Nucleares: del «no, gracias” al “sí, por favor”

Anda muy revuelto estos días el mundo de la ecología, como consecuencia de la reciente propuesta de la Comisión Europea, pretendiendo darle el carácter de “verde” a la energía nuclear durante las dos próximas décadas. No es de extrañar la incomodidad que esta declaración supone, ya que representa un giro radical respecto en la política energética y ambiental seguida hasta la fecha tanto por las autoridades nacionales como las comunitarias. No obstante, se trata de un cambio que se veía venir desde hace mucho, aunque estaba gestándose con mucha lentitud porque, muy poco a poco, una parte importante de la sociedad se estaba decantando hacia posiciones favorables (o mucho menos reticentes que hace algunos años) respecto de la energía nuclear. Y, curiosamente, aunque pueda parecer contradictorio, las causas principales de esta evolución social han sido ecológicas y ambientales.

Los movimientos antinucleares empezaron a tomar auge de forma significativa en los años 70 del pasado siglo y alcanzaron su clímax una década más tarde, como consecuencia de la tragedia de Chernóbil (Ucrania, antigua Unión Soviética). Después, sin dejar de tener una elevada implantación social, se fueron debilitando (exceptuando un ligero repunte después del accidente de Fukushima, Japón), hasta quedar relegados a un segundo plano por la aparición de un problema que, actualmente, es mayoritariamente considerado por la opinión pública como el más importante: el calentamiento global.

Desde esta nueva óptica medioambiental, empezaron a surgir voces, con suficiente autoridad e impacto en el panorama internacional, sugiriendo que la energía nuclear era indispensable para disminuir las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera y frenar el efecto invernadero. Como consecuencia, independientemente de la veracidad de la amenaza climática inducida por el CO2 (que será analizada en detalle en un próximo artículo), el miedo al cambio climático ha superado al temor radioactivo, y una buena parte de la sociedad (empezando por muchos políticos de la Unión Europea y algunos de nuestros dirigentes, tanto nacionales como autonómicos), están considerando la energía atómica como una especie de mal menor, una opción válida como fuente alternativa de energía limpia, sin emisiones de CO2.

Producción de energía nuclear

Pero un cambio tan brusco en la orientación de la política energética por parte de las autoridades, que durante décadas han mantenido la postura opuesta, no es fácil de asimilar por la sociedad. A lo largo de años y años, se ha bombardeado sistemáticamente a la opinión pública con informaciones sobre los elevadísimos riesgos de la energía atómica, sobre las gravísimas e irreversibles consecuencias de un accidente nuclear y sobre el insoluble problema de los residuos nucleares. Como contraposición a la normalidad funcional en la inmensa mayoría de las centrales nucleares, se han esgrimido sistemáticamente las catastróficas consecuencias de los desastres nucleares, cuya descripción en los medios de comunicación ha sido casi siempre sesgada, ocultando parte de la realidad, o incluso llamativamente incorrecta.  El objetivo de este artículo es mencionar algunas informaciones que raramente, por no decir nunca, aparecen en los medios de comunicación, y que sin restar ni un ápice de gravedad a los accidentes nucleares ocurridos, introducen algunos importantes matices a tener en cuenta.

La Humanidad ha presenciado cuatro catástrofes nucleares, las dos explosiones bélicas en Japón durante la Segunda Guerra Mundial (Hiroshima y Nagasaki) y los accidentes atómicos civiles de Chernóbil y de Fukushima. Las consecuencias de los dos primeros fueron terroríficas, tan devastadoras como para esperar y desear que a nadie se le ocurra repetir de nuevo la experiencia. Murieron unas 220.000 personas, 187.000 de forma inmediata y el resto como consecuencia de las enfermedades provocadas por las radiaciones. Son cifras realmente horribles, terroríficas, y cualquier comentario es insuficiente para calificar esa barbarie. Pero por desagradable que resulte, desde el punto de vista científico, es necesario extraer conclusiones de ambos sucesos para interpretar objetivamente los hechos ocurridos, especialmente en lo que se refiere a las consecuencias a largo plazo de esas explosiones, que han sido objeto de mucha desinformación.

