Espejo roto – Capítulo 6: Ecos del caos

El hospital Providence bullía de actividad. Médicos y enfermeras corrían de un lado a otro y sus voces mezclaban en un coro urgente de órdenes y diagnósticos. En medio de este caos controlado, Mary y François irrumpieron por las puertas de la sala de emergencias, con sus rostros pálidos por el miedo y la incertidumbre.

—¡Mis hijas! —gritó Mary, agarrando a la primera enfermera que vio—. ¿Dónde está mi hija?

La enfermera, una mujer de mediana edad con ojos comprensivos, intentó calmarla. —Señora, por favor, necesito que se calme. ¿Dígame sus nombres?

—Lena y Luna Dubois—respondió François, su voz temblorosa—. Nos llamaron… dijeron que hubo un accidente…

En ese momento, Lena apareció doblando una esquina, con la ropa completamente manchada con sangre seca. —¡Mamá! ¡Papá!

Mary corrió hacia su hija, envolviéndola en un abrazo desesperado. —Oh, Lena, gracias a Dios estás bien. ¿Qué pasó? ¿Dónde está Luna?

Lena se tensó visiblemente ante la mención de su gemela. Antes de que pudiera responder, un grito desgarrador resonó por el pasillo.

—¡Déjenme verlo! ¡Es mi hijo!

La familia Dubois se giró para ver a una mujer de cabello oscuro luchando contra dos guardias de seguridad. Era Carmen, la madre de Mateo.

François se adelantó con la voz calmada pero firme. —Carmen, por favor, cálmate. Estoy seguro de que nos dirán algo pronto.

Carmen se volvió hacia él, con una mezcla de furia y miedo. —¿Calmarme? ¡Mi hijo está ahí dentro, luchando por su vida, y me dices que me calme!

Mientras la tensión aumentaba en el pasillo, dentro del quirófano, un equipo de cirujanos luchaba por salvar la vida de Mateo.

—Está perdiendo mucha sangre —anunció uno de los cirujanos—. Necesitamos más unidades, ¡ahora!

El sonido rítmico del monitor cardíaco llenaba la sala, cada pitido era un recordatorio de la frágil línea entre su vida y su muerte.

—Presión arterial cayendo —advirtió una enfermera.

El cirujano jefe, el Dr. Ramírez, apretó los dientes. —No hoy, chico. No en mi mesa.


Fuera del hospital, Luna vagaba por las calles de la ciudad, sin haberse podido quitar aún la sangre de Mateo de las manos. Su mente era un torbellino de culpa, miedo y confusión. Cada cara que veía le parecía acusadora; cada sombra, una amenaza.

Se detuvo frente a una farmacia y vio su reflejo distorsionado en el cristal del escaparate. Por un momento, creyó ver a Lena mirándola de vuelta. Pero cuando parpadeó, solo vio su propio rostro, manchado de lágrimas y culpa.

Con manos temblorosas, entró en la farmacia. Necesitaba algo para calmar los nervios, algo para acallar las voces en su cabeza.

—¿Puedo ayudarte? —preguntó el farmacéutico, con la mirada sospechosa al notar el estado agitado de Luna.

—Yo… necesito algo para dormir —murmuró Luna, evitando el contacto visual de sus manos, metiéndolas en los bolsillos de sus pantalones.

El farmacéutico frunció el ceño. —Necesitarás una receta para eso.

Luna sintió que el pánico crecía en su pecho. Necesitaba esas pastillas. Las necesitaba ahora…


De vuelta en el hospital, Lena finalmente reunió el coraje para hablar en lugar algo apartado y en un tono casi imperceptible. —Mamá, papá… necesito que no os expreséis en cuanto os diga lo que debéis saber. Fue Luna. Ella… ella apuñaló a Mateo.

El silencio que siguió fue ensordecedor. Mary se llevó una mano a la boca, ahogando un sollozo, mientras François palidecía visiblemente.

Carmen, que había escuchado la confesión, se lanzó hacia Lena con un grito de rabia. —¡Tú! ¡Tu familia! ¡Vosotros hicisteis esto!

François interceptó a Carmen antes de que pudiera alcanzar a Lena, sujetándola mientras ella luchaba y gritaba.

—¡Señora, cálmese! —ordenó uno de los guardias de seguridad, acercándose rápidamente.

En medio del caos, las puertas del quirófano se abrieron de golpe. El Dr. Ramírez salió con su bata manchada de sangre.

—¿Familia de Mateo Herrera?

Carmen se liberó del agarre de François, corriendo hacia el cirujano. —Soy su madre. ¿Cómo está mi hijo?

El Dr. Ramírez miró a su alrededor, notando la tensión palpable en el aire. —Señora Herrera, su hijo está estable por ahora, pero las próximas 24 horas serán críticas. La herida fue profunda y perdió mucha sangre. Hemos logrado reparar el daño, pero…

Antes de que pudiera terminar, el sonido de sirenas policiales llenó el aire. Dos oficiales entraron en la sala de espera, escaneando la escena.

—Estamos buscando a Luna Dubois —anunció uno de ellos—. Tenemos una orden de arresto por intento de homicidio.

Lena sintió que el mundo se detenía. La realidad de la situación la golpeó con toda su fuerza. Su gemela, su otra mitad, era ahora una fugitiva buscada por la ley.

Mary se adelantó con la voz temblorosa pero determinada. —Oficial, debe de haber un error. Luna nunca…

—Señora —interrumpió el policía—, tenemos testigos y evidencia física. Su hija es la principal sospechosa en este caso.

Mientras la tensión en la sala alcanzaba su punto máximo, el Dr. Ramírez recibió un WhatsApp.

—¡Código azul en la habitación 305! —gritó una enfermera que corría por el pasillo.

El Dr. Ramírez palideció. Era la habitación de Mateo.

—¡Muévanse! —ordenó, corriendo de vuelta al quirófano.

Carmen, al escuchar esto, intentó seguir al doctor, pero los guardias la detuvieron. —¡Mi hijo! ¡Déjenme ir con mi hijo!


En la farmacia, Luna estaba al borde de un colapso nervioso. El farmacéutico, preocupado por su estado, había llamado discretamente a la policía.

—Señorita, ¿está segura de que no necesita ayuda? —preguntó, tratando de mantenerla calmada hasta que llegaran las autoridades.

Luna, sintiendo que algo no estaba bien, dio un paso atrás. —Yo… tengo que irme.

Pero cuando se giró hacia la puerta, se encontró cara a cara con dos oficiales de policía.

—Luna Dubois —dijo uno de ellos—, queda detenida por intento de homicidio.

El pánico se apoderó de Luna. Sin pensar, agarró lo primero que encontró en el mostrador —un abrecartas— y lo blandió frente a ella.

—¡Aléjense! ¡No se acerquen!

Los oficiales sacaron sus armas. —Baja el arma, Luna. No hagas esto más difícil.


En el hospital, el equipo médico luchaba por estabilizar a Mateo. El monitor cardíaco emitía un pitido alarmante.

—¡Está fibrilando! —gritó una enfermera.

—¡Carguen a 300! —ordenó el Dr. Ramírez—. ¡Despejen!

El cuerpo de Mateo se arqueó con la descarga eléctrica. Por un momento, solo se escuchó el sonido plano del monitor.

En la sala de espera, Lena se derrumbó en los brazos de su madre. —Es mi culpa —sollozó—. Si no hubiera ido a buscar a Luna… si no hubiera llevado a Mateo…

Mary la abrazó con fuerza. —No, cariño. No es tu culpa. Nada de esto es tu culpa.

François, mientras tanto, intentaba calmar a Carmen, quien alternaba entre sollozos desgarradores y arrebatos de ira.


En la farmacia, la situación se había convertido en un tenso enfrentamiento. Luna, acorralada y aterrorizada, sostenía el abrecartas con manos temblorosas.

—Luna —dijo uno de los oficiales, su voz calmada pero firme—, sabemos que no quieres hacer esto. Bájalo y hablaremos.

Por un momento, pareció que Luna iba a ceder. Pero entonces, el sonido de una sirena cercana la sobresaltó. En un movimiento repentino, Luna se giró y corrió hacia la parte trasera de la farmacia, corriendo hacia la puerta trasera de la farmacia.

—¡Se escapa! —gritó uno de los oficiales.

Luna corrió por callejones oscuros un buen rato. Parecía que había conseguido evitar a sus perseguidores. Su corazón latía con tanta fuerza que sentía que le iban a explotar los oídos. No sabía a dónde iba, solo sabía que tenía que alejarse.


El Dr. Ramírez salió del quirófano con el rostro sombrío.

—Familia de Mateo Herrera —llamó.

Carmen se acercó, alejándose de François. —¡Mi hijo!

El Dr. Ramírez tomó una respiración profunda y por fin contestó. —Lo hemos estabilizado, pero… ha entrado en coma. No podemos predecir cuándo o si despertará.

El grito de agonía de Carmen resonó por todo el hospital.

Lena, sintiendo que el peso del mundo caía sobre sus hombros, se alejó de su madre y caminó hacia la ventana. Afuera, la noche había caído sobre la ciudad y, en algún lugar de esa oscuridad, Luna vagaba sola, perseguida por sus acciones.

Aquel espejo que quebró amenazaba con cortar a todos los que se acercaran demasiado.

La noche apenas comenzaba, y con ella, una serie de eventos que cambiarían sus vidas para siempre.

Mientras Lena apoyaba su frente contra el frío cristal de la ventana, una sola pregunta resonaba en su mente: ¿Cómo habían llegado a esto? Y más importante aún, ¿cómo podrían salir de este laberinto de dolor y traición?

La respuesta, si es que existía, parecía tan lejana e inalcanzable como las estrellas que brillaban débilmente en el cielo nocturno de la ciudad.


Espejo roto – Capítulo 6
Ecos del caos

por Carmen Nikol


Capítulo anterior: Carminos divergentes
Capítulo posterior: El laberinto de Escher


LICENCIA: © 2025 | CC BY-NC-ND 4.0 

Espejo roto – Capítulo 5: Caminos divergentes

Los días que siguieron al incidente en la habitación fueron como una pesadilla en cámara lenta para Lena. Luna había desaparecido, dejando tras de sí solo una nota críptica: No me busquéis. Necesito encontrarme a mí misma. Mary y François, devastados y confundidos, habían contactado a la policía, pero sin signos de secuestro o coacción, optaron por esperar. Luna acababa de cumplir 18 años y, como tantas otras veces, optaron por pensar que había decidido irse voluntariamente, más si cabe tras saber los últimos hechos acontecidos en el hogar. Quería huir, o eso parecía…

Lena se movía por la casa como un fantasma, atormentada por la culpa y el miedo. Cada rincón, cada objeto, le recordaba a su gemela ausente. El estudio de arte en el sótano permanecía intacto, los lienzos a medio terminar de Luna como un doloroso recordatorio de su ausencia.

Mateo, por su parte, se había convertido en una presencia constante, alternando entre intentos de consolar a Lena y momentos de culpa abrumadora. Una tarde, mientras estaban sentados en silencio en el porche trasero, Mateo finalmente rompió el silencio.

—Lena —dijo, su voz apenas un susurro—. Creo que sé dónde podría estar Luna.

Lena se giró bruscamente, como siempre, con sus ojos brillando a través de una mezcla de esperanza y miedo. —¿Qué? ¿Dónde?

Mateo dudó por un momento antes de continuar. —Hace unos meses, Luna me habló de un lugar. Una vieja cabaña en el bosque, cerca del lago. Dijo que era su refugio secreto, donde iba cuando necesitaba estar sola.

El corazón de Lena dio un vuelco. ¿Cómo era posible que Luna hubiera compartido ese secreto con Mateo y no con ella? La punzada de celos que sintió la sorprendió y avergonzó a partes iguales.

—Tenemos que ir —dijo Lena, poniéndose de pie de un salto—. Ahora mismo.

El viaje al lago fue tenso y silencioso. Lena miraba por la ventana del auto, observando cómo el paisaje urbano daba paso gradualmente a densos bosques. Mateo conducía con un semblante inaudito.

Cuando finalmente llegaron a la cabaña, el sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de tonos rojizos y dorados. La estructura de madera se alzaba solitaria entre los árboles, un hilo de humo salía de la chimenea.

—Está aquí —susurró Lena mientras su corazón latía con fuerza.

Se acercaron a la puerta con cautela. Lena levantó la mano para tocar, pero antes de que pudiera hacerlo, la puerta se abrió de golpe. Allí, de pie en el umbral, estaba Luna.

El shock de ver a su gemela después de semanas de ausencia dejó a Lena sin palabras. Luna lucía diferente: su cabello, antes idéntico al de Lena, estaba teñido de un intenso color negro. Sus ojos, enmarcados por delineador oscuro, brillaban con una mezcla de sorpresa y algo más… ¿resentimiento?

—Vaya —dijo Luna, su voz fría y distante—. La pareja perfecta me ha encontrado. ¿Qué queréis?

Lena dio un paso adelante, extendiendo una mano hacia su hermana. —Luna, por favor. Hemos estado tan preocupados. Mamá y papá están devastados. Yo…

—¿Tú qué, Lena? —interrumpió Luna con los ojos brillando peligrosamente—. ¿Extrañas a tu gemela? ¿O simplemente te molesta que por una vez no puedas controlar cada aspecto de mi vida?

Las palabras golpearon a Lena como un puñetazo en el estómago. —Luna, no es así. Yo solo quiero…

—¿Qué quieres, Lena? —la voz de Luna se elevó, cargada de emoción—. ¿Quieres que vuelva a casa? ¿Qué finja que todo está bien? ¿Qué observe en silencio cómo me quitas todo lo que me importa?

Mateo respondió por Lena. —Luna, por favor. Esto es un malentendido. Nosotros…

—¡Cállate! —gritó Luna lanzando dagas por miradas hacia Mateo—. Tú eres la razón de todo esto. Jugabas con ambas, ¿no es así? ¿Te divirtió vernos competir por tu atención?

El silencio que siguió fue ensordecedor. Lena miró a Mateo, buscando en su rostro alguna señal de negación, alguna explicación. Pero lo que vio la dejó helada: culpa, escrita claramente en cada línea de su rostro.

—Luna —comenzó Mateo, temblando—. Yo… lo siento. Nunca quise que las cosas llegaran tan lejos. Yo…

Pero Luna ya no escuchaba. Con un movimiento rápido, sacó algo de su bolsillo. El brillo metálico hizo que Lena contuviera el aliento: era un cuchillo.

—Luna, ¿qué estás haciendo? —preguntó Lena, con un miedo evidente en su voz.

Luna sonrió con una sonrisa que no llegó a sus ojos. —Estoy terminando con esto, Lena. De una vez por todas.

Lo que sucedió a continuación pareció desarrollarse en cámara lenta. Luna se lanzó hacia adelante, con el cuchillo brillando en su mano. Lena cerró los ojos, esperando sentir el dolor del metal cortando su carne. Pero el golpe nunca llegó.

Cuando Lena abrió los ojos, vio a Mateo de pie entre ella y Luna. Su camisa se teñía rápidamente de rojo. Luna retrocedió, viendo el cuchillo cayendo de su mano temblorosa.

—¡Mateo! —gritó Lena, corriendo hacia él mientras caía de rodillas.

Luna observaba la escena con horror, como si acabara de despertar de un trance. —Yo… yo no quería… —balbuceó, retrocediendo hasta chocar contra la pared de la cabaña.

Mientras Lena presionaba desesperadamente la herida de Mateo, tratando de detener el flujo de sangre, Luna se deslizó por la pared hasta quedar sentada en el suelo, mirando fijamente la escena frente a ella.

—Llama a una ambulancia —gritó Lena, quebrándose por el pánico—. ¡Luna, por favor!

Con manos temblorosas, Luna marcó el número de emergencias. Mientras daba la ubicación con voz entrecortada, Lena sostenía a Mateo, susurrándole palabras de aliento.

—Quédate conmigo, Mateo —suplicaba Lena—. Por favor, quédate conmigo.

Los minutos que siguieron parecieron eternos. El sonido de las sirenas en la distancia fue como música para los oídos de Lena.

Justo antes de ese preciso momento, Luna, entre un abismo de dolor, culpa y chillaba desesperadamente.

Minutos después, cuando la ambulancia se alejaba, llevándose a Mateo, Lena y Luna se quedaron solas frente a la cabaña. El cuchillo yacía en el suelo entre ellas, tal que un recordatorio silencioso de lo cerca que habían estado de cruzar una línea de la que no había retorno.

—¿Qué hemos hecho, Luna? —susurró Lena, con lágrimas corriendo libremente por sus mejillas.

Luna no respondió. En lugar de eso, se puso de pie lentamente y caminó hacia el bosque, perdiéndose entre los árboles. Lena la observó irse, incapaz de moverse, incapaz de llamarla. Deseaba que se perdiera, si eso podía salvarla de una detención.

Mientras la noche caía sobre el bosque, Lena se quedó sola frente a la cabaña, el eco de las sirenas desvaneciéndose en la distancia iba acompañado del eco de las sirenas policiales que se acercaban.

En algún lugar del bosque, Luna vagaba sola, con las manos manchadas con la sangre de Mateo y su corazón destrozado por la culpa.

Ya en el hospital, Mateo luchaba por su vida, víctima de un triángulo amoroso que había llevado a dos hermanas al borde del abismo y a él mismo a vivir sus posibles últimos minutos de vida.


