Hubo un tiempo, especialmente a mediados del siglo XIX, en que la geología gozaba de una enorme popularidad. Informaciones sobre los hallazgos de grandes fósiles de dinosaurios ocupaban frecuentemente las primeras páginas de los periódicos con grandes titulares. No le iban a la zaga las virulentas discusiones sobre la edad de nuestro planeta, en las que las ideas revolucionarias de los primeros geólogos contradecían la historia establecida en los textos bíblicos. Lo mismo ocurrió cuando se hicieron públicas las ideas de Darwin y la incesante búsqueda de los eslabones perdidos en la cadena evolutiva. Y aprovecho esta cita, para reivindicar las grandes aportaciones de este científico a la geología. Porque a Darwin se le suele encasillar en el campo de la biología por su famosa obra El origen de las especies, pero en realidad publicó más artículos sobre temas geológicos que biológicos, entre ellos la hipótesis que explica el origen de los atolones del Océano Pacífico, que conceptualmente es todavía hoy aceptada como válida.
Mas tarde, a principios del siglo XX, la geología fue perdiendo popularidad, cediendo su lugar en las preferencias del público a otros temas tan apasionantes como los descubrimientos sobre la estructura atómica de la materia, la exploración astronómica sobre la inmensidad y el origen del universo, o las fascinantes relaciones entre el espacio y el tiempo postuladas por la Teoría de la Relatividad.
Esta posición secundaria en el interés de la opinión pública (salvo algún impacto aislado, como por ejemplo el producido por las ideas de Wegener sobre la deriva de los continentes, posteriormente confirmadas por la tectónica de placas) ha continuado hasta la actualidad. De hecho, la geología aparece en los medios de comunicación sólo esporádicamente y siempre en relación con las catástrofes producidas por terremotos o erupciones volcánicas.
Además, este declive ha venido acompañado por una progresiva disminución de la presencia de la geología en los planes educativos, convirtiendo a la geología no sólo en una ciencia secundaria sino prácticamente ignorada para las nuevas generaciones. En efecto, desde hace décadas, existe en los planes educativos un marcado desequilibrio entre la geología y el resto de ciencias básicas como son la física, la química, las matemáticas o la biología. Esta falta de equidad es especialmente sensible en el campo de las denominadas ciencias naturales, donde la biología domina abrumadoramente en el contenido de los programas.
Las sucesivas reformas de los planes de educación han condenado a la geología a una marginalidad inexplicable, que ahora aún se pretende empeorar con una nueva reforma. Si el objetivo de la educación sobre la naturaleza es proporcionar a los alumnos la información necesaria para comprender el mundo en el que vivimos, esos conocimientos se quedan sustancialmente incompletos si no incluyen una información geológica suficiente. Esta afirmación no debe interpretarse, con una óptica simplista, como una reivindicación estrictamente corporativa, sino como una apreciación objetiva de los problemas que puede acarrear para la población, la falta de un conocimiento geológico elemental, similar al que los planes de educación proporcionan para otras ciencias básicas.
En la época que estamos viviendo, la protección de la naturaleza (afortunadamente) constituye una de las principales preocupaciones de nuestra sociedad. Pero toda la atención está concentrada en la biota, en la flora y en la fauna, tendiendo a olvidar que el sustrato de rocas y suelos sobre el que la vida se desarrolla es imprescindible para el desarrollo de la vida. Desde esta óptica sesgada, se tiende a considerarse que los riesgos para el equilibrio ecológico afectan exclusivamente a los reinos animal y vegetal, olvidando los parámetros del reino mineral que afectan dicho equilibrio.
Además, en la práctica, la falta de un conocimiento elemental sobre los mecanismos naturales que han controlado la historia geológica de nuestro planeta tiene graves consecuencias en la percepción social de los riesgos ante catástrofes naturales. Desde hace décadas, se viene atemorizando a la población sobre las horribles consecuencias del calentamiento global y la anómala velocidad de ascenso del nivel del mar. Y estas amenazas, con frecuencia injustificadas, tienen un mayor impacto como consecuencia de la falta de conocimientos geológicos básicos de la historia de la Tierra. Porque nuestro querido planeta, en tiempos pasados, ha experimentado temperaturas mucho más elevadas que las actuales, al mismo tiempo que el nivel del mar se elevaba a velocidades mucho más rápidas que las que se están observando ahora.
Las consecuencias derivadas de esta falta de atención a los conocimientos geológicos, no afectan sólo a la opinión pública, sino que tiene derivaciones más graves. La clase política es un reflejo de la sociedad que les aúpa al poder, y por lo tanto reflejan en sus decisiones institucionales las preferencias de quien les han votado. Y esta ignorancia conduce a la aprobación de normativas aberrantes o a la adopción de decisiones funestas que propician grandes catástrofes. Así ha ocurrido repetidas veces durante los últimos años en España, al permitir la construcción en áreas inundables o cancelar la construcción de infraestructuras hidráulicas imprescindibles.
Desgraciadamente, esta situación no afecta sólo a nuestro territorio, sino que puede decirse que se trata de un problema global. A lo largo de las últimas décadas y por motivos profesionales, he podido visitar los ministerios y entidades responsables de la gestión medioambiental de muchos países del mundo. Y he podido comprobar que sus equipos técnicos estaban integrados muy mayoritariamente (por no decir de forma exclusiva) por especialistas medioambientales, biólogos, botánicos y zoólogos. Estas especialidades son indudablemente imprescindibles para las tareas medioambientales, pero no son suficientes si están ausentes los conocimientos geológicos. ¿Cómo se puede gestionar adecuadamente el equilibrio de la flora y de la fauna con su entorno sin tener en cuenta el sustrato en el que viven?
¿Cómo se puede detectar y medir la contaminación del suelo o del agua sin tener en cuenta la composición natural del subsuelo? Esta omisión no es baladí y en la práctica ha generado errores muy graves en la gestión medioambiental, porque hay ocasiones en que la naturaleza es tóxica o peligrosa para la salud, sin que ello implique ninguna alteración contaminante producida por la mano del hombre. Eso es lo que ocurre por ejemplo con las aguas o los suelos desarrollados sobre determinados tipos de rocas o el entorno de algunos yacimientos minerales, antes de su explotación minera. En estos casos, el contenido en determinados elementos puede exceder de los valores límite (umbrales) para ser considerados como contaminación, a pesar de que su presencia se deba a procesos estrictamente naturales. Son muy frecuentes los casos en que se detectan contaminaciones a partir simplemente de unos análisis químicos, sin caracterizar a las rocas del subsuelo ni identificar el posible origen natural del supuesto contaminante.
El mejor ejemplo que conozco de este tipo de situaciones ocurrió hace algunos años en un país nórdico. En el patio de un colegio, durante el recreo, una niña se cayó y se hizo una pequeña herida que, posteriormente, se infectó. Su padre, preocupado por la causa de la infección, solicitó a las autoridades un análisis del suelo del patio. Los resultados indicaron que aquella tierra contenía una mínima cantidad de plomo, tan sólo de unas pocas partes por millón, un valor completamente normal que puede encontrarse en cualquier suelo en cualquier lugar del mundo. Sin embargo, de acuerdo con la normativa medioambiental del país, aquel suelo estaba contaminado. Como ocurre algunas veces, el tema se magnificó en la prensa, se hinchó como una bola de nieve y se convirtió en un problema político de primer orden y las autoridades decidieron analizar los suelos de todos los colegios de la zona. Todos fueron catalogados como contaminados y el escándalo continuó aumentando. El Ministerio de Educación se vio obligado a elaborar un plan para remover esos suelos y sustituirlos por otros no contaminados. El verdadero problema se planteó cuando fue imposible localizar dentro del país suelos con valores de plomo por debajo del supuesto límite de contaminación.
La moraleja de esta historia es muy clara, no tiene ningún sentido prohibir ciertos niveles de determinados elementos químicos, cuando su existencia es debida a procesos naturales. Las normativas que se hacen a espaldas de las leyes de la naturaleza conducen a la aparición de problemas ficticios, que podrían evitarse si se tuviese en consideración el contexto geológico de la supuesta zona contaminada.
No deja de ser llamativo que, ante situaciones como la anteriormente descrita, los especialistas medioambientales suelan catalogarlas como contaminación natural. Esta denominación, aparentemente inocente, pero con evidentes connotaciones negativas, encierra además un grave contrasentido. Si definimos como contaminación a la modificación artificial de la composición natural, es impensable que la naturaleza se contamine a sí misma. Y, el sesgo antes mencionado entre la geología y otras ciencias naturales ha llegado a reflejarse en el lenguaje. Así, ante la presencia de una toxicidad natural asociada a un organismo vivo (por ejemplo, una seta mortífera o el veneno de una serpiente), se acepta implícitamente su toxicidad, sin ninguna connotación negativa asumiendo que forma parte de la naturaleza, de la biodiversidad. Sin ningún género de dudas, se trata de una calificación absolutamente correcta, aunque subliminalmente discriminatoria respecto de la contaminación natural, igualmente derivada de procesos totalmente naturales que, utilizando los mismos criterios, podrían considerarse como consecuencia de la geodiversidad.
Un mayor conocimiento elemental de la historia geológica de nuestro planeta, introduciendo las mejoras necesarias en los planes educativos, permitiría entender mucho mejor el mundo que nos rodea y adquirir una capacidad de análisis más objetiva sobre amenazas medioambientales infundadas.
Como conclusión, no debe olvidarse que la geología es una ciencia fundamental para comprender la dinámica y el comportamiento de nuestro planeta, gestionar sus recursos de forma sostenible y prevenir riesgos naturales, afrontando con conocimiento de causa los retos que plantea el cambio climático y la ordenación del territorio. Un mayor conocimiento elemental de la historia geológica de nuestro planeta, introduciendo las mejoras necesarias en los planes educativos, permitiría entender mucho mejor el mundo que nos rodea y adquirir una capacidad de análisis más objetiva sobre amenazas medioambientales infundadas.
El resplandor digital de las de más de 50. Dos versiones. ¿Cuál es la tuya?
Primera versión:
Si alguien me hubiera dicho, hace quince años, que un ejército de mujeres de más de cincuenta iba a conquistar Instagram con más gracia que las influencers de veintidós, le habría contestado que me pasara lo que estuviera fumando. Pero aquí están: las Carinas, las Mercedes, las Pilarines, las supervivientes de divorcios, menopausias, maternidades tardías, jubilaciones anticipadas y otras guerras cotidianas del patriarcado. Y ahora, además, las reinas indiscutibles del like.
Con sus gafas de cerca colgando del cuello —porque una ya no está para tonterías ópticas— se lanzan a grabar vídeos de recetas que jamás saldrán en MasterChef, pero que alimentan mejor que cualquier moda detox. Se intercambian consejos, reflexiones, filtros y hasta memes cochambrosos sobre lo dura que es la vida cuando te levantas y lo primero que cruje no es el parqué, sino tus propias rodillas. Sin ser tan exhaustivas, negociantes o polémicas como Martha Stewart, han conseguido abrirse paso entre un mundo ideado para la juventud.
No buscan seguidores, buscan cómplices. Esas mujeres saben que no están ahí para exhibirse, sino para encontrarse: para descubrir que no están solas, que aún son poderosas, que el mundo no se acabó cuando la sociedad dejó de mirarlas por la calle. Y cuando una recibe un comentario de otra diciendo «qué guapa estás hoy, hija», lo celebra como si le acabaran de conceder un Goya a la trayectoria.
Algunas han sobrevivido a dictaduras, a recortes, a jefes imbéciles, a maridos menos actualizados que un Nokia del 2002. ¿Cómo no van a poder con las redes sociales? Y mientras los analistas se preguntan por el auge de las usuarias senior, ellas siguen ahí, colgando fotos de sus nietas, sus viajes, sus plantas o sus pies en la playa, porque no les da la gana de pedir permiso para existir.
Sororidad digital, lo llaman. Ellas lo llaman amigas.
Segunda versión:
En el silencio azul de la madrugada, cuando la casa ya ha exhalado todas sus sombras, Helena enciende la pantalla del móvil como quien abre un relicario. La luz le baña el rostro, marcando cada surco con cierta dignidad antigua, y ella sonríe. En ese resplandor, sus hermanas la esperan.
No se conocen en persona, pero comparten un santuario digital: un círculo de mujeres de más de cincuenta en adelante que, cada noche, se reúnen en sus redes como si se convocaran en un salón secreto. Han aprendido a pronunciar su nombre en voz alta de nuevo. Han aprendido que sus cuerpos, sus historias, sus arrugas y sus heridas pueden ser contadas sin vergüenza. Pueden ser, incluso, atractivas.
Helena desliza el dedo y encuentra los rituales de su comunidad: fotos de manos fuertes, de cabellos plateados que caen como seda pesada, de libros abiertos sobre colchas tibias. Hay vídeos cortos donde una de ellas confiesa haber llorado hoy y otra le responde con palabras suaves, tan suaves que parecen un abrazo. Ninguna está sola; todas sostienen el hilo invisible que las une.
En este territorio que crearon juntas, la edad no es un peso, sino un título. Son guardianas de su propio fuego, tejedoras de memorias, y las RRSS —ese templo moderno— les ofrecen un espacio para renacer sin pedir disculpas. Cuando una muestra su rostro recién despertado, otra responde con una celebración silenciosa: la belleza auténtica ha emergido, luminosa, sin filtros.
Las mujeres del círculo no compiten; se elevan unas a otras. Se nombran hermanas. Y cuando Helena apaga el teléfono, todavía siente en la piel la delicada vibración de la sororidad, como si miles de manos invisibles la hubieran tocado con ternura.
Porque en ese universo de luz y palabras, han descubierto que la conexión es un acto sagrado. Y ellas —maduras, sabias, invencibles— lo celebran cada noche.
Dos versiones sobre la sororidad digital Por Carmen Nikol
Desde hace varias décadas, se viene atemorizando a la población con informaciones sobre las consecuencias que puede tener el calentamiento global para el futuro del Planeta y de la Humanidad. Las noticias que se difunden sobre esta problemática suelen tener un tomo alarmista y catastrófico, responsabilizando a las actividades humanas, especialmente a las emisiones de CO2 a la atmósfera, del calentamiento que está experimentando la Tierra. Para frenar y revertir el aumento de la temperatura, la mayor parte de los países están adoptando políticas climáticas que inducen a condicionar y restringir algunos aspectos de la vida cotidiana, como por ejemplo la alimentación, el transporte, el consumo de energía o la libertad de desplazamiento, limitaciones que implican importantísimas consecuencias económicas. La imposición de este tipo de medidas se apoya en un supuesto consenso científico sobre el origen humano del calentamiento global y sus dramáticas consecuencias, profetizadas para las próximas décadas gracias a sofisticados modelos climáticos que utilizan millones de datos meteorológicos y las más poderosas herramientas informáticas disponibles.
Sin embargo, ese alardeado consenso está lejos de existir, porque miles de científicos (entre ellos, varios premios Nobel) opinan que el calentamiento que está experimentando el Planeta no es extraordinario, ni crítico ni peligroso. La información geológica, que permite reconstruir la historia climática del Planeta a lo largo de miles de millones de años, demuestra que el calentamiento actual está ocurriendo de acuerdo con los ritmos ancestrales que impone la naturaleza desde el principio de los tiempos. Estos datos indican no sólo que las temperaturas actuales están muy lejos de ser anómalas (por el contrario, son frías en comparación con las alcanzadas en épocas anteriores) sino que, además, la evolución térmica de la Tierra es independiente del contenido de CO2 en la atmósfera.
La tozuda realidad, la que se deriva de la observación de los procesos naturales, desautoriza las interpretaciones catastrofistas del calentamiento global, ya que ninguno sus dramáticos pronósticos se han cumplido. En efecto, en contra de los vaticinios, el nivel de aumento del nivel del mar es hoy más lento que en épocas anteriores (las ciudades costeras y archipiélagos del Océano Pacífico no han sido tragados por las aguas), el hielo ártico no ha desaparecido y el antártico está aumentando, el planeta no se está desertizando (por el contrario, es cada vez es más verde) y las estadísticas indican que no hay un aumento en la frecuencia e intensidad de los desastres naturales.
Sin embargo, a pesar de la flagrante contradicción entre realidad y vaticinios, la interpretación que atribuye a las actividades humanas la responsabilidad del calentamiento del Planeta, en lugar de considerarse como una simple hipótesis, se erige como una verdad absoluta que no puede ser discutida. Ese es el dogma que sustenta las políticas climáticas oficiales y que, gracias a una formidable campaña de publicidad a nivel global, han conseguido incrustar el miedo al cambio climático en la conciencia colectiva. Ese logro ha sido posible gracias a un enorme y continuado despliegue informativo en los medios de comunicación, en las redes sociales (incluyendo la Inteligencia Artificial) y también en los programas educativos. En efecto, en los libros de texto, empezando por los niveles más elementales de la educación, se presenta la hipótesis antrópica del calentamiento global como un hecho probado e indiscutible, educando a las nuevas generaciones con las mismas informaciones sesgadas que inundan periódicos y noticieros.
Existe por lo tanto una considerable presión mediática que, gracias a un gigantesco embudo informativo, empuja la conciencia social colectiva hacia un pensamiento único. Esta situación empieza a tener una deriva peligrosa que recuerda a las sociedades descritas en las fábulas distópicas escritas por Aldous Huxley (Un mundo Feliz) y Georges Orwell (1984). Ambas novelas, a pesar de sus diferencias de estilo y planteamiento, tienen un inquietante punto en común porque en sus respectivas tramas, barridas por el viento del desarrollo tecnológico, han desaparecido las libertades individuales y la diversidad cultural, como si fuesen entelequias arcaicas. La comparación entre las sociedades descritas en dichas novelas y alguna de las tendencias que se observan en el mundo actual, es la que ha llevado al autor a la escritura de la fábula anovelada, cuya portada encabeza este artículo y cuyo título toma como clara referencia las mencionadas obras de Huxley y Orwell.
2064, un mundo no tan feliz constituye la tercera entrega de una trilogía focalizada en conflictivos temas medioambientales. La primera parte (No es oro todo lo que reluce) estuvo dedicada al uso del mercurio en la minería artesanal del oro. La segunda (El encinar del plutonio) centrada en la energía nuclear y los residuos radioactivos. Y, esta tercera, centrada en la problemática del cambio climático y el calentamiento global, donde la narración se proyecta hacia un futuro no muy lejano, donde los protagonistas deben hacer frente a las adversas consecuencias derivadas de las políticas fallidas que han pretendido ejercer un control sobre el clima. La acción se inicia en 1989, cuando al mismo tiempo que se derrumbaba el Muro de Berlín, una élite global maniobra para establecer un nuevo orden mundial, basado en el miedo, convirtiendo el ecologismo en una nueva religión, que servirá como excusa para limitar libertades y manipular a la población. Las bases conceptuales de la narración se fundamentan en los criterios científicos detallados en los numerosos artículos publicados aquí, en Entrevisttas.com y en la obra Cambios Climáticos, escrita conjuntamente con Jose Antonio Saénz de Santa María y con Stefan Uhlig. Con este telón de fondo, la novela trata de alertar sobre las consecuencias económicas y sociales del derroche (tan contraproducente como estéril) de miles de millones de euros en una guerra inútil contra un cambio climático sobre el que no tenemos capacidad para frenar ni para revertir.
Leyendo las novelas antes mencionadas desde la perspectiva actual, debe reconocerse la formidable intuición que tuvieron sus autores hace un siglo. En aquellos momentos, ellos aún desconocían las capacidades que en el futuro tendrían los medios de comunicación, antes de que Joseph Goebbels empezase a aplicar en Alemania las técnicas propagandísticas basadas en la repetición exhaustiva de ideas falsas para convertirlas en verdades. Ellos no podían vislumbrar ni por asomo el enorme potencial de la tecnología hoy disponible, aunque en cierto modo, los omnímodos poderes del Gran Hermano pueden considerarse precursores de las herramientas cibernéticas actuales.
Hoy, a punto de culminar el primer cuarto del siglo XXI, mirando a nuestro alrededor, podemos observar cómo se cumplen con asombrosa precisión las profecías de Huxley. La mayoría de la población acepta con naturalidad e indiferencia las distorsiones de la realidad, un entramado de medias verdades y flagrantes falsedades que inducen el miedo climático, mientras disfruta de la mayor comodidad y de las mejores diversiones que ha tenido la humanidad desde el inicio de los tiempos.
Esta situación se ha alcanzado después de una larga evolución, registrada a lo largo de las últimas décadas, gracias a lentos cambios progresivos en la escala de valores, donde han influido significativamente las modificaciones introducidas en los sistemas educativos. Es decir, gracias a lo que se ha denominado ingeniería social. A lo largo de la Historia, han sido los conceptos religiosos o nacionalistas (y con frecuencia, una combinación de ambos), los que a menudo han servido de excusa a los gobernantes, o a las élites dirigentes, para satisfacer sus ambiciones personales a costa de imponer sacrificios a la población. Durante siglos, a los ciudadanos normales, se les ha imbuido de la imprescindible necesidad de autoimponerse restricciones y sacrificios, sufriendo en este mundo para optar a la recompensa de la vida eterna, ya fuese en el cielo cristiano o en el paraíso de la huríes.
En el siglo XVIII, conocido como Siglo de las Luces, la fulgurante evolución de la Ciencia, la Ilustración y la Revolución Industrial, se llevaron por delante en buena medida los criterios religiosos como vertebradores sociales, imponiendo (al menos teóricamente), criterios basados en la Razón y el Conocimiento. Como consecuencia, gobernantes y dirigentes se vieron obligados a recurrir a nuevas estrategias de movilización y de control de la población, ya que las doctrinas religiosas, dejaron de ser mayoritariamente efectivas como instrumento político. En los países donde las doctrinas y credos fueron erradicadas por razones ideológicas, o en aquellos otros donde las religiones fueron permitidas, aunque bajo regímenes dictatoriales, la solución fue simple: censurar y filtrar la información para que la población sólo pudiese acceder a la parte de la realidad que les interesaba a sus dirigentes.
Pero ¿cómo mantener esa capacidad de movilización y dirección social en un régimen democrático? Es complicado imponer un criterio único, cuando oficialmente existe libertad de pensamiento, sin restricciones para acceder, publicar o difundir cualquier tipo de información. Sin embargo, como ha demostrado la experiencia, se puede conseguir el objetivo deseado mediante la implantación de una estrategia múltiple.
En primer lugar, estableciendo un sistema de educación selectivo, que proporcione los conocimientos necesarios para el mantenimiento de la economía y del desarrollo tecnológico, pero limitando la capacidad crítica, minimizando la formación en aquellas materias que ayudan a analizar y evaluar la realidad por comparación con periodos anteriores, como son la Filosofía y la Historia.
En segundo lugar, proporcionando a la población una variada y completa oferta lúdica, que inhiba la curiosidad y los estímulos hacia inconvenientes o inoportunas reflexiones sobre la realidad. Los emperadores romanos ya aplicaron con éxito esta fórmula, el conocido lema de panem et circenses.
Y, en tercer lugar, introduciendo un sucedáneo eficiente que supla el papel aglutinante y generador de la capacidad de sacrificio que antaño proporcionaba la religión. Dicho sustitutivo, apareció de forma espontánea y poco llamativa hace algunas décadas, aunque no tardó mucho en llamar la atención de dirigentes y políticos. El movimiento ecologista surgió en la década de los años 70 del siglo XX, y pronto consiguió un logro tan imprescindible como urgente: concienciar a la humanidad de que el equilibrio de la naturaleza es frágil y de que es necesario poner freno a una contaminación desenfrenada y creciente.
Gracias a las ideas ecologistas, ha sido posible romper la inercia de comportamientos sociales inaceptables, creando conciencia sobre los problemas de medio ambiente y cambiando los hábitos cotidianos de millones de personas. Es este un mérito indiscutible e incuestionable, que debe ser reconocido como tal, ya que, sin su contribución, la situación y las perspectivas de futuro del medio ambiente en nuestra querida Tierra, no serían hoy las mismas.
Sin embargo, la implantación y aceptación social del ecologismo ha sido tan fulgurante, ha tenido tal impacto social, que aquel movimiento inicialmente espontáneo y desinteresado, se vio rápidamente abocado a participar en la vida política, aumentando progresivamente su cuota de poder, accediendo a responsabilidades legislativas y de gobierno, así como a ingentes recursos económicos, y evolucionando en sus estrategias hacia los comportamientos habituales en política. Inicialmente, los partidos políticos tradicionales contemplaron la irrupción del ecologismo con escepticismo y reticencia, mirándolo por encima del hombro con aires de superioridad. Pero pocos años después, a la vista de su meteórica evolución, se vieron obligados a incluir en sus programas las nuevas doctrinas, so pena de perder un buen porcentaje de votos.
