerabilidad. —Y tú, Luna. Tú serás nuestra líder operativa en las sombras. Hay muchas maneras de ocultar fondos y desviar la atención de la justicia. Te voy a enseñar cómo monitorear todos los movimientos, cómo asegurarte de que ninguna de las transacciones parezca sospechosa. Pero, sobre todo, necesitas saber algo esencial: las conexiones. Contigo existe, eso sí, un problema: deberás estar encerrada en esta casa o partir hacia un país sin extradición. Creo que el más interesante es Bahamas, pero lo veríamos más adelante, en caso de decidir esta opción.

Luna lo miró con atención, y él continuó, acercándose un paso más hasta estar casi en frente de ella. —Tengo contactos en toda Europa, gente que se especializa en limpiar el rastro de las transferencias. Ellos confían en mí, y eso significa que tú también tendrás su respaldo. Vamos a trazar un camino para que, si la situación se complica, puedas desaparecer sin dejar huella. Sin embargo, tú eres quien debe mantenerlos controlados. Nada de esto puede desmoronarse, y sé que eres la indicada para manejarlo. Tu capacidad artística te ayudará a esbozar y dibujar los pasos a seguir. Por supuesto, te iré mostrando cómo, no te preocupes.

Luna asintió, y en sus ojos se vislumbraba un brillo entusiasta y agradecido. Por primera vez en años, sentía que podía recuperar el control, que tenía una segunda oportunidad de demostrar su fuerza y lealtad a aquellos que la habían perdonado.

Janus apagó la pantalla y guardó su teléfono. Luego, se volvió hacia ellos con una sonrisa enigmática.

—¿Alguna pregunta?

Lena fue la primera en hablar, con una mezcla de duda y confianza. —¿Y qué hay de ti, Janus? ¿Cuál es tu papel en todo esto?

Janus le sostuvo la mirada, y en un instante, la dureza en sus ojos se suavizó apenas. —Mi papel es asegurarme de que esto salga bien. De proteger las operaciones, vuestras identidades y a mí mismo, claro. Voy a supervisar cada movimiento. Y, si algo sale mal… —Su voz se tornó grave, como un aviso implícito—, voy a ser quien se asegure de que no haya consecuencias.

Sus palabras cayeron en el aire y cada uno de ellos captó la promesa y el peligro detrás de ellas. Se habían comprometido, atados por un pacto que ahora trascendía los sentimientos y se adentraba en una red de lealtad y desafío.

Lena lo miró fijamente, y, por un instante, su resistencia vaciló, dejándose llevar por el magnetismo de Janus. La cercanía entre ellos se hizo casi palpable, una tensión que ninguno de los dos parecía querer romper. Luna observaba con sus deseos y secretos reflejados en la escena, mientras Mateo comprendía que este vínculo de negocios estaba entrelazado con una atracción tan intensa como peligrosa.

—Entonces, ¿estamos listos? —preguntó Janus, con una sonrisa cargada de complicidad.

Cada uno asintió. Habían sellado el pacto, y en ese momento supieron que ya no había vuelta atrás.


Espejo roto – Capítulo 11
La red de Janus
por Carmen Nikol


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Espejo roto – Capítulo 10: Negocios peligrosos

La idea de Janus se desplegó en el aire de la sala como un plan imposible y tentador. Mientras les hablaba de las conexiones y oportunidades en un país donde las leyes jugaban en favor de la discreción, algo en los ojos de cada uno de ellos fue cambiando. Al principio, la propuesta había parecido un juego, una excusa para salvar a Luna de la amenaza latente de la justicia. Pero, con cada palabra de Janus, iba cobrando una forma tangible, peligrosa y extrañamente irresistible.

—Un lugar sin extradición no es solo un refugio. Es una oportunidad para empezar de cero, para construir algo con nuestras propias reglas —explicaba Janus, recostado en el sofá, con su voz profunda y una mirada que parecía atraerlos hacia él. Su confianza, su experiencia con ese mundo oculto, los seducía a todos de maneras que ni siquiera alcanzaban a entender.

Mateo y Lena lo escuchaban en silencio, intercambiando miradas de curiosidad y desconfianza. Luna, en cambio, estaba absorta, embelesada por la visión que Janus proyectaba. Lo que él les ofrecía no era solo seguridad; era una aventura, una forma de escapar de las cadenas invisibles que habían cargado desde aquella noche trágica. Las palabras de Janus despertaban algo en cada uno, un deseo de arriesgarse, de poner a prueba su lealtad mutua.

Mateo rompió el silencio con una voz grave, que contenía un leve temblor. —Si esto va en serio, si realmente queremos dar este paso, entonces hay que dejar atrás cualquier duda. Tenemos que estar dispuestos a hacerlo juntos. No solo por Luna… sino por lo que hemos construido entre nosotros.

Lena asintió, sentándose junto a él. Había visto a Mateo recuperarse del daño físico, había presenciado su dolor transformarse en fortaleza, pero este era un lado de él que no reconocía, una faceta de liderazgo y determinación que resultaba tan fascinante como inesperada. Instintivamente, tomó su mano, entrelazando sus dedos en un gesto que decía más de lo que las palabras podrían expresar.

Luna los observaba con atención, percibiendo los cambios sutiles en las dinámicas entre ellos. Una sensación de anhelo profundo la invadió. A pesar de todo lo que había hecho, ahí estaban, dispuestos a arriesgarse por ella. Sin embargo, esa sensación de pertenencia también se entremezclaba con algo más, una chispa de deseo que ni siquiera ella podía explicar del todo.

La mirada de Janus se posó en Luna, notando la inquietud en su expresión. Se acercó y deslizó una mano por su mejilla, acariciándola suavemente, sin apartar sus ojos de ella. —Luna, este es tu momento de redención. Si quieres esto, yo me encargaré de que nadie te alcance. Pero tienes que ser completamente honesta con todos nosotros. Sin secretos, sin sombras.

Luna asintió, perdiéndose en el toque de Janus y en la intensidad de sus palabras. Su mirada se desvió un instante hacia Lena, y sin pensarlo demasiado, se acercó a su hermana. Lena sintió la cercanía, ese vínculo tan complejo, y de pronto ya no importaba la razón de su distanciamiento, ni las heridas del pasado.

La distancia entre ambas desapareció cuando Lena tomó la mano de su hermana. Fue un gesto breve, casi imperceptible, pero cargado de promesas. Janus y Mateo las miraron en silencio, comprendiendo que ese contacto entre las dos hermanas era el primer paso hacia un acuerdo tácito entre todos ellos.

—¿Estáis seguros? —preguntó Janus, con una sonrisa apenas contenida, como si disfrutara de la idea de llevarlos al límite.

Mateo tomó la palabra, asintiendo con firmeza. —Sí. Sabemos lo que implica, y estamos dispuestos a hacerlo. Pero necesitamos entender el alcance de tu plan.

Janus se recostó y les explicó los detalles. Habló de empresas de fachada, de inversiones con identidades falsas, de cómo mover el dinero de manera segura. Se refería a las oportunidades en el extranjero con la precisión de quien conoce a fondo cada riesgo y cada ventaja. Lena y Mateo lo seguían con atención, mientras que Luna asimilaba cada palabra con un destello de entusiasmo. Era como si la amenaza de la justicia hubiera quedado atrás, sustituida por un desafío mucho más seductor.

Cuando terminaron de trazar el plan inicial, la atmósfera se volvió aún más densa, cargada de esa mezcla de tensión y complicidad que parecía envolverlos. Janus, quien observaba los movimientos de cada uno, sonrió y se acercó a Lena, mirándola fijamente a los ojos. Sin mediar palabra, sus dedos recorrieron el contorno de su rostro, despertando en ella un escalofrío.

Mateo, quien no apartaba la vista de la escena, sintió cómo algo crecía en su interior, algo entre los celos y una atracción inesperada que lo hizo estremecerse. Luna, por su parte, observaba desde la distancia, percibiendo la tensión y dejándose llevar por el ritmo que la situación estaba tomando.