Casi siempre que se hace pública alguna información relacionada con cuestiones atómicas, sea del tipo que sea, suelen acompañarse de las imágenes desoladoras de Hiroshima y Nagasaki, inmediatamente después de las explosiones. Sistemáticamente, se presentan ambas ciudades como malditas, irrecuperables, lugares donde sus habitantes están condenadas para siempre por el estigma de las radiaciones y malformaciones genéticas, que continuaron apareciendo durante varios años después de las explosiones. Pero, en contra de la visión que sigue difundiéndose, en dichas ciudades no existen en la actualidad secuelas apreciables del desastre y sus habitantes son genéticamente normales, sin los estigmas apocalípticos que, una vez tras otra, nos ofrecen siempre los medios informativos. Algo similar puede decirse del aspecto actual de esas urbes, dos preciosas ciudades, populosas, modernas, llenas de parques y flamantes edificios, donde afortunadamente han desaparecido todos los rastros de la tragedia. Pero ese paisaje urbano nunca se nos ofrece en las noticias, ancladas sistemáticamente en las viejas fotografías del año 1945.

Cuando ocurrió el accidente de la central eléctrica de Chernóbil, como causa del desastre, se informó que aquella central estaba obsoleta y era peligrosa. Es posible que ni la tecnología ni los protocolos de funcionamiento estuviesen a la altura de las centrales nucleares construidas fuera del bloque soviético, pero en cualquier caso, las causas del accidente no se debieron a fallos en el sistema, sino a las personas responsables de su manejo. En efecto, se ha comprobado que se cometieron más de doscientas violaciones de los manuales de uso de la central, y que se llegaron a bloquear los mecanismos de parada automática de la instalación, para que siguiese funcionando a pesar de todas las alarmas que se activaron y de las cuales los operadores de la planta hicieron caso omiso.

Lo más triste de todo es que el objetivo perseguido con esas maniobras irresponsables, era simplemente batir un récord en la producción eléctrica. En esas circunstancias, decir que Chernóbil era una central peligrosa, es como si afirmásemos que un vehículo al que le hemos quitado las pastillas de freno, vaciado el depósito de líquido para el servofreno, deshinchado los neumáticos y puesto a toda velocidad cuesta abajo por una carretera montañosa llena de curvas, es un coche con fallos de diseño.

Chernóbil

Además, sin el menor rubor a pesar del disparate técnico que representaba esa información, las consecuencias del accidente nuclear fueron comparadas con una bomba atómica, cuando en realidad el uranio o el plutonio de un reactor no están lo bastante enriquecidos para que se produzca, ni de lejos, una explosión. Comparar Chernóbil con las bombas que destruyeron Hiroshima o Nagasaki no tiene más sentido que el alarmismo propagandístico.

Comparar Chernóbil con las bombas que destruyeron Hiroshima o Nagasaki no tiene más sentido que el alarmismo propagandístico

Pero lo más grave estaba aún por venir, después del accidente. Si el manejo de la central que provocó el desastre fue muy deficiente, aún fue peor la gestión de la catástrofe. Las autoridades de la Unión Soviética no reconocieron la grave situación creada hasta que ya fue muy tarde y por lo tanto, no se delimitaron a tiempo los perímetros de protección necesarios. Tampoco se establecieron los filtros imprescindibles para la circulación de mercancías, permitiendo que las poblaciones cercanas, especialmente los niños, tomaran leche contaminada, entre otros alimentos. Todo lo que ocurrió ha sido narrado con claridad y crudeza en un libro sobrecogedor por la escritora Svetlana Aleksiévich, premiada con el Nobel, que ha servido de base para una afamada serie televisiva. No puedo dar mi opinión de esta última porque no la he visto, pero supongo que sus imágenes reflejarán lo mismo que el texto, una narración estremecedora y devastadora, denunciando la falta de capacidad, de conocimientos y de profesionalidad de las personas que tenían la responsabilidad de salvaguardar la seguridad después del accidente. Se hubiesen podido evitar muchas muertes adoptando a tiempo las medidas de control y seguridad pública adecuadas.