Espejo roto – Capítulo 5
Caminos divergentes

por Carmen Nikol


Capítulo anterior: Sombras del pasado
Capítulo posterior: Ecos de caos


LICENCIA: © 2025 | CC BY-NC-ND 4.0 

Espejo roto – Capítulo 4: Sombras del pasado

Los días que siguieron a la confrontación en la biblioteca se convirtieron en semanas de un silencio ensordecedor entre Lena y Luna. La casa que una vez había resonado con sus risas y secretos compartidos ahora parecía un mausoleo de recuerdos rotos. Sus padres, Mary y François, en los pocos momentos que pasaban en casa (comidas y cenas) observaban con creciente preocupación cómo sus hijas, antes inseparables, ahora parecían orbitar en universos completamente diferentes.

Lena se sumergió aún más en sus estudios y actividades extracurriculares, ; y Luna, por su parte, se encerraba en el estudio de arte que sus padres habían acondicionado, ahora en el sótano, emergiendo solo para las comidas, con manchas de pintura en las manos y una mirada distante en los ojos.

Una mañana, en una hora tardía para un desayuno, Luna estaba preparando un té cuando Lena entró, deteniéndose abruptamente al ver a su gemela.

—Luna —dijo Lena suavemente—. ¿Podemos hablar?

Luna irguió su postura, se giró, la miró con odio y la dejó con las palabras brotándole del alma.

Lena sintió que las lágrimas comenzaban a formarse en sus ojos. —Luna, yo no elegí esto. No elegí que Mateo…

—¡No digas su nombre! —gritó Luna, girándose con rabia y dolor—. No quiero oír tus excusas. No quiero oír nada de ti.

Fue entonces cuando el timbre de la puerta sonó, rompiendo la tensión del momento.

Lena se dirigió a abrir, agradecida por la interrupción. Pero cuando abrió la puerta, sintió que el mundo se detenía. Allí, de pie en el umbral, estaba Mateo.

—Lena, Luna —dijo Mateo con la voz cargada de emoción—. Necesitamos hablar.

Antes de que Lena pudiera responder, escuchó el sonido de pasos detrás de ella. Luna, que ya estaba bajando hacia el sótano, había entrado en el vestíbulo, fijando su mirada sobre Mateo.

—Vaya —dijo Luna, fría como el hielo—. Miren quién decidió honrarnos con su presencia.

Mateo palideció visiblemente. —Luna, yo… lo siento. No quise que las cosas terminaran así.

Luna soltó una risa amarga. —¿Terminar así? Oh, Mateo, esto está lejos de terminar.

Con esas palabras, Luna se dio la vuelta y subió las escaleras saltando de par en par sus escalones.

—Tal vez deberías irte —dijo Lena finalmente, evitando la mirada de Mateo.

Pero Mateo dio un paso adelante, entró en la casa y cerró la puerta. —No, Lena. Necesitamos aclarar las cosas, los tres.

Lena sintió un escalofrío recorriendo toda su espalda.

Al llegar a la puerta de la habitación, Lena dudó por un momento antes de tocar. —Luna —llamó suavemente—. ¿Podemos entrar? Mateo está aquí y creo que deberíamos hablar.

Hubo un largo silencio antes de que la voz de Luna respondiera, cargada de una emoción que Lena no pudo identificar. —Adelante, sí. Es hora de que terminemos con esto de una vez por todas.

Cuando Lena abrió la puerta, la escena que los recibió los dejó sin aliento. Luna estaba de pie en el centro de la habitación, rodeada de lienzos destrozados y fragmentos de espejo. Ella misma había pedido que no se tocase nada y así permaneció durante dos días.

En su mano sostenía un trozo particularmente grande y afilado de cristal.

—Bienvenidos —dijo Luna con una sonrisa inquietante jugando en sus labios—. ¿Listos para ver el gran final?

Lena dio un paso adelante con el corazón palpitándole con fuerza. —Luna, por favor. Baja eso. Podemos hablar, podemos arreglar esto.

Luna soltó una risa macabra que sonó más como un sollozo. —¿Arreglarlo? Oh, Lena. Siempre tan optimista. Algunas cosas no se pueden arreglar. Algunas heridas son demasiado profundas.

Mateo, que había permanecido en silencio hasta ese momento, finalmente habló. —Luna, lo siento. Nunca quise lastimarte. Yo…

—¡Cállate! —gritó Luna con el fragmento de espejo temblando en su mano—. Con un movimiento rápido e inesperado, Luna levantó el trozo de cristal. Lena pensó que su hermana iba a atacarlos. Pero en lugar de eso, Luna presionó el borde afilado contra su propia palma.

—Luna, ¡no! —gritó Lena, lanzándose hacia adelante.

Pero era demasiado tarde. Un hilo de sangre comenzó a correr por la mano de Luna, goteando sobre el suelo cubierto de fragmentos de espejo. Aquella escena era ciertamente inquietante y, a la vez, terriblemente hermosa: gotas de rojo intenso brillaban sobre un mar de cristal roto.

—¿Ves esto, Lena? —dijo Luna, su voz extrañamente calmada—. Esta es la única forma en que somos realmente diferentes. La única forma en que puedo demostrar que no soy simplemente tu reflejo. Esta marca nos diferenciará para siempre.

Lena sintió que su mundo se desmoronaba. En ese momento, vio a su hermana no como una antigua rival que quería hacerle sentir culpable por un simple espejismo, sino como lo que realmente era: una parte de sí misma, herida y sangrando.

—Luna —susurró Lena mientras sus lágrimas comenzaban a bajar libremente por sus mejillas—. Por favor, déjame ayudarte. Déjame estar ahí para ti.

Momentáneamente, pareció que Luna iba a ceder. Sus ojos se suavizaron y el fragmento de espejo tembló de nuevo en su mano. Pero, en un segundo, su mirada se tornó fría y se posó en Mateo, que observaba la escena con horror.

—Es demasiado tarde para eso, Lena —dijo Luna—. Ya has elegido tu lado.

Con esas palabras, Luna arrojó el trozo de espejo al suelo, donde se hizo añicos en mil pedazos más y, sin mirar atrás, salió corriendo de la habitación, dejando a Lena y a Mateo solos entre los fragmentos de su pasado compartido.

Mientras el sonido de los pasos de Luna se desvanecía, Lena se dejó caer de rodillas, cortándose con los fragmentos de cristal esparcidos por el suelo. El dolor físico era apenas perceptible comparado con la agonía emocional que sentía.

Mateo se arrodilló junto a ella, con culpa y preocupación. —Lena, yo… lo siento tanto.

Lena levantó la vista y sus ojos se encontraron con los del joven que, con picardía e inocencia, había provocado todo ese desastre. Pero, en ese momento, vio reflejado en ellos todo el dolor y la confusión que sentía. Y supo, con una certeza que la aterrorizó, que Mateo había sido un pobre diablo que había sabido identificar la rivalidad entre ambas y que deseaba la atención de las dos. No vio en sus ojos nada más que terror y culpabilidad.

Mientras la noche caía sobre la casa silenciosa, Lena se preguntó dónde estaría Luna, qué estaría planeando. Y en lo más profundo de su ser, sintió que algo fundamental había cambiado.

En algún lugar de la noche, Luna vagaba sola, con su mano sangrando y el corazón roto. Y en esa soledad, comenzó a forjar un plan.

El espejo estaba roto, y con él, el reflejo perfecto que Lena y Luna una vez compartieron. Pero de esos fragmentos afilados y peligrosos, en un tiempo casi inmediato, surgiría una nueva realidad. Una pesadilla que ninguna de las dos podía imaginar.


Espejo roto – Capítulo 4
Sombras del pasado

por Carmen Nikol


Capítulo anterior: Grietas en el cristal
Capítulo posterior: Caminos divergentes


LICENCIA: © 2025 | CC BY-NC-ND 4.0 

Espejo roto – Capítulo 3: Grietas en el cristal

El otoño llegó a la pequeña ciudad costera, trayendo consigo vientos fríos y hojas doradas que danzaban en las calles. Para Lena y Luna, ahora en su último año de instituto, el cambio de estación parecía reflejar la transformación en su relación. Lo que una vez fue una conexión inquebrantable ahora estaba lleno de silencios incómodos y miradas furtivas.

El beso entre Luna y Mateo en la fiesta de la playa ya había abierto una brecha entre las gemelas, una grieta que parecía ensancharse con cada día que pasaba. Lena se había vuelto más distante, sumergiéndose aún más en sus actividades escolares y su papel de líder estudiantil. Luna, por su parte, aunque encontraba refugio en su arte, con unas pinturas más oscuras y enigmáticas, había afianzado su relación con Mateo, una relación cada día más adulta.

Fue en una tarde lluviosa cuando el delicado equilibrio que habían mantenido finalmente se rompió. Lena estaba en la biblioteca, trabajando en un proyecto de clase, cuando Mateo se acercó a su mesa.

—Hola, Lena —dijo, su voz suave pero cargada de una tensión apenas contenida—. ¿Podemos hablar?

Lena levantó la vista de sus libros, su rostro una máscara de indiferencia. —Claro, Mateo. ¿Qué sucede?

Mateo se sentó frente a ella. Sus ojos buscaban los de Lena con una intensidad que la hizo sentir incómoda. —Es sobre Luna… y sobre ti.

El nombre de su hermana hizo que Lena se agitara visiblemente. —¿Qué pasa con Luna?

—Sé que las cosas han estado tensas desde la fiesta, a pesar del tiempo que ha pasado —comenzó Mateo, con una tenue voz que imitaba un susurro—. Pero quiero que sepas que lo que pasó esa noche… No significó lo que tú crees. Tampoco lo que has estado viendo entre nosotros hasta ahora.

Lena arqueó una ceja y fríamente respondió: —¿Y qué crees que creo, Mateo?

—Que elegí a Luna sobre ti —dijo Mateo apresuradamente—. Pero la verdad es que… siempre has sido tú, Lena. Siempre. No dejo de pensar en ti. Estoy con ella y pienso en ti. La beso a ella, pero te beso a ti. La amo a ella, pero te penetro a ti.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos, pesadas y cargadas de implicaciones. Lena sintió que su corazón se aceleraba, bajo una mezcla de emociones contradictorias agitándose en su interior.

—Mateo, yo… —comenzó, pero fue interrumpida por el sonido de libros cayendo.

Ambos se giraron para ver a Luna de pie a unos metros de distancia. Luna tenía los ojos abiertos de par en par y una expresión de dolor y traición grabada en su rostro. Les había pillado justo cuando Mateo se acercaba para besar a Lena. Por un momento, nadie se movió y el tiempo pareció detenerse en aquella silenciosa biblioteca.

Luego, sin decir una palabra, Luna se dio la vuelta y salió corriendo. El sonido de la puerta cerrándose de golpe resonó como un trueno en el silencio.

Lena se puso de pie de inmediato, lista para ir tras su hermana, pero Mateo la detuvo con su mano agarrándole suavemente el brazo.

—Lena, por favor —dijo con voz suplicante—. Necesitamos hablar de esto.

Pero Lena se soltó de su agarre, con una mezcla de ira y determinación. —No, Mateo. Ya has hablado suficiente.

Sin otra palabra, Lena salió corriendo de la biblioteca, dejando a Mateo solo con el eco de sus palabras no dichas.

Afuera, la lluvia caía con fuerza, empapando a Lena en cuestión de segundos. Miró a su alrededor frenéticamente, buscando alguna señal de su hermana.

—¡Luna! —gritó, con una voz ahogada por el rugido de la tormenta—. ¡Luna, por favor!

Pero no hubo respuesta. Luna había desaparecido en la cortina de lluvia, llevándose consigo el último vestigio de la confianza que alguna vez compartieron.

Lena vagó por las calles durante horas, buscando a su gemela en todos los lugares que solían frecuentar juntas: el parque donde jugaban de niñas, la cafetería donde celebraban sus cumpleaños, el mirador desde donde observaban el mar. Pero Luna no estaba en ninguna parte.

Cuando finalmente regresó a casa, empapada y agotada, encontró a Luna en su habitación, aún compartida. Su hermana estaba sentada en el suelo, rodeada de lienzos destrozados y pinceles rotos. El autorretrato que había pintado, aquel que mostraba a las gemelas entrelazadas, yacía en pedazos frente a ella.

—Luna —susurró Lena, quebrándose—. Lo siento tanto.

Luna levantó la vista, con los ojos rojos e hinchados de tanto llorar. —¿Lo sientes? —preguntó, cargada de amargura—. ¿Qué parte exactamente? ¿Traicionarme? ¿Mentirme? ¿O simplemente lamentas que te haya descubierto?

Lena dio un paso adelante, extendiendo una mano hacia su hermana. —No es lo que piensas. Mateo y yo…

—¡No! —gritó Luna, poniéndose de pie de un salto—. No quiero escuchar tus excusas. Siempre has sido así, Lena. Siempre tienes que tenerlo todo, ¿verdad? No es suficiente ser la mejor en la escuela, la más popular, la favorita de todos. También tenías que quitarme a Mateo.

Las palabras golpearon a Lena como un puñetazo en el estómago. —Luna, por favor. Eres mi hermana, mi gemela. Nunca haría te lastimaría intencionadamente.

Luna soltó una risa amarga. —¿Tu gemela? A veces me pregunto si realmente lo somos. Quizás solo soy un reflejo distorsionado de ti, Lena. La versión imperfecta.

El silencio que siguió fue ensordecedor. Las gemelas se miraron. Eran dos rostros idénticos reflejando emociones completamente opuestas: dolor, ira, confusión y, debajo de esa amalgama de emociones negativas, un amor que ninguna de las dos podía negar por completo.

Finalmente, fue Luna quien rompió el silencio. —Quiero que te vayas, Lena. No puedo… no puedo mirarte ahora mismo.

Lena sintió que su corazón se rompía un poco más con cada palabra. —Luna, por favor. Podemos arreglar esto. Somos hermanas, somos…

—¡Vete! —gritó Luna, quebrándose en un sollozo.

Con el corazón pesado, Lena se dio la vuelta y salió de la habitación. Mientras cerraba la puerta tras de sí, escuchó el sonido de algo rompiéndose dentro. No necesitaba ver para saber que era el espejo de su tocador, aquel que habían compartido desde niñas.

Esa noche, Lena durmió en el sofá de la habitación, observando a su hermana, la cual, rota de dolor, había caído en un sueño profundo. En la oscuridad, Lena se preguntó cómo habían llegado a ese punto, cómo el amor que compartían se había torcido en algo tan doloroso y destructivo por una simple impresión, pues no había hecho nada con Mateo.

Mientras el amanecer se acercaba, Lena tomó una decisión. No importaba lo que costara, encontraría una manera de reparar su relación con Luna. Porque sin su gemela, sin su otra mitad, Lena sabía que nunca estaría completa.

Pero lo que Lena no sabía, lo que no podía saber, era que Luna estaba haciendo planes propios. Planes que cambiarían el curso de sus vidas para siempre.

En la habitación que una vez compartieron, Luna miraba fijamente los fragmentos del espejo roto. Cada pedazo reflejaba una versión distorsionada de su rostro. Y en esos reflejos fracturados, Luna vio un futuro que nunca antes había considerado. Un futuro sin Lena.

El sol comenzó a asomarse por el horizonte y sus primeros rayos iluminaron los fragmentos de cristal esparcidos por el suelo. En ese nuevo día, las grietas en el vínculo entre las gemelas prometían volverse aún más profundas y peligrosas que nunca.


Espejo roto – Capítulo 3
Grietas en el cristal

por Carmen Nikol


Capítulo anterior: Sombras crecientes
Capítulo posterior: Sombras del pasado


LICENCIA: © 2025 | CC BY-NC-ND 4.0 

Espejo roto – Capítulo 2: Sombras crecientes

Los años de la adolescencia llegaron como una tormenta de verano, repentina y transformadora. Lena y Luna, ahora con quince años, se encontraban en el umbral de la adultez y sus cuerpos y mentes evolucionaban, cambiando a un ritmo vertiginoso. Ambas comenzaron a desarrollar cuerpos atractivos, tanto para los chicos y chicas de su edad como para los adultos. Sus miradas, de un verde amarillento, eran intensas, quizá demasiado para su edad. Su pelo era un poco ondulado y oscuro, pero con reflejos rubios que complementaban a la perfección su piel pecosa y aterciopelada. Su labios, carnosos y muy sensuales. Dos gotas de agua clara y nítida, aunque de emociones algo turbias.

La competencia entre ellas, aquélla que una vez había sido un juego infantil, ahora adquiría matices más complejos y oscuros y quizá, sí, también, quizá demasiado complejos y oscuros para su edad.

El instituto, ese nuevo ámbito hormonal, se convirtió en un campo de batalla casi palpable. Lena, con su carisma natural y su aguda inteligencia, pronto se encontró en el centro de atención. Presidenta del consejo estudiantil, capitana del equipo de debate, estaba siempre rodeada de amigos y admiradores. Luna, por su parte, se refugió en el mundo del arte y la literatura, inspirando a otros artistas del instituto con sus pinturas y poemas, ganando reconocimiento más allá de los muros de la escuela. Ambas hablaban francés e inglés, además del español. Sus padres y tíos se lo habían enseñado desde pequeñas. Eran, sin duda alguna, dos de las chicas más atractivas de su escuela.

