Incienso y levadura

Capítulo 1 — El olor del pan

El día que Minerva abandonó el pueblo, el pan estaba en su punto perfecto.

No era algo que cualquiera pudiera notar. Para la mayoría de la gente el pan simplemente salía del horno y ya estaba: dorado, caliente, con la corteza crujiente. Pero los panaderos sabían que existía un instante exacto —un momento breve, casi secreto— en que la masa dejaba de ser alimento y se convertía en algo más profundo. Memoria.

Aquella mañana el aire del pueblo estaba lleno de ese olor.

La chimenea de la panadería expulsaba una columna de humo blanco que se deshacía lentamente sobre los tejados. Las mujeres cruzaban la plaza con cestas de mimbre apoyadas en la cadera y pañuelos oscuros en la cabeza.

—Hoy el pan huele mejor que nunca —dijo Doña Amalia mientras golpeaba el suelo con su bastón.

Nadie le respondió.

En realidad todos pensaban lo mismo, pero también sabían que aquel día había algo extraño en el ambiente. Algo que no tenía nombre pero que se movía entre las casas como un animal inquieto.

El carro que esperaba frente a la casa de los Roldán parecía demasiado pequeño para un acontecimiento tan grande.

Minerva subió sin ayuda.

Tenía trece años y la mirada fija en el suelo.

Su madre, Carmen, tardó un poco más. Antes de subir volvió la cabeza hacia la calle vacía. No buscaba a nadie en particular, aunque durante un instante pareció esperar que alguien apareciera para impedir el viaje. Pero en los pueblos pequeños nadie interrumpe una desgracia ajena.

La gente observaba desde las ventanas, mientras Carmen le decía a su hija sotto voce:

—¡Ay! ¡Hay que ver qué giros tiene la vida. Nosotros te pusimos Minerva esperando que nos saldrías una chica lista. ¿Cómo has podido seducir a tu tío y ser tan tonta? Tan profanos como somos, y has de acabar en un convento. Tú te lo has buscado…

El carretero acomodó las riendas mientras miraba de reojo a doña pécora (así se refería a Doña Carmen, por su mala baba siempre alguien, de su parte, lo mandaba llamar).

—¿Listas?

Carmen asintió con el gesto torcido, como si estuviese oliendo la mierda que el caballo dejaba detrás de sí. Éste empezó a avanzar con un sonido lento de herraduras contra piedra. Durante los primeros metros nadie habló. La buena gente que paseaba por la calle, aún respiraba el olor del pan recién hecho en la panadería de la esquina de la plaza.

Minerva lo respiró profundamente, como si quisiera guardarlo dentro del pecho antes de marcharse. Ese olor memorable, palpable, apetecible pero desgraciado. Aquella panadería merecía todo su desprecio: la vio pecar, sin voluntad de hacerlo, sin conocimiento alguno de lo que era pecar. En casa no hablaban en esos términos. Aunque iban a la iglesia, admiraban la cultura de la antigua Roma y sus dioses eran otros.

Minerva no lo sabía, por entonces, pero aquel olor la perseguiría durante años.


Sí, la panadería que dejaban detrás estaba en la esquina de la plaza, en un edificio bajo, con paredes encaladas y una puerta siempre abierta. En invierno el calor del horno escapaba hacia la calle y formaba una nube tibia donde los niños se quedaban jugando.

Aquella mañana el horno rugía como una bestia satisfecha.

Dentro, Julián Roldán —el panadero— sacaba las hogazas con movimientos seguros. Tenía los brazos fuertes, cubiertos de harina hasta los codos, y una expresión tranquila que inspiraba confianza.

A los ojos del pueblo era un hombre respetable. Trabajador. Generoso.

—Aquí tiene, Doña Amalia —dijo entregándole una hogaza envuelta en papel—. Recién salido del horno.

La mujer la sostuvo con las dos manos y aspiró profundamente.

—Dios bendiga esas manos, Julián.

El panadero sonrió. Una sonrisa breve. Controlada y amable.

Pero cuando levantó la vista y vio pasar el carro en dirección al camino del convento, su gesto cambió apenas un segundo.

Fue algo pequeño. Un endurecimiento en la mandíbula. Nada que los demás notaran. Nada que pudiera explicarse.

El carro siguió avanzando por la plaza. Minerva no levantó la cabeza. Sin embargo sabía exactamente dónde estaban. Podía sentir el horno a través del olor. Podía imaginar la mesa de madera donde tantas veces había visto a su tío amasar.

Recordó algo que él solía decir.

«¿Crees que nos ha escuchado la masa?»

Lo decía mientras hundía los dedos en la harina, como si estuviera tocando un instrumento delicado.

—Si estás nervioso, el pan lo nota —le explicó una vez, cuando ella tenía nueve años—. Y entonces no sube bien. Y queremos que todo suba bien, Mi nerva.

A Minerva le había gustado aquella idea. Pensar que algo tan simple como el pan escondía un sentir. Pero ahora sabía que las manos de su tío también escondía un sentir; un sentir sucio que la sacudió cada vez que se refería al pan con metáforas y analogías. Le dio a conocer ciertas figuras literarias sin enseñarle más leguaje que el que gustaba de usar para atrofiar su pequeña feminidad.

Cerró los ojos mientras el carro pasaba frente a la panadería.

Carmen apretó el rosario que se acababa de comprar con tanta fuerza que las cuentas chirriaron entre sus dedos. Debía llegar al convento con la presencia de una beata. Al fin y cabo, las monjas le iban a hacer un gran favor.

No, ni madre ni hija miraron hacia la puerta. Sin embargo ambas sabían que él estaba allí. Trabajando. Respirando. Viviendo. Como si nada hubiera ocurrido.


—Minerva.

La voz de su madre sonó baja, áspera.

—¿Sí?

—Cuando lleguemos no hables más de lo necesario.

La niña tardó en responder.

—No lo haré, mamá.

Carmen suspiró.

El camino empezaba a subir hacia los campos. El pueblo quedaba atrás poco a poco, con sus casas apretadas alrededor de la iglesia.

Minerva miró el paisaje. Los olivos se extendían en filas largas y grises bajo el cielo de primavera. Pensó que el silencio del pueblo era tan espeso como la masa antes de subir.


El convento apareció en la distancia como una piedra enorme plantada en mitad del campo.

Los muros eran altos. Las ventanas, estrechas. Y el portón de madera parecía demasiado pesado para abrirse con facilidad.

Minerva sintió un temblor en el estómago.

—¿Cuánto tiempo me quedaré?

Carmen evitó su mirada.

—El necesario.

Aquella respuesta tenía algo definitivo. Algo parecido a una sentencia. El carro se detuvo frente al portón. El viento agitaba los árboles cercanos y hacía sonar una campana lejana.

Entonces la puerta se abrió.

Una mujer vestida con hábito negro apareció en el umbral. Era la madre superiora, Sor Jimena. Tenía el rostro delgado y los ojos muy claros. Observó a Minerva durante unos segundos antes de hablar.

—Bienvenida, hija.

Su voz era suave, pero tenía la firmeza de las cosas que no cambian.

Minerva bajó del carro. La tierra crujió bajo sus zapatos.

Carmen también descendió.

Durante un instante ambas se quedaron frente a frente sin saber qué hacer con las manos.

—Cuídate —dijo finalmente la madre.

Minerva asintió. Sin abrazos, ni lágrimas. Solo un gesto breve con la cabeza.

Después la madre superiora tomó a Minerva del brazo y la condujo hacia el interior mientras se despedía de Doña Carmen.

El portón se cerró con un sonido seco. Irreversible.


El convento olía diferente al pueblo. Cada estancia tenía un olor distintivo: la habitación, a cera; la capilla, a incienso; la cocina, a sopa de verduras y a dulces; y los pasillos, a piedra húmeda.

Cera. Incienso. Humedad, sopa de verduras y dulces. Cuatro olores que se incluirían en sus hábitos. Solo los cuatro primeros de entre los muchos que acabaría memorizando.

Los pasillos, húmedos, eran largos y estrechos, iluminados por pequeñas ventanas altas.

Las sandalias de las monjas producían un sonido suave al atravesarlos. Un sonido que pronto se volvería familiar para Minerva, para esa niña tan sensorial. Quizá era aún muy inocente de mente, pero bien podría decirse que era tan despierta como un anciano ciego o un perro sabueso.

—Aquí encontrarás paz —dijo la madre superiora.

Minerva no respondió.

La llevaron a una pequeña habitación. Una cama. Una mesa. Un crucifijo en la pared.

Nada más. Sólo una vela.

—Descansa —añadió la mujer—. Mañana hablaremos.

Cuando la puerta se cerró, Minerva se quedó sola.

El silencio del convento era diferente al del pueblo.

Más profundo. Más completo.

Se sentó en la cama. Durante varios minutos, sin moverse. Luego, lentamente, llevó la mano a su vientre. Aún no se notaba demasiado. Pero estaba allí. Un secreto creciendo. Igual que la levadura en la masa de su tío.

Fuera, en algún lugar del edificio, sonó una campana.

Minerva cerró los ojos y, por primera vez desde aquella última tarde en la panadería, comprendió algo con absoluta claridad: el silencio no servía para olvidar. Solo servía para que las cosas crecieran.

Como el pan.


Capítulo 2 — El portón

El portón del convento tenía una forma peculiar de cerrarse.

No era un golpe brusco, como el de las puertas de las casas del pueblo cuando alguien estaba enfadado. Tampoco era un chirrido largo como el de los graneros. Dos piezas enormes de madera se encontraban en el centro y luego el cerrojo caía con un sonido metálico que parecía atravesar el aire.

Minerva lo escuchó desde su habitación. El ruido resonó por el zaguán de piedra y se perdió en los corredores del edificio hasta llegar a ella.

Durante un momento sintió que su pequeño mundo se había quedado al otro lado. No sólo el pueblo o sus amigas. No. Todo.

La madre superiora la observaba con una atención tranquila, como si estuviera acostumbrada a presenciar aquel tipo de renuncia.

—Ven, hija —dijo finalmente—. Te enseñaré la casa.

Minerva caminó tras ella. El suelo era tan frío que parecía como si una barra de hielo le subiera por las piernas. Y eso le recordó el calor de la mano de su tío subiendo por su pantorrilla.

En los muros colgaban cuadros oscuros de santos cuyos ojos parecían seguirla mientras avanzaba.

—Aquí vivimos treinta y dos hermanas —continuó la superiora—. Algunas llevan aquí más de cincuenta años.

Minerva intentó imaginar lo que significaba cincuenta años dentro de aquellos muros. Intentó imaginar cuántos motivos podrían haber llevado a tantas mujeres a ese encierro, pero fue incapaz. Demasiado inocente para imaginar tal insensatez.

Doblaron un corredor y atravesaron un pequeño claustro interior. En el centro había un pozo antiguo rodeado de macetas con hierbas medicinales.

El aire allí olía a romero y tomillo. Dos olores más.

Un grupo de monjas cruzó el patio en silencio. Sus hábitos negros se movían como alas oscuras. Una de ellas miró a Minerva con curiosidad. Otra le dedicó una sonrisa breve. Pero ninguna dijo nada.

—En el convento hablamos poco —explicó la madre superiora—. El silencio ayuda a escuchar lo importante.

Minerva pensó que el silencio también servía para esconder cosas. Pero no lo dijo. Su madre le había dicho que hablase poco, lo justo.


La cocina del convento estaba en el extremo sur del edificio. Era el único lugar donde el silencio se rompía con frecuencia. Allí había ruido de ollas, cuchillos contra madera, agua hirviendo y el chasquido constante de la leña en el horno. El olor de esa fogata, de esa leña, era lo más reconfortante, lo más cercano a su breve niñez previa al abuso.

La madre superiora abrió la puerta y nuevos olores salieron de esa cocina: Harina. Levadura. Pan. Por un momento creyó haber vuelto al pueblo, junto a su tío Julián.

Una mujer robusta, con las mangas arremangadas hasta los codos, estaba inclinada sobre una mesa enorme cubierta de masa. Tenía las manos blancas de harina y una expresión concentrada.

—Hermana Tomasa —dijo la superiora—. Esta es Minerva.

La mujer levantó la cabeza.

Sus ojos eran pequeños pero muy vivos. Observó a la niña durante un instante. Luego asintió con un gesto corto.

—Bienvenida.

Su voz era grave, como la de alguien que había hablado mucho en su vida antes de entrar al convento.

—Ayudará aquí cuando se acostumbre. Viene de trabajar en la panadería de su tío y tiene experiencia amasando pan —añadió la superiora.

La hermana Tomasa volvió a mirar la masa.

—Bien. Siempre hacen falta manos.

La madre superiora se marchó.

Minerva se quedó allí de pie, sin saber exactamente qué hacer.

Tomasa empujó una bandeja hacia ella.

—Acércate.

La niña obedeció.

La mesa estaba cubierta por una masa enorme que respiraba lentamente. Pequeñas burbujas aparecían en la superficie y desaparecían otra vez.

—Lávate aquí las manos y tócala.

Minerva dudó.

—No muerde. ¿De verdad que ya has amasado pan?

La niña se lavó con jabón de sosa y extendió la mano como la extendía guiada por su tío. Pero no amasó nunca pan.

La masa estaba tibia. Viva.

Al contacto con sus dedos cedió ligeramente, como si respondiera.

Tomasa la observaba.

—¿Has hecho pan antes? Creo que no llegaste a hacer pan…

Minerva tardó un segundo en responder.

—Sí.

—¿Quién te enseñó?

La niña sintió que algo se tensaba dentro de su pecho.

—Mi tío.

Tomasa asintió lentamente.

—Entonces sabes algo importante.

—¿Qué quiere decir?

La monja hundió los dedos en la masa y la dobló con un movimiento preciso.

—Que el pan tiene memoria.

Minerva levantó la mirada.

—¿Memoria?

—Claro —continuó Tomasa—. La harina recuerda el campo donde creció. El agua recuerda la lluvia. Y las manos… —se detuvo un instante— las manos siempre dejan algo.

Minerva retiró de golpe la suya de la masa. La harina continuaba pegada a su piel.


Aquella noche Minerva no pudo dormir.

La habitación era pequeña y silenciosa. A través de la ventana entraba una luz débil de luna que dibujaba sombras en la pared.

El convento respiraba de una forma extraña.

De vez en cuando, Minerva escuchaba un paso lejano, el roce de una tela, el susurro del viento colándose por los corredores.

Estaba tumbada boca arriba y tenía una mano sobre el vientre. Algo se movía ahí dentro, muy poco todavía. Cerró los ojos y pensó en su madre. Pensó en la casa. Pensó en la panadería. Y en las manos de su tío cubiertas de harina. Pegada, como se le había quedado pegada a ella.

Tuvo un sueño vívido y empalagoso. La puerta cerrándose. El olor del horno. El peso de aquellas manos.

Minerva abrió los ojos bruscamente. El cuarto seguía en silencio. Pero el aire parecía más pesado.

Se sentó en la cama. Durante unos minutos y respiró despacio hasta que el temblor desapareció. Luego miró la pequeña mesa de madera junto a la cama. Había una hoja de papel y una pluma. No sabía si las habían dejado para ella o si siempre estaban allí. Tomó la pluma. Pensó un momento. Y empezó a escribir.

«No sé si algún día leerás esto.»

La tinta avanzó lentamente sobre el papel. Las palabras salían torcidas, inseguras.

Minerva escribió durante casi una hora. Cuando terminó, dobló la hoja con cuidado. No sabía qué hacer con ella. No podía enviarla. Ni siquiera sabía a quién. Entonces recordó el horno de la cocina y se levantó.

El convento estaba oscuro pero ya sabía cómo avanzar por el pasillo intentando no hacer ruido.

La cocina estaba vacía. El horno aún estaba tibio por el pan de la tarde. Minerva levantó una piedra suelta en la base del muro. Había un pequeño hueco detrás. Guardó la carta allí. Luego volvió a colocar la piedra.

Durante un momento se quedó mirando el horno. El calor salía lentamente por las grietas.

—Las manos siempre dejan algo —murmuró recordando las palabras de Tomasa.

Y por primera vez se preguntó qué dejarían las suyas.


Los días en el convento empezaron a organizarse como las estaciones. Todo tenía una hora exacta. Las campanas despertaban a las monjas antes del amanecer. Después venían las oraciones. El trabajo. La comida. El silencio.

Minerva empezó a ayudar en la cocina. Tomasa resultó ser una mujer extraña. Hablaba poco, como ella. Pero cuando lo hacía parecía decir cosas que iban más allá de lo evidente. Una mañana estaban amasando pan cuando preguntó de repente:

—¿Te gusta el silencio?

Minerva tardó en responder.

—No lo sé.

Tomasa dobló la masa.

—El silencio es como la levadura.

—¿Por qué?

—Porque hace crecer las cosas.

La niña pensó en aquello.

—¿Incluso las malas?

Tomasa levantó la mirada. Durante un segundo sus ojos se clavaron en los de Minerva.

—Sobre todo esas.

Minerva sintió un escalofrío y decidió que desde entonces comenzaría a hablar.

La monja volvió a trabajar como si nada hubiera ocurrido.


Una tarde, mientras lavaban verduras, Minerva se atrevió a hacer una pregunta.

—Hermana Tomasa.

—¿Sí?

—¿Por qué entró usted en el convento?

Tomasa siguió cortando zanahorias.

—Por la misma razón que todas.

—¿Y cuál es esa razón?

La monja sonrió apenas.

—Porque el mundo era demasiado ruidoso.

Minerva no insistió. Pero algo en aquella respuesta le pareció incompleto y, a la vez, muy revelador.


Mientras tanto, en el pueblo, la vida continuaba.

En la panadería de Julián las conversaciones seguían girando alrededor de las mismas cosas: el tiempo, las cosechas, la política lejana.

Una tarde Don Esteban, el alguacil, apoyó el vaso de vino en la mesa.

—La chica está en el convento —dijo.

—Sí —respondió Julián—. Eso dicen.

—Mejor así.

Hubo un murmullo general.

Doña Amalia, sentada cerca de la puerta, habló con voz rasposa, dirigiendo su mirada hacia Julián.

—Los secretos no desaparecen porque se encierren.

Nadie respondió. En los pueblos pequeños algunas verdades se conocen demasiado bien para mencionarlas.


En el convento el tiempo seguía su curso. Las cartas de Minerva empezaron a multiplicarse. Escribía una cada pocas noches. Algunas eran largas. Otras apenas ocupaban unas líneas.

«Hoy el pan ha subido bien.»

«Hoy he pensado en el campo.»

«Hoy he soñado contigo.»

Todas terminaban escondidas bajo la piedra del horno.

El hueco empezó a llenarse de papel, como si el horno guardara una memoria secreta que no pensaba quemar.

La hermana Tomasa lo sabía. Minerva se dio cuenta una tarde cuando la monja levantó la piedra para meter leña. Las cartas quedaron al descubierto y Tomasa las vio. Pero no las tocó. Solo volvió a colocar la piedra. Luego dijo algo que Minerva recordaría durante muchos años:

—Los hornos guardan mejor los secretos que las personas.

Y siguió trabajando. Como si nada hubiera pasado.


Aquella noche Minerva volvió a la cocina. El convento estaba en silencio, como cada noche. Levantó la piedra para comprobar si las cartas estaban allí. Lo estaban, a docenas. Las tocó con cuidado. Aquella noche no había escrito nada pero necesitaba saber que no se las habían llevado. Cerró el hueco.

El horno estaba frío. Pero todavía conservaba un leve olor a pan.

Minerva apoyó la frente en la piedra. Y por primera vez desde que había llegado al convento lloró. En silencio. Como crecen las cosas: sobre todo las malas.


Capítulo 3 — La masa

El invierno llegó al convento sin mucho ruido. No hubo una tormenta repentina ni un cambio brusco en el cielo. Simplemente una mañana el aire amaneció más frío y las piedras del claustro empezaron a guardar la humedad como si la estuvieran acumulando para algo.

Minerva lo notó primero en las manos. Esas pequeñas manitas que tanto calor habían tocado. Sin querer, sin saber por qué ni, sobe todo, para qué.

La harina ya no se pegaba igual a ellas. El agua del pozo estaba helada y la masa tardaba más en despertar.

—En invierno el pan se vuelve perezoso —dijo la hermana Tomasa una madrugada mientras removía la levadura mezclada con agua caliente y miel en un cuenco de barro.

Minerva observó la mezcla con atención.

Las pequeñas burbujas aparecían lentamente, como si respiraran con dificultad.

—¿Por el frío? —preguntó.

Tomasa negó con la cabeza.

—Por la paciencia.

—No entiendo.

La monja apoyó los codos en la mesa y miró la masa como si estuviera mirando el mar.

—En invierno todo necesita más tiempo para confiar.

Minerva pensó que aquella frase podía aplicarse a muchas cosas. Sobre todo a las personas. Su pequeña mente comenzaba a comprender las analogías de su nueva amiga. Recordó cómo su tío, también en invierno, decía que si le tocaba las pantorrillas era para calentárselas, que no debía desconfiar de él ni sentir miedo. Que él sabía cómo conseguir que el calor amansara el frío del invierno.


Su cuerpo había cambiado mucho desde que llegó al convento. Su vientre ya no era un secreto que pudiera ocultarse con facilidad. Las telas del hábito prestado empezaban a tensarse sobre la curva redonda que crecía lentamente.

Las monjas, por supuesto, lo sabían.

Pero en el convento el conocimiento no siempre se convertía en palabras.

La hermana Clara, que era joven y tenía ojos curiosos, la miraba a veces con una mezcla de compasión y miedo. Una tarde, mientras recogían leña en el patio, se acercó a ella.

—¿Te duele?

Minerva levantó la cabeza.

—¿Qué quieres decir?

Clara señaló discretamente su vientre.

—Eso.

Minerva pensó un momento.

—No.

—¿Nunca?

—A veces —admitió.

Clara asintió lentamente. Parecía querer decir algo más. Pero en ese momento sonó la campana del refectorio y ambas volvieron a sus tareas sin añadir otra palabra.


La cocina del convento se había convertido en el lugar donde Minerva podía respirar. Ya no le molestaba el olor del pan. Lo asociaba más con Tomasa que con su tío.

Allí el silencio era distinto al de sus noches o al que siempre hubo en su hogar. No estaba hecho de prohibiciones, sino de trabajo. Además, el ruido de los cuchillos, el hervir de las ollas y el crujido de la leña en el horno formaban una especie de música lenta.

Tomasa dirigía aquel pequeño universo con una autoridad tranquila.

—La sopa primero —ordenaba algunas mañanas—. Luego el pan.

Otras veces decía:

—Hoy amasaremos más. Las hermanas del hospital vendrán a buscar comida.

Minerva la observaba constantemente. Había algo en aquella mujer que parecía hecho de varias capas superpuestas.

No se comportaba como alguien que hubiera pasado toda su existencia entre muros.

Una tarde, mientras limpiaban la mesa después de hornear, Minerva se atrevió a preguntar:

—Hermana Tomasa.

—¿Sí?

—¿Siempre ha vivido aquí?

Tomasa no respondió inmediatamente.

Estaba raspando restos de masa seca con un cuchillo pequeño.

—No.

La respuesta llegó seca.

Minerva esperó.

—Antes vivía en el norte —añadió la monja—. Cerca del mar.

Aquello sorprendió a la niña.

El mar le parecía una cosa casi imaginaria. En el pueblo nadie lo había visto nunca.

—¿Por qué se fue?

Tomasa dejó el cuchillo. Durante un momento miró el horno. El fuego crepitaba detrás de la puerta de hierro.

—Porque a veces —dijo finalmente— el mundo se rompe.

Minerva sintió un pequeño estremecimiento.

—¿Y el convento lo arregla?

Tomasa negó con la cabeza.

—No.

—Entonces ¿para qué sirve?

La monja volvió a tomar el cuchillo.

—Para que el ruido de la ruptura no te vuelva loca. Ya lo comprenderás.


El embarazo avanzaba. Las noches se volvieron más difíciles. Minerva ya no podía dormir boca arriba. El peso en su vientre tiraba de la espalda y la obligaba a cambiar de posición constantemente. El niño se movía más. A veces con suavidad. Otras con una fuerza que parecía imposible para algo tan pequeño.

Una madrugada el movimiento fue tan fuerte que la despertó. Se sentó en la cama y apoyó las manos sobre su vientre.

—Tranquilo —murmuró.

La palabra salió casi sin pensar.

El movimiento se detuvo. Sin saber del todo cómo se había colado ese ser dentro de ella, ya no pensaba en aquella criatura como un problema. Le habían dicho que iba a traer a una personita al mundo. Que había sido elegida para ello. Pensaba en ella como una presencia. Algo vivo. Algo que dependía de ella.

Se levantó y caminó hacia la cocina. Era ya una costumbre. Las cartas seguían creciendo bajo la piedra del horno. Aquella noche escribió:

«Hoy te has movido mucho. No sé si es porque te gusta el pan o si simplemente quieres salir. A veces pienso que te traeré a un mundo que no te merece. No sé bien por qué, pero creo que hay demasiadas incógnitas en él para ti. También para mí. Pero luego recuerdo que el trigo también crece en campos pobres y que, aunque los pobres no merecen su escasez, siempre sonríen. Quizá tú también lo harás junto a mí.»