Así, progresivamente, el ecologismo se fue desvirtuando respecto de sus planteamientos iniciales para convertirse, salvo raras y honrosas excepciones, en lo que es hoy: una palanca, un instrumento en el que apoyarse para conseguir objetivos políticos y económicos, utilizando como excusa los graves problemas medioambientales que afectan al planeta. Y en la cresta de la ola de esa tendencia de politización interesada se encuentra la lucha contra el calentamiento global, una cruzada de dimensiones planetarias en la que se están invirtiendo recursos astronómicos, a pesar de las advertencias de numerosos y prestigiosos científicos sobre la inutilidad de dichas inversiones.
La lucha contra el calentamiento global se ha convertido en una especie de nueva religión, la doctrina que proporciona los argumentos imprescindibles para que los ciudadanos asuman de buen grado sacrificios que de otra forma serían inaceptables. En todo sistema religioso son imprescindibles las verdades que se tienen como ciertas, que no tienen por qué ser demostrables y no pueden ser puestas en duda, porque constituyen el núcleo de la creencia. Es decir, los dogmas, que deben ser obligatoriamente aceptados, aunque existan muchas evidencias sobre su falta de realidad. En la nueva religión climática, el dogma principal sobre el que se basa toda la doctrina, afirma que el Hombre es responsable exclusivo del calentamiento global, y como ocurre en todas las religiones, quien no acepte esa verdad debe ser estigmatizado.
En la nueva religión climática, el dogma principal sobre el que se basa toda la doctrina, afirma que el Hombre es responsable exclusivo del calentamiento global, y como ocurre en todas las religiones, quien no acepte esa verdad debe ser estigmatizado.
Afortunadamente, el mundo actual está todavía lejos de las distópicas sociedades descritas por Huxley y Orwell, ya que los patriarcas de la nueva religión no han alcanzado todavía el control absoluto de la sociedad. Sin embargo, no deben minimizarse los riesgos que conlleva la progresiva intromisión en nuestras vidas de la nueva religión, limitando de forma creciente las libertades individuales, como demuestra la Agenda 2030 y el Green Dealdiseñado por la Unión Europea.
Estas son las reflexiones a las que invita la lectura de 2064, un mundo no tan feliz, una fábula que intenta alertar sobre un futuro potencialmente peligroso y oscuro si se continúan y acentúan ciertas derivas actuales. A quienes hayan leído Un mundo feliz y 1984, no les costará reconocer que, desde el punto de vista conceptual, el control de las redes sociales empujando hacia un pensamiento único recuerda bastante al Gran Hermano y los manejos estadísticos de los datos climáticos por parte del IPCC no difieren mucho de las maniobras que realizaban la Policía del Pensamiento o el Ministerio de la Verdad.
Por eso, volviendo al encabezamiento de este artículo, cabe preguntarse ¿qué es lo que supone un mayor riesgo para la humanidad, el calentamiento global o la política climática? Aldous Huxley fue capaz de responder una disyuntiva similar con una frase genial: Una dictadura perfecta tendría la apariencia de una democracia, pero sería básicamente una prisión sin muros en la que los presos ni siquiera soñarían con escapar. Sería esencialmente un sistema de esclavitud en el que, gracias al consumo y el entretenimiento, los esclavos amarían su servidumbre. El refranero español, por su cuenta, lo dice de una forma más sucinta y directa, puede ser peor el remedio que la enfermedad.
¿ Qué supone un riesgo mayor, el calentamiento global o la política climática? por el geólogo Enrique Ortega Gironés
El sol de la tarde era de justicia y se filtraba entre las celosías de la casa de Carlos, proyectando sombras alargadas sobre las paredes encaladas, y en el aire flotaba un aroma denso a madera vieja, incienso y tabaco. Manuela estaba de pie, junto a la ventana, con los brazos cruzados sobre el pecho y, desde ahí, podía ver las tierras secas, la plaza vacía y el campanario que se recortaba contra el cielo pálido de invierno.
Carlos la observaba desde el sillón, con las piernas abiertas y una copa de brandy en la mano. Su camisa de lino estaba desabrochada mostrando su escote de hombre joven pero curtido, mostrando su piel tostada por el sol y la vida en el campo. Había en su mirada algo que mezclaba arrogancia y deseo. No era un hombre acostumbrado a que le hablaran con desafío. Y menos por voz de una mujer.
—Sigues pensando que esto es una cuestión de justicia, como el sol que hoy nos aprieta —dijo él, con voz grave—. Que si te rebelas, que si te niegas a aceptar lo que es, algo va a cambiar. Pero las cosas no cambian, Manuela. Se aceptan y se sufren. Y da gracias que, quizá, también aquí puedan llegar las políticas de Azaña.
Ella no respondió de inmediato. Había ido hasta su casa con un propósito claro: hacerle entender que no se rendirían sin más. Pero ahora, en la penumbra del salón, sintiendo el peso de su mirada recorrer su cuerpo, las palabras se le enredaban en la garganta.
—La gente no aguantará siempre —murmuró al fin—. Llegará el día en que… Con Azaña o sin Azaña.
Carlos sonrió, inclinándose un poco hacia adelante.
—También llegará el día en que serás mía, Manuela.
El corazón de ella latió con fuerza. No era la primera vez que él insinuaba algo así. Desde hacía años, Carlos la miraba como quien mira algo que le pertenece pero que aún no ha reclamado. Y eso la llenaba de rabia… pero también de una sensación peligrosa. Algo en su sangre bullía cada vez que estaban cerca, cada vez que la rodeaba con esa seguridad tan suya, con esa certeza de que, al final, todo acabaría en su favor. La enfurecía que él fuese hombre que tan seguro está de sí mismo en todo, tanto en sus discursos como frente a ella.
—No te equivoques —dijo Manuela, sin moverse de su sitio—. Yo no soy una de tus tierras. No puedes comprarme. Y solo te seguiré si consigues luchar contra el poder que nos oprime.
Carlos se levantó con lentitud y caminó hacia ella. Era más alto y más fuerte que el resto de jornaleros. Imponía no solo con su voz y con su palabra, también con su magnífico físico varonil. El aire entre los dos se volvió espeso, casi sofocante.
—No quiero comprarte —susurró, deteniéndose tan cerca que pudo oler el jabón rústico de su piel—. Quiero que vengas por voluntad propia.
Manuela sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No sabía si era por la rabia o por el deseo que la quemaba desde dentro. Porque había deseo, sí. Lo había desde hacía tiempo. Desde aquellas noches en la romería, cuando él la miraba desde el otro lado del fuego. Desde las madrugadas en que cruzaban caminos en el campo y ella sentía su presencia incluso antes de verlo.
Pero no iba a dárselo. No así. No cuando él seguía siendo medio amigo de quienes les oprimían.
—Nunca —dijo, con la voz más firme de lo que esperaba.
Carlos alzó una ceja y sonrió.
—Eso ya lo veremos.
En la alcaldía, Alfredo hablaba en voz baja con Eduardo, el sacerdote. Había llegado la noticia de que la república se debilitaba. Quizá una nueva ley agraria consolidaría las posesiones de los leales al siguiente régimen. En el valle aún no era preocupante, pero las clases podrían entrar en fuertes disputas.
—Es cuestión de orden, padre —dijo Alfredo, con ese tono de quien está acostumbrado a que sus decisiones no se cuestionen—. La estabilidad de España depende de que cada cosa esté en su sitio.
Eduardo, con su sotana negra, asintió lentamente. Sabía que, en el fondo, no había nada de orden en aquello. Solo poder. Poder y miedo. A veces conseguía creerse el papel de sacerdote, pero siempre acababa poniendo sus miras en el poder, a pesar del miedo, a pesar del orden.
Al día siguiente, ya lindando la noche, en la taberna, Carlos compartía una botella de vino de mesa con otros jornaleros que, como él, buscaban la forma de rebajar sus quebraderos de cabeza y sus dolientes espaldas, fruto de una larga jornada de trabajo. Quizá él era el menos afectado pero, como todos, también debía trabajar entre polvorientos campos y sudorosas compañías. El ambiente estaba cargado de tensión. Sabían que el abuso no podía sostenerse para siempre. Y, si bien él sabía cómo hablar con el Alfredo, el alcalde, y con Don Felipe, no dejaba de ser un jornalero más.
Fuera, desde la ventana de la taberna que daba a la plaza, Manuela los observaba y sentía que, si entraba, a pesar de sus ganas de participar entre las conversaciones masculinas que, sin duda, a ella la atañían tanto como a los demás, no podría sostenerle la mirada a Carlos y temía que él la pudiera intimidar. Pero, eso debía cambiar…
El amanecer en San Pedro del Valle llegó con un cielo gris y pesado, como si el aire mismo estuviera impregnado de una tensión latente. El viento frío del norte acariciaba las casas de piedra del pueblo, haciendo que el sonido de los tejados crujiera bajo su presión. Manuela, a pesar de la oscuridad, ya estaba en pie, con el rostro iluminado solo por la tenue luz del alba que se filtraba por las rendijas de la ventana. Y, en sintonía con el día, en su interior, la oscuridad y la rabia se unían generando una inmensa frustración que la mantenía despierta. Sentía que cada día que pasaba parecía un grillete sobre el sentido de su vida.
Su casa, humilde y situada al margen del pueblo, era pequeña pero acogedora. Convivía con su padre, al cual pensaba cuidar tanto como él la cuidaba a ella, a pesar de vivir entre muros cubiertos con humedad y moho, propios de los inviernos largos y crueles de la zona. No había año que no volviesen a salir esos desagradables e insalubres mohos, a pesar de encalar todas las paredes. Manuela se ocupaba de encalar las partes bajas de cada pared desde muy niña. Cuando su madre aún vivía, ella siempre se dedicó a ayudarla con todo. No le quedaba otra: la mujer no dejaba de parir cada poco. Deseaban una gran familia, necesaria para ayudarles a trabar los campos, pero todos sus hermanos y hermanas fueron muriendo. Si no morían neonatos, morían a los días o a los pocos años.
A lo lejos, las montañas, ennegrecidas por la niebla, se alzaban como guardianes silentes del mundo que parecía cerrarse sobre ella. Su padre, Tomás, estaba en el corral, arreglando las herramientas, como todos los días. Si no estaba allí, estaba en el molino o en los campos. En su rostro se reflejaba la dureza de los años y las luchas constantes por subsistir. Porque, por mucho que trabajase, la riqueza que generaban no era para ellos. Les daba para vivir, pero se debían a Don Felipe, como casi todos por aquellos lares.
—Manuela —dijo Tomás, desde la puerta de la casa, con una voz ronca y áspera—. ¡Hoy hay que arreglar los campos antes de que se nos pase el tiempo!
Ella no respondió de inmediato. Últimamente, aunque trabajaba tanto como siempre, su mirada solía perderse en el horizonte. Algo dentro de ella escuchaba las palabras de Carlos, le venían a la memoria sus sesiones en la taberna y, cuando eso pasaba, se quedaba pensativa, con el ceño fruncido y con la mirada perdida.
—Voy —respondió finalmente, sin darle más explicaciones a su padre. La verdad era que la lucha interna que sentía por cambiar su destino era mucho más grande que las tareas diarias que le imponía la vida. Sí, cuidaría a su padre, pero no tenía por qué cuidarlo en un mundo tan injusto con los de su clase.
De vuelta en casa, Manuela observó las tierras que tanto trabajo les costaba cultivar. Pensó en cuántas generaciones de su familia las habían trabajado. Se fijó en cómo los surcos de esa tierra ahora estaban mucho más secos, y en cómo el viento arrastraba la tierra en lugar de ofrecer la fertilidad que alguna vez había tenido. El paisaje, como su vida, parecía estar desmoronándose, y la injusticia era un peso constante sobre sus hombros. La promesa de un cambio, de una lucha por la libertad y la independencia de sus tierras, resonaba cada vez con más fuerza en su corazón.
A lo lejos, en el pueblo, se alzaba la figura de Carlos, el joven agricultor que izaba la voz en sus discursos. Carlos era el más inteligente de entre la plebe. Por ello, aunque deseaba luchar con y por los de su clase, trataba con el régimen. Y era conocido por todos. No por ello se revelaban ni unos ni otros, pues se mostraba siempre como una figura amigable, alguien que, a pesar de sus discursos, no perdía oportunidad para sonsacar lo que considerara necesario. Sin embargo, Manuela no podía evitar la sensación de que Carlos podía estar jugando sucio.
Carlos, el reyecillo (así lo llamaban por tener un nombre muy habitual en la realeza) estaba hablando con Alfredo, el político local, en la plaza del pueblo. Ambos se encontraban de pie, como si estuvieran trazando una estrategia, pero no hablaban de nada que fuera públicamente visible. Alfredo, con su mirada astuta, hablaba sobre los próximos movimientos que tomaría la política para consolidar aún más su poder sobre las tierras y las vidas de los habitantes del valle.
—Hay que asegurarse de que todo esté en su lugar antes de la visita de los inspectores —decía Alfredo, mientras pasaba su mano sobre el sombrero, que parecía ser el único accesorio que le daba alguna gracia al conjunto de su traje gris—. Si lo conseguimos, la finca de Don Felipe será solo el principio.
—Yo voy a tratar de que las tierras se repartan entre quiénes las trabajan. Don Felipe tendrá algunas, con jornaleros mejor pagados, pero seguirá teniendo tierras. Sin embargo, Alfredo, y a ti también te conviene, sabes que con Don Manuel Azaña en el poder esto que te digo es lo propio. La tierra es para quien la trabaja. Y hay que demostrarlo. Esto acabarán siendo minifundios y no tanto latifundio.
Manuela, al pasar por allí, escuchó sus palabras y, sin pensarlo, se acercó hacia ellos. La rabia, que hervía en su pecho, no podía ser contenida más tiempo. Sin embargo, cuando vio a los dos hombres, se detuvo. Sabía que no podía hacer mucho frente a dos figuras tan poderosas en el pueblo. Pero, de pronto, retomó su primera intención y consideró que había llegado el momento de hablar.
—¿Cómo pueden ser ustedes tan insensibles? —les dijo, sin intentar suavizar sus palabras. Tomás la miró con cierto desdén, mientras Alfredo observaba en silencio.
—No somos insensibles. Bueno, Alfredo un poco más que yo —respondió Carlos riendo, mirando fijamente a Alfredo.
—La gente como tú nunca entiende —dijo Alfredo en voz baja, casi en un susurro—. Crees que todo se resuelve con luchas en las calles. Pero la verdadera lucha es diplomática y se lleva a cabo dentro de ciertas paredes: es ahí donde se toman las decisiones. Y en esos lugares… los de tu clase no tienen cabida. Con todo, tu padre y tú quizá consigáis recoger buenas cosechas si finalmente se os concede la tierra. Siempre y cuando Don Felipe acate las órdenes de Don Manuel Azaña y vosotros sepáis cultivar… A día de hoy, ¡lo tenéis todo muy seco!
El desprecio de Alfredo era evidente, pero algo en sus palabras despertó una chispa en Manuela. Ella sabía que el poder que él mencionaba era el mismo que mantenía a su gente oprimida, pero también comprendía que, si no luchaba por algo más que la simple supervivencia, todo estaría perdido.
En ese instante, un carruaje se detuvo frente a la iglesia, donde Eduardo, el sacerdote, esperaba para dar la misa matutina. Era el carruaje de Don Felipe quien descendía del coche, acompañado por su hijo Alejandroy por otros miembros importantes de la comunidad. La presencia de Don Felipe siempre traía consigo una mezcla de respeto y miedo. Los habitantes del pueblo se apartaban al verlo, como si la misma tierra respetara su autoridad.
Carlos observó el carruaje y luego volvió su mirada hacia Manuela.
—El Bastión está cada vez más cerca de la caída —dijo Carlos, sin emoción en su voz—. Pero ya sabes cómo va esto. Mientras tanto, lo que nos importa es mantener el control. Te animo a que vengas a la taberna. En el Café Central tenemos charlas que creo que te interesarán. Y si tu padre no te deja venir sola, anímale a que venga contigo.
Manuela lo miró en silencio. Sabía que su lucha debía ser más allá de las palabras. Debía ser una acción. Pero esa acción aún no se había hecho posible. Mientras tanto, las ruedas del poder seguían girando, y ella, como muchos, se veía atrapada en la espera, deseando que algo cambiara, que el destino les ofreciera la oportunidad de tomar las riendas.
De pronto, una ráfaga de viento lanzó la melena de Manuela sobre su rostro. Carlos se la apartó con cuidado, con un gesto tan suave que a ella la tomó por sorpresa. Sus miradas se cruzaron con una intensidad inesperada, como si algo profundo los conectara. Carlos tocó su cara e hizo el ademán de acercarse para besarla, pero Manuela se giró con rapidez y tomó el camino de regreso al molino. No se giró, ni dijo nada, pero Carlos sintió, con una convicción difícil de explicar, que algún día sería ella la que lo buscaría. Y mientras Manuela se alejaba, Carlos recitó para sus adentros:
En la penumbra del alma callada, nace un suspiro que nunca se irá, tal cual la brisa rozó su cara, tal que un recuerdo volverá a mirar.
El sol se había ocultado tras las montañas que rodeaban el pequeño pueblo de San Pedro del Valle, en el corazón de la Castilla rural, y las sombras se alargaban sobre la vieja finca de Don Felipe, un hombre que llevaba décadas como patriarca de su familia. La finca, llamada El Bastión, reflejaba el poder antiguo y la decadencia que acompañaban a la vieja aristocracia española bajo el gobierno de la Segunda República. Su majestuoso edificio se estructuraba a través de pasillos oscuros, preciosos jardines y una gran sala de estar que parecía haber sido soñada por siglos. Era el refugio del aún cacique que se configuraba como el principal bastión de la comarca.
Don Felipe caminaba por el salón principal, con los ojos fijos en el ventanal que daba a la vasta extensión de la finca. Pensaba en por qué no había querido participar en ningún tipo de corporativismo aristocrático. Y lo tenía muy claro: a él no le gustaba la gente y, ante todo, sentía que era el dueño de aquellas tierras, de aquel pueblo y de sus gentes. ¿Para qué necesitaba formar parte de ninguna unión aristocrática? Allí acabaría sus días, con su familia, con sus costumbres y contra lo que fuese necesario.
Entre los campos de Don Felipe, Carlos, un labrador de unos treinta años, ese día vestido con uniforme militar, caminaba en silencio. Sus pensamientos no tenían nada en común con los de Don Felipe. Era amigo de sus amigos y un hombre respetado entre los jornaleros. Adoraba a su padre y solía tener conversaciones con él que, a pesar del amor que le confería, sufrían de la diferencia generacional.
—No lo comprendes, padre —dijo Carlos, interrumpiendo el silencio—. El régimen está por cambiarlo todo. Este viejo mundo no tiene cabida en lo que está por venir.
Su padre lo miró sin decir palabra, pero su rostro mostraba una amarga resignación.
—Este mundo aún tiene mucho que ofrecer —respondió el antiguo capataz con voz grave—. Pero eres tú quien no lo entiende.
La tensión entre ambos era palpable. Mientras su padre se aferraba a las costumbres aún vigentes, Carlos representaba una nueva era, una época en la que los valores del franquismo serían llevados a extremos insostenibles, aún inimaginables.
En una aldea aledaña, Manuela, la joven hija del campesino Tomás, caminaba por las calles recientemente empedradas. Sus ojos oscuros reflejaban el desdén por la opresión que sentía. La vida en la aldea no era fácil para los trabajadores como ella, que vivían al margen del poder de los grandes terratenientes como Don Felipe. Tomás estaba marcado por la lucha constante por la supervivencia. Manuela, sin embargo, no quería resignarse. Su juventud la embriagaba con rebeldía. Aunque su vida estaba definida por cierta miseria, su mente siempre había sido ambiciosa.
—Cariño, es importante que sepas cuándo callar. Recuerda lo que te digo. No eres más que una chiquilla y no quiero que te metas en problemas.
Mientras tanto, en la iglesia local, Eduardo, el sacerdote, oficiaba misa con el rostro impasible, como siempre. Los feligreses se arrodillaban con devoción, pero bajo la capa de religiosidad se escondían certezas algo retorcidas. El padre Eduardo era un hombre que se había alineado con el Don Felipe en todo momento, y aunque su fe seguía siendo fuerte, sabía que la iglesia jugaba un papel importante en el control social. Los murmullos sobre los abusos del poder eran algo que se callaba, pero que en los pasillos oscuros de la iglesia eran bien conocidos.
—La gente cree en nosotros —le decía el padre Eduardo a su amigo y confidente Alfredo, el alcalde—. Y nosotros somos los que debemos mantener la paz en sus corazones. Después de todo, es lo que nos mantiene a todos en su lugar.
Alfredo, con su cara de hombre de negocios, asintió con una sonrisa astuta.
—Claro, padre —respondió Alfredo—. Todos sabemos que la religión y la política deben ir de la mano.
El Café Central, la taberna sita en el centro del pueblo, era el lugar donde se desmoronaban los silencios. Los jóvenes del lugareños, jornaleros en su mayoría, no se conformaban con su situación y solían reunirse allí, hablando en susurros, como si temieran que nadie escuchara sus palabras. Carlos, sin embargo, desde el pequeño tablao centrado en la sala, solía soltar palabras que los incitaban a tomar un poder que sentía pleno de justicia.
—La tierra debería de ser de quiénes la trabajan con sus manos —dijo, mirando a los demás—. Pero aquí, solo los herederos la poseen.
Manuela lo miraba desde su mesa, con ojos llenos de rabia contenida. Era de las pocas mujeres que, sin ser meretrices, se atrevían a pasar por allí.
—¿Y qué pasa con los que no tienen nada? —preguntó ella, en voz baja.
Carlos la miró con una sonrisa fría, consciente de su poder.
—Ellos no importan, ¿no? Lo que importa es lo que Don Felipe haya decidido que importe. Y el resto, nos ajustamos.
Poco después, en el Bastión, Don Felipe, tomando un cigarro de su cajetilla, cruzó unas palabras con su hijo mayor, Alejandro.
—Espero que entiendas —dijo Don Felipe— que este país, estas tierras, han sido construidos sobre sangre. Y eso no se puede olvidar.
Alejandro dio un paso hacia adelante y respondió.
—Y ¿qué se supone que vamos a hacer con esta sangre? ¿Dejar que nos ahogue?
—No, hijo —respondió Don Felipe—. La sangre nunca debe olvidarse. Pero también hay que saber cuándo detenerse. Ten claros tus tiempos y no sigas siempre mi ejemplo.
En ese momento, un par de figuras se vislumbraban a lo lejos, caminando hacia la finca. Eran bien conocidas, la habituales: don Alejandro y el padre Eduardo. Se acercaban con un aire de complicidad.
—Don Felipe, ¿cómo se encuentra? —saludó Alfredo, extendiendo la mano con una sonrisa forzada.
Don Felipe asintió, pero no extendió la mano.
—Bien, Alfredo. ¿Y tú?
Alfredo sonrió de manera calculada.
—Bueno, bueno. Aquí andamos. Siempre con los mismos problemas. Pero nada que no se pueda arreglar, ¿verdad, padre? —dijo, dirigiendo su mirada hacia el sacerdote.
Eduardo, que había estado callado todo el tiempo, finalmente habló.
—El régimen, me dicen, avanza con pasos firmes, Don Felipe. No hay vuelta atrás.
La respuesta de Don Felipe fue escueta.
—Ya veremos. —Dijo con su distintiva voz profunda, llena de una incertidumbre que todos en la habitación podían percibir.
El día en que todo cambiaría estaba llegando. El Bastión, ese antiguo símbolo de poder, estaba a punto de enfrentar su destino, y en cada rincón del pueblo de San Pedro del Valle, la tensión comenzaba a crecer. Nadie sabía si las viejas estructuras del poder seguirían dominando o si algo nuevo se levantaría sobre los escombros.
El viento comenzó a soplar con fuerza, haciendo crujir las ramas de los árboles en los jardines de la finca. Una tormenta se avecinaba, y su sombra lo cubría todo.
El Bastión Capítulo 1: El bastión por Carmen Nikol
Es muy habitual en esta época escuchar en los medios de comunicación que, como consecuencia del cambio climático, está aumentando la frecuencia y la intensidad de los fenómenos meteorológicos extremos. Uno de ellos son los ciclones tropicales, que reciben diferentes nombres según su distribución geográfica: huracanes, en el Atlántico y en el Pacífico Oriental; tifones, en el Pacífico Central y Occidental; y ciclones, en el Océano Índico. La Figura 1, a continuación, muestra la trayectoria seguida por el enorme número de ciclones tropicales ocurridos en el Atlántico Norte (desde 1851) y en el Pacífico Norte Oriental (desde 1949).