Fue en una tarde de otoño cuando el delicado equilibrio entre ellas se tambaleó una vez más. Luna estaba en el estudio de arte, dando los últimos toques a su obra para la exposición anual de la escuela, cuando Lena entró. Su presencia llenaba la habitación, como siempre.

—Luna, ¿has visto mi…? —Lena se detuvo en seco, sus ojos fijos en el lienzo frente a su hermana—. Vaya, es… impresionante.

Luna se giró, sorprendida por el tono genuino de admiración en la voz de su gemela.

—Gracias, Lena. Significa mucho viniendo de ti.

Por un momento, las barreras entre ellas parecieron disolverse. Lena se acercó, estudiando la pintura con atención. Era un autorretrato, pero no solo de Luna. En el lienzo, dos figuras idénticas se entrelazaban, sus cuerpos fundiéndose en uno solo, sus rostros una mezcla de éxtasis y agonía.

—Somos nosotras, ¿verdad? —preguntó Lena, su voz apenas un susurro.

Luna asintió.

—Siempre somos nosotras.

El silencio que siguió estaba cargado de emociones no expresadas, de verdades que ninguna de las dos se atrevía a pronunciar en voz alta. Fue Lena quien finalmente lo rompió.

—Luna, yo… —comenzó, pero fue interrumpida por el sonido de la puerta abriéndose.

—¡Aquí estáis! —exclamó una voz familiar. Era Mateo, ahora convertido en un joven apuesto que seguía captando la atención de ambas hermanas—. Os he estado buscando por todas partes.

La atmósfera en la habitación cambió instantáneamente. La intimidad del momento anterior se evaporó, reemplazada por la familiar tensión que siempre surgía cuando Mateo estaba presente.

—¿Qué sucede, Mateo? —preguntó Lena, con tono casual, pero con los ojos clavados en él.

—Quería invitaros a la fiesta en la playa este fin de semana —respondió Mateo con una sonrisa que iluminaba todo su rostro—. Será la última del verano y pensé que sería genial si ambas vinierais.

Luna y Lena intercambiaron una mirada rápida, una conversación silenciosa pasando entre ellas en cuestión de segundos.

—Suena divertido —dijo Lena finalmente—. Estaremos allí.

—Genial —Mateo sonrió aún más ampliamente—. Os veré entonces.

Cuando Mateo se fue, el silencio volvió a caer entre las gemelas. Luna regresó a su pintura, añadiendo toques de sombra aquí y allá. Lena permaneció donde estaba, observando a su hermana trabajar.

—Luna —dijo finalmente—. Sobre Mateo…

—No —interrumpió Luna, deteniéndose por un momento—. No necesitamos hablar de eso.

—Pero creo que deberíamos. Nosotras…

Luna se giró, enfrentando a su hermana con una intensidad que sorprendió a ambas.

—¿Nosotras qué, Lena? No tenemos ningún problema…

La pregunta quedó suspendida en el aire, pesada y cargada de significado. Lena abrió la boca para responder, pero las palabras se negaron a salir. En lugar de eso, dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellas.

Por un momento, el mundo pareció detenerse. Las gemelas se miraron, sus rostros idénticos reflejando una mezcla de amor, miedo y algo más profundo, algo que ninguna de las dos se atrevía a nombrar.

Fue Luna quien finalmente rompió el hechizo, dando un paso atrás. —Deberíamos prepararnos para la fiesta —dijo, su voz temblorosa—. Será mejor que nos vayamos a casa.

Lena asintió, incapaz de confiar en su propia voz. A veces era ella la intimidada. La única que era capaz de bajarla de su liderazgo habitual era su hermana.

Mientras salían del estudio de arte, el autorretrato de Luna las observaba desde el caballete, un testigo silencioso del momento que acababa de pasar entre ellas.

Los días que siguieron estuvieron cargados de una tensión apenas contenida. Las gemelas se movían por la casa como fantasmas, evitando encontrarse a solas, sus conversaciones limitadas a lo estrictamente necesario.

La noche de la fiesta llegó, trayendo consigo una sensación de inevitable confrontación. Luna y Lena se arreglaron en silencio, cada una consciente de la presencia de la otra, de cada movimiento, de cada respiración, de cada prenda, de cada punto de maquillaje.

Sus padres, Mary y Anthony, en esas ocasiones, las dejaban participar del ritual de las demás jóvenes. Se podían maquillar y ponerse prendas algo más llamativas. Confiaban en ellas y en su buen criterio porque, en el hogar, no solían tener ningún tipo de trifulca. Eran unas jovencitas de bien y así se comportaban siempre.

Cuando finalmente llegaron a la playa, la fiesta estaba en pleno apogeo. La música resonaba sobre el rugido de las olas, y cuerpos jóvenes se movían al ritmo de la noche.

Mateo las recibió con entusiasmo, brillando a la luz de la hoguera. —¡Aquí estáis! —exclamó, abrazando a cada una por turno—. Venid, os conseguiré algo de beber.

Mientras seguían a Mateo entre la multitud, Luna y Lena intercambiaron una mirada. En ese breve momento, algo pasó entre ellas, una chispa de entendimiento, de desafío, de promesa.

La noche avanzaba, y con cada hora que pasaba, la tensión entre las gemelas crecía. Bailaban, bebían, reían, siempre conscientes la una de la otra, siempre orbitando alrededor de Mateo como planetas gemelos alrededor de un sol ardiente.

Fue cerca de la medianoche cuando todo cambió. Mateo, algo ebrio y más audaz de lo habitual, se acercó a Luna.

—Eres hermosa —susurró, rozando su oído y rodeando con sus manos su suave mandíbula—. Siempre he querido hacer esto.

Y antes de que Luna pudiera reaccionar, Mateo la besó. Fue un beso apasionado, urgente, años de deseo reprimido liberándose en un instante.

Cuando finalmente se separaron, Luna vio a Lena de pie a unos metros de distancia. Su rostro era una máscara de emociones contradictorias. Por un momento, las gemelas se miraron con un mundo de palabras no dichas pasando entre ellas.

Luego, sin decir una palabra, Lena se dio la vuelta y se alejó, perdiéndose entre la multitud.

Luna se quedó allí, disfrutando el sabor de Mateo aún en sus labios y con el corazón latiéndole, con una mezcla de triunfo y culpa. Sabía que algo fundamental había cambiado esa noche, que una línea invisible había sido cruzada.

Mientras la fiesta continuaba a su alrededor, Luna miró hacia el océano oscuro. Las olas explotaban en la orilla como un eco de la tormenta que se agitaba en su interior. En algún lugar de la noche, Lena vagaba sola, y Luna sabía que cuando, finalmente se encontraran de nuevo, nada volvería a ser igual.

El amanecer se acercaba, trayendo consigo la promesa de un nuevo día y el peso de las consecuencias de la noche anterior. Luna cerró los ojos, respirando profundamente el aire salado del mar. El juego había cambiado, y ella sabía que la verdadera batalla apenas comenzaba.

En la distancia, una figura solitaria caminaba por la orilla. Su silueta recortada contra el cielo que comenzaba a aclararse. Luna no necesitaba verla de cerca para saber que era Lena. Siempre era Lena.

Con el sol asomando en el horizonte, las gemelas se encontraban más separadas que nunca, y al mismo tiempo, irrevocablemente unidas por los eventos de la noche. Entraron juntas en el hogar común y besaron a sus padres como si nada hubiera pasado, pero el espejo de la habitación se había agrietado un poco más, como si formase parte de sus almas, y las sombras que proyectaba prometían ser más oscuras y profundas que nunca.


Espejo roto – Capítulo 2
Sombras crecientes
por Carmen Nikol


Capítulo anterior: Espejos idénticos
Capítulo siguiente: Grietas en el cristal


LICENCIA: © 2025 | CC BY-NC-ND 4.0 

Espejo roto – Capítulo 1: Reflejos idénticos

En una pequeña ciudad costera, donde el mar susurraba secretos a las rocas y el viento jugaba con las hojas de los árboles centenarios, nacieron Lena y Luna, dos gemelas idénticas como dos gotas de agua. Llegaron al mundo en una noche de tormenta, como si el cielo mismo celebrara su llegada con relámpagos y truenos.

Desde sus primeros días, Lena y Luna compartieron un vínculo especial, una conexión que iba más allá de las palabras. Sus padres, Mary y Anthony, observaban maravillados cómo las niñas parecían comunicarse sin hablar, cómo reían y lloraban al unísono, como si fueran una sola alma dividida en dos cuerpos.

A medida que crecían, sus personalidades comenzaron a definirse. Sutilmente al principio, luego con más fuerza. Lena, la mayor por apenas cinco minutos, mostraba una inclinación hacia el liderazgo, siempre tomando la iniciativa en sus juegos. Luna, por su parte, era más reflexiva, observadora, con una creatividad que se manifestaba en sus dibujos y en las historias que inventaba.

Fue a los 7 años donde se dio el primer atisbo de la competencia que marcaría sus vidas. La maestra, la señorita Carmela, había organizado un concurso de dibujo y, Luna, con su talento natural, creó una obra llena de color y fantasía. Lena, determinada a no quedarse atrás, se esforzó como nunca antes.

—Mira, Luna —dijo Lena, mostrando su dibujo con orgullo—. ¿No es el mejor que has visto?

Luna observó el trabajo de su hermana con una mezcla de admiración y un sentimiento que no pudo nombrar. —Es muy bonito, Lena. Pero el mío también lo es.

Cuando la señorita Carmela anunció que el dibujo ganador era el de Luna, la sonrisa de Lena se desvaneció por un instante. Fue solo un momento, pero Luna lo notó, y por primera vez sintió el peso de la victoria sobre su hermana.

Esa noche, en la intimidad de su habitación compartida, las gemelas yacían en sus camas, separadas por apenas un metro de distancia que, de alguna manera, parecía más grande que nunca.

—Lena —susurró Luna en la oscuridad—. ¿Estás despierta?

—Sí —respondió Lena, su voz apenas audible.

—Tu dibujo también era muy bonito. Quizás más bonito que el mío.

Hubo un momento de silencio antes de que Lena respondiera: —El tuyo era mejor, Luna. Te lo merecías.

Las palabras flotaron en el aire, cargadas de un significado que ninguna de las dos podía comprender completamente en ese momento. Era el comienzo de algo, una semilla plantada en el fértil suelo de su relación.

A medida que los años pasaban, Lena y Luna crecían más unidas y, paradójicamente, más separadas. Compartían secretos, risas y lágrimas, pero también una creciente necesidad de destacar, de ser reconocidas como individuos únicos.

En la escuela primaria, la competencia se hizo cada año más evidente. Lena sobresalía en matemáticas y ciencias, mientras que Luna brillaba en literatura y arte. Cada una se esforzaba por superar a la otra en su propio terreno, impulsadas por un deseo de probarse a sí mismas y, quizás, de ganar la admiración de la otra.

Fue a los 13 años cuando conocieron a Mateo, un niño nuevo en la escuela que captó la atención de ambas. Alto para su edad, con ojos verdes y una sonrisa traviesa, Mateo se convirtió sin saberlo en el primer campo de batalla real entre las gemelas.

—Es muy guapo, ¿verdad? —comentó Luna un día, mientras observaban a Mateo jugar fútbol en el recreo.

Lena asintió, sus ojos fijos en el chico. —Sí, lo es.

Ninguna dijo más, pero ambas sintieron el cambio en el aire, la tensión sutil que se instaló entre ellas.

Los días siguientes fueron un torbellino de pequeñas competencias no declaradas. Quién se sentaba más cerca de Mateo en clase, quién reía más fuerte de sus chistes, quién lograba captar su atención por más tiempo.

El punto culminante llegó en la fiesta de fin de curso. Mateo había estado bailando con ambas, alternando entre las gemelas con una facilidad que solo aumentaba la rivalidad entre ellas. Cuando llegó el momento del último baile, una canción lenta y romántica, Mateo se acercó a ellas.

—¿Alguna de vosotras quiere bailar? —preguntó alternando miradas entre Lena y Luna.

Las gemelas se miraron y un desafío silencioso pasó entre ellas. Fue Lena quien dio un paso adelante primero.

—Me encantaría —dijo, tomando la mano de Mateo.

Luna observó cómo su hermana se alejaba con el chico que ambas deseaban, una mezcla de emociones arremolinándose en su interior. Celos, tristeza, y algo más profundo, más oscuro, que no pudo nombrar.

Esa noche, de vuelta en su habitación, el silencio entre ellas era pesado, cargado de palabras no dichas y sentimientos reprimidos.

—Luna —dijo Lena finalmente, su voz quebrando el silencio—. Sobre Mateo…

—No —interrumpió Luna—. No tienes que decir nada.

—Pero quiero que sepas que yo…

Luna se giró en su cama, dando la espalda a su hermana. —Buenas noches, Lena.

Lena se quedó mirando la espalda de su gemela, sintiendo que algo fundamental había cambiado entre ellas. La victoria que había sentido al bailar con Mateo ahora se sentía hueca, pero dulce y algo amarga.

Mientras el sueño finalmente las reclamaba, ninguna de las dos podía imaginar cómo este pequeño incidente sería solo el primero de muchos, cada uno llevándolas un paso más cerca del abismo que amenazaba con separarlas.

En la oscuridad de la noche, el espejo que colgaba en la pared de su habitación reflejaba sus formas dormidas, dos siluetas idénticas que, sin embargo, comenzaban a tomar caminos divergentes. Y en el cristal, casi imperceptible, una pequeña grieta comenzaba a formarse, como un presagio de lo que estaba por venir.


Espejo roto – Capítulo 1
Reflejos idénticos

por Carmen Nikol


Siguiente capítulo: Sombras crecientes


LICENCIA: © 2024 | CC BY-NC-ND 4.0 

Inimpugnable – Capítulo XIX: El renacer de Lolita

La noche estaba tranquila, casi demasiado tranquila. Eudald había salido con sus amigos y, como siempre, había dejado a Lolita encerrada en el baño. Pero esta vez, ella no tenía miedo. Con el plan en marcha, se permitió sentir algo que había olvidado hacía tiempo: esperanza.

Cuando Eudald regresó, tambaleándose por el alcohol, no notó nada extraño. Lolita fingió estar dormida en el baño, mientras él terminaba de quitarse los zapatos y se preparaba para su propio ritual nocturno. Luego, Eudald intentó entrar en su propio baño pero, esa vez, Lolita había estropeado la puerta para que no pudiera entrar. Eudald, preguntándole a gritos qué había hecho para estropear la puerta, entró irremediablemente en el baño en el que la tenía encerrada porque no podía aguantar más, de tanto que había bebido. Lolita esperó unos segundos y, con un movimiento rápido, cerró la puerta desde fuera y giró la cerradura modificada. Ni siquiera hizo falta maquinar un plan sobre un problema en un grifo o una fuga de agua…

La sensación de victoria fue casi abrumadora. Respiró hondo, sintiendo un extraño alivio. Por primera vez, Eudald estaba atrapado.

—¿Lolita? —gritó él al darse cuenta de que no podía salir—. ¡Ábreme la puerta ahora mismo! Lolita creyó oír eso, pero la verdad es que no se oía nada de nada.

Lolita se quedó en silencio, apoyada contra la pared del pasillo, pensando en cómo él comenzaría a golpear la puerta, cada vez más fuerte, como tantas veces había hecho ella.

No respondió a sus quejas, las que ella ya presuponía. No quería darle el placer de saber que aún estaba cerca. Simplemente tomó la bolsa que había preparado con ropa y documentos, junto con un pequeño sobre que contenía dinero que había estado escondiendo durante dos meses.

Una vez en la calle, caminó con pasos rápidos hacia la cabina telefónica más cercana. Allí marcó el número de Nuria, la cual le había dado la dirección del lugar de acogida.

—Soy Lolita. Estoy lista.

Nuria no hizo preguntas innecesarias. Le dio las instrucciones finales para llegar al refugio y le aseguró que alguien estaría esperándola.

Lolita tomó un taxi hacia la dirección que Nuria le había indicado. Le resultó fácil por ser víspera de Fin de Año. Circulaban sin parar. Durante el trayecto, apenas podía contener las lágrimas. Había dejado atrás todo lo que conocía, pero también todo lo que la había destruido. No volvería a ver a su madre nunca más y se aseguró de quitarle las llaves de casa, una de las tantas veces que había estado allí, aprendiendo a cocinar.

Mientras tanto, en casa, Eudald seguía atrapado. Los golpes en la puerta continuaban hasta que se quedó sin fuerzas. Al darse cuenta de que Lolita no regresaría, comenzó a buscar una salida.


A PARTIR DE AQUÍ, OS DEJO 2 FINALES POSIBLES PARA QUE ME DIGÁIS CUÁL PREFERÍS. ¡GRACIAS POR TU LECTURA!

Finalmente, utilizó una de las herramientas que guardaba en el baño, un viejo destornillador, para desmontar la cerradura desde dentro. Tardó más de una hora en liberarse. Cuando salió, sudoroso y furioso, la casa estaba en silencio y Lolita no estaba.

—¡Hija de putaaa! —rugió.

Se sirvió un vaso de whisky y se sentó a pensar en su próximo movimiento. Estaba decidido a encontrarla. Nadie lo dejaba a él, y menos una mujer como Lolita.

