Sobre las contaminaciones aparentes

(y otras disquisiciones medioambientales)

Cuando inicié esta serie de artículos, dedicados a problemáticas relacionadas directa o indirectamente con la Geología, manifestaba explícitamente a modo de declaración de intenciones, que el objetivo perseguido no era otro que abordar algunos problemas de interés general desde una perspectiva diferente. La iniciativa surgió como consecuencia del hartazgo acumulado durante décadas, al comprobar (un día sí y otro también), como informaciones con trasfondo o implicaciones geológicas, eran con muchísima frecuencia incorrectamente tratadas en los medios de comunicación. O incluso, también en informes técnicos y normativas oficiales se daban a menudo este tipo de negligencias, omitiendo la evaluación del contexto geológico de muchas situaciones, lo que hubiese permitido evitar errores.

Sobre las contaminaciones aparentes | Por Enrique Ortega Gironés, nuestro suspicaz geólogo. En Entrevisttas.com

Esta perspectiva, que como hemos visto en artículos anteriores, es aplicable al calentamiento global o a la interpretación del agujero de ozono, se hace también evidente para la evaluación de áreas contaminadas, un problema cuya solución depende exclusivamente de los seres humanos, los únicos responsables del aspecto sucio y lamentable que presentan muchas áreas de nuestro querido planeta. Para evitar cualquier malentendido, es necesario recordar una vez más, que es tan imprescindible como urgente poner freno a la contaminación que nos rodea. Pero esa urgencia no excluye que las tareas de limpieza y de control deban hacerse en conformidad con las leyes de la naturaleza, analizando los problemas desde todos los ángulos y teniendo en cuenta todas las variables.

Para empezar, debe aclararse una cuestión sobre la que existe cierta confusión, ya que a veces se tiende a confundir contaminación con toxicidad. Es absolutamente cierto que muchas veces el aire, las aguas o los suelos contaminados pueden resultar tóxicos, pero no siempre la toxicidad es debida a la contaminación. Hay ocasiones en que la propia naturaleza puede ser venenosa o peligrosa para la salud, sin que ello implique ninguna alteración nociva producida por la mano del hombre. Eso es lo que ocurre, por ejemplo, en los alrededores de muchas zonas volcánicas, donde aparecen emanaciones venenosas. O en el entorno de algunos yacimientos minerales, donde existe una concentración de metales, formada espontáneamente, sin que pueda esgrimirse la presencia de ningún proceso contaminante.

Resulta muy curioso que en estos casos, algunos especialistas medioambientales, a pesar de reconocer que el origen de la toxicidad tiene causas naturales, etiquetan la situación como consecuencia de un proceso de contaminación natural, denominación que encierra un grave contrasentido. Si entendemos por contaminación la modificación artificial de la composición o naturaleza de una cosa, en el caso de que la toxicidad forme parte de la propia naturaleza, no puede ser considerada como contaminante. A no ser que, de forma totalmente contradictoria, consideremos que la naturaleza sea capaz de contaminarse a sí misma.

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Esta especie de arbitrariedad conceptual es debida en parte a la diferente sensibilidad que existe hacia la toxicidad de las sustancias naturales según su origen. Tienden a tratarse los venenos animales o vegetales de un modo más amable o permisivo que los productos del inanimado reino mineral. Si la sustancia tóxica consiste en valores nocivos de arsénico, mercurio, uranio u otros elementos en las rocas, como consecuencia de un proceso mineralizador, se dirá que ha existido una contaminación natural. En cambio, si proviene de un ser vivo (el veneno de un escorpión o de una mortífera seta), las connotaciones negativas desaparecen, ya que esas ponzoñas forman parte de la biodiversidad, aunque en sentido estricto unos y otros han sido creados por la propia naturaleza. 

También es verdad que esa tendencia permisiva hacia la toxicidad de los seres vivos, desaparece de forma egocéntricamente radical, si los intereses particulares o la comodidad del ser humano se ven seriamente afectados. Cuando se trata de erradicar a las ratas que infestan el subsuelo de nuestras ciudades, al bacilo de Koch o el virus del COVID, nadie se acuerda de la biodiversidad.

