Capítulo 6 — Las cartas
El convento amaneció en silencio el día después del nacimiento. No era un silencio diferente al de otras mañanas. Las campanas sonaron a la hora habitual y las sandalias de las monjas recorrieron los pasillos con el mismo roce suave contra la piedra. En la cocina el agua empezó a hervir antes de que el sol terminara de levantarse.
Pero algo había cambiado.
Los conventos, como los pueblos, tienen una forma peculiar de percibir las alteraciones del entorno. Basta una ligera desviación en la rutina para que todo el edificio parezca inclinarse hacia ella.
Aquella desviación era el pequeño niño que dormía en la enfermería del convento.
Minerva despertó con el cuerpo pesado, como si todavía estuviera atravesando el sueño de la noche anterior. Durante unos segundos no recordó dónde estaba. Luego escuchó un sonido, un murmullo suave e irregular. Giró la cabeza y vio la cuna junto a su cama. El niño se movía lentamente dentro de la tela blanca que lo envolvía.
Minerva tardó un instante en comprender que aquel sonido era su respiración. Se incorporó con cuidado. Aún le dolía todo el cuerpo, como si cada músculo hubiera sido estirado en demasía.
La hermana Inés estaba sentada en una silla cerca de la puerta, cosiendo algo con movimientos tranquilos.
—Buenos días —dijo sin levantar la voz.
Minerva miró la cuna.
—¿Está bien?
Inés dejó la aguja.
Se levantó y se acercó al bebé.
—Está perfecto. Es un niño sano y fuerte —respondió.
Minerva extendió la mano y sor Inés se lo acercó. Aún le extrañaba que aquel cuerpo pequeño había estado dentro de ella hasta la noche anterior.
El niño abrió los ojos. Seguían siendo oscuros, sin un color muy definido. Los fijó en el rostro de Minerva como si estuviera intentando reconocer algo.
Un escalofrío suave recorrió el pecho de la joven.
—Te estaba esperando —murmuró sin darse cuenta.
El bebé movió una mano diminuta.
Inés observó la escena con una expresión que mezclaba ternura y preocupación.
—No lo sostengas demasiado tiempo —dijo finalmente.
Minerva levantó la mirada.
—¿Por qué?
La comadrona tardó en responder.
—Porque será más difícil.
Minerva, ahora sí como la mitológica, lo entendió inmediatamente y bajó la mano. El niño siguió mirándola. Durante un instante pensó que aquella mirada tenía algo antiguo, algo que no pertenecía del todo a un recién nacido.
Sor Tomasa entró en la habitación poco después. Traía un cuenco de caldo caliente.
—Necesitas comer.
Minerva le agradeció el calor de la sopa. Las sopas de Tomasa eran vigorizantes y recuperó algo de fuerza.
—¿Las hermanas saben…? —preguntó después de un momento.
Tomasa asintió.
—Sí.
—¿Y…?
—Nada.
La respuesta fue simple y tranquilizadora.
Minerva miró otra vez la cuna.
—¿Qué pasará ahora?
Tomasa apoyó el cuenco vacío en la mesa.
—Ahora el tiempo seguirá caminando.
—No es lo que quiero decir.
La monja suspiró.
—Lo sé.
El silencio se instaló entre ellas durante unos segundos.
Luego Tomasa añadió:
—Tu madre llegará pronto.
Minerva sintió que el corazón se encogía ligeramente. Había intentado no pensar en ese momento. Pero sabía que llegaría. El niño no permanecería en el convento.
Los días siguientes pasaron lentamente y Minerva se recuperaba poco a poco.
El niño dormía mucho. Cuando estaba despierto observaba el mundo con una atención sorprendente, como así lo interpretamos con todos los bebés. Los niños no dejan de sorprender. A veces lloraba. Pero nunca durante mucho tiempo.
Inés decía que era una buena señal.
—Los niños tranquilos escuchan más y aprenden mejor.
Minerva no sabía si aquello era cierto, pero cada vez que el bebé abría los ojos sentía una mezcla de ternura y miedo. Había algo profundamente injusto en aquella situación.
La vida había surgido de su vientre y ya estaba siendo separada de su origen.
Mientras tanto, las cartas seguían creciendo bajo la piedra del horno. Minerva había bajado a la cocina tres noches después del parto, con el cuerpo aún dolorido, pero necesitaba hacerlo. Necesitaba escribir.
El convento estaba dormido. El horno había sido apagado hacía horas. Minerva levantó la piedra y vio el hueco lleno de papeles doblados. Durante un momento los observó en silencio. Luego sacó uno y lo abrió. La tinta se había vuelto ligeramente marrón con el tiempo.