La noche continuó en un ritmo lento y sensual, cada uno de ellos entrelazado en una relación que no podían terminar de definir. Entre miradas intensas, susurros y caricias que rompían las barreras de la amistad y la lealtad, los cuatro sintieron que se adentraban en un territorio peligroso, tanto en los negocios como en sus emociones.


Espejo roto – Capítulo 10
Negocios peligrosos
por Carmen Nikol


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La violación de los amish: en el límite de la inocencia

Los cuatro muchachos caminaban con pasos inseguros por la acera de aquella ciudad que apenas conocían. Las luces de neón parpadeaban en las fachadas de los bares y tiendas, y los vehículos rugían en las calles como si el silencio fuera un enemigo al que había que destruir. No era su mundo, pero por primera vez en sus vidas, el mundo parecía no tener límites.

Samuel iba al frente, como siempre, liderando con la arrogancia de quien nunca se ha detenido a dudar. Su chaqueta de mezclilla, comprada en una tienda de segunda mano, le daba un aire casi mundano, aunque todavía conservaba la rigidez de los valores que habían dejado atrás. A su lado, Jonás caminaba con las manos en los bolsillos, lanzando miradas furtivas a las jóvenes que pasaban. Había algo en su sonrisa, una mezcla de inseguridad y desafío, que lo hacía parecer siempre a punto de cruzar una línea.

Eli estaba detrás de ellos, con los hombros ligeramente encorvados y las manos apretadas en los bolsillos de su chaqueta. Cada ruido fuerte lo hacía dar un pequeño salto, y sus ojos no dejaban de moverse, como si esperara que alguien los atrapara y los devolviera a casa. Isaac, el mayor, cerraba el grupo. Su paso era más lento, más pesado, y su mirada estaba clavada en el suelo, como si llevara una carga invisible que los demás no podían entender.

Habían salido de su comunidad unas semanas antes, embarcándose en el rumspringa, esa etapa de la vida amish donde los jóvenes tienen la oportunidad de experimentar el mundo exterior antes de decidir si regresarán y abrazarán la fe de sus ancestros. Para ellos, esta era una oportunidad única, un espacio de tiempo en el que podían desafiar las normas, explorar lo prohibido y descubrir quiénes eran fuera de las restricciones de su comunidad.

Sin embargo, ninguno de ellos estaba preparado para lo que ese mundo les ofrecía. La libertad era un arma de doble filo, y aunque cada uno la deseaba, también los aterrorizaba. Samuel la abrazaba con entusiasmo imprudente, mientras Jonás se deleitaba en cada pequeña transgresión. Eli, por su parte, caminaba como si estuviera pisando un suelo lleno de cristales rotos, y en Isaac había una lucha constante entre su fe y su curiosidad.

Esa noche, el destino los llevó a un bar en una esquina oscura de la ciudad. Era un lugar pequeño, con un letrero de neón que parpadeaba intermitentemente y un interior lleno de humo y risas. Para los muchachos, cruzar esa puerta era como entrar a un territorio desconocido y peligroso. Las mujeres llevaban vestidos ajustados y tacones altos, y los hombres hablaban con una confianza que ellos no podían imitar.

Fue Samuel quien los convenció de entrar. «Es ahora o nunca», dijo con una sonrisa, y los demás lo siguieron, aunque con diferentes grados de reluctancia. Se sentaron en una mesa al fondo, lejos del bullicio, y pidieron cervezas. Para Jonás y Samuel, fue una novedad emocionante; para Eli, un acto de rebeldía que le revolvía el estómago; para Isaac, una prueba de cuán lejos podían llegar antes de perderse en lo inconcreto.

Las primeras rondas de cerveza los relajaron, y comenzaron a hablar más libremente, riendo y compartiendo historias que nunca habrían contado en casa. La atmósfera del bar parecía abrazarlos, envolviéndolos en un falso sentido de pertenencia. Fue entonces cuando ella apareció. Era una mujer despampanante que los dejó boquiabiertos. Llevaba un vestido corto y una chaqueta de cuero, y su cabello caía en ondas desordenadas sobre sus hombros. Era una versión morena de Olivia Newton John, la Sandy en Grease, solo que a ellos no les podía recordar a ninguna mujer conocida (y mucho menos a Sandy). Parecía irradiar una energía que los hipnotizó al instante. En cuanto se quitó la chaqueta, se quedaron estupefactos. Sus pechos bajo un jersey de lycra recogido con tirantes permitía notar sus pezones erectos. Ni en sus sueños hubiesen podido imaginar jamás cómo era la turgencia de un busto femenino.

Samuel fue el primero en notarla, y su sonrisa se amplió mientras se inclinaba hacia adelante, como si ya estuviera planeando su próximo movimiento. Jonás no tardó en seguirle el juego, lanzándole miradas furtivas y murmurando algo sobre lo hermosa que era. Eli, en cambio, bajó la mirada, incómodo, mientras Isaac fruncía el ceño, como si pudiera sentir que algo estaba a punto de salir mal. Pero ninguno de ellos hizo nada para detener a Samuel cuando se levantó y caminó hacia ella.

Lo que comenzó como una conversación casual pronto se convirtió en algo más. Ella los miraba con curiosidad, como si fueran una atracción extraña en un espectáculo circense. Samuel la invitó a unirse a ellos, y ella aceptó, riendo suavemente mientras tomaba asiento en la mesa. Hablaron durante un rato, aunque la mayor parte de la conversación fue dominada por Samuel y Jonás. Isaac apenas dijo una palabra, y Eli evitaba su mirada.

Cuando ella sugirió salir del bar y buscar un lugar más tranquilo, Samuel aceptó de inmediato, y los demás lo siguieron, aunque con diferentes grados de entusiasmo. Salieron a las calles oscuras, caminando detrás de ella mientras los guiaba a un callejón apartado. La tensión en el aire era palpable, pero nadie dijo nada. Era como si todos estuvieran atrapados en un sueño extraño del que no podían despertar.

Bea les pidió que se apartasen un poco de la luz, considerando que era demasiado inocentes por sus pulcra apariencia campesina. Ya había tratado con alguno, anteriormente. Pero a estos les pensaba robar todo lo que pudiera. Pueblerinos, pensó. Les iba a emborrachar en un lugar sin cámaras, bien sabía cómo hacerlo. En el club, había comprado un licor dulce y comenzó a repartirlo en vasos, algo diluido en vodka. Pero, antes de comenzar a beber, ocurrió lo que cambió sus vidas para siempre. Los cuatro chavales habían bebido anteriormente y las risas se convirtieron en gritos, la camaradería en violencia y las manos en zarpas.

En cuestión de minutos, lo que había comenzado como una noche de exploración se transformó en un acto de brutalidad que los marcaría para siempre. La chica no se movía.

Cuando todo terminó, los cuatro se quedaron de pie en el callejón, mirando el cuerpo inmóvil de la mujer. El silencio que siguió fue ensordecedor, roto solo por el sonido de la respiración entrecortada de Jonás y los sollozos de Eli. Isaac cerró los ojos, como si pudiera borrar lo que acababa de ver, mientras Samuel miraba fijamente al suelo con una máscara de incredulidad y miedo.

Sabían que no podían quedarse allí. Samuel fue el primero en moverse, tomando a los demás por los brazos y arrastrándolos fuera del callejón. Salieron por una calle oscura perpendicular al callejón. Era larga y llena de ropa tendida, sin gente en los balcones. «No podemos hablar de esto», dijo firme pero con la voz algo temblorosa. Los demás asintieron, aunque cada uno tenía sus propias dudas y temores. Así comenzó su descenso a un abismo de secretos, mentiras y traiciones, donde cada decisión los alejaba más de la redención.