Dejando aparte disquisiciones semánticas, en la mayor parte de los países se han articulado normativas legales que delimitan los niveles de riesgo para la salud o el medio ambiente de las sustancias consideradas como contaminantes. Así, se han establecido los valores máximos (umbrales) que, para cada elemento o sustancia, pueden estar contenidos en cada entorno. Cualquier medio (agua, suelo, aire, etc.) que contenga valores superiores a los umbrales establecidos en la normativa, es catalogado como contaminado, y por lo tanto peligroso por su potencial toxicidad, ya sea a corto, medio o largo plazo. Pero establecer estos umbrales no es una tarea sencilla. Si esos valores límite no han sido cuidadosamente seleccionados, en conformidad con las leyes de la naturaleza, su aplicación puede plantear importantes problemas prácticos, convirtiendo las normas en inaplicables, o incluso en aberrantes.

La geoquímica es la especialidad de la geología dedicada al estudio de la composición química de la corteza terrestre. Gracias a ella, tal y como ha sido corroborado en los análisis de miles y miles de muestras de rocas del planeta, sabemos que todos, absolutamente todos, los elementos químicos del sistema periódico están presentes en todos los sitios, aunque en la mayor parte de los casos se trata de cantidades infinitesimales, totalmente inapreciables. Sin embargo, algunos tipos de rocas tienen afinidad por determinados elementos, que suelen concentrarse en su interior, alcanzando valores relativamente altos y que en algunos casos superan los límites legalmente establecidos por la legislación como umbrales de contaminación. Esta situación ocurre con relativa frecuencia para algunos metales como el plomo, el titanio, el cobre, el arsénico o el tristemente famoso mercurio. Este último, por sus graves y polémicas implicaciones medioambientales, será objeto exclusivo de un próximo artículo.

Imaginemos un tipo determinado de roca, un pórfido por ejemplo, que proveniente del interior de la corteza a varios kilómetros de profundidad, ascendió hasta la superficie hace millones de años. Supongamos, como es frecuente en este tipo de rocas, que contiene valores significativamente altos en sulfuro de cobre. Si analizamos dicha roca, aplicando estrictamente la normativa medioambiental en vigor, debería ser tratada como material contaminado, lo cual implica admitir que la naturaleza se ha contaminado a sí misma, o bien algo que tiene aún menos sentido, que hace millones de años existieron fuentes de contaminación. Es evidente que esa calificación carece de sentido y en ese caso, en la práctica, al tratarse de una roca, es fácil discernir que en su composición no ha intervenido la mano del hombre.

Pero imaginemos que ese material rocoso se encuentra a nivel de la superficie terrestre y que como consecuencia del contacto con la atmósfera y las aguas superficiales, se ha ido degradando y descomponiendo poco a poco, hasta convertirse en un suelo sobre el cual crece la vegetación. Durante ese proceso, el cobre contenido en la roca se habrá ido incorporando al suelo, cayendo dentro del rango de valores que la legislación determina como suelo contaminado.

La única manera de discernir entre suelos realmente contaminados y aquellos en los que la naturaleza aporta espontáneamente cantidades significativas de metales, es conocer la composición geológica del subsuelo y determinar los valores que las rocas del substrato aportan al suelo, conocidos técnicamente como valores de fondo geoquímico. Pero en la práctica, esa información sobre el subsuelo casi nunca está disponible. Como consecuencia, en el caso de que se instale una actividad industrial en el área (o si el contenido en cobre es suficientemente alto para que su extracción resulte rentable y se inicie una explotación minera), cuando se analicen los suelos del entorno para realizar los reglamentarios controles medioambientales, y se detecte su elevado contenido en cobre, se considerará inmediatamente contaminado por la actividad humana. Al carecer de valores analíticos de referencia del fondo geoquímico, poco importará que esos valores en cobre estuviesen presentes en ese suelo de forma natural desde miles de años antes de iniciarse la actividad industrial o minera. Y ese tipo de errores ha sido cometido (y se sigue cometiendo) muchas veces y en muchos lugares. Un buen modelo de este tipo de situaciones (quizás el mejor ejemplo a nivel mundial), lo tenemos en nuestro territorio, en la provincia de Huelva, en el Río Tinto, que recibe su nombre por el color rojo de sus aguas.