Una gestión completamente distinta, puede decirse que modélica, tuvo lugar casi tres décadas después, cuando ocurrió la catástrofe de Fukushima, aunque esas diferencias no fueron debidamente señaladas por los medios de comunicación. Allí quedó claramente de manifiesto la importancia de disponer de personal y de protocolos eficaces, dejando aún más en evidencia todo lo que podría haberse evitado en Chernóbil.

Además, en sentido estricto, en Fukushima no ocurrió propiamente un accidente nuclear, sino un fuerte terremoto de magnitud 9,1 (el cuarto más fuerte desde que se tienen registros) y un maremoto de intensidad extrema, cuyo tsunami, una ola de 13 metros sobrepasó todas las previsiones, inexplicablemente optimistas y erróneas, ya que los diques de contención estaban diseñados para olas de tan sólo 6 metros. La instalación nuclear soportó sin problemas el terremoto, que duró 6 minutos,  y si hubiese estado localizada unos pocos kilómetros tierra adentro en lugar de estar junto a la línea de costa, los efectos del tsunami sobre la central hubiesen sido nulos. Pero desgraciadamente no fue así, la central se inundó y los fallos de abastecimiento eléctrico, generalizados en toda la zona, fueron los responsables de los problemas de falta de refrigeración y sobrecalentamiento del reactor. Debe tenerse en cuenta que el tsunami se llevó por delante los cables eléctricos aéreos que permitían a los generadores de emergencia mantener la central en funcionamiento, cortados por la violencia del impacto de la ola, dejando la instalación inerme. En la actualidad, todas las centrales nucleares del mundo (aún las situadas tierra adentro) mantienen enterrados sus cables de alimentación para evitar cualquier tipo de problema.

En la actualidad, todas las centrales nucleares del mundo (aún las situadas tierra adentro) mantienen enterrados sus cables de alimentación para evitar cualquier tipo de problema.

A pesar de las dificultades, las consecuencias para el entorno inmediato de la central de Fukushima fueron leves, ya que los materiales radiactivos más peligrosos (es decir el combustible fundido y el agua radiactiva) quedaron retenidos y confinados dentro de la estructura de la central. Aunque la falta de suministro eléctrico y la ausencia de refrigeración, produjeron la fuga de vapor radioactivo. Esto activó la aplicación del plan de seguridad previamente ensayado y, por ello, se evacuó a todas las personas residentes en un radio de 20 Km, iniciándose de inmediato la distribución de yodo (como prevención contra el cáncer de tiroides derivado de la exposición a la radiación) entre la población. Pero, en realidad, ¿cuáles han sido los niveles de radiación a los que se ha visto sometida la población? Los valores medidos por la Agencia Japonesa de la Energía Atómica en el conjunto del archipiélago del Japón, durante las fechas posteriores al accidente, indican que se registraron niveles absolutamente normales, idénticos a los valores de fondo que podemos tener aquí y ahora. Es cierto que, en los alrededores de Fukushima, las medidas alcanzaron valores más altos, pero nunca llegaron a niveles críticos.