Samuel

La primera vez que vi las luces del bar, sentí una mezcla de fascinación y temor. Todo parecía tan diferente, tan ajeno a lo que conocía. Nunca había estado en un lugar con tanta música, tanto ruido. Cada rincón vibraba con energía, y el aire estaba impregnado de un olor extraño: una mezcla de alcohol, tabaco y algo más que no podía identificar del todo pero que creía recordarme a mis rocíos matutinos involuntarios. Nosotros no éramos eso, no pertenecíamos a ese lugar. Lo sabía desde el momento en que crucé la puerta, pero fingí confianza, porque eso es lo que hacía Samuel: fingir.

Nos sentamos en una mesa apartada, lejos de las miradas inquisitivas. Pedimos cervezas, aunque ninguno de nosotros había probado alcohol antes, a pesar de que en nuestra comunidad se toma de forma habitual. Tenía ansiedad por estrenarme bebiendo y regresar con esa experiencia para compartirla con los mayores. Sentí el líquido frío bajar por mi garganta, amargo y extraño, pero no lo rechacé. Jonás se reía, haciendo bromas que sólo nosotros entendíamos. Eli, como siempre, permanecía en silencio, mirando su botella como si fuera un objeto sagrado. Isaac, en cambio, parecía una estatua, rígido y silencioso, con una expresión que mezclaba desaprobación y resignación.

—Esto es libertad —dije, levantando mi cerveza en un brindis improvisado. Jonás rió y me siguió, mientras Eli dudaba, pero eventualmente se unió. Isaac apenas levantó su botella, pero dio un sorbo pequeño, como si quisiera comprobar si lo que él seguía considerando un pecado sabía tan mal como siempre nos habían dicho. Su padre no bebía.

Fue entonces cuando ella apareció. Una mujer joven, con un vestido ajustado y una chaqueta de cuero. Caminaba con una seguridad que no habíamos visto nunca, como si todo el lugar le perteneciera. Me quedé mirando, hipnotizado. Todos lo hicimos. Había algo en ella que nos hacía sentir pequeños, insignificantes. Pero también me despertó una sensación que no podía ignorar: una mezcla de curiosidad y deseo.

—Voy a hablar con ella —dije, sintiendo el efecto de las cervezas dándome un valor artificial. Jonás y Eli intercambiaron miradas, pero no dijeron nada. Me levanté y caminé hacia ella, sin un plan claro. Le dije algo torpe, algo que ahora ni siquiera recuerdo, pero ella sonrió. Esa sonrisa fue suficiente para que los demás se unieran.

Hablamos durante un rato, aunque en realidad, era más ella quien hablaba. Nosotros escuchábamos, fascinados por su voz, por sus gestos. Nos contó historias de la ciudad, aunque en ningún momento mencionó su nombre. Cuando sugirió salir del bar, aceptamos sin dudarlo. Salimos al aire fresco de la noche, caminando detrás de ella como si fuéramos un séquito. Yo lideraba el grupo, intentando ocultar mi nerviosismo.

No sé en qué momento todo cambió. Llegamos a un callejón oscuro, y la conversación, que había sido animada, se volvió tensa. Jonás hizo un comentario que no entendí, pero ella lo miró con desdén. Fue suficiente para que él reaccionara. Su tono se volvió agresivo, y antes de que pudiera detenerlo, las cosas se salieron de control. Ella hizo el amago de gritar, un pero Jonás le había cerrado la boca de inmediato y tenía los pantalones bajados mientras la golpeaba. En cuanto dejó de moverse, pero con los ojos saliéndose de las órbitas, le dijo que se callara y comenzó penetrarla. Los demás nos excitamos. Todos. Y la penetrábamos mientras Jonás la sujetaba desde detrás. Nos miraba inquisitivo y cómplice. Quería que participáramos todos. Y no nos costó, a pesar de la desgraciada situación.

Cuando todo terminó, ella ya no se movía. Miré a mis amigos. Jonás estaba pálido, con las manos temblorosas. Ahora estaba reaccionando como un chiquillo, tanto por la ilusión de haber sobrepasado esa barrera como por el miedo que le provocaba haberlo hecho. Eli lloraba en silencio. Isaac estaba inmóvil, casi tan inmóvil como la fría mujer que dejábamos tirada en el suelo; su rostro era una máscara de horror. Y yo… yo no sentía nada. Solo un vacío profundo, como si una parte de mí hubiera muerto junto a ella. Me sentía el responsable por haberme acercado a ella. De no haberlo hecho, nuestra vida sería otra.

Eli

Nunca quise ir al bar. Desde el principio, sentí que todo esto era una mala idea. Pero Samuel tenía una manera de convencerme, de hacerme sentir que tenía que seguirlo. Él siempre había sido así, el líder, el que tomaba las decisiones. Y yo, como siempre, lo seguí.

El bar era ruidoso, lleno de extraños. Me sentí incómodo desde el momento en que entramos. Nos sentamos en un rincón, alejados del bullicio, pero eso no alivió mi ansiedad. Cuando llegaron las cervezas, dudé en beber. Isaac me lanzó una mirada que decía no lo hagas, pero Samuel insistió. Solo un sorbo, dijo, y eso fue suficiente para que cediera.

El primer trago fue horrible. Amargo y desagradable. Pero los demás comenzaron a beber y no quería ser el único que no lo hacía. Así que seguí. Después de un rato, el amargor desapareció, reemplazado por una sensación de calor y relajación. Incluso me reí de algunas de las bromas de Jonás, aunque no eran particularmente graciosas.

Entonces apareció ella. Una mujer que parecía sacada de una película. Todo en ella era diferente a lo que conocíamos: su ropa, su forma de caminar, la manera en que hablaba. Samuel fue el primero en acercarse, y yo lo seguí porque, ¿qué otra cosa podía hacer? Jonás también se unió, riéndose como si estuviera en casa. Isaac fue el último, caminando detrás de nosotros con una expresión tensa.

Hablamos con ella durante un rato, aunque yo apenas dije una palabra. Ella era amable, pero su sonrisa tenía algo que me inquietaba. Cuando sugirió salir del bar, supe que era una mala idea, pero no dije nada. Samuel estaba entusiasmado, y los demás lo siguieron. Salimos a la calle, caminando detrás de ella como si fuéramos niños siguiendo a un adulto. De hecho, ahora que lo pienso, nos llevaría unos cuantos años y eso era ser mayor de edad para mí.

A medida que avanzábamos, sentí que algo estaba mal. Jonás comenzó a comportarse de manera extraña, diciendo cosas que no entendía. Ella lo ignoró al principio, pero eventualmente respondió, y eso fue suficiente para que él se enfadara. Su tensión era palpable.

No sé cómo comenzó. Todo pasó tan rápido. Jonás le gritó, y ella quiso decir algo pero Jonás le tapó la boca. Samuel intentó intervenir, pero no lo logró. Antes de que pudiera reaccionar, Jonás la sujetó. Traté de detenerlo mientras estaba dentro de ella, pero mis palabras se perdieron en el caos. Al contrario, él nos animaba y gemía. Me puse duro como nunca. Antes siempre había sido una reacción a tapar pero esta vez me era imposible. Jonás se sonrió al verme así y me tocó para que le siguiera. Cuando todo terminó, ella estaba en el suelo, inmóvil.

Caí de rodillas, con lágrimas corriendo por mi rostro. Miré a mis amigos, buscando alguna señal de arrepentimiento. Samuel, increíblemente, evitaba mi mirada, mientras Jonás respiraba pesadamente. Isaac estaba pálido, con los ojos fijos en el cuerpo de la mujer. Nadie dijo una palabra. Ese silencio… era aterrador.

Jonás

Desde el momento en que Samuel mencionó el bar, supe que la noche sería diferente. Estaba cansado de las reglas, de las restricciones. Quería sentir algo nuevo, algo emocionante. El bar era un lugar extraño, lleno de ruido y luces. Me sentí fuera de lugar al principio, pero después de la primera cerveza, comencé a relajarme. La música, las risas, todo se mezclaba, creando una atmósfera que nunca había experimentado.