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A pesar de que la zona ha sido objeto de una intensiva actividad minera desde hace 5.000 años (íberos, fenicios, romanos y árabes ya realizaron allí extracción de minerales, que continuó luego desde la Edad Media hasta la actualidad), el color de sus aguas se debió desde sus orígenes a causas naturales. En efecto, las enormes masas de sulfuros que afloraban en las proximidades del del río, fueron lixiviadas (disolución de los metales) por las aguas superficiales y subterráneas que drenaban hacia el Río Tinto. Y todo ese proceso se desarrolló espontáneamente y durante miles de años, en condiciones naturales, mucho antes de que se iniciasen las actividades mineras.

Una interesante curiosidad de este río, es que a pesar de su aspecto contaminado (aquí, el término contaminación natural podrá aplicarse hasta los extremos más radicales), no está exento de vida. En efecto, en sus aguas habitan algas y hongos (algunos de ellos endémicos, exclusivos de este hábitat) que se alimentan sólo de minerales y son capaces de producir oxígeno.  Por eso la NASA (en colaboración con el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España), escogió el Río Tinto para estudiar su posible similitud con el ambiente del planeta Marte. Los experimentos desarrollados han confirmado la posibilidad de que determinados tipos de organismos puedan sobrevivir bajo las restrictivas condiciones de aquel planeta.

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Volviendo a la gestión medioambiental de la contaminación, no he conocido nunca personalmente a ningún técnico que haya participado en la elaboración de las normativas que establecen los umbrales de contaminación. Y la verdad, me gustaría conocerle para poder preguntarle cuáles son los criterios y las bases técnicas que se utilizan para determinar esos límites. Y así, poder verificar si mis temores son ciertos. Porque sospecho que la información geológica, los fondos geoquímicos antes mencionados, tienen una escasa o nula presencia en la elaboración de esos criterios.  

Esas sospechas se basan, además de múltiples casos prácticos similares al anterior ejemplo del cobre, en las especialidades técnicas que se encargan de la gestión medioambiental por todo el mundo. A lo largo de las últimas décadas, por cuestiones profesionales, he tenido la ocasión de contactar con los ministerios y entidades responsables de la gestión medioambiental en muchos países, donde he podido comprobar que predominan de forma abrumadora los biólogos, zoólogos, botánicos, químicos y titulaciones similares, pero donde el conocimiento geológico brilla por su ausencia.

No cabe la menor duda que las especialidades científicas antes mencionadas son indispensables para conocer y controlar las condiciones en las que se desarrolla la vida sobre el planeta. Pero no es menos cierto que algunas de esas condiciones dependen de la composición del sustrato geológico, que forma parte esencial de los ecosistemas y que con mucha frecuencia es ignorado. Y esta omisión, mucho más frecuente de lo que puede parecer, genera interpretaciones erróneas. Veamos un par de ejemplos. Hace aproximadamente tres décadas, en los bosques de la comarca del Maestrazgo, cerca de la costa mediterránea, se detectaron valores altísimos de sulfatos en los suelos. La fuente de aquella contaminación fue inmediatamente identificada: las emisiones de dióxido de azufre, provenientes de la central térmica de Andorra (Teruel).