Doblando el papel, sintió una presión extraña en el pecho y guardó la carta. El horno estaba apagado. Pero el olor de la harina seguía allí. Siempre estaba allí.


Las sospechas empezaron a circular entre algunas monjas. No sobre el embarazo —eso era evidente— sino sobre la historia que lo rodeaba. En el convento se decía que Minerva había sido enviada allí por problemas familiares. Pero la imaginación humana es un animal inquieto.

Una tarde, en el huerto, la hermana Clara susurró a otra novicia:

—Dicen que el padre del niño era un hombre del pueblo. El panadero, dicen…

—¿Quién lo dice?

—Nadie.

—Entonces no lo digas.

Pero Clara no pudo evitarlo. La curiosidad es una forma de hambre.


La única que nunca preguntó nada fue Tomasa. Sin embargo, una noche, mientras amasaban pan para el día siguiente, dijo algo inesperado.

—Los hombres pueden ser como el fuego.

Minerva levantó la vista.

—¿Cómo?

Tomasa dobló la masa con fuerza.

—Si los controlas, te dan calor.

—¿Y si no?

La monja miró directamente a Minerva.

—Te queman.

El silencio que siguió fue espeso y Minerva se estremeció. Sintió que las palabras querían salir de su boca. Pero no salieron. Solo pensó que su tío la había quemado. No había pasado a verla ni un solo día, a pesar de repetirle incesantemente cuánto la quería.

Tomasa continuó trabajando.

Pasaron varios minutos antes de que volviera a hablar.

—Yo tuve un marido.

La frase cayó sobre la mesa como una piedra. Minerva nunca había oído a una monja decir algo parecido.

—¿Un marido?

Tomasa asintió.

—Hace muchos años.

—¿Murió?

—No.

—Entonces…

La monja sonrió con una tristeza suave.

—Digamos que el mundo se lo comió.

Minerva recordó esa misma frase.

—¿Le hicieron daño?

Tomasa tardó en responder.

—No directamente.

—¿Entonces?

—Bebía.

—¿Mucho?

—Lo suficiente para que el mundo se lo tragase como un buen vino.

El horno crepitó detrás de ellas.

—Una noche prendió fuego a la casa —continuó Tomasa—. No porque quisiera quemarla. Solo porque olvidó apagar la lámpara.

Minerva escuchaba sin moverse.

—Murieron dos personas —añadió la monja.

El silencio volvió.

—¿Su familia?

Tomasa negó con la cabeza.

—La mía.

Minerva sintió un nudo en la garganta.

—Por eso vine aquí.

—¿Para olvidar?

—No.

Tomasa empujó la masa hacia Minerva.

—Para aprender a vivir con el recuerdo.


El invierno avanzó y la nieve llegó finalmente en febrero. El claustro quedó cubierto por una capa blanca que hacía crujir los pasos.

Las monjas caminaban envueltas en capas gruesas.

La cocina se volvió aún más importante. El calor del horno mantenía la habitación viva y casi todas las monjas pasaba por allí en algún momento que otro del día.

Minerva amasaba cada vez mejor. Sus manos habían aprendido el ritmo. La presión justa. El movimiento exacto.

—La masa te escucha —dijo Tomasa una mañana.

Minerva sonrió.

Aquella frase ya no le parecía tan extraña. Se había acostumbrado al lenguaje de la gran Tomasa.


En el pueblo, mientras tanto, las conversaciones sobre Minerva se habían enfriado. Las personas tienen una capacidad extraordinaria para acostumbrarse al silencio impuesto.

El panadero, Julián, seguía trabajando cada madrugada. Sus hogazas seguían siendo las mejores del valle. Pero, a veces, cuando nadie miraba, se quedaba quieto frente al horno durante largos minutos y se tocaba. Siempre pensaba en Minerva cuando lo hacía.


En el convento el niño estaba cada vez más cerca de nacer. La hermana Clara fue la primera en darse cuenta. Una tarde vio a Minerva detenerse en mitad del pasillo con una mano apoyada en la pared.

—¿Estás bien?

Minerva respiró profundamente.

—Sí.

Pero ambas sabían que algo estaba cambiando. El tiempo del secreto estaba terminando. Y como ocurre con la masa en el horno, había llegado el momento en que el crecimiento ya no podía ocultarse. La vida estaba a punto de romper la superficie. El feto, como la levadura, estaba avanzando en la dirección correcta.


Aquella noche Minerva escribió otra carta.

«Hoy la capilla olía a incienso. La madre superiora decía que lo había usado para hacer una oración especial por mí y por mi criatura, para que saliese de mí sin problemas.

He pensado en el mar. La hermana Tomasa dice que es enorme. Me pregunto si tu vida también lo será. Aunque dicen que serás muy pequeño. Yo te siento grande. Espero que seas libre. Ojalá nunca tengas que aprender a guardar silencio. Tomasa dice que eso es la libertad.»


Capítulo 4 — El secreto

La nieve había empezado a derretirse en los patios del convento cuando el secreto dejó de poder esconderse.

Durante semanas había crecido lentamente, igual que la masa madre que usaba Tomasa. Crecía en un cuenco profundo como un vientre. El de Minerva era primero apenas una curva, luego un peso; después, una forma que ya no podía negarse. El hábito prestado que vestía se tensaba sobre su vientre como si la tela misma supiera que estaba guardando algo que no le pertenecía.

Las monjas, callaban. El conocimiento en los conventos no siempre produce palabras. A veces produce silencio. El silencio, decían ellas mismas en sus oraciones, era la forma que tenían de proteger la paz, de entregar sus pensamientos a Dios.

Aquella mañana el sol entraba débilmente por las ventanas altas de la cocina. Minerva estaba amasando. Sus manos se movían con más seguridad que cuando llegó al convento. La masa obedecía su presión: se doblaba, se abría y volvía a cerrarse bajo sus dedos.

La hermana Tomasa la observaba desde el otro lado de la mesa.

—Más despacio —dijo.

Minerva levantó la mirada.

—¿Por qué?

Tomasa señaló la masa con el mentón.

—La estás castigando y te estás esforzando demasiado.

La niña aflojó el movimiento.

—No sabía que se podía castigar al pan.

—Todo se puede castigar si se aprieta demasiado.

El comentario quedó flotando entre las dos.

Minerva bajó los ojos hacia la mesa.

Durante unos segundos la cocina se llenó solo del sonido húmedo de la masa golpeando la madera.

Luego Tomasa añadió:

—El pan necesita espacio para crecer. Como tu hábito.


Las monjas comenzaron a mirar su vientre con más frecuencia, sin hostilidad. Ni siquiera con curiosidad abierta. Pero sus ojos quedaban prendados de él cuando Minerva no las miraba.

Una tarde, en el lavadero, la hermana Clara se acercó a ella con una cesta de ropa húmeda.

—¿Falta mucho?

Minerva tardó en comprender la pregunta.

—No lo sé.

Clara dejó la cesta en el suelo.

—Mi madre decía que los niños llegan cuando quieren.

Minerva se sorprendió.

—¿Tu madre?

Clara asintió.

—Antes de entrar aquí tenía una familia. Claro, como todos.

La frase fue dicha con naturalidad, pero Minerva sintió que había en ella una grieta.

—¿La echas de menos?

Clara sonrió con una tristeza leve.

—A veces.

—¿Por qué viniste entonces?

La joven monja se encogió de hombros.

—Porque algunas personas no saben qué hacer con las niñas.

Minerva pensó que aquella frase también le pertenecía.


Las noches empezaron a volverse más difíciles. El niño se movía con fuerza ahora. A veces parecía empujar contra las paredes de su vientre como si estuviera buscando una salida. Minerva despertaba sobresaltada. El cuarto estaba siempre oscuro y silencioso. Cuanto más crecía su vientre, más necesitaba oler las paredes, la vela o las mesillas. Se olía a sí misma. Cada día aumentaba en ella un olor diferente. No era desagradable, era solo diferente. Y, antes de volver a dormirse, iba hacia las cocinas para impregnarse de más olores que la calmaran hasta encontrar un resquicio de sueño. En ocasiones, la despertaban en algún pasillo.

Una madrugada decidió bajar otra vez a la cocina. El hábito chocaba contra las paredes del pasillo mientras caminaba. Se sentía patosa y no controlaba bien las distancias.

El convento dormía. Minerva levantó la piedra del hueco. Las cartas habían empezado a ocupar casi todo el espacio. Había muchas más de las que recordaba haber escrito.

Tomó una al azar y la abrió. «Hoy he soñado con el campo. No sé si alguna vez lo verás. Pero si lo haces, fíjate en el trigo cuando el viento lo mueve.»

La dobló otra vez. Durante un momento se preguntó si aquellas palabras tenían algún sentido. Tal vez el niño nunca las leería. Tal vez nadie lo haría, pero escribirlas era lo único que le permitía crecer a la vez que su vientre.

Guardó la carta.

El horno estaba frío.

Apoyó la frente contra el hierro oscuro.

—Las manos siempre dejan algo —murmuró.

Era una frase de Tomasa. Y ahora empezaba a entenderla.


El embarazo también había cambiado su forma de mirar el convento. Al principio los muros la agobiaban. Ahora empezaban a parecerle una protección. El mundo exterior estaba lleno de preguntas. Dentro solo había tareas. La rutina tenía una cualidad tranquilizadora.

Las campanas marcaban las horas. Las monjas caminaban en silencio. La cocina producía pan, sopa, dulces y, algunas veces, sabrosos embutidos. El huerto de las monjas producía legumbres, coles, lechugas, cardos, aromáticas y algunas hortalizas. También contaban con una pequeña granja de gallinas, borregos y cerdos. Las cabras solían ser salvajes y pastaban junto a so burros y una mula.

Todo seguía un ritmo constante. Solo su cuerpo parecía vivir en otro. Uno más profundo.


Una tarde, mientras pelaban patatas para la cena, Tomasa habló de algo inesperado.

—Los niños siempre nacen con hambre.

Minerva levantó la vista.

—¿Todos?

—Todos.

—¿Incluso los que no son queridos?

Tomasa dejó el cuchillo.

—El hambre no depende del cariño.

Minerva bajó la mirada.

—Entonces el mundo debe de ser un lugar difícil.

Tomasa la observó durante unos segundos.

—Lo es.

—¿Por qué ha de ser así?

La monja volvió a tomar el cuchillo.

—Porque la gente tiene miedo de lo que no puede controlar.

Minerva pensó en el pueblo. En las ventanas cerradas. En su madre y en las conversaciones que se detenían cuando alguien entraba en casa.

—¿Y el miedo se cura?

Tomasa sonrió levemente.

—No.

—¿Entonces qué se hace con él?

—Se aprende a vivir con él. A veces es muy útil. Con el tiempo lo aprenderás.


Mientras tanto, en el pueblo, el invierno también estaba cambiando las cosas. En la panadería de Julián el humo de los cigarrillos se mezclaba con la nube de olores a pan para formar una nube aún más espesa bajo las vigas.

Don Esteban, el alguacil, bebía vino en una mesa cerca del fuego.

—Hace meses que no se habla de la chica —dijo.

Julián encogió los hombros.

—Es normal. Está oculta entre esos muros.

Doña Amalia, sentada en su rincón habitual, intervino:

—Esos muros ocultan algo más que Minerva.

Los hombres la miraron.

—Pero no es un cementerio —continuó la anciana—. Y las cosas, si no se entierran, se pudren y huelen o vuelven a salir.

Nadie respondió. El fuego crepitó en el horno y el silencio quemó sus miradas.


En el convento la primavera empezaba a insinuarse. La nieve desaparecía lentamente del huerto. Las primeras hierbas verdes aparecían entre las piedras.

Minerva caminaba más despacio ahora. El peso del vientre la obligaba a inclinar ligeramente su pequeño cuerpo adolescente.

Las monjas comenzaron a mirarla con una mezcla de preocupación y ternura. Una mañana la madre superiora la llamó a su despacho. La habitación olía a incienso. Era el olor habitual de a superiora, seguramente porque siempre lo usaba para sus oraciones en la capilla cuando iba sola.

—Hija —dijo la mujer con suavidad—. El momento se acerca.

Minerva asintió.

—La hermana Inés sabe atender partos. ¿Ya te han explicado cómo has de traer al mundo esa pequeña maravilla que llevas en tu vientre?

—Me han dicho que me va a doler. Pero que el dolor merece ser vivido.

—Está bien. Quizá no sepas qué haremos para que puedas brindarle luz a esa criatura, pero sabes lo suficiente para entregarte con toda tu voluntad.

El corazón de Minerva dio un salto.

—Pensé que…

No terminó la frase. La superiora la miró con calma.

—Este niño también es una criatura de Dios.

Minerva sintió que algo se aflojaba dentro de su pecho.

—Mi madre dice que los dioses se ocuparán de decidir si ha de ser niño o niña. Gracias. Sé que está siendo muy pacientes y muy buenas conmigo.

—No me des las gracias —respondió la mujer—. Solo debes cumplir con tu promesa de discreción y hacer todo lo que te digamos cuando sea necesario para que salga sano y con la fuerza que necesitará para vivir en este mundo terrenal.


Aquella noche el niño se movió más que nunca. Minerva apenas pudo dormir. Se levantó y caminó hasta la ventana para ver la noche estrellada. El cielo brillaba más que nunca. Parecía inmenso desde allí.

Pensó en cómo podía ser que un vientre tuviese algo dentro que se convertiría en una personita. En si la querría tanto cuando ya hubiese salido.

Luego pensó en el pueblo. Pensó en su madre y en por qué la superiora y el resto de monjas debían de ocuparse de ella y no su propia familia. Y pensó en su tío y en todas las tardes que había penetrado en su cueva. Aún se preguntaba por qué su madre la acusaba de haber provocado a su tío. ¿Cómo? ¿Cómo lo había hecho?

De repente sintió una punzada fuerte en el vientre. Se apoyó en la mesa. El dolor desapareció al cabo de unos segundos. Pero algo había cambiado. Minerva lo supo inmediatamente. Igual que se sabe cuando la masa ha terminado de subir, sin mirarla si quiera. Es como un tiempo oculto en las entrañas de quienes se ocupan de ella. Igual que se sabe cuando el pan está listo para entrar en el horno. No hay secreto en ello. Solo sabía que lo que estaba dentro de ella estaba a punto de salir y convertirse en una nueva vida.

Y nada volvería a ser igual.


Capítulo 5 — El alumbramiento

La primera contracción llegó antes del amanecer. Minerva no supo inmediatamente lo que era. Durante unos segundos creyó que se trataba del mismo dolor sordo que la despertaba algunas noches desde hacía semanas. Una molestia profunda que aparecía y desaparecía como una ola lenta.

Pero esta vez no desapareció del todo. Se quedó allí. Apretando desde dentro. Minerva abrió los ojos en la oscuridad de la celda y dio un chillido. Respiró despacio y, en poco minutos apareció Clara junto a tres monjas más que solo había visto en un par de ocasiones.

La presión en el vientre volvió a darse, más fuerte esta vez, y luego se aflojó de nuevo. Se sentó en la cama. Las manos de esas monjas fueron directamente a su abdomen.

—Tranquila. Respira con calma, como te enseñó Sor Tomasa para amasar mejor —le susurraron.

El silencio del convento parecía escuchar. Pasaron varios minutos antes de que el dolor regresara. Era como si una faja tensa se cerrara alrededor de su cuerpo y luego se soltara lentamente.

Minerva comprendió que había llegado el momento del alumbramiento. Le dijeron que se nombrar así porque era traer a la luz a un nuevo miembro del reino del señor.

Se levantó. El suelo estaba frío bajo sus pies. El hábito le rozaba las piernas mientras caminaba hacia la puerta. El pasillo estaba oscuro. Solo una lámpara pequeña iluminaba el cruce de corredores cerca del claustro. Minerva avanzó despacio.

La segunda contracción la obligó a detenerse a mitad del pasillo. Apoyó una mano en la pared y respiró como le habían enseñado. Tras de ella la seguían las monjas.

De pronto gritó de nuevo y se tensó. Comenzó a pensar en que la masa que llevaba dentro, como la del pan, iba a crujir en breve, dentro de su cuerpo.

Cuando pasó, siguió caminando. La cocina estaba al final del corredor. Allí estaban preparando ya los paños húmedos y los barreños con agua. Pero no era por eso que Minerva se dirigía hacia allí. Siempre terminaba allí cuando algo dentro de ella se agitaba.

Empujó la puerta y le inundó el olor a pan y magdalenas de Tomasa. El olor del pan estaba presente a todas horas. No había fuego en el horno, pero las piedras conservaban la memoria del calor del día anterior.

Minerva se sentó en un banco y respiró. Posó sus manos sobre su vientre.

—Todavía no —murmuró.

Pero el niño no parecía dispuesto a esperar mucho más.


Pasó toda la noche descansando. Parecía como si esas contracciones fuesen solo un aviso para prepararlas a todas. No había roto aguas y, sin podérselo creer ninguna, durmió toda la noche del tirón.

Tomasa fue la primera en verla aparecer en la concina. Había bajado antes del amanecer, como hacía siempre, dejando en su habitación a las parteras descansando, derrotadas por esperar que no despertase y se pusiera de parto. Fue a ayudar a Tomasa a encender el horno y preparar la masa del día.

Cuando abrió la puerta, Tomasa vio a Minerva sentada junto a la mesa, con el rostro pálido y las manos apretadas sobre el abdomen.

Tomasa no dijo nada al principio. Solo la observó y pensó que esa chiquilla era más fuerte de lo que todas pensaban.

—¿Cuándo empezó? —preguntó finalmente.

Minerva levantó la mirada.

—Hace un rato.

Otra contracción la dobló hacia delante.

Tomasa caminó hasta ella y apoyó una mano firme sobre su hombro.

—Bien —dijo con calma—. Entonces ha llegado el día.

La serenidad de la monja era casi desconcertante.

—Voy a llamar a la hermana Inés.

Minerva asintió.

El dolor se retiró otra vez. Durante unos minutos solo se escuchó el sonido de los pasos de Tomasa alejándose por el pasillo.

El horno seguía frío, pero Minerva tenía la sensación de que el aire de la cocina estaba lleno de una atmósfera caliente y denso. Como cuando la masa empieza a crecer.

La hermana Inés llegó poco después. Era una mujer pequeña, con el cabello gris escondido bajo el velo y unas manos sorprendentemente firmes. Había sido comadrona antes de entrar al convento.

—Vamos a llevarte a la enfermería —dijo con suavidad.

Minerva se levantó con ayuda de Tomasa. El camino por el pasillo fue lento. Las contracciones empezaron a acercarse entre sí. Cada una llegaba como una ola que subía desde la espalda y apretaba el vientre hasta quitarle el aire.

—Respira —le indicó Inés.

Minerva intentó hacerlo, pero el dolor tenía su propio ritmo.

La enfermería estaba iluminada por una lámpara de aceite. El cuarto era pequeño, con una cama estrecha y una mesa llena de telas limpias.

Inés la ayudó a recostarse.

Tomasa se quedó cerca de la puerta.

—Esto puede llevar horas —dijo la comadrona.

Minerva cerró los ojos.

Horas. La palabra parecía demasiado grande para un cuerpo tan pequeño.


Las campanas del convento anunciaron el amanecer. Las monjas de su habitación comenzaron a despertarse. Algunas ya sabían lo que estaba ocurriendo. Otras lo intuyeron por el movimiento inusual en los pasillos. Pero nadie hizo preguntas.

El convento tenía una forma particular de acompañar las cosas difíciles: las envolvía en silencio. Al fin y al cabo, tenían la costumbre, por su hábito de hacerlo así.

En la enfermería, el trabajo avanzaba lentamente. Las contracciones se hicieron más fuertes y Minerva sudaba, agarrando la sábana con fuerza.

A veces soltaba un gemido involuntario.

Tomasa le ofrecía agua entre una contracción y otra.

—Bien —murmuraba Inés—. El niño sabe lo que hace.

Minerva no estaba tan segura. El dolor era profundo, animal. Sentía que su cuerpo se abría desde dentro.

—No puedo. ¿Alguna ha parido aquí? —susurró en un momento.

Inés la miró con firmeza.

—Claro que puedes. Yo soy madre y sé que puedes.

Pero pensó que su cuerpo era demasiado pequeño para enfrentarse a tal atropello.

—No…

—El cuerpo sabe.

La contracción siguiente la hizo gritar.

El sonido llenó el pequeño cuarto y atravesó todos los muros del convento.


Mientras tanto, en el pueblo, el día comenzaba como cualquier otro. La chimenea de la panadería empezaba a echar humo. Julián Roldán había encendido el horno antes del amanecer. Él no se levantaba de madrugada para hornear el pan, pero se pasaba el día en la panadería.

La masa descansaba en grandes cuencos sobre la mesa. El panadero trabajaba en silencio. Sus manos conocían el movimiento sin necesidad de pensar. Pero aquella mañana algo lo distraía. Dos veces olvidó añadir sal a la masa. Y una hogaza se quemó ligeramente en el horno.

Julián frunció el ceño. No era propio de él cometer errores así. Apoyó las manos sobre la mesa de madera, frustrado.

El olor del pan caliente llenaba la panadería y, como siempre, ya inundaba la plaza.

Durante unos segundos permaneció inmóvil. Como si escuchara algo que venía desde muy lejos.


En el convento el parto se acercaba a su momento final. La tarde comenzaba a caer y la nieve derretida del patio brillaba bajo una luz gris.

Minerva estaba agotada. El dolor llegaba ahora con una intensidad brutal.

Cada contracción parecía partirla en dos.

—Empuja —dijo Inés con voz firme.

Minerva negó con la cabeza, llorando y sudando como nunca antes.

—No puedo.

Tomasa tomó su mano.

—Mírame.

Minerva abrió los ojos.

La monja la observaba con una expresión que mezclaba dureza y ternura.

—Recuerda el pan.

Minerva la miró confundida.

—La masa —continuó Tomasa—. Cuando llega el momento, se abre.

Otra contracción la atravesó.

—Ahora —ordenó Inés.

Minerva gritó y empujó con todas sus fuerzas.

El mundo se volvió un torbellino de dolor y respiración.

Luego, de repente, todo cambió. Un sonido nuevo llenó la habitación. Un llanto agudo y vivo.

Minerva dejó caer la cabeza hacia atrás. El aire volvió a sus pulmones.

Durante unos segundos no pudo moverse.

—Es un niño —dijo Inés.

La palabra flotó en el aire.

Niño.

Minerva giró la cabeza lentamente, apoyada en Tomasa.

La comadrona sostenía una pequeña criatura envuelta en tela.

El llanto continuaba, fuerte y obstinado.

—¿Quieres verlo?

Minerva asintió, sin fuerzas e Inés le acercó al bebé.

Era pequeño, con la piel rojiza y los ojos abiertos y oscuros. Extrañamente atentos.

Minerva lo miró.

Algo profundo se movió dentro de su pecho. Algo que no tenía nombre. Alargó la mano y tocó la mejilla del niño. El llanto se detuvo por un instante. Solo un instante. Pero fue suficiente.

Inés se lo acercó al pecho y, posándolo del modo adecuado, el bebé comenzó a mamar.


La noche cayó sobre el convento. Minerva dormía ahora, exhausta. El niño descansaba en una pequeña cuna junto a la cama.

Tomasa estaba sentada cerca de la ventana. Miraba la oscuridad del patio.

Inés se acercó a ella.

—Ha sido fuerte.

Tomasa asintió.

—Lo será aún más cuando llegue el momento.

—¿El momento de qué?

Tomasa miró la cuna.

—De separarlos.

Inés suspiró.

—Sí.

El silencio volvió a llenar la habitación.

El niño respiraba suavemente.

La vida había comenzado.

Y, como ocurre siempre con la vida, ya estaba preparando las complicaciones del futuro.


En el pueblo, el horno de la panadería seguía ardiendo. Las últimas hogazas de la noche estaban listas. Julián sacó una del horno. La sostuvo entre las manos y la corteza crujió.

Durante un momento el panadero se quedó inmóvil. Luego frunció el ceño, extrañado. Nunca antes un pan había crujido al sostenerlo. No sabía por qué, pero tuvo la extraña sensación de que algo importante había ocurrido en el mundo.

Algo que, como la levadura en la masa, estaba empezando a crecer en silencio.


Incienso y levadura
(capítulos 1 a 5)
por Carmen Nikol


🌿 7 Tisanas saludables respaldadas por la ciencia

Las tisanas o infusiones de plantas medicinales se han utilizado durante siglos en distintas culturas. En las últimas décadas, la investigación científica ha comenzado a validar muchos de estos usos tradicionales, identificando polifenoles, flavonoides, aceites esenciales y antioxidantes responsables de sus efectos beneficiosos: desde apoyar la digestión y reducir la inflamación hasta mejorar marcadores cardiovasculares y promover la relajación. Las tisanas no sustituyen tratamientos médicos, pero sin duda pueden complementar un estilo de vida saludable.