«Hoy has vuelto a moverte. Me pregunto si algún día sabrás que te esperé.»
Minerva dobló el papel otra vez y lo colocó en el fondo del hueco.
Después tomó uno nuevo. La pluma avanzó lentamente sobre la hoja.
«Has nacido. No sé si esta carta te encontrará alguna vez. Hoy te he visto abrir los ojos por primera vez y no llorabas. Solo mirabas. Como si estuvieras intentando entender qué clase de lugar es este.»
La tinta tembló un poco cuando escribió la siguiente frase.
«Ojalá el mundo sea más amable contigo que conmigo.»
Doblando la hoja, sintió una presión extraña en el pecho.
Guardó la carta con las otras, junto al horno, sintiendo frío. Pero al apoyar la mano sobre la piedra todavía podía sentir un leve calor atrapado en lo profundo.
En el pueblo, el invierno comenzaba a retirarse lentamente. Los caminos estaban embarrados por el deshielo. Los hombres hablaban de la próxima siembra. En la panadería de Julián, las conversaciones habían vuelto a los temas habituales.
—Dicen que la nieve fue buena para los olivos —comentó Don Esteban.
—Si no vuelve a helar —respondió otro hombre.
Doña Amalia estaba sentada en su rincón, como todos los días, escuchando sin intervenir. Pasado un rato, cansada de escuchar banalidades, dijo:
—Las cosas que pasan en invierno siempre dejan marca. Fraguan con el frío.
Los hombres la miraron, pero nadie preguntó a qué se refería.
Una semana después del nacimiento llegó la carta. Doña Carmen anunciaba que vendría pronto.
Tomasa fue quien se la entregó.
—Está en camino.
Minerva sostuvo el papel con manos temblorosas.
Había esperado ese momento y, al mismo tiempo, lo había temido.
—¿Cuándo llegará?
—Mañana o pasado.
Minerva cerró los ojos y vio al niño durmiendo en la cuna. Su respiración era tranquila.
—¿Puedo…?
La voz se le quebró.
Tomasa comprendió la pregunta antes de que terminara.
—Sí.
Esa noche Minerva sostuvo al bebé durante mucho tiempo. Lo apoyó contra su pecho y pensó en quien le daría de mamar cuando se lo llevaran. El niño se movió ligeramente. Luego se quedó quieto. Minerva aspiró el olor de su piel. Era un olor nuevo, uno de tantos olores de los que siempre tendría memoria. De este, seguro, para siempre. Estaba caliente y lo besó con suavidad.
Tomasa se estremeció con la visión de tanta ternura. Dos seres tan pequeños y tan fuertes y, sin embargo, tan frágiles frente a la impuesta separación. Habían luchado por estar juntos, sin aún comprender la vida.
—No te olvidaré —susurró.
Sabía que aquellas palabras no significaban nada para un recién nacido. Pero las dijo igualmente. Porque algunas promesas necesitan ser pronunciadas para ser afianzadas en el corazón.
A la mañana siguiente Minerva volvió a la cocina. El horno estaba encendido. Tomasa estaba sacando las primeras hogazas del día y ya había hecho los primeros pestiños del año.
El olor del pan llenaba la habitación.
—Ven —dijo la monja.
Minerva se acercó y sor Tomasa le entregó una hogaza recién hecha.
—Tócala.
La corteza estaba caliente. Crujía ligeramente bajo sus dedos.
—El pan siempre guarda algo de quien lo hace —explicó Tomasa.
Minerva sostuvo esa hogaza entre las manos y su pecho.
—¿Incluso los secretos?
Tomasa la miró.
—Sobre todo esos.
Minerva, entonces, apoyó el pan sobre la mesa. El vapor subía lentamente desde la corteza y con él un rico olor a pan recién hecho. Ese olor era su hogar.
Durante un momento pensó en todas las cartas escondidas bajo la piedra. En todas las palabras que nadie leería. Y comprendió algo que la sorprendió. Tal vez el horno no estaba guardando esas cartas para el niño. Tal vez las estaba guardando para el futuro. Tal vez Tomasa quiso decir que las cosas que se esconden en el calor del pan no desaparecen.
Capítulo 7 — Doña Carmen
La mañana amaneció gris y húmeda, con un viento que arrastraba los últimos restos de nieve derretida por los patios del convento. El cielo estaba cargado de nubes bajas, como si el tiempo mismo quisiera anunciar la llegada de algo importante. Minerva estaba inquieta desde el alba. La carta de su madre, llegada días atrás, había alterado el ritmo delicado de sus días; algo en la caligrafía y el olor del papel le hizo recordar el calor del hogar de su primigenia infancia, la madera de la casa de pueblo y el aroma del pan recién horneado por su tío Julián.
