Tomás Moro y la consideración utópica del Estado

por Diego García Paz

Hablar de Tomás Moro (1478-1535) es hacer referencia a uno de los más grandes humanistas de la historia. Filósofo, político, poeta, hombre en definitiva dotado de una capacidad intelectual fuera de serie, unió a su gran cultura una personalidad firme y decidida que le llevó a posicionarse de manera determinante frente al más alto poder en su época, siendo perfectamente conocedor de las consecuencias que de ello se derivarían para su vida.

Moro nació en Londres, y recibió una rica cultura, especializándose en Derecho, si bien tamizado por profundos conocimientos clásicos y por su paso por la Orden de San Francisco, viviendo varios años como un cartujo para posteriormente contraer matrimonio. Gran admirador y amigo personal de Erasmo de Rotterdam, con el que compartía una fina ironía en sus escritos, comentó a San Agustín y tradujo a Pico de la Mirandola. Fue contrario a la reforma protestante, y siempre se mantuvo leal al Papa, extremo que, ante el rechazo a aprobar la nulidad del matrimonio de Enrique VIII de Inglaterra (con el que había trabado amistad) y a considerarle cabeza de la Iglesia Anglicana, determinó que aquel inicial vínculo de afecto con el rey se convirtiese en odio y fuera primero encerrado en la Torre de Londres, sometido a un juicio sumarísimo y posteriormente condenado a muerte, siendo decapitado en 1535. La Iglesia Católica lo canonizó y nombró patrón de los políticos.

La obra cumbre de Tomás Moro es Utopía, en la que presenta una sociedad idílica donde las normas que rigen la convivencia son de carácter filosófico, en cierta forma expresando con ello que cuanto más avanzada sea una sociedad, en menor medida requerirá de un sistema normativo que reprima y corrija el devenir de los hechos de la humanidad.

En el ámbito jurídico es célebre el aforismo “donde hay sociedad, hay Derecho” (en latín “ubi societas, ibi ius”). La felicidad del individuo en el marco de la sociedad es concebida por Moro como la base del funcionamiento correcto de ésta, por lo que la favorable situación de cada persona se transmite al conjunto social y éste adquiere un estatus ideal en cuanto a respeto y convivencia. La consideración idealizada o platónica de esta forma de entender la sociedad es patente.

El hombre no puede ser separado de Dios, ni la política de la moral.

Tomás Moro

La concepción del Estado se basa en la reciprocidad, en aquello que recibe de cada ciudadano, que le cede sin imposición alguna, sino bajo la convicción de que se trata de la mejor alternativa para su bienestar; y a cambio, el Estado procura a cada persona y a la sociedad en su conjunto lo que necesita, sin desigualdad económica, y con todas las necesidades satisfechas, desapareciendo la controversia, el conflicto social, pues en una convivencia que se construye de acuerdo a la ética individual y colectiva las diferencias no existen. Este Estado no es configurado ni como un centro de imputación de responsabilidades por los males de la sociedad, ni como un ente represor, a través del sistema jurídico, de los vicios de la humanidad (posiciones ambas que se han conocido en el desarrollo del pensamiento a lo largo de la historia) sino como el resultado de una sociedad perfecta desde la tolerancia y la ética, que da forma a un ente político exclusivamente proveedor y protector.

Como es evidente, en Utopía no se contiene una indolente o inocua descripción de una sociedad ideal, sino que, con un ánimo muy crítico, Moro hace un contraste entre la realidad de la convivencia humana (que no era entonces ni es ahora ajena para nadie) y la visión fantástica de una sociedad regida por la filosofía y los principios de la ética. La insuficiencia o incluso la carencia de tales bases en la convivencia son la justificación de la existencia del Derecho. El conflicto marca el día a día de la humanidad, a pequeña y a gran escala, y la incapacidad de solventar las diferencias sin acudir a otras fuentes que no sean sólo las filosóficas exige la creación de reglas imperativas, de límites, en definitiva de un Derecho que imponga los principios que han de regir la vida en sociedad.

Por lo tanto, aunque siempre se ha considerado que el principio “donde hay sociedad, hay Derecho” es la plasmación del avance de la humanidad, como civilización en sentido propio del término, capaz de fijar de una forma racional y responsable las normas que habiliten la convivencia, no puede dejar de verse este principio desde otra perspectiva: la de la necesidad de generar sistemas jurídicos que colmen o completen desde lo obligatorio aquellos espacios que el ser humano no ha podido cubrir con el recurso exclusivo a los postulados de la ética y de la filosofía, dando así lugar a una nueva concepción, en cierta forma pesimista, del Derecho y del Estado.

Santo Tomás Moro es el ejemplo a seguir de hombre íntegro, que no permitió que las injerencias del poder político se antepusieran a sus firmes convicciones, que no eran sino los pilares maestros de la ética, la razón y la verdadera Justicia, aún a costa no sólo de su posición social, sino de su propia vida.

“Si el honor fuera rentable, todo el mundo sería honorable.”

“Es preciso que obréis de manera tal que, si no podéis hacer todo el bien que deseáis, logren vuestros esfuerzos por lo menos quitar fuerza al mal.”

“Soy el mejor servidor del rey, pero antes lo soy de Dios.”

Tomás Moro
Tomás Moro y la consideración utópica del Estado. Por Diego García Paz, Letrado Jefe de Civil y Penal de la Comunidad de Madrid & Académico Co. Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Colaborador en Entrevisttas.com
Tomás Moro

Tomás Moro y la consideración utópica del Estado
Por Diego García Paz


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