🍵 Consejos y Precauciones

  • Hidratación: las tisanas contribuyen a la hidratación diaria y pueden reemplazar bebidas altas en azúcar.
  • Interacciones: algunas hierbas pueden interactuar con medicamentos (p. ej., anticoagulantes o diuréticos); consulta a tu médico si tomas medicamentos o estás embarazada.
  • Moderación: incluso las infusiones naturales deben consumirse con moderación y como parte de un estilo de vida saludable.

🌿 7 Tisanas saludables respaldadas por la ciencia

🧘‍♀️ 1. Manzanilla (Chamomile)

La manzanilla es de las infusiones más consumidas en el mundo para relajarse y mejorar la digestión.

Un estudio publicado en Phytomedicine observó mejoras significativas en síntomas de ansiedad leve tras el consumo regular de manzanilla. Además, investigaciones en Journal of Endocrinological Investigation sugieren beneficios en el control glucémico en personas con diabetes tipo 2.

Beneficios probados:

  • Puede apoyar la reducción del estrés y ansiedad por sus compuestos flavonoides que actúan en el sistema nervioso.
  • Estudios clínicos sugieren que puede mejorar el control de glucosa y colesterol en personas con diabetes.
  • Tradicionalmente usada para aliviar malestares estomacales y favorecer el sueño (aunque la evidencia en sueño es más limitada).

Cómo prepararla: infusiona las flores secas en agua caliente durante 5–10 minutos y bebe tibia.


💖 2. Hibisco (Hibiscus)

El té de hibisco o agua de Jamaica es una tisana vibrante y con respaldo científico interesante.

Un metaanálisis publicado en Journal of Hypertension concluyó que el consumo regular de té de hibisco reduce de forma significativa la presión arterial sistólica y diastólica en adultos con hipertensión leve.

Beneficios probados:

  • Puede reducir la presión arterial de forma significativa, incluso en comparación con algunos medicamentos antihipertensivos en estudios clínicos.
  • Reduce colesterol LDL (malo) y mejora perfiles lipídicos (relacionado con riesgo cardíaco).
  • Sus antioxidantes (antocianinas) ayudan a combatir el estrés oxidativo.

Cómo prepararlo: añade flores secas a agua caliente, deja reposar 5–8 min y decide endulzar o no.


🍵 3. Jengibre (Ginger Tea)

La infusión de jengibre ha sido usada tradicionalmente para problemas digestivos y náuseas, y la ciencia moderna le da soporte.

Revisiones sistemáticas en Nutrition Reviews confirman su eficacia frente a náuseas asociadas al embarazo, quimioterapia y mareo, atribuidas a los gingeroles y shogaoles.

Beneficios probados:

  • Muy eficaz contra náuseas y vómitos (embarazo o quimioterapia).
  • Posee compuestos antiinflamatorios (gingeroles) que pueden ayudar en dolor muscular y articular.
  • Puede ayudar a mejorar la digestión y reducir hinchazón.

Cómo prepararlo: infusiona rodajas de jengibre fresco en agua caliente durante 8–10 min.


🌱 4. Menta (Peppermint Tea)

La menta es refrescante y ampliamente usada para aliviar molestias digestivas.

Estudios publicados en BMC Complementary Medicine and Therapies indican que los compuestos del mentol poseen efectos antiespasmódicos sobre el tracto digestivo.

Beneficios probados:

  • Puede ayudar a relajar los músculos del tracto digestivo, reduciendo calambres, gases y colon irritable.
  • El mentol presente puede tener efectos antiespasmódicos y antisépticos.

Cómo prepararlo: usa hojas frescas o secas, infusión de 5–7 min.


🍋 5. Melisa o Toronjil (Lemon Balm Tea)

La melisa es apreciada por su aroma cítrico y efectos calmantes.

Estudios etnofarmacológicos y análisis fitoquímicos publicados en Journal of Herbal Medicine respaldan sus efectos calmantes, atribuidos a flavonoides y aceites esenciales.

Un estudio clínico en Psychosomatic Medicine mostró una reducción del estrés y una mejora del rendimiento cognitivo tras el consumo de extractos de melisa.

Beneficios probados:

  • Estudios pequeños han mostrado que puede mejorar la rigidez arterial, reduciendo un factor de riesgo cardiovascular.
  • Puede elevar niveles antioxidantes y puede reducir síntomas de ansiedad y depresión.

Cómo prepararlo: infusiona hojas secas por 5–8 minutos antes de beber.


💪 6. Rooibos (Red Bush Tea)

https://www.cupoftea.co.uk/userfiles/image/cream_orange_in_cup_with_loose_tea_and_leaf_2.jpg
https://www.teaflower.de/cdn/shop/collections/rooibos-tee-kaufen-1.jpg?v=1700599077

Aunque no es una infusión tradicional europea, el rooibos (de Sudáfrica) está ganando atención por sus efectos antioxidantes.

Investigaciones publicadas en Food Chemistry señalan que el rooibos contiene aspalatina, un flavonoide asociado a la reducción del estrés oxidativo y mejora metabólica.

Beneficios probados o prometedores:

  • Rico en compuestos antioxidantes como aspalathin, que ayudan a combatir estrés oxidativo.
  • Estudios señalan mejoras potenciales en perfil lipídico, glucosa e inflamación.
  • Es naturalmente libre de cafeína, siendo una opción para todas las edades.

Cómo prepararlo: infusiona la hierba roja en agua casi hirviendo por 5–7 min.


😌 7. Tila (Linden Flower Tea)

La tila es una infusión de flores de Tilia con uso tradicional como relajante.

Beneficios atribuidos y estudiados:

  • Contiene compuestos que pueden actuar como antiespasmódicos y calmantes, útiles en insomnio y ansiedad.
  • También se usa para relajar el sistema nervioso y mejorar la sensación de calma.

Cómo prepararla: deja reposar flores de tila en agua caliente 5–10 minutos y bebe lentamente para favorecer la relajación.

¿Utilizas alguna de ellas? Déjanos un comentario con las que utilizas, estén o no incluidas en este artículo. ☺️🫖🧋


🌿 7 Tisanas saludables respaldadas por la ciencia
por Carmen Nikol


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La colorimetría Munsell frente a la colorimetría de las Cuatro Estaciones

Introducción: dos enfoques para comprender el mejor uso del color.

La colorimetría aplicada a la imagen femenina (y masculina) ha evolucionado desde modelos intuitivos hasta sistemas estructurados con base científica. Entre los enfoques más influyentes se encuentran el Sistema de Color Munsell, desarrollado por Albert H. Munsell, y la conocida teoría de la Colorimetría de las Cuatro Estaciones, popularizada en el ámbito de la asesoría de imagen durante el siglo XX, especialmente por Carole Jackson, autora del libro Color Me Beautiful, publicado en 1980

Ambos métodos buscan responder a la misma pregunta: qué colores armonizan mejor con una persona (o en decoración). Sin embargo, difieren en estructura, profundidad técnica y forma de aplicación.

A continuación, realizaremos una comparación detallada para comprender sus coincidencias, diferencias y posibilidades de integración.


Fundamentos Teóricos

Sistema de Color Munsell

El Sistema de Color Munsell se basa en un modelo tridimensional del color organizado según tres variables medibles:

  • Tono
  • Valor
  • Croma

Este sistema nace en el ámbito artístico y científico, con el objetivo de clasificar el color de manera objetiva y universal. No está diseñado originalmente para asesoría de imagen, sino como modelo de comprensión cromática aplicable a múltiples disciplinas.

Su principal fortaleza radica en la precisión. Cada color puede describirse mediante una notación específica que define exactamente su posición dentro del espacio cromático.

Colorimetría de las Cuatro Estaciones

El modelo de Las Cuatro Estaciones surge en el campo de la moda y la imagen personal. Clasifica a las personas en cuatro grandes grupos cromáticos:

  • Primavera
  • Verano
  • Otoño
  • Invierno

Esta clasificación se basa en la observación de tres aspectos fundamentales: temperatura, contraste e intensidad. Aunque estas variables guardan relación con el tono, el valor y el croma. El enfoque estacional es más interpretativo que técnico.

Su principal ventaja es la facilidad de comprensión y su aplicación práctica. Actualmente, está muy presente en el análisis de las asesoría de imagen para las féminas más conscientes de su imagen o con mayor necesidad de potenciar su mejor versión.


Estructura Del Color: precisión frente a simplificación

Dimensión técnica en Munsell

En el sistema Munsell, el color se organiza como un árbol tridimensional. El valor se distribuye verticalmente, el tono alrededor del eje central y el croma hacia el exterior.

Esto permite trabajar con gradaciones extremadamente sutiles. Dos rojos que en apariencia parecen similares pueden diferenciarse por medio punto de valor o por un grado específico de saturación.

En asesoría de imagen avanzada, esta precisión resulta especialmente útil cuando se analizan subestaciones o matices intermedios. Una vez realizado el matiz, se puede acceder al conocimiento del código pantone que le corresponde para memorizar su referencia.

Organización estacional

La teoría de las Cuatro Estaciones simplifica esta tridimensionalidad en cuatro familias amplias. Cada estación combina temperatura y nivel de contraste (usando fotos en blanco y negro para definir si la diferencia entre tez y pelo es alta).

Dentro de cada estación se tienen en cuenta:

  • La temperatura (cálido, con mayor proporción de amarillo sobre el color de base/frío, con mayor proporción de azul sobre el color).
  • El valor (claro, con mayor proporción de blanco/oscuro, con mayor proporción de gris o negro dentro del color).
  • La saturación (suave, más pastel/intenso, más subido).

Las estaciones, se corresponden con las cuatro estaciones del año y cumplen con las siguientes líneas:

  • Primavera: cálida y luminosa, con bajo contraste o medio, y con un aporte fresco, claro y vibrante. Sus colores típicos son el melocotón, coral, turquesa claro o el verde manzana (como referencias).
  • Verano: curiosamente resulta fría, con valores de claros a medios y de bajo contraste, con una baja saturación de color, resultando delicada, empolvada y armónica. Sus colores típicos son el rosa antiguo, el azul grisáceo, la lavanda o el verde salvia (como referecias).
  • Otoño: cálida, con valores de medio a profundos y contrastes de bajo a medio. Su intensidad puede ser moderada o suave y genera una sensación terrosa, envolvente y rica. Sus colores típicos son el mostaza, el teja, el verde oliva y el marrón chocolate(como referencias).
  • Invierno: fría y profunda con un alto contraste y una alta intensidad (colores puros y definidos). Resulta nítida, intensa y contrastada. Sus colores típicos son el rojo cereza, el azul eléctrico, el fucsia o el negro puro (de hecho, es la estación a la que realmente le sienta bien el negro).

Su fortaleza radica en que el diagnóstico es observable y contrastable en tiempo real, permitiendo comprobar directamente el efecto óptico. Mientras que el modelo tridimensional (como el desarrollado por Albert H. Munsell) analiza cada variable por separado, la teoría estacional agrupa combinaciones frecuentes en arquetipos cromáticos globales.

Aunque el modelo deriva indirectamente de conceptos equivalentes a tono, valor y croma, no los expresa de forma matemática ni cuantificable. Esto permite: una comunicación sencilla con el cliente, diagnósticos más ágiles y la aplicación inmediata en vestuario y maquillaje.


Criterios de clasificación

Enfoque analítico del Sistema Munsell

El Sistema Munsell analiza por separado cada dimensión del color presente en la persona:

  • Subtono cutáneo. (hue – matiz), que identifica la base cromática dominante más allá del color superficial o bronceado. Corresponde a la temperatura dominante de la piel. Cálido → predominio amarillo, dorado o melocotón. Frío → predominio rosado, azul o rojizo. Neutro → equilibrio entre ambos.
  • Nivel de contraste natural (value – valor), que mide la cantidad de luz u oscuridad presente en cada elemento. Se refiere a la diferencia de claridad u oscuridad entre: piel y cabello, piel e iris, cabello e iris. Y puede clasificarse como: alto contraste → piel clara + ojos oscuros + cabello oscuro (o viceversa); contraste medio o bajo contraste → elementos con valores similares.
  • Intensidad cromática del iris y el cabello (chroma – croma). Evalúa el nivel de saturación o pureza del color natural. Alta intensidad (croma alto) → colores vivos, definidos y brillantes; media y baja intensidad (croma bajo) → colores suavizados, grisáceos o apagados. Indica cuán puro o apagado es un color.

Síntesis del enfoque analítico

El Sistema Munsell permite:

  • Separar objetivamente cada variable cromática.
  • Evitar diagnósticos subjetivos basados solo en percepción general.
  • Construir combinaciones armónicas respetando la estructura natural de la persona.
  • Determinar la coherencia entre temperatura, valor y saturación (algo que comparte en cierta manera con el sistema colorimétrico de las Cuatro Estaciones).

Este enfoque es especialmente útil en asesoría de imagen profesional, maquillaje, diseño textil y, decoración y dirección artística, porque traduce la percepción estética en parámetros medibles.

Enfoque comparativo en las Cuatro Estaciones

La teoría estacional del color parte de un método empírico y comparativo: observar cómo distintos colores interactúan ópticamente con el rostro. A diferencia del enfoque estructural del sistema de Albert H. Munsell, aquí el diagnóstico se basa en la respuesta visual inmediata que generan las telas al colocarse junto a la piel. Se utilizan paños o drapeados de distintas gamas cromáticas cerca del rostro, con luz neutra (frente a una ventana), para evaluar reacciones ópticas específicas:

  • Aparición de sombras. Determinados colores pueden marcar ojeras, endurecer surcos nasogenianos, oscurecer el mentón o el cuello. Cuando el color no armoniza con la temperatura o el valor natural, el rostro pierde uniformidad.
  • Neutralización de rojeces. Un color armónico puede: atenuar rojeces difusas, suavizar hiperpigmentaciones y homogeneizar visualmente la piel. Los colores inadecuados, en cambio, exageran esas imperfecciones.
  • Iluminación del iris. Cuando la gama es correcta: el iris parece más brillante, se perciben matices internos del ojo y la mirada gana profundidad. Los colores discordantes apagan o enturbian la mirada.
  • Definición del contorno facial. Una armonía adecuada: afina el óvalo, mejora la percepción de firmeza y aporta claridad estructural. Una elección incorrecta puede generar un efecto difuso o un aspecto cansado.

Aplicación en moda

Versatilidad del Sistema Munsell

Gracias a su precisión, el sistema Munsell permite crear paletas extremadamente ajustadas. Es especialmente útil en:

  • Diseño de colecciones.
  • Asesoría personalizada de alto nivel.
  • Maquillaje profesional.
  • Armonización de coloración capilar.

También facilita la adaptación a tendencias sin perder coherencia cromática.

Practicidad de las Cuatro Estaciones

El modelo estacional es más accesible para el público general. Permite identificar rápidamente qué gamas evitar y cuáles priorizar.

Es muy eficaz en:

  • Compras de vestuario.
  • Organización de armario.
  • Formación básica en imagen personal.

Su lenguaje es sencillo y fácil de comunicar.


Profundidad y subdivisiones

Con el tiempo, la teoría estacional incorporó subcategorías: clara, cálida, suave, brillante y profunda. Estas subdivisiones acercan el modelo estacional a la lógica del Sistema Munsell, ya que introducen variaciones de valor y croma más específicas. Sin embargo, incluso con estas ampliaciones, el sistema sigue siendo menos granular (cuenta con menor nivel de detalle y de precisión analítica) que el modelo tridimensional original.


Ventajas y limitaciones

Sistema de Color Munsell

Ventajas:

  • Precisión científica.
  • Flexibilidad ilimitada.
  • Aplicabilidad interdisciplinar.

Limitaciones:

  • Requiere formación técnica.
  • Menos intuitivo para principiantes.
  • Puede resultar complejo en uso cotidiano.

Colorimetría de las Cuatro Estaciones

Ventajas:

  • Comprensión rápida, muy visual e inmediata.
  • Aplicación sencilla en la elección de vestuario.
  • Comunicación clara con los clientes.

Limitaciones:

  • Categorías amplias.
  • Menor precisión técnica.
  • Riesgo de encasillamiento rígido.

Complementariedad de ambos sistemas

Lejos de ser modelos opuestos, ambos enfoques pueden integrarse.

El Sistema Estacional ofrece una estructura pedagógica clara. El Sistema Munsell aporta profundidad y exactitud técnica, aplicable tras un desarrollo sobre las bases del Estacional.

En la práctica profesional avanzada, muchos asesores utilizan la clasificación Estacional como punto de partida y el análisis basado en tono, valor y croma para afinar resultados.

Así, la etiqueta primavera o invierno deja de ser un destino fijo y se convierte en una referencia dentro de un espectro cromático más amplio. Es más, si el cliente quiere cambiar de pelo, puede resultar un destino hacia otra estación y un desarrollo de espectro cromático adecuado a tal efecto (aunque no siempre es posible).


Por lo tanto, la comparación entre el Sistema De Color Munsell y la Colorimetría de las Cuatro Estaciones revela dos niveles de aproximación al color: uno científico y estructural, otro práctico y didáctico.

El primero proporciona un mapa exacto del espacio cromático. El segundo traduce ese mapa en categorías comprensibles y aplicables.

Cuando ambos se utilizan de forma complementaria, la asesoría de imagen femenina o masculina alcanza mayor rigor, coherencia y personalización.

La armonía cromática, pues, no es una cuestión de tendencia, sino de correspondencia entre la estructura del color y la naturaleza individual de su aplicación.


La colorimetría Munsell frente a la colorimetría de las Cuatro Estaciones
por Carmen Nikol


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La medicina del humor: un enfoque integral en salud y bienestar

El sentido del humor y sus manifestaciones han sido estudiados no sólo como fenómenos sociales o culturales, sino también como posibles componentes de bienestar físico y psicológico. Aunque el humor no sustituye tratamientos médicos tradicionales, la investigación (ver fuentes debajo del artículo) sugiere que actúa como un complemento en el cuidado de la salud y la calidad de vida.

La medicina del humor cada vez se desarrolla en más ámbitos. Es una perspectiva emergente que integra respuestas emocionales, relaciones sociales y cambios fisiológicos para apoyar la salud integral. Y, aunque el humor no se puede categorizar que es una «cura» en sentido estricto, los estudios indican que:

  • Puede ayudar a reducir el estrés y modular respuestas fisiológicas.
  • Contribuye a una mejor percepción del bienestar emocional.
  • Fortalece conexiones sociales y promueve actitudes adaptativas.
  • Puede utilizarse como complemento en enfoques terapéuticos y de cuidado.
Fuente: Beesmurf

1. Bases biológicas y fisiológicas del humor

El humor no es simplemente una respuesta emocional: su impacto se refleja también en la fisiología del organismo. Activar mecanismos neurológicos y hormonales puede tener efectos medibles en el cuerpo:

  • Cambios en química corporal: exposición a situaciones humorísticas disminuye hormonas del estrés como el cortisol y aumenta sustancias ligadas al bienestar, como endorfinas y dopamina.
  • Respuesta cardiovascular: se observa dilatación de vasos sanguíneos que puede mejorar la circulación y moderar la presión arterial.
  • Sistema inmune: algunos estudios han encontrado incrementos en inmunoglobulinas y en la función de células inmunitarias tras estímulos humorísticos.

Este conjunto de reacciones sugiere que el humor puede modificar el estado fisiológico de forma beneficiosa, lo que podría contribuir a la resiliencia frente al estrés y a ciertos procesos inflamatorios.


Fuente: Pexels

2. Humor y salud mental

El humor también juega un papel destacado en la salud psicológica:

  • Reducción de estrés y ansiedad: disminución de hormonas del estrés y aumento de neurotransmisores positivos se asocian con estados de calma y menor ansiedad.
  • Mejor estado de ánimo: la liberación de endorfinas puede mejorar temporalmente el ánimo, facilitar la relajación y favorecer una perspectiva más optimista frente a desafíos.
  • Resiliencia psicológica: un sentido del humor desarrollado puede ayudar a enfrentar situaciones adversas, mejorar la regulación emocional y potenciar la creatividad y capacidad de adaptación.
  • Impacto en condiciones específicas: intervenciones basadas en humor han mostrado reducir niveles de ansiedad y depresión en adultos mayores y otros grupos.

La evidencia indica que el humor actúa como un recurso que favorece la mentalidad saludable, aunque los mecanismos precisos pueden variar entre individuos.


3. Calidad de fida y función psicológica

Diversos estudios han explorado cómo el humor influye en la experiencia vital y ciertos indicadores de bienestar:

  • Percepción de bienestar general: personas con un sentido del humor más marcado tienden a reportar menores síntomas de ansiedad y depresión, así como mejor calidad de vida.
  • Mejoría de funciones cognitivas: en adultos mayores, la exposición a estímulos humorísticos puede facilitar la memoria y la función cognitiva a corto plazo.
  • Fortalecimiento de relaciones: compartir experiencias humorísticas promueve cohesión social, empatía y apoyo mutuo, factores que a su vez potencian la salud emocional.

Así, el humor no solo influye en percepciones individuales, sino también en dinámicas sociales y grupos de apoyo, elementos claves en la promoción del bienestar.

Fuente. Pexels

4. Aplicaciones clínicas y terapéuticas

En ámbitos clínicos y terapéuticos, el humor ha adoptado diversas formas de intervención:

  • Terapia del humor: programas estructurados que integran estímulos humorísticos para reducir ansiedad, mejorar estado de ánimo y favorecer habilidades sociales.
  • Intervenciones en contextos asistenciales: actividades orientadas a generar bienestar emocional han mostrado beneficios en personas con enfermedades crónicas o que requieren rehabilitación.
  • Apoyo en salud mental comunitaria: talleres y enfoques educativos que promueven el humor como herramienta de enfrentamiento frente al estrés y la adversidad mejoran indicadores psicológicos a medio plazo.

Estas aplicaciones muestran que, aunque el humor no cure enfermedades por sí mismo, puede ser un recurso terapéutico complementario en la atención integral del paciente.


5. Limitaciones y consideraciones científicas

Es importante ser cauteloso en la interpretación de estos hallazgos:

Fuente: soliejordan
  • Algunos estudios presentan limitaciones metodológicas, tamaños de muestra pequeños o correlaciones que no implican causalidad.
  • No todas las respuestas fisiológicas observadas se mantienen con igual intensidad en todos los individuos, y se necesita más investigación para comprender los mecanismos exactos.
  • El efecto beneficioso del humor puede depender del contexto social, la cultura y la personalidad individual.

Por tanto, aunque la evidencia sugiere beneficios potenciales, no reemplaza tratamientos médicos tradicionales ni terapias formales cuando estas son necesarias.

Por tanto, aunque la evidencia sugiere beneficios potenciales, no reemplaza tratamientos médicos tradicionales ni terapias formales cuando estas son necesarias.


En conjunto, estas evidencias respaldan la idea de que cultivar experiencias positivas y estados psicológicos saludables —incluyendo el humor— forma parte de una medicina integral dirigida a mejorar la calidad de vida.


Curiosidades sobre el humor:

El término humor tiene una rica historia que se remonta a la antigüedad. Su origen se encuentra en el indoeuropeo ghôm, que significaba humus o tierra. A partir de allí, se relaciona con el griego χῡμός (khymós), que significa jugo o sabor. Este término fue utilizado para describir los cuatro humores que Hipócrates de Cos asoció con la salud y el comportamiento humano.

A lo largo de la historia, el humor ha sido una herramienta poderosa para aliviar el estrés, liberar tensiones y mejorar nuestras relaciones interpersonales. Desde la comedia griega o romana hasta los juglares y trovadores, por poner ejemplos históricos, solían hacer uso de él para hacer sorna sobre temas sociales, políticos o vecinales.


La medicina del humor: un enfoque integral en salud y bienestar
por Carmen Nikol


FUENTES BIBLIOGRÁFICAS

American Psychological Association.
Positive psychology and health outcomes. Washington, DC.

Bennett, M. P., & Lengacher, C.
Humor and laughter may influence health: III. Laughter and health outcomes. Evidence-Based Complementary and Alternative Medicine.

Berk, L. S., Felten, D. L., Tan, S. A., Bittman, B. B., & Westengard, J.
Modulation of neuroimmune parameters during the eustress of humor-associated mirthful laughter. Alternative Therapies in Health and Medicine.

Cousins, N.
Anatomy of an illness as perceived by the patient. New England Journal of Medicine.

Martin, R. A.
The psychology of humor: An integrative approach. Elsevier Academic Press.

Mayo Clinic Staff.
Stress relief from laughter? It’s no joke. Mayo Clinic Proceedings.

McCreaddie, M., & Wiggins, S.
The purpose and function of humour in health, health care and nursing: A narrative review. Journal of Advanced Nursing.

Vaillant, G. E.
Adaptive mental mechanisms: Their role in a positive psychology. American Psychologist.

World Health Organization.
Constitution of the World Health Organization. Geneva.

HelpGuide.org.
Laughter is the best medicine. Mental Health and Wellness Resources.

Veterans Health Administration.
Healing benefits of humor and laughter. Whole Health Library.