Se levantó con cuidado, apoyándose en Tomasa, y bajó al pequeño patio de la enfermería. La luz del sol se filtraba a través de la neblina y caía sobre los adoquines húmedos, revelando manchas de musgo verde que parecían crecer más rápido en primavera. Cada paso resonaba en el silencio, y Minerva percibía un temblor en su interior: mezcla de miedo y anticipación.
—¿Estás segura de que quieres verla aquí? —preguntó sor Tomasa, mientras extendía la manta para cubrir sus brazos.
Minerva asintió sin decir palabra.
—Solo quiero ver a mamá —susurró, como si la frase hubiera atravesado siglos de distancia y con un cariño hacia su madre que pareciera no ser merecido.
Tomasa la miró con ojos profundos y asintió lentamente.
—Entonces dejemos que la vida siga su curso.
Mientras tanto, desde el pueblo, el carruaje de su madre avanzaba lentamente por los caminos embarrados. La nieve del invierno había transformado los senderos en ríos de barro, y los caballos resoplaron, arrastrando la carreta cargada con maletas, mantas y un pequeño baúl de madera que olía a lavanda y pan seco. Su madre, Doña Carmen, había viajado sola; su rostro, arrugado por los años y la preocupación, parecía tensarse bajo el velo negro que llevaba. Cada golpe de los cascos sobre el barro la acercaba al convento, y cada golpe parecía despertar en ella pensamientos que no quería enfrentar: el rostro pálido de Minerva a los trece años, la soledad de la niña tras la traición de su tío, y la responsabilidad de criar a un hijo que no era suyo mientras su hija desaparecería para siempre entre aquellos muros.
Al llegar al convento, la madre de Minerva fue recibida por la madre superiora, Sor Jimena. Ambas mujeres intercambiaron una mirada breve y cargada de años de entendimiento tácito.
—¿Está lista? —preguntó Doña Carmen con voz firme.
—Sí, lo está —respondió la madre superiora.
Minerva escuchó los pasos en el pasillo y reconoció el aroma del perfume de su madre: la fragancia del jabón y de los campos secos del pueblo. Su corazón dio un salto.
—¡Mamá! —exclamó, corriendo hacia la figura que se acercaba.
Doña Carmen extendió los brazos, y por un instante todo el tiempo perdido desapareció. Las lágrimas rodaron por sus mejillas, y Minerva las compartió. Aquella madre tan distante en ocasiones, también tenía la necesidad de ver a su hija. La tensión acumulada durante meses, las cartas escritas, el miedo, la soledad, todo se derritió en aquel abrazo.
—Estás tan… cambiada —dijo Doña Carmen entre sollozos.
—He aprendido a vivir aquí —respondió Minerva, con una mezcla de orgullo y tristeza.
—Sí, lo sé —contestó la madre—. Estás hecha una mujer y, ahora, ya sabes qué es ser madre y sabes cómo se siente la conexión entre madres e hijos.
Minerva, que conservaba una bella inocencia, reconoció las palabras de la madre pero no acabó de entender bien lo que le pretendía comunicar Doña Carmen. Ser madre, para Minerva, había sido algo muy breve y pronto comenzaría a sentir que no lo era. Tal vez si le hubiesen permitido vivir algo más, conocerse mejor, oler más a su retoño… tal vez así hubiese reconocido perfectamente lo que Doña Carmen quiso expresarle.
La cuna con el niño descansaba cerca de la ventana de la cocina. Minerva tomó al bebé con cuidado y se lo mostró a su madre. Los ojos de Doña Carmen se llenaron de lágrimas al ver al niño, pequeño y frágil, respirando con fuerza. Era la clara estampa de una mujer fría con la mente clara, pero con el corazón partido entre su deber y su empatía.
—Es precioso—susurró—. Tan… parecido a ti cuando naciste.
Minerva sostuvo la respiración. Nunca había pensado en el niño como su reflejo completo.
Doña Carmen tomó al niño con suavidad. El pequeño se movió, pero no lloró.
—Me he esforzado mucho, mamá —dijo Minerva, en voz baja, mientras Tomasa observaba desde el rincón—. Yo no pedí este bebé y no sé por qué lo tengo pero me gustaría verlo crecer, si me lo permites mamá.
Tomasa sonrió con un gesto leve que parecía contener siglos de comprensión.
—No hace falta que sepas por qué lo has tenido, Minerva. No hablemos más de eso.
Durante las horas siguientes, madre e hija conversaron con dificultad. Había palabras que pesaban demasiado, y otras que no necesitaban ser pronunciadas. Hablaron del pueblo, de la panadería, del tío que había desaparecido de sus vidas, y de qué debía hacer Minerva a partir de entonces en el convento. La convenció de que el bebé estaría mejor en el hogar familiar y de que ella debía seguir allí.