Samuel hablaba de libertad, de cómo este era el mundo real. Yo asentía mientras me reía, sintiéndome parte de algo más grande. Incluso Isaac, siempre tan serio, parecía menos rígido. Todo iba bien, hasta que ella apareció.

Desde el momento en que entró, no pude dejar de mirarla. Era hermosa, de una manera que no podía describir. Me sentía súper excitado. Todo en ella era diferente, desde su ropa hasta su sonrisa. Samuel fue el primero en acercarse, como siempre. Yo lo seguí a dos pasos, incapaz de resistir la atracción que sentía hacia ella. Ella nos habló, sonriendo, pero había algo en su mirada insolente, que me incomodaba, como si supiera algo que nosotros no.

Cuando sugirió salir del bar, acepté de inmediato. Quería más tiempo con ella, más de esa sensación que me hacía olvidar todo lo demás. Caminamos detrás de ella, Samuel al frente, liderando como siempre. A medida que avanzábamos, mi ansiedad comenzó a crecer. Traté de hacer bromas para aliviar la tensión, pero nadie respondió.

Llegamos a un callejón oscuro, y la atmósfera cambió. Ella dijo algo, un comentario sarcástico, y algo dentro de mí se rompió. Yo intenté responderle con alguna gracia pero me intentó humillar diciendo venís del campo, ¿no? No sé por qué reaccioné así, pero en cuanto me acerqué, ella se asustó y quiso gritar. Encima quería gritar… Le tapé la boca y me encantó notar sus labios apretados contra la palma de mi mano. Mis manos tenían grietas de trabajar y esa suavidad era una delicia para mis sentidos. En menos de dos minutos mi pene sintió una pulsión extremadamente dolorosa hasta que le bajé la ropa interior y la penetré. No podía para de golpearla mientras seguía tapándole l boca. Samuel intentó calmarme, pero no lo había manera, hasta que descargué dentro de ella mi necesidad. Seguí sujetándola mientras le tapaba la boca y obligué a los demás, sin demasiado esfuerzo, a seguir mis pasos.

Cuando todo terminó, de pronto me sentí vacío. Miré a mis amigos, buscando algo, cualquier cosa que me ayudara a entender lo que había hecho. Pero solo encontré silencio y miradas de horror. Me di cuenta de que había cruzado una línea que no podría borrar.

Isaac

Nunca quise salir esa noche. Sabía que ir al bar era una mala idea, pero Samuel insistió. Siempre tenía una manera de convencer a los demás, de hacernos sentir que era nuestra decisión. Entramos al bar, y todo en mí gritaba que no fuéramos de allí. La música era demasiado alta, las luces demasiado brillantes. Nos sentamos en un rincón, apartados, como si eso nos protegiera del pecado que nos rodeaba.

Cuando llegaron las cervezas, dudé en beber. Pero Samuel, con su típica sonrisa, me retó a probar. Cedí, aunque cada sorbo me llenaba de culpa. Jonás y Eli parecían disfrutarlo, riendo y bromeando, mientras yo intentaba mantener la compostura. No quería estar allí, pero no podía irme. No podía dejarlos.

Entonces apareció ella. Una mujer joven, segura de sí misma, que parecía no tener miedo de nada. Samuel fue el primero en acercarse, seguido por Jonás y Eli. Yo me quedé atrás, observando, sintiéndome fuera de lugar. Finalmente, me uní a ellos, si bien mi instinto me decía que debía quedarme lejos.

Hablamos durante un rato, aunque yo apenas participé. Ella era diferente a cualquier persona que habíamos conocido. Hablaba de gentes y lugares que nos retaba a conocer. Que buscáramos en Internet, que fuéramos a tal y tal lugar.

Cuando sugirió salir del bar, quise negarme, pero nadie me escuchó. Caminamos detrás de ella, Samuel liderando, como siempre. Jonás parecía ansioso, mientras Eli se mantenía callado. Yo solo quería que la noche terminara.

Cuando llegamos al callejón, todo se desmoronó. Jonás comenzó a gritar, y ella respondió. Traté de calmarlo, pero él no escuchó. Samuel intentó intervenir, pero no lo logró. Antes de que pudiera hacer algo, Jonás la sujetó. Todo ocurrió tan rápido que no tuve tiempo de reaccionar y acabé sobre ella, empujado por los demás. Cuando terminó, ella estaba en el suelo, inmóvil.

Miré a mis amigos, buscando respuestas. Jonás parecía perdido, mientras Eli lloraba en silencio. Samuel evitaba mi mirada, y yo me sentía impotente. Sabía que habíamos cometido un error terrible, uno que nos perseguiría para siempre. Éramos unos criminales.


Los ecos del juicio

Cuando regresaron a la comunidad amish, lo hicieron con el peso del crimen en sus espaldas. Aunque sus rostros estaban serenos y sus palabras eran las correctas, había una inquietud en sus ojos que no pasó desapercibida para los ancianos. Sabían que el mundo exterior podía tentar a los jóvenes, pero lo que habían traído consigo era algo más oscuro, algo que ninguno de ellos estaba preparado para enfrentar.

El pacto de silencio que habían hecho comenzó a desmoronarse casi de inmediato. Samuel intentaba mantener el control, asegurándose de que ninguno de los demás hablara. Pero Jonás, siempre impulsivo, comenzó a beber en secreto, buscando en el alcohol un escape que no podía encontrar en la oración. Eli, por su parte, se sumió en un silencio casi absoluto, evitando incluso mirar a sus amigos. Isaac, el más devoto de los cuatro, comenzó a rezar a menudo y a pasar más tiempo con los ancianos, como si buscara en ellos una guía que no podía encontrar en sí mismo.

Una noche, durante una reunión comunitaria, Isaac se levantó de su asiento y pidió hablar. Los demás lo miraron con incredulidad, especialmente Samuel, cuyo rostro palideció al instante. Isaac se aclaró la garganta y comenzó a hablar con palabras cargadas de emoción y arrepentimiento.

«He pecado», dijo, su voz temblorosa pero firme. «He visto el mal y no lo detuve. Lo permití y participé sin poderlo evitar, y por eso llevo la culpa en mi alma. Pero no fui el único. Mis hermanos aquí presentes también son culpables. Lo que hicimos… es algo que no debemos guardar más en secreto».

El silencio en la sala fue absoluto. Los rostros de los ancianos se endurecieron, y algunos de los más jóvenes intercambiaron miradas de confusión y miedo. Expulsaron a los niños y a los adolescentes antes de permitir que siguieran hablando.

Samuel se levantó de golpe, interrumpiendo a Isaac. «¡Cállate!», gritó con rabia y desesperación. «No tienes derecho a arruinar nuestras vidas. Lo que pasó, pasó. No puedes cambiarlo hablando de ello».

Pero Isaac no se detuvo. Continuó hablando, detallando lo que había ocurrido aquella noche en el callejón. Cada palabra era como un golpe, y la comunidad entera parecía encogerse bajo el peso de la confesión. Cuando terminó, hubo un largo silencio antes de que uno de los ancianos se levantara y hablara.

«Esto es grave», dijo con voz severa. «Lo que han traído a nuestra comunidad es un pecado que no podemos ignorar. Habrá un juicio, y será Dios quien decida su destino».

La confesión de Isaac marcó el comienzo de un proceso que sacudiría a la comunidad hasta sus cimientos. Las traiciones entre los cuatro muchachos se hicieron evidentes, cada uno luchando por protegerse mientras intentaban salvar lo que quedaba de sus almas.


El juicio

El silencio del granero era absoluto. En la comunidad amish de Lancaster, el juicio público no se llevaba a cabo con gritos ni violencia, sino con la calma solemne que solo el peso de la tradición podía imponer. Los hombres se sentaban en bancos de madera en un semicírculo alrededor de los acusados, mientras que las mujeres y los niños observaban desde un nivel superior, separados por un espacio que simbolizaba su lugar en la estructura social.