🪶 Las plumas en la historia de la moda

Desde los albores del teatro de la Grecia clásica hasta los desfiles más recientes de 2026, las plumas han sido un motivo visual constante en la moda: símbolo de estatus, sensualidad, revolución estética y ahora también de sostenibilidad y narrativa cultural. Las plumas no son un simple ornamento. En moda funcionan como lenguaje: hablan de estatus, teatralidad, ligereza, erotismo, poder, metamorfosis y, en tiempos recientes, sobre todo, de ética y sostenibilidad. Aportan volumen sin peso aparente, movimiento sin rigidez, y un vínculo directo con lo animal, lo mítico y lo performativo. Por eso, probablemente, reaparecen una y otra vez cuando la moda quiere impulsar emociones en las pasarelas. Pero, desde hace un par de temporadas, han llegado para ser usadas en el día a día, y no solo en los eventos, locales de fiesta o por motivos relacionados con ocasiones especiales.

Este artículo va a repasar, de forma extensa (y no de un plumazo) y a través de ciertas píldoras, la historia de este recurso cinegético en la moda.


🕰️ Significado histórico y antecedentes culturales

Antes incluso de la alta costura europea, las plumas eran materiales con significado simbólico profundo en culturas antiguas:

  • En el mundo antiguo, servían de ornamento ceremonial y se asociaban con lo divino. Desde Egipto hasta Mesoamérica, las plumas fueron símbolos de divinidad y poder. Tocados ceremoniales, capas rituales y máscaras incorporaban plumas de aves raras para señalar jerarquía y conexión con lo sagrado. Este imaginario —la pluma como aura— llegará intacto a la moda siglos después.
  • En la Europa del Renacimiento y el Barroco, el teatro popular —especialmente la Commedia dell’Arte, en la Italia renacentista— las plumas en sombreros distinguían personajes y personalidad en escena, anticipando siglos después diseños teatrales en moda. La Commedia dell’Arte consolidó el uso de plumas en sombreros y tocados para identificar arquetipos: el fanfarrón (Il Capitano) con plumas exageradas; el sirviente astuto con detalles móviles; el aristócrata con plumas refinadas. La pluma se convierte en código escénico: carácter, clase e intención.

Este trasfondo teatral y ritual se convierte en una de las claves para entender por qué las plumas siguen siendo un recurso poderoso en la moda: no solo decoran, narran historias.


Siglos XVIII–XIX: del exceso aristocrático al nacimiento del oficio

Rococó y corte europea

Las cortes del XVIII adoptaron plumas en abanicos, sombreros y peinados monumentales. El movimiento y la fragilidad contrastaban con sedas y brocados buscando el lujo extremo. María Antonieta y su corte son claros exponentes de este gusto por el uso de la pluma.


👗El auge de las plumas en la moda europea pre-Chanel

La alta moda del siglo XIX y principios del XX vio el auge de los plumassiers —artesanos especializados en trabajar plumas— que convirtieron pavo real, marabú y avestruz en piezas de verdadero lujo sobre vestidos, sombreros y accesorios.

Estas plumas enfatizaban estatus social y refinamiento, siendo usadas en eventos de gala, óperas y círculos aristocráticos, marcando la forma en que la moda se apropiaba no solo de materiales, sino de significados sociales.

La industrialización consolida la creación de indumentarias en las que no solo se incluyen plumas reales sino motivos impresos en las telas relacionados con las plumas.


🏙️ Preludio a Chanel: Paul Poiret y la nueva teatralidad

Antes de que Chanel revolucionara la simplicidad moderna, Paul Poiret ya había introducido una visión teatral en la moda. Poiret entendió las plumas como dramatismo visual, inspirándose en el Oriente, los ballets rusos y las artes escénicas para convertir la prenda en espectáculo. Sus plumas no buscan discreción: dialogan con la idea de mujer como figura artística. Utiliza plumas largas, teñidas, dispuestas en abanico o en cascada, integradas en turbantes, capas y vestidos de noche. Con Poiret, la pluma deja de ser mero adorno aristocrático y se convierte en narrativa visual.


🖤 Chanel: modernidad y gesto minimalista

Coco Chanel (1883–1971) transformó la relación con el ornamento:

  • Quitó peso y exceso a la pluma.
  • La usó para acompañar la forma del cuerpo, no para dominarla.
  • Introdujo plumas en broches, sombreados y bordados discretos, enfatizando un lenguaje gráfico, moderno y funcional. Es un elemento casi gráfico, tan esencial como la camelia o las perlas.

Esto marca un cambio absoluto: la pluma busca la idea de libertad femenina moderna.


🕊️ Balenciaga y Dior

Mientras Cristóbal Balenciaga usaba plumas para construir volumen y arquitectura de vestido, con capas de plumas negras, siluetas envolventes y colas monumentales, con un movimiento contenido, casi religioso, procurando que la pluma se vuelva un volumen silencioso, poder sin estridencia; Dior las empleaba como símbolo de feminidad y lujo clásico en vestidos de noche y estolas, abrazando la pluma como exaltación de tal feminidad. Aparece también en cuellos y faldas completas. Sus plumas son suaves, románticas, asociadas al lujo reconocible del New Look, representando la belleza como un espectáculo refinado.

🦚 Elsa Schiaparelli

Schiaparelli utiliza la pluma como arma surrealista. Exagerada, coloreada, irónica. Las plumas se disparan desde sombreros imposibles, dialogan con insectos, ojos, manos. Aquí la pluma es concepto: cuestiona el gusto, provoca, convierte el cuerpo en lienzo artístico.

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Ejemplos históricos más recientes: diseño con plumas que coronan el look y llevan vuelo en la pasarela.

🕊️Hubert de Givenchy

Givenchy depura su uso. Sus plumas son limpias, controladas, muchas veces monocromas. Dialogan con la elegancia intelectual de sus clientas. Aquí la pluma no grita: susurra sofisticación.


🖋️ Décadas posteriores: de Saint Laurent a Gaultier

🪩 Yves Saint Laurent

YSL introduce la pluma con espíritu escénico: combinada con esmoquin femenino, referencias étnicas y ballet, otorgando poder y presencia teatral. Utiliza la pluma como herramienta de empoderamiento. Inspirado por el cabaret, el ballet ruso y culturas no occidentales. Aparece junto al esmoquin femenino, reforzando la idea de una mujer escénica, en ocasiones; independiente, liberal y profesional, capaz de representar la imagen típicamente masculina, en la misma proporción (teatral, en todo caso).

🪶Pierre Cardin

Cardin reinterpreta la pluma desde el futurismo. La desnaturaliza: la convierte en módulo, en textura geométrica. La pluma ya no evoca ave, sino idea de futuro.

🪶Paco Rabanne

Metal, discos, experimentación. Cuando Rabanne usa plumas, lo hace como contraste radical: lo orgánico frente a lo industrial.

🪶 Valentino

Hablar de plumas en la historia de la moda sin detenerse en Valentino Garavani sería dejar fuera uno de los lenguajes más refinados y persistentes del siglo XX y comienzos del XXI (ver más adelante La casa Valentino). En Valentino, la pluma nunca fue exceso ni provocación: fue culminación, ritual de cierre, gesto final de belleza.

🪶Halston

En Halston, la pluma es movimiento puro. Ligera, sensual, ligada a la noche, al Studio 54, a la danza. Es extensión del cuerpo. Un lugar donde había mucha pluma, donde ser gay no era un problema (a pesar de ser décadas en las que aún podía atraer a los radicales en ciertas ciudades) y se llevaba con orgullo, por conseguir cercanía con los más famosos.

Imagen de Studio 54, el local de moda entre las celebridades de los años 70

🪶Alexander McQueen

Para McQueen, la pluma es transformación, criatura y mitología. En sus colecciones, las plumas no solo decoran: parecen organismos vivos que interactúan con el cuerpo y su movimiento. El cuerpo deviene ave, criatura, mito. McQueen trabaja con capas, degradados, estructuras que parecen literalmente vivas. Las plumas hablan de muerte, belleza, violencia y renacimiento.

🪶John Galliano

Con Galliano, la narrativa es extrema. Las plumas cuentan historias históricas, operísticas, decadentes. Son exceso consciente, drama absoluto.

🪶Jean Paul Gaultier

Ironía y género son las que caracterizan a Gaultier. Plumas en corsés, tocados, referencias al cabaret y al travestismo. La pluma desafía todo tipo de normas.


Siglo XXI: poesía, tecnología y ética

🪶Rei Kawakubo (Comme des Garçons)

Desmitificación. Plumas sin glamour, fragmentadas, casi antiestéticas. Materia conceptual.

🪶Iris van Herpen

Fusiona plumas reales, sintéticas y estructuras impresas en 3D. La pluma se vuelve fenómeno biotecnológico, casi científico.

🪶Dries Van Noten

Uso pictórico. Plumas como color, emoción, memoria cultural.

🪶Ann Demeulemeester

Plumas oscuras, minimalistas, cargadas de poesía existencial.

🪶La casa Valentino

Romanticismo contemporáneo. Plumas etéreas, espirituales, casi litúrgicas.

🪶La casa Schiaparelli (Daniel Roseberry)

Escultura simbólica. Plumas doradas, sobredimensionadas, surrealismo renovado.


Chanel tras Chanel

🪶Karl Lagerfeld

Espectáculo total. Plumas convertidas en alas, paisajes, fantasía escénica.

🪶Virginie Viard

Intimidad. Plumas bordadas, ligeras, femeninas, emocionales.


Sostenibilidad y futuro

🪶Stella McCartney

Alternativas vegetales y sintéticas. La pluma como efecto, no como explotación.

🪶Nuevas generaciones

Plumas recicladas, biofabricadas, impresas. El lujo del futuro es responsable.


2024–2026: el ahora

Las pasarelas recientes recuperan la pluma como emoción, archivo y tecnología. Desde la alta costura al prêt-à-porter dialogan con historia y futuro. En las semanas de la alta costura más recientes —como la de primavera-verano 2026— las plumas siguen ocupando un lugar relevante:

🪶 Schiaparelli ( con Daniel Roseberry)

En 2026, Schiaparelli sigue explorando plumas como forma escultórica y narrativa —una mezcla de animalismo, surrealismo y artesanía de alto nivel.

🐦 Tendencias globales

En eventos como los Grammy Awards 2026, artistas incorporan plumas en looks de alfombra roja, lo que evidencia que el uso de plumas ya no es exclusivo de alta costura sino de la moda pop y la cultura visual contemporánea.


https://hips.hearstapps.com/hmg-prod/images/schiaparelli-hcss26-look-14-6977aea9bb074.jpg

🪩 Hoy las plumas en moda hablan de:

  • Historia y memoria (reviviendo códigos clásicos).
  • Tecnología y narrativa visual (integraciones conceptuales).
  • Ecología y ética (alternativas sostenibles al uso animal).
  • Cultura popular (tendencias en música, cine y pasarela).

Las plumas han viajado, pues, desde las cortes aristocráticas hasta convertirse en uno de los recursos más versátiles y simbólicamente ricos de la moda contemporánea. ¡Siguen volando alto en 2026!


🪶 Las plumas en la historia de la moda
por Carmen Nikol


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La verdadera historia del pijama: de las praderas persas a los dormitorios del mundo

Cuando pensamos en un pijama, quizá imaginemos un conjunto suave para dormir. Pero la historia de esta prenda —y de la palabra que la define— se remonta a miles de años de evolución cultural, lingüística y textil, con raíces profundas en Asia. Una prenda que, actualmente, en las pasarelas más prestigiosas, ha tomado un papel protagonista para disfrutar de él en la calle, como prendas cómodas y funcionales, tanto en usos femeninos como masculinos, tal y como ocurrió en algún momento de la historia.

La historia de lo que hoy llamamos pijama es un ejemplo fascinante de intercambio cultural: una prenda con raíces en las prácticas cotidianas de los pueblos de Asia Central y del sur de Asia que, a través de siglos de historia y colonialismo, llegó a Occidente para convertirse en un símbolo universal de confort. Lo que comenzó como unos pantalones funcionales en Persia e India terminó transformándose en una prenda de identidad global que se usa tanto para dormir como, cada vez más, para vivir el tiempo de descanso con estilo.


  1. De los pantalones nómadas a Persia: el origen de la prenda

Antes de que existiera el concepto occidental de pijama, en las vastas estepas y en los imperios de Asia Central se popularizaron pantalones holgados y cómodos que permitían libertad de movimiento, protección y confort, muy diferentes a las túnicas largas o ropas rígidas de otras culturas. Estos pantalones eran usados tanto en actividades diarias como para descansar.

Fueron los persas quienes adoptaron y perfeccionaron esta forma de prenda para las piernas, integrándola en su vestimenta cotidiana. El término original que dio nombre a esta prenda en lenguas antiguas persas era pāy-jāmeh, compuesto por pāy (pierna o pie) y jāmeh (ropa, prenda), literalmente ropa para las piernas.

Estos pantalones eran una solución práctica: su corte suelto facilitaba la circulación del aire en climas cálidos, proporcionaba comodidad en largos viajes y desplazamientos, y era adecuada tanto para hombres como para mujeres.

  1. India: de prenda cotidiana a símbolo cultural

Desde Persia la prenda se difundió hacia el subcontinente indio, donde se integró en la vestimenta tradicional en regiones como Punjab y Sindh. Allí era común ver pantalones ligeros llamados pājāmā acompañados de túnicas o camisas holgadas, usados tanto para la vida diaria como para relajarse en casa.

No era una prenda específica para dormir, sino una pieza funcional del día a día; nuevamente, especialmente valorada por su confort en climas cálidos.

  1. El encuentro con Occidente: llegada al mundo británico

El gran salto cultural del término y de la prenda vino con el imperio británico en la India entre los siglos XVIII y XIX. Los oficiales, administradores y colonos británicos identificaron estas prendas ligeras como más cómodas que los tradicionales camisones europeos, especialmente para descansar después de largas jornadas bajo el sol.

La palabra entró en el idioma inglés como pyjamas (o pajamas en Estados Unidos) a través del hindi y urdu —una transición lingüística desde el persa original— y ya estaba documentada en fuentes inglesas a principios del siglo XIX.

  1. De ropa de casa a ropa de dormir

Durante el siglo XIX, los pijamas comenzaron a reemplazar al camisón en muchos hogares británicos como la prenda preferida para dormir. Su diseño de dos piezas (camisa y pantalón), frente al tradicional camisón largo, se asociaba con una estética más práctica y moderna.

A comienzos del siglo XX, el uso de pijamas se extendió a otros países occidentales, incluido Estados Unidos y gran parte de Europa, donde se consolidaron como el estándar de ropa de dormir para hombres y, poco después, también para mujeres.

  1. Evolución de estilo: del confort a la moda

Aunque el pijama nació como una prenda práctica, con el tiempo fue integrándose en la moda. En el siglo XX y XXI, diseñadores lo reinterpretaron no solo como ropa de descanso, sino también como prenda de estilo para uso diurno o informal, incorporando tejidos más sofisticados como seda, satén o algodón fino, y cortes que desafían los límites entre ropa de dormir y atuendo casual.

Diseñadores pioneros como Coco Chanel ayudaron a popularizar lo que se llamó beach pajamas o conjuntos para la playa, prendas sueltas y fluidas que evocaban el pijama pero para uso diurno. Ya en los años 70, Yves Saint Laurent llevó la estética del pijama a la moda de calle con sus propuestas de lencería exterior en la línea Rive Gauche, allanando el camino para lo que hoy vemos en pasarelas y en el street style.

En la temporada actual, el pijama ya no es solo ropa de casa. En eventos como Milan Fashion Week Primavera-Verano 2026, grandes casas de moda como Dolce & Gabbana dedicaron pasarelas completas a reinterpretar conjuntos inspirados en pijamas, con piezas lujosas que combinan seda, bordados, estampados florales y elementos de alta costura.

La tendencia va más allá de una sola colección: diseñadores han estado explorando el concepto pajamas as outerwear (pijamas como ropa de día) durante años, buscando difuminar la línea entre descanso y estilo cotidiano.

En muchos lugares del mundo, la gente ha adoptado el estilo day-jamas (pijamas listos para el día) como parte de moda urbana y comodidad diaria, reforzando que hoy llevar pijamas fuera de casa es socialmente aceptado y estéticamente validado por la cultura fashionista actual.

🪡 Por qué ha vuelto la fiebre por el pijama

La moda contemporánea abraza cada vez más la comodidad sin dejar de lado la sofisticación. La estética del pijama encaja perfectamente con esta filosofía: tejidos suaves, siluetas relajadas y una sensación de lujo descontracturado que apela tanto a la funcionalidad como al estilo personal.

Además, celebridades y figuras influyentes han ayudado a afianzar la tendencia: desde modelos que lo llevan con tacones en la ciudad hasta estrellas que lo adoptan como parte de su guardarropa público.

¿Estás preparado/a para ponerte a la moda y usar un pijama como ropa de calle?


Fuentes

Historia y origen del pijama

  • National Geographic: cómo los pijamas indios se convirtieron en occidentales.
  • Britannica: evolución del pijama como ropa de dormir en Occidente.
  • Wikipedia italiano (pigiama): etimología y uso tradicional.

Moda contemporánea

  • Pasarelas y tendencias en Milan Fashion Week 2026.
  • Tendencias pajamas as streetwear.
  • Ensayos sobre moda comfy y day-jamas.

La verdadera historia del pijama: de las praderas persas a los dormitorios del mundo
por Carmen Nikol


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Tirando del hilo

(o el crimen del pantalón)

CAPÍTULO I La ropa tiene memoria

Aunque muchos no lo sepan (tampoco yo lo sabía) la ropa es capaz de recordar lo que uno intenta olvidar o pretende eliminar. Y esto no es una metáfora. A mí no me interesan las metáforas. Esto es un hecho directamente relacionado con una propiedad física, dijeron. El algodón guarda humedad, los poros retienen partículas y las costuras atrapan lo que el tejido suelta. Yo, ni por asomo, podía imaginar que la ropa es como una memoria. Así que decidí teñir los pantalones.

Cuando algo termina, hay que recoger, eso les enseñamos a los niños, ¿no? Los jeans estaban sobre la silla, doblados como lo dejaba siempre, con ese gesto automático que se aprende de joven y ya no se cuestiona. A primera vista parecían limpios, y, a segunda, también. La tercera es la que importa: la que se hace con la cabeza fría, sin prisa, buscando lo que no se ve.

Ya no había manchas evidentes. Ningún rojo espectacular, ninguna salpicadura teatral como en las películas. La realidad es menos fotogénica. La realidad se esconde en tonos pardos, en sombras que solo aparecen bajo cierta luz, en la rigidez de una fibra que no debería estar rígida. Me agaché y pasé la mano por la pernera. El tacto del algodón era algo áspero, pero solo yo lo notaría. En mi humilde opinión, para cualquiera estarían limpios, como nuevos. Hasta Sandrine me dijo que habían quedado nuevos, solo que en otro color.

Podría haberlos tirado. O podría haberlos quemado. Es lo que hacen los torpes y los desesperados. Y ambas cosas llaman la atención. Además, no se trata solo de eliminar, sino de recordar. Para mí, no hacía falta crear un hueco en mi armario. Porque, sin duda, la ropa no desaparece sin más. Sobre todo si le tienes apego. Y yo no solo les tenía apego, eran mi fetiche. Además, si la quemas, te pueden ver o pueden olerlo y pueden venir a preguntar. Por otra parte, yo no tenía dónde quemarlos (eso es muy fácil en los contenedores americanos, pero aquí… iba a dar el cante). Mantenerla contigo, que te acompañe, es conseguir formular una reliquia útil e imperceptible, un recuerdo del crimen que no genere sospechas. Las cosas tienen que seguir existiendo para que nadie pregunte por ellas.

Pensé en lavarlos. Tanto Sandrine como mi hermana lavaban sus braguitas manchadas de sangre. Lo hacían con agua fría, casi cada mes las manchaban, aun llevando compresas. Y la sangre se iba (o eso parecía). Luego a la lavadora, con detergente y en un programa normal… y quedaban como nuevas. Funciona para la mayoría de manchas de sangre. Pero lavar es arrastrar, no borrar. Y hay cosas que no se van con agua caliente ni con lejía. Lo sabía porque lo había visto en algún vídeo de true crime alguna vez. Siempre te dicen que algo queda en algunas fibras: restos, trazas. Pero el tinte podría permitirme seguir usándolos y, muy probablemente, lo cambiaría todo.

El color es lo primero que se mira. El ojo humano está entrenado para detectar contrastes, no historias. Si el color desaparece, el resto se confunde. Pensé en eso mientras doblaba los pantalones y los volvía a colocar sobre la silla. Eran azules, un azul muy muy oscuro, casi habían absorbido totalmente el negro del tinte. Así que, teñidos, tenían un aspecto completamente diferente, sin aguas ni desgastes aparentes.

Teñirlos fue una decisión lógica. No impulsiva. No se me ocurrió como una genialidad de último minuto, sino como una solución técnica a un problema concreto. Disponía de tiempo, estaba solo y lo había probado con una toalla para comprobar que funcionaría. Si el color original desaparecía, desaparecía también la expectativa de encontrar algo en él. Nadie busca sangre en unos pantalones negros. Nadie imagina una historia antigua bajo un color reciente. Nadie puede suponer, ni tan siquiera, que un hombre pueda ser tan astuto como para teñir una prenda. 

El tinte tenía que ser oscuro. Negro, preferiblemente. El negro lo absorbe todo, incluso las sospechas. Además, es un color común. Nadie recuerda cuándo compró una prenda negra. Nadie se pregunta por qué alguien cambia de azul a negro. El negro no explica nada y lo oculta todo.

Fui a comprar el tinte por la mañana, temprano. Las tiendas abren antes de que la gente tenga tiempo de pensar. En la droguería nadie me miró dos veces y nadie iba a recordarme porque no era la de mi barrio. Me aseguré de que fuese una droguería sin cámaras y de que el barrio tampoco tuviera cámaras en exceso. Llevé una gorra y conduje un buen rato. El tinte estaba en una estantería baja, entre quitamanchas y suavizantes. Leí la etiqueta con atención. Algodón, lino, mezclas. Temperatura recomendada. Fijador incluido. Todo parecía sencillo, casi insultantemente sencillo. Solo me hacía falta medio kilo de sal. Cinco cucharadas por cada litro de agua.

Pagué en efectivo. Nada particular, lo hago por costumbre. El efectivo no deja huella y detesto el poder de los bancos. Salí con la bolsa en la mano y la sensación incómoda de haber resuelto algo importante demasiado deprisa.

En casa, lo preparé todo meticulosamente, con calma. Cubrí el suelo con una sábana, abrí las ventanas y me dispuse a llenar el recipiente con agua caliente, la temperatura justa para que el tinte reaccionara sin dañar el tejido. Disolví el contenido siguiendo las instrucciones, removiendo despacio para evitar grumos. 40 minutos mínimo y removiendo cada tanto. Usé unos guantes de látex que tenía desde la pandemia. El líquido se volvió oscuro, espeso, prometedor. Metí los tejanos con cuidado, asegurándome de que quedasen completamente sumergidos. Cada vez que los mueves, has de procurar que acaben siempre sumergidos. Los bordes pueden delatar el tinte.

Se coló algo de tinte en los guantes, al girarlos parece que lo hice con demasiado impulso. Pero me lavé las manos enseguida. Aún así, algo de tinte se me quedó en las comisuras de las uñas de la mano derecha y en el dedo índice. Desapareció al cabo de dos días, lavándome con lejía. Mi mujer me decía que bueno, que no me preocupara. Solo que no me los iba a chupar. ¡Qué graciosa!

Mientras esperaba, pensé en lo absurdo que es que todo dependa de detalles tan pequeños. Un color es un pequeño detalle. Una decisión tomada en un minuto cualquiera. La gente cree que los errores son grandes, visibles, espectaculares. No lo son. Los errores son mínimos y pacientes. Esperan. Pero el luminol no iba a ser un problema, no en mi caso.

Saqué los pantalones cuando el tiempo indicado se cumplió. Los enjuagué un poco, los metí en la misma palangana que había usado para teñirlos y los lavé usando la lavadora. Cuando los saqué, tenían un color oscuro precioso, uniforme, profundo. Aquel azul había desaparecido por completo. Cuando los colgué para que se secaran, me alejé unos pasos para mirarlos con distancia. Parecían otros pantalones. Eso era lo importante. Ya. Ya estaba. Objetivo cumplido y pantalones a estrenar. Hasta sentí cierta ilusión por mi nuevo talento.

Me acerqué cuando ya estaban casi secos. Pasé los dedos por las costuras, por los bolsillos, por las perneras. El tejido había cambiado; el hilo no tanto. No me gustó, pero tampoco me alarmó. Las costuras siempre destacan. Es su función. Sujetar, marcar, definir. Y que el hilo tenga otro color les aporta un toque que a mí me gustaba.

Pensé que el hilo no tiene nada que contar. Me repetí esa idea varias veces, no como un mantra, sino como una comprobación lógica. Soy un tipo lógico. No había nada que me pareciese destacable.

Cuando los guardé en el armario, entre otras prendas negras, desaparecieron. Literalmente. El ojo los perdió de inmediato. Eso me tranquilizó más que cualquier razonamiento. Si yo no los veía, nadie los vería.

