La mamá de la diseñadora

-¡Maldito teléfono!…

No paraba de sonar. ¿Qué hora era? ¿Quién podía llamar? Había puesto la alarma a las seis y le había costado conciliar el sueño. Aunque no quería que se notara, estaba inquieto. La cita con Prometeo era a las ocho. Esperaba que el sitio donde habían quedado no fuese premonitorio de nada malo. El Hundimiento de las Lagunas de Ruidera. Sí, en la entrada, antes de llegar al pueblo. Augurio de algo extraño o siniestro. Cogió el teléfono.

-¿Rodrigo Santacruz? Soy Prometeo Pérez…

-Sí, teniente, soy yo. Habíamos quedado a las ocho en el Hundimiento de las lagunas…

-¿Tendría inconveniente en acudir antes? En otro lugar. Le pensaba reclutar para un grupo de investigación nuevo, pero he recibido una llamada. Ha aparecido una mujer muerta en una urbanización del extrarradio del Torreón de Moratalaz… De las condiciones del trabajo hablaremos sobre la marcha. ¿Le parece bien?… ¿Sigue ahí?

-Sí, ¿puede enviarme la ubicación o la dirección al móvil? Nos vemos allí.

-De acuerdo. Una cosa más, ¿le importa trabajar en equipo, con compañía?

-¿Con otro militar o policía?

-Lola no es ninguna de las dos cosas. Ya la conocerá. Allí nos vemos.

-¿Qué es no ser ninguna de las dos cosas…? ¿Oiga…? Había colgado.

Rodrigo salió de la habitación sin apenas arreglarse. Ni se duchó ni afeitó. Quería ser diligente, dispuesto, que Prometeo Pérez viese que trabajar a cualquier hora con él era posible, que podía contar en todo momento. Cogió su viejo Mégane, escribió la dirección en Maps y tomó camino de la dirección enviada.

La mamá de la diseñadora, por Blas Maeso Ruiz-Escribano.

¿Quién será Lola? Ni militar, ni policía… ya se verá. Que no cause problemas o provoque que yo los cometa. ¿Y Prometeo Pérez? Todo el mundo me habla bien de él, pero no encuentro ni foto, ni ficha actual. Sé que recluta grupos de investigación especial. Su última foto era muy antigua, de cuando daba clase en la academia de Úbeda. Una foto con más de quince años. Con tricornio. Ahora podía pesar veinte kilos más, tener el pelo blanco, llevar barba y gafas de culo de vaso. Irreconocible. En la foto parecía tener una estatura de 1,75-1,80 m, pelo muy corto negro o castaño, nariz pequeña casi chata y labios finos en una mandíbula redonda. Muy normal. No parecía cargado de hombros y apenas sonreía. ¿Y lo de trabajar con otra persona? No sé. Una nueva compañera… me adaptaré. Será una empollona o una enchufada. En el mar todo es sencillo, y, al menos, estoy más tranquilo. Una investigadora que ni es militar ni policía…

Tricornio de la Guardia Civil

La carretera era la pasarela a una nueva vida. No percibía ni apreciaba sí le permitiría volver o tomar decisiones individuales. Podría perder esa libertad de la que había disfrutado mientras estudiaba Criminología en Albacete. El cambio, su cambio, a Cartagena no fue nada fácil. Tras los estudios navales, se especializó en submarinos, la Criminología había sido una pasión complementaria, casi una diversión que practicaba con placer y sin esfuerzo, aunque causante de este destino.

En la urbanización había un coche de la Guardia Civil, una ambulancia y dos coches sin distintivo alguno que obstaculizaban el paso. Aparcó el Mégane, su Mégane azul marino (del que recordó de repente que tenía que revisar los frenos), porque, así como estaba, la ITV no la pasaba. El coche estaba para el desguace y, sin embargo, le tenía cariño. Un puesto estable podría permitirle cambiar de modelo hacia un híbrido tal vez, porque un coche eléctrico era caro y complicado de recargar.

Un hombre de escaso pelo canoso, pasado de kilos y más bajo que su metro ochenta le saludó. Usaba gafas de varias dioptrías con moderna montura. Se fue acercando.

Le dijo que era Prometeo Pérez, le dio la mano cuando él le confirmó que era Rodrigo Santacruz.

-Acompáñeme.

Le siguió a la entrada de una casa en la urbanización Torreón de Moratalaz, fase 1. El juez se había marchado unos instantes antes ordenando las primeras diligencias y se estaba recabando todos los datos necesarios para la investigación abierta que se instruiría desde el juzgado de primera instancia.

La mamá de la diseñadora, por Blas Maeso Ruiz-Escribano.

La muerta, dijo su nuevo jefe, era Alborada Ramírez, modista y madre de una de las concursantes de un reality de diseño que, aunque con discreta audiencia, entretenía la noche de los domingos a un público fiel que no tenía nada mejor que hacer. El cadáver se encontraba boca arriba, con las piernas abiertas, con una cinta métrica de sastrería enrollada doblemente en su cuello, la lengua fuera y los ojos desorbitados. Parecía un estrangulamiento en toda regla. Estaba vestida con un pijama de algodón aterciopelado y una bata de boatiné. Las piernas abiertas estaban retorcidas, coronadas por zapatillas de paño, en un último intento final por resistir a quien le había agredido mortalmente.

Según el forense no llevaba muerta más de diez horas. Vivía sola. Era viuda del industrial quesero Romualdo Pastor. La quesería, en vida del marido, fue vendida a un empresario valenciano y, con lo obtenido, pudo llevar una vida desahogada junto a su hija, Mamen, cuando falleció de infarto fulminante durante un fin de semana en Benidorm durante la celebración de las bodas de plata, viaje que rememoraba la luna de miel que no pudieron repetir. Aunque las malas lenguas dicen que fue por repetir…

Como pasatiempo se había dedicado a coser ropa para sus amigas que la llamaban “cariñosamente” Dedal porque lo olvidaba en cualquier sitio o lo llevaba puesto como un dedo postizo. Su hija Mamen había heredado esa afición, la de la costura, que no la del dedal como complemento, y se marchó en el septiembre de hacía dos años a estudiar Diseño de Moda a la capital.

La mamá de la diseñadora, por Blas Maeso Ruiz-Escribano.

El teniente Pérez le contó que la hija tenía 20 años, que nació tras varios intentos frustrados de Alborada y Romualdo por ser padres, y que únicamente tuvieron problemas con ella cuando desapareció durante dos días al cumplir los quince. Pero esta era una historia para otro momento.

-Rodrigo, perdone. Le presento a Lola, Lola Plumier. Lola, Rodrigo Santacruz, marino y criminólogo, trabajarán juntos. Lola es periodista de investigación.

-Hoola…

-Hola, Rodrigo.

(Continuará).


Primera parte de La mamá de la diseñadora | De Blas Maeso Ruiz-Escribano


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