Incienso y levadura

Capítulo 1 — El olor del pan

El día que Minerva abandonó el pueblo, el pan estaba en su punto perfecto.

No era algo que cualquiera pudiera notar. Para la mayoría de la gente el pan simplemente salía del horno y ya estaba: dorado, caliente, con la corteza crujiente. Pero los panaderos sabían que existía un instante exacto —un momento breve, casi secreto— en que la masa dejaba de ser alimento y se convertía en algo más profundo. Memoria.

Aquella mañana el aire del pueblo estaba lleno de ese olor.

La chimenea de la panadería expulsaba una columna de humo blanco que se deshacía lentamente sobre los tejados. Las mujeres cruzaban la plaza con cestas de mimbre apoyadas en la cadera y pañuelos oscuros en la cabeza.

—Hoy el pan huele mejor que nunca —dijo Doña Amalia mientras golpeaba el suelo con su bastón.

Nadie le respondió.

En realidad todos pensaban lo mismo, pero también sabían que aquel día había algo extraño en el ambiente. Algo que no tenía nombre pero que se movía entre las casas como un animal inquieto.

El carro que esperaba frente a la casa de los Roldán parecía demasiado pequeño para un acontecimiento tan grande.

Minerva subió sin ayuda.

Tenía trece años y la mirada fija en el suelo.

Su madre, Carmen, tardó un poco más. Antes de subir volvió la cabeza hacia la calle vacía. No buscaba a nadie en particular, aunque durante un instante pareció esperar que alguien apareciera para impedir el viaje. Pero en los pueblos pequeños nadie interrumpe una desgracia ajena.

La gente observaba desde las ventanas, mientras Carmen le decía a su hija sotto voce:

—¡Ay! ¡Hay que ver qué giros tiene la vida. Nosotros te pusimos Minerva esperando que nos saldrías una chica lista. ¿Cómo has podido seducir a tu tío y ser tan tonta? Tan profanos como somos, y has de acabar en un convento. Tú te lo has buscado…

El carretero acomodó las riendas mientras miraba de reojo a doña pécora (así se refería a Doña Carmen, por su mala baba siempre alguien, de su parte, lo mandaba llamar).

—¿Listas?

Carmen asintió con el gesto torcido, como si estuviese oliendo la mierda que el caballo dejaba detrás de sí. Éste empezó a avanzar con un sonido lento de herraduras contra piedra. Durante los primeros metros nadie habló. La buena gente que paseaba por la calle, aún respiraba el olor del pan recién hecho en la panadería de la esquina de la plaza.

Minerva lo respiró profundamente, como si quisiera guardarlo dentro del pecho antes de marcharse. Ese olor memorable, palpable, apetecible pero desgraciado. Aquella panadería merecía todo su desprecio: la vio pecar, sin voluntad de hacerlo, sin conocimiento alguno de lo que era pecar. En casa no hablaban en esos términos. Aunque iban a la iglesia, admiraban la cultura de la antigua Roma y sus dioses eran otros.

Minerva no lo sabía, por entonces, pero aquel olor la perseguiría durante años.


Sí, la panadería que dejaban detrás estaba en la esquina de la plaza, en un edificio bajo, con paredes encaladas y una puerta siempre abierta. En invierno el calor del horno escapaba hacia la calle y formaba una nube tibia donde los niños se quedaban jugando.

Aquella mañana el horno rugía como una bestia satisfecha.

Dentro, Julián Roldán —el panadero— sacaba las hogazas con movimientos seguros. Tenía los brazos fuertes, cubiertos de harina hasta los codos, y una expresión tranquila que inspiraba confianza.

A los ojos del pueblo era un hombre respetable. Trabajador. Generoso.

—Aquí tiene, Doña Amalia —dijo entregándole una hogaza envuelta en papel—. Recién salido del horno.

La mujer la sostuvo con las dos manos y aspiró profundamente.

—Dios bendiga esas manos, Julián.

El panadero sonrió. Una sonrisa breve. Controlada y amable.

Pero cuando levantó la vista y vio pasar el carro en dirección al camino del convento, su gesto cambió apenas un segundo.

Fue algo pequeño. Un endurecimiento en la mandíbula. Nada que los demás notaran. Nada que pudiera explicarse.

El carro siguió avanzando por la plaza. Minerva no levantó la cabeza. Sin embargo sabía exactamente dónde estaban. Podía sentir el horno a través del olor. Podía imaginar la mesa de madera donde tantas veces había visto a su tío amasar.