Figura 1: Trayectoria seguida por los ciclones tropicales del Atlántico Norte (desde 1851) y del Pacífico Norte Oriental (desde 1949).
La industria cinematográfica siempre ha tenido una especial querencia por rodar películas relacionadas con las catástrofes, por eso no puede sorprender la aparición en Netflix de la serie denominada Después del huracán, dedicada a la catástrofe provocada por el Katrina.
¿Pero es cierto, como se dice machaconamente, que el número y la intensidad de los huracanes en nuestro planeta va en aumento? La climatología histórica proporciona información fidedigna sobre la evolución de estos fenómenos meteorológicos que, aún siendo extremos, no tienen nada de extraordinario, ya que son habituales en muchas zonas del mundo y a lo largo de la historia.
El análisis de más de 800 documentos históricos del período colonial español (cuadernos de bitácora de los galeones que atravesaban el Atlántico), evidencia que hubo un aumento significativo de huracanes y ciclones tropicales a finales de los siglos XVI y XVIII. Por el contrario, el siglo XVII fue relativamente tranquilo, con un menor número de ciclones y de los naufragios que de ellos se derivaron.
Si comparamos estos datos históricos con los resultados del análisis dendrocronológico de los anillos de crecimiento de los pinos centenarios, puede comprobarse que existe una disminución del 75 % en el número de ciclones tropicales durante el periodo frío denominado mínimo de Maunder (1645-1715), cuando disminuyó el número de manchas solares y la energía recibida del sol, por lo que bajaron las temperaturas de forma apreciable. Durante los tres siglos y medio que transcurrieron entre los años 1500 y 1850, más de 600 barcos españoles se hundieron al cruzar el Atlántico como consecuencia de los huracanes. Estos datos demuestran que, durante la Pequeña Edad de Hielo, una época fría y obviamente preindustrial, el Atlántico experimentó con frecuencia condiciones meteorológicas extremas. Las modernas investigaciones científicas (meteorológicas y de otro tipo) evidencian que las oscilaciones oceánicas tienen una gran influencia en los patrones climáticos y, por lo tanto, también en los fenómenos meteorológicos denominados extremos.
Para comprender estos procesos meteorológicos debe tenerse en cuenta la enorme extensión de agua que existe en nuestro Planeta. La Tierra tiene una superficie de unos 510 millones de km2 de los que, en la actualidad, cerca del 70,7 %, es decir unos 361 millones de km2, están ocupados por mares y océanos. Este inmenso volumen de agua hace que los océanos sean los acumuladores de calor más grandes de la Tierra y que desempeñen un papel fundamental, probablemente el más importante de todos, en la evolución del tiempo meteorológico y del clima. Esta importancia es especialmente sensible en las zonas tropicales (cerca del ecuador), donde la formación de nubes encima de los océanos tiene gran influencia en la evolución de corrientes y vientos marinos, de las temperaturas de las aguas superficiales y de otros parámetros. Además, esa influencia se extiende hacia otras regiones oceánicas alejadas de la franja ecuatorial, hacia los polos, influyendo en la cobertura de nubes bajas, un componente que tiene una influencia muy grande en la evolución de la temperatura de la atmósfera.
Las interdependencias e interacciones entre los sistemas Sol – Océanos – Atmósfera terrestre son muy complejas y todavía hemos de aprender muchas cosas para poder entenderlas correctamente. A los efectos del contenido de este artículo, para comprender los mecanismos que controlan su formación, describiremos brevemente unos fenómenos cíclicos a los que se han denominado oscilaciones oceánicas. Dichas oscilaciones representan variaciones periódicas en la temperatura y dirección de desplazamiento del agua oceánica. Estos cambios cíclicos son conocidos en todos los océanos del mundo y su interacción juega un papel fundamental en la evolución climática. Así, la Oscilación del Atlántico Norte (NAO North Atlantic Oscillation en inglés), al interaccionar con la Oscilación Ártica (AO Artic Oscillation en inglés), controla la evolución meteorológica en nuestras latitudes europeas, al ser responsable de los contrastes entre la zona de aires cálidos y elevadas presiones en las Azores al sur, con zonas de bajas presión y aires más fríos en el norte (zona de Islandia).
La intensidad de la Oscilación del Atlántico Norte (NAO) se cuantifica mediante el denominado índice NAO, definido por las diferencias entre las presiones medias en dos estaciones meteorológicas de referencia, una en las Azores y la otra en Islandia. Cuando la diferencia es grande, el índice NAO es positivo (NAO+). Cuando la diferencia es baja, el NAO es negativo (NAO-). La NAO es responsable de las tendencias climáticas multianuales, generando inviernos suaves con abundantes precipitaciones en Europa central, cuando la tendencia es NAO+, mientras que condiciona inviernos relativamente fríos y secos en las regiones del Mediterráneo y del África del Norte cuando la tendencia es NAO-.
Otro parámetro meteorológico de gran importancia es el AMO (Atlantic Multidecadal Oscillation en inglés), que describe los cambios cíclicos repetidos en las corrientes del Atlántico que tienen influencia en las temperaturas del agua cerca de la superficie, afectando también a las temperaturas de la atmósfera en el hemisferio norte.
Se habla de una fase positiva del AMO (valores positivos del índice AMO+), cuando masas de agua cálidas de las zonas tropicales fluyen más a menudo hacia el norte del Atlántico, aumentando la tasa de deshielo. Las fases negativas (valores negativos del índice AMO-) se corresponden con las situaciones meteorológicas de efectos opuestos, cuando las masas de agua cálidas fluyen más lentamente hacia el norte. Las consecuencias típicas de un AMO negativo son temperaturas más bajas en el norte de América y de Europa, al mismo tiempo que aumenta la masa de hielo polar. Por el contrario, las zonas árticas sufren una disminución de hielo durante las fases positivas del AMO, como ha ocurrido durante las últimas décadas, aunque parece que la fase positiva actual está perdiendo fuerza desde el comienzo del nuevo milenio.
La influencia del AMO es muy importante en la evolución de las precipitaciones. Así, los periodos de grandes lluvias en el norte de Europa se corresponden con las fases de un índice AMO negativo y los períodos de baja actividad solar, mientras que al mismo tiempo disminuyen las precipitaciones en el sur de Europa, norte de África y la costa oriental de Norteamérica.
Del mismo modo, la AMO ejerce una influencia significativa en el desarrollo de los huracanes. Si analizamos el número de huracanes ocurridos después de la Pequeña Edad de Hielo, entre 1856 y 2005 (ver Figura 2), se puede comprobar que su frecuencia evoluciona siguiendo los ciclos de la Oscilación Multidecadal Atlántica. En la misma gráfica se observa también que el promedio de número de huracanes por década no ha aumentado significativamente durante el siglo XX, a pesar de las informaciones que al respecto aparecen en los medios de comunicación, especialmente al final de cada verano.
Figura 2: Comparación entre la ciclicidad del índice de la Oscilación Multidecadal del Atlántico (AMO, eje Y izquierdo, línea roja (AMO+) y azul (AMO-) con la desviación respecto de la media (valor cero) de la frecuencia de huracanes en el Atlántico entre 1856 y 2005 (eje Y derecho, línea verde). Datos de huracanes obtenidos de Atlantic Hurricane Database; el índice de la AMO se basa en informaciones de la región atlántica MDR (Atlantic Main Development Region en inglés).
Complementariamente a los datos representados en la Figura 2, los registros indican que desde 2005 hasta la actualidad ha descendido la fuerza, la duración y la frecuencia de los huracanes en el Atlántico Norte. Es decir, que no hay evidencias de que se estén intensificando los fenómenos meteorológicos extremos en este océano.
Se ha podido rastrear la actividad de las AMO desde hace varios siglos y se ha podido comprobar, atendiendo a las variaciones en la duración de cada oscilación, la extrema complejidad de las influencias e interrelaciones entre las variaciones de la actividad solar y los cambios en los océanos y la atmósfera. Las investigaciones científicas realizadas en las últimas décadas están permitiendo encontrar cada vez más indicios de que la evolución de las oscilaciones oceánicas coincide con los ciclos de la actividad solar de corto y medio plazo, como son los ciclos básicos de unos 11 años, o sus múltiplos como por ejemplo los de unos 22 años, o ciclos de unos 50-70 años como los que aparecen claramente representados en la Figura 2. Pero no debe olvidarse que la evolución temporal de estos procesos es muy compleja, ya que a estos ciclos de corta duración se les superponen probablemente ciclos largos de varios siglos de extensión, además de la influencia de los ciclos de la actividad solar de uno o dos milenios de duración.
Figura 3: Energía ciclónica acumulada (ACE) global (curva superior con puntos azules) y del hemisferio norte (curva inferior con puntos grises). El área sombreada de la diferencia entre ambas curvas corresponde a la ACE del hemisferio sur.
Otro parámetro importante para caracterizar los huracanes y ciclones tropicales es la medida de la energía ciclónica acumulada (ACE Accumulated Cyclone Energy en inglés). La energía liberada por los ciclones se estima con base a su duración, velocidad y otros parámetros. La Figura 3 muestra la evolución de la ACE (a nivel global y para el hemisferio norte) desde los años 70 del pasado siglo. La gráfica no muestra ningún aumento en la ACE en los últimos 52 años, sino una tendencia periódica de altibajos con un patrón similar a la evolución de la Oscilación Meridional de El Niño (ENSO El Niño Southern Oscillation en inglés). Es evidente pues que las oscilaciones oceánicas tienen una gran influencia en el desarrollo del clima y la formación de ciclones tropicales y es de esperar que investigaciones futuras sobre la ciclicidad de la actividad solar y su influencia en los fenómenos meteorológicos contribuya significativamente a refinar los modelos climáticos actuales.
Remontándonos más hacia atrás en el tiempo, son muy interesantes los estudios geológicos realizados en sedimentos de entre 2.500 y 10.000 años de antigüedad. En ellos se ha podido determinar la intensidad relativa de las tormentas mediante las velocidades del viento necesarias para transportar diferentes fracciones de tamaño de granos de arena. Y la evolución en el tiempo de dicha intensidad indica también la existencia de periodicidades de 200, 300 y 2.500 años aproximadamente, que coinciden con los ciclos de variación de la actividad solar.
Se ha interpretado que las fluctuaciones en la intensidad de las tormentas influyen en los regímenes de precipitación del norte de Europa. Como se muestra en la Figura 4, puede existir una relación con los cambios en la posición e influencia delos anticiclones de las Azores y el vórtice polar (panel superior de la Figura 4). Estos dos fenómenos atmosféricos, que tienen gran importancia meteorológica y climatológica en el Atlántico Norte, están controlados por las oscilaciones oceánicas, que a su vez dependen de la energía solar incidente. En la gráfica inferior de la Figura 4 se observa también como existe una correlación entre el transporte de sedimentos a través de los iceberg (sedimentos derivados por el hielo) y la intensidad de las tormentas. No deja de ser sorprendente que los periodos de máxima intensidad de tormentas coincida con los óptimos climáticos del Atlántico y del Período Minoico.
Figura 4: Tormentosidad relativa (eje Y izquierdo) en el Atlántico Norte entre 2.500 y 10.000 años atrás (edad creciente de izquierda a derecha, eje X) con la evolución del cambio de posición de las frentes de las Azores (más al sur o más al norte, eje Y derecho del panel superior) y el aumento de los sedimentos derivados por el hielo (eje Y derecho del panel inferior).
Si hablamos de fenómenos meteorológicos extremos, no debemos olvidarnos de los tornados, esos remolinos cuyos vórtices de aire, generalmente llenos de polvo en espiral, giran sobre sí mismos y se desplazan por la tierra a velocidades de hasta 500 km/h, arrasando con todo lo que encuentran a su paso. Se forman principalmente en regiones y épocas donde existan grandes diferencias de temperatura, por ejemplo, cuando los aires cálidos del océano del Golfo de México se encuentra con vientos terrestres mucho más fríos provenientes de las Montañas Rocosas de los Estados Unidos. Estas diferencias de temperatura suelen ser mayores durante los períodos fríos que durante los períodos cálidos, cuando suele existir un mayor equilibrio térmico. Cada año, estos ciclones dejan una estela de devastación en Estados Unidos, donde además de tornado (esta palabra proviene del español, tornar) también se les conoce como twisters. Cuando los tornados se desplazan sobre el mar, sus espirales se llenan de agua y se denominan trombas marinas.
La Figura 5 presenta el número anual de tornados en los 48 estados contiguos continentales de Estados Unidos (CONSU) entre 1950 y 2022. La curva azul claro muestra el número total de tornados, la curva morada muestra sólo aquellos muy intensos (intensidad EF-2 o superior) y la curva roja muestra el número promedio anual de manchas solares, indicativa de la actividad solar. En Estados Unidos, la intensidad de los tornados se clasifica según su velocidad de propagación, utilizando una escala denominada Enhanced Fujita Scale (EF), que llega hasta EF-5 para tornados extremadamente fuertes. Los tornados más débiles de la clase EF-1 llegan a velocidades de hasta 110 mph (~177 km/h), mientras que los que alcanzan mayores velocidades se clasifican como clase EF-2 y superiores.
Figura 5: Representación del número anual de tornados en los 48 estados contiguos continentales de Estados Unidos (CONSU) de 1950 a 2024; curva azul claro: número total de tornados con línea de tendencia (polinomial); curva violeta: número de tornados con una intensidad de EF-2 o mayor; curva roja: número promedio de manchas solares observadas anualmente; eje y: número anual de tornados o manchas solares.
La gráfica de la Figura 5 muestra claramente que el número total de tornados anuales ha aumentado durante el período mostrado, mientras que el número de manchas solares ha disminuido ligeramente (línea roja). Sin embargo, es curioso que los tornados de mayor intensidad disminuyen ligeramente, sugiriendo que una menor intensidad solar favorece la formación de tornados, especialmente los tornados más débiles, mientras que los más violentos disminuyen. En cualquier caso, puede constatarse que, a pesar del calentamiento global (o quizás debido a él), el número de tornados devastadores en Estados Unidos ha disminuido a lo largo de los últimos 70 años.
Puede constatarse que, a pesar del calentamiento global (o quizás debido a él), el número de tornados devastadores en Estados Unidos ha disminuido a lo largo de los últimos 70 años.
Los datos de las gráficas expuestas indican que las interacciones entre los sistemas Sol, Océano y Atmósfera son muy complejas y aún estamos lejos de comprenderlas de forma completa, tanto en lo que se refiere a la actualidad como a los tiempos pasados, ya que han estado sujetas a cambios constantes, incluso durante tiempos geológicos recientes. Por otra parte, no debemos olvidar que la actividad de esos tres sistemas puede verse alterada por eventos aislados de corta duración, como son las erupciones volcánicas de gran intensidad.
Desde sus inicios, la humanidad ha tenido miedo a los inexplicables fenómenos meteorológicos que hoy se denominan extremos y que no se pueden controlar ni dominar. En cualquier caso, los datos estadísticos sobre la evolución en el tiempo de dichos fenómenos, indican con claridad que no existe un aumento crítico asociado a una inexistente crisis climática, y que los huracanes y los ciclones están apareciendo al mismo ritmo secular que la naturaleza viene imponiendo desde siempre. Pero una cosa es el mundo de la ciencia y otra muy diferente es el universo de la comunicación audiovisual y la tendencia generalizada que existe para atemorizar a la población con desastres climáticos. Hace algo más de una década, dos películas estadounidenses (Gasland y Tierra prometida), utilizando argumentos sesgados y fraudulentos, consiguieron desprestigiar la técnica petrolera de la fracturación hidráulica (la denominada técnica de fracking) para la extracción de petróleo y gas. Su impacto a nivel mundial fue tan alto, que muchos países (como el nuestro o el Reino Unido, por ejemplo) prohibieron su utilización, a pesar de que esta técnica venía utilizándose en los pozos de petróleo sin ningún problema desde finales de los años 50 del pasado siglo XX.
Hoy en día, tanto en Estados Unidos como en el Reino Unido, las perforaciones para extracción de petróleo y gas mediante fracturación hidráulica se han reiniciado sin que ninguna de las apocalípticas consecuencias profetizadas (incluyendo la contaminación de los acuíferos) se haya producido. Sin embargo, el tabú respecto de esta técnica persiste todavía en la opinión pública a nivel global. Por eso, no será de extrañar, que a pesar de todos los datos estadísticos y de las abundantes informaciones científicas, esta serie de NETFLIX pontifique (y se lleve el gato al agua) sobre los terribles efectos del cambio climático en la furia y frecuencia de los huracanes. Tiempo al tiempo.
Durante los últimos 10 meses han ocurrido tres desastres que han sobrecogido a la opinión pública por sus trágicas consecuencias en vidas humanas y/o daños materiales. A pesar de tratarse de tres calamidades completamente independientes entre sí (las inundaciones producidas por lluvias torrenciales, el colapso de la red de eléctrica y la proliferación de grandes incendios forestales), existe un claro paralelismo en los antecedentes y el desarrollo de esas tres desgracias. Esa convergencia obliga a preguntarse cuales son las razones para que exista una similitud tan sorprendente entre problemáticas tan distintas.
¿Fenómenos imprevistos o esperables?
Las DANAS o gotas frías son fenómenos periódicos y recurrentes en la costa mediterránea, que aparecen al inicio de cada otoño y que, con cierta frecuencia, alcanzan dimensiones catastróficas. Durante el último milenio, tan sólo en la costa valenciana, se han contabilizado, como promedio, tres inundaciones catastróficas por siglo. Se trata por lo tanto de fenómenos que se han repetido y se repetirán cada cierto número de años. Por lo tanto, la riada de octubre del 2024 en la Huerta Sur de Valencia no puede calificarse como imprevista.
Durante las semanas anteriores al apagón (abril 2025), la red eléctrica había mostrado signos de inestabilidad cuando la alimentación provenía en un porcentaje significativo de fuentes de energía renovables, especialmente la fotovoltaica. Desde el punto de vista técnico, este problema era perfectamente conocido ya que ese tipo de energía no garantiza la ciclicidad exacta de la corriente eléctrica. Así pues, el colapso que produjo el apagón generalizado era un riesgo conocido que tampoco puede tildarse de imprevisto.
Por otro lado, los incendios estivales hacen acto de presencia todos los veranos, siendo especialmente virulentos cuando coinciden con las olas de calor, que además se acentúan si la primavera ha sido lluviosa y el monte tiene mucha maleza. Siendo un fenómeno periódico y recurrente, con circunstancias agravantes conocidas, era por lo tanto previsible.
¿Se habían aplicado las medidas preventivas imprescindibles?
Por lo que se refiere a la DANA, estaba propuesto desde hace siglos el desvío de algunos de los cauces afectados y la construcción de presas de laminación (algunas de ellas estaban previstas en el derogado Plan Hidrológico Nacional que incluía el trasvase del Ebro), pero esos trabajos nunca fueron ejecutados. Tampoco, en los años previos, se había realizado adecuadamente la limpieza de los cauces para evitar el excesivo desarrollo de la vegetación.
Por lo que respecta a la red eléctrica, no se habían implementado en la red las mejoras técnicas imprescindibles para corregir las inestabilidades y fluctuaciones asociadas al predominio de las energías renovables.
Respecto de los incendios, en una buen aparte de nuestros montes se han abandonado o se han prohibido las actividades ganaderas, así como tareas de limpieza de matorrales y sotobosque, lo que ha hecho aumentar tanto los riesgos de incendio como las dificultades para su extinción.
¿Cuáles son las razones por las que no existió una adecuada prevención?
En los tres casos, los objetivos y argumentos ecológicos han jugado un papel determinante para impulsar o frenar, según el caso, las actividades que han conducido al desastre o que hubieran podido minimizar la catástrofe.
En la Dana de Valencia, fueron razones ecológicas las que se esgrimieron para derogar el Plan Hidrológico, paralizar la construcción de los embalses programados y el desvío de algunos barrancos, así como impedir la limpieza de los cauces.
En el caso del apagón, se pretendió alcanzar el hito ecológico de un suministro eléctrico basado totalmente en energías sostenibles, a pesar de los riesgos implícitos que eran bien conocidos por los técnicos.
Por lo que respecta a los incendios, han sido los criterios supuestamente ecológicos los que han inspirado las prácticas actualmente autorizadas en ganadería, silvicultura y cuidado del monte, propiciando así un aumento radical del riesgo de incendios.
¿Han reconocido las autoridades cuáles son las verdaderas causas?
En los tres casos, las autoridades estatales han desviado la atención de las causas reales de los desastres, poniendo el foco hacia otros supuestos culpables.
En el caso de la DANA se ha atribuido al cambio climático la responsabilidad de la trágica inundación, afirmando que el calentamiento global origina (a pesar de que los datos estadísticos acrediten lo contrario) temporales de lluvias torrenciales cada vez más intensos y frecuentes.
La entidad responsable de la gestión de la red eléctrica no ha reconocido los errores de planificación que condujeron al apagón, responsabilizando en primera instancia a la existencia de anomalías magnéticas en la atmósfera (que no fueron nunca demostradas), y en segundo lugar culpabilizando a las compañías productoras de electricidad.
Para los incendios, la responsabilidad ha sido atribuida también al cambio climático, que al producir olas de calor con temperaturas cada vez más altas y de mayor duración (aunque las estadísticas también demuestran lo contrario), intentando ocultar las consecuencias de la deficiente gestión silvícola y el origen intencionado de la gran mayoría de incendios.
¿Han reaccionado adecuadamente las administraciones responsables para hacer frente a la crisis?
En el caso de la DANA, han sido evidentes los fallos de todas las administraciones e instituciones responsables, ya que la población no recibió los avisos necesarios con la antelación requerida. Además, el envío de ayudas fue tardío (no se movilizaron a tiempo los enormes recursos disponibles) y descoordinado.
Por lo que se refiere al apagón, hubiese sido perfectamente evitable si no se hubiesen asumido riesgos innecesarios. El restablecimiento del servicio, como consecuencia de los errores cometidos, supuso un enorme esfuerzo que requirió la ayuda y el apoyo de redes eléctricas extranjeras.
En el caso de los incendios ha ocurrido algo similar a lo que ocurrió inmediatamente después de la DANA, ya que en algunos casos la ayuda ha sido inexistente (algunas poblaciones han quedado totalmente arrasadas) y los medios utilizados han sido insuficientes por falta de previsión, de mantenimiento de los equipos o por movilización tardía.
¿Han aceptado las instituciones su parte de responsabilidad?
En el caso de la DANA, desde el primer instante de la tragedia, se inició una batalla política entre la administración central, la administración autonómica y las agencias implicadas, especialmente la Confederación Hidrográfica del Júcar y la Agencia Española de Meteorología. Dicha batalla persiste en la actualidad sin que ninguna de ellas reconozca el más mínimo fallo en su gestión.
Por lo que se refiere al apagón, la entidad responsable de la gestión de la red eléctrica no ha reconocido ningún error, ni por la combinación de las energías que dio lugar al apagón, ni tampoco por la falta de previsión en la implementación de la tecnología necesaria para evitar ese tipo de riesgos. La situación ha derivado en una confrontación con las empresas generadoras de electricidad.
El caso de los incendios ha generado una situación muy similar a la de la DANA, el desencadenamiento inmediato de una batalla política entre la administración central, las administraciones autonómicas y las agencias implicadas, sin que ninguna reconozca ningún error.
¿Situación fortuita o sistémica?
Volviendo al primer párrafo de este artículo, la coincidencia de situaciones entre tres calamidades completamente independientes entre sí, dentro del breve intervalo de tiempo de unos meses, obliga a formular preguntas sobre las razones para que exista esta sorprendente similitud. De acuerdo con nuestro diccionario de la lengua, se entiende por situación fortuita aquella en la que algo sucede de manera inesperada, casual e imprevista. Teniendo en cuenta lo anteriormente mencionado, ninguno de los de los desastres descritos puede calificarse como fortuito.
Por otra parte, se puede entender que un conjunto de problemas es sistémico cuando se debe a un fallo del propio sistema, arraigado en sus características intrínsecas, y no como resultado de causas individuales o aisladas.
Atendiendo a las descripciones anteriores, es evidente que las estrechas similitudes entre tres procesos conceptualmente independientes apuntan directamente al carácter sistémico de los fallos detectados. Y esta constatación hace obligatorio preguntarse dónde están los fallos en el sistema.