La gente cree que el problema es la sangre, o el barro, o cualquier resto visible. No lo es. El verdadero problema es el tiempo. Todo se puede manejar si has cometido el crimen en un lugar adecuado, sin mancharte demasiado y, sobre todo, dispones de tiempo. El tiempo es una capa y yo había añadido una capa nueva, reciente, limpia. El tinte es otra capa.

No descuarticé el cuerpo, lo metí en un contenedor de basura justo antes de que pasara el camión. Me había hecho amigo de los que recogían la basura porque coincidíamos cada tanto. Ya nos hacíamos bromas o nos pedíamos fuego. Al principio, solo nos saludábamos. Lo preparé para que pareciese que regresaba de trabajar cuando ellos pasaban. Así cada día. Fue fácil porque solían pasar siempre sobre la misma hora. 

Ella era una furcia a la que ahogué con mis propias manos en una campa por donde pasean los perros mis vecinos. No hay cámaras y era oscuro. Estaba cerca del contenedor y sobre las seis y media de la mañana pasaron mis colegas, los de la basura. Hasta ahí todo bien, iba a ser perfecto, creo. Pero, como la tipa tenía la regla, me manchó los pantalones por un pequeño descuido. Al ver la mancha, me levanté y goteó un poco por la pernera. Solo un poco. Fácil de ocultar con el tinte. Todo dentro de las posibles opciones que había barajado.

No pensé más en los pantalones durante varios días. Eso también es importante. Pensar demasiado es una forma de confesar en silencio. Sí, es así porque notas en tu cara el recuerdo del crimen y el disimulo de lo que has escondido. Yo seguí con mi vida, con mis horarios, con mis gestos habituales y follándome a Sandrine con la típica pasión que nos caracterizaba y que, en realidad, a mí me encantaba. Pero, no era suficiente.

Usé otras prendas. Dejé que el negro se integrara en el conjunto. Luego me lo puse en casa varios días para que envejeciera un poco, que perdiera el brillo inicial. El negro nuevo canta un poco. Al ponérmelos, sentí una satisfacción breve y excitante. Recordé su último aliento y se me puso dura. Un día me los dejé puestos para dormir y casi los mancho de blanco y esa mancha costaba más de quitar. No los iba a teñir otra vez.

Al principio estaban un poco rígidos, pero en un par de días ya tomaron una forma más holgada. Caminé, me senté, crucé las piernas. Nada chirriaba. Nada delataba ni manchaba. Eran unos pantalones más. Como decía la caja del tinte, sin manchas. No mancharon ninguna prenda más al meterlos en la lavadora, aunque Sandrine siempre separa lo oscuro y lo claro y eso ayudó.

Si alguien me hubiera preguntado entonces si estaba tranquilo, habría dicho que sí. Y habría sido verdad. Había hecho lo que había que hacer. Había resuelto el problema de la forma más racional posible. No había improvisado. No había dejado cabos sueltos visibles. Impecable.

No sabía aún —porque no podía saberlo— que el error no estaba en el crimen ni en el tinte, sino en haber creído que el color manda. El color engaña al ojo, pero no al hilo. Y el hilo tiene memoria.


CAPÍTULO II | El algodón tampoco engaña

El pantalón llegó al laboratorio dentro de una bolsa de plástico sellada, como llegan siempre. No era una prenda especial. No lo son casi nunca. Un vaquero negro, de talla común, sin roturas deliberadas ni marcas llamativas. Podría haber estado colgado en cualquier armario de cualquier casa.

La sala de recepción olía a detergente industrial y a metal. El técnico que lo registró siguió el protocolo: anotó la fecha, la hora y la procedencia. Con el simple código alfanumérico. 

El procedimiento es una forma de higiene mental: evita que uno empiece a pensar antes de tiempo. Otra forma más de evitar errores. La ciencia forense funciona, principalmente, por descarte y por identificaciones idénticas: balas, fibras… Pensar antes de tiempo suele ir ligado a quienes maquinan, no a los que basan su pensamiento en evidencias científicas y descartes.

Extendieron el pantalón sobre la mesa de examen preliminar. Luz blanca, homogénea. Nada a simple vista. El negro era uniforme, mate, sin brillos recientes. No había manchas evidentes ni restos visibles. Eso no significaba nada. A simple vista no se ve casi nada que importe.

—Las costuras —dijo alguien, sin levantar la voz.

No fue una orden; fue una sugerencia. En un laboratorio, las sugerencias suelen ser más eficaces que las órdenes. Giraron la prenda. Bajo, bolsillos, entrepierna. Las costuras estaban intactas, sin desgaste excesivo. El hilo tenía un color tirando a mostaza pero algo oscuro. Los hilos de coser industriales suelen ser de poliéster o de mezclas sintéticas; el tejido de los vaqueros, algodón en su mayor parte. Esa diferencia, que para un usuario es irrelevante, para un forense es una invitación.

Pasaron a la lupa estereoscópica. Aumentos bajos primero. Diez, veinte. El tejido mostraba una absorción homogénea del colorante. Las fibras estaban teñidas en profundidad, no solo en superficie. Eso indicaba un proceso con agua caliente y tiempo suficiente. No era un tinte superficial rápido. Alguien había seguido instrucciones.

El hilo, en cambio, contaba otra historia. El color estaba ahí, pero no había penetrado igual. Se veía una capa irregular en algunos tramos. Un hilo algo viejo para un pantalón tan teñido. No era un defecto; era una característica. El poliéster no reacciona con los tintes reactivos usados para algodón. Se colorea por adherencia, no por reacción química. Eso no se borra con el uso, pero tampoco engaña a quien sabe mirar.

Apagaron la luz blanca y encendieron la ultravioleta. El tejido respondió de manera uniforme, con una fluorescencia apagada, normal para un algodón teñido. El hilo respondió distinto: pequeñas variaciones, discontinuidades. No era llamativo, pero era consistente. La consistencia es lo que importa.

—Teñido posterior al de fábrica—dijo la forense, esta vez con más seguridad.

No afirmaba un delito. Afirmaba una secuencia. Primero existió el pantalón con su color original. Después alguien decidió cambiar ese color. El orden de los factores, en este caso, sí importa.

Tomaron una muestra mínima del bajo, de una zona que no afectaría a la integridad visual de la prenda. Cortar es siempre un gesto delicado. Nadie quiere ser el que estropea una prueba. La muestra pasó a un portaobjetos. Microscopía de mayor aumento. Cuarenta, cien. Las fibras de algodón mostraban una tinción homogénea incluso en el lumen, el canal interno. Eso solo ocurre cuando el tinte ha tenido tiempo y temperatura. No era un retoque rápido. No era una chapuza.

Buscaron contaminantes. Tierra, partículas minerales, restos orgánicos. Nada evidente aún. No se concluye una ausencia sin mirar más de una vez. Cambiaron el ángulo de la luz. Las fibras devolvieron sombras distintas. En algunas zonas, entre las hebras del hilo, aparecían microdepósitos. Demasiado pequeños para el ojo humano, suficientes para un informe.

—¿Cómo lo ensuciaría? ¿Dónde? —dijo alguien.

La suciedad, cuando queda atrapada antes de un teñido, se comporta de manera distinta que cuando llega después. El tinte la recubre, no la desplaza. Queda encapsulada. Es una cuestión de capas, como en la pintura o en la geología. El tiempo se ordena en estratos.

Anotaron todo. Fotografiaron. Compararon con muestras de control: vaqueros teñidos de fábrica, vaqueros teñidos en casa, vaqueros lavados repetidas veces. El patrón se repetía. El negro de fábrica es distinto. Más estable, más uniforme entre tejido e hilo. El negro doméstico deja diferencias. No por mala calidad, sino por procedimiento y por química.

Pasaron a la espectroscopía infrarroja. FTIR, siglas que fuera del laboratorio no significan nada, pero que ahí deciden historias. El espectro del tejido mostraba picos compatibles con un tinte reactivo común. El del hilo mostraba otra cosa: la señal del polímero base intacta, con restos superficiales del colorante. Dos materiales distintos, dos comportamientos distintos. Dos verdades que no se contradicen, pero tampoco se mezclan.

El informe preliminar no hablaba de culpables. Hablaba de procesos. Prenda teñida con posterioridad a su uso. Tinte doméstico compatible con productos comerciales de uso común. Diferencias significativas entre tejido e hilo debidas a la naturaleza de las fibras. Análisis de sendos tipos de fibras. 

El laboratorio entrega los primeros análisis y pueden desarrollar posteriores basados en los anteriores, así como los necesarios para seguir investigando. Pero son otros los que deciden qué hacer con ellos, así que tienen que poder ser explicados frente a jueces, policías y jurados.

Antes de guardar la prenda, volvieron a mirarla bajo luz normal. El pantalón seguía siendo negro. Para cualquiera, solo negro. Para ellos, ya era un objeto con pasado y con matices de color. Un objeto que había sido una cosa y luego otra. Un objeto que había intentado parecer nuevo sin dejar de ser viejo.

—El algodón teñido no miente —dijo la forense, cerrando la bolsa—. Solo hay que saber cuándo llegó el color a la prenda. Es pura química.

El pantalón volvió a su estantería, etiquetado, clasificado. Esperaría allí hasta que alguien necesitara que hablara un poco más.


CAPÍTULO III | El error no está en el tinte

Empecé a repasar mentalmente el camino que podría llevar hasta los pantalones. No desde el crimen, sino desde el presente. ¿Cómo llegarían a mi armario? ¿Por qué? ¿Con qué justificación? Las hipótesis eran pocas y todas improbables. La gente no entra en tu casa para mirar tus vaqueros. La gente entra para buscar respuestas grandes, no costuras. Buscan salpicaduras de sangre, si la víctima ha sido apaleada o ha sido sujeto de una brutalidad. Pero a mí no me excita la barbarie. Me excita la muerte, por lo que procuro que sea con métodos agónicos, ver cómo se escapa la vida de la mirada de mi víctima.

No hay un momento exacto en el que uno empieza a sospechar. Es más bien una suma de pequeñas fricciones, como cuando una puerta roza el marco y no sabes decir desde cuándo. Nada había cambiado de forma evidente, pero yo empecé a notar retrasos. Llamadas que no llegaban cuando solían llegar. Preguntas que parecían casuales y no lo eran. El mundo no se había vuelto hostil; se había vuelto meticuloso.

Me dije que era normal. Que después de cualquier cosa importante uno tiende a verse reflejado en todo. Proyectar es un vicio común. Pero yo no quería caer en eso. Seguí con mis horarios, con mis trayectos, con la disciplina mínima que exige parecer normal sin exagerar. Exagerar es el error de los nerviosos. Yo no. Yo no estaba nervioso.

Volví a ponerme los pantalones una mañana cualquiera y el negro había perdido algo de intensidad, como debe ocurrir. El uso es el mejor camuflaje. Me miré en el espejo sin buscar nada en concreto. Las costuras seguían ahí, visibles como siempre. Nada nuevo. Nada alarmante.

Sin embargo, empecé a fijarme en detalles que antes no me interesaban. La rigidez del hilo en ciertos puntos. La manera en que la luz se reflejaba en los bordes de los bolsillos. No porque hubiera cambiado, sino porque ahora yo miraba distinto. Estaba claro que, aunque no quisiera caer en ello, lo estaba haciendo.

Pensé en el tinte. Recordé la etiqueta, las instrucciones, el tiempo exacto. No había improvisado. El tinte era correcto para algodón. Lo había disuelto bien. La temperatura había sido la adecuada. El fijador había cumplido su función. Si alguien examinaba el tejido, vería un negro convincente. No había motivo para dudar de eso. No creo haber dejado ninguna mancha entre materiales y la zona del lavadero de casa. 

Un poco paranoico y nervioso sí que estaba. Pero nadie lo iba a notar.

El hilo era otra cosa, pero siempre lo es. Nadie espera que el hilo se comporte como el tejido. Es una diferencia asumida, integrada en la mirada común. Para que eso importara, alguien tendría que estar buscando algo muy concreto. Y nadie busca sin motivo. Pero, pueden tirar del hilo, como dice la expresión…

La lógica es una herramienta útil cuando no se la fuerza. No había una línea directa entre lo ocurrido y esa prenda. Había, como mucho, una red de posibilidades débiles. Y, por supuesto, las redes débiles se rompen solas. Me pregunté si el hecho de que tuviera la regla se podría ver tras haber pasado por el camión de la basura; si se verían las marcas de ahogamiento en el cuello. Si el hueso hioides estaría intacto o se le habría roto.

Ayer, mientras giraban en la lavadora, pensé en la cantidad de cosas que dependen de materiales que no entendemos del todo. La gente confía en el acero, en el plástico, en el tejido, sin preguntarse cómo reaccionan ante el tiempo, el calor o la presión. Yo había confiado en el color. En su capacidad para imponer una versión única de la historia. Quizá había sido suficiente. Quizá lo seguía siendo. O quizá no. Seguro que sí…

Cuando los saqué, estaban como esperaba. Un negro algo más apagado, más vivido. Las costuras no habían cambiado. Tampoco tenían por qué hacerlo. Me dije que ese era el punto final. De algún modo, me convencí de que podía aplicar a mi prenda lo que decían los romanos: excusa non petita, acusatio manifesta. No les iba a dar más importancia anymore.

Esta tarde, alguien mencionó de pasada la palabra laboratorio. No dirigida a mí, no en mi presencia directa. Fue en una conversación ajena, escuchada sin querer. El tono era neutro, como mi detergente. Eran dos policías en la cafetería de mi mujer. No había acusación ni urgencia. Precisamente por eso me llamó la atención. Cuando algo se investiga, no se anuncia. En todo caso, me saltaron algunas alarmas. ¿Me estaban investigando? ¿Querían mi ADN? No pensé que así fuera, pero me asusté un poco y procuré ser tan cordial con ellos como siempre, como con los basureros. Besé a Sandrine antes de salir y me despedí de ellos por ser los únicos que había en la cafetería en ese momento.

Cuando lo teñí, Sandrine me preguntó que por qué estaban manchados de sangre y le dije que me corté con una máquina de la fábrica. Pero, en cuanto vio que los teñía pensó en mí como ese marido que tanto le gustaba: un hombre apañado, discreto, que ayuda en casa y que no da más faena que la justa. Esa noche, en la cama, me hizo un par de bromas picaronas y me montó. Doble punto para el pantalón. Me dormí con esa idea, sonriendo y congratulándome por haberlo teñido. Crimen sin castigo y con pluses en casa. 

Cuando me desperté, Sandrine ya estaba trabajando, llevaba horas trabajando. Me los puse de nuevo y me volví a la cama. En un momento dado, recordé el anuncio de el algodón no engaña. Y me reí. Ahora a carcajadas. Al rato, me dormí de nuevo. Dormía siempre profundamente porque aún no sabía que el camión de la basura se paró de inmediato, en cuanto Ángel, uno de los basureros, vio el cuerpo de aquella desgraciada. 


CAPÍTULO IV | Costuras

El laboratorio no tiene prisa. La prisa pertenece a quienes urgen de respuestas; el laboratorio, en cambio, se limita a formular preguntas correctas, pautando las respuestas en los momentos adecuados. Y, si cuenta con el tiempo suficiente, los análisis son perfectos. Si existe un tipo de perfección en el mundo ha de estar ligado a la ciencia forense. 

La prenda llevaba ya varios días catalogada cuando decidimos volver a ella. Afortunadamente, el comisario no nos estaba apremiando. Tenían otro caso más urgente, de alguien más prominente, y éste era sobre una mujer desconocida. Aún no le habían puesto nombre.

Colocamos de nuevo el pantalón sobre la mesa grande, la que se usa cuando hay que verlo todo de una vez. La luz cenital caía de manera uniforme. Luego, cambiamos el ángulo, bajamos la intensidad e introdujimos luz rasante desde un lateral. Las costuras reaccionaron de inmediato. No de forma espectacular, pero sí constante. Allí donde el hilo emergía del tejido, el color parecía distinto. La diferencia no era cromática en sentido estricto, sino estructural. El ojo entrenado distingue eso sin necesidad de medirlo. 

El origen de su análisis no era la sangre sino lo que la policía había indicado.

—Ve la etiqueta trasera del pantalón. Ángel, el basurero, nos dijo que este pantalón estaba teñido. Se lo había visto al presunto asesino varias veces y se fijó en la etiqueta para comprarse uno igual. Al ver a la chica en el camión, antes de sacarla, ya concluyó que estaba muerta y que pretendían deshacerse de ella. De inmediato pensó en quién pudo haberla tirado y, cuando lo volvieron a saludar, como casi cada día, se fijó en que el pantalón estaba teñido. En cuanto se giró el presunto homicida, vio que la etiqueta trasera del pantalón, la de la cinturilla, estaba teñida —dijo el comisario, señalando la etiqueta—. Este tipo es un sabueso.

Efectivamente, el hilo mostraba microfisuras en la capa de colorante. No roturas sino interrupciones irregulares en la adherencia del tinte. Eso ocurre cuando el color se deposita sobre una superficie que no lo absorbe. El algodón bebe el tinte; el poliéster del hilo de las costuras solo lo soporta. Son verbos distintos, pensé, y recordé a Vicente, mi profesor de Lengua Española en COU. Un tipo peculiar, interesante, que nos enseñaba con meticulosidad la importancia del uso de los verbos.

Tomaron muestras del hilo. No muchas. Las costuras no se pueden desmontar sin alterar la prenda, y alterar es siempre el último recurso. Bastaron unos milímetros. Bajo el microscopio, la sección transversal del hilo era clara: núcleo sintético intacto, con una película externa de colorante. No había penetración. No había reacción química. Era una capa superpuesta.

Lo comparamos con hilos teñidos de fábrica. En el teñido industrial, el hilo se fabrica ya coloreado, el pigmento forma parte del polímero. Aquí no. Aquí la capa exterior del color había llegado después, como una pintura mal aceptada. Definitivamente, ese pantalón estaba teñido.

Encendieron la luz ultravioleta de nuevo, esta vez con filtros distintos. El tejido absorbía y devolvía la radiación de manera predecible. El hilo no. En algunos puntos aparecían pequeñas fluorescencias residuales. No eran del tinte. Eran de otra cosa.

—¿Contaminación previa? —pregunté con el tono de una pregunta retórica y con una mirada forense graciosa. Aunque yo era el novato, me gradué cum laude, el mejor de mi promoción. Me tenían siempre en cuenta. En esa ocasión, al girarse sonrieron. Bromas de forenses.

Contaminación es todo lo que no pertenece al material original. Restos orgánicos, partículas minerales, aceites, sudor… sangre. Si contaban con algún rastro de sangre, probablemente, podríamos detectarlo. Aunque era altamente improbable porque la prenda había sido lavada en múltiples ocasiones. Aún así, en ocasiones, se puede recuperar algo.

El informe empezaba a tomar forma. Ya no hablaba solo de personas y de actos concretos. Hablaba de materiales, de procesos, de incompatibilidades. El hilo no se tiñe igual que el tejido no es una opinión; es una ley básica de la química textil. Lo sorprendente no es que ocurra, sino que alguien espere lo contrario. Pero un juez no tiene por qué saberlo, así que se apunta todo. 

Antes de cerrar la sesión forense, revisaron las zonas menos obvias: el interior de la cinturilla, las costuras ocultas, los remates internos. Esos lugares suelen ser menos intensos en la absorción del tinte en los teñidos domésticos. Yo iba apuntando todo lo que me indicaban. Ahí encontraron lo que buscaban: restos del color original, apenas perceptibles, atrapados en pliegues donde el tinte no había llegado con la misma intensidad. Un azul antiguo, algo más oscuro pero reconocible. Y una gota de sangre teñida. La destinamos al análisis de ADN.

Antes de irse el comisario, amigo de la forense, ella le agradeció que le hubiera dado los detalles de lo del basurero. Luego quedó claro que había sido un error hacerlo porque era parte del secreto de sumario. Pero, allí, todos éramos tumbas. Otra parte del humor forense.

Cuando lo guardamos de nuevo, nadie dijo nada durante unos segundos. El objeto parecía haber hablado todo lo que podía. Ahora le tocaba al resto del mundo actuar.

Fuera del laboratorio, alguien seguía poniéndose esos pantalones de vez en cuando, convencido de que el negro había impuesto silencio. No sabía —todavía— que las costuras no sirven solo para unir piezas de tela; también sirven para unir cabos. Y que, en ese límite exacto entre tejido e hilo, el color había dejado de mandar.


CAPÍTULO V | Excusatio non petita

Sandrine sabía que les tenía especial cariño. Y ella siempre me decía que eran los pantalones que mejor me quedaban, aunque ahora parecían otros. Yo le decía que, a veces, al sentarme, notaba la costura de la entrepierna un poco más rígida de lo habitual. Me dijo que así me mantenía más a tono. Sandrine siempre soltaba una de esas: picarona pero con la lágrima fácil y algo inocente.

El hilo siempre es más duro que el tejido, quizá por eso estaba más tensa la costura de la ingle. No sé: ese es un tema que nadie puede advertir antes de teñir un tejano. Pero, el cuerpo percibe lo que la cabeza no ha sabido prever. Me dije que eso no significaba nada. Y no lo significaba, en efecto. Mi percepción no era una prueba.

Empecé a entretenerme con reflexiones estúpidas como que el tinte es como en una capa de barniz. No cambia la madera, solo su apariencia. La madera sigue siendo madera y el pantalón sigue siendo el mismo. El barniz protege, unifica, disimula. Con el tiempo, se raya, se apaga, se integra en el uso. Como el tinte. Nadie rasca un mueble para ver qué hay debajo si no tiene un motivo previo. Y yo no había dado motivos para que observasen, y menos para que rascasen, el tinte del pantalón.

Los llevaba puestos el día que me hicieron preguntas. No sobre los pantalones, no directamente. Preguntas generales. Horarios. Rutinas. Cosas que se preguntan cuando todavía no se sabe qué se está buscando. Me senté frente a ellos en mi salón con los jeans negros, cruzando la pierna con comodidad. El tejido cedió casi como siempre. 

Mientras hablaba, pensé en lo irónico de la situación. Había sido meticuloso con el teñido para poder seguir usando la prenda, y ahora ese mismo gesto podía leerse como audacia o como descuido. La gente cree que el culpable evita el objeto comprometido; una lógica ingenua, refutada hace siglos (excusatio non petita). Me dio tiempo a pensar, con ese pensamiento trasero que se puede tener mientras se habla, en que la expresión no era romana, aunque fuese una locución latina. Era medieval. Para los agentes de policía, en cambio, que los llevase puestosno era más que un fetiche —así me lo dijeron después—.

Respondí con frases cortas. Sin adornos. El tono adecuado es el que no destaca. Me levanté para hacerles un café y ese fue el momento en que me leyeron mis derechos y me obligaron a quitarme los pantalones. Me sentí desnudo incluso antes de quitármelos. No me lo podía creer: me sugirieron silencio. Como en las películas: podrían usar cualquier cosa que dijera en mi contra. Me pilló completamente desprevenido y quería gritar y tomarme el maldito café.

Parecía que mis pantalones habían hablado, ellos sí habían gritado, y seguirían haciéndolo en mi contra. Mis aliados, mi fetiche, en mi contra.


CAPÍTULO VI | El hilo y la etiqueta

En el juicio, me quedé estupefacto al ver aparecer a Ángel, el basurero. No quiso mirarme y siempre había sido muy cordial al saludarme. Venía a declarar. Yo tenía claro que la cosa no iba a ser favorable para mí.

Su declaración me pareció estúpida, simple. Pero me desarmaba. Declaró que siempre se había fijado en mis pantalones porque pensaba comprarse unos iguales (ya ves tú qué cosa más estúpida iba a ir en mi contra) y que el día que encontraron a aquella desgraciada dentro del camión, a tiempo para pararlo, pensó en mí, en que yo era la única persona que podía haberla dejado allí a esas horas. Que, claro, no podía estar seguro de que hubiese sido yo pero que al fijarse en que mis pantalones estaban teñidos, por la etiqueta trasera (así se dio cuenta…), le dio una corazonada más fuerte, por lo que se había presentado en comisaría con ese detalle. Creyó que no le iban a hacer caso, pero se decidió a presentarse allí y comentarlo.

Luego, declaro el comisario. Vino a decir que él se sentía orgulloso de darle importancia a todos los detalles. Y, en este caso, le preguntaron por qué, a lo que no se cortó un pelo y dijo que su madre había sido prostituta pero siempre le había animado a ser comisario y no abandonar los casos que otros desestimarían por ser mujeres como ella misma. Yo volví a pensar en las películas que había visto y no recordaba ninguna en que declarase un comisario y menos en que le dejasen decir tonterías romanticuchas. Paparruchas románticas. Me tenía que tocar a mí ese comisario y esa escenita.

No me dio pena, solo me jodió que le hicieran declarar eso y lo de su madre. Y no por él, sino porque me estaba dando las razones por las que aquella jodida desgraciada había conseguido ser importante, lo suficiente como para tenerme allí sentado escuchando esa cantidad de mamarrachadas. También porque mi mujer se puso a llorar mientras él declaraba. La pobre Sandrine… ¡Que engañada la tenía! 