Recordó algo que él solía decir.

«¿Crees que nos ha escuchado la masa?»

Lo decía mientras hundía los dedos en la harina, como si estuviera tocando un instrumento delicado.

—Si estás nervioso, el pan lo nota —le explicó una vez, cuando ella tenía nueve años—. Y entonces no sube bien. Y queremos que todo suba bien, Mi nerva.

A Minerva le había gustado aquella idea. Pensar que algo tan simple como el pan escondía un sentir. Pero ahora sabía que las manos de su tío también escondía un sentir; un sentir sucio que la sacudió cada vez que se refería al pan con metáforas y analogías. Le dio a conocer ciertas figuras literarias sin enseñarle más leguaje que el que gustaba de usar para atrofiar su pequeña feminidad.

Cerró los ojos mientras el carro pasaba frente a la panadería.

Carmen apretó el rosario que se acababa de comprar con tanta fuerza que las cuentas chirriaron entre sus dedos. Debía llegar al convento con la presencia de una beata. Al fin y cabo, las monjas le iban a hacer un gran favor.

No, ni madre ni hija miraron hacia la puerta. Sin embargo ambas sabían que él estaba allí. Trabajando. Respirando. Viviendo. Como si nada hubiera ocurrido.


—Minerva.

La voz de su madre sonó baja, áspera.

—¿Sí?

—Cuando lleguemos no hables más de lo necesario.

La niña tardó en responder.

—No lo haré, mamá.

Carmen suspiró.

El camino empezaba a subir hacia los campos. El pueblo quedaba atrás poco a poco, con sus casas apretadas alrededor de la iglesia.

Minerva miró el paisaje. Los olivos se extendían en filas largas y grises bajo el cielo de primavera. Pensó que el silencio del pueblo era tan espeso como la masa antes de subir.


El convento apareció en la distancia como una piedra enorme plantada en mitad del campo.

Los muros eran altos. Las ventanas, estrechas. Y el portón de madera parecía demasiado pesado para abrirse con facilidad.

Minerva sintió un temblor en el estómago.

—¿Cuánto tiempo me quedaré?

Carmen evitó su mirada.

—El necesario.

Aquella respuesta tenía algo definitivo. Algo parecido a una sentencia. El carro se detuvo frente al portón. El viento agitaba los árboles cercanos y hacía sonar una campana lejana.

Entonces la puerta se abrió.

Una mujer vestida con hábito negro apareció en el umbral. Era la madre superiora, Sor Jimena. Tenía el rostro delgado y los ojos muy claros. Observó a Minerva durante unos segundos antes de hablar.

—Bienvenida, hija.

Su voz era suave, pero tenía la firmeza de las cosas que no cambian.

Minerva bajó del carro. La tierra crujió bajo sus zapatos.

Carmen también descendió.

Durante un instante ambas se quedaron frente a frente sin saber qué hacer con las manos.

—Cuídate —dijo finalmente la madre.

Minerva asintió. Sin abrazos, ni lágrimas. Solo un gesto breve con la cabeza.

Después la madre superiora tomó a Minerva del brazo y la condujo hacia el interior mientras se despedía de Doña Carmen.

El portón se cerró con un sonido seco. Irreversible.


El convento olía diferente al pueblo. Cada estancia tenía un olor distintivo: la habitación, a cera; la capilla, a incienso; la cocina, a sopa de verduras y a dulces; y los pasillos, a piedra húmeda.

Cera. Incienso. Humedad, sopa de verduras y dulces. Cuatro olores que se incluirían en sus hábitos. Solo los cuatro primeros de entre los muchos que acabaría memorizando.

Los pasillos, húmedos, eran largos y estrechos, iluminados por pequeñas ventanas altas.

Las sandalias de las monjas producían un sonido suave al atravesarlos. Un sonido que pronto se volvería familiar para Minerva, para esa niña tan sensorial. Quizá era aún muy inocente de mente, pero bien podría decirse que era tan despierta como un anciano ciego o un perro sabueso.

—Aquí encontrarás paz —dijo la madre superiora.

Minerva no respondió.

La llevaron a una pequeña habitación. Una cama. Una mesa. Un crucifijo en la pared.

Nada más. Sólo una vela.

—Descansa —añadió la mujer—. Mañana hablaremos.

Cuando la puerta se cerró, Minerva se quedó sola.