Una primera aproximación podría sugerir que, como ocurre en todas las problemáticas que han sido objeto de politización, esos errores se deben a la confrontación política. Es decir, a las diferencias entre las posturas ideológicas sobre la ecología (a pesar de su apoyo unánime a la Agenda 2030) que defienden los distintos grupos políticos responsables de las administraciones e instituciones implicadas. Pero esa explicación, sin dejar de ser cierta, es superficial y sólo permite comprender una parte del problema. Somos muchos los ciudadanos convencidos de que, si se hubiese cambiado en cada administración o agencia a los representantes de un partido por sus opositores, no hubiese variado mucho el resultado final. Es decir, que las raíces del problema sistémico son más profundas y no dependen solamente de la ideología del partido que controla cada administración o agencia.
El verdadero problema, común a todos los partidos políticos, está en los mecanismos por los que se selecciona a las personas que alcanzan los puestos de responsabilidad. ¿Disponemos de los mecanismos de control para garantizar que lleguen hasta ahí personas con conocimientos y experiencia adecuados? Es evidente que no, como demuestra un simple repaso al currículum de las personas de todo el espectro político que ocupan ministerios, consejerías y altos cargos. Cuando un partido llega al poder, asigna y reparte los puestos de responsabilidad en función de criterios endogámicos, fidelidad en la militancia y favores debidos. Muchos de los dirigentes que deben responsabilizarse de gestionar las crisis como los tres ejemplos mencionados, nunca hubiesen alcanzado puestos de tanta responsabilidad por su competencia profesional. Y, si lo han conseguido, es exclusivamente gracias a su militancia política.
En la práctica sistémica de nuestra actual partitocracia, las entidades del poder del estado, central o autonómico se han convertido en simples transmisores de las decisiones adoptadas por los partidos, que se han constituido como una oligarquía que controla la soberanía efectiva. Y esta situación ha permitido, como hemos visto repetidamente a lo largo de los últimos lustros, que seamos gobernados por personas sin ninguna preparación para adoptar las decisiones esenciales sobre los sectores que deben gestionar. Mientras tanto, los verdaderos expertos, los funcionarios que conocen la problemática en profundidad, quedan relegados al papel de meros asesores, a quienes se les hace caso sólo cuando sus consejos van en la dirección políticamente correcta. O lo que es peor, se les utiliza como parachoques contra críticas por los errores cometidos.
Han pasado ya diez meses desde la DANA de octubre de 2024 y se acerca la temporada otoñal de gotas frías. Esperemos que la naturaleza sea benigna y nos conceda unos años de prórroga porque, si vuelven a presentarse lluvias tan torrenciales como las del año pasado, las infraestructuras necesarias para minimizar o reducir sus impactos, siguen pendientes de ejecución. A pesar de las graves consecuencias del apagón ocurrido el pasado mes de abril, las directrices de la política energética no han variado un ápice. Y por lo que respecta a los incendios (a la fecha de hoy aún siguen algunos activos), es demasiado pronto para saber cómo serán las lluvias de la próxima primavera y el nivel de riesgo que tendrán nuestros bosques el próximo verano. Pero, a juzgar por lo que hemos visto y oído hasta ahora, ¿existe alguna esperanza de que se introduzcan cambios significativos en la política de gestión forestal?
Los fallos en la gestión de la Dana, el apagón y los incendios, ¿son errores fortuitos o sistémicos? por el geólogo Enrique Ortega Gironés
Blanca Nieves es una talentosa desarrolladora de software que vive con siete programadores en un piso en la Belgravia. Su madre (que no madrastra), quien ya desde niña le inculcó su ingenio y sus motivos para continuar sus pasos en tal magnífica carrera, trabajaba para grandes compañías de computación y, ahora, con su propia empresa, utiliza un algoritmo de reconocimiento facial para preguntarle al espejo de su teléfono quién es la programadora más talentosa. Es más moderna que la del cuento original, sí; pero, eso no quita que vibra con sentimientos tan básicos como la envidia. ¡Y de su propia hija! El hecho de que Blanca Nieves sea tan reconocida en el sector junto con su propio descenso en el mundillo y ese aumento las arrugas han provocado en ella ese imperioso deseo de saber quién es la más talentosa. Al fin y al cabo, ella mismísima es la que lleva más tiempo en el sector. Pero, como éste cambia tan a diario, quiere tener un reporte continuo de si su hija la consigue superar o sigue siendo ella la mejor entre ambas.
Sus siete compañeros, junto a ella, crean una innovadora aplicación que revoluciona la industria y Blanca Nieves se convierte en un modelo a seguir para las mujeres en el campo de la tecnología. Con su habilidad para el desarrollo de software y su pasión por la tecnología, Blanca Nieves demostró ser una fuerza imparable en la industria. Sus contribuciones innovadoras y su capacidad para resolver problemas difíciles la convirtieron en una líder natural entre sus colegas. Los siete programadores con los que compartía su departamento no solo eran compañeros de trabajo, sino también amigos cercanos que admiraban su talento y ética profesional.
Sin embargo, y a pesar de su éxito, la madre de Blanca Nieves no podía soportar verla destacar y recibir el reconocimiento que merecía, por lo que decidió tomar medidas drásticas y utilizar su conocimiento sobre algoritmos para intentar desacreditar a Blanca Nieves. Diseñó un programa que intentaría robar el código de Blanca Nieves y atribuírselo. Pero, no fue lo suficientemente hábil y sus intenciones fueron descubiertas por los siete programadores, quienes estaban atentos a los movimientos sospechosos que fue generando su actividad.
El grupo se reunió y, con su experiencia combinada, desarrollaron una aplicación de seguridad cibernética que protegía el trabajo de Blanca Nieves y garantizaba que sus contribuciones no fueran robadas. Al mismo tiempo, crearon una plataforma en línea donde los profesionales de la tecnología podían colaborar, aprender y compartir conocimientos. Blanca Nieves fue la cara visible de esta iniciativa, y su reputación y talento atrajeron a una comunidad diversa de entusiastas de la tecnología.
La plataforma se convirtió en un éxito instantáneo y atrajo la atención de inversores y empresas líderes en la industria. Blanca Nieves y los siete programadores no solo habían defendido su trabajo, sino que habían creado un espacio donde las mujeres y las minorías en tecnología podían conectarse, aprender y prosperar.
Su madre, al darse cuenta de la verdadera magnitud de su error, comenzó a reflexionar sobre sus acciones y se unió a la comunidad para aprender y contribuir de manera positiva, pidiéndole disculpas a su hija. Blanca Nieves, que la había visto sufrir por su pérdida de poder en la industria y conocía cómo lo pasaba por hacerse mayor, le regaló unas vacaciones en las Bahamas y con ella se fueron los padres de los siete programadores.
La historia de Blanca Nieves y los siete programadores se convirtió en un ejemplo inspirador de solidaridad y superación en el mundo tecnológico. Blanca Nieves se convirtió en un modelo a seguir para las mujeres que aspiraban a una carrera en la tecnología, demostrando que el talento y la dedicación pueden superar cualquier obstáculo. Su madre, al transformar su envidia en aprendizaje y acción positiva, también se convirtió en un ejemplo de cómo es posible cambiar y contribuir al bien común.
El éxito de la plataforma no solo se limitó a la comunidad en línea, sino que también se extendió a eventos en persona organizados por Blanca Nieves y los siete programadores. Talleres, conferencias y hackathons se convirtieron en lugares donde los entusiastas de la tecnología podían reunirse, aprender y crear juntos. La comunidad creció rápidamente, y el impacto positivo se hizo evidente a medida que más mujeres y personas de diversas identidades de género encontraban un lugar donde sus habilidades y pasiones fueran valoradas.
Blanca Nieves no solo se destacó como una talentosa desarrolladora, sino también como una defensora apasionada de la diversidad y la igualdad en la tecnología. Utilizó su influencia para abogar por cambios en la industria, desde la inclusión en equipos de desarrollo hasta la eliminación de prejuicios en la selección de candidatos. Su voz resonó en toda la comunidad y atrajo la atención de líderes de la industria y políticos.
Su madre, mientras tanto, transformó su actitud y enfoque. Reconociendo el impacto negativo de sus acciones anteriores, decidió redirigir su experiencia en algoritmos hacia la creación de herramientas que mejoraran la seguridad y la privacidad en línea. Con la orientación de Blanca Nieves y los siete programadores, desarrolló soluciones que protegían a los usuarios de ataques cibernéticos y del robo de identidad. Recordemos siempre que, en línea, también nuestra identidad nos pertenece. Ya no somos solo una persona: somos varias. A bunch of guys, que dirían los americanos, aunque se refiriesen a otros contextos.
La historia de Blanca Nieves y los siete programadores se convirtió en un testimonio de cómo la adversidad puede transformarse en oportunidad y cómo la unión de personas con diversas habilidades y antecedentes puede generar un cambio significativo en la sociedad. El enfoque en la cooperación en lugar de la competencia llevó a un avance en la tecnología y a un ambiente más inclusivo para todxs: géneros y edades.
Su madre, una vez celosa y envidiosa, aprendió que el éxito no tiene que ser a expensas de los demás y que cada persona tiene un papel valioso que desempeñar en la comunidad. Su transformación sirvió como recordatorio de que las personas tienen la capacidad de cambiar y crecer, y que es posible redimirse y contribuir de manera positiva al mundo que nos rodea.
Sí, en última instancia, la historia de Blanca Nieves y los siete programadores destaca la importancia de la empatía, el respeto y la colaboración en la creación de un mundo en el que todos y todas podamos prosperar. La tecnología se convirtió en una herramienta poderosa para unir a las personas y crear un cambio positivo, y Blanca Nieves se convirtió en un símbolo de inspiración y liderazgo para las generaciones venideras en el campo de la tecnología.
A medida que la plataforma y la comunidad creadas por Blanca Nieves y los siete programadores continuaban creciendo, su influencia se extendió más allá de la industria tecnológica. Las colaboraciones con organizaciones sin fines de lucro y escuelas llevaron a la creación de programas educativos que fomentaban el interés en la programación desde una edad temprana, especialmente entre las niñas y los jóvenes de comunidades subrepresentadas.
Blanca Nieves se convirtió en una conferencista destacada en eventos internacionales, compartiendo su historia de superación y empoderamiento con audiencias de todas partes del mundo. Su enfoque en la inclusión y la igualdad en la tecnología la hizo un referente en la lucha por un cambio positivo en la industria.
Su madre, por su parte, continuó utilizando sus habilidades en algoritmos y seguridad cibernética para crear herramientas que protegieran a las personas en línea. Su transformación fue un ejemplo inspirador para quienes también estaban dispuestos a cambiar y aprender de sus errores. De hecho, juntas colaboraron en proyectos que combinaban diseño de software y seguridad cibernética para crear aplicaciones seguras y amigables para todos los usuarios.
Con el tiempo, la plataforma se convirtió en un ecosistema completo que apoyaba a programadores de todas las edades y niveles de experiencia. Desde tutoriales y cursos en línea hasta oportunidades de mentoría y pasantías: la comunidad que Blanca Nieves y los siete programadores habían construido se convirtió en un refugio para la innovación y el aprendizaje continuo.
La historia de Blanca Nieves y los siete programadores fue un recordatorio constante de que la tecnología no solo es una herramienta poderosa, sino también una fuerza unificadora que puede romper barreras y crear un cambio social significativo. La colaboración, la solidaridad y el enfoque en valores éticos y sociales se convirtieron en la piedra angular de la comunidad que habían construido.
En última instancia, la historia de Blanca Nieves y los siete programadores es un testimonio de cómo una visión audaz y un esfuerzo conjunto pueden llevar a resultados sorprendentes. Blanca Nieves no solo se destacó como una desarrolladora talentosa, sino como una líder inspiradora que demostró que la tecnología puede ser una fuerza para el bien en el mundo.
Su legado continuó mucho después de su tiempo, inspirando a generaciones futuras a perseguir sus sueños y utilizar la tecnología para crear un impacto positivo en la sociedad.
Blanca Nieves y los siete programadores por Carmen Nikol
El pañuelo de seda ha acompañado la historia de la humanidad desde tiempos antiguos, siendo testigo silenciosos de emociones, estilos y tradiciones. Es mucho más que un simple accesorio, es una obra de arte, un susurro de elegancia que atraviesa culturas, épocas y sentimientos. Su suavidad al tacto, su brillo, y la infinita variedad de colores y estampados lo convierten en un símbolo de belleza y sofisticación. Pero detrás de esta pieza de tela hay historias que se entrelazan como los hilos que la forman, anécdotas que evocan emociones profundas y costumbres que han resistido el paso del tiempo.
Una historia que envuelve siglos
El origen del pañuelo de seda se remonta a la antigua China, donde nació la seda como un secreto guardado con recelo. Según la leyenda, fue la Emperatriz Xi-Ling-Shih quien, al tomar un capullo de seda que había caído en el té, descubrió los filamentos suaves y brillantes de este material. Siendo conocida como la Diosa de la seda.
En China la seda era considerada un tesoro digno de emperadores. Durante la dinastía Han, el tejido brillante y delicado se usaba para confeccionar ropas y accesorios exclusivos de la nobleza. A través de la Ruta de la Seda, estos pequeños trozos de lujo cruzaron fronteras, llegando a Persia, Europa y más allá. Con el auge del comercio a lo largo de la Ruta de la Seda entre los siglos XIV y XV se intercambiaron bienes y cultura entre Europa y Asia.
En el Renacimiento, los pañuelos de seda adornaban los cuellos de aristócratas y nobles, quienes los consideraban no solo una prenda, sino un símbolo de estatus.
Con el tiempo, el pañuelo de seda se democratizó, dejando de ser exclusivo de los ricos para convertirse en un accesorio universal, aunque siempre cargado de un aire de refinamiento. Desde los mercados de Lyon hasta las boutiques parisinas, los pañuelos de seda conquistaron el mundo, no solo por su belleza, sino por lo que representan: cultura, creatividad y el arte de expresar sin palabras.
Todos, desde los reyes persas hasta la realeza europea, adoptaron los pañuelos bellamente bordados y confeccionados con tejidos exóticos para demostrar su estatus. En el siglo XVIII se pusieron en París de moda los pañuelos de gran tamaño, hasta que el Rey Luis XVI, declaró que nadie puede tener unomásgrande que yo y limitó el tamaño a un cuadrado de 16”x 16”
Un regalo con significado
Dar un pañuelo de seda como regalo es un gesto cargado de simbolismo. Es un detalle íntimo, personal y lleno de intención. Cuando alguien recibe un pañuelo de seda, no solo recibe una pieza de tela, sino un mundo de emociones.
En Japón, los pañuelos de seda (llamados furoshiki) se usan tradicionalmente para envolver regalos. No solo sirven como envoltura, también son parte del regalo mismo. La elección del diseño y los colores transmite mensajes específicos: los tonos pastel pueden significar paz y tranquilidad, mientras que los colores vibrantes expresan felicidad y energía.
En Occidente, regalar un pañuelo de seda a menudo implica admiración. Es un detalle romántico que susurra: Te veo comoalguien único.
Los hombres que regalan pañuelos a mujeres suelen decir más con esa pieza delicada de lo que podrían expresar con palabras.
En España, los mantones de Manila, confeccionados con seda y bordados a mano, se convirtieron en un emblema del folclore.
El pañuelo como embellecedor
Los pañuelos de seda son auténticas pinceladas de arte que, al posarse sobre la piel, se convierten en caricias de lujo. Son susurros de elegancia que, con su caída, dibujan cascadas de suavidad. Alrededor del cuello, se transforman en abrazos etéreos, aportando un toque de distinción a cualquier atuendo. Sus colores y estampados son poemas visuales que narran historias de sofisticación y estilo. Al anudarlos, creamos lazos de belleza que realzan nuestra presencia. Un pañuelo de seda es más que un accesorio, es una declaración de buen gusto, una metáfora de la delicadeza y el refinamiento. Es el detalle que convierte lo cotidiano en extraordinario, el toque final que completa una obra maestra de moda. Envuélvete en su magia y deja que hable por ti, que cuente al mundo tu historia de elegancia y distinción.
No hay accesorio más versátil que un pañuelo de seda.
Atado al cuello, envuelve con gracia y añade un toque de color al rostro. Como banda para el cabello, transforma un look sencillo en algo glamuroso. Incluso como cinturón, bolso o decoración en la muñeca, su función va más allá de la estética: es una herramienta para la expresión personal.
En mujeres de todas las edades, el pañuelo de seda actúa como un marco que realza sus rasgos. Sus colores pueden resaltar el brillo de los ojos, el tono de la piel o incluso reflejar la personalidad de quien lo lleva.
Hermès una vez dijo: Un pañuelo de seda tiene el poder de transformarel día de una mujer. Y es cierto: no importa si se lleva con un vestido de gala o con una camiseta sencilla, el pañuelo siempre añade un toque de sofisticación que pocos otros accesorios pueden igualar.
Hay algo mágico en sostener un pañuelo de seda en las manos. En la literatura y el cine, los pañuelos de seda han sido metáforas poderosas. Un pañuelo dejado caer al suelo puede simbolizar una invitación al romance, uno atado al cabello puede ser un emblema de libertad y espíritu indomable. En Casablanca, la protagonista usa un pañuelo para cubrirse del polvo del desierto, pero también como símbolo de su elegancia inquebrantable, incluso en medio del caos.
El escenario perfecto: mesas vestidas de seda
Después de explorar la magia y el significado de los pañuelos de seda, es momento de descubrir cómo estos tesoros textiles cobran vida y protagonismo en cada una de las mesas que he creado. Cada pañuelo, con su diseño exclusivo y paleta de colores, se convierte en el mantel perfecto, transformando la mesa en un escenario de elegancia y estilo.
Acompáñeme en este recorrido donde cada mesa cuenta una historia distinta, un diálogo entre la seda y la decoración, entre el arte y la funcionalidad. Desde estampados inspirados en la naturaleza hasta motivos cargados de historia, cada montaje refleja la versatilidad y belleza de estos pañuelos, convirtiéndolos en piezas únicas que invitan a soñar, compartir y disfrutar. Aquí comienza el viaje visual y sensorial de mesas vestidas con el susurro de la seda.
Reflejos de seda: un viaje a la elegancia
La mesa se transforma en un verdadero viaje a la elegancia gracias a un pañuelo de seda que actúa como mantel. Su centro blanco puro ofrece un respiro luminoso, mientras que los bordes en azul cielo enmarcan con delicadeza un diseño floral en las cuatro esquinas. Las flores en tonos lila y rosa, acompañadas de hojas verdes, parecen reflejar la serenidad y el lujo de un jardín en calma, plasmado sobre la suavidad y brillo sedoso de la tela.
Este pañuelo es la joya que da vida a la escena, realzando con sutileza la exquisita vajilla de Versace que lo acompaña. Los mugs y platitos de pan, decorados con detalles dorados, dialogan en perfecta armonía con la paleta cromática y la textura de la seda. En el centro, una corona de velas aporta una luz cálida que baña cada rincón, elevando la mesa a un espacio de pura distinción y encanto.
La danza del color: un pañuelo que cautiva
La mesa se rinde al embrujo del color con un pañuelo de seda que cautiva a primera vista: bordes negros que encuadran flores en rojo y fucsia como un estallido vibrante sobre la suavidad de la tela. En el centro, tres copas de cristal de distintas alturas elevan flores de buganvilla que repiten la intensidad cromática con gracia. Una diminuta figura neoclásica, serena, observa desde la penumbra. Realza la vajilla blanca, contrasta con servilletas bordadas en negro, y una copa de licor fucsia añade un guiño atrevido. Todo bajo la luz tenue de las velas, que acarician la belleza y elegancia de la seda.
Ecos de seda y tiempo: una mesa con historia
Esta mesa se cubre con un pañuelo de seda en cálidos tonos tostados, donde florecen amarillos suaves, naranjas intensos y hojas en matices de marrón. Todo en él evoca la calidez del tiempo detenido. En el centro, una figura neoclásica de dos angelitos recogiendo leña parece narrar una escena antigua, serena y entrañable. La vajilla vintage, de alma nostálgica, combina platos distintos con distintos guardas ornamentales que evocan encajes victorianos y filigranas florales. Sobre cada plato, una pequeña taza de moka. La luz temblorosa de las velas acaricia cada forma, y la seda, silenciosa, guarda historias que solo el alma percibe.
Luz y textura: el arte de la mesa sofisticada
La seda toma el centro de la escena con un pañuelo que combina la pureza del blanco con la sutil opulencia de un diseño que evoca collares de perlas dispuestos en hileras delicadas. En los bordes, una tira con animal print en tonos marrones añade un guiño audaz y refinado. La figura de un busto griego, sereno y clásico, preside el centro, acompañado por sencillos ramos de olivo que aportan frescura y simbología. La cristalería modelo Versalles armoniza con la vajilla vintage, con borde dorado e iniciales grabadas, habla de herencia y cuidado. Las velas encienden la escena con una luz suave, realzando texturas y acentos con armoniosa elegancia.
Arreos de seda: elegancia ecuestre
La mesa se viste con un pañuelo de seda que evoca la elegancia ecuestre. Su diseño, inspirado en los aparejos de caballería, despliega estribos, riendas, monturas y lazos entrelazados con armonía, en tonos dorados, marrones sobre un fondo marfil. Cada detalle recuerda la nobleza del caballo, símbolo de libertad y distinción.
Sobre este exquisito mantel de seda, un juego de té de porcelana, decorado con delicadas ilustraciones de caballos en movimiento, aporta un aire de sofisticación y aventura. Las tazas, finas y delicadas, parecen contar historias de cabalgatas y paisajes lejanos. La luz de la tarde se filtra suavemente, resaltando los reflejos del pañuelo y el brillo del té humeante. Cada sorbo es un viaje, cada elemento en la mesa es un tributo a la belleza ecuestre. En este rincón, el tiempo parece detenerse, invitando a disfrutar la elegancia de la tradición.
Dalias de seda: un romance de color
La mesa florece con un pañuelo de seda donde las dalias estallan en una sinfonía de colores: turquesas frescos, corales encendidos, rosas suaves y verdes que acarician la vista. Este jardín de seda se convierte en mantel y corazón de la escena. Al centro, un macetero rebosante de dalias naturales, acompañado por dos más pequeños, prolonga el encanto floral sobre la mesa. La vajilla modelo Dalia se funde con el diseño, creando un diálogo perfecto entre porcelana y tela. Velas dispersas entre las flores encienden una atmósfera tibia, íntima. Es un romance de color, de luz, de pura belleza compartida.
Nudos de seda, brisas del mar
Sobre la mesa, el pañuelo de seda despliega un mapa sutil del océano: bordes azul marino, centro marfil, y una danza de nudos marineros que hablan de travesías, vientos y rutas invisibles. Como ecos del puerto, pequeños maceteros azul profundo sostienen flores ligeras, frescas como espuma. Los platos en forma de peces nadan entre detalles marinos: velas altas, estrellas de mar y corales azul marino sostienen velas pequeñas. La luz baila suave sobre la seda, y todo susurra a brisa salada. Una mesa que ancla la elegancia en lo esencial y navega entre texturas, memoria y mar.
Y así, uno a uno, los pañuelos de seda han desplegado su lenguaje silente sobre cada mesa: ornamento y alma, fondo y latido. No han sido solo manteles, sino escenarios donde la belleza se posa con naturalidad, donde la luz acaricia las texturas y cada color murmura una historia.
En su caída suave, la seda ha vestido la mesa como se viste una emoción: sin exceso, pero con gracia. Porque en cada nudo, en cada pliegue, en cada flor dispuesta con intención, late un gesto de amor al arte de recibir.
Y es ahí, entre porcelanas, velas y seda, donde el lujo verdadero se revela: en la dedicación, en lo efímero hecho eterno.
El pañuelo de seda, más allá de un simple accesorio, es una obra de arte que celebra la artesanía y la belleza.
Hermès
Pañuelos de seda: el lujo que viste la mesa. por Juana Sanz
Durante los últimos meses, ha sido frecuente en medios políticos el uso de la expresión ganar el relato, refiriéndose a las maniobras informativas para adelantarse a los oponentes de otras formaciones en la transmisión de determinadas noticias a la opinión pública, sean éstas falsas o ciertas. Se trata de una estrategia que pretende resaltar en las informaciones matices o sesgos favorables a sus intereses, al mismo tiempo que se silencian los aspectos o detalles que impliquen connotaciones negativas. Este tipo de maniobras, aunque no recibiesen esta denominación, han existido siempre en los medios de comunicación, donde una misma noticia se presenta de formas muy diferentes, según las afinidades ideológicas y políticas de cada emisora, periódico o cadena de TV. O sea, lo que se conoce vulgarmente como arrimar el ascua a nuestra sardina.