Lolita llegó al refugio a altas horas de la noche. Era una casa sencilla, ubicada en un barrio discreto. Nuria la recibió con una sonrisa cálida y un abrazo que le hizo sentir, por primera vez en mucho tiempo, que estaba a salvo.

—Bienvenida, Lolita. Aquí estarás protegida.

El refugio estaba lleno de mujeres de diferentes edades y contextos. Todas compartían algo en común: habían sufrido, pero ahora estaban reconstruyendo sus vidas.

Nuria le mostró su habitación, un pequeño espacio con una cama, un escritorio y una ventana que daba al jardín trasero.

—Es humilde, pero es tuyo. Aquí nadie puede obligarte a nada.

Lolita asintió, agradecida, y se dejó caer en la cama. Por primera vez en años, durmió profundamente, sin miedo a lo que pudiera pasar al día siguiente.

En los días siguientes, Lolita comenzó a integrarse en la dinámica del refugio. Conoció a otras mujeres, como Rosa, una madre joven que había escapado con sus dos hijos, y Clara, una mujer mayor que había vivido décadas de maltrato antes de dar el paso para salir.

Lolita y Clara conectaron de inmediato. Clara tenía una energía calmada, casi maternal, que la hacía sentir segura.

—Tú tienes algo que nosotras no tuvimos a tu edad —le dijo Clara una tarde mientras tomaban té en el jardín—. Tienes tiempo. Puedes construir una vida diferente.

—Eso espero, Clara. Ya no quiero volver a ser la misma.

—No lo serás. Aquí aprendemos a ser nosotras mismas, sin permiso de nadie.

Con el paso de las semanas, Lolita comenzó a asistir a sesiones de terapia en grupo. Cada historia que escuchaba la fortalecía. Había mujeres que hablaban de cómo habían sido engañadas para creer que no valían nada, de cómo habían perdido su identidad en manos de hombres que se creían dueños de todo.

Una tarde, mientras escuchaba a Rosa hablar sobre su miedo a enamorarse de nuevo, algo hizo clic en Lolita.

—Yo no quiero volver a amar a nadie —dijo de repente, interrumpiendo la conversación.

Todas la miraron con curiosidad.

—No quiero correr el riesgo de entregar mi vida otra vez. Mi corazón… no es algo que esté dispuesta a dar.

Clara asintió, comprendiendo el sentimiento.

—No tienes que hacerlo, Lolita. Amar a alguien no debería ser una obligación. Puedes ser feliz sola, si eso es lo que deseas.

Lolita lo sabía. Había decidido que nunca más sería conquistada. Su corazón sería suyo, y solo suyo. Que sería inimpugnable.

Aquella noche, mientras miraba la luna desde su pequeña ventana, sintió algo nuevo: libertad. Y, por primera vez, la certeza de que podía construir una vida que no dependiera de nadie más.


La mañana siguiente, la luz del sol de despertó. Había pasado casi toda la noche gritando, pero no pudo evitar dormirse allí, como el desgraciado que era. Había bebido demasiado para aguantar despierto. Al despertarse no encontró nada con lo que intentar salir del baño. Sentía un dolor terrible de cabeza, fruto de la resaca, y no podía ni pensar en nada más que maldecir a Lolita. Ese día, entero, estuvo gritando e insultando a su mujer. De haberse podido escuchar, «Dolores» y «Lola» era lo que se hubiese oído más que otra cosa.

Al día siguiente, se despertó cuando comenzaron a llamar a la puerta insistentemente. A través de los altavoces lo escuchaba perfectamente. Los compañeros del hospital estaban intentando averiguar si estaba bien. Entre ellos, se encontraban Joan y Esther (la doctora que le había dejado la tarjeta y puesto en contacto con Nuria, su rescatadora). Y, así, Esther lo tuvo claro: Lolita había escapado. Pero no sabía que estaba encerrado en el baño, pues ella no era consciente del plan de Lolita, ni siquiera de la opción que tenía de hacer esta estratagema.

Los médicos y enfermeros que habían ido, al cabo de dos días más (los que pidió la policía para comenzar a moverse), fueron a hacer una denuncia a la Guardia Civil y, por fin, consiguieron abrir la puerta del piso. Pero no escucharon a Eudald, que chillaba tras verlos por el cristal espía que él mismo había instalado. Tardaron un día más en abrir la puerta del baño. Eudald estaba eufórico y lloraba como un niño. Había bebido agua, mucha agua, porque Lolita no había cerrado los suministros. Así que no estaba deshidratado, pero estaba famélico y sin fuerzas.

Se lo llevaron al mismo hospital donde tanto había trabajado: la Maternitat de Barcelona. Allí le dieron todos los cuidados que necesitó hasta que se repuso. Luego, fue a ver a Vicenteta y le contó lo que había ocurrido. Ella no se lo podía creer. Esa semana habían estado algo ausentes, pero le pareció normal tras lo que le había comentado Lolita en su última visita. Le comentó que se iban a ir a Andorra unos días con unos amigos.

Cuando Vicenteta le contó esto a Eudald, vio como su cara se desencajaba y enfurecía. Ella le suplicó que entendiese que por esa razón ella no había intentado ponerse en contacto y quedó a la espera de la llamada de Lolita, si bien le extrañó que Eudald mismo no la hubiese llamado.

Eudald, tras esto, decidió que viviría con Vicenteta, ella le cocinaría y cuidaría, no le cabía ni la más mínima duda. Y decidió que sería inimpugnable: jamás, ninguna otra mujer conseguiría entrar en su casa ni en su vida. Pasados dos meses, comenzó buscar a Lolita…


Hasta aquí el segundo final de Inimpugnable. ¿Cuál de los dos finales te ha gustado más?



Inimpugnable
Capítulo XIX: El renacer de Lolita
por Carmen Nikol


Capítulo anterior: La semilla de la venganza


LICENCIA: © 2024 por está bajo Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinDerivados 4.0 Internacional 

Inimpugnable – Capítulo XVIII: La semilla de la venganza


Lolita se despertó con el corazón agitado. Había pasado semanas planeando cada detalle, cada posibilidad, cada riesgo. La idea de hacer algo contra Eudald la llenaba tanto de miedo como de una pequeña chispa de esperanza. Sabía que Carmen sería la única en entenderla, así que aprovechó uno de sus encuentros en el parque para contarle lo que tenía en mente.

Esa mañana, Lolita fue a visitar a su madre para, posteriormente, ir a tirar la basura y encontrase con Carmen. Estaba allí, en el parque, junto a los contenedores, afortunadamente. No iba a tener tantas posibilidades de hablar con ella.

—Carmen, necesito que me escuches —dijo Lolita mientras caminaban juntas, tratando de no parecer sospechosas para los curiosos que pasaban cerca.

Carmen, siempre atenta, notó la seriedad en el rostro de su nueva amiga y asintió.

—Dime, Lolita. ¿Qué ocurre?

Lolita se detuvo y miró alrededor, asegurándose de que nadie las escuchara.

—He decidido que no puedo seguir así. Eudald… —hizo una pausa, con los ojos llenos de lágrimas— …me está matando, Carmen. Poco a poco, pero lo está haciendo.

Carmen apretó los labios con fuerza, enfurecida, pero dejó que Lolita continuara.

—Llamé a la doctora. ¿Te acuerdas de la tarjeta que me dejó aquella noche? —Carmen asintió—. Le expliqué todo. Me escuchó, no me juzgó. Me dijo que conoce a una mujer, una mujer extraordinaria, Carmen.

—¿Quién es? —preguntó Carmen, intrigada.

—Se llama Nuria. Fue maltratada durante años por su marido, hasta que un día él murió de forma natural. Poco después, le tocó la lotería y, en lugar de disfrutarlo para ella sola, decidió ayudar a mujeres como nosotras.

—¿Y qué te propuso?

Lolita bajó la voz hasta casi un susurro.

—Un plan para huir. Nuria puede ayudarme. La doctora me dijo que ella organiza todo: un lugar seguro, documentación falsa si es necesario, incluso dinero para empezar de nuevo.

Carmen la miró con asombro y admiración, pero también con preocupación. Ella no era capaz de abandonar a su propio maltratador.

—¿Estás segura de que puedes hacerlo? ¿Y Eudald? ¿Qué pasará cuando note tu ausencia?

Lolita esbozó una sonrisa amarga.

—No voy a irme sin antes hacer algo, Carmen. Eudald me ha encerrado demasiadas veces en ese baño, humillándome, viéndome sufrir. Ahora será él quien pruebe lo que se siente. Voy a encerrarlo en ese maldito baño y no se lo voy a decir a nadie. Solo lo vas a saber tú. A ver si se pudre ahí dentro. Está tan loco que lo ha insonorizado y, aunque chille tanto como he chillado yo, no va a poder oírle nadie. El otro día, averigüé dónde escondía la llave que tanto me ha hecho sufrir.

Carmen abrió los ojos como platos.

—¿Estás hablando en serio?

—Más que nunca. Sé cómo hacerlo. Conozco sus rutinas, sé cuándo baja la guardia. Tengo que planearlo bien, pero voy a hacerlo.

Esa misma tarde, Lolita salió con una excusa para ir al mercado. En realidad, se dirigió a una cabina telefónica situada en una esquina poco concurrida. Marcó el número de la doctora con las manos temblorosas.

—¿Doctora? Soy Lolita.

—Lolita, querida. Qué alegría escuchar tu voz. ¿Estás bien?

—Estoy… sobreviviendo —respondió, tratando de controlar el temblor en su voz—. He decidido hacerlo. Quiero salir de aquí.

La doctora no necesitó más explicaciones.

—Perfecto. Te pondré en contacto con Nuria. Ella es increíble, Lolita. Ha ayudado a muchas mujeres. Pero, por favor, hazlo todo con cuidado.

—Sí, lo haré bien. Solo necesito un poco más de tiempo.

La doctora le dio las instrucciones para contactar con Nuria y acordaron mantenerse en comunicación.

Los días posteriores, Lolita comenzó a observar a Eudald con más atención que nunca. Sabía que, con el ego que lo caracterizaba, jamás sospecharía que ella podría darle la vuelta a la situación. Solo necesitaba que, el día que fuese a hacerlo, Eudald tuviese que entrar en el baño por un grifo estropeado o una gotera… Por lo que fuera, pero durante unos minutos (los suficientes para poder sacar la llave de su escondite. Eudald cometía no solo error de descubrirlo, sin percatarse de que Lolita lo había visto, sino de llevársela consigo. Ella no lo cometería.

Una mañana, cuando Eudald se fue a trabajar, Lolita volvió a ir hacia casa de su madre, con el permiso de su marido, por tal de seguir aprendiendo a cocinar. La había vuelto a humillar diciéndole que fuese más a menudo, que aún le faltaba mucho. De camino, paró en un zapatero para hacer una copia de la susodicha llave. También dejó los mejores zapatos de Eudald. Él mismo se lo había pedido.

Por la tarde, regresó y se guardó la llave en el bolsillo de la bata que solía usar estando en casa. Tenía dos y cada una la usaba a semanas alternas. Ambas eran preciosas, del gusto de Eudald, hechas con estilo capitoné. No quería que luciese demasiado estando en casa. Era martes, así que le quedaba casi toda una semana para buscar el momento. Le dejó los zapatos en el zapatero y, al llegar a casa, Eudald la abrazó, inusualmente, para agradecerle que se los habían dejado perfectos. Ella casi tembló cuando puso la mano tocando el bolsillo donde tenía la llave. Pero, tanto sufrir, la había dejado los nervios de piedra, bien preparados para no tener reacciones inapropiadas cerca de Eudald.

Días después, volvió a coincidir con Carmen en el parque.

—Todo está listo —le dijo, con una mezcla de nervios y determinación en la voz—. Ahora solo tengo que esperar el momento adecuado.

Carmen la miró con seriedad.

—Lolita, por favor, ten cuidado.

—Lo tendré, Carmen. Pero por primera vez en años siento que tengo el control de algo. No puedo dejar pasar esta oportunidad. Si me ve antes de lo previsto, probablemente, no me dejará salir nunca más. Y, de conseguirlo, no sé si podré acercarme a agradecerte que me hayas escuchado y hayas sido la amiga que necesitaba. Si alguna vez necesitas tú ayuda, si te animas a dejar a tu marido, usa esta tarjeta. Lolita no dudó en dejarle aquella pequeña pieza de papel que tanto había supuesto para ella misma.

Lolita sabía que estaba arriesgándolo todo, pero también sabía que no tenía nada iba a mejorar. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que su destino estaba en sus propias manos. Y estaba dispuesta a luchar por él.


Inimpugnable
Capítulo XVIII: La semilla de la venganza
por Carmen Nikol


Capítulo anterior: Una noche para recordar
Capítulo posterior: El renacer de Lolita


LICENCIA: © 2024 por está bajo Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinDerivados 4.0 Internacional 

Inimpugnable – Capítulo XVII: Una noche para recordar

El 31 de diciembre de ese año, Lolita despertó temprano con una mezcla de nervios y esperanza. Había planeado la cena de esa noche con esmero, deseando que todo saliera perfecto. Era su oportunidad de demostrarle a Vicenteta y a Eudald que podía ser una buena anfitriona. Pasó horas cocinando, asegurándose de que cada plato estuviera en su punto, incluso adaptando algunas recetas para hacerlas más sofisticadas.

Cuando Vicenteta llegó a la casa de la pareja, al anochecer, Eudald la recibió con una gran sonrisa y un abrazo cariñoso.

—¡Vicenteta, qué alegría tenerte aquí! —exclamó, invitándola a entrar.

Lolita, que estaba terminando de preparar la mesa, se acercó con timidez.

—Mamá, espero que te guste la cena. He intentado que sea especial para esta noche.

Vicenteta le dio un beso rápido en la mejilla, sin mucho entusiasmo, y se sentó junto a Eudald en el comedor.

Pasado un rato, los tres se sentaron, cada uno en su silla frente a una mesa bien servida, donde los platos estaban dispuestos con cuidado. Lolita sirvió la comida y se sentó al lado de su madre, ansiosa por escuchar sus comentarios.

—¿Qué tal está? —preguntó, mirando a ambos con una sonrisa nerviosa.

Vicenteta probó un bocado y arrugó ligeramente el ceño.

—Bueno, hija… No está mal, pero… le falta algo, ¿no crees?

Eudald aprovechó el comentario para lanzar una carcajada.

—¿Qué esperaba, Vicenteta? Esta niña nunca aprenderá a cocinar como tú. Tus paellas son insuperables y tus cocidos… ¡Son una maravilla!

—Es cierto, Eudald. Pero bueno, supongo que con el tiempo… —respondió Vicenteta con una media sonrisa, como si quisiera aliviar un poco la dureza de sus palabras, aunque sin mucho éxito.

Lolita sintió que las lágrimas querían brotar, pero se las tragó. No quería estropear la noche.

Tras la cena, Eudald insistió en que un taxi llevara a Vicenteta a casa.

—No te preocupes, Vicenteta. Yo me encargo. Es nochevieja, y quiero que llegues bien.

—Gracias, Eudald, siempre tan atento.

Cuando Vicenteta se fue, Lolita empezó a recoger los platos en silencio, tratando de evitar el comentario mordaz que sabía que vendría de su marido.

—¿Qué querías demostrar esta noche, Dolores? —preguntó Eudald con desdén, apoyándose en la puerta de la cocina.

Lolita no respondió. Sabía que cualquier palabra solo empeoraría las cosas.

De repente, Eudald se movió hacia ella y le arrebató los platos de las manos.

—Vete al baño. Ahora.

Lolita lo miró con incredulidad.

—Pero… Eudald, solo quiero terminar de recoger.

Él no le dio opción. La agarró del brazo y la condujo al baño sin más palabras. Cerró la puerta con el sonido inconfundible de la llave girando desde fuera.

—Feliz año nuevo, Dolores. Quédate ahí y disfruta del espectáculo.

Lolita se quedó inmóvil, con la respiración entrecortada. A través del cristal instalado semanas atrás, pudo ver cómo Eudald dejaba la puerta de su despacho abierta de par en par. Así permitía que se viese el salón, donde comenzó a mover muebles, despejando el espacio.

Poco después, llegaron varias personas, hombres y mujeres vestidos con ropa llamativa y portando botellas de licor. Lolita reconoció a algunos como amigos de Eudald, pero otros eran desconocidos. La música comenzó a sonar fuerte, llenando la casa de un ritmo ensordecedor a través del altavoz del baño.

Lolita observaba cómo las copas se llenaban y vaciaban con rapidez. Las risas se volvían más ruidosas y las conversaciones más atrevidas. Una de las mujeres, con un vestido ajustado de lentejuelas, se sentó en el regazo de Eudald, quien la rodeó con un brazo y le susurró algo al oído, provocando que ella soltara una risa exagerada.

Su marido se levantó en un momento dado y se dirigió hacia el baño. Encendió la luz en el despacho, asegurándose de que Lolita pudiera ver con claridad, y se acercó al cristal con una sonrisa perversa.

—¿Te gusta la fiesta, Dolores? —sabiendo que podía oírlo perfectamente a través del altavoz. Sabía que tu cena no daría la talla. Para mis amigos, estás visitando a tu madre…

Luego volvió al salón, donde comenzó a bailar con otra mujer, ignorando por completo el mundo más allá del cristal.

