El sabor de la culpa – Capítulo 12: El pasado que resurge

Luján se sentó en su oficina, rodeado de informes, diagramas y fotografías. La conexión entre los casos de envenenamiento en distintas regiones parecía evidente, pero aún no lograba comprender el motivo detrás de todo. En el centro de la red se hallaba Luz, cuyo rostro seguía perturbándole. ¿Por qué le resultaba familiar?

Mientras reflexionaba, una llamada interrumpió sus pensamientos. Era el doctor López, desde el laboratorio forense.

—Inspector, hemos terminado los análisis genéticos que solicitó sobre Luz y María Montes. Hay algo que necesita ver.

Luján dejó todo y se dirigió al laboratorio. López le recibió con un semblante serio y le mostró los resultados en pantalla.

—Hicimos una comparación entre el ADN de Luz y el de María, que obtuvimos de sus análisis previos. Ambos comparten un vínculo biológico patente: son hermanas.

Luján sintió un escalofrío recorrerle la columna. De repente, todo comenzaba a tomar forma.

—Esto explica por qué Luz me resultaba familiar —murmuró, recordando el parecido entre las dos mujeres.

López asintió.

—Pero hay más. Revisamos los registros de María y descubrimos que, antes de casarse con Ricardo Montes, usaba otro apellido: García. Luz está registrada en el sistema bajo el mismo apellido, pero no tiene antecedentes penales.

Luján se quedó algo perplejo.

—¿Qué más sabemos de su pasado?

López hizo un gesto hacia una carpeta sobre la mesa.

—Poco. Parece que ambas crecieron en un pequeño pueblo que ahora está prácticamente deshabitado. Se trasladaron a diferentes ciudades cuando eran jóvenes, y desde entonces no hay registros claros de su relación.


Una visita al pueblo

Luján sabía que la clave del caso estaba en el pasado de las hermanas. Decidió viajar al pueblo donde crecieron, un lugar olvidado por el tiempo en las montañas. Le acompañaron dos agentes, y juntos llegaron al atardecer. Las casas estaban en ruinas, las calles vacías. Solo quedaba un bar en funcionamiento, donde algunos vecinos ancianos aún se reunían.

El inspector se dirigió al camarero, un hombre encorvado llamado Domingo.

—Estamos investigando a dos mujeres que crecieron aquí: María y Luz García. ¿Las recuerda?

Domingo abrió bien los ojos, como si sus nombres despertara recuerdos enterrados.

—Claro que las recuerdo. Eran raras, siempre juntas, como si no confiaran en nadie más. Después de que sus padres murieron, desaparecieron del pueblo. Se decía que tenían un talento especial para las plantas y los remedios, pero algunos creían que usaban ese conocimiento para cosas malas.

—¿Cosas malas? ¿A qué se refiere?

Domingo se inclinó sobre el mostrador, bajando la voz.

—Había rumores de que preparaban brebajes para enfermar a la gente. Nunca se pudo probar nada, pero después de que se fueran, varias personas en el pueblo murieron de formas extrañas. Algunos decían que habían sido envenenados.

El inspector sintió que las piezas del rompecabezas encajaban. Las hermanas no eran novatas en el uso de químicos; habían estado perfeccionando su arte durante años.


Escalando el caso

De regreso en la comisaría, Luján organizó una reunión urgente con los equipos de la UCO y la UDEV. Expuso las nuevas revelaciones, señalando que el caso ya no solo involucraba envenenamientos recientes, sino un patrón de conducta que se extendía décadas atrás.

—Estamos lidiando con un dúo de envenenadoras en serie—anunció, mientras proyectaba un mapa con los incidentes registrados a lo largo de los años—. Luz y María García han estado operando juntas, usando eventos populares como su campo de acción.

La agente Carmen Ruiz, de la UCO, intervino.

—Esto implica que podríamos estar lidiando con cientos de víctimas no registradas. Necesitamos ampliar la búsqueda y analizar todos los casos de intoxicaciones sospechosas de las últimas dos décadas.

El capitán Salazar, de la UDEV, asintió.

—Además, debemos averiguar cómo se financiaban y cómo obtenían los químicos. Esto no es algo que se pueda hacer sin apoyo logístico.

Luján encargó a su equipo profundizar en los vínculos económicos y logísticos de las hermanas. También ordenó que Luz fuera trasladada a un centro de alta seguridad, temiendo que pudiera intentar escapar o ser silenciada por alguien más.


Interrogando a Luz

Luz seguía sin hablar, pero Luján decidió intentarlo una vez más. Se sentó frente a ella en la sala de interrogatorios, con una carpeta llena de pruebas.

—Sabemos quién eres, Luz. Sabemos que María es tu hermana y que lleváis años envenenando gente. Tenemos evidencia suficiente para vincularte a docenas de casos. Pero si cooperas, las cosas podrían ser más fáciles para ti.

Luz mantuvo su rostro inexpresivo, pero sus ojos revelaron una chispa de sorpresa.

—No sé de qué está hablando —dijo con frialdad.

Luján se inclinó hacia adelante.

—¿No? Entonces, ¿cómo explicas los registros de los químicos? ¿O las muertes en el pueblo donde creciste? Todo apunta a ti y a María.

Por un momento, pareció que Luz iba a decir algo, pero se detuvo y desvió la mirada. Luján suspiró, frustrado. Sabía que estaba cerca de la verdad, pero necesitaba algo más para romper su silencio.

Mientras salía de la sala, su teléfono sonó. Era Carmen Ruiz, con una nueva pista que prometía cambiar el rumbo de la investigación.

—Inspector, hemos encontrado algo importante. Parece que las hermanas tenían una cuenta bancaria compartida en Suiza. Los movimientos recientes muestran transferencias desde varias empresas sospechosas de manejar productos químicos.

Luján sintió que el caso estaba alcanzando su punto crítico. Las hermanas no solo eran envenenadoras seriales; eran parte de algo mucho más grande.


El sabor de la culpa
Capítulo 12: El pasado que resurge
por Carmen Nikol


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