Esa misma estrategia es la que lleva instalada desde hace décadas en las informaciones relativas al cambio climático y al calentamiento global. Aunque, eso sí, con una importante salvedad respecto de la divergencia informativa anteriormente mencionada, porque la inmensa mayoría de noticias climáticas, de forma convergente, tiende a ocultar y resaltar exactamente los mismos datos, independientemente de la ideología del medio.
La difusión sistemática y repetida de noticias climáticas catastrofistas, que de forma periódica se intensifica durante la temporada estival, ha conseguido instalar el miedo hacia el calentamiento global en la conciencia colectiva. Es decir, que se puede afirmar que las tesis oficiales sobre el cambio climático han ganado el relato, porque una gran mayoría de la población está convencida de que el clima se está comportando de forma anómala, que el planeta está experimentando un calentamiento que no tiene precedentes como consecuencia de las actividades humanas y que la Tierra está en peligro. Pero, ¿es esto realmente cierto y está justificado ese miedo?
Debe aclararse en primer lugar que el calentamiento actual del Planeta no tiene nada de extraño, sino más bien al contrario, lo anómalo sería que se estuviese enfriando, como por ejemplo ocurría entre los siglos XVI y XIX. Porque, dentro de las oscilaciones climáticas que la Tierra viene experimentando desde hace miles de millones de años, nos encontramos actualmente en una etapa de aumento de temperatura, que se inició hace aproximadamente 20.000 años, al final de la última glaciación. ¿Cuántas veces hemos escuchado o leído que estamos atravesando el periodo más cálido desde que hay registros? Sin embargo, esta afirmación contiene una grave falsedad por omisión, imprescindible para ganar el relato, porque la frase está incompleta y debería decirse que estamos atravesando el periodo más cálido desde que hay medidas termométricas, registradas en los observatorios meteorológicos. Es decir, desde hace aproximadamente dos siglos. Pero la ciencia, especialmente gracias a los conocimientos geológicos, posee herramientas que permiten conocer la evolución del clima desde las etapas más antiguas de la historia del planeta. Y la reconstrucción de esa historia permite afirmar, categóricamente, que no estamos atravesando un periodo anómalamente cálido. Aunque en realidad, responder a la pregunta de si estamos en una etapa de calentamiento o de enfriamiento no es sencillo y depende del intervalo de tiempo que tomemos en consideración.
Figura 1
La gráfica superior de la Figura 1 muestra la evolución de la temperatura del Planeta a lo largo de los últimos 500 millones de años, pudiendo observarse que en la actualidad estamos en una etapa muy fría (en realidad, una de las más frías de la historia del planeta), ya que durante la mayor parte del periodo representado la temperatura estuvo varios grados por encima de la actual. Desde la perspectiva de este dilatado periodo, puede afirmarse que la Tierra está enfriándose desde hace 50 millones de años. Además, como se puede comprobar en la gráfica superior de la Figura 1, la Tierra no experimentaba un periodo tan frío como el actual desde hace 300 millones de años.
La grafica intermedia de esa misma Figura 1 corresponde a los últimos 425.000 años, una mínima porción en el extremo derecho de la gráfica anterior, donde se aprecian perfectamente cuatro ciclos de enfriamiento (glaciaciones) y periodos de calentamiento (periodos interglaciares). Desde la perspectiva de ese periodo, en el momento actual nos encontramos en una etapa de calentamiento, muy probablemente acercándonos al final de una etapa interglaciar, con temperaturas similares a las etapas interglaciares anteriores. Por último, la gráfica inferior representa la evolución térmica registrada en una etapa ya histórica, correspondiente a los últimos cuatro mil años. Como puede observarse, el momento actual corresponde también un periodo de calentamiento, posterior a la denominada Pequeña Edad de Hielo y donde las temperaturas son del mismo orden o incluso inferiores a las registradas en periodos anteriores, como fueron las etapas cálidas correspondientes a la Cultura Minoica, la Época Romana y la Edad Media. Así pues, se puede afirmar categóricamente que las oscilaciones térmicas han sido la norma en la historia del planeta (cualquiera que sea la escala temporal considerada) y que las temperaturas actuales, que están muy por debajo de los valores térmicos alcanzados en etapas anteriores (cuando no pueden ser atribuibles a las actividades humanas) no representan valores anómalos ni críticos.
Figura 2
A pesar de estas evidencias, el relato climático oficial se mantiene inmutable, apoyándose en datos climáticos manipulados que han sido objeto de numerosas críticas por parte de prestigiosos científicos. Tal y como puede apreciarse en la Figura 2, la gráfica superior corresponde a los últimos 2.000 años de la misma gráfica ya representada en la Figura 1, mientras que la gráfica inferior corresponde a la evolución de la temperatura para ese mismo periodo, estadísticamente reconstruida por el Grupo de Estudio del Cambio Climático de Naciones Unidas (IPCC). Como puede apreciarse, en la gráfica inferior (conocida por su forma como palo de hockey), mediante la aplicación de tratamientos estadísticos sesgados, han desaparecido las oscilaciones de temperatura registradas a lo largo del tiempo, resaltando así de forma falsaria el calentamiento actual, haciéndolo aparecer como anómalo y excepcional. Sin embargo, son innumerables los datos históricos y los hallazgos recientes que demuestran la falta de representatividad de la gráfica elaborada por el IPCC y que confirman la validez de la gráfica superior de la Figura 2.
Figura 3
Existen numerosas pruebas de que durante el óptimo climático medieval (aproximadamente entre los años 900 y 1100), se alcanzaron temperaturas superiores a las actuales, como lo demuestran los restos de vegetación y de construcciones que el hielo glaciar cubrió en su avance durante la Pequeña Edad de Hielo, y que ahora están quedando al descubierto al retroceder como consecuencia del calentamiento actual. Así, por ejemplo, la Figura 3 muestra tocones y restos de árboles de 1.300 años de antigüedad, en el frente del glaciar de La Perouse (Alaska), donde el avance del hielo durante la Pequeña Edad del Hielo enterró árboles que estaban vivos durante el óptimo climático medieval. Sin embargo, estas oscilaciones, que supusieron aumentos y descensos del orden de 2º a 3ºC en la temperatura media del planeta, han sido eliminadas en la gráfica inferior de la Figura 2.
Además, como se puede apreciar en las tres gráficas de la Figura 1, la evolución de la temperatura está muy lejos de ser lineal. Por ello, tan sólo las tendencias a largo plazo permiten establecer los ciclos de calentamiento y enfriamiento, siempre de forma relativa y de acuerdo con la duración de los ciclos temporales considerados, siendo muy frecuentes las oscilaciones, avances y retrocesos de corta duración. Por eso, como hemos visto muchas veces en las noticias, las temperaturas máximas que se alcanzan en la actualidad ya tenían precedentes hace varios siglos o, incluso, varias décadas atrás. La Figura 4 muestra la evolución de la temperatura en una de las zonas más sensibles al cambio climático, en Groenlandia, donde se puede apreciar los bruscos altibajos de temperatura, y donde sólo la pendiente a largo plazo muestra una tendencia ascendente al calentamiento.
Figura 4
Por eso es frecuente que las temperaturas máximas de un determinado momento y en un determinado lugar se hubiesen alcanzado ya en años anteriores, como suele recordarse, de forma recurrente, verano tras verano (ver Figura 5).
Figura 5
Estas informaciones, que contradicen las tesis oficiales sobre el supuestamente desmedido e irrefrenable calentamiento que estamos sufriendo, son sistemáticamente desmentidas por la Agencia Nacional de Meteorología (AEMET), afirmando taxativamente que esos valores nunca fueron registrados, ya que el récord de temperatura en el territorio nacional lo ostenta el municipio cordobés de Montoro, que registró 47,4ºC el 14 de agosto de 2021. Sin embargo, estas informaciones omiten (porque es imprescindible ganar el relato) que el Banco Nacional de Datos Climatológicos, en el que se almacenan las series históricas de la red principal y secundaria (algunas con más de 150 años de antigüedad), alberga registros de hasta 49 grados, valor que se ha registrado once veces en España, en nueve localidades diferentes del Sur, Centro y Levante, entre 1957 y 1995. Es decir, que temperaturas más elevadas que los máximos recientes sí que fueron registradas, pero que la AEMET las ignora porque considera que no son homologables. El ejemplo de la Figura 6 sobre los cambios de criterio en el proceso de homologación es ilustrativo sobre volubilidad y la falta de objetividad en el tratamiento de los datos.
Figura 6
En la parte superior se informa que la primavera de 2016 ha sido fría, con una temperatura de 13,1ºC, medio grado por debajo de la media. Ocho años más tarde, con un valor idéntico, la primavera de 2024 fue calificada como más cálida de lo normal. Ante las críticas recibidas, AEMET se justificó diciendo que la coincidencia de temperaturas entre ambos años era sólo aparente, ya que en 2020 se había cambiado el periodo de referencia para calcular la temperatura media de cada año. Pero la coincidencia no era aparente, porque 13,1ºC era el valor realmente obtenido en ambos casos y lo que se había cambiado era el criterio comparativo. Es decir, en lenguaje llano, que se habían seleccionado los intervalos temporales de registros a considerar para que los datos fríos pasasen a ser cálidos y mantener el relato climático. La comparación entre las dos gráficas de la Figura 2 ilustra claramente las distorsiones que se pueden generar mediante la aplicación de este tipo de maniobras estadísticas.
Además, para aderezar debidamente el carácter atemorizante del relato, estas manipulaciones informativas han venido acompañadas de una evolución en el lenguaje con una tendencia marcadamente catastrofista, pasando del cambio climático a la crisis climática y al infierno climático. Aún más intimidatorias han sido las calificaciones que reciben las noches de calor estival, pues han pasado de la tradicional denominación de bochorno, a noches tropicales, noches ecuatoriales y noches infernales. La evolución del léxico ha ido acompañada de un drástico cambio en el lenguaje gráfico. Como puede verse en la Figura 7, los mapas de temperatura de los informativos en la mayor parte de los países europeos han experimentado un radical cambio cromático, pasando a utilizar colores tórridos y ardientes para idénticos rangos de temperatura.
Figura 7
Como no puede ser de otra manera, las variaciones de la temperatura del planeta afectan también a las aguas de mares y océanos, que se ven sometidas a las mismas fluctuaciones reflejadas en las gráficas de la Figura 1. Por lo tanto, el incremento de la temperatura del agua y sus valores actuales, del mismo modo que ha sido ya comentado para la temperatura planetaria, no representan valores anómalos ni críticos, en contra de las noticias alarmistas que nos asaltan por doquier, especialmente en verano. La principal estrella invitada de estas distorsiones informativas es siempre el Mediterráneo, al que se suele presentar también con colores incendiarios, tal y como se muestra en la Figura 8. Sin embargo, según la información que proporciona el sistema de boyas del Array of Real Geostrophic Oceanography (ARGO), el más moderno del que se dispone en la actualidad, el ritmo de calentamiento del Mediterráneo es ínfimo, tan sólo 0,04ºC al año (cuatro centésimas de grado), sujeto al mismo ritmo de oscilaciones que la temperatura media del Planeta. Sin embargo, durante el periodo estival es frecuente escuchar informaciones afirmando que el Mar mediterráneo hierve, cuando su temperatura alcanza los 28ºC.
Figura 8
También, por analogía con los procesos ya descritos, es evidente que el agua del Mediterráneo estuvo en épocas anteriores mucho más caliente que ahora, siendo la situación más extrema la que ocurrió durante el periodo denominado Messiniense, hace unos 7 millones de años. En aquel momento, la conjunción entre la evolución climática (un periodo muy cálido, ver la gráfica superior de la Figura 1) y un proceso tectónico (el cierre del estrecho de Gibraltar por el empuje hacia el Norte de la placa africana) tuvo como consecuencia que el Mediterráneo quedase aislado del Atlántico. La temperatura del agua se elevó tanto que llegó a evaporarse por completo, quedando en seco, como una inmensa salina. Los estratos que se depositaron en el fondo del mar durante aquella desecación, son hoy explotados mediante minería subterránea para la obtención de sal, como por ejemplo en el yacimiento de Realmonte, cerca de Agrigento, en Sicilia (ver Figura 9).
Figura 9
Otra de las consecuencias derivadas del cambio climático con la que se nos pretende intimidar con insistencia es el ascenso del nivel del mar, que del mismo modo que ocurre con el calentamiento global, se nos presenta como algo excepcional y que se está acelerando de forma anómalamente rápida. Sin embargo, la realidad, de nuevo, es totalmente diferente, porque el nivel del mar nunca ha sido ni puede ser estable, ya que va variando al mismo ritmo que la evolución climática, ascendiendo al ir fundiéndose los hielos continentales y al aumentar el volumen del agua por dilatación, y descendiendo cuando se producen los procesos opuestos. Puede afirmarse que en el momento actual el nivel del mar está relativamente bajo, ya que existe todavía mucho hielo sobre la superficie del planeta. Debe tenerse en cuenta que, durante la mayor parte de la historia de la Tierra, las temperaturas eran mucho mayores que las actuales (ver la gráfica superior de la Figura 1), no existían polos helados y el nivel del mar estaba mucho más elevado, muchas decenas de metros por encima del actual. Conviene recordar que en el momento actual estamos experimentando un calentamiento que se inició hace 20.000 años, desde el final de la última glaciación (ver gráfica intermedia de la Figura 1). En ese momento, el nivel del mar estaba 120-140 metros por debajo del actual, y ha venido ascendiendo desde entonces.
Figura 10
La Figura 10 muestra el contorno de la península Ibérica tal y como era hace 20.000 años, mientras que la línea roja marca la posición de la línea de costa actual. En aquellos momentos, se podía ir andando desde París hasta Dublín (no existía el canal de la Mancha) o desde la Isla de Tabarca hasta Santa Pola, y la playa de San Lorenzo de Gijón o del Sardinero de Santander estaban localizadas unos 50 kilómetros mar adentro. Por otra parte, la velocidad actual de ascenso actual del nivel del mar (2-3 mm/año) no es anómala ni crítica, ni se ha acelerado, sino que es varias veces más lenta de la que se registraba hace unos pocos miles de años, cuando llegó a alcanzar promedios de hasta 30 mm al año. La gráfica de la Figura 11 muestra la evolución del nivel del mar desde principios del siglo XX, registrada a partir de la red de mareógrafos (línea negra), mientras que la línea de trazo más grueso representa las medidas obtenidas mediante satélites desde los años 90, siendo destacable que a partir de 1995 ambos tipos de medida registran valores prácticamente idénticos.
Figura 11
También debe mencionarse que el trazado de la gráfica, como ocurría con la evolución de la temperatura, muestra una geometría en diente de sierra, oscilante, pero sin que sea apreciable en la tendencia una aceleración en las últimas décadas como consecuencia de las actividades humanas. Es importante resaltar que la pendiente de la gráfica (que indica las variaciones en la velocidad de ascenso del nivel del mar) desde 1990 hasta la actualidad es idéntica a la registrada entre 1930 y 1955, cuando las emisiones antrópicas de CO2 a la atmósfera eran muy inferiores a las actuales.
Por lo tanto, puede concluirse que existen sólidas evidencias de que tanto el actual ritmo del calentamiento terrestre como el de elevación del nivel del mar no son críticos ni anómalos, situándose dentro del rango de los valores establecidos por la naturaleza desde hace millones de años. Sin embargo, a pesar de esta certeza, los medios de comunicación transmiten a la opinión pública informaciones muy diferentes a esta realidad, basadas en modelos erróneos que, hasta la fecha, han sido incapaces de pronosticar adecuadamente el comportamiento climático del planeta. En efecto, las predicciones realizadas desde hace décadas sobre la fusión del hielo polar o la desaparición de ciudades costeras por la elevación del mar han fallado estrepitosamente. La causa principal de estos fracasos radica en las deficiencias de diseño de los modelos climáticos, que sobrevaloran la importancia de las emisiones antrópicas de CO2 en lugar de otorgar un peso específico dominante a las variaciones en radiación solar, el parámetro que en realidad ha controlado la evolución climática desde el inicio de los tiempos.
Por lo tanto, puede concluirse que existen sólidas evidencias de que tanto el actual ritmo del calentamiento terrestre como el de elevación del nivel del mar no son críticos ni anómalos, situándose dentro del rango de los valores establecidos por la naturaleza desde hace millones de años.
Además, para otorgar verosimilitud a la doctrina oficial sobre el cambio climático (es decir, para ganar el relato), la hipótesis de su origen antrópico viene envuelta bajo el manto protector de un supuesto consenso. Pero, la realidad, una vez más, es muy diferente. En primer lugar, debe aclararse que el concepto de consenso carece de sentido en el mundo de la ciencia, ya que las hipótesis y las teorías no se aceptan sobre la base de criterios democráticos, sino mediante datos y evidencias. Y, en segundo lugar, no es cierto que exista ese consenso, ya que son miles de científicos (del máximo nivel, algunos de ellos laureados con el premio Nobel) los que se han manifestado en contra de la doctrina oficial del cambio climático, aunque sus opiniones están siendo silenciadas (incluso despreciadas como si se tratasen de burdos terraplanistas ignorantes) por los medios de comunicación de máxima difusión. Y como consecuencia, la doctrina oficial sobre el origen antrópico del calentamiento global ha transmitido a la opinión pública una realidad sesgada que ignora la información climática proporcionada por la historia geológica de la Tierra, consiguiendo así ganar el relato por goleada.
Es cierto que cada vez son más numerosos los científicos y las publicaciones que se oponen a dicha doctrina. Merecen ser destacados trabajos recientes de investigadores ajenos al IPCC como Kauppinen y Malmi (entre muchos otros), cuyas conclusiones indican que el incremento total de la temperatura del planeta desde mediados del siglo XVIII ha sido sólo de 1,3ºC, y la mayor parte del mismo se ha debido a procesos naturales como las variaciones de nubosidad y de humedad relativa. Durante todo este periodo de más de dos siglos, los gases de efecto invernadero han contribuido tan sólo a elevar la temperatura 0,1ºC, y la incidencia del CO2 de origen antrópico en ese incremento ha sido tan insignificante como el 0,03ºC, sugiriendo además que el incremento de los niveles de CO2 en la atmósfera no es la causa del calentamiento global sino una consecuencia. A este respecto, debe recordarse que conclusiones idénticas fueron obtenidas ya hace años a partir del estudio de los sondeos en el casquete glaciar de Groenlandia.
Por otra parte y en la misma línea, es altamente significativa la publicación aparecida recientemente en la prestigiosa revista Nature (el reducto más recalcitrante de la doctrina oficial) de un artículo firmado por investigadores del Instituto Max Planck de Meteorología (Alemania) y de la Universidad de Chicago (USA), donde se reconoce que las predicciones de los modelos climáticos actuales no coinciden con lo que realmente está ocurriendo en diversas regiones del planeta, poniendo así en duda la base científica que sustenta las políticas climáticas. Pero, al menos de momento, esta tendencia opositora a la doctrina oficial tiene un mínimo impacto en la opinión pública porque nunca llega a las portadas de los periódicos ni a los titulares de los informativos.
No hay duda de que el tiempo terminará poniendo las cosas en su sitio, cuando la temperatura y el nivel del mar, siguiendo los dictados de los ciclos naturales, inicien su descenso, tal y como se ha representado en la gráfica inferior de la Figura 1. Pero, ¿cuándo ocurrirá eso? Hoy por hoy es imposible predecir el momento exacto en que tendrá lugar, aunque la secuencia reciente en la evolución de las manchas solares (uno de los parámetros que controla el calor que nos llega del Sol) sugiere que no puede tardar mucho, unos años, unas décadas o incluso algunos siglos, de acuerdo con la proyección hacia el futuro representada en la gráfica inferior de la Figura 1.
El problema es que, si no se modifican las políticas climáticas y sus nefastas consecuencias económicas y sociales, cuanto más tarde en revertirse la tendencia del calentamiento, mayor será el precio que deba pagar la humanidad, y muy especialmente Europa. Hacernos creer que reduciendo las emisiones de CO2 seremos capaces de frenar y revertir un calentamiento que está controlado desde hace millones de años por procesos cósmicos, es una estafa global que pasará a la historia como uno de los mayores fraudes (sino el mayor) en la Historia de la ciencia.
Para los lectores interesados, una explicación detallada y documentada de los argumentos aquí esgrimidos puede ser consultada en el libro Cambios Climáticos, de los mismos autores que el presente artículo.
Núremberg (Nürnberg, en alemán) es una importante ciudad del Estado de Baviera, en la Franconia Media, cuyo origen se remonta al siglo XI. A día de hoy, todavía conserva buena parte de las puertas de acceso y muralla de 1325. Al ubicarse en un importante nudo comercial entre el Mediterráneo y el norte de la actual Alemania, la ciudad prosperó durante el Medievo y el Renacimiento, llegando a ser sede y custodia de los emblemas y reliquias del Sacro Imperio Romano Germánicoentre 1424 y 1796, fecha en la que el viejo imperio colapsó, en época de Napoleón, y se creó el Reino de Baviera.
La ciudad continuó su próspero crecimiento en el siglo XIX, siendo la línea entre Núremberg y la vecina Fürth la primera conexión ferroviaria de la actual Alemania (línea inaugurada en 1835). Esa bonanza industrial y económica, unida a su simbología como sede ancestral de las señas identitarias del Primer Reich, condicionaron el auge y foco del Nacional-Socialismo de los años 30 del siglo pasado en Núremberg, ubicando en esta ciudad los congresos y desfiles nazis que tenemos todos en la retina con el Fürher proclamando soflamas en su podio ante miles de soldados formados… Hoy ese fatídico lugar, desmantelado de todo simbolismo totalitario desde el final de la Segunda Guerra Mundial, es un parque y un centro memorial para aprender y no repetir.
Zeppelinhaupttribüne
La noche del 2 de enero de 1945 una incursión aérea de la RAF dejó caer sobre Núremberg cerca de 6.000 bombas incendiarias que devoraron más del 90% del casco histórico. Resultado: miles de víctimas y uno de los campos de escombros más notables de toda la Segunda Guerra Mundial (un desastre equiparable a los sufridos en Varsovia, Dresde o Rotterdam). Así quedó el centro histórico:
A causa de esa macabra simbología que Núremberg tenía para los nazis, fue en esta ciudad donde los aliados y vencedores de la Segunda Guerra Mundial ubicaron el Gran Tribunal destinado a juzgar a los criminales de guerra, dándoles lo que ellos no le dieron a sus víctimas: un juicio justo. El conocido como Proceso de Núremberg tuvo lugar en el Palacio de Justicia entre 1945 y 1946, sentando en la banqueta de acusados a figuras nazis de la talla de Göring, Keitel, Speer, Hess, Ribbentrop o Dönitz. Algunos pagaron sus delitos con cárcel, y muchos con la horca.
El Plan Marshallpara la reconstrucción de Europa propició el llamado Milagro Económico Alemán, el cual consiguió recuperar en poco más de una década buena parte de la industria y el patrimonio destruido entre 1944 y 1945, reconstruyendo con la máxima fidelidad posible todos aquellos edificios dañados en los bombardeos que, al menos, conservaran un 10% de su estructura original. Debido a ello, a día de hoy podemos contemplar el contraste de las casas entramadas medievales con otros edificios de factura más moderna, pero que se adaptan en forma y estética a la panorámica de la ciudad previa a la Segunda Guerra Mundial.
Con cerca de 550.000 habitantes en su término municipal, cifra que se multiplica por tres contando su área metropolitana, Núremberg ha recuperado completamente su belleza e importancia previa al siglo XX (de hecho, es la segunda ciudad del Estado de Baviera, después de Múnich, y la decimotercera en importancia en toda Alemania), muy bien comunicada por tierra, río y aire y con un casco antiguo de cuento medieval.
Veamos ahora algunos de los grandes atractivos culturales e históricos que ofrece tan interesante ciudad.
El Castillo Imperial de Núremberg (Kaiserburg Nürnberg)
Patio de Armas y Pozo del Kaiserburg
La ciudad de Núremberg aparece por primera vez en las fuentes históricas en 1050, cuando el rey Enrique III la visitó. La cota más alta de la ciudad es el actual Patio de Armas del Castillo Imperial, sito sobre una roca arenisca que ofrece una gran visibilidad del valle del río Pegnitz. La primera mención histórica de una fortaleza sobre dicha loma se remonta a 1.105, siendo el rey Conrado III quien ordenó la construcción de una residencia real fortificada en tan privilegiada ubicación.