La magnitud del desastre producido por el maremoto fue tremenda, inundó casi medio millar de kilómetros cuadrados, en una zona donde abundaban las áreas comerciales y residenciales. Se produjeron más de 28.000 víctimas, la mayor parte de las cuales perecieron por ahogamiento. En cambio, no hubo ni una sola muerte como consecuencia de la radioactividad. Dentro de la central fallecieron tres personas, pero como consecuencia de traumatismos derivados del tsunami. Unos meses después del accidente, los análisis realizados sobre una muestra de varios miles de personas que vivían en un radio de 20 km de la central, no detectaron ninguna secuela ni niveles de radiación peligrosos, como se desprende del informe elaborado por el Organismo Internacional de la Energía Atómica (IAEA, de acuerdo con su nombre en inglés, que puede ser consultado en https://www-pub.iaea.org/MTCD/Publications/PDF/SupplementaryMaterials/P1710). Curiosamente, aunque el verdadero drama que estaba sufriendo el pueblo japonés se debía al terremoto y posterior tsunami, con comarcas enteras borradas del mapa, la atención de los medios de comunicación se mantuvo focalizada durante semanas en las profecías apocalípticas sobre los desastres que se iban a generar por la radiación.

En los días posteriores al accidente, se llegó a decir que las corrientes oceánicas y atmosféricas transportarían partículas radiactivas con niveles peligrosos por todo el mundo. Pero, en realidad, de acuerdo con el informe ya mencionado de la IAEA, la red de monitorización radiológica de alta sensibilidad detectó niveles extremadamente bajos de radiactividad y los efectos de estas emisiones en el nivel de radiactividad medioambiental de fondo en el mundo fueron insignificantes. Las terroríficas consecuencias de contaminación y mortandad que se profetizaron, no se han visto confirmadas. Y si hoy, una década después de la tragedia, se pregunta a alguien si conoce lo que ocurrió en Fukushima, casi todo el mundo responde que sí, el lugar de Japón donde ocurrió el accidente nuclear. Casi nadie se acuerda del terremoto ni del tsunami. Ni las informaciones falsas, ni la falta de cumplimiento de las predicciones tremendistas sobre las consecuencias del accidente de Fukushima, del mismo modo que había ocurrido décadas antes con los vaticinios sobre las terribles consecuencias del agujero de ozono, fueron nunca periodísticamente desmentidas. 

Las secuelas de esta avalancha de informaciones (a veces parciales, a veces incorrectas, a veces ambas cosas a la vez) difundidas desde hace décadas, han generado opiniones distorsionadas e infundadas sobre la energía nuclear que, ahora, por el cambio de criterio ante el temor al cambio climático, se hace imprescindible revertir. Y además, las circunstancias obligan a que la reversión se haga de forma acelerada.

Las secuelas de esta avalancha de informaciones (a veces parciales, a veces incorrectas, a veces ambas cosas a la vez) difundidas desde hace décadas, han generado opiniones distorsionadas e infundadas sobre la energía nuclear que, ahora, por el cambio de criterio ante el temor al cambio climático, se hace imprescindible revertir

Durante los últimos meses, el precio de la energía eléctrica ha alcanzado niveles insoportables y las previsiones a futuro (dado el nivel de dependencia externa y la situación geopolítica del entorno), son muy pesimistas. En este contexto, si hay que dejar de consumir carbón para la producción de electricidad, la energía atómica se presenta no sólo como una vía para disminuir las emisiones de CO2, sino también como una fuente de energía estable, económica e independiente de proveedores externos, cuyo suministro de gas y petróleo puede verse condicionado por las complejas, inestables relaciones socio-políticas con países poco o nada fiables. Hace no muchos años, le exportábamos electricidad a Francia. Ahora somo nosotros los que, en numerosas ocasiones, debemos comprársela a ellos y, con cierta envidia, contemplamos de lejos la seguridad en el suministro eléctrico que les proporcionan sus centrales nucleares.  