Siempre pensé que ella sería una coartada pero no funcionó. En cuanto me esposaron y me obligaron a quitarme los pantalones se le giró el gesto y, también ahí, se puso a llorar.

Una de las preguntas fue la del hueso hioides. Lo tenía partido. ¡Mierda! Yo creí que al pasar por la trituradora del camión de basura, de tenerlo roto, sería difícil encontrarlo. Pero como Ángel y su compañero la sacaron antes… ¡Me jodieron esa posibilidad! Debí ser más precavido con eso.

Tras declarar el comisario, llamaron a Sandrine y, entonces, ya no me dio pena que hubiese llorado mientras declaraba el comisario. Se irguió, se secó las lágrimas y se acercó al micrófono con una expresión dura y distante. Les indicó que yo había teñido el pantalón, efectivamente, que fue la misma mañana posterior al crimen y que, sí, tenía gotas de sangre. Recordaba una gota que estaba cerca de una costura. Mi mujer siempre había tenido visa de lince y memoria de elefante.

Al aparecer la forense, me vi entrando en prisión. El puto pantalón… ¡Lo tenía que haber quemado! ¡Ni excusa non petita ni ostias! O habérselo regalado a un pordiosero de otra ciudad y haberme comprado otros, aunque hubiese llegado más tarde a casa. ¿No me preocupé de comprar el tinte en una droguería de otro barrio? ¿Qué cojones estaba pensando con quedarme el pantalón? Tan listo me creía y, ahora, me sentía un imbécil. Un delincuente de poca monta.

La jodida forense vino con la prueba acusatoria y con un informe con el que decía que habían tirado del hilo. Se permitió hacer una broma. ¡Puta loca! Me estaba mirando mientras decía eso. Y que, si bien el hilo dejaba claro que el pantalón estaba teñido, lo que asombró a todos es que habían encontrado sangre. No me lo quise creer. Yo tenía claro que un pantalón lavado no mantenía la sangre. O eso creía recordar de un capítulo de Archivos Forenses cuando lo teñí. Por lo que pensé que si estaba teñido, además de lavado, ni de coña iba a haber sangre. Pero quizá me dormí antes de terminar el capítulo, me solía pasar, y perdí más información crucial. Lo que me vino a la cabeza entonces fue el dicho de que nadie comete el crimen perfecto o el de el delito siempre deja rastro. Pero, ¿Cuántos delincuentes somos los que pensamos que lo haremos bien? El ego nos permite subestimar a los forenses…

Luego, les presentó todo el análisis, explicándolo con palabras y detalles que hacían fácil su comprensión. De tanto en tanto, me miraba con cara de reto vencido, como si hubiese sido una lucha entre ambos y en la que ella estaba ganando. La muy zorra… ¡La hubiese matado también a ella, pero con más saña! 

El jurado, popular, lo tenía claro. También ellos me iban mirando con cara de te-vamos-a-encerrar. No conocía a ninguno y todos me resultaban cercanos. Si los tengo más cerca… ¡Uf! Notaba que se me estaba hinchando una vena. Tanto que hasta me dolía el cuello. Estaba tan furioso que, cuando no pude más, les grité que qué coño miraban.

El juez, con eso, solicitó que se terminase la vista. Para sentencia, dijo. 

Tardaron media hora en deliberar.

Hoy, tras una año con el mierda de mi compañero de celda, me siento vigilado. Ya me han tenido encerrado en celdas de especial seguridad. Creen que puedo intentar lesionarme o suicidarme pero… no. No. No Mi ego aún está conmigo. Y mi sed.

Yo no tengo espíritu suicida. Yo lo que quiero es matar. Yo… lo que necesito… es matar. 


Tirando del hilo (o el crimen del pantalón)
por Carmen Nikol


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Hormonas humanas y hormonas bioidénticas

Las hormonas son mensajeros químicos fundamentales para el funcionamiento del organismo humano. Regulan procesos como el crecimiento, el metabolismo, la reproducción, el estrés, el sueño y el equilibrio interno. En este artículo encontrarás una guía completa, ordenada y actualizada, donde se explica para qué sirve cada hormona, con tablas claras y un enfoque divulgativo.


El sistema endocrino está formado por órganos con tejido glandular, como la tiroides, así como por glándulas localizadas dentro de otros órganos, por ejemplo los ovarios, los testículos e incluso partes del corazón. Este sistema emplea hormonas para regular y coordinar distintas funciones del organismo, de manera similar a cómo el sistema nervioso utiliza impulsos eléctricos. Ambos sistemas están conectados y se comunican en el cerebro, interactuando entre sí, aunque sus tiempos de respuesta son distintos: los impulsos nerviosos actúan en fracciones de segundo y de manera breve, mientras que las hormonas pueden permanecer activas durante horas, días o incluso semanas, modulando procesos como el metabolismo de nutrientes, el balance de líquidos y la producción de orina, el crecimiento corporal y la reproducción.

Las hormonas pueden permanecer activas durante horas, días o incluso semanas, modulando procesos como el metabolismo de nutrientes, el balance de líquidos y la producción de orina, el crecimiento corporal y la reproducción.

La liberación hormonal depende de diversos factores, incluyendo la concentración de ciertas sustancias en la sangre y la información recibida por el sistema nervioso. Transportadas por la sangre, las hormonas pueden llegar a todo el cuerpo, pero únicamente afectan a las células que poseen receptores compatibles con su estructura molecular específica.

Al final del artículo, puedes leer 10 curiosidades respecto a la menopausia y10 sobre la andropausia (tan reconocidamente ligadas a las hormonas) pero, antes, revisemos todas las hormonas. Bajo cada tabla, cuentas con notas importantes.


¿Qué son las hormonas y para qué sirven?

Las hormonas son sustancias producidas por glándulas y tejidos que transmiten información entre órganos. Actúan uniéndose a receptores específicos y desencadenando respuestas fisiológicas concretas.

Sirven para:

  • Coordinar órganos distantes.
  • Mantener la homeostasis.
  • Adaptar el cuerpo a cambios internos y externos.

Pero entremos con más detalles a continuación:


Hormonas clásicas del sistema endocrino (con función)

Hipotálamo

Hormona¿Para qué sirve?
TRHEstimula la liberación de TSH y regula la tiroides
CRHActiva la respuesta al estrés estimulando ACTH
GnRHControla la producción de hormonas sexuales
GHRHEstimula la secreción de GH
SomatostatinaInhibe GH y TSH
DopaminaInhibe la prolactina

💡 Notas importantes:

  • Coordina la liberación de hormonas de la hipófisis mediante hormonas liberadoras e inhibidoras.
  • Integra señales nerviosas y hormonales del cuerpo, actuando como centro maestro del sistema endocrino.
  • Regula funciones vitales como el estrés, el crecimiento, la reproducción y el metabolismo.

Timo

HormonaTipoFunción principalCélulas/órgano objetivo
TimosinaPéptidoMaduración de linfocitos TLinfocitos T en médula ósea y timo
Timosina alfa 1PéptidoPotencia la respuesta inmune, diferenciación de linfocitosLinfocitos T y células inmunes periféricas
Timosina beta 4PéptidoParticipa en reparación de tejidos y regulación inmunitariaCélulas endoteliales, fibroblastos, linfocitos
TimopoyetinaPéptidoEstimula diferenciación de células T y proliferación celularLinfocitos T inmaduros

💡 Notas importantes:

  • El timo es clave durante la infancia y adolescencia para el desarrollo del sistema inmune.
  • La actividad hormonal del timo disminuye con la edad (involución tímica).
  • Sus hormonas afectan tanto al timo mismo como a linfocitos en otros órganos linfoides.

Hipófisis

Hormona¿Para qué sirve?
GHEstimula crecimiento, reparación tisular (de los tejidos) y del metabolismo
TSHEstimula la producción de hormonas tiroideas
ACTHEstimula la secreción de cortisol
FSHMaduración de óvulos y espermatozoides
LHOvulación y producción de testosterona
ProlactinaProducción de leche materna
ADHRegula la retención de agua en riñones
OxitocinaContracciones del parto y vínculo afectivo

💡 Notas importantes:

  • Se divide en anterior y posterior, cada una con hormonas específicas (GH, ACTH, TSH, FSH, LH, prolactina, ADH, oxitocina).
  • La hipófisis es el principal regulador de otras glándulas endocrinas.
  • Sus hormonas controlan crecimiento, metabolismo, reproducción, lactancia y equilibrio hídrico.

Tiroides y paratiroides

Hormona¿Para qué sirve?
T3Aumenta el metabolismo celular
T4Regula el gasto energético basal
CalcitoninaDisminuye el calcio en sangre
PTHAumenta el calcio en sangre y fortalece huesos

💡 Notas importantes:

  • La tiroides regula el metabolismo, la temperatura corporal y el desarrollo cerebral.
  • La paratiroides controla los niveles de calcio y fósforo en sangre, influyendo en huesos y riñones.
  • La actividad hormonal es regulada por retroalimentación negativa con el eje hipotálamo–hipófisis.

Páncreas endocrino

Hormona¿Para qué sirve?
InsulinaReduce la glucosa en sangre
GlucagónAumenta la glucosa en sangre
SomatostatinaRegula insulina y glucagón
AmilinaControla el vaciado gástrico

💡 Notas importantes:

  • Insulina y glucagón mantienen la glucosa en sangre dentro de rangos saludables.
  • Somatostatina y amilina regulan la liberación de otras hormonas pancreáticas y el vaciado gástrico.
  • Fundamental en metabolismo energético y prevención de hipoglucemia/hiperglucemia.

Glándulas suprarrenales

Hormona¿Para qué sirve?
CortisolRespuesta al estrés y metabolismo
AldosteronaControl de sodio y presión arterial
AdrenalinaRespuesta de lucha o huida
NoradrenalinaAlerta y regulación cardiovascular
DHEAPrecursor de hormonas sexuales

💡 Notas importantes:

  • La corteza produce cortisol, aldosterona y DHEA; la médula produce adrenalina y noradrenalina.
  • Regulan el estrés, la presión arterial, el equilibrio de sodio/potasio y la respuesta de lucha o huida.
  • Están estrechamente conectadas con el eje HPA (hipotálamo–hipófisis–suprarrenal).

Gónadas (ovarios y testículos)

Hormona¿Para qué sirve?
EstrógenosCiclo menstrual y salud ósea
ProgesteronaMantiene el embarazo
TestosteronaDesarrollo sexual masculino
DHTCaracteres sexuales secundarios
InhibinaRegula FSH

💡 Notas importantes:

  • En mujeres, estrógenos y progesterona regulan el ciclo menstrual y la fertilidad.
  • En hombres, testosterona y DHT controlan desarrollo sexual, espermatogénesis y caracteres sexuales secundarios.
  • Las hormonas gonadales también influyen en masa ósea, músculo y metabolismo.

Hormonas modernas y tejidos endocrinos difusos

HormonaTejido¿Para qué sirve?
LeptinaTejido adiposoProduce sensación de saciedad
GhrelinaEstómagoEstimula el apetito
AdiponectinaTejido adiposoMejora sensibilidad a insulina
GLP-1IntestinoControla glucosa y apetito
PYYIntestinoReduce el hambre
IGF-1HígadoMedia efectos de GH
OsteocalcinaHuesoRegula metabolismo energético
FGF23HuesoControla fósforo
EritropoyetinaRiñónEstimula producción de glóbulos rojos
MelatoninaPinealRegula el sueño

💡 Notas importantes:

  • Incluyen leptina, ghrelina, GLP-1, PYY, osteocalcina, FGF23, eritropoyetina y melatonina.
  • Regulan metabolismo, apetito, sueño, producción de glóbulos rojos y homeostasis mineral.
  • Destacan por provenir de tejidos no glandulares tradicionales (hueso, grasa, intestino, riñón, pineal).

🧬 ¿Qué son las hormonas bioidénticas?

Las hormonas bioidénticas son compuestos hormonales cuya estructura molecular es idéntica a la de las hormonas producidas por el cuerpo humano (por ejemplo, estrógeno, progesterona y testosterona). El término bioidéntico hace referencia a esa similitud química.

Nota: Que una hormona sea bioidéntica no significa automáticamente que sea natural o que provenga directamente de plantas sin procesamiento: los precursores vegetales se transforman en laboratorio para obtener la molécula final.


💡 ¿Por qué se usan?

Las hormonas bioidénticas se emplean principalmente en terapia de reemplazo hormonal (HRT) para tratar síntomas asociados con:

  • Menopausia y perimenopausia: sofocos, sudores nocturnos, sequedad vaginal, cambios de humor.
  • Deficiencias hormonales generales (disminución de estrógenos, progesterona o testosterona)
  • En algunos casos, como parte de tratamiento para personas transgénero (según contexto clínico).

La idea es reponer hormonas cuyo nivel ha bajado con la edad o por otras causas para aliviar los síntomas y mejorar la calidad de vida.


📊 Bioidénticas vs hormonas tradicionales

CaracterísticaHormonas BioidénticasHormonas Tradicionales
Estructura químicaIgual al de hormonas humanasPueden ser sintéticas o derivadas de animales
FuenteA menudo precursores vegetales transformadosSintéticas o animales
RegulaciónVariable: algunas aprobadas, otras compuestas a medidaLa mayoría aprobadas por agencias regulatorias
Evidencia de seguridadNo hay evidencia robusta superiorMás estudios y control de calidad

👉 Muchos tratamientos hormonales aprobados por la FDA utilizan hormonas bioidénticas (por ejemplo, estradiol o progesterona), pero no todos los productos comercializados como “bioidénticos” están regulados.


⚠️ Controversias y limitaciones científicas

❗1. No está demostrado que sean más seguros o más eficaces

No existe evidencia científica sólida que pruebe que las hormonas bioidénticas sean más seguras o más eficaces que las hormonas utilizadas en la terapia hormonal convencional.

❗2. Calidad y dosificación pueden variar

  • Las mezclas compuestas a medida (preparadas en algunas farmacias) no están reguladas con los mismos estándares que los medicamentos aprobados.
  • Esto puede resultar en variaciones de dosis, pureza o contaminación.

❗3. Las pruebas de saliva no son fiables

Algunas clínicas ajustan las dosis basándose en pruebas de saliva, pero estas no reflejan con precisión los niveles hormonales en sangre ni su relación con los síntomas clínicos.

❗4. Riesgos de salud existen igual que en otras HRT

Los efectos adversos asociados con terapia hormonal incluyen riesgo aumentado de coágulos sanguíneos, accidente cerebrovascular y ciertos tipos de cáncer, dependiendo de edad, vía de administración y duración del tratamiento, igual que con otras terapias hormonales.


📉 Riesgos y efectos secundarios

Aunque algunas personas reportan alivio de síntomas, los posibles efectos adversos incluyen:

  • Aumento del riesgo de coágulos sanguíneos y accidente cerebrovascular
  • Posibilidad aumentada de cáncer de mama o de endometrio (en ciertos contextos)
  • Síntomas transitorios como dolor de cabeza, aumento de peso o cambios de humor
  • Problemas relacionados con dosis incorrectas en preparaciones compuestas

💊 Regulación y recomendaciones médicas

  • Las formulaciones aprobadas por agencias regulatorias (como FDA) son más seguras porque han demostrado calidad, eficacia y seguridad.
  • Las hormonas bioidénticas compuestas a medida no están sujetas a la misma regulación estricta y no cuentan con pruebas clínicas tan claras.
  • Diferentes autoridades sanitarias alertan sobre productos no regulados que se venden como suplementos o tratamientos naturales.

🧠 Conclusión

Nunca accedas a su compra si no han sido recetadas por médicos competentes. Jamás compres medicamentos en mercados de estraperlo. Los riesgos son muy elevados. No lo olvides y procura que nadie a tu alrededor lo haga. ¡La salud es lo más importante!



🔹 Curiosidades sobre la menopausia

  1. Edad promedio:
    • La menopausia suele ocurrir entre los 48 y 52 años, aunque puede variar según genética, salud y estilo de vida.
  2. No significa el fin total de hormonas sexuales:
    • Aunque disminuyen estrógenos y progesterona, las mujeres aún producen pequeñas cantidades de hormonas sexuales en las glándulas suprarrenales y tejido periférico.
  3. Síntomas pueden comenzar años antes:
    • La perimenopausia, la fase previa a la menopausia, puede durar entre 2 y 10 años, con sofocos, cambios de humor y alteraciones del sueño.
  4. El cerebro también siente la menopausia:
    • La disminución de estrógenos puede afectar la memoria, la concentración y el estado de ánimo, porque estas hormonas influyen en neurotransmisores como serotonina y dopamina.
  5. Riesgos y beneficios hormonales:
    • Disminuir estrógenos aumenta riesgo de osteoporosis y enfermedades cardiovasculares, pero reduce riesgo de ciertos tipos de cáncer de mama dependientes de hormonas.
  6. Cambio en metabolismo:
    • La menopausia puede hacer que se acumule grasa abdominal más fácilmente y disminuya la masa muscular, aunque el ejercicio y la dieta lo pueden contrarrestar.
  7. Síntomas inesperados:
    • Algunas mujeres experimentan cambios en la piel, uñas frágiles, pérdida de densidad ósea, sequedad vaginal y cambios en la voz o cabello.
  8. No todas las mujeres sienten los sofocos:
    • Aproximadamente 2 de cada 3 mujeres los experimentan; intensidad y duración dependen de genética, estilo de vida y etnia.
  9. Hormonas y longevidad:
    • Algunos estudios sugieren que mantener hábitos saludables y niveles moderados de estrógeno durante la transición menopáusica puede favorecer la salud cardiovascular y ósea a largo plazo.
  10. La menopausia es un proceso evolutivo único:
    • Los humanos y algunas ballenas son de las pocas especies donde las hembras viven décadas tras dejar de ser fértiles, posiblemente para favorecer la supervivencia de los nietos (hipótesis de la «abuela»).

🔹 Curiosidades sobre la menopausia

  • La testosterona no se apaga de golpe.
    En la andropausia la testosterona desciende de forma progresiva, aproximadamente un 1–2 % anual desde los 30–40 años, por eso los síntomas suelen ser lentos y acumulativos.
  • No solo baja la testosterona, también la DHEA.
    La DHEA, precursora hormonal relacionada con energía, masa muscular y bienestar, disminuye con la edad y potencia los efectos hormonales de la andropausia.
  • La testosterona influye en el cerebro.
    Interviene en la memoria, la concentración y la motivación. Su descenso puede causar apatía o niebla mental, incluso sin depresión clínica.
  • Los estrógenos pueden aumentar relativamente.
    Parte de la testosterona se convierte en estradiol mediante la aromatasa, especialmente cuando hay más grasa abdominal, creando un desequilibrio hormonal.
  • La testosterona libre es más importante que la total.
    Con la edad aumenta la SHBG, que reduce la testosterona disponible para los tejidos, aunque los valores totales parezcan normales.
  • Dormir mal reduce la producción hormonal.
    La testosterona se sintetiza principalmente durante el sueño profundo; el insomnio o el mal descanso pueden reducirla hasta un 15–20 %.
  • El cortisol frena la testosterona.
    El estrés crónico eleva el cortisol, que inhibe la producción testicular de testosterona y agrava los síntomas de la andropausia.
  • La testosterona también protege el corazón.
    Niveles bajos se asocian a mayor riesgo cardiovascular, aumento de grasa visceral y alteraciones metabólicas.
  • La LH aumenta, pero el testículo responde menos.
    La hipófisis produce más LH para compensar, pero el testículo envejecido pierde sensibilidad hormonal.
  • La andropausia no afecta igual a todos.
    Factores como genética, ejercicio, alimentación y estrés determinan grandes diferencias individuales en el perfil hormonal.


Hormonas humanas y hormonas bioidénticas
por Carmen Nikol


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Entrevista al guionista, escritor y dramaturgo Daniel Corpas Hansen

Licenciado en Comunicación Audiovisual y diplomado en la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños en Cuba, Daniel Corpas Hansen, de origen danés, recientemente ha formado parte del lanzamiento de la serie ENA, actualmente proyectada en RTVE Play. Como suele distinguirle, la serie cuenta con un guion veraz (cuando debe) y verosímil (cuando ha de ser), vibrando entre un tono mordaz y exquisito encajado en sus magníficas licencias narrativas. Repasa acontecimientos históricos sobre la vida de la reina Victoria Eugenia de Battenberg, la joven inglesa que se convirtió en reina de España tras su matrimonio con el rey Alfonso XIII. Es una serie que todos deberíamos incluir en nuestra cuota, tanto por el conocimiento que nos aporta como por la destacada excelencia de toda su producción: su elenco de actores, su vestuario,… y, cómo no, su guion.

Daniel Corpas Hansen forma parte del formidable equipo de guionistas de ENA, un equipo que ha sabido respetar el uso de los idiomas propios de los protagonistas, dotando de frescura y autenticidad a la ficción: el francés, como vehicular entre las cortes; el inglés, como el propio de la protagonista; y el español, por supuesto. Una apuesta única a la que no hay que temer por ser políglota, pues cuadra a la perfección con cualquier espectador que desee vivir la realidad del momento.

Otros guiones, de excelente talla, en los que ha participado, son los pertenecientes a las series Malaka o Cuando nadie nos ve, por poner dos ejemplos de excelencia.

Corpas, además, es el autor de una novela necesaria para entender a qué se refiere, verdaderamente, la muy manida expresión de La Mano Negra. Una novela basada en hechos reales que no deja a nadie sin su dosis de sorpresa y espanto.

Vamos a tratar con un dramaturgo ya imprescindible entre los del presente español.

Esta entrevista versará y se desarrollará a través de letras, de palabras, de signos, de expresiones. Y, así, se podrá disfrutar de sus respuestas sin pretender ser conductista. ¿Qué mejor que la libertad para un creador ficcionista?

Guion (sin tilde)

Oficio al que he dedicado el último cuarto de siglo y con el que, gracias a dios, me gano las lentejas con bastante solvencia. También es una fuente diaria y constante de alegrías y frustraciones. Con este trabajo, desde luego, no se aburre uno. «El guion es lo más importante, sin él no hay peli» es un mantra que se repite mucho en este negocio, pero luego, a la hora de la verdad, son pocos los que actúan en consecuencia.

Había un chiste muy certero en el Hollywood clásico: «Érase una actriz tan tonta que se acostó con el guionista para obtener el papel». Algo ha mejorado la situación, pero no lo suficiente. A día de hoy, mucha gente sigue creyendo que los actores improvisan el guion y los diálogos. De hecho, se lo creen hasta algunos actores…

Guion (con golpe de voz)

¡Lo mismo, pero con mayor énfasis y un tono más vehemente!

Y ya que nos ponemos así, me permito mencionar mi serie Malaka, un thriller sureño
estrenado en 2019. Honestamente, creo que es lo mejor que he hecho hasta la fecha, y de lo
que más orgulloso me siento.

Salva Reina y Daniel Corpas

Cursiva

Admito que no tengo muy claro en qué casos ha de usarse. Me agrada, eso sí, su carácter sinuoso, casi infantil. Suaviza la lectura.

Capital

Madrid, donde llevo viviendo ya 25 años. Y me encanta. Llegué con lo puesto cuatro días después del 11-S, para no acodarse… Pero, para la jubilación, si tal cosa aplica a un escritor, creo que elegiría Málaga, donde me crie. Algo me dice que morirse debe ser más llevadero al lado del mar.

Negrita

Daniel Corpas Hansen
Fuente fotográfica: Canal Sur.

Término tipográfico que, en breve, podría resultar ofensivo.

Infinitivos

Los infinitivos me han llevado automáticamente a pensar en los participios, y de ahí a los gerundios, y entonces me he tenido que acordar de una anécdota de Valle-Inclán, que es fantástica. Al parecer, en algún momento, debido a los excesos de la vida bohemia, al hombre se le deterioró la salud y precisó de una transfusión sanguínea. Un amigo suyo, también escritor, se ofreció como donante. El bueno de Ramón María no debía tener en muy alta estima los talentos de su colega, porque cuando le comentaron dicha posibilidad, la rechazó de plano: «No quiero su sangre: está llena de gerundios».

Pretéritos

Prefiero el pasado, sin más, como sinónimo de Historia.

Acabo de terminar una novela ambientada 1.600 años a. C., y me sigue fascinando lo poco que hemos cambiado las personas. Resulta entre triste y mágico.

Prefiero el pasado, sin más, como sinónimo de Historia.

Pluscuamperfectos

Me divierte usarlo, más que como tiempo verbal, como adjetivo calificativo, para indicar que algo está mejor que perfecto, lo cual de por sí sería… ¿una tautología? Como mínimo una redundancia, eso seguro.

Futuros

Espinosos y temerarios, pues afirman con rotundidad algo que todavía no ha ocurrido. Excepto el futuro de subjuntivo, que es más comedido, menos arrogante.
Por otra parte, este año cumplo cincuenta, así que el Futuro, en singular y mayúscula, empieza a estar cada vez más cerca… ¡Vértigo! Pero del bueno, ojo, del que ilusiona y motiva, porque, afortunadamente, llegó en un muy buen momento personal y profesional.