El silencio del convento era diferente al del pueblo.

Más profundo. Más completo.

Se sentó en la cama. Durante varios minutos, sin moverse. Luego, lentamente, llevó la mano a su vientre. Aún no se notaba demasiado. Pero estaba allí. Un secreto creciendo. Igual que la levadura en la masa de su tío.

Fuera, en algún lugar del edificio, sonó una campana.

Minerva cerró los ojos y, por primera vez desde aquella última tarde en la panadería, comprendió algo con absoluta claridad: el silencio no servía para olvidar. Solo servía para que las cosas crecieran.

Como el pan.


Capítulo 2 — El portón

El portón del convento tenía una forma peculiar de cerrarse.

No era un golpe brusco, como el de las puertas de las casas del pueblo cuando alguien estaba enfadado. Tampoco era un chirrido largo como el de los graneros. Dos piezas enormes de madera se encontraban en el centro y luego el cerrojo caía con un sonido metálico que parecía atravesar el aire.

Minerva lo escuchó desde su habitación. El ruido resonó por el zaguán de piedra y se perdió en los corredores del edificio hasta llegar a ella.

Durante un momento sintió que su pequeño mundo se había quedado al otro lado. No sólo el pueblo o sus amigas. No. Todo.

La madre superiora la observaba con una atención tranquila, como si estuviera acostumbrada a presenciar aquel tipo de renuncia.

—Ven, hija —dijo finalmente—. Te enseñaré la casa.

Minerva caminó tras ella. El suelo era tan frío que parecía como si una barra de hielo le subiera por las piernas. Y eso le recordó el calor de la mano de su tío subiendo por su pantorrilla.

En los muros colgaban cuadros oscuros de santos cuyos ojos parecían seguirla mientras avanzaba.

—Aquí vivimos treinta y dos hermanas —continuó la superiora—. Algunas llevan aquí más de cincuenta años.

Minerva intentó imaginar lo que significaba cincuenta años dentro de aquellos muros. Intentó imaginar cuántos motivos podrían haber llevado a tantas mujeres a ese encierro, pero fue incapaz. Demasiado inocente para imaginar tal insensatez.

Doblaron un corredor y atravesaron un pequeño claustro interior. En el centro había un pozo antiguo rodeado de macetas con hierbas medicinales.

El aire allí olía a romero y tomillo. Dos olores más.

Un grupo de monjas cruzó el patio en silencio. Sus hábitos negros se movían como alas oscuras. Una de ellas miró a Minerva con curiosidad. Otra le dedicó una sonrisa breve. Pero ninguna dijo nada.

—En el convento hablamos poco —explicó la madre superiora—. El silencio ayuda a escuchar lo importante.

Minerva pensó que el silencio también servía para esconder cosas. Pero no lo dijo. Su madre le había dicho que hablase poco, lo justo.


La cocina del convento estaba en el extremo sur del edificio. Era el único lugar donde el silencio se rompía con frecuencia. Allí había ruido de ollas, cuchillos contra madera, agua hirviendo y el chasquido constante de la leña en el horno. El olor de esa fogata, de esa leña, era lo más reconfortante, lo más cercano a su breve niñez previa al abuso.

La madre superiora abrió la puerta y nuevos olores salieron de esa cocina: Harina. Levadura. Pan. Por un momento creyó haber vuelto al pueblo, junto a su tío Julián.

Una mujer robusta, con las mangas arremangadas hasta los codos, estaba inclinada sobre una mesa enorme cubierta de masa. Tenía las manos blancas de harina y una expresión concentrada.

—Hermana Tomasa —dijo la superiora—. Esta es Minerva.

La mujer levantó la cabeza.

Sus ojos eran pequeños pero muy vivos. Observó a la niña durante un instante. Luego asintió con un gesto corto.

—Bienvenida.

Su voz era grave, como la de alguien que había hablado mucho en su vida antes de entrar al convento.

—Ayudará aquí cuando se acostumbre. Viene de trabajar en la panadería de su tío y tiene experiencia amasando pan —añadió la superiora.

La hermana Tomasa volvió a mirar la masa.

—Bien. Siempre hacen falta manos.

La madre superiora se marchó.

Minerva se quedó allí de pie, sin saber exactamente qué hacer.

Tomasa empujó una bandeja hacia ella.

—Acércate.

La niña obedeció.

La mesa estaba cubierta por una masa enorme que respiraba lentamente. Pequeñas burbujas aparecían en la superficie y desaparecían otra vez.