Hace no muchos años, le exportábamos electricidad a Francia. Ahora somo nosotros los que, en numerosas ocasiones, debemos comprársela a ellos y, con cierta envidia, contemplamos de lejos la seguridad en el suministro eléctrico que les proporcionan sus centrales nucleares

A estas alturas del artículo, los lectores pueden estar preguntándose: ¿qué tiene que ver todo este galimatías energético con la geología? Pues bastante más de lo que puede parecer a simple vista. En primer lugar, el suministro del combustible. El subsuelo de nuestro país tiene reservas minerales de uranio suficientes para garantizar la autonomía energética durante muchos años. Y, si hiciese falta o fuese más conveniente importarlos, eso no representaría ningún problema. Las reservas mundiales actuales de uranio son suficientes para abastecer el parque nuclear mundial durante un periodo de 120 años. Y entre los principales países productores se encuentran Australia, Canadá y Brasil, grandes potencias mineras a escala mundial, sin los riesgos que ofrece el suministro actual de petróleo y gas.  

Las reservas mundiales actuales de uranio son suficientes para abastecer el parque nuclear mundial durante un periodo de 120 años

En segundo lugar, es la geología quien tiene la solución para el único problema de la energía nuclear que hasta hace unos pocos años permanecía insoluble: los residuos radioactivos. El combustible gastado de las centrales nucleares constituye un residuo que puede emitir radioactividad durante miles de años. La argumentación de muchos grupos ecologistas para oponerse a la energía nuclear, por muy barata, limpia en emisiones a la atmósfera y competitiva que fuese, se ha basado en el impacto medioambiental que representan esos residuos, considerado por ellos como un problema insoluble. Debe tenerse en cuenta, para dar una idea de las dimensiones físicas del problema, que los residuos generados por las centrales nucleares son muy escasos en peso y volumen, ya que todos los residuos nucleares generados desde los años 50 del siglo XX en todo el mundo, cabrían en un volumen equivalente al de un estadio de fútbol.

Todos los residuos nucleares generados desde los años 50 del siglo XX en todo el mundo, cabrían en un volumen equivalente al de un estadio de fútbol

Sin embargo, desde hace bastantes años, en países como Estados Unidos, o incluso Finlandia, de intachable prestigio por su escrupuloso respeto al medio ambiente, ya tienen la solución implantada, construyendo almacenes subterráneos profundos, en lugares donde las características del subsuelo garantizan la estabilidad y estanqueidad de dichos residuos durante un periodo aún mucho más largo que el de su vida radioactiva. Áreas donde, además de la estabilidad, la consistencia de la roca tenga la máxima solidez y la mínima permeabilidad, donde la circulación de agua subterránea sea mínima o inexistente. Y además, donde la historia geológica del terreno garantice que no existen riesgos de terremotos o de volcanes. El depósito de Estados Unidos está ya operativo, y el de Finlandia entrará en servicio el próximo año.

Es comprensible que, desde la perspectiva de nuestra vida cotidiana, se desconfíe y se tengan dudas sobre dichas garantías, ¿cómo se puede asegurar que no ocurrirá nada imprevisto durante un periodo de tiempo tan largo? Porque, a la escala de nuestra historia, teniendo en cuenta la duración del ciclo de nuestra vida, un intervalo de varios miles de años supone un periodo larguísimo. Pero debe recordarse que desde el punto de vista de nuestro planeta, cuya corteza se formó hace 4.500 millones de años, unos pocos miles de años no suponen más que un brevísimo instante, y el registro geológico de la historia de la Tierra demuestra que hay áreas donde se cumplen sobradamente las condiciones exigidas. Además, la misma naturaleza se ha encargado de proporcionarnos elementos suficientes para calibrar la seguridad que tendría un almacén de residuos radioactivos así construido, siempre que se elija el tipo de roca y el enclave adecuados.

