La mamá de la diseñadora

(continuación de la primera parte)

-¿Vamos de incógnito?

-¿Por qué lo dices?, respondió Rodrigo.

-Te habrás levantado temprano para que llevemos un vehículo de camuflaje y no llamar la atención. Tuneado y apto para que parezca que vamos a traficar. Buena idea…

-Es mi coche.

-¡Coño! ¿No hay coches en este servicio? ¿Y sí hay que perseguir a alguien? ¿Llamo a un taxi?

-¿Y tú has venido volando?

Callaron por un instante eterno que rompió Lola, disculpándose.

-Perdona, pero tu coche necesita un repaso. No pretendía molestarte, quería romper el hielo.

La carretera comarcal tenía un color grisáceo, sólido y feo. Serpenteaba la llanura entre ondulaciones de olivos, encinas y carrascas. Había amanecido y un leve vapor se elevaba sobre un arroyo con escasa agua. Llegaron a un lugar en medio de la nada, que parecía levitar, moverse, solo sujeto por una verja que precedía a un arco de entrada rodeado por una cerca de obra de dos metros. Les esperaba Prometeo Pérez que parecía adornar el blanco y añil de la pared.

Segunda parte de La mamá de la diseñadora | De Blas Maeso Ruiz-Escribano. En Entrevisttas.com
Viñedos

El teniente había logrado la cesión de la finca Quintanar, un lugar tranquilo entre viñedos y cañizos de juncos, cercanos a un pozo, que protegía una noria de cangilones y conectaba con el acuífero 23. Allí se había edificado el barracón Barataria, financiado a fondo perdido al cincuenta por ciento con fondos europeos y el resto con un crédito blando de La Caja de Crédito Milagroso, un crédito tan blando que la entidad fue intervenida en marzo de 2009. Quintanar fue vendida a La Banca Alivio, banca que lo cedió al Estado como pago de impuestos porque necesitaba aligerar el número de inmuebles que administraba desde el estallido de la burbuja inmobiliaria entre 2007 y 2008. El barracón era un pequeño hotel, con calefacción en invierno y ventilación en verano para soportar los extremos del clima mesetario.

Carraspeó. Miró hacia la extraña pareja que había creado. La decisión no fue únicamente suya. Tuvo que hablar con la Dirección General de Seguridad, seleccionar un gran número de candidatos, conseguir un presupuesto, mover papeles… Rogar, ¡rogar!, a humanos y divinos. Siempre había trabajado con grupos pequeños: suponía una sobrecarga de trabajo, pero ganaba en mejor control de la información. Y se pasaba desapercibido. La decisión más difícil que tuvo que tomar fue convencer a sus superiores de la necesidad de la periodista y el trabajo más arduo fue que ella se convenciese de participar en este proyecto.

Todo había empezado cuando sonó la puerta del hotel rural junto a una de las lagunas. Un paquete extraño fue entregado a Lola. Solamente a ella. Nadie sabía que estaba allí. Pero alguien le enviaba una caja que contenía un móvil con instrucciones para marcar un número. Lo hizo. Y toda su vida cambió…

-No me haga reír. ¿Cómo ha dicho que se llama?

La conversación no había empezado bien. Se sentía incómoda porque tenía una extraña impresión. Se sentía controlada. No pisaba el terreno por iniciativa suya. Le desconcertaba la facilidad con la que le habían encontrado.

-Prometeo Pérez, teniente de la Guardia Civil, estoy creando un grupo…

-Pare, ya me lo ha dicho antes. Una especie de vengadores de Marvel… ¿Qué aporto?

-Necesito una investigadora con otro punto de vista. Que tenga empatía con las víctimas y sea capaz de ponerse en el lugar de los delincuentes, el relato del antagonista, para atraparlo mejor. Le necesito a usted. Si me permite, necesito a Lola. Su expediente se ha enriquecido porque hemos investigado su perfil para reclutarle.