Lolita sentía que el aire se le escapaba. Ver todo desde el baño era peor que estar allí con ellos. Cada gesto de Eudald, cada carcajada, cada mirada cargada de lujuria dirigida a las mujeres que lo rodeaban, la desgarraba por dentro sin entender por qué. Ya no le admiraba, no le amaba ni lo más mínimo. Solo le temía y le detestaba.

Cuando el reloj marcó las doce, Eudald levantó su copa y brindó con todos los presentes.

—¡Por un nuevo año lleno de diversión y placer! —gritó, provocando vítores entre los asistentes.

Lolita, atrapada en el baño, cerró los ojos con fuerza, deseando que todo terminara. Sabía que este sería un año aún más oscuro que el anterior si no tomaba las riendas. No sabía cómo ni cuándo, pero juró que encontraría una manera de salir de aquella pesadilla.

Cuando la fiesta terminó, Eudald apagó las luces del despacho, dejándola sumida en la oscuridad. No abrió la puerta del baño hasta bien entrada la mañana, cuando el sol ya iluminaba la casa.

—Puedes salir, Dolores. Limpia el desastre de anoche. —Fue lo único que dijo antes de irse a dormir.

Lolita salió del baño tambaleándose, con el cuerpo agotado pero la mente despierta. Sabía que no podía soportar mucho más. Y, en algún lugar de su memoria, recordó la tarjeta de la doctora que había guardado en su bolso, la única esperanza que parecía brillar en medio de aquella tormenta.


Inimpugnable
Capítulo XVII: Una noche para recordar

por Carmen Nikol


Capítulo anterior: El cristal y el altavoz
Capítulo posterior: La semilla de la venganza


LICENCIA: © 2024 por está bajo Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinDerivados 4.0 Internacional 

Icebergs, gin-tonics y cambio climático

Se dice con frecuencia que el agua es el origen de la vida, que sin ella no sería posible. El registro fósil a lo largo de la dilatadísima historia del Planeta nos enseña que la vida surgió de las aguas de los primeros océanos hace unos 3.800 millones de años. Por eso, cuando se busca vida en el espacio exterior, se buscan planetas con similitudes a nuestra Tierra, donde se detecte (como primera condición) la posibilidad de que exista agua. Pero, ¿qué tiene el agua que la hace imprescindible para la vida, al menos para la vida tal y como nosotros la conocemos? ¿Cómo y por qué un compuesto de fórmula tan sencilla, la archiconocida H2O, tiene tanta importancia? Pues simplemente porque las características físico–químicas de su molécula son tan especiales y extraordinarias que, ella sola, reúne múltiples propiedades esenciales e indispensables, en cualquiera de sus tres estados. Porque, además, el agua aparece en nuestro Planeta de forma natural en estado sólido (nieve y hielo), líquido (mares y aguas continentales) y gaseoso (vapor de agua en la atmósfera). Algunas de estas propiedades son muy bien conocidas por todos, ya que los mares ocupan casi el 71% de la superficie de nuestro planeta, constituyendo el hábitat para infinidad de especies. También, al evaporarse, forma las nubes, portadoras de las lluvias que alimentan ríos y lagos, facilitando la vida animal y vegetal en las tierras emergidas. Y, además, el vapor de agua en la atmósfera (ya sea de forma difusa o concentrado en forma de nubes), constituye la principal barrera para que el calor que nos llega del Sol, después de reflejarse en la superficie terrestre, no escape totalmente hacia el espacio exterior, gracias al injustamente denostado efecto invernadero. Sin esta capacidad protectora, nuestro querido Planeta sería tan frío como la Luna, y nuestro cielo sería funestamente negro en lugar de ser azul (Figura 1).

Figura 1.- La Tierra vista desde la Luna. Obsérvese el azul de nuestra protectora atmósfera llena de vapor de agua comparado con el negro del espacio en la Luna, donde no existe ninguna atmosfera.

Pero, además, el agua tiene otras propiedades que debiéramos conocer o recordar, porque estaban incluidas en los libros de texto de nuestros estudios secundarios, pero que con frecuencia han caído en el olvido. Como nos decían en los años 60 del pasado siglo nuestros profesores de aquel exigente Bachillerato, el agua es el disolvente universal (aunque no sea rigurosamente cierto), ya que es capaz de disolver un gran número de sustancias.

El parámetro que se utiliza para medir la capacidad de disolución es el producto de solubilidad, que, en el caso del dióxido de carbono, el denostado CO2, como ocurre con todos los gases, tiene un funcionamiento inverso al de las sustancias sólidas. Normalmente, a presión constante, cuanto más alta es la temperatura, mayor es el valor de ese parámetro, que mide la cantidad de soluto que es capaz de permanecer disuelta en el agua. Como todos sabemos y hemos experimentado en nuestras cocinas, el azúcar o la sal, se disuelven con mucha más facilidad en líquidos calientes como el agua o la leche. Sin embargo, en el caso del CO2, su comportamiento es opuesto y cuanto más fría está el agua, mayor es su capacidad de disolución.

Figura 2

La grafica de la Figura 2 muestra, a presión constante, la variación de la solubilidad del CO2 en el agua en función de la temperatura. Así, por ejemplo, cuando el agua de mar está a 10ºC admite que haya disueltos 2,2 gramos de CO2 por cada litro de agua. Sin embargo, si el agua de mar llegase 30ºC tan sólo admitiría 1,3 gramos de CO2 por litro de agua. Es decir, que como consecuencia de un calentamiento de 20ºC, el océano debería expulsar a la atmósfera  o precipitar al fondo del mar en forma de sedimentos carbonatados 0,9 gramos de CO2 por cada litro de agua. Este simple mecanismo, a lo largo de millones de años de la historia geológica y dado el inmenso volumen de agua existente en los océanos de la Tierra, ha contribuido a controlar el contenido de dióxido carbono en el aire. Otra importante característica del agua con importantes consecuencias climáticas es su inercia térmica, muy diferente a la de las tierras emergidas. Como es bien sabido, la tierra firme se enfría y se calienta con más rapidez que el agua del mar, que siempre se mantiene relativamente más caliente que la tierra firme en invierno y más fresca en verano, ejerciendo un papel regulador térmico muy importante. Por eso el clima oceánico o mediterráneo es siempre más templado y suave que los extremos climas continentales característicos de las áreas alejadas del mar. Y también por eso mismo, las poblaciones humanas siempre han tenido preferencia por asentarse en las zonas costeras.

Figura 3.- Aspecto típico de la costa mediterránea

Pero las propiedades más fascinantes del H2O están relacionadas con las variaciones de su densidad en relación con la temperatura. Cuando el agua se va enfriando y llega a una temperatura de 4ºC es cuando alcanza su máxima densidad. En cambio, cuando llega al punto de congelación, aumenta su volumen y disminuye su densidad. Este comportamiento tan diferente para una mínima diferencia de temperatura de tan sólo cuatro grados centígrados, tiene consecuencias fundamentales para la vida del Planeta.

En efecto, cuando el agua se enfría y llega a los cuatro grados, como tiene mayor densidad, se hunde y se va al fondo. Por eso, por mucho frío que haga, el fondo del mar nunca se congela, permitiendo que en profundidad continúe la vida animal y vegetal. Y el aumento de volumen asociado a la congelación hace que el hielo flote, generando así un ecosistema válido para animales terrestres, tanto en las zonas árticas (donde no existen tierras emergidas), como en los hielos flotantes de la Antártida. Por otra parte, las grandes masas de hielo formadas en la naturaleza tienen un comportamiento muy peculiar que, con mucha frecuencia, son objeto de informaciones catastrofistas y alarmistas totalmente injustificadas. Una de las distorsiones habituales se refiere a la caída de grandes bloques de hielo y la consiguiente formación de icebergs cuando las lenguas glaciares llegan al mar o a lagos del interior. En efecto, en los medios de comunicación se usa con frecuencia este argumento, acompañado de imágenes espectaculares, para demostrar el grave peligro asociado  al calentamiento global ocasionado por las actividades humanas (Figura 4).

Figura 4.- Caida de un enorme bloque de hielo en el glaciar de Perito Moreno (Argentina)

En otras ocasiones se nos informa sobre el desgarro de enormes bloques de hielo, que se desgajan de las plataformas antárticas. Estas enormes masas de hielo, que llegan a tener dimensiones de muchos kilómetros cuadrados, una vez desprendidas, vagan por el mar a merced de las corrientes, constituyendo un grave peligro para la navegación, como ocurrió por ejemplo en 2017 con la Plataforma Larsen C, un iceberg de 1 billón de toneladas y más de 5.800 kilómetros cuadrados (aproximadamente del tamaño de la provincia de La Rioja, ver Figura 5).

Figura 5.- Imagen obtenida por el satélite Sentinel 1B, donde se aprecia a la derecha la enorme fisura que ha dado lugar al desprendimiento de la plataforma Larsen C (National Geographic, julio 2017).

Más recientemente, hace tan sólo unos días, se ha informado de la movilidad de otro enorme iceberg, el A23a, de 3.600 Km2, que se desprendió en 1986 de la plataforma de hielo Filchner. Después de varios años semiencallado en el fondo marino y atrapado en una trayectoria circular, se encuentra de nuevo a la deriva por el océano Antártico, de acuerdo con la información difundida por el British Antarctic Survey (BAS).

Figura 6.- Trayectoria seguida por el iceberg A23a desde su desprendimiento.

Sin embargo, en contra de las apariencias y de lo que repetidamente se nos dice, la formación de icebergs forma parte de la normalidad en los procesos glaciares y no tiene nada que ver con el calentamiento del Planeta. La caída de grandes bloques de hielo no es debida al derretimiento del hielo, sino a la propia dinámica glaciar. A pesar de la aparente rigidez del hielo, su comportamiento cuando se acumula en grandes masas, es plástico. Y, como es bien conocido desde hace siglos, fluye lentamente ladera abajo, a favor de la pendiente, con velocidades que pueden alcanzar varios cientos de metros por año. Los glaciares de montaña, al descender a cotas bajas y más calientes, se funden como consecuencia del aumento de temperatura asociado al descenso de altitud, dando lugar a ríos caudalosos.

La caída de grandes bloques de hielo no es debida al derretimiento del hielo, sino a la propia dinámica glaciar.

Por lo que se refiere a los glaciares situados en el litoral, cuando sus lenguas llegan a la costa y el hielo empieza a flotar, éste se fragmenta como consecuencia del empuje de la masa de hielo que le sigue, y también por perder cohesión con la masa circundante. Por lo tanto, las impactantes imágenes que suelen brindarnos noticieros y reportajes, no deben contemplarse como algo anómalo y preocupante, asociado a un excepcional y crítico aumento de la temperatura, sino como consecuencia de la absoluta normalidad en la dinámica glaciar. Igualmente erróneas son muchas de las informaciones que nos llegan sobre los inminentes peligros que nos acechan por el derretimiento de las grandes masas de hielo flotante que existen en el Planeta, como son principalmente las del Polo Norte y las plataformas heladas marinas que rodean al continente Antártico en el Polo Sur, especialmente el glaciar Thwaites (Figura 7). De este último, con una extensión similar a la del Reino Unido y conocido también por la prensa sensacionalista como el Glaciar del Juicio Final, se ha dicho que su colapso puede provocar un aumento de más de 60 centímetros del nivel del mar, con el consiguiente peligro de inundación para muchas zonas costeras.

Figura 7.- Vista aérea del glaciar Thwaites

Algo similar se ha dicho muy recientemente de las masas de hielo del Ártico, cuya desaparición se pronostica para antes del 2030. En realidad, deberíamos decir que se pronostica de nuevo y una vez más, porque esta misma profecía se ha realizado ya varias veces durante las últimas décadas para fechas que ya han sido superadas sin que nada haya ocurrido. A este respecto, se recomienda la lectura del comunicado emitido por la Asociación de Realistas del Clima sobre este tema y también un artículo anterior publicado en Entrevisttas.com. Porque en realidad, las masas de hielo oceánicas no están disminuyendo a la velocidad con que nos quieren asustar, sino que incluso permanecen estables o incluso están aumentando en algunas áreas. En efecto, como se muestra en la Figura 8, hace años que la extensión de hielo ártico existente al final del verano se mantiene estable. Debe recordarse, que se considera que el Ártico quedaría libre de hielo cuando sólo pudiera observarse una extensión de un millón de kilómetros cuadrados (ver Figura 8), es decir, aproximadamente una cuarta parte de la superficie que se está registrando cada mes de septiembre en la actualidad.

Figura 8.- Evolución de la extensión de la banquisa de hielo marino del Ártico
Fuente: National Snow and Ice Data Center (NSIDC) de los Estados Unidos.

Como consecuencia de la oscilación estacional de la temperatura, la superficie del hielo ártico sufre una variación anual, alcanzando su mínima extensión al final del verano del hemisferio norte, en septiembre. En la Figura 8 se puede apreciar la evolución de dicha extensión desde el año 2007, sin que se aprecie ninguna tendencia negativa.

Figura 9.- Extensión de  la banquisa de hielo marino del Ártico a lo largo de cada año desde 1980 hasta el 2024 (línea negra), que ha sido un año normal. Fuente: EUMETSAT.

Algo similar puede deducirse de la Figura 9, donde se ha representado en diferentes colores la evolución anual de la extensión del hielo ártico para diferentes intervalos temporales. Se puede apreciar como existe una tendencia general a la disminución desde los años 80, que es lógicamente coherente con el calentamiento asociado al ciclo interglaciar que está experimentando el Planeta, alcanzando la mínima extensión (como se aprecia también en la Figura 8) en 2012, con 3,9 millones de kilómetros cuadrados. Sin embargo, la línea negra en la Figura 9, correspondiente a 2024, muestra que desde entonces la superficie ha aumentado hasta casi 5 millones de kilómetros cuadrados, desmintiendo totalmente las profecías fatalistas sobre la próxima desaparición del hielo ártico. Esta tendencia es coherente con las investigaciones de Ryan Fogt, publicadas en Nature Climate en 2022, afirmando que la extensión de hielo antártico tiene una tendencia positiva y está aumentando desde que en 1979 se iniciaron las mediciones por satélite.

La contradicción existente entre la realidad observada y las informaciones que se difunden, es aún más significativa si se tiene en cuenta que la estabilidad del hielo ártico, tozudamente mostrada por los datos de los satélites, tiene lugar a pesar de que el nivel de CO2 de la atmósfera ha crecido más de un 10% (unas 40 ppm) a lo largo de las dos últimas décadas y que la temperatura global ha aumentado en 0,46°C según el registro del sistema Copernicus europeo. La falta de correlación entre la superficie de hielo ártico ante los cambios de temperatura y de CO2 atmosférico, deberían obligarnos a cuestionar y replantear nuestro conocimiento sobre las causas que motivan sus cambios de extensión. Durante los últimos años se han publicado numerosos artículos científicos que relacionan dichos cambios con la variabilidad de factores naturales, como la actividad solar y las corrientes oceánicas que alcanzan el Ártico. Sin embargo, a pesar de estas evidencias, se continúan emitiendo alarmantes informaciones, de forma tan insistente como injustificada, sobre la inminente desaparición del hielo como consecuencia de las emisiones antrópicas de CO2.

Pero no ocurre exactamente lo mismo con el hielo continental, que está retrocediendo de forma prácticamente generalizada, aunque como excepción, también se ha detectado que existen glaciares continentales que están creciendo en las últimas décadas, al menos de forma temporal. Tampoco debe olvidarse que, en el continente antártico, la extensa tierra emergida está cubierta con grandes espesores de agua congelada, que constituye la mayor reserva de agua dulce del planeta, seguida por los hielos continentales de Groenlandia. Es evidente que la fusión de estos hielos está alimentando la elevación del nivel del mar, y en la Figura 10, la gráfica inferior derecha muestra (expresada en milímetros) la variación experimentada por el nivel del mar desde principios del siglo XX. En conjunto, en los 120 años transcurridos desde entonces, el nivel del mar ha subido 200 mm (1,66 mm/año). Es decir, a un ritmo mucho menor con el que nos suelen desinformar y que no es en absoluto preocupante, ya que en realidad nos indica una desaceleración respecto de las velocidades de ascenso del nivel del mar que se registraron hace unos milenios, mucho antes del inicio de las actividades industriales humanas.

Figura 10.- Evolución comparada de la temperatura y del nivel
del mar desde principios del Siglo XX

Es interesante señalar también que, en esa misma gráfica, se observa una pequeña aceleración (aumento de pendiente) entre 1930 y 1950, seguida de una estabilización durante las tres décadas siguientes. A partir de 1982 se observa una nueva aceleración hasta el momento actual. Los valores promedio registrados en este último periodo son del orden de 2-3 mm/año, también muy inferiores a los que se estaban registrando hace algunos milenios. Debe tenerse en cuenta que, como demuestran los datos geológicos, la elevación del nivel del mar viene produciéndose desde hace unos 20.000 años, desde el clímax de la última glaciación,  y en el momento actual puede considerarse como lenta, ya que hace unos 15 milenios era hasta diez veces más rápida que la actual (ver Cambios Climáticos). Por otra parte, en esa misma gráfica inferior derecha de la Figura 10, puede observarse que la velocidad a la que hoy se está elevando el nivel del mar es idéntica a la que se registró entre 1930 y 1950, por lo que invocar la existencia de una aceleración anómala en la elevación de las aguas está totalmente injustificado.