Samuel, Jonás, Eli e Isaac estaban de pie en el centro del granero. Ninguno vestía ya las ropas que habían usado durante su rumspringa; llevaban los trajes negros de siempre, pero la dignidad que esas prendas solían conferir había desaparecido. Sus cabezas estaban inclinadas hacia el suelo, con la expresión de hombres que sabían que lo peor aún estaba por venir.

El obispo Johan, una figura de gran respeto y autoridad, abrió el juicio con una oración, pidiendo claridad y sabiduría divina. Su rostro reflejaba una mezcla de tristeza y determinación. Cuando finalmente habló, su voz resonó con la gravedad de los hechos. «Hoy, enfrentamos un momento de gran dolor y dificultad. Hemos sido llamados a juzgar no solo las acciones de nuestros jóvenes, sino también a examinar nuestras propias almas. Que el Señor nos guíe».

—Hermanos y hermanas, nos reunimos hoy para enfrentar un asunto de extrema gravedad. Estos cuatro jóvenes han regresado a nuestra comunidad con un pecado terrible en sus corazones. Sus actos durante el rumspringa son una ofensa no solo a nuestra fe, sino a Dios mismo.

Un murmullo recorrió la sala, pero Johan levantó su mano para imponer silencio. Los miembros del consejo de ancianos estaban sentados a su lado, y el martillo final de la decisión recaía sobre ellos.

—Samuel, —dijo el obispo, fijando su mirada en él—, tú fuiste quien lideró a este grupo en las tentaciones del mundo. Por tu influencia, estos jóvenes se alejaron del camino recto. ¿Qué tienes que decir en tu defensa?

Samuel levantó la cabeza, pero sus ojos no encontraron los de Johan. En lugar de eso, miró al suelo y respiró hondo.

—Lo que hicimos estuvo mal. No puedo justificarlo, pero no fue mi intención llevarnos tan lejos. Solo quería experimentar la libertad, no destruirla.

El obispo asintió, pero su expresión no cambió.

—Jonás, tú fuiste el primero en actuar con violencia contra esa mujer. Tus manos llevaron a cabo el peor de los pecados. ¿Qué dices?

Jonás tragó saliva, sus labios temblaron antes de articular palabra.

—No puedo explicar lo que me llevó a hacer eso. Fue como si algo oscuro se apoderara de mí desde el momento en que salíamos de aquí. Estoy arrepentido, pero no hay manera de deshacer el daño que causé.

—Eli, —continuó Johan—, ¿qué te llevó a quedarte en silencio mientras ocurría el pecado?

Eli lloraba en incesablemente y sus hombros acompañaban su llanto, sin dejar de temblar.

—Soy culpable por no haber hecho nada. Por miedo, por debilidad… Lo permití. Me odio por ello. No lo puedo superar…

Finalmente, el obispo miró a Isaac.

—Tú siempre has sido un ejemplo de rectitud. Pero ahora también cargas con este pecado. ¿Por qué?

Isaac cerró los ojos, luchando contra las lágrimas.

—Intenté detenerlo, pero también fallé. Dios nos enseñó a ser fuertes, pero en ese momento, también yo fui débil. ¿Cómo es posible que bajo nuestro Dios podamos ser tan monstruosos? ¿Por qué me lo permitiste, Señor? ¡Necesito tu perdón!

Johan volvió a su lugar y se dirigió a la asamblea.

—Cada uno de ellos ha confesado su pecado. Ahora, debemos decidir el camino que tomarán sus almas.

Los ancianos deliberaron en silencio durante horas, consultando las Escrituras amish y compartiendo sus reflexiones. La comunidad entera esperó pacientemente, algunos orando, otros llorando pero, todos sin excepción, deseaban conocer los veredictos y mandatos del Señor.


Veredictos

Samuel fue considerado el principal responsable de haberlos guiado al mundo exterior y exponerse a las tentaciones. Aunque no había sido el autor directo de la violencia, su influencia fue vista como el catalizador del evento. El veredicto fue de baneo permanente, lo que significaba que sería expulsado de la comunidad y ningún miembro podría volver a dirigirse a él.

Jonás recibió la condena más dura. Sus actos violentos no podían ser ignorados. Fue sentenciado a la excomunión completa y ser entregado a las autoridades externas, un destino temido, pues significaba ser juzgado bajo las leyes inglesas. Sin embargo, a última hora, tan solo lo dejaron frente a una comisaría, para que él decidiera qué hacer.

Eli fue condenado a una prohibición temporal de todos los sacramentos y trabajos dentro de la comunidad. Durante un año entero, debería dedicarse a la penitencia, rezando diariamente y trabajando solo en las tareas más humildes.

Isaac recibió un castigo menos severo, pues se reconoció que intentó intervenir y evitar lo ocurrido. Sin embargo, su responsabilidad por no haberlo logrado le llevó a ser suspendido de cualquier rol de liderazgo en la comunidad de forma indefinida.

La comunidad escuchó los veredictos en silencio. Algunos lloraban, otros asentían con solemnidad. El juicio había terminado, pero la comunidad estaba comenzando a reaccionar.


Las voces de las mujeres

En la comunidad amish, las mujeres suelen reunirse en distintos espacios tradicionales: la cocina, los huertos, la lavandería o los talleres de costura. Tras el juicio, estas reuniones se convirtieron en foros de debate donde las mujeres, aunque sujetas a las normas de discreción y sumisión, compartían sus opiniones sobre lo ocurrido.

En la cocina:
El aire estaba cargado con el aroma de las frutas cocidas y el sonido del cuchillo contra la madera. Miriam, cortando manzanas con precisión, rompió el silencio. «¿Cuánto hemos fallado?», dijo con la voz cargada de reproche. «Las madres somos las primeras responsables. Si los hombres caen en el pecado, ¿no es porque nosotras permitimos que crezcan sin suficiente guía?»

Anna levantó la vista del tarro de conservas que llenaba, con una expresión que era el reflejo de un conflicto interno. «Hemos criado hijos obedientes al Señor, Miriam. Pero no podemos negar que el mundo fuera de estas paredes tiene un poder que no podemos controlar. Quizá no deberíamos salir».

«¡Excusas!», interrumpió Ruth, una anciana con ojos como puñales. «Si esos muchachos hubieran tenido más disciplina desde pequeños, no habrían caído. Jonás, en particular, siempre fue un rebelde. Todos lo sabíamos. ¿Y quién le consiguió corregir? Nadie. Incluso en nuestra comunidad hay manzanas podridas».

Cevilla vaciló antes de responder. «No puedes culpar solo a una madre o a un padre, Ruth. La comunidad entera falló. Si lo que sugieres es que nuestras almas no son controlables, deberías pensar en que gracias a que nuestra educación las amolda seguimos siendo una preciosa comunidad».

En el taller de costura:
Las agujas subían y bajaban con ritmo mecánico, pero la conversación estaba lejos de ser armoniosa. Abigail rompió el silencio con un comentario cortante. «Eli siempre fue el niño dulce, ¿no? El que todos pensábamos que traería orgullo. ¿Y qué hizo? Traicionó nuestra confianza como los demás».

Sarah, con las cejas fruncidas, replicó: «¿Y qué esperas? Criamos a nuestros hijos para que sigan nuestras reglas, pero nunca les dejamos espacio para ser humanos. ¿Cuántos de ellos se han rebelado antes? Tal vez deberíamos preguntarnos si nuestras expectativas son realistas».

La joven Esther, que remendaba un vestido al fondo de la habitación, habló con timidez pero con firmeza. «Sarah tiene razón. No quiero que mis hijos crezcan pensando que no tienen derecho a equivocarse. Pero también creo que esos muchachos cruzaron una línea que no tiene retorno. Jonás, especialmente, nunca mostró arrepentimiento. Esperemos que nuestro juicio sea suficiente para Eli y para Isaac y que no los vengan a buscar para juzgarles fuera».