—Lávate aquí las manos y tócala.

Minerva dudó.

—No muerde. ¿De verdad que ya has amasado pan?

La niña se lavó con jabón de sosa y extendió la mano como la extendía guiada por su tío. Pero no amasó nunca pan.

La masa estaba tibia. Viva.

Al contacto con sus dedos cedió ligeramente, como si respondiera.

Tomasa la observaba.

—¿Has hecho pan antes? Creo que no llegaste a hacer pan…

Minerva tardó un segundo en responder.

—Sí.

—¿Quién te enseñó?

La niña sintió que algo se tensaba dentro de su pecho.

—Mi tío.

Tomasa asintió lentamente.

—Entonces sabes algo importante.

—¿Qué quiere decir?

La monja hundió los dedos en la masa y la dobló con un movimiento preciso.

—Que el pan tiene memoria.

Minerva levantó la mirada.

—¿Memoria?

—Claro —continuó Tomasa—. La harina recuerda el campo donde creció. El agua recuerda la lluvia. Y las manos… —se detuvo un instante— las manos siempre dejan algo.

Minerva retiró de golpe la suya de la masa. La harina continuaba pegada a su piel.


Aquella noche Minerva no pudo dormir.

La habitación era pequeña y silenciosa. A través de la ventana entraba una luz débil de luna que dibujaba sombras en la pared.

El convento respiraba de una forma extraña.

De vez en cuando, Minerva escuchaba un paso lejano, el roce de una tela, el susurro del viento colándose por los corredores.

Estaba tumbada boca arriba y tenía una mano sobre el vientre. Algo se movía ahí dentro, muy poco todavía. Cerró los ojos y pensó en su madre. Pensó en la casa. Pensó en la panadería. Y en las manos de su tío cubiertas de harina. Pegada, como se le había quedado pegada a ella.

Tuvo un sueño vívido y empalagoso. La puerta cerrándose. El olor del horno. El peso de aquellas manos.

Minerva abrió los ojos bruscamente. El cuarto seguía en silencio. Pero el aire parecía más pesado.

Se sentó en la cama. Durante unos minutos y respiró despacio hasta que el temblor desapareció. Luego miró la pequeña mesa de madera junto a la cama. Había una hoja de papel y una pluma. No sabía si las habían dejado para ella o si siempre estaban allí. Tomó la pluma. Pensó un momento. Y empezó a escribir.

«No sé si algún día leerás esto.»

La tinta avanzó lentamente sobre el papel. Las palabras salían torcidas, inseguras.

Minerva escribió durante casi una hora. Cuando terminó, dobló la hoja con cuidado. No sabía qué hacer con ella. No podía enviarla. Ni siquiera sabía a quién. Entonces recordó el horno de la cocina y se levantó.

El convento estaba oscuro pero ya sabía cómo avanzar por el pasillo intentando no hacer ruido.

La cocina estaba vacía. El horno aún estaba tibio por el pan de la tarde. Minerva levantó una piedra suelta en la base del muro. Había un pequeño hueco detrás. Guardó la carta allí. Luego volvió a colocar la piedra.

Durante un momento se quedó mirando el horno. El calor salía lentamente por las grietas.

—Las manos siempre dejan algo —murmuró recordando las palabras de Tomasa.

Y por primera vez se preguntó qué dejarían las suyas.


Los días en el convento empezaron a organizarse como las estaciones. Todo tenía una hora exacta. Las campanas despertaban a las monjas antes del amanecer. Después venían las oraciones. El trabajo. La comida. El silencio.

Minerva empezó a ayudar en la cocina. Tomasa resultó ser una mujer extraña. Hablaba poco, como ella. Pero cuando lo hacía parecía decir cosas que iban más allá de lo evidente. Una mañana estaban amasando pan cuando preguntó de repente:

—¿Te gusta el silencio?

Minerva tardó en responder.

—No lo sé.

Tomasa dobló la masa.

—El silencio es como la levadura.

—¿Por qué?

—Porque hace crecer las cosas.

La niña pensó en aquello.

—¿Incluso las malas?

Tomasa levantó la mirada. Durante un segundo sus ojos se clavaron en los de Minerva.

—Sobre todo esas.

Minerva sintió un escalofrío y decidió que desde entonces comenzaría a hablar.

La monja volvió a trabajar como si nada hubiera ocurrido.