Condicionales

Fáciles de usar, sobre todo en la vida. Como buena hipótesis, suelen salir gratis y no tener apenas consecuencias.

¿Versículos?

Los tengo tan olvidados que al principio mi cerebro ha entendido versos, y se ha ido
automáticamente a la poesía… Y no, no hay versículos en mi vida desde la niñez, allá por los 80, cuando te obligaban a recitarlos y memorizarlos una y otra vez. Desde entonces, vivo sin Dioses; o sin creer en ellos, al menos.

Predicados

Me decanto más bien por los sujetos. Bueno, por unos pocos. Complemento directo, indirecto, circunstancial… Me estoy acordando de lo rematadamente mal que se me daba el análisis sintáctico en la EGB. Para mí era como aplicar una fórmula al lenguaje, como intentar resolver una ecuación o una integral. Y para las matemáticas sí que era un absoluto negado. Me hicieron sufrir bastante en mis años estudiantiles.

Lemas

Recomiendo los menos posibles. Así evita uno traicionarse a sí mismo.

Flexibilidad

O resiliencia, como se le dice ahora. O «dejar rodar el golpe», en argot boxístico.
Fundamental para la vida. Lo que es demasiado rígido o bien se rompe o hace daño a los demás.

Lo que es demasiado rígido o bien se rompe o hace daño a los demás.

Sublime

Mejor dejarles este concepto a los artistas. Como artesano, trato de pensar a otra escala.

Pronoia

Confieso que he tenido que ir corriendo al diccionario. Resulta que es lo contrario de la paranoia: la creencia de que todo el mundo conspira A TU FAVOR, no en tu contra. Quizá por eso es menos conocida: siempre es más fácil pensar mal. Ya lo decía una señora: «A ningún loco le da por regalar dinero o repartir besos». Gran verdad.

Jitanjáfora

También he tenido que ir a buscarlo. Y resulta que la propia palabra es en sí, casi, una jitanjáfora… Qué maravilla, el lenguaje.

Carcunda

Preciosa palabra decimonónica que, si no me equivoco, deriva del carlismo y define a un individuo conservador hasta lo retrógrado. No sé por qué degeneró en carcamal, más amable pero con menos fuste. De hecho, es un tipo de personalidad que todavía campa a sus anchas por nuestro país y por el planeta. Por tanto, abogo decididamente por recuperar Carcunda, con toda su sonoridad.

Bonhomía

El leopardo de las nieves de las cualidades humanas (por estar en vías de extinción).
O, ya puestos, el unicornio.

Inmarcesible

Otra de esas bellas palabras que nos depara nuestro idioma. De ésas que, cuando encuentras la ocasión adecuada para usarla, sientes un cosquilleo de agradabilidad en la piel, hasta que el resto de los presentes te mira como a un bicho raro… Hay que atarla en corto, a la pedantería.

En cuanto a algo inmarcesible, que no se marchita o corrompe, parece una cualidad escasa.
Una vez le oí a un guionista hablar del alma de cada historia, de ese núcleo íntimo que es la
esencia de todo, la llamita que no se puede apagar bajo ningún concepto y que, como
narrador, debes defender a ultranza… Lo inmarcesible que habita en el fondo de cada relato.

Crítica

Necesaria, supongo, aunque en horas bajas, dicen, ahora que todo el mundo tiene no sólo una opinión sino también una tribuna desde donde compartirla con el universo, haya sido solicitada o no, con la imperiosa urgencia de hacerlo.

Como le dijo Vito Corleone a Virgil Sollozzo en El Padrino I, como argumento para no meterse en el negocio del narcotráfico: «Créame, yo no juzgo lo que un hombre tiene que hacer para ganarse la vida…». Pues eso, hay que comer.

Por otra parte, sería falso e hipócrita no reconocer que produce un raudal de satisfacción
cuando el NY times elogia una serie creada por ti (Cuando nadie nos ve, HBO MAX).

Ñ

Sin ella, la interjección más utilizada por los españoles se transforma en un elemento de seguridad vial. Letra de vital importancia, por tanto.

ENA

(Pen)última aventura televisiva junto a Javier Olivares, a mi juicio el mejor guionista de España, y el único verdadero showrunner, un palabro que ha generado muchísimo debate en la ficción audiovisual española durante estos últimos años, que pocos saben definir pero todos quieren adjudicarse. Tuve la suerte de trabajar con él en El Ministerio del Tiempo, tal vez la serie española más importante del siglo XXI. Es muy llamativo la cantidad de gente que se acerca a mi novela al enterarse de que fui guionista en esta serie. Agradecido estoy.

Royal Films

Viniendo de una pregunta sobre ENA, me remite a la afición de su marido Alfonso XIII por el cine, sobre todo el pornográfico. Sin embargo, no he podido resistirme a hacer una búsqueda rápida en Google, y la Wikipedia arroja lo siguiente: Royal Films es una empresa de exhibición de cine en Colombia con sede en Barranquilla. Curioso.

Drama

La mitad de la vida.

Daniel Corpas Hansen
Guionista, dramaturgo y escritor

Comedia

La otra mitad.

Es curioso, las dos películas que hasta la fecha firmo como guionista son sendos encargos de
comedia, que no me representan del todo, pero que aun así reivindico y en las que agradezco
haber participado: Bajo el mismo techo y De perdidos a Rio. Este año se estrena una en la que sí me veo reflejado al 100%. Más abajo vuelvo a ella.

Tragedia

Mejor dejársela a los griegos. Era el Netflix de la época.

Corazón

Imposible no acordarse de aquella canción de Extremoduro que arrancaba «Tu corazón, embalsamado como un cebo…». Qué pena, lo del Rober.

Lo cual me hace acordarme también del epitafio de Jardiel Poncela: «Si buscáis los máximos elogios, moríos». Parece que la cosa ha cambiado poco.

Polvo

Polvo eres y en polvo te convertirás… ¡Ahí apareció el versículo! Resulta que los tiene uno
bastante más grabados de lo que cree; aunque no seas consciente, andan revoloteando por
ahí, en lo más profundo… Soy todo lo ateo que puede ser un español, decía Luis Buñuel. Con razón

In vino… ¿veritas?

Justo ahora estoy ensayando eso que llaman enero seco, así que prefiero ni acordarme de nuestro viejo amigo el vino. La veritas es que lo echo de menos. Un placer al que he llegado de adulto.

Cuba

Allí estudié guion a finales de 1999, literalmente el siglo pasado, en la EICTV (Escuela
Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños). En 13 semanas aprendí toda la teoría con la que hoy me gano la vida, pero aquello fue mucho más.

Es difícil transmitir lo que significaba ser un veinteañero y de pronto verse rodeado de gente joven de todo el mundo, con experiencias y mentalidades muy distintas a la tuya… Un auténtico shock vital, en la mejor de las acepciones. Otra época, otro mundo.

No he regresado en más de 20 años, pero duele ver el estado actual de un país al que le tengo tanto cariño y que fue tan importante en mi formación como profesional y como persona.

Daniel Corpas Hansen
Escritor, guionista y dramaturgo

Jerez

Un lugar con el que durante toda mi vida tuve nula conexión, y que, gracias al proceso de documentación de la novela Mano negra, he descubierto y empezado a conocer.

Apenas estoy rascando la superficie, pero ahora tengo amigos allí y procuro ir todos los años. Sorpresas te da la vida… Queda demostrado aquello de que «El extranjero sólo ve lo que ya sabe».

Queda demostrado aquello de que «El extranjero sólo ve lo que ya sabe».

Sinopsis

Puesto que nadie tiene tiempo de leer, la vida de un narrador actual consiste básicamente en condensar todas sus historias en un cómodo parrafito de consumo rápido. Muchas veces me paso el día haciendo una sinopsis tras otra.

También me he dado cuenta de que la mitad de la población en realidad dice sipnosis.

Cine

Casi nada… Esto mejor que lo conteste Oliver Laxe (me gustó Sirāt, que conste).

Bueno, por decir algo, citaré a Hitchcok: «El cine son 300 butacas que hay que llenar». Y el problema, en muchos casos, es que a día de hoy no se están consiguiendo llenar ni 30.

Como decía antes, 2026 se estrena una película escrita por mí sobre una novela de Lorenzo Silva, que también firma el guion. Carta blanca, se titula. Dirige y produce Gerardo Herrero.
¡Crucemos los dedos!

Rodaje del film Carta Blanca

Equipo

Yo empecé mis días de guionista en series diarias (Yo soy Bea o Regreso a las Sabinas son
algunas de ellas), y a mucha honra, porque te enseñan un valor crucial, y que luego es difícil de aprender: trabajar en equipo. La solidaridad y el respeto hacia el compañero.

En el caso de una película o una serie es muy obvio que se trata de un esfuerzo conjunto, de una labor colectiva. Pero incluso un libro, aunque sea el nombre del autor el que figura en la cubierta, sólo es posible si muchas personas arriman el hombro y reman en la misma dirección.

En tiempos de individualismo feroz, recordemos que es el trabajo en equipo lo que nos ha permitido subsistir como especie.

Ah, y si hablamos de deportes, mi equipo siempre han sido Los Angeles Lakers (soy más de baloncesto que de fútbol).

Entreacto

Ideal para ir a por un snack, que es lo que voy a hacer en este preciso instante.

Punto y coma

Artefacto ortográfico utilizado por una pequeña secta de seres humanos. Incluso tiende a desaparecer en su modalidad más extendida, la de guiño, porque el procesador de textos ha decidido convertirlo automáticamente en esto: 😉

Daniel Corpas Hansen
Dramaturgo, guionista y escritor

Punto y seguido

Lo que para mí ha significado publicar mi primera novela. Enseguida he vuelto a los guiones, pero he disfrutado mucho esto de volver a sentirme ESCRITOR, en todos los sentidos.
Por eso ando ya barruntando el siguiente libro, también novela histórica: misma zona, área de Cádiz, pero casi 25 siglos antes… Y hasta aquí puedo contar.

Punto y aparte

Hace unos años emprendí una aventura empresarial relacionada con la cultura. No funcionó.
Nunca se sabe, pero veo muy difícil que me entren ganas de repetir la experiencia.
Por tanto, punto y aparte.

Paréntesis

¡Otro snack!

Clímax

Hace poco me enteré de que significa «escalera» en griego clásico. Muy descriptivo.

Punto final

Cuanto más tarde, mejor. Pero llegar, llega.

IA

Mucho debate y mucha polémica al respecto, también entre escritores y guionistas. Pero, a la vista de los tiempos que corren, ahora mismo me da más miedo la IN (inteligencia natural), si es que la podemos llamar así. Y si es que existe.

Sobre el aparente retroceso de la inteligencia humana, recomiendo mucho el libro Nuevo elogio del imbécil, de Pino Aprile.

Mano Negra

Primer grupo de Manu Chao y primera novela de un servidor. También es una expresión que, seguro, todos hemos usado alguna vez: Hay una mano negra detrás de esto.

Lo tres casos vienen del mismo sitio: los sucesos ocurridos en el turbulento, violento y apasionante Jerez de 1882 y 1883. Otro de esos episodios que los españoles desconocemos de nuestra propia historia.

Istoría

Mi sello editorial y mi nueva casa, espero que por mucho tiempo.

¿Por qué?

¿Lo de escribir? Muy sencillo: porque no hay alternativa. No hay plan B. Llevo literalmente media vida haciéndolo. Es esto o la nada.

Desenlace

Quién sabe… Dejémonos sorprender, para luego llegar a la conclusión de que era inevitable y todo estaba construido de esa manera, como un embudo que se va estrechando, hasta llegar al clímax… Éste, según la teoría narrativa, es el final perfecto (o pluscuamperfecto). Pero claro, la vida no funciona así.

Así que insisto: a ver qué nos espera a la vuelta de la esquina.


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Entrevista al guionista, escritor y dramaturgo Daniel Corpas Hansen
realizada por Carmen Nikol


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Bulerías

De entre la pléyade de videos, reels, tic-tocs y similares que circulan por el ciberespacio, nos ha llamado mucho la atención uno (puedes verlo pulsando aquí) en el que un representante del centro de investigación científica más importante del país, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas manifiesta explícitamente que es deshonesto (sic) atribuir las olas de calor a ciclos climáticos, afirmando sin más argumentos que su palabra, que se trata de una mentira y de un bulo. Aunque las aseveraciones que se exponen en el mencionado video parecen inscribirse en un ámbito político, ajeno al mundo de la ciencia, no deja de ser grave que se descalifiquen así, de una forma tan grosera, las hipótesis sobre el calentamiento global elaboradas por numerosos científicos desde hace siglos. Aunque no se esté de acuerdo con ellas, no pueden despreciarse de ese modo las observaciones, hipótesis, conclusiones y publicaciones realizadas por los científicos desde hace más de dos siglos,  cuando los primeros geólogos constataron la exist2encia de ciclos de enfriamiento (glaciaciones) y calentamiento (periodos interglaciares) en la historia geológica reciente de nuestro Planeta.

Louis Agassiz (1807- 1873), pionero en el estudio de las glaciaciones

En el momento actual, hay millares de investigadores en todo el mundo defendiendo con argumentos sólidos que las emisiones antrópicas de CO2 a la atmósfera no son las únicas responsables de las olas de calor y  del calentamiento global, y que ni tan siquiera contribuyen al mismo de forma significativa. Y el trabajo de dichos científicos no puede ser despreciado sin análisis y sin debate, calificándolo directamente como deshonesto e integrado por bulos y mentiras.

En contra de las informaciones que suelen difundirse, no es cierto que exista unanimidad en el mundo de la ciencia en torno a las causas del cambio climático, sino que, por el contrario, se mantiene un encendido debate al respecto. Y es muy bueno que así sea (aunque sus argumentos raramente llegan a la opinión pública) porque son el debate y la discusión los que estimulan y permiten el progreso de la ciencia y el avance en los conocimientos. Por eso, incluso teniendo en cuenta el contexto político de la discusión reflejada en el video mencionado, no parece ético ni riguroso que alguien que aparece en el video etiquetado como científico intente cerrar un debate sobre hechos, evidencias, teorías e ideas sin otro argumento que la descalificación.

En este mismo vídeo, se incluye también otra aseveración cuyos fundamentos son absolutamente discutibles. En efecto, se afirma categóricamente que la única opción que tiene España para alcanzar la soberanía energética (es decir, para ser autosuficiente en recursos energéticos) es recurrir a las energías renovables, ya que no produce petróleo, ni gas, ni uranio. Pero antes de abordar la situación de nuestros recursos energéticos debemos señalar que, en España, la electricidad solo representa el 20% de nuestro consumo energético total y las tecnologías renovables (eólica y solar) constituyen el 50% de ese 20%. Así pues, las fuentes de energía renovable, después de más de dos décadas de inversiones masivas en su desarrollo, solo representan el 10% de nuestro consumo energético total. El 80% de las necesidades energéticas de nuestro país está cubierto por el gas natural (para producir electricidad y en procesos industriales), petróleo (gasolinas, gasóleos, querosenos, asfaltos, etc.) y carbón (en la industria siderúrgica y cementera).

En cuanto a los recursos energéticos minerales, es cierto que, en estos momentos no están en producción en nuestro territorio, pero eso no quiere decir que no dispongamos de ellos. En realidad, existen reservas potenciales de hidrocarburos en una parte importante la cornisa cantábrica que, una vez investigados y puestos en producción, podrían hacernos autosuficientes durante un siglo, pero no pueden ser explorados porque así lo prohíbe la vigente Ley 7/2021 de 20 de mayo de CAMBIO CLIMATICO Y TRANSICIÓN ENERGÉTICA. Esta ley, en su artículo 9, prohíbe taxativamente la exploración y explotación de hidrocarburos en territorio nacional.

En su artículo 10, también prohíbe la investigación y aprovechamiento de yacimientos de minerales radiactivos. Debe recordarse también que nuestro subsuelo dispone de las segundas reservas europeas de uranio, lo que nos permitiría ser autosuficientes. Sin embargo, los recursos explotables, en algunos casos ya listos y cuantificados para ser extraídos, llevan años bloqueados por las trabas gubernamentales y legales, lo que hace que puedan ser en breve objeto de una demanda judicial internacional. Sin olvidar las reservas de carbón, consideradas ya como inútiles (a espaldas de lo que está ocurriendo en otros países europeos y del resto del mundo) porque prácticamente la totalidad de nuestras centrales térmicas han sido demolidas, en un alarde ideológico difícilmente justificable.

Es decir, que es cierta la falta de producción de minerales energéticos, pero no por la ausencia de recursos, sino como consecuencia de las restricciones implementadas por la política energética actual, en la que predomina la ideología sobre los criterios económicos y técnicos. Por lo tanto, sin negar la importancia de las energías renovables, es totalmente falso que nuestra soberanía energética dependa exclusivamente de ellas, y podría decirse que las mismas ideas políticas que han generado el problema son las que taponan la solución.

Por otra parte, desde una perspectiva más general y más allá de los aspectos señalados, causa estupor y tristeza que una problemática tan importante para el presente y el futuro económico y social de nuestro país sea analizado con argumentos tan paupérrimos, tan falaces, tan poco documentados y de tan escaso nivel técnico.

Al palo del flamenco que tiene un ritmo vivo y que se acompaña con palmas, se le denomina bulería, y aunque suene parecido, no tiene nada que ver con bulo. Sin embargo, se acepta que uno de los orígenes como fuente etimológica para esta palabra podría derivar de burla. En este contexto, se podría decir que algunos de nuestros políticos evitan y rehúyen entrar a fondo en el análisis de las causas del cambio climático, desautorizando sin argumentos las posturas contrarias a su tesis, saliendo por bulerías. O quizás, sería más adecuado decir que arrancándose por peteneras.


Bulerías
por los geólogos Enrique Ortega Gironés
y José Antonio Sáenz de Santa María


El cambio climático y las varas de medir

El gobierno de España, a través del Ministerio para la Transición Ecológica, ha anunciado que va a enviar a la Fiscalía el preocupante incremento de la virulencia en los ataques y los discursos de odio relacionados con el Cambio Climático. El ciberespacio y las redes sociales se han convertido en una jungla sin ley donde cabe todo y donde la agresividad, los insultos gratuitos y las descalificaciones más groseras están a la orden del día. Por lo tanto, debieran ser bienvenidas estas medidas que intentan corregir la impunidad actual, si no fuera por algunos matices.

La iniciativa  ministerial se ha centrado en los ataques y los discursos de odio contra los meteorólogos, climatólogos y divulgadores climáticos, lo que también debe ser calificado como una iniciativa loable porque son muchos los especialistas en estas materias quienes están sufriendo este tipo de acoso. Pero las dudas surgen cuando, al avanzar en el texto del comunicado, se descubre que el objetivo real de esta medida no es proteger a todos los divulgadores que emiten opiniones sobre el clima, sino tan sólo a aquellos que defienden las doctrinas oficiales, quedando excluidos los científicos que discuten los riesgos y las causas del cambio climático.

Las razones que inducen a este filtrado selectivo, a la aplicación de diferentes varas de medir, están claramente expresadas al manifestar que se intenta combatir aquellos mensajes que no aportan datos ni hacen referencia a la fuente o que, en las pocas ocasiones en las que se aportan datos, estos son presentados de forma confusa o incorrecta, aludiendo a argumentos extraídos de discursos científicos negacionistas que presentan teorías parciales o alternativas al consenso internacional o con un claro conflicto de intereses debido a las actividades que desempeñan (sic). Pero, ¿definen correctamente estas frases la situación actual del debate científico sobre las causas del cambio climático?

A nivel global existen miles de científicos que son autores de numerosos libros, ensayos o artículos y que han firmado manifiestos proponiendo hipótesis alternativas a las tesis del IPCC. Estas siglas corresponden, en inglés, al Panel Internacional  del Cambio Climático, cuyas tesis sobre el origen antrópico del calentamiento global han sido adoptadas como válidas por numerosos gobiernos, entre ellos el español. Estos libros y ensayos, que están basados en observaciones documentadas y criterios científicos argumentados, aportan las fuentes bibliográficas correspondientes, abriendo un debate científico imprescindible para el progreso de la ciencia y el conocimiento del funcionamiento climático de la Tierra. Y son innumerables los científicos opuestos a las tesis del IPCC, veamos algunos ejemplos.

Cuando Federick Seitz, presidente de la Academia Americana de Ciencias, denunció la manipulación, a espaldas de sus autores, del primer informe del IPCC, donde se suprimieron conclusiones importantes establecidas por el comité de expertos ¿se puede decir que realizó esta acusación sin aportar datos? El comité directivo del IPCC se vio obligado a reconocer la veracidad de los hechos denunciados, aceptando que fueron consecuencia de presiones políticas.

Cuando Ivar Giaever, Nobel de Física y exintegrante del IPCC, en una presentación realizada durante la reunión anual de premios Nobel, expuso las presiones existentes para que no se publiquen en las revistas científicas más importantes los artículos que contradigan las tesis oficiales, que deben ser consideradas como una doctrina, una pseudoreligión, ¿estaba presentando datos de forma confusa?

Cuando Antonio Zichichi, presidente de la Sociedad Europea de Física y de la Federación Mundial de Científicos, afirmó que la radiación solar controla el 95 % del proceso del cambio climático y que atribuir a las actividades humanas el calentamiento global carece de fundamento científico, ¿estaba presentando una teoría parcial o refiriéndose a una interpretación  integral?

Cuando Patrick Moore, uno de los fundadores de Greenpeace, ha declarado que las tesis oficiales sobre el cambio climático se basan en falsas narrativas, y que la teoría del apocalipsis ambiental busca el poder y el control político utilizando el miedo y la culpa de la gente, ¿está incurriendo en conflicto de intereses por las actividades que desempeña?

Cuando John Clauser, también premio Nobel de Física, ha declarado que la situación actual no puede calificarse de crisis climática, acusando al IPCC por difundir información errónea, ¿está realizando estas afirmaciones de forma incorrecta?

También tenemos investigadores nacionales que han llegado a conclusiones similares. Así, cuando el profesor Carlos Madrid, de la Fundación Gustavo Bueno, en su riguroso estudio gnoseológico y estadístico sobre el cambio climático, afirma que las posibilidades de que se cumplan las predicciones del IPCC son del 50% (es decir, siguiendo las estrictas leyes del azar, cara o cruz), ¿no está aportando datos?

Y, cuando Javier Vinós (así como los comunicados de la recientemente constituida Asociación de Realistas Climáticos) afirma que no hay emergencia climática, que no hay necesidad de reducir las emisiones de CO2 y que la Ciencia está atrapada en falso paradigma que tardará décadas en ser corregido, ¿no se están haciendo referencias a las abundantes fuentes bibliográficas utilizadas?

La lista de manifestaciones similares sería interminable, pero valga esta pequeña muestra para demostrar que, en las antípodas del cacareado consenso científico, existe un  imprescindible debate que está siendo escamoteado o silenciado ante la opinión pública. Y que los partidarios de estas hipótesis alternativas a la tesis oficial también están siendo acosados en las redes sociales, con la misma virulencia que los defensores de las tesis oficiales. Entonces, ¿por qué las notificaciones a la Fiscalía, con un claro filtro unidireccional, no incluyen también el acoso a los críticos de las tesis oficiales? Es evidente que para el Ministerio de Transición Ecológica sólo existe una verdad monolítica, absoluta e indiscutible, como un dogma que debe ser defendido, a espaldas del más elemental espíritu científico.

Utilizando el mismo lenguaje del comunicado ministerial, podríamos preguntar: ¿Quiénes adoptan una postura más sesgada, incorrecta, parcial y confusa? ¿Serán quienes argumentan científicamente hipótesis alternativas a las tesis oficiales o quienes quieren silenciarlas combatiéndolas con estrategias similares a las que utilizó la Inquisición para combatir las herejías?

Recientemente, ha visto la luz una novela (2064, Un Mundo No tan Feliz), inspirada en las famosas distopías de Orwell y Huxley, donde se abordan las posibles consecuencias de las políticas climáticas actuales inspiradas en las tesis del IPCC. Como autor de dicha novela, no estoy cualificado para realizar cualquier comentario objetivo sobre la misma, pero aludiendo a la historia que allí se narra, si me atrevo a decir que, conceptualmente, con esta iniciativa ministerial nos aproximamos un poco a su trama. En ese ficticio mundo no tan feliz, remedando al Ministerio de la Verdad y a la Policía del Pensamiento de Orwell, estamos un poco más cerca de un Ministerio del Clima y de una Policía Climática.  Dejando aparte la imperiosa necesidad de poner orden en las redes sociales y corregir las desbocadas mala educación y violencia verbal que circulan con impunidad, ¿no será que la iniciativa ministerial expresa una creciente preocupación porque está aumentando el número de escépticos climáticos, los mal llamados negacionistas, porque la tozuda realidad no cesa de contradecir a los catastróficos pronósticos del IPCC?


El cambio climático y las varas de medir
Enrique Ortega Gironés, geólogo


La crisis del Derecho Internacional

Los acontecimientos mundiales en los primeros compases del año 2026, dentro de un contexto histórico, social e incluso tecnológico que se pretende avanzado, universalista y respetuoso con los derechos humanos, deben llevar a reflexionar sobre la eficacia y practicidad de un conjunto normativo que nació, precisamente, para garantizar la convivencia entre los pueblos y evitar el abuso del poder, aún presentado superficialmente como una tarea legítima de liberación.