Hay una pequeña historia, bastante desconocida, que es muy ilustrativa al respecto. A mediados del siglo pasado, un físico nuclear llamado Kuroda, postuló que en los periodos más antiguos del planeta, la proporción de isótopos de uranio que había en la corteza terrestre era diferente de la actual, hasta el punto de que podría haberse desencadenado reacciones nucleares de forma espontánea. Como suele ocurrir con bastante frecuencia en el mundo de la ciencia, sin muchas consideraciones, su hipótesis fue considerada como descabellada. Los sabios más prestigiosos dictaminaron que esos fenómenos hubiesen resultado catastróficos, los niveles de radiación producidos hubiesen dejado el planeta inhabilitado para cualquier evolución posterior, inhibiendo la eclosión de vida que vino después. La comunidad científica sentenció categóricamente que era del todo imposible que se hubiesen producido aquellas reacciones nucleares, y la hipótesis fue rápidamente olvidada.

Sin embargo, veinte años más tarde, los técnicos de una compañía dedicada a la preparación del combustible para las centrales nucleares, al enriquecer el uranio del mineral proveniente del yacimiento de Oklo, en Gabón, observaron que éste tenía una composición muy extraña. En aquel mineral, la proporción que presentaban los isótopos de uranio parecía estar de acuerdo con la hipótesis de Kuroda. Aquella mina se convirtió en objeto de estudios exhaustivos, gracias a los cuales se localizaron minerales que tenían exactamente los mismos isótopos y en idéntica proporción que el combustible gastado de los modernos reactores nucleares. Así mismo, se localizaron también los elementos químicos resultantes de la reacción de fisión nuclear. Es decir, que había en la naturaleza rocas cuya composición era idéntica a los actuales residuos nucleares. Y esa presencia sólo podía explicarse aceptando que allí se había producido una reacción en cadena, espontánea y natural, sin que hubiese participado ninguna tecnología humana para desencadenarla. Se localizaron en el entorno de aquel yacimiento hasta 16 reactores diferentes, que habían estado en actividad hace la friolera de 1.800 millones de años.

Y lo que es más importante, el estudio del yacimiento de Oklo, ha permitido demostrar que los residuos derivados de aquella reacción nuclear, han permanecido fijos en la roca, sin dispersarse. La movilidad de esos átomos, es decir, su capacidad para escapar hacia los alrededores del yacimiento y contaminar su entorno, ha sido mínima durante los 1.800 millones de años que han transcurrido desde entonces. Desde luego, lo que se dice tiempo, no les ha faltado. Es decir, que las consecuencias medioambientales de esa dilatada reacción nuclear han sido nulas, no se han contaminado ni los acuíferos profundos, ni las aguas superficiales ni los suelos del entorno del yacimiento.

Tomando como base estas informaciones científicamente contrastadas, y apoyándose en un detallado conocimiento del subsuelo para elegir el lugar adecuado con garantías, los países antes mencionados han construido ya sus almacenamientos de residuos radiactivos de alta actividad (y otros están en vía de construcción, como por ejemplo en Suecia), dando así solución operativa a un problema que venía siendo considerado como insoluble por los detractores de la energía nuclear.

La decisión que ahora adopta la Unión Europea sobre la energía nuclear, confirma lo que ha ocurrido en nuestro país durante las últimas décadas. Porque a pesar de haber alardeado durante décadas del famoso eslogan “Nucleares no, gracias”, y a pesar de haber inundado el territorio nacional con auténticos bosques de molinos eólicos, todos los sucesivos gobiernos, fuesen del color que fuesen, se han visto obligados a mantener operativas y prorrogar la vida activa de las centrales nucleares. Ahora, sabiendo que ya existe una vez solución práctica y operativa para el problema del almacenamiento de los residuos radioactivos, y ante la próxima aparición de una nueva generación de mini-centrales nucleares, más pequeñas y más eficientes, muchos países como Estados Unidos y Francia (y ahora también la Unión Europea), se decantan hacia la energía nuclear.

Molinos de viento

Pero, independientemente de la decisión que adopten nuestros dirigentes, aquí en España tenemos un grave problema, candente y pendiente desde hace décadas. Ninguno de los sucesivos gobiernos, de cualquier color, ha sido capaz de ponerle el cascabel al gato. Se trata precisamente de los residuos ya generados (y los que continúan generándose) en nuestras centrales, cuyo almacenamiento sigue sin resolver y en buena parte, están provisionalmente almacenados en las piscinas ubicadas en las propias centrales.