En los huertos:
El sonido de las zanahorias arrancadas de la tierra rompía el silencio, pero el tema del juicio estaba presente en cada respiración. Rebecca, una mujer mayor con manos endurecidas por el trabajo, fue la primera en hablar. «Esos muchachos mancharon el nombre de la comunidad. Pero Jonás… su excomunión era inevitable. No hay lugar entre nosotros para alguien que desafía abiertamente nuestras reglas. Tengo mis dudas sobre el veredicto que los ancianos han depositado sobre Samuel. Rezo por ellos todas las noches».

Eliza, que trabajaba a su lado, suspiró. «¿Pero qué logramos con eso, Rebecca? ¿Qué le espera ahora fuera de estas tierras? Muerte y desesperación. Me pregunto si podríamos haberle dado una última oportunidad a Jonás».

Rebecca detuvo su labor y miró directamente a Eliza. «¿Una última oportunidad? ¿Para qué? Para que corrompiera aún más a nuestros jóvenes. Los pecados tienen consecuencias. Si olvidamos eso, lo olvidamos todo».


El destino de los acusados y de la comunidad amish

Samuel: Tras su excomunión, Samuel se instaló en una cabaña aislada. Durante su año de reflexión, trabajó en los campos y se dedicó a la lectura de las Escrituras. Aunque se esforzó por encontrar la redención, nunca pudo superar el sentimiento de culpa. Finalmente, decidió no regresar a la comunidad, optando por vivir una vida solitaria cerca de sus tierras natales.

Jonás: Expulsado de la comunidad, Jonás vagó por varias ciudades, buscando trabajo y un lugar donde encajar. Sin el apoyo de los suyos, cayó en malos hábitos y acabó en la ruina. Años después, fue encontrado sin vida en un callejón, víctima de su propio aislamiento.

Eli: Bajo vigilancia estricta, Eli logró ganarse la confianza de nuevo dentro de la comunidad. Trabajó incansablemente para demostrar su arrepentimiento y, aunque nunca recuperó completamente su reputación, se convirtió en un ejemplo de perseverancia para los más jóvenes. Se casó con Judith, la niña que siempre estuvo enamorada de él y que supo perdonarle y amarle. Tuvieron 12 hijos y se convirtió en un padre amoroso y protector, más si cabe que el resto de los padres de la comunidad.

Isaac: Si bien vivió marcado por su pasado, Isaac fue aceptado de nuevo gracias a su honestidad. Se convirtió en un defensor de las normas tradicionales y un ferviente opositor a las tentaciones del mundo exterior. Pasó el resto de su vida trabajando en la comunidad y ayudando a prevenir que otros jóvenes repitieran sus errores.

La comunidad amish, unida en apariencia pero sacudida por la tragedia, intentó regresar a la normalidad tras el juicio. Sin embargo, las heridas dejadas por los actos de Samuel, Jonas, Eli e Isaac eran profundas, y la memoria de la mujer fallecida permanecía como una sombra que nadie podía borrar. En sus campos, talleres y hogares, el tema se convirtió en una lección implícita que marcó a cada generación venidera.

El perdón, una carga colectiva

El obispo lideró un sermón especial semanas después del juicio, instando a la comunidad a reflexionar sobre el verdadero significado del perdón. En el granero donde todo había ocurrido, el ambiente era solemne. Sus palabras resonaron con fuerza: «Debemos recordar que el pecado no solo destruye al pecador, sino que también pone a prueba nuestra fe y nuestro amor como comunidad. El perdón es un acto divino, pero también es una carga. Solo en la humildad podemos encontrar fuerza para cargarla juntos».

Algunas familias aceptaron estas palabras como un bálsamo, abrazando la idea de que el arrepentimiento y la redención eran posibles para aquellos que quedaban. Otras, especialmente quienes tenían hijas jóvenes, lucharon por contener su resentimiento.

El destino de las familias de los acusados

Las familias de los cuatro jóvenes también enfrentaron un juicio silencioso por parte de la comunidad. Gertrude, la madre de Jonás, una mujer conocida por su rigidez y orgullo, dejó de asistir a los encuentros sociales, evitando las miradas y los cuchicheos. Sus campos, antes prósperos, quedaron descuidados. En cambio, la familia de Eli, quienes habían demostrado un genuino arrepentimiento y humildad, encontró apoyo entre los suyos. Vecinos se acercaron a ayudar con las cosechas de Gertrude y la condujeron para compartir momentos con las cenas comunitarias, consiguiendo que recuperara un poco su antiguo espíritu sonriente.

Isaac, al ser aceptado de nuevo en la comunidad, se convirtió en un símbolo de la capacidad amish para restaurar la fe y la confianza. Sin embargo, no todos compartían este sentimiento. Durante años, algunas madres aconsejaron en secreto a sus hijas que mantuvieran distancia de él, a pesar de su papel activo en los cultos y los eventos comunitarios.

La memoria de la mujer

La tragedia dejó un vacío imposible de llenar. Aunque la comunidad evitaba hablar abiertamente de la víctima delante de las jóvenes, su nombre no se olvidó. Buscaron su destino y supieron que fue enterrada en un cementerio lejano de la ciudad. Cada tanto, pagaban a uno de los comerciantes ingleses con los que trabajaban ocasionalmente para le llevara flores frescas.

Cada año, durante el sermón del Día del Perdón, el obispo aludía indirectamente a los eventos. Sus palabras, aunque vagas, recordaban a todos la gravedad del pecado y la necesidad de mantenerse firmes en la fe, incluso mientras tuviesen la oportunidad de acceder al rumspringa.

Cambios en las normas comunitarias

La tragedia llevó a pequeños pero significativos ajustes en la forma en que la comunidad gestionaba el periodo de rumspringa, durante el cual los jóvenes amish exploraban el mundo exterior antes de decidir si querían regresar y comprometerse a la vida amish.

  1. Restricciones más firmes: los padres comenzaron a imponer reglas más estrictas para sus hijos que salían al mundo exterior. Aunque el espíritu de rumspringa permanecía, las expectativas sobre la conducta se reforzaron.
  2. Énfasis en la enseñanza espiritual: los líderes religiosos implementaron más sesiones de enseñanza sobre las consecuencias del pecado, utilizando el incidente como un ejemplo implícito.
  3. Roles de las mujeres: aunque la comunidad seguía siendo patriarcal, las mujeres empezaron a expresar sus preocupaciones con mayor frecuencia durante las reuniones familiares. Las madres, especialmente, asumieron un rol más activo en inculcar valores sólidos a sus hijos antes de que enfrentaran las tentaciones del mundo exterior.

El legado del pecado y la redención

Con el paso de los años, las lecciones extraídas de la tragedia se convirtieron en historias contadas a los jóvenes. Para algunos, eran advertencias destinadas a mantenerlos alejados del pecado; para otros, eran recordatorios del poder destructivo del mundo exterior. Sin embargo, una verdad incómoda persistió: el pecado no venía solo de fuera, sino que podía germinar dentro de la propia comunidad si no se vigilaban los corazones.

La comunidad amish continuó prosperando, construyendo nuevos graneros, celebrando bodas y dando la bienvenida a nuevas generaciones. Pero la tragedia nunca se borró por completo, dejando una cicatriz que, aunque oculta bajo la superficie, siempre estaría ahí para recordarles la importancia de la fe, la humildad y la redención colectiva.


La violación de los amish: en el límite de la inocencia
por Carmen Nikol


LICENCIA: © 2025 | CC BY-NC-ND 4

Espejo roto – Capítulo 9: Promesa y advertencia

El camino hacia la casa de Janus se hizo en un silencio denso, pesado. Lena se mordía el labio, todavía con el leve sabor a tabaco y deseo que Janus había dejado en sus labios. Pero lo que realmente la inquietaba era Luna, sentada a su lado, tan cerca y a la vez tan lejana. Sentía el calor de su cuerpo, sin poder ignorar el muro de rencores y secretos que las había separado durante tanto tiempo.