Minerva mostró a su madre las cartas escondidas bajo la piedra del horno. Doña Carmen las tomó con manos temblorosas, y por un instante se quedó leyendo en silencio, sintiendo el peso de los años y del amor que su hija había volcado en palabras que nunca habían sido entregadas.
Fue solo entonces que doña Carmen pensó que quizá no había sido Minerva quien había provocado a su tío, quizá realmente fue Julián quien se aprovechó de su hija sin que ella supiese nada. Quizá no debía haberse creído lo que dijo su marido. Quizá no debía haberla dejado sola y quizá no debía hacerlo tampoco ahora. Pero, ¿Cómo iba a llevarla al pueblo?
—Escribes como yo nunca podría —murmuró—. Pero también como alguien que ha aprendido aquí dentro. El convento te ha hecho muy bien, hija. Y lo seguirá haciendo.
—Seguramente, mamá. Solo es que no entiendo por qué no puedo quedarme con mi hijo —respondió Minerva, dejando caer la mirada sobre el niño.
Doña Carmen la miró con cierta condescendencia, le acarició el cabello y no respondió, esperando que sencillamente entendiera que no todo se podía explicar. Que, como en tantas ocasiones en el convento, entendiera que era mejor el silencio.
Esa noche, Minerva durmió por primera vez desde el parto con la sensación de que todo estaba en su lugar, aunque nada lo estuviera realmente. La presencia de su madre había llenado un vacío que ella no había sabido nombrar. Y mientras dormía, la luz de la luna se filtraba por la ventana, iluminando la cuna y reflejando sombras suaves en las paredes de piedra.
Minerva, justo antes de caer rendida en su sueño, entendió algo esencial: la vida, el dolor y el amor no se podían controlar, pero podían observarse, aprenderse y aceptarse y que la esperanza nunca se pierde. Y el niño, aunque pequeño y frágil, era la prueba de que incluso en los lugares más oscuros, la esperanza podía crecer silenciosa, como la levadura en la masa, lista para expandirse cuando llegara su momento.
Capítulo 8 — La enfermedad
Minerva pasó cinco años en el convento, aprendiendo a ser una panadera excepcional. Al cabo de poco de tener a su bebé, murió quien había sido su mejor amiga allí, sor Tomasa. Maduró de golpe, más que por haber parido. Ya era una jovencita y sentía la responsabilidad de honrar la escuela que le había brindado el aprendizaje de aquella excelente monja. Una de las personas más importantes de su vida.
Fue una mañana, mientras comenzó a añadir leña al horno. Al principio solo le pareció que se estaba inclinando un poco más de la cuenta y Minerva, que por aquellos entonces ya hablaba sin parar, siguió hablando sobre que pensaba todas las noches en su hijo, en cómo sería, y en su madre. Y en que le había gustado mucho comenzar a cultivar el huerto por sí sola… Cuando se giró para ver por qué no le respondía, sor Tomasa estaba en el suelo. Llamó a sor Inés gritando por los pasillos. Algunas monjas le riñeron por andar gritando pero, en cuanto vieron por qué lo hacía, todas corrieron a la cocina y ellas mismas comenzaron a gritar llamando a sor Inés.
En cuanto llegó Inés, todas guardaron silencio. El pulso de Tomasa había desaparecido para acercarse a los cielos. Se había ganado el pan que hacía cada día con sus manos y se había ganado un lugar en la paz suprema. Así lo expresaron casi todas.
Minerva preguntó, llorando si e iba a ir con Jesús y respondieron casi al unísono que sí. Pero, Minerva sabía que sor Tomasa no había entrado en el convento para casarse con el misericordioso. No quiso contestar. Escuchó cómo algunas monjas decían que ese era su destino, el de todas: reunirse con su marido. Para eso se habían casado con él.
Minerva se retiró en cuanto sor Inés les obligó a todas a regresar a sus habitaciones. Ese día harían un ayuno especial y ella solo tenía que terminar cuatro cosas en la cocina.
No dejó de llorar durante todo el día y toda la noche, sintiendo que no era justo que le hubiesen arrebatado a su bebé y a su mejor amiga, su maestra.
Al despertar, sintió un frío gélido. La muerte de Tomasa atrajo uno de los inviernos más duros de los vividos en el convento. Minerva lo interpretó como que el calor del horno de sor Tomasa había dejado de ser el mismo. Se lo había llevado con ella y, así, ese invierno iba a ser el peor de sus vidas.