En la gráfica superior izquierda de la Figura 10, se muestra la evolución de la temperatura media del Planeta durante el mismo periodo de la gráfica inferior derecha, pudiendo observarse que existe un descenso de temperatura precisamente durante el mismo intervalo en que se estabiliza la velocidad de ascenso del nivel del mar. Este paralelismo es lógico ya que, al enfriarse el Planeta, disminuye la velocidad de fusión de los hielos y, en consecuencia, se hace más lento o se paraliza el ascenso de las aguas. Por lo tanto, de una forma directa y en relación con la evolución climática, esta correlación está indicando claramente que, si realmente la velocidad de ascenso del nivel del mar no está registrando valores anómalos, es porque la temperatura del Planeta tampoco está registrando un calentamiento excepcional, anormal ni preocupante.

Pero volvamos a las enormes masas de hielo polar flotantes sobre los océanos. Como se ha mencionado anteriormente, el hielo aumenta de volumen al congelarse y disminuye de densidad. Por eso, de acuerdo con el Principio de Arquímedes, conocido desde el siglo III a.d.C., flota sobre el agua en estado líquido. Como es bien sabido, la parte visible de un iceberg representa tan sólo un octavo de su tamaño total, quedando sumergida la mayor parte de su volumen.

Figura 11.- Imagen idealizada representando las porciones emergidas y sumergidas de un iceberg.

La parte que sobresale por encima del nivel del agua, corresponde al exceso de volumen (aproximadamente un 10%) adquirido al congelarse. Y, ¿qué ocurre cuando se produce el proceso inverso, al fundirse el hielo? Pues que el agua aumenta su densidad y recupera el volumen original que tenía antes de la congelación. Es decir, que el proceso de congelación y descongelación del agua marina no afecta para nada al nivel del mar. O sea que, si se descongelase de repente todo el hielo del océano Ártico y los enormes icebergs de la Antártida, el nivel del mar permanecería estable. 

Si se descongelase de repente todo el hielo del océano Ártico y los enormes icebergs de la Antártida, el nivel del mar permanecería estable. 

La comprobación de esta realidad puede realizarse fácilmente en casa, o mejor aun tomando copas con los amigos. Para ello, bastará marcar el nivel en un vaso de agua con unos cubitos de hielo, y al cabo de unos minutos verificar dónde se queda ese mismo nivel cuando el hielo se ha fundido, y comprobar que, inmutable, se ha mantenido en el mismo sitio.

Cabe preguntarse entonces que, si la velocidad de ascenso del nivel del mar que se está registrando es absolutamente normal y la fusión de los icebergs no afecta al nivel de las aguas, ¿cuáles son las razones que inspiran los insistentes mensajes catastróficos que injustificadamente alarman a la población? ¿Para qué nos sirve la sofisticada tecnología de la que hoy disponemos si se cometen errores de cálculo que ya Arquímedes hubiese podido detectar hace más de dos milenios? Algo está fallando en los planes de educación y en los medios de comunicación, cuando se está consiguiendo asustar a la población mundial con mensajes que podrían ser rebatidos con los conocimientos que se imparten en los ciclos de enseñanza media, o con experimentos realizables en la barra de cualquier bar.

Los autores de este artículo tienen un conocido que ha conseguido beber muchos gin-tonics gratis haciendo apuestas sobre la constancia del nivel del líquido al fundirse el hielo. Si alguno de Uds. se anima a proponer este tipo de envites, le recomendamos que además del gin-tonic incluyan algunas tapas en la apuesta, se gana siempre.


Icebergs, gin-tonics y cambio climático
por Enrique Ortega Gironés,
José Antonio Sáenz de Santa María Benedet
y Stefan Uhlig


Inimpugnable – Capítulo XVI: El cristal y el altavoz

Eudald trabajó con meticulosidad durante varios días. Pasaba horas en el baño, asegurándose de que Lolita no entrara para interrumpirlo en su nueva tarea. Era algo impensable, inimaginable para su esposa: una esposa dulce por obligación, fogosa por intimidación, cocinera por coacción; una esposa ficticia, creada por y para servir a su marido que, sin embargo, maduraba hacia un modo más inteligente, sin acabar de abandonarse a sí misma, sin dejar de preguntarse si podría, en algún momento y de algún modo, ser libre de tales yugos.

—Estoy haciendo unos arreglos, Lola. Este baño necesita estar a la altura —le decía con un tono medio serio, como si fuera un asunto doméstico sin importancia.

Lolita no preguntó más. La experiencia le había enseñado que cualquier intento de entender las motivaciones de su marido solo la llevaría a respuestas crípticas o a una humillación mayor.

El truco de Eudald era macabro. El baño era oscuro y pequeño, pero Eudald lo transformó con su intervención. Instaló un cristal espía, un cristal especial grande que desde el baño, daba a su despacho y a parte del comedor, si dejaba la puerta abierta de su oficina. Desde fuera del baño, parecía un espejo, pero desde el baño, el cristal era completamente transparente y se podía observar a los que estuvieren a la vista en las estancias hacia las que podía alcanzar la vista. Además, colocó micrófonos en su despacho y en el comedor para que, desde el baño, mediante un altavoz, se pudiera escuchar lo que ocurriese fuera de él.

La idea le fascinaba desde hacía un tiempo. Entre sus contactos del hospital, trabajaba la mujer de un inspector de policía. Los dos maquinaban con la idea de obtener esos espejos que contaban en las comisarías americanas, así que ambos se hicieron con uno. El verdadero propósito no era mirar a Lolita mientras estaba sola, que es lo que ella pensó cuando lo vio recién instalado. No. Era algo mucho más retorcido: quería que ella pudiera ver lo que él hacía, sin posibilidad de evitarlo. Los mismos que le ayudaron a instalar el espejo, le ayudaron a insonorizar el propio baño y… no fue fácil: los baños no tienen una fácil insonorización, si se crean con los materiales habituales en ellos. Pero, Eudald era muy testarudo, muy adinerado y muy caprichoso, además de perverso.

Cuando terminó su obra maestra, cerró la puerta del baño con satisfacción. Se había quedado encerrado dentro y había chillado muy fuerte diciéndole a Lolita, que estaba en el despacho, para que abriese la puerta. Y lolita no lo escuchó. Si no, sin duda, la hubiese abierto.

—Perfecto —murmuró para sí mismo.

Pasadas dos noches de la instalación, Eudald anunció que saldría con unos amigos.

—No me esperes despierta, Lola (ahora le daba por llamarla Lola). Llegaré tarde —dijo con indiferencia mientras se ponía la chaqueta.

Lolita asintió en silencio, aliviada por la perspectiva de una noche sin él en casa. Se envolvió en una manta y se sentó frente a la televisión, intentando distraerse con un programa de TVE. Era La Clave. Siempre que podía, Lolita intentaba instruirse mediante programas televisivos o leyendo los libros de su marido. Y, como él estaba mucho fuera del hogar, podía hacerlo a menudo. La única hora a la que no podía mirar la tele era después de cenar. Entonces era Eudald quien la miraba. En muchas ocasiones, Lolita se preguntaba qué estaría viendo porque, siempre que la veía hasta tarde, abusaba excesivamente de ella al regresar a su cama.

Lo descubriría al día siguiente. Cerca de la medianoche, Eudald regresó acompañado.

—Ven, amigo, no te cortes. Esta es tu casa esta noche —dijo con una carcajada, dejando pasar a un hombre alto y corpulento, con un aire desaliñado y un olor a alcohol que llenó el pasillo.

Lolita se levantó de golpe, con el corazón acelerándose.

—¿Qué está pasando, Eudald?

—Nada que te incumba, Dolores. Ve al baño.

Ella lo miró con confusión, pero antes de que pudiera protestar, él la tomó del brazo y la empujó hacia el baño. Cerró la puerta con un clic seco que, en la cabeza de Lolita, sonó por varios segundos.

Desde el baño, Lolita escuchaba las risas y las voces en la habitación. Intentó abrir la puerta, pero, como siempre, estaba bloqueada desde fuera y, ahora, además, estaba insonorizada. Cuando lo percibió, tras chillar desperada y sin poder evitarlo (como hacía de costumbre), la sensación de encierro comenzó a oprimirle el pecho, mucho más que nunca antes allí.

De repente, la luz en el despacho se encendió, iluminando el cristal instalado en la pared. Lolita se dio cuenta de que podía ver todo lo que ocurría al otro lado y pensó que la verían, pues desde el cuarto de baño era visible y Eudald había procurado que Lolita no entrase en ese baño hasta entonces. Pero, rápidamente se percató de que no era visible en el despacho pues había visto que ese cristal, por el otro lado, era un espejo.

Eudald estaba sentado en el sofá, sirviéndose una copa de whisky mientras su amigo, al que había llamado Víctor, miraba alrededor con curiosidad. En ese preciso instante, Lolita descubrió que lo que su marido solía mirar en televisión a altas horas de la noche era el programa Cine de medianoche.

—¿Y dónde está tu mujer? —preguntó Víctor con una sonrisa burlona.

Eudald rio.

—En el baño. Pero no es momento de preocuparse por ella. Primero, vamos a relajarnos.

Pasaron unos minutos que a Lolita le parecieron eternos. Víctor bebía sin parar, y la conversación entre los hombres se tornó más cruda, mientras se calentaban con las escenas del programa televisivo.

—¿Sabes? —dijo Eudald, apoyándose en el respaldo del sofá—. Mi mujer necesita aprender unas cuantas cosas. Quizá tú puedas ayudarme.

Víctor arqueó una ceja, intrigado.

—¿Qué quieres decir?

Eudald se levantó y fue hacia la puerta del baño. Tocó suavemente el cristal desde el lado de la habitación, como si estuviera asegurándose de que Lolita estuviera mirando.

—Está ahí dentro, mirando y escuchando. ¿No sería interesante darle una lección?

Lolita sintió que la sangre se le helaba. Su mente corría, buscando una salida, alguna forma de impedir lo que estaba a punto de ocurrir.

Víctor dudó por un momento, pero el efecto del alcohol y la influencia de Eudald pronto hicieron estragos en él.

—No sé, Eudald. No quiero problemas.

—¿Problemas? Por favor, hombre. Es mi esposa. Lo que ocurra aquí queda entre nosotros.

Lolita se tapó los oídos, tratando de bloquear las palabras que llegaban a través del altavoz. Pero no podía dejar de mirar, incapaz de evitar que su mirada volviera una y otra vez al despacho.

Cuando Víctor se levantó y comenzó a caminar hacia la puerta del baño, el corazón de Lolita casi se detuvo. Pero en el último momento, algo cambió.

Víctor dio un paso atrás y negó con la cabeza.

—Lo siento, amigo. Esto no es para mí.

Eudald lo miró con una mezcla de sorpresa y enojo.

—¿Qué te pasa? ¿Te estás rajando?

—Simplemente no puedo. Mejor me voy. Gracias por la noche.

Víctor tomó su chaqueta y salió de la casa tambaleándose, dejando a Eudald solo.

Eudald se quedó inmóvil por un momento, mirando hacia el baño. Finalmente, apagó la luz del despacho y abrió la puerta del baño.

—Parece que hoy te has librado, Dolores. Pero no olvides quién manda aquí.

Lolita no dijo nada. Solo se quedó allí, temblando, mientras Eudald se alejaba hacia la habitación. Esa noche, supo que su lucha por sobrevivir sería más dura que nunca. Cada día más urgente. Cada día más inalcanzable.


Inimpugnable
Capítulo XVI: El cristal y el altavoz

por Carmen Nikol


Capítulo anterior: La llave y la puerta cerrada
Capítulo posterior: Una noche para recordar


LICENCIA: © 2024 por está bajo Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinDerivados 4.0 Internacional 

Orcajo, un maño apaño para el pinsapo


Seis de diciembre, antigua era vecinal a las afueras de Orcajo (Zaragoza). En plena noche a media luna, se contempla cómo la constelación de Orión domina el firmamento a la espera de que su alineación con Sirio y el orto solar sean protagonistas estelares en los días de solsticio y nacimiento que se avecinan.


Hemos llegado aquí atraídos por un rodal de pinsapo (Abies pinsapo Boiss.) que recientemente fue incluido por el Ministerio competente dentro de las regiones de procedencia de la especie. La experiencia con el pinsapar de Galarreta, que esta revista ha contribuido a exponer públicamente, animaba a completar la terna de lugares más significativos.

Que esta especie, de consideración endémica, consiga prosperar tan exitosamente en puntos remotamente alejados de su origen, prueba que la consideración de peligro se deba más a cuestiones de gestión que a una real amenaza de extinción. El enclave tiene por tanto un alto valor científico.

Eso supone el reconocimiento de este rodal por parte de la Administración ambiental del Estado, así como la próxima inclusión para el pinsapar de Galarreta, aumentando las posibilidades para obtención de planta y semilla y su distribución por nuevos territorios que garantizarán la persistencia más allá de sus enclaves originales.

Estos enclaves tienen por tanto un alto valor científico, vinculado a la dispersión y diferenciación ancestral del género Abies desde el centro europeo en sus dos secciones, la sección Abies y la sección Piceaster. La primera se corresponde con las actuales especies europeas de centro y este europeos y la segunda, con los abetos de poniente, que alcanzan también al borde sur Mediterráneo, entre ellos, A. pinsapo Boiss. (Alba-Sánchez et al, 2018).

El pinsapar de Orcajo remonta su origen a las primeras repoblaciones forestales que se llevaron a cabo en la cuenca del río Jiloca a principios del siglo XX, dirigidas por el ingeniero de montes, D. Nicolás Ricardo García-Cañada.

En aquellos tiempos, la intervención sobre el medio ambiente constaba de escasa experiencia nacional. Las actuaciones de corrección hidrológica-forestal derivaban de una planificación promovida a finales del siglo XIX a consecuencia de trágicos episodios de inundación torrencial como fueran los de Murcia, Valencia, Málaga o la propia cuenca del Jiloca.

La sobresaliente actuación del ilustre ingeniero de montes Ricardo Codorníu y Starico en los montes de Sierra Espuña, era aún muy reciente y de resultados escasamente notorios. Sin embargo, D. Ricardo había escrito sus Apuntes relativos a la repoblación forestal de la Sierra de Espuña (1900), en los que se cita la prueba exitosa efectuada con pinsapos en aquellos montes del sureste ibérico.

A buen seguro que, lectura aparte y el consejo directo del apóstol del árbol, llevaron al ingeniero responsable del Jiloca a utilizar el único abeto mediterráneo de la flora Ibérica en un par de hiladas que apenas supondrían unos cien ejemplares.

Las consecuencias, un siglo después, es un estupendo rodal de unas cinco hectáreas donde el pinsapo progresa adecuadamente, haciéndolo mucho mejor que algunas de los pinos a los que se suponía acompañante.

Los ejemplares de pino salgareño [Pinus nigra salzmannii (Dunal) Franco)] empleados sufren las consecuencias de la falta de cal y un suelo poco profundo, con desarrollos raquíticos de poco porvenir o el derribo natural a consecuencia de ello.

Otras especies como el pino albar (Pinus sylvestris L.) prosperan algo mejor, pero tampoco muestran aquí las proporciones de sus magníficos enclaves en otros lugares del Sistema Central o Ibérico (Valsaín, Cercedilla, Rascafría, Valsaín, Covaleda), encontrándose ejemplares de escaso desarrollo ya coronados y sobre todo numerosos derribos.

Este declive del pinar va abriendo huecos, que son ocupados progresivamente por los abetos en una dinámica natural que no resulta sorprendente para quienes conocemos su comportamiento en las sierras andaluzas, pero que no deja de ser admirable para un lugar como aquel y un supuesto enclave foráneo.

Finalmente, acabará por asentarse en una masa mixta, conjugada con encinas, quejigos, robles melojos (Quercus pyrenaica Willd.), junto al pino negral (Pinus pinaster Aiton), que si parece prosperar adecuadamente en el lugar y muy posiblemente, sabina albar (Juniperus thurifera L.).

El rodal se encuentra en la umbría de la Sierra de Santa Cruz, a unos 1000 m de altitud. Se ubica al suroeste del pueblo, a unos 4 km de distancia, con acceso rodado libre y sin complicación. El relieve es bastante suave y existe un sendero para adentrarse en la montaña y poder admirar la dinámica pinar-abetar fácilmente.

Se trata de una escama montañosa derivada del eón Fanerozoico en sus primeros tiempos (unos 550 millones de años), que forma parte del variado mosaico geológico que conforma el conocido como campo de Daroca (IGMN, 2024).

Se compone por rocas sedimentarias del tipo pizarras, cuarcitas y algunas areniscas que pertenecen a retazos de lo que se conoce como macizo Hespérico, generado durante la orogenia Herciniana. Su larga edad hace que se presenten desgastadas por la acción erosiva, siendo el relieve alomado y poco escarpado.

Pese a ello, sus suelos presentan poca profundidad y escasa fertilidad, por lo que el arbolado que se asienta sobre ellos no logra alcanzar desarrollo notable. No obstante, es algo complicado evaluar este aspecto dada la baja presencia de arbolado antiguo que disponga de edad suficiente para haber podido desplegar todo su potencial vegetativo.

Los densos encinares que cubren gran parte del espacio, así como quejigos y robles, a buen seguro proceden de brotes de cepa (monte bajo) regenerados de forma natural a partir del aprovechamiento intensivo que hubieron de tener en otras épocas por su uso como combustible bajo forma de leña o carbón vegetal.