Puerta de BrugstrasseCapilla románicaFünfeckturmPatio de Armas y Pozo
Durante el siglo XIII Núremberg se convirtió en Ciudad Libre Imperial, un estatus que le otorgaba grandes privilegios comerciales que potenciaron su importancia política y su crecimiento mercantil. Debido a ello, a partir del siglo XV esta ciudad férreamente amurallada fue elegida como el lugar de custodia de las señas identitarias del Sacro Imperio Romano Germánico, el estado de Europa Central más influyente desde el Medievo hasta la Revolución Francesa.
SinwelturmEscalinata de la Sinwelturm
Dentro del castillo destaca sobre el resto de edificios, es más, diría que sobre toda la ciudad, la Torre del Pecado (Sinwelturm), una torre redonda de mampostería. Subiendo por sus cien escalones de madera llegas al piso superior, que a su vez es la cota más alta del centro histórico de Núremberg, punto de referencia y el lugar con mejores vistas de toda la ciudad.
Patio de Armas del Kaiserburg desde el mirador de Sinwelturm
La Casa de Alberto Durero (Albrecht Dürer Haus)
Alberto Durero (Albrecht Dürer, Nürnberg, 1471 – 1528) fue uno de los pintores renacentistas más influyentes de sus tiempos. Su madre era nuremburguesa y su padre era un carpintero de origen húngaro, cambiando su apellido a Dürer (fabricante de puertas) una vez se estableció en Núremberg.
Esta bonita casa fue construida junto a la muralla de Tiergärtnertor en 1420 por el comerciante Bernhard Walther y es un claro ejemplo de las residencias burguesas de la Baja Edad Media. Alberto Durero y su esposa Agnes la compraron en 1509, donde residieron hasta la muerte del pintor. En el bombardeo de enero de 1945 sufrió daños, pero menos que otras casas adyacentes. Gracias a ello fue reconstruida casi idénticamente a su estado original y desde 1971, coincidiendo con los 500 años del nacimiento del pintor, se abrió de nuevo al público como su Casa-Museo. De todas las estancias interiores, la que mejor se conservó fue la cocina, que hoy luce tal cual era en el siglo XVI.
TiergärtnertorPlatz, un ricón de cuento
Justo bajo del Castillo Imperial y frente a la Casa-Museo de Alberto Durero se extiende esta bonita plaza que parece sacada de un cuento medieval. En ella abundan bares y restaurantes típicos como el Wanderer o el Zum Albrecht Dürer, así como destacan varios elementos: un San Jorge, una liebre inspirada en uno de los cuadros de Durero y la gran puerta-torre que da nombre a la plaza: Tiergärtnertor
El Museo de la Ciudad (Stadtmuseum Fembohaus)
La Casa-Museo de la Ciudad se ubica en la próspera residencia de una de las familias más adineradas del Núremberg a caballo entre los siglos XVI y XVII. Subiendo la escalinata que conduce a la planta noble, un Mercurio tallado en madera (dios protector de los comerciantes) da la bienvenida al visitante. Una sucesión de salones renacentistas (con frescos mitológicos en sus techos) y barrocos (con figuras en estuco blanco) dan fe de la prosperidad económica de los sucesivos e influyentes propietarios de este inmueble situado en la Burgstrasse, muy cerca del Ayuntamiento.
Salón de recepciones de la Fembo Haus
La Iglesia de San Sebaldo (Sebalduskirche)
Es la iglesia más antigua e importante de la ciudad alta y sita junto a la Plaza del Mercado (Hauptmarkt). Fue consagrada a San Sebaldo, un ermitaño local que vivió en la zona durante la Edad Media y que es el actual patrón de la ciudad. Su construcción comenzó en el siglo XIII, combinando su planta románica con las posteriores reformas y ampliaciones góticas de los dos siglos posteriores, como el coro y el transepto (inspirados en la catedral de Bamberg).
Como curiosidad, San Sebaldo fue la primera iglesia Evangélica Luterana de la ciudad (1525), pero el Consejo Ciudadano votó por mantener toda su decoración interior intacta, como el Sepulcro Gótico de su santo patrón. La Vidriera del Emperador, situada en el ábside y mostrando los escudos de todos los estados gobernados por los Habsburgo, sobrevivió a los grandes destrozos de la Segunda Guerra Mundial, y se conserva tal cual fue creada a principios del siglo XVI.
Sepulcro de San Sebaldo
Las riberas del río Pegnitz
El Pegnitz es el río que cruza la ciudad antigua y divide en dos el centro histórico de Núremberg. Nace en la Alta Franconia y sus aguas afluyen hasta el Meno, que a su vez lo hace en el Rin. Por mediación de canales artificiales, este río también está conectado con la cuenca del Danubio, un factor determinante en el desarrollo comercial de la ciudad desde la Edad Media.
Maxbrücke, con la Schlayerturm al fondo
Sus orillas ofrecen un precioso paseo arbolado donde la arquitectura medieval de la ciudad se funde con el río, destacando en su ribera la Torre-Puente de Schlayerturm, el antiguo Almacén de Vinos (Weinstadel), hoy albergue juvenil, y el Puente y Casa del Verdugo (Henkerhaus), ubicada en el mismo puente.
La Plaza del Mercado (Hauptmark)
La Plaza del Mercado es el punto neurálgico de la ciudad alta, centro de actividad política y comercial desde la Edad Media y, actualmente, un espacio funcional para negocios, hostelería, exposiciones temporales, etc. Aquí es donde se ubica el famosísimo Mercado de Navidad.
Carrillón de la FrauenkircheSchöner BrunnenHauptmarkt
En ella destacan la preciosa iglesia católica de Nuestra Señora (Frauenkirche), obra gótica del siglo XV reconstruida tras la Segunda Guerra Mundial, con su famoso carrillón; la Cámara de Comercio con su fresco en la fachada de la Caravana de los Mercaderes y la Schöner Brunnen, una fuente gótica del siglo XIV que llaman maravillosa por su bonita factura y colorido.
El Palacio de Justicia y el Memorium (Justizpalast)
En la Fürtherstrasse, la gran avenida que une la ciudad con la vecina Fürth, se construyó el Palacio de Justicia de la ciudad a finales del siglo XIX. Concluida la guerra, las naciones aliadas eligieron la simbólica Núremberg para llevar a cabo el juicio sumarísimo a los cautivos nazis de mayor rango, 24 altos cargos e industriales prominentes del Tercer Reich, aprovechando que el gran Justizpalast había sufrido pocos daños durante los bombardeos. El lugar elegido para tan trascendental juicio fue la Sala 600, que hoy podemos visitar en la segunda planta del Memorium (Museo de los Juicios de Núremberg), sentarnos en las que fueron banquetas de prensa y hacernos a la idea de cómo era todo aquello entre noviembre de 1945 y octubre de 1946, fecha en la que concluyó el llamado Proceso de Núremberg.
Sala 600 a día de hoySala 600 en 1945
Por esta banqueta junto a la gran puerta de acceso, con su ascensor directo entre el penal y la Sala 600 del juzgado, pasaron monstruos de la talla de Hermann Göring, Joachim Von Ribbentrop, Wilheim Keitel, Albert Speer, etc., escuchando a los 240 testigos y las cerca de 300.000 declaraciones que confirmaron los horrores del régimen nazi y sus innumerables crímenes de guerra. Los jueces militares de UK, EEUU, URSS y Francia condenaron a muerte a once de ellos (algunos cobardes como Göring se suicidaron antes de ser ejecutados), otros más fueron encarcelados a cadena perpetua o cargaron con penas de veinte años de prisión. Sin duda alguna, la Sala 600 del Palacio de Justicia de Núremberg es uno de esos lugares marcados en la Historia de la Humanidad.
El Museo Nacional Germano (Germanisches Nationalmuseum)
El rey de Baviera Maximiliano José II donó en 1857 su colección de arte medieval al recién creado Museo Nacional Germano (1852), cediéndole además el antiguo Convento de los Cartujos. Parcialmente destruido tras la Segunda Guerra Mundial, en 2019 fue remodelado y actualizado para exponer sus 25.000 piezas de colección fija (con un fondo de más de 1.300.000 objetos censados, entre ellos la Bola del Mundo más antigua que se conserva, diseñada por el mercader y astrónomo Martin Behaim en 1491, un año antes de la llegada de Colón al Nuevo Mundo). Es el Museo de Historia más grande de toda Alemania.
Cassis de Tribuno Romano (siglo I d.C.)
El Ayuntamiento Viejo (AltesRathaus)
En pleno siglo XIV, la ciudad de Núremberg todavía no tenía como tal un espacio dedicado que hiciese las funciones de Ayuntamiento. Un modesto edificio gótico se construyó junto a la Plaza del Mercado (Hauptmarkt), que pronto quedó obsoleto en espacio a tenor de la bonanza económica y política de la ciudad.
No fue hasta finales del siglo XVI cuando se empezó la construcción del imponente edificio tardo-renacentista que hoy vemos en la Burgstrasse, con sus dinteles imponentes que representan las armas de la ciudad y del Sacro Imperio Romano Germánico, ambos obra del escultor Leonhard Kern (1617).
El Carrusel del Matrimonio (Ehekarussel – Hans Sachs-Brunnen)
Para tapar la ventilación de la estación del metro de la Torre Blanca (Weisser Turm), en 1984 se adjudicó el proyecto al escultor Jürgen Weber quien, inspirándose muy libremente en el poema Das bittersüße eh’lich’ Leben de Hans Sachs, diseñó esta polémica fuente que no deja a nadie indiferente cuando pasas por su lado y te entretienes en sus curiosas escenas…
El corazón de mármol frente a la estación contiene grabado el poema original de Hans Sachs, la pila de su base recicla el agua de la ventilación del metro y las seis escenas, hechas de bronce dorado al fuego, representan las etapas del ciclo conyugal, desde el encantamiento amoroso hasta la muerte. Todo un ejemplo de sensualismo pseudobarroco que no te puedes perder paseando por este animado espacio peatonal repleto de tiendas, terrazas y patrimonio artístico e histórico (la Torre Blanca se corresponde con una de las puertas de la muralla del siglo XIV).
La iglesia de San Lorenzo (Lorenzkirche).
La Iglesia de San Lorenzo es uno de los iconos de la ciudad, visible desde muchos puntos al estar ubicada en la cota más alta de la colina al sur del Pegnitz. Su construcción se concluyó alrededor del 1400 en estilo gótico tardío alemán. Junto a San Sebaldo, el templo fue de los primeros en adoptar la fe luterana. en 1525, pero también conservó toda su decoración previa por decisión del Consejo de la Ciudad.
Sacristía gótica de Adam KrafftNave principal y transepto
Luminosa y espaciosa en su interior gracias a sus grandes vidrieras, destaca en el Coro el imponente sagrario de Adam Krafft (1490), una creación fantástica que se eleva hasta el crucero del ábside (y donde el mismo artista se representó en su base). Elementos góticos y renacentistas, como la escalinata del órgano, se funden en este bonito edificio que fue muy dañado en enero de 1945 y que fue reconstruido tal cual era en su momento de esplendor.
Casco Antiguo de Núremberg
Esta ciudad no atesora grandes monumentos que atraigan turistas para hacerse un selfie en ellos. Toda la ciudad es un monumento en sí, repleta de rincones pintorescos como estos: de izquierda a derecha, las casas entramadas de Weissgerbergasse, el Carrillón Gótico de la Frauenkirche, la renacentista Nassauer Haus y la Fuente de la Virtud, el Handwerkerhof (barrio de los artesanos) junto a la Frauentor, la fachada art noveau de la Ópera, la Wasserturm junto al antiguo almacén de vinos y la Weinmarkt Platz (zona de animada vida nocturna).
El Hospicio del Espíritu Santo (Heilig-Geist-Spital)
El Hospital del Espíritu Santo (Heilig-Geist-Spital) fue el hospicio más grande de la antigua Ciudad Imperial Libre de Núremberg. También fue el lugar donde se custodiaban las joyas del Sacro Imperio Romano Germánico (estuvieron aquí desde 1424 hasta 1796). El hospital se construyó en gran parte sobre el río Pegnitz a mediados del siglo XIV y fue remodelado tras la Segunda Guerra Mundial como restaurante típico y residencia. Muy ricas las salchichas nuremburguesas con chucrut (servidas en plato de latón con forma de corazón, como manda la tradición) y estupendo el apfelstrudel acompañado de un Asbach (el brandy bávaro).
El antiguo Hospital del Espíritu Santo sobre el río Pegnitz (1339)
El Barco de los Locos (Narrenschiff)
Antes de cruzar el Museumbrucke se encuentra otra singular escultura de Jürgen Weber que se inspira en la litografía de Durero sobre la obra de Sebastian Brant llamada Stultifera Navis (Das Narrenschiff en alemán), publicada en Basilea en 1494. Desde Adán y Eva hasta nuestros días, este polémico escultor tampoco deja indiferente a nadie que pase por su lado…
Más curiosidades del centro histórico de Núremberg
De izquierda a derecha, una réplica de la Corona Imperial se expone en el Museo de la Ciudad (Fembohaus), dentro de una sala dedicada a la simbología y las señas de identidad del Sacro Imperio Romano Germánico. Junto a las torres de San Sebaldo se encuentra la parroquia homónima, con este ventanal gótico del siglo XV tan bonito en su puerta. En el restauranteRöslein (el decano de la ciudad, junto al Rathaus) y el Bratwursthäusle (situado junto al ábside de San Sebaldo y que huele que alimenta) te sirven las estupendas salchichas franconas acompañadas de chucrut y la cerveza local más popular (Tucher). Detrás del Rathaus se encuentra la estatua neogótica en homenaje a Martin Behaim, el comerciante nuremburgués del siglo XV que elaboró la primera bola del mundo en 1491. Karolinenstrassees la calle comercial más importante de la ciudad (peatonal desde San Lorenzo hasta la Torre Blanca). La iglesia de Santa Catalina no se reconstruyó tras los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial y sus ruinas han quedado como memorial de tan dramático pasaje del siglo XX.
Exposición de las Señas Imperiales en Fembo HausParroquia de San SebaldoSalchicha francona en BratwursthäuleMartin BehaimKarolinenstrasseRuinas de Santa Catalina
Conclusión: Núremberg es un lugar perfecto para escaparte tres o cuatro días. Con vuelo directo desde Valencia y con el Aeropuerto Internacional Alberto Durero a poco más de quince kilómetros del centro histórico, resulta un destino cómodo para el viajero. Patrimonio bien cuidado, tranquilidad en sus calles (muchas de ellas de cuento), gente amable, ambiente en sus terrazas, lugares interesantes e importantes que visitar, oferta gastronómica de calidad, buenos precios, líneas ferroviarias que unen la ciudad con otros destinos cercanos e interesantes como Bayreuth, Fürth, Bamberg o Wuzburg, el lugar de nacimiento de los Playmobil y mucho más. En resumen, una escapada perfecta para disfrutar de Baviera en general, y Franconia en particular.
Al principio no había criatura. Porque lo escapado ya estaba libre. Entonces la caja se construyó sola, como un reflejo sin espejo.
Pero la criatura aún no había nacido. No tenía cuerpo, solo un deseo inyectado en un tiempo que no sabía caminar hacia adelante.
Aún así, ya había abierto la caja. Era inevitable, pero no necesario.
Antes de que existiera, antes de tocar la caja, lo que estaba dentro ya había huido. La fuga no fue notada por nadie, porque la fuga no era un evento: era una condición.
La criatura, al existir, reorganizó su nacimiento para justificar la apertura. Se miró a sí misma desde un lugar posterior. La criatura no se preguntaba si era responsable, sino si la responsabilidad era anterior a ella.
La caja contenía un mundo: Un mundo doblado, contenido, aún sin pasado. Ese mundo no estaba ahí para ser liberado, sino para recordar lo que había olvidado.
Lo escapado no era materia ni idea. Era relación pura. Cuando escapó, el mundo se curvó hacia lo que no había sido. Por eso, lo que ocurrió después fue siempre anterior.
La criatura, una vez completa, decidió deshacerse. No por culpa, no por miedo. Sino porque al ser, desconfiguraba el equilibrio entre lo escapado y lo contenido.
Así, se desformó. Su cuerpo se volvió recuerdo. La caja, cerrada otra vez, ya no contenía nada.
Pero seguía ahí. Latía como una consecuencia sin causa.
Y cuando otro ser, aún no nacido, escuche el eco de esa caja, creerá que lo que está por ocurrir ya le ocurrió antes.
Porque lo que escapa nunca sale. Solo cambia el lugar desde donde se le teme.
La rendija
Al principio solo había superficie. La superficie no era lisa. Era constante. Cada punto se parecía al anterior. Nadie miraba. Pero algo notaba.
A veces la textura cambiaba: una ondulación, un parpadeo, una sospecha de volumen.
Entonces apareció la caja. No cayó, no surgió. Simplemente estaba donde antes no estaba. Era igual a la superficie, pero no del todo.
Tenía aristas. Tenía dentro.
Nadie llegó hasta la caja. Pero algo se dirigía. No con pasos. No con voluntad. Una especie de atención densa, que flotaba sin forma.
El primer contacto no fue visible. La caja se alteró, sí. Pero no se abrió de golpe.
Fue una rendija. Un error. Un segundo sin repetición.
De ahí salió una curva. Una forma que no formaba. Un resto de lo que no había sido dicho.
La caja no cambió. Pero el espacio alrededor se estiró. Lo que estaba lejos se hizo cercano. Lo que estaba dentro de alguien, ahora flotaba.
No había sonido, pero algo temblaba. No había temperatura, pero algo se derretía.
Lo escapado no parecía buscar. Tampoco huir. Solo alteraba.
La superficie ya no era superficie. La caja ya no estaba. Pero seguía presente. Como una huella donde nunca pisó nadie.
El registro se sigue escribiendo. Sin lengua. Sin historia. Solo capas que se pliegan. Y pliegues que se convierten en tiempo.
¿Qué versión prefieres? Caso #4: Salió de una caja. Por Carmen Nikol
En los días posteriores a las dramáticas inundaciones que asolaron la Huerta Sur de Valencia, en octubre de 2024, se hizo tristemente famoso el Barranco del Poyo, un cauce de corto recorrido y casi siempre seco, de aspecto insignificante pero que, a lo largo de la historia, ha sido capaz, cuando las torrenciales lluvias otoñales lo recargan, de producir grandes catástrofes, sin que hasta la fecha se haya puesto remedio mediante la construcción de las infraestructuras necesarias.
La humanidad ha sido capaz de formidables logros técnicos y ha desarrollado una enorme capacidad para hacer frente a las fuerzas de la naturaleza, pero con demasiada frecuencia se olvida que esa capacidad es limitada, y a veces, efímera. Aparentemente, nuestra sociedad puede alterar la superficie de la Tierra de forma ilimitada, pero suele ignorarse que los cambios que introducen nuestras actividades tan sólo afectan a la piel del Planeta de forma mínima, en su delgada capa exterior. Y esas modificaciones no suponen ningún obstáculo para que sigan funcionando los mecanismos y procesos que configuraron el paisaje desde hace millones de años, y que siguen estando activos en la actualidad.
Figura 1.- Vista general de la llanura costera de Valencia desde lo alto del Plá del Palmeral (carretera de Alberic a Tous). Obsérvese la densa parcelación agrícola y urbana superpuesta a la superficie del terreno.
La fértil llanura litoral valenciana es el resultado de la interacción entre la dinámica marina, asociada a las milenarias subidas y bajadas del nivel del mar, y al aporte de sedimentos de los ríos, ramblas y barrancos que drenan con fuerte pendiente los relieves próximos a la costa. Cuando estos cauces llegan a la planicie litoral, por la gran fuerza erosiva que tienen sus aguas cuando acumulan caudal, llegan a encajarse excavando en los blandos sedimentos de la llanura (ver Figura 2). Esta situación sólo puede explicarse por la persistencia en el tiempo de lluvias torrenciales con largos periodos de recurrencia o retorno.
Figura 2.- Encajamiento del Barranco de Pelos (afluente del Barranco del Poyo), en sedimentos aluviales del Pleistoceno superior. La fotografía está tomada cerca de la confluencia entre ambos barrancos, en fechas posteriores a la DANA de octubre de 2024.
En este contexto, es esencial el papel que ha jugado la presencia del relieve costero, generando intensas lluvias convectivas, inducidas por situaciones meteorológicas concretas desde hace (al menos) dos millones y medio de años, en lugares específicos y de manera repetida en el tiempo. Esta dinámica, a lo largo de los milenios, ha ido configurando una fértil llanura gracias a la acumulación de los sedimentos transportados por este régimen fluvial irregular y torrencial.
Los rasgos geomorfológicos característicos de este contexto climático y geológico, como son los abanicos aluviales, los meandros abandonados y las llanuras de inundación, entre otros (Ortega 2022), permanecieron evidentes en el paisaje hasta hace dos milenios, desde la época de la romanización, cuando las actividades humanas comenzaron a implantar la extensiva red de regadíos que cubre toda la planicie litoral.
Hoy, a simple vista se nos hace muy difícil reconocer el paisaje natural oculto debajo de la parcelación agrícola y el desarrollo urbanístico (Figura 1). Sin embargo, esos rasgos, con sus pendientes y sus cauces mimetizados debajo de acequias, caminos y polígonos urbanizados, están ahí, dispuestos a reactivarse tan pronto como la naturaleza vuelva a hacer lo mismo que lleva haciendo periódicamente desde hace millones de años, lanzando de cuando en cuando caudales ingentes de agua por ramblas y barrancos hacia la llanura costera.
La Historia nos cuenta que la ciudad de Valencia fue fundada por excombatientes romanos en una isla entre dos brazos del Turia. Y que la ciudad contaba con un puerto fluvial. Con el exiguo caudal que le queda hoy al río después de desparramarse por la extensa red de acequias, cuesta trabajo imaginarse un Turia navegable, a pesar del pequeño calado que tenían las embarcaciones de la época. Por inverosímil que parezca, algunos vestigios de aquella estructura urbana están aún patentes en el callejero de la ciudad, como atestigua la presencia de una Calle de las Barcas, nomenclatura que sólo puede explicarse, teniendo en cuenta la larga distancia hasta la costa y los poblados marítimos, por la actividad de calafates de ribera que persistió durante siglos en la misma calle, a pesar de la desaparición de los brazos navegables del río.
Las excavaciones realizadas en el subsuelo de la ciudad atestiguan esta historia, por muy difícil que nos resulte hoy a sus habitantes reconocer aquella antigua estructura. Sin embargo, no le ocurre lo mismo al agua, que tiene muy buena memoria y, tan pronto como la naturaleza le permite salirse de los canales donde las obras humanas han querido constreñirla, vuelve a sus antiguos cauces, recuperando e inundando los dominios que han sido suyos desde siempre.
El litoral mediterráneo español en general y la ciudad de Valencia en particular han sido testigos durante los últimos milenios de esta particular contienda entre la ordenación urbana y las fuerzas de la naturaleza. Las excavaciones arqueológicas en Valencia han permitido encontrar sedimentos dejados por inundaciones de los siglos I y II a.C., de los siglos I al IV d.C., y también durante la época musulmana, entre los siglos IX y XI.
El conjunto de datos arqueológicos de las excavaciones realizadas en la ciudad, han permitido detectar la presencia de tres brazos del Turia que, si bien no tuvieron un caudal continuo, al menos estuvieron funcionales durante sus crecidas: uno que cruzaba la Plaza del Mercado, otro que discurría por la plaza de Tetuán y la calle Navarro Reverter, y un tercero que, saliendo a la altura del puente del Mar, discurriría al norte del actual trazado. Durante los siglos de dominación romana, visigótica y árabe, las sucesivas murallas que rodearon la ciudad, además de actuar como barrera protectora contra invasores enemigos, debieron también servir como dique para detener las aguas desbordadas del Turia. Esta situación se mantuvo hasta finales del siglo XVI, siendo la Junta de Murs i Valls la encargada de mantener en buen estado las murallas y sus fosos, para impedir la entrada de las inundaciones al interior del recinto urbano.
Desde el inicio del Renacimiento, los registros del Llibre del Consell atestiguan que, desde 1321 hasta la actualidad, se han contabilizado 27 inundaciones en Valencia, con un intervalo promedio de unos 25 años, es decir cuatro riadas por siglo. En todas ellas, el agua desbordada buscó la querencia hacia sus antiguos caminos, ignorando los obstáculos construidos por la mano del hombre. En 1589, una terrible riada rebasó las defensas amuralladas y arrasó la ciudad, por lo que se decidió crear nueva institución, la Fàbrica Nova del Riu, que tendría como misión construir los pretiles en ambas orillas del río, para evitar así que las crecidas superasen los bordes del canal. La construcción de dicho canal, de dimensiones colosales para la época, se prolongó durante casi dos siglos, entre 1591 y 1789, salvando a la ciudad de varias inundaciones, o al menos minimizando sus consecuencias. Este antiguo cauce constituye hoy una magnifica zona ajardinada que atraviesa la ciudad dibujando un enorme meandro de color verde oscuro, que va desde las afueras hasta el puerto viejo (Figura 3). En esta misma figura, dentro del ángulo que dibuja ese meandro, se puede reconocer por la diferente textura de sus calles, el recinto amurallado de ciutat vella.