Julián, en su panadería, conoció la noticia de la llegada de su hijo al mundo al cabo de cinco años de su nacimiento, quizá porque doña Amalia había muerto el mismo día que llegó la noticia al pueblo, al regresar Doña Carmen con su nieto. El esto del pueblo no tuvo el valor de comentarlo, ni en la panadería ni en las calles, ni en la taberna. El temor a Doña Carmen era mayor que el gusto de la palabrería.
Cuando fue consciente de que tenía un hijo, quiso ir a buscarlo. Pero, su cuñado se lo prohibió. Le amenazó con quemar su panadería. Y le creyó. En ese pueblo ya había habido varios incendios y siempre sospechó que los había provocado él.
Pensó en esperar el momento adecuado. Pero el momento nunca llegó. Julián fue uno de los primeros en morir por la enfermedad. Y se llevó a varios del pueblo consigo. El pan que fue elaborando durante los días que la fue gestando también quedó infectado.
En el entierro de Julián, algunas voces fueron comentando que no había conseguido conocer al fruto de su sobrina, que el pecado no se lo había permitido. Doña Carmen les miraba y todos vieron cómo uno de esos vecinos moría ahí mismo, como si la propia madre de Minerva les hubiera fulminado.
Al cabo de tres días, murió Doña Carmen. Y Don Vicente, su marido. Solo quedó la criada con vida en aquella inmensa casa.
En cuanto llegó al convento la noticia, Minerva se quedó sin palabras. Pero lloró en silencio. Una de sus lágrimas cayó en la masa del pan que estaba preparando esa mañana y, al sacarlo del horno, salió negro. Estaba sabroso, muy delicioso. Las monjas que aún quedaban en el convento le preguntaron qué había cambiado en la receta y ella no acertó a decir qué fue. Solo pidió disculpas y se retiró a su habitación. Encendió la vela y la olió mientras seguía llorando en silencio. Minerva era de llorar y oler. De oler y, sin poder evitar el disfrute de un olor, sufrir.
No temió su propia muerte, a pesar de estar rodeada por ella. Varias monjas también habían muerto por la enfermedad y ella, junto a sor Inés, las fueron cuidando hasta el final.
Un notario se presentó en el convento. Le atendió la madre superiora. Tan mayor como era sor Jimena, no cayó por la enfermedad. Vino a visitar a Minerva.
A Minerva, el notario no le supuso el título de sor porque hasta en el pueblo sabían que Minerva se había quedado en el convento sin convertirse en monja. Se quedó en las cocinas y la aceptaron sin pedir su conversión. No podían pedirle que se casara con Jesús porque jamás sintió su llamada. Pero su pan exquisito y sus madalenas se vendían muy bien, así como los licores que se elaboraban gracias a lo que cultivaba en el huerto. Se había hecho responsable de tantas labores que se convirtió en imprescindible durante mucho tiempo.
Al lado de Minerva, sosteniéndole la mano, se sentó sor Jimena. Sor Inés quedó presente en la lectura del testamento, así como sor Clara.
Minerva aún no sabía por qué había ido a visitarla aquel señor. Allí no solían entrar señores y menos tan bien vestido como él. Alguna vez entró un cura y otras un agricultor, pero nada más.
Sor Jimena le indicó al notario que le dejara hablar con Minerva un momento. Quería prepararla para darle a conocer que la tan temida enfermedad también estaba haciendo mucho daño en el pueblo y que, desgraciadamente, había llegado a afectar a todos los miembros de la gran casa en la que ella había nacido. Minerva, con lágrimas, repitió: ¿a todos? Sor Jimena asintió con gran pesar y abrazando a la jovencita que se puso a llorar sin consuelo. Sor Clara saltó de un espeto y la consoló diciéndole que su hijo no estaba entre ellos. Solo los adultos. E, increíblemente, Minerva se puso a reír, de pronto, incrédula. Todos los presentes que consolaron con la reacción de Minerva, aunque les sorprendiese que, de un plumazo, hubiese olvidado al resto (o eso pareció por un instante). A flor de piel como estaba, con tales noticias, Minerva volvió a llorar y reír un par de veces más.
En cuanto se calmó, sor Jimena le dijo que el señor que había venido le traía noticias. Al cabo de unos minutos, Minerva le escuchó: recibía la casa familiar, así como la panadería de Julián. Irónicamente, aquel tío suyo que tanto abusó de la pequeña e inocente Minerva, le había regalado, sin quererlo, una criatura, una vida y su propia panadería. Julián no había tenido más hijos. Quizá por ello quiso conocer el suyo tan pronto se enteró de que lo había tenido. Pero el destino, solo en ocasiones, hace bien su trabajo y, en esta ocasión, por la herencia, no le quedó otra que cumplir con su sobrina, su única heredera.