Pero, independientemente de la decisión que adopten nuestros dirigentes, aquí en España tenemos un grave problema, candente y pendiente desde hace décadas

Ocurra lo que ocurra con el futuro de la energía nuclear, y aún suponiendo que se decidiese cerrarlas todas mañana (aunque no parece que vayan por ahí los tiros), la solución para este problema es tan imprescindible como urgente, ya que su almacenamiento provisional, en las condiciones actuales, no puede ni debe perpetuarse más.

No hace muchos días, una organización ecologista se quejaba públicamente, y con razón, de la astronómica cantidad de millones de euros que cuesta enviar los residuos nucleares a Francia, como solución transitoria. Pero este comentario no mencionaba que todo ese dinero se podía haber ahorrado si, como estaba previsto desde hace décadas, se hubiese abordado aquí la construcción de un almacenamiento geológico profundo, sobre todo teniendo en cuenta que nuestro país, por las características de su subsuelo, el tipo de rocas y el contexto geológico, dispone de lugares cuyo nivel de seguridad es inmejorable, cumpliendo rigurosamente, incluso con exceso, los estándares exigidos. Tampoco mencionaban que han sido precisamente las organizaciones ecologistas antinucleares quienes se han opuesto sistemáticamente, con movilizaciones, a la construcción de dicho almacenamiento.

Nuestro país, por las características de su subsuelo, el tipo de rocas y el contexto geológico, dispone de lugares cuyo nivel de seguridad es inmejorable

Haciendo un análisis simple de la realidad, es inevitable formularse una pregunta: si en España hay un problema con los residuos radioactivos, si ese problema tiene ya solución (como se ha demostrado en otros países), si las características de nuestro subsuelo hacen viable aplicar aquí esa solución y si además, también disponemos de la capacidad tecnológica para ponerla en práctica… ¿por qué el problema sigue todavía pendiente?

Las personas interesadas pueden obtener información adicional sobre la problemática de la energía nuclear y los residuos radiactivos, aquí.


Nucleares: del «no, gracias” al “sí, por favor” | Por Enrique Ortega Gironés


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2 comentarios sobre “Nucleares: del «no, gracias” al “sí, por favor”

  1. La energía atómica es una maravilla, nada que objetar a la Energía; pero este propio artículo es un alegato contra la Energía Atómica. 1.- Muestra la influencia del Factor Humano en los accidentes habidos, en los graves y en los que no han llegado a ser graves. 2.- El costo que se publica no es el correcto porque no se suma el costo del tratamiento de los residuos. 3.-El enorme tiempo necesario de custodia de los residuos hace que no se pueda confiar en ninguno de los métodos propuestos. Esperemos que aparezca la fusión nuclear.

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  2. El artículo no pretende alabar las virtudes de la energía atómica, sólo matizar algunas desinformaciones que han circulado y siguen circulando. Es cierto que existe factor humano en los accidentes ocurridos, pero no más ni menos que en cualquier otra actividad, desde el fallo en las compuertas de la presa de Tous en 1982 a los accidentes automovilísticos (estos últimos representan la mayor causa de mortandad a nivel mundial, de forma cotidiana, y no por esos dejamos de utilizar el coche). Yo no he publicado ningún coste sobre los residuos, tan sólo he comentado el ahorro que supondría tener el propio almacenamiento, el coste de tratamiento de los residuos debe hacerse en cualquier caso, se guarden donde se guarden. Que el tiempo necesario de custodia de los residuos sea largo, no lo hace inviable, así lo indican los criterios geológicos y así lo han ha entendido ya las administraciones de otros países. Estoy de acuerdo, esperemos que aparezca pronto la fusión nuclear, pero en cualquier caso, mientras tanto qué hacemos .con los residuos que ya tenemos?

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