Figura 3.- Imagen Sentinel 2 MSI (ESA, Agencia Espacial Europea) del área de Valencia (26 octubre 2024). Se aprecia con claridad el Viejo Cauce del Turia, el Nuevo Cauce y, al Sur, la rambla del Poyo de camino hacia la Albufera.
Pero, a pesar de sus enormes dimensiones, el encauzamiento no fue capaz de contener algunas de avenidas extremadamente violentas, como la acaecida en 1776 o la que ocurrió dos siglos y medio más tarde, en 1957, que arrasó el centro de la ciudad (Figura 4). Esta catástrofe dio lugar al planteamiento de un ambicioso proyecto, la construcción de un canal alternativo, con dimensiones todavía mayores, varios kilómetros al sur de la ciudad, el denominado Plan Sur, así llamado porque rodea la ciudad por su parte meridional (Figura 3). Este nuevo cauce, gracias a su gran capacidad, fue providencial en octubre de 2024 para salvar a la ciudad de una nueva catástrofe. Además, como se puede apreciar también en la imagen de la Figura 3, esta obra permitió la ampliación del puerto de Valencia, que estaba constreñido entre la antigua desembocadura del río Turia por el sur y los arenales de la playa de laMalvarrosapor el norte.
Figura 4.- El cauce viejo del río Turia, a su paso por Valencia, desbordado por la riada de 1957
Antecedentes y datos históricos.
Durante las semanas siguientes al 29 de octubre de 2024, fueron numerosos los artículos y publicaciones que recordaron al ilustrado naturalista Antonio José Cavanilles, que en su completísima obra Observaciones sobre la Historia Natural, Geografía, Agricultura, Población y Frutos del Reyno de Valencia, publicada en 1795, describe así el comportamiento del Barranco del Poyo, refiriéndose a las inundaciones acaecidas veinte años antes de la publicación de su obra, en 1776: El barranco empieza en las montañas de Buñol con dirección a Chiva y continúa por el término de Cheste, cruza el llano de Quart junto a la venta del Poyo, pasa después por las cercanías de Torrent y de Catarroja, y desagua en la Albufera de Valencia. Su profundo y ancho cauce siempre está seco, salvo en las avenidas cuando corre tan furiosamente, que destruye cuanto encuentra. En Chiva, sorprendió a media noche sus vecinos, asolando un número considerable de edificios, esparciendo en varios kilómetros los tristes despojos y los cadáveres de los pobres que no pudieron evitar la muerte.
Pero no fue Cavanilles el único que prestó atención a este barranco. En el Archivo Histórico Municipal de Valencia (AHMV), existe abundante información sobre los estragos que causaron sus riadas. Por lo que se refiere a la de 1776, los documentos registran que se llevó por delante numerosas casas, molinos y huertas en Chiva, produciendo la muerte de unas cuarenta personas, y una docena de ellas fueron arrastradas por las aguas hasta Cheste. Aguas abajo, en Villamarchant, Aldaia, Paiporta y Catarroja y Paiporta se llegaron a contabilizar más de un centenar de fallecidos. La similitud de lo ocurrido entre aquella riada (de hace unos 250 años) y la reciente tragedia de 2024 es palmaria, y habla por sí sola de las oportunidades que se han perdido a lo largo de dos siglos y medio para adoptar las medidas que hubiesen podido evitar la tragedia.
Del mismo modo que ha ocurrido ahora, fueron numerosos los informes para analizar la catástrofe y sus causas. Entre ellas, se mencionaba la influencia de los azudes, los problemas derivados del transporte de maderas por el río por los gancheroso la presencia de plantaciones de árboles en el cauce del río (existía un plantío municipal), que dificultaban la circulación del agua y causaban la rotura de puentes y muros de contención. Además, se prestaba una especial atención al desbordamiento del Barranco del Poyo, que cuando se producía en paralelo con el del río Turia, aumentaba dramáticamente las consecuencias de la riada al converger con él y aumentar significativamente su caudal .
En uno de los informes realizados en 1776, inmediatamente después de la inundación, el agrimensor Casanova detalló que se produjo un rompimiento (es decir, que el agua se salió de su cauce buscando un camino diferente), empezando a correr paralelamente al camino de Madrid, que discurría por un trazado muy próximo a la actual autovía A-3. La única explicación posible para que ocurriese este desvío natural es que el desbordamiento aprovechase un antiguo cauce, que debía discurrir por los aledaños del camino de Madrid. Si se tiene en cuenta la dirección dominante Este-Oeste de los barrancos próximos (Pozalet, Gallego o Santo Domingo, ver Figura 6), esta posibilidad es perfectamente coherente con el contexto regional.
El rompimiento del barranco se había producido a la altura de la Venta del Poyo, un caserío situado en las proximidades del cruce entre la A-3 y la autovía de la circunvalación a Valencia, el denominado by-pass (ver Figura 5), uno de los lugares más conflictivos en la reciente DANA de 2024. Como solución, el agrimensor Casanova sugirió que se desviasen las aguas del Barranco del Poyo a un embalse en Quart de Poblet, y desde allí que fueran encaminadas hacia el Barranco de Torrent y evitar así que llegasen hasta el Turia.
Otro informe, realizado un año más tarde por tres peritos (Bartolomé Olmos, Pablo García y Bartolomé Garcés), contratados por los propietarios de los terrenos afectados por la riada, aportaba más detalles sobre el rompimiento del Barranco del Poyo. Según ellos, una acumulación de materiales y sedimentos arrastrados por las aguas, hizo que la corriente se desviase para seguir (coincidiendo con las conclusiones del informe anterior de Casanova) una trayectoria paralela al camino de Madrid. Pero, además, en este segundo informe se hace referencia a dos rompimientos más: uno en las proximidades de la masía del Oliveral y otro antes de llegar a Quart de Poblet, de lo que puede deducirse que el trazado original del Barranco del Poyo difería bastante del actual. Las soluciones propuestas por estos tres peritos consistían en la limpieza del cauce del barranco en el lugar del «rompimiento», removiendo los materiales acumulados, y la realización de obras (un canal y muros de protección) para que el Barranco del Poyo desaguase completamente en el Barranco de Torrent, sin llegar al Turia. Esta propuesta permite confirmar, de acuerdo con el contenido del informe de Casanova antes mencionado, que hace dos siglos y medio, el trazado del Barranco del Poyo era distinto del actual
A partir de los documentos disponibles en el AHMV sobre la riada de 1776, Faus Prieto (1999) reconstruyó los hechos, estableciendo la siguiente secuencia:
Como consecuencia del rompimiento, el Barranco del Poyo abandonó el cauce que le conectaba con el Barranco del Gallego.
La corriente de agua se bifurcó, de forma que una parte siguió su camino paralelamente a la autovía A-3, hasta que llegó a la masía del Oliveral, donde se estancó y retomó su camino hacia el Barranco de Torrent. La otra se dirigió ligeramente hacia el Norte, dibujando un amplio arco hasta regresar de nuevo a la A3.
En este punto, probablemente convergiendo con las aguas del Barranco de Pozalet, el agua se volvió a bifurcar. Un ramal cruzó entre Aldaia y Alaquàs, inundó la huerta de Xirivella y llegó a cortar el Camino Real de Madrid a la altura de la Cruz Cubierta (actualmente, el inicio de la Calle de San Vicente). El otro ramal, pasando junto a la ermita de San Onofre en Quart de Poblet, desembocó directamente en el Turia. Debe recordarse que en este momento aún no existía el cauce nuevo, por lo que el agua no encontró obstáculos para llegar hasta la ciudad.
Figura 5.- Reconstrucción idealizada de los flujos de corriente de la riada de 1776, según la reconstrucción realizada por Faus Prieto (1999). Información cartográfica basada en los mapas del Instituto Geográfico Nacional (IGN).
En la Figura 5 se ha esquematizado esta secuencia de flujos sobre una base topográfica actual, donde la cruz de color verde señala el punto en que se produjo el primer rompimiento, que desvió las aguas de su cauce. En el gráfico, la flecha de color morado representa el tramo abandonado del Barranco del Poyo, que le conectaba con el Barranco del Gallego, mientras que las líneas negras representan el flujo de la avenida.
Los documentos disponibles en el AHMV permiten comprobar que la eficacia y diligencia de los dirigentes de la época no era muy diferente de los políticos actuales. Diez años después de la riada, todavía no se habían emprendido ninguna de las obras que habían aconsejado los expertos. Por otra parte, es también reseñable que el naturalista Cavanilles no las mencionase en sus Observaciones sobre la Historia Natural, Geografía, Agricultura, Población y Frutos del Reyno de Valencia. Teniendo en cuenta la meticulosidad y la sistemática precisión en las observaciones de este sabio ilustrado (la precisión de algunas de sus observaciones es todavía hoy constatable sobre el terreno), la ausencia en su obra de referencias a los trabajos de encauzamiento o desvío hace suponer que en 1796, 20 años después de la riada y cuando su libro fue publicado, los trabajos propuestos seguían sin realizar y aún estaba todo por hacer.
No obstante, el análisis realizado por Faus Prieto (op. cit.) concluye que, atendiendo a la situación hoy observable de la red hidrográfica, el desvío artificial de algunos cauces sí que debió llegar a realizarse (en algún momento, en fechas aún por determinar entre finales del siglo XVIII y el siglo XIX), tal y como ha sido recientemente propuesto por Barbadillo (2025). Sin embargo, la construcción de presas de regulación aguas arriba de los barrancos, con un dramático paralelismo con las recientes decisiones políticas (el derogado Plan del transvase del Ebro preveía también una presa en un emplazamiento próximo al propuesto por los tres expertos en 1777), nunca fue aprobada.
Figura 6.- Red de drenaje de los barrancos que vierten desde los primeros relieves costeros de la llanura litoral hacia la Huerta Sur de Valencia y la Albufera. Información cartográfica basada en los mapas del Instituto Geográfico Nacional (IGN).
La red de drenaje que vierte hacia la Huerta Sur de Valencia
Desde hace décadas, los estudios geomorfológicos realizados en la llanura costera valenciana han permitido confirmar la verisimilitud de las descripciones anteriores sobre la inundación de 1776 y otras riadas anteriores. El trabajo de Carmona (1995) sobre la red de drenaje estableció su carácter desorganizado, con numerosos puntos de rotura, detectando, en conformidad con las conclusiones de Faus Prieto (op. cit) ya mencionadas anteriormente, que los cauces de los barrancos del Poyo y del Gallego fueron reexcavados artificialmente para dirigirlos hacia el Barranco de Torrent.
El Barranco del Poyo, que adquirió un triste protagonismo durante la catástrofe, recibe varios nombres a lo largo de su trazado. En ocasiones, se refieren a él como el Barranco de Chiva o el Barranco de Cheste. Además, como se puede comprobar en la Figura 6, después de converger con el Barranco del Gallego, cambia de nombre para denominarse Barranco dels Cavalls, hasta que aguas abajo, después de recibir las aguas del Barranco de Santo Domingo y de la Horteta (ver Figura 6), cambia nuevamente de nombre para convertirse en el Barranco de Torrent. Desde allí hasta la Albufera vuelve a recibir distintos nombres locales, según la población por donde discurre, conociéndose en su desembocadura en la Albufera como Barranc de Massanassa, al ser ésta la última localidad que atraviesa.
La Figura 6 ilustra también las diferencias que existen entre la textura de la red de drenaje en el cuadrante inferior izquierdo (donde el relieve es escarpado y los cauces configuran una estructura dendrítica) y las zonas llanas, dónde los cauces dibujan trazados de tendencia rectilínea, dirigiéndose hacia la costa (barrancos de Pozalet, Gallego y de Santo Domingo). Sin embargo, en la zona central (aproximadamente entre la Masía del Oliveral y las localidades de Aldaia y Alaquàs), se localiza un área claramente anómala, donde los barrancos giran bruscamente hacia el Sur.
El origen más plausible de estos repentinos cambios de orientación, sin que sea posible buscarles explicación por causas naturales, es que se trate de los encauzamientos artificiales a los que se ha hecho referencia anteriormente para redireccionar los flujos de agua hacia el Barranco de Torrent. Sin duda, el ejemplo más ilustrativo de estos cambios repentinos de dirección puede observarse en el tramo del Barranco del Poyo situado inmediatamente al sur de la Masía del Oliveral (véase círculo verde en la Figura 6), cuyo cauce gira bruscamente hacia el sur hasta converger con el Barranco del Gallego. Desde el punto de vista geomorfológico, es imposible que, en una zona llana y sin accidentes geológicos reseñables (cambios de litología o fracturas en el subsuelo), un cauce fluvial realice un cambio de dirección así de brusco sin intervención de la mano del hombre.
Figura 7.- Naturaleza del tramo con orientación N-S del Barranco del Poyo, de acuerdo con la base de datos del IGN sobre la red hidrográfica
Contradictoriamente, la información disponible sobre la red hidrográfica en la página web del IGN (véase el segmento de color turquesa y la base de datos asociada en la Figura 7), se indica que este tramo con orientación N-S se trata de un cauce natural no alterado. Sin embargo, como se desprende del análisis morfológico de la superficie del terreno y coherentemente con la información histórica disponible, esta información no parece correcta. Cabe pensar por lo tanto que parte de la red hidrográfica en los aledaños del Barranco del Poyo haya sido modificada artificialmente. Y, las consecuencias de estos cambios han sido dramáticas (Martínez Abraín, 2025).
La red hidrográfica y la DANA de octubre de 2024
Las intensísimas lluvias caídas en los relieves situados a poniente de la ciudad Valencia el 29 de octubre de 2024, hicieron que se precipitasen hacia la llanura litoral enormes cantidades de agua. El cauce nuevo del Turia, construido durante la ejecución del Plan Sur, gracias a sus formidables dimensiones, fue capaz de canalizar el enorme flujo que descendía por el río. Pero no ocurrió lo mismo en la red de barrancos aledaños, donde la afluencia de agua desbordó su capacidad de drenaje.
Figura 8.- Comparativa entre la red de drenaje en el entorno de la Masía del Oliveral con imágenes satélite Sentinel II MSI, una anterior y otra posterior a la Dana del 29 de octubre de 2024.
En la parte superior de la Figura 8, se muestra en detalle la red hidrográfica en el entorno de la Masía del Oliveral (el mismo tramo del barranco del Poyo, ya comentado en la Figura 7, también circunscrita por un círculo), mientras que en la parte central se muestra la imagen satélite de la misma zona correspondiente al 26 de octubre de 2024 (antes de la DANA), y en la parte inferior otra imagen de la misma zona, correspondiente al 10 de noviembre de 2024, pocos días después de la DANA. Las diferencias entre las dos imágenes satélite son evidentes, marcadas por la abundancia de zonas de color ocre en la imagen inferior, que corresponden a las áreas sin vegetación como consecuencia de la sedimentación y erosión producida por las aguas desbordadas.
Es reseñable observar cómo el tramo de cauce comentado anteriormente, el que gira en ángulo recto, es desbordado por la crecida. También se observa cómo desde allí, el agua sigue hacia el Este, recuperando sus antiguos caminos con una trayectoria similar a la registrada en la riada de 1776 (comparar las Figuras 5 y 8), aunque, inmediatamente al sur de la A-3, el agua gira de nuevo bruscamente también hacia el Sur, sin llegar a rebasar las zonas urbanizadas.
Figura 9.- Comparativa entre la red de drenaje en la zona sudoeste de la ciudad de Valencia con imágenes satélite Sentinel II MSI, una anterior y otra posterior a la Dana del 29 de octubre de 2024.
A una escala más amplia, la parte superior de la Figura 9 se ha representado la red hidrográfica en el sudoeste de la ciudad de Valencia (con las fechas indicativas de la trayectoria del agua en la riada de 1776), en la parte central se muestra la imagen satélite de la misma zona correspondiente al 26 de octubre de 2024 (antes de la DANA), y en la parte inferior otra imagen de la misma zona, correspondiente al 10 de noviembre de 2024, pocos días después de la DANA. Como en la Figura 8, las diferencias entre las dos imágenes satélite están señaladas por las zonas de color ocre, consecuencia de la riada. En la imagen inferior es apreciable como los efectos más importantes de la inundación se concentran en la zona situada en el cuadrante inferior derecha, entre el Barranco de Torrent y el cauce nuevo de Turia. También, la comparación entre el mapa de la parte superior y la imagen inferior permite comprobar que los flujos de corriente que estuvieron activos hace dos siglos y medio han sido severamente modificados. En efecto, de las tres direcciones de flujo que se constataron en 1776, las dos más septentrionales (la que se encaminaba hacia Mislata pasando por Quart de Poblet y la que se dirigía a Xirivella pasando entre Alaquàs y Aldaia), apenas son detectables en la imagen, aunque también sufrieron el embate de las aguas como consecuencia de los aportes del Barranco del Pozalet.
Por el contrario, la trayectoria más meridional es claramente dominante, concentrando toda la avenida del Barranco del Poyo (que anteriormente se dispersaba en los tres flujos mencionados), además del caudal de los otros barrancos procedentes del Oeste hacia el Barranco de Torrent. Este cauce, que atraviesa las localidades más importantes de la Huerta Sur, fue el responsable principal de la tragedia, con enormes pérdidas de vidas humanas y daños materiales. Esta interpretación es coherente con las reconstrucciones realizadas sobre la secuencia de la riada, como por ejemplo la que puede visualizarse en este enlace. En estas imágenes se puede apreciar claramente cómo la corriente orientada Este-Oeste que dirigía antiguamente caudal del Barranco del Poyo hacia Quart de Poblet y hacia Valencia, paralelamente a la A-3, sólo aparece muy tardíamente y de manera apenas apreciable, ya que todo el caudal se canaliza hacia Torrent por el Barranco del Poyo. También es perfectamente apreciable cómo el agua que inunda la zona del centro comercial de Bonaire y las localidades de Aldaia, Alaquàs y Xirivella procede del Barranco de Pozalet, con un caudal muy inferior al del Barranco del Poyo. En la secuencia gráfica, se aprecia perfectamente que cuando el agua del Pozalet empieza invadir estas localidades, los pueblos ribereños del Barranco de Torrente están ya totalmente inundados. Por último, es también apreciable cómo el agua que llega en primer lugar a la zona cero de la inundación (Picanya-Paiporta), procede del sur, del Barranco de la Horteta (Figura 6), pero que la inundación masiva no se produce hasta la llegada del agua procedente del Barranco del Poyo.
Por otra parte, es indiscutible que la enorme capacidad de evacuación del cauce nuevo del Turia ha salvado a la ciudad de Valencia de una nueva catástrofe. Sin esta obra, las aguas del Turia hubiesen retomado sus antiguos cauces, ocultos bajo el asfalto, del mismo modo que había ocurrido repetidas veces a lo largo de los siglos. Pero también debe reconocerse que, esa misma obra, ha agravado las consecuencias de la riada en la Huerta Sur. En efecto, en la imagen inferior de la Figura 9, es perfectamente visible cómo el cauce nuevo del Turia actuó como dique de contención, agravando la inundación (véase el área marcada por el círculo amarillo en la zona inferior derecha).
Debe concluirse que el desarrollo urbanístico del entorno metropolitano de la ciudad de Valencia, en combinación con las modificaciones de los cauces realizadas en épocas antiguas, han resultado letales para las poblaciones de la Huerta Sur. Como indica Martínez Abraín (op. cit.), al desviar los caudales del Barranco del Poyo hacia el Barranco de Torrent para aliviar las inundaciones de la ciudad de Valencia, se ha aumentado dramáticamente el riego de inundaciones en la Huerta Sur, con aportes adicionales de agua que antaño fluían en otra dirección. Esta decisión, que pudo considerarse acertada en su momento y que durante muchos años supuso un alivio para la ciudad de Valencia, sin causar problemas en las poblaciones ribereñas del barranco, merece hoy una consideración completamente diferente, dada la densidad de población y la intensiva urbanización del área, tanto por el crecimiento de los núcleos urbanos como de los polígonos industriales.
Conclusiones
En un artículo anterior, se expuso que no debía buscarse la explicación a la catástrofe del 29 de octubre de 2024 ni en el cambio climático ni en una causa única, sino en la fatal convergencia de varios factores: la complejidad de la propia naturaleza, la carencia de infraestructuras adecuadas, la gestión inadecuada de la vegetación en los cauces y los cambios radicales en el uso del suelo, además de la falta de eficiencia y coordinación de los organismos oficiales, tanto de la administración central como autonómica y municipal. De cara al futuro, poco podemos hacer para cambiar la complejidad de la naturaleza o para modificar radicalmente los usos del suelo en áreas que ya están intensivamente urbanizadas. Sin embargo, sí que debería estar en nuestra mano (al menos, teóricamente) construir las infraestructuras necesarias, limpiar adecuadamente los cauces y mejorar la coordinación y eficiencia de las instituciones.
Sin embargo, todavía hoy, varios meses después de la catástrofe, esas mismas instituciones siguen echándose los trastos a la cabeza, sin que ninguna de ellas se digne a asumir la parte de responsabilidad que les corresponde, y sin que se estén proponiendo, por vía de urgencia, las soluciones que deben adoptarse. La geología y la historia nos proporcionan argumentos suficientes para asegurar que este tipo de fenómenos atmosféricos son recurrentes a lo largo del tiempo, y que pueden volver a presentarse en cualquier momento. No debe olvidarse que el registro histórico antes mencionado de cuatro riadas por siglo es sólo un promedio, y no sería la primera vez que las inundaciones se presentan en años consecutivos o muy próximos. La documentación almacenada en los archivos indica que la construcción de un embalse para laminar las crecidas del Barranco del Poyo estaba ya planteada desde hace más de dos siglos, sin que haya culminado hasta la fecha de hoy.
La geología y la historia nos proporcionan argumentos suficientes para asegurar que este tipo de fenómenos atmosféricos son recurrentes a lo largo del tiempo, y que pueden volver a presentarse en cualquier momento.
Por otra parte, además de las causas y problemas anteriormente expuestos, podemos constatar también que los conocimientos disponibles en los mapas sobre la red hidrográfica son insuficientes, porque (como hemos visto) algunos tramos de barrancos que están considerados de origen natural, corresponden realmente a encauzamientos antiguos, destinados a desviar el curso de las aguas. Resulta paradigmático que, en el derogado plan hidrológico del trasvase del Ebro, los trabajos que estaban previstos en esta zona no se reducían solamente a la construcción de una presa, sino que también se iba a hacer algo más. Al menos, eso parece deducirse del título o epígrafe del apartado correspondiente en el mencionado plan: restitución y adaptación de los cauces naturales del Barranco del Poyo. Estas breves palabras sugieren que el problema planteado en este artículo, así como las soluciones requeridas, eran ya conocidas desde hace tiempo.
Por todo lo anteriormente expuesto, parece evidente que es indispensable estudiar y evaluar cuidadosamente la situación de la red hidrográfica responsable de este tipo de situaciones catastróficas, para proponer e implementar las medidas correctoras necesarias de acuerdo con su propia naturaleza. Y, sobre todo, que cuando la próxima DANA catastrófica haga acto de presencia (algo que indefectiblemente ocurrirá, tarde o temprano, del mismo modo que ha venido ocurriendo desde hace más de dos millones de años) esas soluciones estén por fin operativas y no debamos lamentar por enésima vez la falta de infraestructuras.
Agradecimientos
El autor desea agradecer al Prof. Alejandro Martínez Abraín (Departamento de Biología, Universidad de la Coruña) su amabilidad al proporcionar algunas informaciones esenciales para la preparación de este artículo y también por la revisión del manuscrito. Igualmente, agradecer a la Prof. Raquel Niclós (Departamento de Teledetección, Universidad de Valencia), por su ayuda para acceder a las imágenes satélite utilizadas en esta publicación y a Gabriel Castelló Alonso por la supervisión de los datos sobre la Valencia antigua .
Referencias bibliográficas
Barbadillo, J. (2025).- Encajando tormentas. Quercus, 467, pp. 6-7.
Carmona, P. (1995).- Análisis geomorfológico de abanicos aluviales y procesos de desbordamiento en el litoral de Valencia. Cuadernos de Geografía, 57, pp. 17-34.