Minerva se quedó en silencio. La idea de abandonar el convento la aterrorizaba, pero la verdad era innegable: no había nadie más que pudiera cuidar su casa y que pudiera, tan bien como ella, elaborar el pan para el pueblo.
Sor Jimena le encomió a aceptar su nueva vida y le aseguró que seguirían vendiendo lo que ella elaborase. Minerva aceptó bajo la condición de que nunca se esforzasen en hacer lo que necesitasen para comer en el convento. Se sentía en deuda con tantas mujeres que, aunque monjas, habían sido sus mentoras, sus madres, sus hermanas y sus amigas durante tanto tiempo.
Al llegar a la gran casa de sus padres, Minerva se quedó parada ante la puerta. La mansión estaba cerrada desde la muerte de su familia, y la madera de las ventanas crujía con el viento. Al abrir la puerta, sonó un chirrido sordo que la remontó a su más tierna infancia.
Casi nada había cambiado. El patio seguía teniendo sus mismos soportales, los mismos árboles (algo más crecidos y con algunos frutos) y, sobre todo, las mismas fragancias. Un naranjo en flor, con su refrescante olor a azahar; el laburno, que ofrecía sombra y un embriagador fragante; la lila, exquisita y el jazmín estrellado y el magnolio (que había alcanzado una altura imponente). Era un jazmín de ensueño que colgaba desde el balcón de la entrada y, por fin, podía volver a disfrutarlo. Fue gracias a esos olores que Minerva había llegado a ser tan sensorial.
—Mi amado patio… —dijo en voz alta, a pesar de estar sola en el quicio de la gran puerta de entrada a tal paraíso.
Minerva cruzó el umbral con cuidado. En contraste, la casa olía a polvo, a madera vieja, a recuerdos guardados bajo capas de silencio. Cada habitación parecía contener voces invisibles, ecos de una familia que ya no existía. En la cocina, el gran horno permanecía intacto, negro y silencioso. Ahora, como buena panadera y repostera, lo miraba con otros ojos.
La panadería del tío que la había traicionado y dejado marcada de por vida estaba a unas manzanas de la casa, en la plaza. Minerva se acercó mientras algunos oriundos la miraban con atención. Ella se limitó a saludarlos con educación. Ya no conocía a nadie. A ella, en cambio, sí la reconocieron porque, a pesar de haberse hecho una mujer, mantenía la misma carita de niña.
Muchos sentían su pérdida. La empatía había crecido entre los pueblerinos que aún seguían vivos entre tanta enfermedad. Pero, los más retrógrados (y eran muchos) pensaban que había sido una niña desgraciada y eso les generaba cierto temor. Las supersticiones no son buenas vecinas y menos en momentos tan difíciles.
La puerta, también de madera, llevaba cerrada más de dos meses y, aún así, el olor a masa fermentada todavía flotaba en el aire, mezclado con un dejo de levadura olvidada. La realidad de tener que hacerse cargo de aquel lugar la golpeó con fuerza pero se sentía preparada. Los vecinos regresarían si deseaban probar su pan y, seguro, se sentirían atraídos tanto por los aromas como por la curiosidad de charlar con ella, además de que tenía pensado regalarles hogazas a las personas más afectadas del pueblo.
Una vez instalada y con la panadería en marcha, decidió que era el momento de conocer el paradero de su hijo. Eso era lo principal. El Notario le había indicado dónde debía ir: a la casa de su tío Gerardo, el cura del pueblo de al lado. Gerardo se había hecho cargo de él y de su prima, ambos huérfanos, por la enfermedad.
—¡Tío! —dijo Minerva— ¡Gracias por su ayuda!
—Minerva, querida niña. ¡Cómo ha pasado el tiempo! ¡Cuánta desgracia! —dijo Don Gerardo—. Necesitarás tiempo para sobrellevar esta nueva etapa. No decaigas en tus intentos. Por ahora, solo te llevarás a tu hijo. Manolito y tú necesitaréis un tiempo aún sin su prima, para recuperar el tiempo perdido. Ha de saber quién es su verdadera madre.
Minerva tragó saliva. Su mente viajaba entre el horror de la memoria y la necesidad de sobrevivir y de criar, algo que no había llevado a cabo y que, quizá por ello, temía que pudiera resultarle difícil. Así que comprendió que su tío tenía razón.
En cuanto cogió la mano de Manolito para llevárselo a la gran casa, él le preguntó por su madre, por Doña Carmen, a lo que Minerva le respondió que, a partir de ese momento, ella iba a ser su verdadera madre, que Doña Carmen había hecho un largo viaje hasta el cielo.