Tras la reforestación del lugar, sobrevino un período de sosiego selvícola que permitió cubrir de arbolado el territorio. A ello ha contribuido igualmente la independencia de los aprovechamientos forestales (leñas, carboneo) como biomasa energética, propiciada por el uso de combustibles fósiles.

También, la despoblación del mundo rural y la reducción de aprovechamientos como la ganadería extensiva vinculada a los montes fueron reduciendo la presión sobre el monte y favoreciendo la proliferación espontánea tanto de arbolado como de matorral.

Ahora, pueden encontrarse sobre el terreno jara laurel (Cistus laurifolius L.), serbal de cazadores (Sorbus aucuparia L.), gayuba [Arctostaphyllos uva-ursi (L.) Spreng.], espino albar (Crataegus monogyna Jacq.), escaramujo o rosal silvestre (Rosa sp.) entre las arbustivas y además de la encina ya citada, aparecen quejigos (Quercus faginea Lam.) y el roble melojo que ya se han nombrado. Esto nos sirve como elementos bioindicadores, denotando que los pinsapos se encuentran en el ámbito del piso bioclimático supramediterráneo.

Aunque el clima de Orcajo debe ser un poco más seco que la zona Mediterránea de origen (lejanía al Atlántico), los abetos parecen no tener problema durante la época estival, que funciona como la más limitante en base al déficit hídrico que se establece en el balance entre precipitación y evapotranspiración. Ser un especialista en captar agua de las nieblas, debe ayudar en aquellas altitudes.

Tampoco les afecta el frío y se están desarrollando medianamente bien sobre los suelos pobres que se encuentran en la Sierra de Santa Cruz. La previsión por tanto es que dado que toleran bien la sombra, acaben desplazando de modo natural a los pinos que acompañan, puesto que éstos requieren de alta luminosidad para prosperar, dado su carácter colonizador y pionero.

Se constituirá con el tiempo una masa que abarcará al menos toda la zona de umbría, en conjunción con las oscuras encinas y los tornadizos quejigos y robles melojos. Un paisaje francamente similar al original en sus enclaves andaluces, como sucede también con el de Galarreta.

Orcajo, presenta la singularidad del sustrato. Esas duras rocas silíceas no se encuentran en los lugares de origen de la especie. Tampoco está en Galarreta, que es de dominante calcárea. Las formaciones vegetales asociadas varían principalmente en la presencia del roble melojo.

No hay pinsapares con melojos, salvo en un pequeño punto de la serranía de Ronda, dada la dominante calcárea del sur y las limitantes características de las ultrabásicas peridotitas. Todo esto, incrementa el valor científico y botánico de estos enclaves distintos y lejanos de sus ubicaciones de origen.

Es muy satisfactorio por tanto comprobar cómo los habitantes de Orcajo han tomado conciencia desde hace tiempo y presumen orgullosos de su pinsapar, que si ya no es el más al norte de España, se sigue manteniendo como único en el cuadrante nororiental de la Península.

Un sendero habilitado para la visita, señalización explícita, accesos fáciles y referencias al pinsapar en todo el pueblo, muestran el interés de este pequeño núcleo rural por una especie que inicialmente pudiera parecer foránea y que no han tenido el menor problema en adoptar como suya y emblemática.

En la plaza del pueblo se yerguen dos espléndidos ejemplares que según relata su alcalde, surten de semilla al por mayor. Su presencia allí, confirma el carácter ornamental de esta especie que debiera tener más fácil poder ocupar cualquier jardín de España, sobre todo en aquellos enclaves donde no pudiera generar conflicto genético con su pariente el abeto blanco (Abies alba Miller).

Aunque la proliferación del híbrido que se generó en la masía de Masjoan (Barcelona), Abies x masjoannis Soto, García Viñas, Bujarrabal, es el que ha ganado en el conflicto sobre endemicidad, protección y limitaciones, empleándose en jardinería sin ningún tipo de restricciones.

Por tanto nada se nos ocurre mejor que el hermanamiento entre estos enclaves y la colaboración por parte de las Administraciones encargadas en la gestión forestal de sus respectivos ámbitos, con especial interés por parte de la andaluza, a quién corresponde la mayor responsabilidad en la pervivencia de la especie.

Genalguacil y Orcajo ya han dado un primer paso en este sentido.

Tras las recurrentes sequías que se vienen experimentando y la supervivencia a todo un siglo de fenomenología natural, parece que el único riesgo para estos pinsapos recae sobre un posible incendio. Es de esperar que el Gobierno de Aragón sepa estar a la altura y manejar adecuadamente aquel entorno.

Sería conveniente la colaboración por grupos de voluntarios con el Ayuntamiento en las tareas de mantenimiento y mejora de aquel rodal tan singular. Un futuro vivero, la colecta de semillas y posibles siembras de refuerzo o retirada de leña muerta pueden ser acciones interesantes.

El pinsapar de Orcajo, es un maño apaño para el pinsapo, con el sentido de oasis para la especie al margen de posibles incidencias climáticas o de otro tipo que pudiera sufrir en sus cuarteles meridionales.

Pero también puede ser un pulmón que puede ayudar a evitar la asfixia de este pequeño núcleo rural, encajado en una comarca de alto valor natural donde el complejo lagunar de Gallocanta, domina la escenografía principal.

No hay que olvidar el aspecto cultural que ofrece el conjunto histórico de todo el entorno, desde Sigüenza y Calatayud hasta Albarracín ya inserto en el conjunto paisajístico de la Serranía de Cuenca.

Los habitantes de Orcajo son en extremo amables y os atenderán estupendamente si vais hasta allí interesados en sus valores naturales. Contacta con ellos sin ningún problema.

Puede encontrar más info visual en este enlace, o este otro, con el recorrido.


Referencias:


Alba-Sánchez, F.; Abel-Schaad, D.; López-Sáez, J. A.; Sabariego Ruiz, S.; Pérez-Díaz,
S.; González-Hernández, A. (2018).- Paleobiogeografía de Abies spp. Y Cedrus atlantica en el Mediterráneo occidental (Península Ibérica y Marruecos). Ecosistemas 27(1): 26-37 Doi.: 10.7818/ECOS.1441

Codorníu y Starico, R. (1900).- Apuntes sobre la repoblación forestal de la sierra de Espuña. Tipografía de las provincias de Levante. Murcia

IGMN (2024).- Mapa geológico de España. Escala 1/50.000. Hoja 465 (26-18) DAROCA. Instituto Geológico y Minero de España. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. http://info.igme.es/cartografiadigital/geologica/Magna50Hoja.aspx?intranet=false&id=465


Orcajo, un maño apaño para el pinsapo
por Antonio Pulido Pastor (Puli)


Inimpugnable – Capítulo XV: La llave y la puerta cerrada

Tras muchos días yendo a casa de su madre para aprender a cocinar, Lolita, por fin, pidió permiso a Eudald para quedarse en casa. Necesitaba limpiar y organizar los armarios de invierno. La noche anterior, vio a su marido pasar el dedo por encima de un mueble y se percató de que, en breve, la iba a reñir por ello.

Eudald salió temprano para atender un caso en la Maternidad y le dio permiso para quedarse. Le pareció bien que Lolita tuviera esa iniciativa. Ella se quedó tranquila y se tomó su tiempo para hacer todas sus tareas con plena atención. Luego se sentó en el sofá y puso la tele. Sentía un momento de tranquilidad tras muchos días sin descanso de arriba para abajo desde la casa de su madre. No había vuelto a ver a Carmen.

De pronto, dio un salto y se levantó del sofá cuando escuchó la puerta de la entrada y las llaves de Eudald, que regresó antes de lo habitual.

—Hoy cenaré en casa, Dolores —anunció al entrar, quitándose el abrigo y dejándolo en una silla. Su tono era neutro, pero sus ojos tenían un brillo extraño, uno que Lolita había aprendido a temer.

—¿Quieres que prepare algo especial? —preguntó ella, tratando de agradarlo.

—No será necesario —respondió él, esquivando su mirada mientras se dirigía a la habitación.

Lolita sintió un nudo en el estómago. Había algo en su actitud que la inquietaba. Se mantuvo ocupada en la cocina, tratando de ignorar la sensación de que algo iba mal.

Alrededor de las siete de la tarde, escuchó el timbre. Antes de que pudiera acercarse a la puerta, Eudald ya estaba allí. Abrió con una familiaridad que la desconcertó, y lo que vio la dejó sin aliento.

Era una mujer joven, alta, de cabello rubio brillante y vestida con un abrigo de piel caro que resaltaba su figura esbelta. Su perfume llenó el recibidor, un aroma fuerte y embriagador que parecía marcar territorio.

—Ella es Ingrid —dijo Eudald con una sonrisa—. Una colega del hospital.

Lolita trató de mantenerse estoica mientras la saludaba con un tímido «buenas noches». Ingrid la miró apenas un instante antes de dirigir toda su atención a Eudald, como si Lolita no estuviera allí.

—Sube tus cosas al despacho —le dijo Eudald a Ingrid, mientras sacaba del bolsillo la llave que Lolita había sufrido tantas veces antes.

En ese momento, todo se aclaró. Antes de que Lolita pudiera protestar o siquiera entender lo que ocurría, Eudald se giró hacia ella.

—Tú no necesitas estar aquí para esto. Ven conmigo.

La llevó al baño de la habitación. Lolita, confusa y asustada, intentó resistirse.

—¿Qué haces, Eudald? ¡No puedes dejarme aquí!

—Dolores, no hagas un drama. Esto es temporal. Además, te hace bien reflexionar un rato en silencio —respondió con un tono frío y calculador.

Cerró la puerta desde afuera, dejando a Lolita en la oscuridad. De nuevo encerrada en el baño con el pomo que no se podía abrir desde dentro. Solo Eudald, desde la habitación donde estaba el lujoso baño, podía abrir. Intentó girar el pomo, desesperada, como si no lo hubiese intentado ya mil veces con anterioridad, pero fue inútil. Golpeó la puerta con fuerza, llamándolo, pero no obtuvo respuesta.

Por un momento, pensó que estaba sola, que la habían dejado sola allí. Sin embargo, pronto escuchó las risas provenientes de la propia habitación. Luego, los murmullos se convirtieron en jadeos y sonidos que no podía ignorar. «En silencio» había dicho Eudald.

La puerta era más bien una puerta de exterior, como para salir a la calle. Era recia y tenía una mirilla. Pero, aún así, podía escuchar los gemidos de Ingrid y de Eudald. Cuando terminaron de gemir y chillar, Lolita decidió mirar por la mirilla. Podía ver el reflejo del escritorio. Allí, Ingrid estaba sentada, desnuda, riéndose mientras Eudald servía dos copas de vino. Lolita, a pesar del silencio del baño y de no poder escucharles más, aún sentía en su cabeza los chillidos de Ingrid y de Eudald. Éste jamás había gemido tanto con ella. Y no es que ella disfrutase de sus gemidos, pero esa situación parecía demostrarle que Eudald disfrutaba más con esa desconocida que en su propio matrimonio.

Sentada en el suelo frío del baño, sintió cómo su humillación se transformaba en una mezcla de rabia y desesperación.

«¿Cómo he llegado a esto?», pensó, abrazándose las rodillas.

Horas después, escuchó cómo se iban, riéndose. Al final de la noche, la puerta se abrió de nuevo y, desde la mirilla, vio cómo Eudald se acercaba, con el cabello algo despeinado y cierto aire de satisfacción.

—Puedes salir ya, Dolores. Ingrid se ha ido.

Lolita lo miró, con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Por qué me haces esto? —preguntó con una voz rota.

Eudald se inclinó hacia ella y le tomó el mentón con fuerza.

—Porque puedo. Y porque tú no eres nadie para decirme cómo comportarme. Recuerda bien esto, Lolita: tú estás aquí para mí. No al revés.

La soltó con un empujón leve y salió de la habitación.

Lolita se quedó allí, de pie, con una sola idea rondándole la cabeza: no podía seguir viviendo así. Pero, ¿a quién podía acudir? ¿A su madre, que jamás la creería? ¿A Carmen, la mujer del parque, a quien apenas conocía? Sus opciones eran pocas, y su esperanza, casi inexistente.


Inimpugnable
Capítulo XV: La llave y la puerta cerrada

por Carmen Nikol


Capítulo anterior: Un encuentro en el parque
Capítulo posterior: El cristal que separa dos mundos


LICENCIA: © 2024 por está bajo Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinDerivados 4.0 Internacional 

Inimpugnable – Capítulo XIV: Un encuentro en el parque

Eudald, desde temprano, había insistido en que Lolita fuese a casa de su madre para desayunar. Y quería que se quedase allí a comer también. Que fuese a almorzar y a comer todos los días de esa semana y de la semana siguiente. Comenzó pensando que dos semanas iban a ser suficientes. De hecho, él prefería desayunar y comer fuera todos los días porque, si bien la cena se la podía hacer a su gusto (cuando ella no la había hecho bien), no soportaba que Lolita no supiese cocinar como su suegra.

—Vicenteta hace la mejor paella que he probado en mi vida —dijo, ajustándose la corbata frente al espejo—. Tú deberías aprender de ella, Dolores. ¿De qué sirve que te mantenga si ni siquiera puedes igualar a tu madre en algo tan básico? ¿Cómo puede ser que no hayas aprendido a cocinar bien todavía? ¡Parece mentira que seas hija suya!

Lolita asintió en silencio, acostumbrada ya a esos comentarios y, al día siguiente, se dirigió hacia la calle Provença con una mezcla de alivio y resignación. Pasar tiempo con su madre era un respiro de la opresión diaria en casa, aunque las críticas de Vicenteta nunca faltaban.

Al llegar, su madre ya estaba en la cocina, con el delantal puesto y el aroma del sofrito llenando la estancia.

—¡Lolita, qué tarde vienes! —la recibió con su tono habitual, una mezcla de reproche y entusiasmo.

Lolita ayudó como pudo con los preparativos, pero Vicenteta no tardó en encontrar motivos para corregirla.

—No, hija, así no se pela el pimiento. ¿Es que nunca prestaste atención cuando eras niña? —dijo, mientras le arrebataba el cuchillo con un gesto teatral.

Cuando Eudald llegó, la comida estaba lista. Los tres se sentaron a la mesa, y Eudald no perdió la oportunidad de alabar a Vicenteta.

—Es que esta paella está de revista. Una auténtica obra de arte, Vicenteta —dijo, llenándose por segunda vez su plato—. Dolores, ¿Ya has tomado notas? Quizás algún día consigas acercarte a cocinar este manjar.

Lolita no respondió, aunque sintió el peso de las miradas críticas de su madre y su marido.

—Ay, Eudald, no seas tan duro con ella —dijo Vicenteta, sonriendo, pero luego añadió—: Aunque, hija, la verdad es que deberías intentarlo más. No es normal que con todo lo que tienes no hayas aprendido algo tan sencillo. Como propone Eudald, vente a desayunar y a comer todos los días. Así seguro que aprendes algo.

Tras la comida, mientras Vicenteta y Eudald se servían café en el salón, Lolita se ofreció a sacar la basura. Era una excusa para salir y tomar aire fresco, aunque fuera solo por unos minutos.

Cruzó la calle hacia el parque cercano, donde encontró un contenedor. Mientras caminaba, notó a una mujer sentada en un banco. Tenía el cabello rubio y liso, recogido en una sencilla coleta, y sostenía un cigarrillo entre los dedos. Al cruzar sus miradas, la mujer le sonrió.

—Hola —dijo, con un tono cálido que sorprendió a Lolita—. ¿Vives por aquí? No te había visto nunca antes por este parque.

Lolita titubeó un momento antes de responder.

—No, he venido a visitar a mi madre.

La mujer asintió y apagó el cigarrillo contra el banco.

—Yo me llamo Carmen. Siempre vengo aquí después de almorzar. Es mi único rato de tranquilidad en el día.

Lolita se presentó tímidamente y, poco a poco, comenzaron a conversar. Carmen era franca y directa, algo que a Lolita le sorprendió y le resultó refrescante. En pocos minutos, Carmen confesó algo que resonó profundamente en Lolita.

—Mi marido es un hombre complicado —dijo, mirando hacia el suelo—. Tiene ideas muy tradicionales, ya sabes… Y cuando las cosas no salen como él quiere, bueno, digamos que no siempre es amable. Pero, cuando regresa al segundo turno de trabajo, me tomo unos minutos para venir a este parque. Así puedo respirar aire fresco y despejar mis ideas…

Lolita sintió un nudo en la garganta.

—Entiendo bien lo que dices —respondió, con una voz apenas audible.

Carmen la miró con interés, como si percibiera que había mucho más detrás de esas palabras.

—Como te digo… Yo vengo al parque casi cada día —añadió Carmen—. Si alguna vez necesitas hablar, seguramente aquí estaré.

Al regresar a casa de su madre, Eudald ya estaba impaciente.

—¿Dónde te habías metido? —preguntó con severidad.

—Solo fui al contenedor, había cola —mintió Lolita rápidamente, temiendo que cualquier indicio de su encuentro con Carmen desatara la ira de Eudald.

Vicenteta, que no había notado nada extraño, se limitó a alabar el café que había preparado Eudald mientras Lolita se quedaba en silencio, atrapada entre dos mundos.