Lola era Licenciada en Ciencias de la Información, rama de Periodismo y, aunque trabajaba en medios regionales, había realizado cursos de información de tribunales y prácticas en periodismo económico en el medio de información bursátil “Mibolsa”. Su primer contrato lo tuvo en sucesos…

-Le veo muy informado. ¿Cómo supo dónde encontrarme? No hay buena cobertura donde estaba y un mensajero llegó con un paquete buscando la señora que leía mirando a la laguna… Muy raro.

-Casi siempre he sabido el lugar al que se desplazaba.

-No sé sí me siento vigilada o protegida. ¿Soy la única o hay alguien más?

-Hay otra persona que acabo de reclutar, experta en investigación criminal. Creo que se complementan. Su visión es más abierta con una visión general, la de su compañero es más reducida, la de un especialista. No se preocupe, yo me encargo de engrasar cualquier dificultad que se presente…

Lola aceptó sin pensar. Le gustaba afrontar retos, novedades. También que fuera considerada o valorada. Por alguien. Y en eso el teniente Pérez era bueno.

Entraron en las instalaciones de Barataria. Lola y Rodrigo habían sacado una impresión inicial decepcionante. La estructura exterior era muy parecida a la de un viejo hangar o un taller de reparación lleno de polvo y grasa. Sin embargo, dentro del barracón todo era luminosidad y limpieza. Equipo informático, instalaciones con gran amplitud, mobiliario ergonómico, habitaciones individuales, un par de vehículos de una marca alemana muy conocida. Su impresión fue cambiando.

Segunda parte de La mamá de la diseñadora | De Blas Maeso Ruiz-Escribano. En Entrevisttas.com
Hangar

-¿Qué les parece? No lo rompan rápidamente. Elijan una zona de trabajo individual. Menos la del centro. Me la quedo. Soy su superior. Tienen su zona de descanso y aseo.

-¿La de la derecha o la de la izquierda?, preguntó Rodrigo.

-La de la izquierda, la de la izquierda.

-¿La izquierda según se ve o según está dispuesto…?

-¡Puff! Según se ve, está claro (cansino). Está orientado al oeste. Me gusta ver los atardeceres y en invierno es soleado hasta más tarde. Bueno, si hay tiempo para disfrutarlo. ¿Te parece bien?

-Nada, nada. Me quedo con el de la derecha. No hay problema. Está orientado hacia el este, veré amanecer y será menos caluroso en verano…

-Muy gracioso. ¿Cómo te reclutó el jefe?

-El teniente Pérez.

-El teniente. Lo de las graduaciones y los mandos… Me lo aprenderé. ¿Cómo te reclutaron? No te escapes.

-Mi familia, los Santacruz, siempre fueron marinos. Aprendí a nadar casi antes que a dar los primeros pasos, y a navegar antes que a correr. Siempre estuve más seguro en un barco que en el suelo de mi casa. Tengo un antepasado que acompañó a almirante de la mar océano en su primer viaje, que tuvo un hijo que no reconoció inicialmente, pero le dotó económicamente. Desciendo de él. Hice estudios en la Armada, Criminología en Albacete, y fue destinado aquí. Soy militar y fui elegido por mis superiores…

Un teléfono interrumpió a Rodrigo. El teniente contestó.

-Sí, dígame… ¿Es seguro? Un pañuelo, un fazzoleto tipo Pavarotti o como mínimo una bandana. Gracias.

Prometeo resopló y tuvo un instante de duda. Enseguida se recompuso y se dirigió a Lola y Rodrigo.

-No fue asesinada con una cinta métrica. El informe preliminar de la autopsia descarta que fuera ahogada con la cinta de sastre. Se inclina por un pañuelo, bien fular o pañuelo grande de un tamaño de 45 a 60 centímetros al menos.

-¿Un encargo?, dijo Lola.

Rodrigo y Prometeo la miraron. (continuará)


Segunda parte de La mamá de la diseñadora | Por Blas Maeso Ruiz-Escribano


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