Esa noche, al acostarse en su habitación de siempre, tras regresar a la gran casa, Manolito sintió que esa cama, su cama de siempre, era su hogar y que esa señorita era muy guapa. Le gustaba que fuese su nueva madre. Le cogió la mano y le pidió que le leyera un cuento.
Y Minerva, mientras lo miraba con amor, pensó que esta nueva etapa iba a parecerse al paraíso de los aromas de su jardín.
Cleta, se ocupó de Manolito durante todo el día siguiente. Minerva, a primera hora, entró a la panadería. Las tablas del suelo crujían bajo sus pies, y el aire estaba cargado de polvo y del recuerdo de cientos de panes horneados. Se acercó al horno principal. La piedra negra conservaba todavía un calor residual, como si supiera que alguien vendría a tomarla de nuevo en sus manos. Alguien que, sin duda, merecía recibir esa panadería en herencia, tras tanto haber sido abusada en ella y tras haber pasado por tantas horas horneando.
—Habrá que encenderlo de nuevo —dijo, casi para sí misma.
La primera masa fue un desastre. Las manos de Minerva, acostumbradas al trabajo en el convento, ahora temblaban por el simple hecho de estar junto a los instrumentos de su tío Julián. La levadura no reaccionaba como esperaba. El pan no crecía, y un olor ácido invadió la habitación. Por primera vez desde su llegada al pueblo, Minerva sintió miedo.
—Es cuestión de tiempo —pensó en voz alta.
Su madre se le apareció. Era como si pudiera verla…
—Sí, hija —dijo—. Date tiempo…
Minerva asintió, respirando profundamente. Sabía que Doña Carmen tenía razón. Todo estaba a punto de cambiar, y ella debía aprender a convivir con la memoria, con el dolor y con la responsabilidad que había heredado.
Capítulo 9 — La semilla de los ojos
El amanecer, aunque ya era primavera desde hacía un mes, el pueblo se sentía frío, húmedo y silencioso, salvo por el sonido de los carros arrastrando barro por las calles vacías y por el rumor lejano del río.
A esas horas tempranas, ya tenía hecho el desayuno Cleta, una mujer de mediana edad, muda y, siempre, discreta (no solo por su condición); de carácter afable y muy buena con los niños. Había anhelado tenerlos con su fallecido marido y no pudo ser.
Minerva la consideró la ayudante más apropiada. Su adoración por ambos primos quedaba demostrada, tanto por sus cuidados diarios como por su entrega en los juegos. Sin mediar palabra, la entendían más que bien y se echaban unas risas cada noche junto al fuego.
Cleta había sido recomendada por las monjas del convento en el que había estado la propia Minerva. Era reconocida entre los tenderos y comerciantes por ser la persona que mediaba en la venta de los productos que deliciosamente cocinaban las monjas o los exquisitos destilados de los monjes. Solo usando números, sabía cómo venderlos adecuadamente. Y, a su vez, era la que compraba cualquier necesidad que pudiera tenerse en los diferentes monasterios. Sin embargo, ya se había cansado de tales menesteres y aceptó con gran agrado ocuparse del cuidado de la gran casa y de los niños que, según Minerva, tendría la necesidad de criar. Por ahora, solo estaba Manolito.
Primeramente, durante unas semanas, Minerva consideró no decirle que era la verdadera madre del pequeño, pero viendo Cleta que no se atrevía a decírselo, y a pesar de ser muy discreta, fue ella misma quien le indicó que desde hacía años, conocía lo ocurrido. No por ser chismosa, sino porque lo comentaban por todo el pueblo.
La luz apenas tocaba las piedras de la fachada, y el aire estaba cargado del aroma a tierra mojada y a levadura. Por primera vez en años, Minerva se sentía dueña de algo tangible: el horno de su tío, la panadería y una vida propia comenzando a florecer.
—Buenos días, Minerva —dijo Tor (de Torcuato), el antiguo aprendiz de su tío Julián, mientras abría la puerta—. Pensé que vendrías más tarde.
Minerva había decidido quedarse con ese mismo ayudante, consciente de que era demasiado joven como para haber recibido los maliciosos comentarios del pueblo sobre la relación entre su Julián y ella misma. De hecho, tenía la misma edad que Minerva y, a diferencia de ella, era robusto y necesitaba esos músculos para ciertas cargas.
—Buenos días, Tor. Por favor, pon más leña en el horno.
La distancia de los años no había borrado el peso del juicio de la comunidad ni los rumores antiguos. En ese mismo momento pudo volver a comprobarlo pues, tras entrar Tor, entró un vecino aún desconocido por Minerva.
—Buenos días —dijo—. No ha tardado en nada en abrir la panadería. Es de agradecer. Así podremos comprobar si mamó lo suficiente para aprender a hacer un pan en condiciones.