Esa noche, al acostarse, Lolita pensó en Carmen. Por primera vez en mucho tiempo, tenía algo que esperar con ansias: el momento de volver al parque y encontrar a alguien que la entendiera. No sabía si algún día se atrevería a ir o a mencionar nada sobre su marido, pero Carmen había resultado una luz de complicidad. Al menos, deseaba escucharla y ya no le pesaba tanto la idea de ir a casa de su madre para aprender a cocinar…

Cuando estaba a punto de dormirse, Eudald la cogió del pelo y la violó. Ella opuso una primera resistencia que tuvo que diluir en cuanto su marido le dijo que le había notado el olor a tabaco al regresa a casa de su madre. Lolita le intentó hablar sobre que en la cola del contenedor de basura había un señor fumando, pero Eudald le tapó la boca y le dijo que le había gustado ese olor sobre su cuerpo. Por tal de no seguir buscando excusas sobre su inesperado perfume, derivado del cigarrillo de su inesperada amiga, Lolita aceptó que le tapase la boca y se dejó llevar. La próxima vez, de haberla, sería más precavida.


Inimpugnable
Capítulo XIV: Un encuentro el parque

por Carmen Nikol


Capítulo anterior: Una velada incómoda
Capítulo posterior: La llave y la puerta cerrada


LICENCIA: © 2024 por está bajo Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinDerivados 4.0 Internacional 

Las DANA y los cambios climáticos: una merienda de negros

De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia, la expresión coloquial merienda de negros se utiliza para describir aquellas situaciones en las que reina la confusión, el desorden y que nadie entiende. Es cierto que las normas no escritas de lo políticamente correcto sugieren que debe abandonarse este tipo de léxico por sus implicaciones despectivas y racistas. Sin embargo, la descriptiva expresividad de este aforismo (curiosamente, otras expresiones de uso comercial extendido como Black Friday no son objeto de las mismas críticas) hace imposible evitar la tentación de utilizarla para el caso que nos ocupa, las dramáticas y recientes inundaciones que han asolado la Huerta Sur de Valencia.


Datos históricos sobre las lluvias torrenciales en Valencia

Desde que se tienen noticias, el clima mediterráneo se ha caracterizado por la irregularidad y violencia de sus lluvias. En los albores del primer milenio, ya hubo emperadores romanos que, preocupados por las devastadoras consecuencias de las riadas, proyectaron y realizaron obras públicas para prevenir sus consecuencias, como hicieron por ejemplo Augusto, Claudio  o Trajano, especialmente en el río Tiber, en Roma. Las obras hidráulicas romanas en Hispania estuvieron principalmente focalizadas en el abastecimiento de agua a núcleos urbanos, como por ejemplo la presa de Proserpina en Mérida (Badajoz), o la de Almonacid de Cuba (Zaragoza). Esta última, construida en tiempos del emperador Augusto en la segunda mitad del Siglo I, está considerada como es la presa romana de mayor altura de todas las que se conservan en el mundo (tiene 34 metros de altura), y su uso ha sido muy debatido, considerándose que también pudo tener funciones de regadío y de regulación del Río de Aguas Vivas.

Presa romana de Almonacid de las Cubas (Zaragoza)

El litoral costero valenciano es un claro exponente de esta situación, habiendo sido testigo a lo largo de los siglos de repetidas riadas e inundaciones de catastróficas consecuencias. No existe un registro completo y detallado de las mismas, y cuanto más retrocedemos en el tiempo, más confusas e imprecisas son las noticias que nos han llegado sobre ellas, aunque existen evidencias geológicas (en realidad, toda la llanura costera valenciana representa una acumulación de sedimentos de este tipo de episodios) y arqueológicas que constatan su pasada existencia.

Así, en el subsuelo de la ciudad de Valencia, permanecen los sedimentos dejados por inundaciones de época romana (siglos I y II a.C.) en la Plaza de L’Almoina, o de los siglos I al IV d.C. bajo la calle del Mar o en la Plaza de Zaragoza. Del mismo modo encontramos restos de riadas acaecidas en la época musulmana (siglos IX, X y XI) nuevamente en la plaza de l’Almoina, en la calle del Mar o en los Baños del Almirante. También, pueden encontrarse testimonios de estas catástrofes en la literatura, como las que aporta el poeta Ibn Jafaya (1058-1138). El título de su poema (¡Otras inundaciones en Alcira!) es claramente indicativo de que ya llovía sobre mojado:

He vuelto a Alcira entre el trueno que retumba en mi oído
Y la lluvia que azota mis hombros y mi espalda con ruido
Como un ave paralizada por el temporal agresivo y bandido
Deseando llegar hasta sus polluelos atormentados en el nido
Viendo cómo se derrumban los muros por el desastre ocurrido
Bajo el peso continuo de las nubes, sin cesar en su cometido

A partir del siglo XIV es cuando se empieza a disponer de una información más sistemática y cronológicamente detallada. Así, tan sólo en la zona de Valencia, entre 1321 y la actualidad, se han contabilizado 27 grandes riadas, con un promedio de casi cuatro por siglo. Este número de episodios no se refiere a simples desbordamientos o crecidas, ya que, hasta mediados del siglo XX, cuando se construyeron la mayor parte de los embalses reguladores, casi todos los años los ríos de la costa mediterránea se salían de madre  al principio del otoño. Algunas de estas inundaciones fueron realmente terribles, y el agua llegó a alcanzar niveles superiores a los de la tristemente famosa pantanada de Tous en 1982, como atestiguan las placas señalando la altura que alcanzó el agua en muchas localidades ribereñas.

La ciudad de Alzira durante la riada de 1916

Este es el caso por ejemplo de la terrible inundación de 1864, conocida como la riada de San Carlos, que llegó a destruir por completo algunos núcleos de población que tuvieron que ser abandonados. Así ocurrió en la pedanía de Alcosser, situada cerca de la confluencia entre los ríos Júcar y Albaida, y adscrita a la baronía de Alberic.

A pesar de las múltiples evidencias documentales sobre la persistencia en el tiempo de esta larga secuencia de desastres, tras la reciente catástrofe ocurrida en Valencia, se ha recurrido al cambio climático para explicar su violencia e intensidad. Estas cotidianas e insistentes advertencias catastrofistas sobre el futuro climático están basadas en la hipótesis de que el Planeta se está enfrentando a un gran peligro. Este riesgo se asocia al calentamiento excepcional y crítico que (según la insistente información cotidianamente difundida por los medios) está experimentando la Tierra, como consecuencia de las emisiones antrópicas de CO2 a la atmósfera. Sin embargo, existen numerosas evidencias de que la situación actual no es, ni mucho menos, crítica (de hecho, estamos atravesando una de las etapas más frías dentro de la historia planetaria) y el presente calentamiento corresponde simplemente a un episodio más de los numerosos Cambios Climáticos registrados a lo largo del tiempo.  

En otras palabras, que la intermitente presencia de las DANA han sido una constante a lo largo de los siglos, sin que los registros indiquen un aumento de intensidad ni de frecuencia. Como ha detallado la Asociación de Realistas Climáticos en un reciente comunicado (véase también el artículo Riadas, gotas frías y DANAs: breve recorrido por la desmemoria y los despropósitos climáticos, recientemente publicado en Entrevisttas.com), las riadas a consecuencia de las DANA se han producido siempre, no van a dejar de hacerlo, y su presencia no está relacionada con los aumentos o disminuciones de la temperatura planetaria.


La gestión durante las cuatro últimas décadas

La historia climática de la región mediterránea indica con claridad que las lluvias que produjeron las inundaciones del pasado 29 de octubre 2024, como ocurre con otras fuerzas de la naturaleza, eran inevitables, pero previsibles y mitigables. Y, ante la certeza de que harían acto de presencia tarde o temprano, del mismo modo que volverán a aparecer en el futuro, cabe preguntarse qué han hecho las autoridades durante las últimas décadas para intentar minimizar los impactos de las imparables fuerzas de la naturaleza. Dejando aparte las obras romanas, árabes y algunas pequeñas presas erigidas antes del siglo XIX, la construcción de los grandes embalses se inició a principios del siglo XX, teniendo un impulso definitivo a partir de los años 50, con el denominado Plan de Transformación y Colonización, que supuso la construcción de 615 embalses. La presa de La Serena, en Badajoz, culminada en 1990, representó la última gran obra hidráulica de aquel programa, que no ha tenido continuidad hasta el presente, a pesar de que las demandas de agua han seguido creciendo y las DANA han seguido haciendo acto de presencia.

Crecida del río Turia en su cauce viejo a su paso por Valencia (1870, fotografía de Jean Laurent)

La gran riada de Valencia de 1957 estimuló el desvió del río Turia mediante el denominado Plan Sur, cuya eficacia ha quedado demostrada durante este otoño de 2024. Años más tarde, la gran pantanada de Tous en 1982 introdujo imprescindibles elementos de reflexión sobre lo que debía hacerse para minimizar los efectos de las lluvias torrenciales.

Desde la instauración de nuestra democracia, dejando aparte la etapa de la transición, a lo largo de cinco décadas, las responsabilidades de gobierno han sido alternantes entre los dos partidos mayoritarios, el PSOE y el PP, tanto en el gobierno central como en la Comunidad Valenciana. Y, para analizar correctamente lo ocurrido recientemente en el Barranco del Poyo y en la Huerta Sur de Valencia, con perspectiva histórica, es imprescindible revisar la gestión que ambos partidos han desarrollado sobre esta problemática específica, tanto a nivel nacional como autonómico y municipal,

El primer intento para detectar y preservar las zonas inundables en la zona afectada por la reciente DANA se realizó desde el Consejo Metropolitano de la Huerta (entidad creada en 1987 por el gobierno autonómico del PSOE y disuelto por decisión del Partido Popular en 1999). Las normas derivadas de los estudios realizados por dicha entidad fueron aprobadas en 1988, pero no fueron publicadas en el Diario Oficial de la Generalitat Valenciana hasta 1993, a pesar de que durante este largo intervalo de 5 años hubo continuidad del PSOE en el gobierno autonómico.

En 1995 fue el PP quien alcanzó el poder autonómico, que mantuvo hasta 2015, y durante esas dos décadas, se desarrollaron las siguientes actividades:

  • En 1996, la Conselleria de Medio Ambiente aprobó un proyecto para adaptar los cauces de los barrancos del Poyo, Torrent, Chiva y Pozalet. En aquellos momentos y por razones medioambientales, dicho proyecto fue muy controvertido y contestado por la oposición, siendo finalmente frenado por la Comisión Europea.
Aspecto que tenía Barranco del Poyo a su paso por Chiva, antes de la DANA de octubre de 2024. Es evidente que su configuración requiere de obras imprescindibles para mitigar futuras avenidas
  • En 1997, el gobierno autonómico publicó el Mapa Regional de Riesgo de Inundación, que teóricamente debía ser de obligada consulta en la redacción de los planes urbanísticos y territoriales.
  • En el año 2000 se diseñó un Plan Global de prevención de las inundaciones del Júcar, que proponía construir tres presas (Estubeny, Marquesado y Montesa) para controlar prácticamente la mitad del área con alto riesgo de inundaciones de esta cuenca, que no estaba controlada por los embalses ya construidos de Tous, Bellús y Forata.
  • En 2001, el gobierno central (correligionario con el gobierno autonómico del PP) elaboró un ambicioso Plan Hidrológico Nacional que contemplaba la conexión de la cuenca del Ebro con las cuencas mediterráneas más meridionales. En uno de los anexos de dicho plan, estaba prevista la construcción de una presa en el Barranco del Poyo, aguas arriba de Cheste. Este Plan fue derogado cuatro años más tarde, en 2005, después del acceso del PSOE al gobierno nacional.
  • En 2003, la Generalitat aprobó el Plan de Acción Territorial sobre Prevención del Riesgo de Inundación de la Comunidad Valenciana (PATRICOVA). Durante el intervalo transcurrido entre 2004 y 2011, mientras los gobiernos central y autonómico estuvieron dirigidos por fuerzas políticas rivales, la ejecución del PATRICOVA no se vio favorecida por la cooperación entre las instituciones de ambas administraciones. En realidad, podría decirse que se declaró una verdadera guerra del agua entre ellas. Así, el Estudio para la Defensa Integral contra avenidas de la Rambla del Poyo nunca llegó a cristalizar en ninguna acción concreta. Del mismo modo, el proyecto de adecuación ambiental y drenaje de esa misma cuenca hacia la Albufera (dividido en varios subproyectos), que inició su redacción en 2006 y  consiguió la declaración de impacto ambiental favorable en 2011, tampoco fue ejecutado. La declaración de impacto ambiental de dichos proyectos,  que era válida para cinco años, alcanzó su fecha de caducidad sin ejecución, por lo que fue imprescindible reiniciar completamente su tramitación desde el inicio.

En 2015, la llegada al poder autonómico del PSOE rompió la hegemonía que había tenido el PP desde 2011, cuando había mantenido simultáneamente el poder también en el gobierno central. Es decir, que durante ese intervalo de más de cuatro años, se desperdició la situación favorable de cooperación entre las entidades estatales y autonómicas para la ejecución de las obras proyectadas.

En 2018, con el retorno del PSOE al gobierno central, se estableció un nuevo periodo de uniformidad política entre la administración central y la autonómica de la Comunidad Valenciana, que se mantuvo hasta mediados de 2023. Sin embargo, ese largo intervalo de tiempo tampoco fue aprovechado para ejecutar las obras pendientes. A nivel nacional, en la política desarrollada prevaleció la demolición de barreras fluviales sobre la construcción de nuevos embalses. Así, se aprobó una nueva planificación hidrológica para la cuenca del Júcar, en la que ya no aparecían las presas de Estubeny y Marquesado, mientras que para el embalse de Montesa, apenas se ha iniciado la tramitación de su declaración de impacto ambiental. En paralelo, la realización de obras en el Barranco del Poyo fue imposibilitada por su incompatibilidad con la Ley de Protección de la Huerta, aprobada por el gobierno autonómico del PSOE.

Dice la sabiduría popular que entre todos la mataron y ella sola se murió, expresión coloquial (también políticamente incorrecta por sus connotaciones machistas), indicativa de que se está achacando a alguien el daño producido por muchos y que nadie remedia. Algo así está ocurriendo con las terribles consecuencias de esta dramática inundación, atribuida gratuitamente y sin pruebas al cambio climático.

Efectos de la DANA de octubre de 2024 en una de las localidades afectadas

Cuando en octubre de 2024 sobrevino la terrorífica DANA que se llevó por delante más de doscientas vidas, las obras previstas desde dos décadas antes no habían sido ejecutadas. Y en paralelo, las previsiones de aplicación preceptiva sobre inundabilidad para la ordenación del territorio, no habían sido respetadas. La secuencia de decisiones opuestas anteriormente descrita, derogando las prescripciones de gobiernos anteriores, dilatando con injustificable lentitud decisiones que debieran haber sido tan inaplazables como urgentes, o simplemente mirando pasivamente hacia otro lado, induce a sospechar que la rivalidad política, las diferencias ideológicas y el fanatismo ecológico han primado sobre la seguridad de la población.

Sin embargo, es sorprendente que las aristas de esa rivalidad se suavicen y desaparezcan cuando hacen acto de presencia otros intereses. Es muy llamativo que en 2017, ocho municipios de la huerta sur hoy afectados por la DANA (Albal, Aldaia, Alfafar, Manises, Massanassa, Picanya, Quart y Xirivella), en aquel momento gobernados algunos por el PSOE y otros por el PP, adoptaron posturas similares y litigaron con la Confederación Hidrográfica del Júcar. En su demanda, consideraban excesivas las restricciones que se les había impuesto sobre los límites de suelo inundable. Afortunadamente, el Tribunal Supremo mantuvo los criterios de la Confederación, porque de no haber sido así, las consecuencias de la reciente riada del 2004 en esos mismos pueblos, hubiesen sido aún más catastróficas.

Como colofón a tanto despropósito, no es menos chocante que en noviembre de 2024, cuando aún se estaba limpiando el barro de las calles y viviendas en las localidades afectadas, la responsable del Ministerio de Transición Ecológica en el gobierno del PSOE que había paralizado durante años la construcción del embalse que hubiese evitado la catástrofe en el Barranco del Poyo, haya sido ascendida a vicepresidenta de la UE, y que para más inri, dicha promoción se la deba a los votos del PP europeo.

Ante estas piruetas políticas, cabe preguntarse cuales son los verdaderos motivos que hay detrás de las decisiones de los representantes elegidos con nuestros votos, tanto locales y autonómicos, como nacionales o europeos. ¿Lo hacen pensando en los intereses de los ciudadanos que representan o en sus propios intereses y equilibrios? Lope de Vega,  uno de los autores más famosos de nuestro Siglo de Oro, acuñó un celebérrimo pareado: ¿Quién mató al Comendador? ¡Fuenteovejuna, Señor!. Si Lope hubiese vivido en el siglo XXI y Fuenteovejuna hubiese estado en la Huerta Sur valenciana, quizás hubiese debido invertir el sentido de sus versos para decir: ¿Quién mató a Fuenteovejuna? ¡Los gobernantes a una!. Por eso, el aforismo merienda de negros parece perfectamente aplicable a esta situación. Pero, en este caso, no debe considerarse como denigrante o despreciativo hacia los africanos, sino hacia nuestros incalificables políticos.


Las DANA y los cambios climáticos: una merienda de negros
por Enrique Ortega Gironés