Faus Prieto, A. (1999).- La ciudad de Valencia ante las riadas del Turia de 1776. Cuadernos de Geografía, 65 – 66, pp. 123-142.
Martínez Abraín, A. (2025).- Clima y adaptación. Quercus, 472, pp. 12-13.
Ortega Gironés, E. (2022).- Encuadre geológico de la evolución de la geografía física de la Ribera del Júcar durante la prehistoria. Editorial UPV, Estudios de Historia Local 1, 35 pp., ISBN: 978-84-1396-057-9.
Reflexiones heterodoxas sobre la DANA, el Barranco del Poyo y las soluciones pendientes desde hace siglos. Por el geólogo Enrique Ortega Gironés
El 15 de mayo de 2025, en el Nuevo Teatro Alcalá de Madrid y dentro del ciclo de Conversaciones sobre Europa, organizadas por iniciativa del eurodiputado Juan Carlos Girauta, tuvo lugar un evento dedicado al cambio climático, donde los autores de este artículo mantuvieron un diálogo improvisado sobre dicha problemática, sin guion, sin filtros y sin cortapisas. Por su interés, transcribimos aquí, los contenidos más importantes de dicha conversación, acompañado por gráficos e imágenes a título ilustrativo. Se puede acceder a nuestra conversación, así como al acto completo a través del siguiente enlace.
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José Antonio. —Bueno, pues aquí estamos… Y, ¿qué nos ha traído aquí? El cambio climático y nuestra visión geológica de los 4.500 millones de años de la historia de nuestro planeta, que por cierto está muy sano y no necesita ser salvado. Los dos somos geólogos desde hace casi 50 años y estamos indignados, lo que nos ha llevado a escribir un libro y numerosos artículos sobre esta materia. En nuestros días, al cambio climático se recurre frecuentemente como excusa para cualquier cosa. Por ejemplo, para empezar, para explicar las causas de la reciente DANA de Valencia. Enrique, como geólogo y además valenciano, ¿qué opinas sobre este tema?
Enrique. —Pues estoy indignado como tú, una indignación acumulada durante décadas por la falsedad de informaciones y la ignorancia generalizada sobre la historia geológica del planeta, que nunca es tenida en cuenta. Porque lo que está ocurriendo ahora con el clima no es nada crítico ni excepcional, sino lo mismo que ha ocurrido cientos, o incluso miles de veces a lo largo de esos millones de años de historia que tiene la Tierra. Nuestra atmósfera existe desde hace más de 3.000 millones de años y en los sedimentos, las rocas y el hielo, como si se tratase de las páginas de un libro, está escrita la historia climática del Planeta. Y esa historia demuestra que lo que estamos viviendo forma parte de la más estricta normalidad. Las temperaturas actuales no son excepcionalmente cálidas, sino todo lo contrario. En realidad, desde una perspectiva geológica, el Planeta está enfriándose desde hace unos 60 millones de años, con las oscilaciones que marcan los ritmos cósmicos. Además, ahora estamos atravesando un periodo frío, con dos polos helados, algo que ha ocurrido muy pocas veces a lo largo de la historia geológica, durante menos del 10% del tiempo transcurrido desde que nuestro planeta se formó. Nos quieren hacer creer que estamos en una situación crítica, que las temperaturas están aumentando de forma anómala, cuando realmente lo que está ocurriendo forma parte de la más estricta normalidad.
Masa de hielo flotante en el Ártico
J.A. —Continuando con esta visión geológica, debe destacarse que los catastrofistas del clima concentran toda su atención en lo ocurrido durante los dos últimos siglos, ignorando incluso lo que ha pasado en el conjunto del periodo histórico de la humanidad. Es como si pretendiésemos interpretar la actualidad de nuestra sociedad, lo que está ocurriendo hoy, tan sólo con la información publicada en los periódicos de ayer, ignorando los conocimientos acumulados por la humanidad desde sus principios, almacenados en bibliotecas. Por eso, hemos titulado así nuestro libro, escrito en colaboración con Stefan Uhlig, un geólogo alemán, Cambios Climáticos, en plural, porque la evolución de clima de la Tierra es el resultado de la superposición de múltiples ciclos de diversa duración, y lo que nunca ha existido es la estabilidad climática. Los datos históricos así lo atestiguan. Tan sólo durante los últimos dos mil años han existido dos periodos con temperaturas medias varios grados más cálidas que las actuales, como fueron el máximo térmico durante el Imperio Romano y el de la Edad media, coincidiendo con la expansión vikinga que llegó hasta Groenlandia e incluso América del Norte. Posteriormente, ha llegado el máximo actual, y de acuerdo con las predicciones de Milankovitch, dentro de varios cientos de años, se iniciará un nuevo descenso térmico hacia un periodo frío. ¿Es así, cuál es tu opinión?
Grafica que representa la evolución de la temperatura terrestre como consecuencia de las variaciones en insolación, basada en los cálculos de Milankovitch
E. —Así es sin duda. Y lo más chocante es que de forma insistente, se ignoran las pruebas que se desprende de esta evolución. Como consecuencia del calentamiento actual, están retrocediendo los hielos glaciares y dejan al descubierto restos de flora, de fauna y también vestigios arqueológicos indicando que hace algunos milenios o algunos siglos atrás las temperaturas eran más elevadas que en la actualidad. Por ejemplo, en Noruega se han encontrado recientemente diversos utensilios (flechas, esquíes de madera, etc.) que fueron enterrados por los glaciares en su avance en épocas prehistóricas y que hoy están apareciendo como consecuencia del deshielo, mostrando que, en esa zona, hubo tiempos más cálidos que los actuales. Sin embargo, en los medios de comunicación, de estas evidencias nunca se extraen las conclusiones correctas.
Arqueólogos mostrando un esquí prehistórico descubierto en Digervarden (Noruega)
Las informaciones geológicas, con la ayuda imprescindible de los datos isotópicos del oxígeno y del carbono, permiten demostrar de forma fehaciente que se están falseando las causas y los orígenes de la evolución climática. En efecto, se le asigna toda la responsabilidad al dióxido de carbono, al CO2, y muy especialmente al CO2 emitido por las actividades humanas. Pero desde el punto de vista cuantitativo, las emisiones antrópicas no representan más que una pequeña parte del total de emisiones de origen natural (alrededor del 3%), y además, el CO2 es sólo un gas muy minoritario en la atmósfera. Teniendo en cuenta esta información, ¿cuál es tu opinión sobre el papel del dióxido de carbono como controlador de la evolución climática?
J.A. —El CO2 está en la Tierra desde el inicio de su atmósfera, y no es un gas contaminante, pero se suele confundir su presencia en el aire con la contaminación atmosférica, lo que es totalmente falso. Es un gas que existe en la atmósfera de forma natural, emitido por diversas fuentes naturales, existiendo un equilibrio entre su emisión y su captación mediante la flora, la fauna y las rocas, como ocurre con los grandes macizos calcáreos como por ejemplo Picos de Europa.
Desde el inicio de la época industrial, la humanidad está quemando hidrocarburos y carbón, contribuyendo a aumentar dichas emisiones naturales. La concentración atmosférica actual CO2 es de 420 partes por millón (ppm) mientras que en 1958, cuando se iniciaron las medidas en el observatorio de Mauna Loa en Hawai era de 320 ppm. Pero la concentración actual supone tan solo el 0,042% de la atmósfera, con un efecto invernadero cuantitativamente insignificante en comparación con el que produce el vapor de agua. Además, de ese ínfimo porcentaje del CO2 en la atmósfera, la contribución humana es sólo una pequeña parte, ya que la mayor parte es de origen natural (existen 1500 volcanes activos en tierra firme, además de otros 20.000 volcanes submarinos). El mundo vegetal se encarga, en buena parte, de captar ese CO2, y por eso, como demuestran las imágenes de satélite, hoy el Planeta es más verde que hace unas décadas, por el crecimiento de vegetación inducido por el aumento de dióxido de carbono en la atmósfera. Esto, además, permite aumentar la producción por fotosíntesis del oxígeno que respiramos.
Por otra parte, la evolución del CO2 en la atmósfera no tiene nada que ver con la evolución de la temperatura. Así, hace unos 250 millones de años, al final del carbonífero y durante el Pérmico, con un porcentaje de CO2 en la atmósfera idéntico al actual, hubo una glaciación intensa que afectó a todo el Planeta, con temperaturas varios grados por debajo de las actuales. ¿Responde esto a la pregunta que me has hecho?
Evolución comparativa de la temperatura media terrestre y el contenido atmosférico del CO2 durante los últimos 500 millones de años
E. —Está clarísimo… Este último dato es muy importante porque los datos isotópicos de carbono y oxígeno permiten verificar que a lo largo de los ciclos de calentamiento y enfriamiento, tienen tendencias opuestas, es decir que mientras el dióxido de carbono aumenta la temperatura disminuye y viceversa. Es cierto que en algunos periodos parecen ser coincidentes y evolucionar en paralelo, pero esta coincidencia es debida fundamentalmente al papel del agua del mar, que es el principal reservorio de CO2 del Planeta. Porque, al contrario de lo que ocurre con la mayoría de las sustancias, la solubilidad del CO2 en el agua disminuye al aumentar la temperatura, y por lo tanto, a medida que el agua de los mares se va calentando, el CO2 disuelto escapa a la atmósfera y aumenta su contenido en el aire.
J.A. —Mucha gente se pregunta y nos pregunta: ¿Cómo se puede saber la temperatura o el CO2 que había antes? Uno de los métodos más eficaces es el estudio de los miles de metros de hielo acumulado durante el último millón de años en los casquetes glaciares de Groenlandia y de la Antártida. Dicho hielo, recuperado mediante sondeos, tiene una textura en finas bandas que representa la nieve caída cada año (además de las cenizas de las erupciones volcánicas de grandes dimensiones), donde el aire atrapado en los copos de nieve se conserva en forma de burbujas. El estudio de los gases contenidos en dichas burbujas permite conocer cómo ha evolucionado la composición de la atmósfera y su temperatura media durante todo ese periodo.
Testigos de hielo del casquete glaciar de Groenlandia. Obsérvese el bandeado correspondiente a las capas de nieve acumuladas cada año
Es además muy importante saber que la reconstrucción climática realizada a partir de los hielos de Groenlandia es coincidente con la de la Antártida, o sea que se trata de ciclos a escala global, perfectamente correlacionables en ambos hemisferios. Por eso sabemos que en el último millón de años ha habido once cambios climáticos, en cada uno de los cuales la temperatura planetaria ha subido y ha bajado, con oscilaciones del orden de 10 ºC, con aumentos rápidos (como el que está ocurriendo ahora) y descensos mucho más lentos. Y aunque en las gráficas, aparentemente, el dióxido de carbono y la temperatura, ascienden y descienden al unísono, en realidad, ampliando las gráficas y mirándolas en detalle, se observa que primero asciende la temperatura y luego, unos cientos de años después, el CO2 como consecuencia de la mencionada variación en la solubilidad del CO2 en el agua del mar. Es decir, que no se produce un calentamiento como consecuencia del efecto invernadero inducido por el CO2, sino que, por el contrario, el CO2 aumenta como consecuencia de un calentamiento que tiene causas naturales.
En la mayor parte de las etapas de la historia de la Tierra, como hemos dicho anteriormente, las curvas de evolución respectivas de CO2 y temperatura tienen trayectorias diferentes o incluso divergentes. Tan sólo en algunos periodos, como por ejemplo las dos últimas décadas, evolucionan de forma paralela. Pero esto no quiere decir que tengan una relación de causalidad, sino simplemente que es una relación de casualidad.
E. —Si verdaderamente existiese una relación causa-efecto entre la temperatura y el contenido atmosférico del CO2, su paralelismo debiera ser continuo, en todo momento, y no tan sólo en algunos intervalos temporales. Aprovechando que has descrito los hielos de los casquetes glaciares, podemos mencionar también otro problema con el que frecuentemente se nos pretende asustar: la subida del nivel del mar. Como es lógico, el nivel del mar varía conjuntamente con la evolución climática y al aumentar la temperatura, como está sucediendo ahora, se funde el hielo de los glaciares, el agua aumenta de volumen al dilatarse y sube el nivel del mar. Pero este proceso se debe sólo a la fusión de los hielos continentales, no de los hielos flotantes. Como es bien sabido, el agua al congelarse aumenta de volumen y en consecuencia, disminuye su densidad. Por eso, el hielo flota y una parte de los icebergs sobresale por encima del nivel del agua. En el proceso contrario, cuando el hielo flotante se funde, el agua recupera su volumen sin afectar al nivel del mar.
J.A. —Aprovecho para sugerirles que pueden ganar apuestas y tomar tapas gratis, como hemos hecho nosotros, gracias a este cambio de volumen del hielo al fundirse, gracias a lo que hemos dado en llamar el efecto gin-tonic, apostando a que el nivel del agua en el vaso no cambia al fundirse el hielo. Así pues, aunque desapareciese el hielo ártico, el nivel del mar no aumentaría. Pero es que, además, ese hielo no está desapareciendo, porque las medidas realizadas por satélite han demostrado que, tanto el hielo ártico como antártico, están actualmente estabilizados o incluso aumentando. Y, el nivel del mar está subiendo a un ritmo promedio de 2 mm al año (es decir, que en el año 2100 habrá subido 20 centímetros), a una velocidad muy inferior a la que nos quieren hacer creer.
Evolución del ascenso del nivel del mar registrado en varios lugares del mundo durante los últimos 20.000 años
E. —Con ese ritmo de ascenso del nivel del mar, pretenden atemorizarnos afirmando además que se está acelerando, cuando en realidad está ocurriendo todo lo contrario. Hace 20.000 años, al final de la última glaciación, cuando se inició el ciclo de calentamiento actual, había muchísimo más hielo que ahora y el nivel del mar se situaba 120 metros por debajo del nivel actual. En ese momento se podía ir andando desde París hasta Dublín, no existía el canal de la Mancha ni el Mar Báltico, que eran tierra firme.
Obsérvese a la izquierda la progresiva evolución de la línea de costa en el Mar del Norte desde hace 16.000 años hasta la actualidad. A la derecha, esquema de la posición de la gruta de Cosquer (cuya única entrada se sitúa hoy 36 metros por debajo del nivel del mar) y sus pinturas rupestres.
En el Banco de Dogger, situado a unos 20-30 metros de profundidad entre Escocia y Holanda, los pescadores encuentran en sus redes con cierta frecuencia huesos de mamut y útiles de piedra, porque hace unos 10.000 años era todavía tierra emergida y hábitat adecuado para nuestros ancestros cromañones. Los mismos que decoraron con pinturas rupestres la gruta de Cosquer, en la costa mediterránea francesa, y cuya única entrada está hoy situada 20 metros por debajo del nivel del mar.
Estas variaciones del nivel del mar fueron un fenómeno global. Así, el actual Golfo Pérsico, fue tierra emergida hace unos miles de años, la prolongación de los valles del Tigris y el Éufrates llegaba hasta el Estrecho de Ormuz, y algunos antropólogos consideran que el rápido ascenso del nivel de mar que se produjo en aquellos momentos, muchísimo más rápido que el actual, dio lugar a la leyenda del Diluvio Universal. Ese ascenso continuó y sigue produciéndose en la actualidad, pero no acelerándose como nos quieren hacer creer, sino que se ha ralentizado. Hace miles de años se producía a 8 mm por años, o incluso más, y ahora es cuatro veces más lento, ya que los registros actuales de los mareógrafos indican que son de unos 2mm por año.
Esta misma evolución se puede constatar en las costas españolas. Hace unos miles de años, en Alicante, se podía ir andando desde Santa Pola hasta Tabarca, y la línea de costa en la Malvarrosa, en Valencia, estaba varios kilómetros mar adentro respecto del litoral actual. Y lo mismo ocurría en la playa de San Lorenzo en Gijón, o en el Sardinero en Santander, que en tiempos remotos se situaba a unos 40 Km de la presente línea de costa. Lo que está ocurriendo, y nos quieren vender como anómalo y crítico, es lo que ya ha ocurrido cientos, miles de veces, y forma parte de la más estricta normalidad.
J.A. —Dentro de este periodo interglaciar en el que estamos viviendo, entre los años -20.000 y -10.000, la subida de las temperaturas fue muy rápida, llegando a un máximo en que se alcanzaron valores varios grados superiores a la temperatura actual. Desde entonces, en todo el periodo histórico (los últimos 6.000 años), las temperaturas se estabilizaron y con alternancias de periodos fríos y cálidos (óptimo minoico, óptimo romano, época fría medieval de las grandes migraciones, óptimo medieval, pequeña edad del hielo), se ha registrado una tendencia descendente hasta que a mediados del siglo XIX se inicia el calentamiento actual. Durante el último periodo frío, la Pequeña Edad del Hielo, se produjeron grandes hambrunas por falta de comida, epidemias de peste, grandes migraciones desde Europa a América. Las épocas frías siempre conllevan grandes problemas para la humanidad. Pero es que durante los miles de años en que la temperatura ha tenido tendencia descendente (como promedio, 4ºC en 6.000 años), el porcentaje de CO2 en la atmósfera se ha mantenido constante en 270 ppm. Es difícil de entender por qué, con estos antecedentes y cuando (afortunadamente) la temperatura empieza a remontar a mediados del siglo XIX, se adopta como ideal para la humanidad la temperatura final de este periodo frío, que había sido catastrófico para Europa.
Evolución de la temperatura media del Planeta durante los últimos 4000 años
E. —Sí, es muy difícil de entender. Además, insisten en decirnos que el cambio climático y el calentamiento mata, cuando las estadísticas son muy explícitas al respecto, la mortalidad es mucho más elevada en invierno que en verano. También, quieren hacernos creer que el cambio climático está causando un aumento de la frecuencia y de la intensidad de catástrofes naturales como incendios o sequías, cuando un análisis detallado de las estadísticas oficiales, disponibles de las páginas web del gobierno de España, indica exactamente lo contrario. Este tipo de argumentos fue utilizado recientemente para explicar las causas de la reciente DANA de Valencia en octubre de 2024, cuando la documentación disponible (Llibres del Consell de Valencia, descripciones geográficas antiguas, datos climáticos directos e indirectos desde la época romana, etc.) muestra que lo ocurrido no es más fuerte ni más violento que otros episodios similares acaecidos durante los dos últimos milenios. Lo que ocurre realmente es el que el cambio climático se ha convertido en un comodín, una especie de capote para esconder la incompetencia y la falta de gestión eficaz ante las crisis.
J.A. —En esa misma línea, en el verano de 2013, falleció un bombero que participaba en las tareas de extinción de un incendio en Zamora, y se afirmó textualmente que el cambio climático mata. Sin embargo, en un artículo que escribimos sobre ese mismo tema , utilizando los datos públicos del Ministerio de Agricultura, puede demostrarse que desde la década de los 80 del pasado siglo, el número de incendios se ha reducido a la mitad, y que lo que realmente mata es la falta de gestión forestal. Los geólogos, como otros profesionales que desarrollan su actividad sobre el terreno, sabemos que hay muchas áreas boscosas impracticables si no se entra con machete, porque nadie cuida de limpiar el bosque de maleza y de madera muerta. Lo mismo puede decirse de los cauces de los arroyos y barrancos (como ocurrió recientemente en el tristemente famoso Barranco del Poyo). En definitiva, nadie está haciendo nada para evitar que estas tragedias produzcan un número de víctimas muy superior al de épocas anteriores, y la excusa del cambio climático es fantástica, vale para todo.
E. —Además, en otro artículo reciente en Entrevisttas.com, realizamos una comparación entre la evolución de la temperatura (desde el óptimo climático medieval hasta la actualidad) y las inundaciones catastróficas acaecidas en la zona costera mediterránea de España. Casualmente, los datos demuestran que las inundaciones han sido más frecuentes durante los periodos en los que el planeta se está enfriando, que cuando se produce un calentamiento. En las riadas graves acaecidas desde finales del siglo XIX, no se detecta ningún aumento en frecuencia ni en intensidad. No guarda ninguna correlación con la elevación de la temperatura.
Posición en el tiempo respecto de la evolución de la temperatura de las inundaciones catastróficas en las zonas costeras de Valencia, Murcia y Mallorca, señaladas con círculos.
J.A. —Razonamientos similares pueden hacerse respecto de la sequía. Los datos de pluviosidad de los observatorios más antiguos de España, como el del jardín botánico de Madrid, muestran que desde mediados del siglo XIX existe una variabilidad constante, sin ninguna tendencia creciente ni decreciente. En cualquier caso, es evidente que el clima, del mismo modo que lo ha hecho siempre, está cambiando. Entonces, ¿qué actitud debe adoptar la humanidad ante esos cambios? El problema no está en la variación de la temperatura, de la pluviosidad ni del nivel del mar; el problema está en la adaptación a esos cambios. Es decir, lo mismo que ha venido haciendo el hombre desde sus inicios. Es incomprensible que si, como nos están diciendo, se avecinan grandes sequías, ¿por qué no se están construyendo embalses para almacenar agua y en su lugar se están destruyendo presas? Si va a subir el nivel del mar, ¿por qué no se están protegiendo las costas o retranqueando las urbanizaciones para evitar problemas futuros? Es totalmente contradictorio alarmar a la población por problemas inminentes y no emprender las acciones necesarias para evitar los impactos de esos problemas, construyendo embalses, canales, limpiando el monte y los cauces de los ríos. Si hubiese más embalses y más centrales hidroeléctricas, hasta se hubiese podido evitar el reciente apagón, ya que ese tipo de energía es la única renovable que tiene inercia y hubiese podido evitar los desajustes que se han producido en la red eléctrica.
E. — Como nos suele suceder, pues nos conocemos hace tiempo, acabado yéndonos un poco por las ramas y se nos está acabando el tiempo. Pero no podemos terminar sin responder dos preguntas que consideramos esenciales. En primer lugar, si no es el CO2 el responsable del calentamiento global, ¿cuáles son las causas de los ciclos climáticos? Pues el factor fundamental es el calor que nos llega del Sol, que no es constante y está sujeto a muchas variaciones. Por lo tanto, son los parámetros que pueden modificar esa energía los que controlan el clima. En primer lugar, las variaciones de la órbita solar, que con ciclicidades de miles de años, tal y como fueron descritas en el siglo pasado por Milankovitch, cambian el ángulo de incidencia de la radiación respecto de la superficie de la Tierra, y por lo tanto, la cantidad de calor recibida por unidad de superficie.
En segundo lugar, la radiación cósmica, que llega del espacio exterior y que interfiere con la luz solar, estimulando la generación de nubes y dificultando que el calor solar llegue a la superficie.
En tercer lugar, las variaciones de la propia actividad solar, relacionada con las manchas solares, de cuyo número depende la cantidad de radiación y el calor que recibimos del Sol. El estudio de las manchas solares ha permitido interpretar las evoluciones climáticas de corta duración que se superponen a los ciclos solares y cósmicos de mayor duración. Estos son los parámetros que realmente controlan la evolución climática y en comparación con ellos, los efectos del CO2 emitido por el hombre a la atmósfera tienen un papel insignificante. Entonces, si los parámetros que dirigen la evolución climática están fuera de nuestra capacidad de control y no tienen nada que ver con el CO2, te pregunto, Jose Antonio, ¿qué sentido tiene la Agenda 2030?
A la izquierda, aspecto de la superficie solar y sus cambiantes “manchas”, responsables de las variaciones en la radiación que llega hasta la superficie terrestre. A la derecha, detalle de una de las manchas.
J.A. —Pues ninguno… La energía que consume actualmente la humanidad, una cantidad enorme de dimensiones inimaginables, se produce en un 80% a partir del gas, del petróleo y del carbón, y tan sólo un 5% proviene de energías renovables. Esto va a seguir siendo así porque en 2050 la población mundial habrá crecido en 1.500 millones de personas, la esperanza de vida de la humanidad y el PIB mundial habrán aumentado y necesitaremos un 50% más de energía que hoy. Para ello, las energías renovables sólo podrán aportar el 10 % de ese consumo y, por lo tanto, las emisiones de CO2 aumentarán proporcionalmente a estas cantidades y porcentajes. No hay vuelta de hoja porque en realidad, no hay una transición energética, sino una adición energética, porque necesitaremos todo tipo de fuentes de energía que se puedan desarrollar (con costes aceptables y con garantía de suministro para evitar apagones y otros problemas). Toda la energía que seamos capaces de producir con las diversas tecnologías será consumida. El gas, el petróleo y el carbón son hoy insustituibles, y lo van a seguir siendo, porque en 2050 representarán, como hoy, entre el 70 y el 80% de nuestro mix energético mundial.