Janus manejaba con una expresión enigmática, sin dejar de fijarse en la carretera pero con esa sonrisa apenas insinuada que dejaba claro que tenía el control, que las conducía hacia una nueva etapa de sus vidas. Lena no podía adivinar qué pretendía. ¿Cuál era su plan al reunir a los tres después de tanto dolor? ¿De qué lado estaba realmente? ¿Les iba a ayudar?

Pronto, llegaron a una casa apartada y discreta, rodeada de árboles pero cerca de una playa, como un refugio escondido del resto del mundo. Lena y Luna se bajaron en silencio, intercambiando miradas. Al entrar, sintieron una extraña familiaridad en el ambiente. Era como si ese espacio tuviera la capacidad de desnudar sus almas y dejarlas expuestas.

En el centro de la sala, Mateo esperaba, y, al verlo, Luna notó el temblor en sus propias manos. Lena no sabía que aquella mañana, cuando se despidieron, Mateo aparecería más tarde en un lugar recóndito. Él estaba de pie, con los ojos bajos y las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta. Parecía frágil, y aunque el tiempo había sanado su cuerpo, las cicatrices en su interior aún estaban frescas. Alzó la vista cuando sintió la presencia de las gemelas y una serie de emociones cruzaron su rostro: dolor, desconcierto, y, al final, una calma forzada.

—Hola, Luna —dijo él, con una voz rota, aunque firme.

Luna avanzó lentamente, como si cada paso la alejara del pasado y la acercara a un precipicio. Durante un instante, ninguno de los tres habló. La tensión parecía un hilo delgado y afilado que podría cortarse en cualquier momento. Finalmente, fue Janus quien rompió el silencio, posicionándose cerca, aunque no del todo entre ellos, como un observador astuto.

—Estáis aquí porque, en algún momento debíais reuniros, fuera de miradas ajenas, alejados de la ley. Quizá aún tengáis la posibilidad de enmendar vuestros errores. Lena, sin duda, es la que menos ha cometido. Tan solo escuchó una confesión de Mateo, pero lo ha pagado con creces: ha sido quien le ha cuidado durante todo este tiempo.

Luna tomó aire, tratando de recuperar la compostura. —Mateo, lo siento… Lo siento como nunca pensé que podría sentir algo en mi vida. Yo… no puedo explicarlo —su voz se quebró al final de la frase, y Lena sintió un estremecimiento que no esperaba.

Mateo asintió, con ciertas dudas. Pero algo en su mirada se suavizó. —No es tan sencillo, Luna. Pero he pasado tanto tiempo esperando este momento… La verdad es que me dejaste roto. No sé cuánto merecía pero no creo que fuera esto. —Las palabras colgaban en el aire, pesadas, y al mismo tiempo vulnerables, como si todo su dolor volviera a abrirse y no pudiera evitar un profundo rencor que, a su vez, reconocía inútil e injusto por haberla llevado hasta un extremo. Sabía que Luna estaba fuera de sí cuando le clavó el cuchillo.

Lena sintió una mezcla de tristeza y alivio, como si hubiera estado esperando que Mateo expresara ese dolor que ambos compartían, aunque por razones distintas. Sin embargo, cuando quiso acercarse para consolarlo, fue Luna quien dio el paso. Ella tocó su rostro, sus dedos rozando la línea de su mandíbula con una ternura que parecía incongruente, dadas las circunstancias. Nunca había dejado de amarlo, a pesar de todo su dolor, de todo lo vivido con Janus también.

Mateo no retrocedió, aunque su expresión reflejaba duda. En ese instante, Lena sintió un vacío en el pecho, una sensación de exclusión que no esperaba. Había sido ella quien estuvo a su lado durante esos meses de recuperación, ella quien soportó sus noches de insomnio y las miradas perdidas. Sin embargo, en este preciso momento, era Luna quien le tocaba.

—Lena, supongo que… tú también tienes tu propio infierno —dijo Luna con una frialdad sorprendente, que resonaba con algo de amargura.

Lena sostuvo su mirada, sin apartarse ni siquiera cuando Janus reforzó su abrazo. Ya no había espacio para las máscaras, para fingir. Luna era su hermana, y había algo en ella, una oscuridad que Lena también compartía, que todos conocía para aquellas alturas.

Janus sonrió, percibiendo el frágil equilibrio entre los tres. —Tal vez —dijo, con la voz arrastrada—, este es el comienzo de algo nuevo.

Era una promesa y una advertencia.


Espejo roto – Capítulo 9
Promesa y advertencia
por Carmen Nikol


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Espejo roto – Capítulo 8: El giro

Lena tamborileaba los dedos en la mesa de la cafetería, observando cómo la gente iba y venía entre las mesas con un ritmo que casi la adormecía. No se sentía tranquila, y el murmullo incesante del local solo acentuaba el cansancio acumulado. Las últimos dos años habían estado llenos de silencio, de incomodidad, de miedo por lo que podría haberle pasado a Luna y de agotamiento por ocuparse del cuidado de Mateo.

Justo cuando se levantaba para marcharse, Janus apareció, deteniéndose junto a su mesa. Llevaba una chaqueta de cuero oscuro y un par de vaqueros que parecían haber sido diseñados para él. Sus ojos la observaron con una mezcla de interés y algo que no intentó esconder.

—¿Escapando? —preguntó, sonriendo de lado y tomando asiento sin esperar permiso.

Lena frunció el ceño, pero no podía ignorar la atracción que emanaba de él. Janus era un enigma palpable, alguien que resultaba intrigante con su simple presencia. Además de misterioso.

—¿Y tú? —respondió ella con una pizca de sarcasmo—. ¿Siempre llegas sin avisar?

Él inclinó la cabeza, mirándola con esos ojos oscuros y seguros. —Cuando veo que alguien está a punto de marcharse… prefiero no perderme el momento.

Lena arqueó una ceja, dejando escapar una risa suave y seca. —¿Ah, sí? Pues espero no decepcionarte.

—No lo has hecho hasta ahora —replicó él, su voz grave haciendo que el ruido de la cafetería pareciera desvanecerse a su alrededor. —Tampoco tu hermana.

El juego de palabras cargado de insinuación la sorprendía, pero había algo en Janus que le impedía ponerse a la defensiva. Sabía que no era como el resto de hombres que había conocido; su energía iba más allá de la apariencia. Janus tenía una forma de leerla, esa forma de provocarla… y ella no podía evitar caer en el juego.

—¿Qué quieres, Janus? —preguntó Lena finalmente, sin rodeos.

—Tal vez conocer un poco más de ti. Siento que hay algo detrás de todo eso —dijo, señalándola con un gesto que recorría su cuerpo de manera nada disimulada—, algo que no te atreves a mostrar y que me va a ayudar con Luna.

—Tú no sabes nada de mí —respondió ella juguetona, sin poder evitar sonreír ante la intensidad de su mirada. Janus tenía una presencia que lograba incomodarla de la manera más atractiva.

—¿Ah, no? —La sonrisa de Janus se ensanchó, y Lena sintió un leve escalofrío cuando él se inclinó sobre la mesa, acortando la distancia entre ambos—. Quizás sabes tú menos de ti misma, Lena. Sin duda sabes menos de Luna de lo que siempre has creído.

Ese desafío la tentaba. No se lo podía creer, tras la experiencia con Mateo ¿nuevamente una atracción hacia alguien que está con Luna? Quería ignorarlo, pero algo en ella la empujaba a responder, a dejar de lado la compostura. Janus era peligroso, en el sentido más seductor de la palabra, y Lena podía sentir cómo los límites de su autocontrol empezaban a disolverse.