Por ello, es esencial traer de vuelta a la actualidad a uno de los más grandes pensadores españoles, el humanista Francisco de Vitoria (1483-1596), fundador de la Escuela de Salamanca y uno de los padres del Derecho Internacional Público. Esta disciplina, tan relevante y mediática, está siendo hoy puesta a prueba, para verificar si trasciende su alto componente filosófico, teórico, para convertirse en un marco eficaz que restrinja las injerencias injustas en los derechos de los Estados.

Por ello, con la expresión crisis del Derecho Internacional no me refiero a una agonía de este conjunto normativo, sino a la necesidad de un cambio en su eficacia, que pase de dar cobertura práctica a fenómenos de ejercicio de poder contrarios a su misma esencia, implicando la incapacidad de accionar frente a situaciones de tiranía en el marco de un mundo que se supone democrático y respetuoso con las libertades de los individuos y de los Estados, a ser un sistema jurídico verdaderamente ejecutivo que suponga una restricción eficiente de maniobras incuestionablemente perjudiciales para la convivencia y seguridad planetarias.

Esta necesidad de un cambio se comprueba en el momento en el que las normas jurídicas internacionales no prevalecen respecto del poder económico, ni tampoco, cuando ante evidentes quebrantamientos de principios positivos esenciales de la disciplina, como la prohibición del uso de la fuerza o el respeto a la soberanía de los Estados, no existen mecanismos jurídicos de respuesta que supongan un freno a los impulsos de actuación que se presentan de cara al pueblo como legítimos y justos en su superficie, con un trasfondo, sin duda, muy diferente.

Las normas del Derecho Internacional son las que primero trasladaron al ámbito positivo los valores y principios del Derecho Natural

Las normas del Derecho Internacional son las que primero trasladaron al ámbito positivo los valores y principios del Derecho Natural, esto es, de la ética, contexto en el que nacen los derechos humanos, y tales derechos, llevados a la relación entre los pueblos, implican el respeto a las fronteras, al poder propio de cada uno, y a la evitación del conflicto armado.

Francisco de Vitoria fue uno de los primeros pensadores que expuso que la intervención armada (el recurso a la guerra, fuera de eufemismos) entre Estados sólo podría justificarse en caso de respuesta defensiva, no como regla general de relación, ni de conquista, ni para la búsqueda de riqueza. Y ello porque las relaciones internacionales tienen como límite las normas morales, superiores a las jurídicas.

Por ello, en el Derecho, la forma, el procedimiento, resulta esencial: porque el mismo proceso es garantía de respeto a los derechos más esenciales. Una cobertura jurídica a un acto de entrada en un Estado soberano con un fin específico, siendo esa cobertura aún existente propia y exclusiva de uno solo de los Estados implicados (esto es, unilateral) no neutraliza la necesidad de contar con un instrumento que viabilice la forma de proceder en una escala supraestatal, al estar afectados bienes jurídicos que trascienden los del caso concreto, con sus individuos implicados y el particular Estado que ordena la actuación.

Y, si en defecto de normas jurídicas eficaces para evitar el quebranto de los derechos propios de la soberanía de un Estado, han de entrar en el tablero de juego las normas morales, como sostenía Francisco de Vitoria, habrá de contarse con dirigentes de bien, justos y honorables que no velen solo por su propio beneficio, sino por el bien de su Estado y del mundo, pues en la raíz del Derecho Internacional Público esta la defensa del bien de la humanidad. Por lo tanto, hablo de dirigentes que impriman sobre las relaciones internacionales no su propia moral, sino una de mayor proyección y alcance, más allá de su propio interés.

Un Derecho Internacional, en definitiva, que, a la vista de la situación del mundo del siglo XXI, necesita un profundo cambio que garantice, desde el prisma jurídico, que las decisiones y las dinámicas de unos Estados para con otros resulte segura y proteja debidamente el bien de los ciudadanos, de las gentes, que habitan sus territorios, quienes son los principales afectados por toda decisión internacional, pues, no en vano, nuestro Derecho Internacional bebe de la fuente de aquel primitivo Ius Gentium: el Derecho de las Gentes, el Derecho de los Pueblos.

Es gravemente inmoral quebrantar los Derechos de Gentes, sea en la paz sea en la guerra. En los asuntos más graves, como la inviolabilidad de los legados, ninguna nación puede darse por no obligada por el Derecho de Gentes, pues éste viene conferido por la autoridad de todo el orbe.


La crisis del Derecho Internacional
por Diego García Paz
Letrado Jefe de Civil y Penal de la Comunidad de Madrid y Académico Correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España


La fertilidad de la tragedia

Capítulo I. Los oficios de la obediencia

El comandante Zorquén, revisando los informes desde su despacho, comprendió que nunca volvería a pensar como antes. Habían cruzado la línea que separaba la administración militar de la masacre y aconsejó a su superior que tuviesen en cuenta las posibles consecuencias, sobre todo, entre jóvenes oficiales y soldados: contar con una población femenina irremediablemente destinada a morir iba a sugestionarles de maneras inauditas, sin duda.

Alfonso XII comenzaba a sufrir muertes masivas de jóvenes fértiles. Ya había tenido que levantar cabeza tras la muerte de su primera esposa, María de las Mercedes. Pero, esto… esto era, a estas alturas, increíblemente inabarcable. Puso al mando de las matronas y cuidadoras a Dolores Aleu Riera, con la esperanza de que no le llegase pronto la muerte. Ella sabría ir formando y reponiendo a las personas necesarias. Debería trabajar junto al Dr. Bercovich. Efraím Bercovich pondría el laboratorio y los contactos internacionales apropiados, de ser necesario.

Cuando el decreto entró en vigor, nadie lo anunció con trompetas ni proclamas. Ocurrió una mañana opaca, de esas que parecen repetirse sin variación, y quizá por eso resultó más eficaz. En Madrid, donde las chimeneas dibujaban una geografía más estable que los mapas oficiales, los periódicos redujeron la noticia a un párrafo técnico, enterrado entre los partes de guerra. El lenguaje, cuidadosamente desprovisto de adjetivos, hablaba de medidas excepcionales de salud pública. En la práctica, significaba que la medicina había sido reclutada. Médicos, cuidadoras, matronas y militares formaban parte de los oficios de la obediencia.

Lo mismo ocurrió en el resto de capitales de provincia, así como en las poblaciones de cierta enjundia.

El doctor Efraím Lázaro Bercovich leyó el decreto de pie, en el andén cubierto que conducía al Hospital de Santa Brígida, mientras los trenes de vapor dejaban escapar bufidos de animal cansado. Había aprendido a leer así —de pie, con prisa— durante sus años de formación, cuando la vida todavía parecía una suma de decisiones personales y no un expediente. Era un decreto muy necesario. La estabilidad del país dependía de él. Cerró el periódico sin doblarlo y lo guardó en el bolsillo interior del abrigo mientras recordaba cuántas veces sus padres le habían dicho que su nombre, Efraím, significaba fructífero en su lengua materna (el hebreo) y que esperaban mucho de él. Si hubiesen sabido cuál iba a ser su destino estaba seguro de que le hubiesen puesto Yasser (Dios nos cuidará).


Santa Brígida se levantaba al final de una avenida de plátanos raquíticos. Era un edificio victoriano de ladrillo oscuro, con ventanales altos y pasillos concebidos para que la autoridad se desplazara sin mezclarse con los enfermos. Al cruzar el vestíbulo, Bercovich fue consciente de que, pese a los años, y especialmente en esta dura etapa, aún experimentaba un orgullo silencioso al pertenecer a ese mundo, al de los hombres que deciden con bata blanca. Era un orgullo incómodo, pero persistente.

En el despacho lo esperaba Matilde Orenza, supervisora general, viuda temprana y mujer de confianza del Consejo Sanitario. Tenía sobre la mesa tres carpetas atadas con cuerda y una expresión de diligencia.

—Han empezado —dijo, sin preámbulos.

Bercovich no preguntó quiénes. Sabía que en tiempos como aquellos las frases debían ahorrar sujetos.

—¿Cuántas? —preguntó.

—Muchas, doctor.

Matilde abrió la primera carpeta. Fotografías, informes clínicos, gráficos con flechas ascendentes que parecían burlarse de cualquier noción de pudor. La mortandad de mujeres fértiles había alcanzado, en apenas dos estaciones, una proporción que volvía irrelevante el duelo individual. Los úteros jóvenes se apagaban como lámparas defectuosas; los viejos, estimulados con procedimientos experimentales, ofrecían una respuesta errática pero real.

—Esta ciencia se siente como una aritmética desesperada. Pero he de conseguirlo. Se lo debo a mis hijas.

Orenza no le respondió pero pensó en lo preciosas y jóvenes que eran las hijas de Bercovich y en los pocos días que pudo llorarlas. Hannah y Sarah fueron de las primeras en morir en Madrid. Mezcló el recuerdo de ambas con el que ella misma evadía por la pérdida de su nuera y el suicidio de su propio hijo. Eran sanitarios y debían estar a la altura. Sentía que tenían un deber descomunal: superar la originaria voluntad de Dios. Sí. Ayudar a mujeres marchitas para garantizar la vida humana en esta tierra hostil. Y, ya que no era capaz de suicidarse ella misma, debía colaborar tanto como estuviera en su mano para conseguir un mundo mejor.

La primera paciente ingresó a media mañana. Se llamaba Aurembiax Kroll y había sido profesora de música en un colegio de señoritas que ya no existía. Traía consigo una maleta pequeña y una manera de caminar que delataba disciplina. En la sala de evaluación, donde las lámparas de gas proyectaban sombras que deformaban los gestos, Aurembiax escuchó la explicación del procedimiento con una atención que incomodó al médico. No era lo habitual.

—¿Quién se beneficia? —preguntó cuando él terminó. A ella sí le interesaban los sujetos.

Bercovich vaciló. Estaba acostumbrado a preguntas sobre el dolor, sobre la duración, sobre las probabilidades. Aquella no figuraba en ningún protocolo.

—La sociedad —respondió finalmente, con una honestidad que lamentó de inmediato.

—Entonces —dijo Aurembiax—, procure que al menos sea una sociedad que recuerde nuestros nombres. El mío no es fácil de olvidar, esperemos que eso ayude.

No firmó el consentimiento hasta después del almuerzo. Lo hizo con una letra firme, sin adornos. Su nombre era lo único en la rúbrica.

A primera hora de la tarde, Bercovich recibió la visita de Magnus Virelai, industrial del acero, proveedor del ejército y miembro no declarado de todos los comités relevantes. Virelai inspeccionó el despacho con una curiosidad distraída, como si evaluara los atributos de un producto.

—Doctor —dijo—, el Estado confía en su criterio.

—El Estado no se equivoca —respondió Bercovich, consciente de que esa frase lo comprometía más que cualquier firma.

Hablaron de seguridad, de traslados, de custodias privadas que pronto reemplazarían a la vigilancia pública. Virelai no mencionó cifras. Ni hacía falta. Cuando se marchó, dejó sobre la mesa un reloj de bolsillo detenido, un obsequio simbólico que Bercovich no se atrevió a rechazar.

La intervención se realizó al anochecer. El quirófano olía a éter y metal caliente. Aurembiax ni siquiera gritó. El monitor galvánico emitía un zumbido constante, casi tranquilizador. Bercovich ejecutó cada paso con una precisión que habría sido admirable en otras circunstancias. Deseó, mientras suturaba, que su destreza perdurase lo necesario para terminar con esa pandemia.

Horas después, cuando los resultados preliminares confirmaron una respuesta positiva, Matilde se permitió una sonrisa mínima fruto del alivio administrativo.

—Habrá demanda —dijo.

—Habrá conflictos —corrigió Bercovich.

Esa noche salió del hospital más tarde de lo habitual. En la avenida, el farolero iba encendiendo los faroles mientras silbaba una especie de nana. Un grupo de soldados discutía en voz baja junto a un camión sin distintivos. Más allá, en las sombras, alguien afinaba un violín y confundió la melodía del farolero. Dejó de silbar aprovechando para saludar al doctor.

Bercovich caminó despacio, con el reloj detenido en el bolsillo. Por primera vez desde que había leído el decreto, comprendió que su oficio ya no consistía solo en curar o crear procedimientos experimentales, también en administrar consecuencias. No se detuvo a reflexionar sobre la culpa; eso vendría después, cuando la costumbre hiciera su trabajo.


Capítulo II. El valor de uso

La casa de Nolberto Saunier estaba situada en una calle secundaria de la Barcelona, donde los edificios parecían haber sido levantados con la intención de no llamar la atención de nadie importante. Ninguno era modernista en ese momento. Entró en uno que, desde fuera, no se distinguía de los demás: fachada estrecha, persianas siempre a medio bajar. Su distintivo era una placa antigua de abogado que nadie se había molestado en retirar. Era un lugar elegido para que el poder entrara sin anunciarse y saliera sin dejar rastro.

Saunier llevaba años ocupando ese espacio intermedio que no figura en los organigramas. No era funcionario ni empresario, tampoco delincuente, al menos en el sentido clásico. Era, más bien, un organizador de inevitabilidades. Así se consideraba a sí mismo. Cuando la crisis de fertilidad alcanzó cifras que hicieron inútil la estadística compasiva, hombres como él se volvieron imprescindibles. No porque resolvieran el problema, sino porque lo distribuían.

Aquella mañana revisó los informes médicos con una atención meticulosa, casi respetuosa. No le interesaban los detalles técnicos del procedimiento —inyecciones, descargas, fallos orgánicos— sino sus consecuencias prácticas. Cada mujer reactivada suponía una cadena completa de decisiones: traslado, custodia, destino, propietario. Saunier pensaba en términos de flujo, no de personas, y sin embargo sabía distinguir los casos corrientes de los problemáticos.

El de Aurembiax Kroll pertenecía, desde el primer momento, a la segunda categoría. Y no lo era porque el procedimiento hubiera sido especialmente exitoso —los informes hablaban de una respuesta moderada en la producción de óvulos—, sino por la reacción que había suscitado. En menos de veinticuatro horas, tres solicitudes formales habían llegado a su mesa, todas procedentes de hombres con acceso directo al Consejo Militar. Todos para conseguirla a ella. La escasez de reactivadas generaba ansiedad entre militares, políticos, industriales y terratenientes, pero la ansiedad rara vez se expresaba con tanta prisa entre hombres de cierto rango. Saunier comprendió entonces que el mercado empezaba a perder la paciencia, y cuando eso ocurría, la violencia dejaba de ser una amenaza abstracta.

Dos plantas más abajo, Aurembiax aguardaba en una sala de espera improvisada. El mobiliario había sido retirado para otros usos y solo quedaban dos sillas enfrentadas y una mesa desnuda. Matilde Orenza entró y cerró la puerta con cuidado. Durante unos segundos no dijo nada. Observó a la mujer sentada frente a ella con una curiosidad que no reflejaba profesionalidad. Sólo algo de compasión y de orgullo por el éxito del procedimiento.

Aurembiax no mostraba signos visibles de miedo. Tampoco de esperanza. Había en su actitud una atención sostenida, casi intelectual, como si estuviera asistiendo a una lección desagradable pero necesaria. Matilde pensó que eso la ayudaría en lo que se le avecinaba.

—Van a decidir su traslado —dijo finalmente—. Pero no será hoy.

Aurembiax asintió. No pidió detalles. Había aprendido, quizá en otra vida o quizá lo heredó de sus ancestros medievales, que la información siempre llega tarde a quienes más la necesitan.

En el despacho, Saunier recibió a Magnus Virelai con la cortesía mínima. El industrial habló largo rato de estabilidad, de seguridad nacional, de inversiones futuras. Saunier escuchó sin interrumpir. Sabía que ese discurso no estaba dirigido a él, sino a la propia conciencia de Virelai. Cuando terminó, Saunier colocó sobre la mesa una hoja simple, sin membrete, y con una cuantía muy elevada: 100.000 pesetas. No figuraban condiciones morales ni promesas de protección. Solo cifras, plazos y una cláusula final que Virelai leyó dos veces. Cada uno entendía de sus propios números y, en este asunto, los fundamentales eran los que manejaba el tratante, no el comprador. El documento establecía que la mujer no sería considerada propiedad, sino activo estratégico temporal.

Virelai no protestó. Preguntó, eso sí, por las garantías.

Saunier respondió con una mueca algo cruel. Le explicó cuántos hombres armados serían necesarios, cuántos sobornos previsibles, cuántos errores administrativos podían esperarse antes de que el sistema empezara a devorarse a sí mismo. Y le sugirió, medio bromeando, que fuera pensando en castrar a sus ayudantes y allegados más interesados en la misma mercancía. Sobre todo, por su bien, que fuera discreto.

—No es una inversión limpia —concluyó—. Es una apuesta. Y las garantías no dependen solo de nosotros, también dependen de las decisiones que tome usted.

Virelai firmó.

Esa tarde, Aurembiax era conducida a un alojamiento provisional que no figuraba en ningún registro oficial.

Saunier supo que algo había cambiado. No en el procedimiento, ni siquiera en el mercado, sino en el lenguaje. Ese tono y esas palabras iban a formar parte de su propio repertorio a partir de esa firma.

Horas después, un error en la transcripción del contrato hizo circular tres copias distintas del mismo acuerdo, cada una con un destinatario diferente. El fallo fue detectado, corregido y archivado. Se iniciaba un largo periodo de fallos inexplicables y debían extremar las revisiones entre los contratos.

Nadie notificó a Aurembiax nada más. Se durmió a la espera de nuevas indicaciones.

Al amanecer, en un cuartel de la periferia, un oficial recibió órdenes incompatibles y decidió obedecer ambas. Por si acaso. Los oficiales andaban algo alterados y supuso que ninguno se enteraría.


La fertilidad de la tragedia
Capítulos I y II
por Carmen Nikol


Leonor: poder, cautiverio y corona

Nací heredera antes de aprender a obedecer. Aquitania me pertenecía como el viento pertenece al mar. Quizá Santiago de Compostela lo quiso así. Cuando mi padre murió, sentí el peso del mundo caer sobre mis jóvenes hombros, y supe que no habría para mí una vida pequeña. Me llamaron reina antes de preguntarme quién quería ser.

Me casaron con Luis, rey de Francia, un hombre de rodillas firmes y manos frías. Yo llevaba canciones en la sangre; él, salmos. Al principio creí que el amor podía aprenderse como se aprende una lengua ajena, pero pronto entendí que su Dios ocupaba el espacio que yo debía habitar. En la corte me observaban como se observa a una llama: con temor a que se extienda. No les di un hijo varón, y eso bastó para convertirme en sospecha.

La anulación fue mi primera gran caída y mi primer rescate. Me devolvieron Aquitania como quien devuelve un objeto peligroso. Pero yo partí, sin llorar. Aprendí entonces que el poder no protege del abandono, solo lo hace más visible.

Creí empezar de nuevo al casarme con Enrique. Era joven, feroz, ambicioso. Le deseaba en mis adentros. Juntos conquistamos Inglaterra y nos prometimos el mundo. Le di hijos, a él sí; tierras, consejo. Goberné mientras él guerreaba, pensé mientras él decidía. Pero los reyes no aman lo que los iguala. Con los años, Enrique me fue cercando con su autoridad y con sus amantes, hasta que me convencí de que el matrimonio era otra forma de prisión, solo que adornada. Por segunda vez.

Antes de eso, sin embargo, estuvo Oriente. La cruzada. Yo cabalgué hacia Tierra Santa tal que varón, pero con más tesón. En Antioquía respiré de nuevo: estrategia, política, conversaciones que no terminaban en órdenes. Luis me miraba como si ya no supiera quién era yo. Tal vez nunca lo supo. Cuando pedí separarme, el mundo tembló: una reina no debía querer irse. Aquel fue el inicio de mi peligrosa fama.

La peor traición llegó desde la sangre. Apoyé a mis hijos cuando se alzaron contra su padre, no por ambición, sino porque los había visto crecer bajo la sombra de un hombre que no compartía el poder. Perdimos. Y entonces vino el silencio.

Dieciséis años encerrada. Dieciséis inviernos en los que aprendí que la paciencia puede ser una forma de dominio. Pensé, recordé, aguardé. La cautiva, así me referían. pero nunca dejé de ser reina. Goberné desde la memoria y desde la espera.

Cuando Enrique murió, salí al mundo como quien regresa de un largo sueño sin haber olvidado su nombre. Fui regente, negociadora, madre de reyes. Y descubrí que la vejez podía ser una victoria si una había sobrevivido lo suficiente bien, lo suficientemente fuerte.

Ahora, al final, sé que mi vida no fue una sucesión de errores, sino de rupturas necesarias. No supe obedecer, y por eso pagué. No supe callar, y por eso perduré. Me llamaron peligrosa, orgullosa, indómita. Asumo como propios cada uno de esos nombres.

Así que fui reina, amante, prisionera, madre y escándalo. Y, sobre todo, fui yo misma en un tiempo que no estaba preparado para soportarlo.


Fuentes:
Régine Pernoud. Aliénor d’Aquitaine.
Ralph V. Turner. Eleanor of Aquitaine: Queen of France, Queen of England.
Alison Weir. Eleanor of Aquitaine: A Life.
Amy Kelly. Eleanor of Aquitaine and the Four Kings


Leonor: poder, cautiverio y corona
por Carmen Nikol


Mariana de Austria sobre Mariana de Austria

No sé si es fiebre o si es Dios que me habla desde dentro, pero mi cuerpo ya no me pertenece. Nunca me perteneció. Fui vientre antes que reina, carne antes que voluntad. Me casaron con un hombre que era mi tío y luego mi esposo, y… después fue sólo un cadáver tibio al que tenía que llamar rey.

Carlos respira mal. Siempre ha respirado mal. Yo lo oigo desde mi cama, aunque esté en otra ala del Alcázar. Cada respiración suya es un recordatorio de mi culpa. Dicen que es la sangre, que la sangre se cerró sobre sí misma como una serpiente que se muerde. Yo también soy esa sangre. Yo también soy el error.

Cuando me nombraron regente, sentí el peso de España como una losa sobre el pecho. No supe llorar en público, pero lloré por dentro hasta quedarme seca. Los consejeros me miraban como se mira a una mujer que no debería mandar. Me hablaban despacio, como si yo fuese una niña o una loca. Quizá ya lo era.

Tengo jaquecas que duran días. Me arde la cabeza como si alguien hubiese encendido una vela dentro del cráneo. Los médicos sangran mis brazos, mis piernas, como si sacando sangre pudieran sacar también el miedo. Y rezo (¡cuánto rezo!), pero no siento consuelo. Rezo y sólo oigo el eco de mis propios pensamientos.

España se deshace mientras yo la acompaño en su desazón. Portugal se ha ido. Francia nos acecha. Todos me señalan. Dicen que soy débil, que soy mujer, que me dejo influir. No saben que cada noche me acuesto pensando que he fallado a un imperio que nunca fue mío.

He parido reyes muertos. He enterrado hijos. He besado frentes frías. Mi vientre es un cementerio. Lleno y vacío. Y aun así, cuando cierro los ojos, sigo viendo coronas.

Me pesa el demonio. Tiene nombre de hombre: Juan José. Dice que estoy poseída. Que un demonio se ha instalado en mi cuerpo y me habla al oído. Él es ese demonio. Él y mi soledad. Juntos me roen por dentro y no se van ni con rezos ni con exorcismos.

Juan José me odia. Nunca lo ha ocultado. Ese bastardo con más poder que yo misma, aun siendo hijo de rey pero no de reina. Me observa como un juez observa a la culpable antes de dictar sentencia. Ha conseguido apartarme de mi propio hijo. Me han encerrado en Toledo como si fuese una amenaza, como si yo fuese la enfermedad.

Tengo ataques, sí. Me tiemblan las manos, me falta el aire, grito sin saber por qué. Y sabiéndolo. Los frailes murmuran latines mientras me sujetan. Me ponen reliquias sobre el pecho. Me dicen que resista. Siempre resistir. Nadie me pregunta qué quiero.

A veces no duermo durante días. Otras, no despierto del todo. Veo sombras. Oigo voces. Veo a Felipe mirándome desde la cama, reprochándome haber sobrevivido. Veo a mis hijos muertos. Veo a Carlos, siempre frágil, siempre ajeno al mundo que le he dejado.

He sido reina, regente, madre, viuda, sospechosa, loca. Pero nunca he sido libre.

Cuando me miro al espejo, apenas me reconozco. Mi rostro está hinchado, mis ojos hundidos. Dicen que es melancolía, que es mal de mujeres. Yo sé que es cansancio. Un cansancio antiguo, heredado.

Si esto es locura, entonces bendita sea. Porque es lo único que me pertenece ya.

Yo, Mariana, reina sin reino, madre sin descanso, escribo esto para no desaparecer del todo.

Aunque nadie lo lea. ¿Acaso alguien me lee?


Mariana de Austria sobre Mariana de Austria
por Carmen Nikol