Tor la miró con una mezcla de respeto y cautela. En realidad, sí había oído hablar sobre la joven heredera, de su estancia en el convento y de lo que había ocurrido con su familia. Justo por eso, decidió mirarla con complicidad tras tal comentario y aportarle el soporte que necesitara, tanto en la panadería como fuera de ella.
Mientras amasaba, minerva no respondió. Solo sonrió al impertinente cliente y comenzó a amasar, recordando los rostros del convento: la paciencia de Tomasa, la fuerza tranquila de Inés, los ojos curiosos de Clara y la curtida piel de sor Jimena. Cada uno de esos rostros había constituido una pieza fundamental para aprender a vivir con el dolor. Pero ahora el mundo exterior la obligaba a crecer de otra manera: a enfrentarse a vecinos, a la herencia, a las miradas que juzgaban su pasado.
—Eres nueva y no todos estarán de tu lado —dijo Tor, mientras recogía la levadura que se escapaba del cuenco—. Pero tu horno sí te obedecerá si sabes escucharlo. Yo te ayudaré en lo que haga falta.
La tarde trajo consigo la visita de su tío Gerardo junto a Elena, la única hija del hermano menor de su madre, también fallecido por la enfermedad. Era una niña de ojos grandes y expresión seria, demasiado consciente del mundo que la había dejado sola, puesto que estuvo presente en los momentos en que murieron varios familiares y tuvo que cuidarlos en cierto modo, sin quedar afectada por tal conducto hacia la muerte.
Minerva la recibió en la puerta de la gran casa, sintiendo un nudo en la garganta.
—Hola, Elena —dijo suavemente, extendiendo la mano—. Soy tu tía.
La adolescente la miró con desconfianza. Durante un instante, Minerva pensó que aquel gesto podría no bastar. Pero al notar que la calidez de Minerva no estaba fingida, algo en los ojos de Elena se suavizó.
—¿Dónde viviremos? —preguntó finalmente.
—Aquí —contestó Minerva—. En esta casa. Y también en la panadería.
Elena asintió lentamente, observando el lugar con fascinación y miedo a partes iguales. La vida que la esperaba no era la de juegos despreocupados, pensó. Y quizá tenía razón…
Durante los días siguientes, Minerva se volcó en la panadería con una determinación silenciosa. Tor la ayudaba a encender el horno, a preparar la masa, a mover los leños… La ayudaba en todo.
Tanto más se esforzaba Minerva en elaborar delicias culinarias, tanto más se escuchaba sobre ella sobre el pueblo.
—La muchacha del convento… ¿será capaz de manejar la panadería sola? Y ese Tor…
—Dicen que su hijo no es reconocido…
—Y su tío… ¡Qué bueno era el pobre de Julián…
Minerva escuchaba, pero no respondía. A oídos necios, palabras sordas. Aprendió que la fuerza no se mostraba en palabras, sino en hechos. Su pan, sus pastitas y todo lo que elaboraba en sus hornos debían hablar por ella.
Elena comenzó a pasar las tardes en la panadería, observando y ayudando donde podía. Minerva la guiaba con paciencia, enseñándole a amasar, a sentir la textura de la masa, a escuchar el tiempo que necesitaba ésta para crecer.
Pero empezó a notar algo inquietante: los ojos de Elena se fijaban con demasiada frecuencia en su Manolito. Algo en la mirada de la niña, mezcla de curiosidad y admiración, hizo que Minerva se tensara.
Una tarde, mientras removían una masa nueva juntas, Elena preguntó:
—Tía… ¿él… siempre ha estado contigo?
Minerva titubeó, ajustando la tela sobre el pequeño cuerpo del niño, de unos 8 años.
—No mientras estuve aprendiendo a hacer pan. Pero recuerda que todos tenemos secretos. Aprende a ser discreta con tus preguntas, Elena.
Elena asintió, pero no pareció satisfecha con la respuesta. Su curiosidad era intensa, casi palpable. Minerva comprendió que aquel será un desafío silencioso, un juego de miradas, palabras que no se dicen y secretos que deben protegerse.
Esa misma tarde, mientras el sol caía sobre la panadería, Minerva observó al niño durmiendo. Su respiración era suave, su pequeño pecho subía y bajaba con calma. La comprensión llegó a ella como un aroma dulce que se filtraba por el horno: la vida no solo se mide en panes horneados o en secretos guardados, sino en las pequeñas conexiones que sobreviven al tiempo y a la memoria.
—Crecerás fuerte —murmuró—. Y algún día me entenderás.
Incienso y levadura (capítulos 6 a 9)
por Carmen Nikol
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