Antes de que pudiera responder, la puerta de la cafetería se abrió, y allí estaba Luna, de pie en el umbral, con la mirada clavada en ellos. El rostro de su hermana reflejaba algo más que sorpresa; era una mezcla de rabia contenida y resentimiento.

Su herida en la mano ya estaba curada, Janus se había ocupado de ella.

Lena se enderezó, tratando de ocultar cualquier rastro de la conversación con Janus, pero el daño estaba hecho. Luna avanzó hacia ellos con una expresión que no dejaba lugar a dudas.

—¿Interrumpo algo? —preguntó Luna con voz cortante, mirando directamente a su hermana.

—No tienes por qué —respondió Janus, devolviendo la mirada desafiante de Luna, sin inmutarse en lo más mínimo.

Lena sintió cómo la tensión aumentaba, consciente de la frialdad con la que su hermana la miraba.

—Luna, te persigue al justicia. ¿Qué haces aquí? ¿No te has preocupado de cómo dejaste a Mateo? ¿No sabes si tu apuñalamiento está curado? ¿Si sigue en el hospital? ¿Cómo están papá y mamá? —comenzó Lena, intentando mediar la situación.

Luna se giró sin esperar respuesta y salió de la cafetería, dejando a Lena con una sensación de vacío. Lena se iba a levantar, quería correr detrás de ella, pero Janus la frenó. Le arrebató un beso apasionado y ella se entregó, como si no pudiera evitarlo. Luego, la cogió de la mano y la sacó de la cafetería para meterla en su ranchera negra. Allí estaba Luna, esperando.

Luna, tras el incidente, había decidido retomar la relación con Lena y con Mateo y Janus quería ayudarla. Desde el día en que apuñaló a Mateo no había podido descansar. La culpa le corroía. Quería perdonar a su hermana. Janus le había hecho entrar en razón. Tras dos años, Janus había investigado qué había pasado y había sonsacado informaciones a través de amistades de Lena y de Mateo para hacerse a la idea de qué sentía Lena, y de si habían estado juntos o solo fue por haberles pillado en una confesión de Mateo, tan confundido e incluso enamorado de ambas. La juventud les había jugado una mala pasada.

Cuando Lena vio a Luna en la ranchera se agitó. Quiso gritarle y, a la vez, abrazarla. Pero Luna le puso un dedo sobre los labios y se calmó, increíblemente. Arrancaron y se fueron a la casa de Janus. Ya buscarían a Mateo.


Espejo roto – Capítulo 8
El giro
por Carmen Nikol


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Espejo roto – Capítulo 7: El laberinto de Escher

En las sombras de la ciudad, donde la realidad se difumina y los sueños cobran vida, un hombre observaba. Sus ojos, de un gris metálico inquietante, seguían el caos que se desarrollaba como si fuera una sinfonía perfectamente orquestada. Se hacía llamar Janus, y su presencia era como un eco en una habitación vacía: imperceptible, pero innegablemente presente.

Luna, con el corazón latiendo al ritmo de sus pasos frenéticos, se internó en un callejón que parecía doblarse sobre sí mismo. Las paredes, cubiertas de grafitis que parecían moverse en la penumbra, susurraban secretos que solo ella podía entender. O eso creía.

—Las gemelas separadas son como un espejo roto —murmuró una voz a sus espaldas—. Siete años de mala suerte, dicen. Pero, ¿qué pasa cuando el espejo siempre estuvo destinado a romperse?

Luna se giró, enfrentándose a Janus. Su rostro, mitad en sombras, mitad iluminado por un neón parpadeante, parecía cambiar con cada parpadeo.

—¿Quién eres? —preguntó Luna con un susurro ronco.

—A veces me llaman el guardián de las puertas —respondió Janus con una sonrisa enigmática—. ¿Y tú?

—Luna Dubois. Necesito ayuda… Mi hermana me estará buscando… Por favor, ¡ayúdame!


En la farmacia, ahora desierta, el farmacéutico miraba fijamente el lugar donde Luna había estado. En el mostrador, donde debería haber estado el abrecartas, solo quedaba una mancha de sangre con forma de mariposa.

—Las coincidencias son el alfabeto con el que Dios escribe el destino —murmuró para sí mismo, mientras observaba la mancha que parecía palpitar. Esta chica no tenía pinta de ser mala persona. ¿Me pregunto si la abran atrapado ya? No creo que haya venido a mi farmacia por casualidad. Es la única del barrio que tiene puerta trasera…


Justo en ese momento, en el callejón, Luna sentía que el mundo a su alrededor se desdibujaba. Las palabras de Janus resonaban en su mente, mezclándose con los ecos de su pasado. Le ofrecía ayuda pero hablaba de un modo extraño. No sabía si apoyarse en él o seguir corriendo.

—El tiempo no es una línea recta —continuó Janus con una voz como salida del roce de páginas antiguas—. Es un laberinto, y cada decisión crea una nueva bifurcación.

—No entiendo —susurró Luna, su mente un torbellino de imágenes y sensaciones.

Janus extendió su mano, revelando un pequeño espejo de mano. —Mira —ordenó.

Luna, como hipnotizada, se acercó. En el reflejo, vio una imagen que parecía Lena, pero algo estaba mal. Podría ser ella misma delirando. Su estado mental comenzaba a decaer.

—¿Qué es esto? —preguntó Luna, temblando.

—La verdad detrás del espejo —respondió Janus—. En otro mundo, en otra línea de tiempo. La pregunta es: ¿cuál es la realidad y cuál el reflejo? Te veo mal. Deja que te ayude.


En el hospital, Lena había llegado a la habitación 307. La puerta, de un blanco inmaculado, parecía vibrar con una energía propia. Con mano temblorosa, giró el pomo. El interior de la habitación era un vórtice de imágenes y sonidos. En las paredes, creyó ver proyecciones de momentos de su vida junto a su hermana que se entremezclaban y se superponían. En el centro, colgado de un hilo, un espejo idéntico al que Janus le mostraba a Luna en el callejón. Una coincidencia desconocida por ambas.

—Bienvenida al nexo —creyó escuchar de una voz familiar. Lena se giró para encontrarse cara a cara con… ¿ella misma? ¿Era Luna? Lena misma estaba decayendo. Parecían sentir lo mismo, quizá por la conexión propia entre hermanos gemelos.

La Lena del espejo sonrió, pero era la sonrisa de Luna. —Hemos estado esperándote. Es hora de que entiendas la verdadera naturaleza de tu existencia. Lena salió corriendo de allí despavorida. Sabía que desvariaba y se acercó a un doctor en el pasillo para comentárselo, a lo cual le indicó que necesitaba descansar.

Mientras tanto, en algún lugar entre la realidad y la ficción, Mateo creía abrir los ojos en la habitación de al lado, la 305. Pero el mundo que percibía no era el del hospital que esperaba, sino un paisaje imposible de escaleras que subían y bajaban en ángulos imposibles, como en una litografía de Escher.

—El sueño es el espejo del alma —escucharon decir, a una voz que sonaba como la de Janus, Luna y Lena al mismo tiempo—. Y en este sueño, todas las realidades convergen.

Este espejo estaba roto, sí, también, pero cada fragmento reflejaba una realidad diferente, un camino no tomado, una posibilidad inexplorada, una fantasía paralela. Y en el centro de este caleidoscopio de existencias, tres almas perdidas buscaban una verdad que amenazaba con destruir la frágil tela de la realidad misma.

En ese momento, un viaje se iniciaba que desafiaría los límites de la percepción y la identidad. El laberinto se desplegaba ante ellos, infinito y mutable, prometiendo respuestas que quizás ninguno estaba preparado para enfrentar.

Un laberinto que, finalmente, resultaría muy real y les confrontaría con una vida imposible de imaginar.


Espejo roto – Capítulo 7
El laberinto de Escher

por Carmen Nikol


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