Sobre las contaminaciones aparentes | Por Enrique Ortega Gironés, nuestro suspicaz geólogo. En Entrevisttas.com

Los vientos dominantes dirigían hacia allí el penacho de humo de la combustión del carbón, generando la temida lluvia ácida, que deterioraba la calidad de los suelos. Realmente, las condiciones climáticas del Maestrazgo no eran las más propicias para que se formase la lluvia ácida, que requiere climas húmedos y frecuentes situaciones de inversión térmica en la atmósfera, en lugar del semidesértico clima mediterráneo. Pero los datos eran incontestables, los suelos tenían valores de sulfato elevadísimos.

Sin embargo, para aclarar definitivamente la cuestión y conocer el verdadero origen de los sulfatos, hubiese sido suficiente echar un simple vistazo al mapa geológico de la zona. Allí, se hubiese podido comprobar que la roca subyacente, pertenecía a un periodo de la historia de la Tierra denominado Keuper (perteneciente a la era Secundaria o Mesozoica), que se caracteriza por la abundante presencia en sus estratos de un mineral muy común, el yeso.  Teniendo en cuenta que la composición química del yeso es el sulfato de calcio, no era de extrañar que en aquellos suelos, desde miles de años antes de que la central térmica iniciase su actividad, abundasen los sulfatos.

El segundo ejemplo, igualmente ilustrativo, es el ocurrido en un país nórdico a principios de la década de los 90. Los hechos tuvieron lugar en un colegio público, cuando una niña, jugando durante el recreo en el patio, cayó y se hizo una pequeña herida que, posteriormente, se infectó. Su padre, preocupado por la causa de la infección, solicitó a las autoridades un análisis del suelo del patio del colegio. Los resultados indicaron que aquella tierra contenía una mínima cantidad de plomo, tan sólo de unas pocas partes por millón. Es decir, un valor completamente normal, que puede encontrarse en el suelo de cualquier lugar del mundo, dentro del rango del fondo geoquímico.

Sin embargo, aquel contenido, de acuerdo con la escala oficial de umbrales de contaminación, estaba por encima del mínimo exigido para el plomo. Por lo tanto, según la normativa medioambiental del país, aquel suelo estaba contaminado. Por avatares de la política local que no vienen al caso, el tema salió a la prensa, se hinchó como una bola de nieve y llegó hasta las más altas esferas. Para evitar problemas y curarse en salud, las autoridades decidieron analizar los suelos de todos los patios de todos los colegios de la zona y, todos ellos fueron catalogados como contaminados por su elevado contenido en plomo. El escándalo continuó aumentando y los dirigentes responsables de Educación se vieron obligados a elaborar un plan para remover esos suelos y sustituirlos por otros no contaminados. El verdadero problema se planteó cuando fue imposible localizar dentro del país suelos con valores de plomo por debajo del supuesto límite de contaminación.

La moraleja es muy clara, no tiene ningún sentido restringir, por vía legislativa, la presencia de ciertos niveles de determinados elementos químicos, cuando su existencia es debida a procesos naturales. Las normativas que se hacen a espaldas de la naturaleza, sin tener en cuenta sus leyes, su comportamiento y sus hábitos, llevan a la aparición de aparentes conflictos medioambientales, de inexistentes problemas ficticios, que podrían evitarse si los resultados de los análisis químicos realizados para medir la contaminación, se interpretasen teniendo en cuenta su contexto geológico.

La moraleja es muy clara, no tiene ningún sentido restringir, por vía legislativa, la presencia de ciertos niveles de determinados elementos químicos, cuando su existencia es debida a procesos naturales.

Aunque se refiriese a cuestiones totalmente diferentes, hace ya bastantes años, el periodista Manuel Martín Ferrand acertó plenamente al escribir en uno de sus artículos una frase magistral, un dardo certero en el centro de la diana, que viene como anillo al dedo para ilustrar este tipo de desatinos sobre contaminaciones aparentes:

Aunque en el Parlamento se derogase por unanimidad la Ley de la Gravedad, los objetos que nos rodean no comenzarían a flotar inmediatamente.

Manuel Martín Ferrand

Sobre las contaminaciones aparentes | Por Enrique Ortega Gironés


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