Una tarde, mientras lavaban verduras, Minerva se atrevió a hacer una pregunta.

—Hermana Tomasa.

—¿Sí?

—¿Por qué entró usted en el convento?

Tomasa siguió cortando zanahorias.

—Por la misma razón que todas.

—¿Y cuál es esa razón?

La monja sonrió apenas.

—Porque el mundo era demasiado ruidoso.

Minerva no insistió. Pero algo en aquella respuesta le pareció incompleto y, a la vez, muy revelador.


Mientras tanto, en el pueblo, la vida continuaba.

En la panadería de Julián las conversaciones seguían girando alrededor de las mismas cosas: el tiempo, las cosechas, la política lejana.

Una tarde Don Esteban, el alguacil, apoyó el vaso de vino en la mesa.

—La chica está en el convento —dijo.

—Sí —respondió Julián—. Eso dicen.

—Mejor así.

Hubo un murmullo general.

Doña Amalia, sentada cerca de la puerta, habló con voz rasposa, dirigiendo su mirada hacia Julián.

—Los secretos no desaparecen porque se encierren.

Nadie respondió. En los pueblos pequeños algunas verdades se conocen demasiado bien para mencionarlas.


En el convento el tiempo seguía su curso. Las cartas de Minerva empezaron a multiplicarse. Escribía una cada pocas noches. Algunas eran largas. Otras apenas ocupaban unas líneas.

«Hoy el pan ha subido bien.»

«Hoy he pensado en el campo.»

«Hoy he soñado contigo.»

Todas terminaban escondidas bajo la piedra del horno.

El hueco empezó a llenarse de papel, como si el horno guardara una memoria secreta que no pensaba quemar.

La hermana Tomasa lo sabía. Minerva se dio cuenta una tarde cuando la monja levantó la piedra para meter leña. Las cartas quedaron al descubierto y Tomasa las vio. Pero no las tocó. Solo volvió a colocar la piedra. Luego dijo algo que Minerva recordaría durante muchos años:

—Los hornos guardan mejor los secretos que las personas.

Y siguió trabajando. Como si nada hubiera pasado.


Aquella noche Minerva volvió a la cocina. El convento estaba en silencio, como cada noche. Levantó la piedra para comprobar si las cartas estaban allí. Lo estaban, a docenas. Las tocó con cuidado. Aquella noche no había escrito nada pero necesitaba saber que no se las habían llevado. Cerró el hueco.

El horno estaba frío. Pero todavía conservaba un leve olor a pan.

Minerva apoyó la frente en la piedra. Y por primera vez desde que había llegado al convento lloró. En silencio. Como crecen las cosas: sobre todo las malas.


Capítulo 3 — La masa

El invierno llegó al convento sin mucho ruido. No hubo una tormenta repentina ni un cambio brusco en el cielo. Simplemente una mañana el aire amaneció más frío y las piedras del claustro empezaron a guardar la humedad como si la estuvieran acumulando para algo.

Minerva lo notó primero en las manos. Esas pequeñas manitas que tanto calor habían tocado. Sin querer, sin saber por qué ni, sobe todo, para qué.

La harina ya no se pegaba igual a ellas. El agua del pozo estaba helada y la masa tardaba más en despertar.

—En invierno el pan se vuelve perezoso —dijo la hermana Tomasa una madrugada mientras removía la levadura mezclada con agua caliente y miel en un cuenco de barro.

Minerva observó la mezcla con atención.

Las pequeñas burbujas aparecían lentamente, como si respiraran con dificultad.

—¿Por el frío? —preguntó.

Tomasa negó con la cabeza.

—Por la paciencia.

—No entiendo.

La monja apoyó los codos en la mesa y miró la masa como si estuviera mirando el mar.

—En invierno todo necesita más tiempo para confiar.

Minerva pensó que aquella frase podía aplicarse a muchas cosas. Sobre todo a las personas. Su pequeña mente comenzaba a comprender las analogías de su nueva amiga. Recordó cómo su tío, también en invierno, decía que si le tocaba las pantorrillas era para calentárselas, que no debía desconfiar de él ni sentir miedo. Que él sabía cómo conseguir que el calor amansara el frío del invierno.


Su cuerpo había cambiado mucho desde que llegó al convento. Su vientre ya no era un secreto que pudiera ocultarse con facilidad. Las telas del hábito prestado empezaban a tensarse sobre la curva redonda que crecía lentamente.

Las monjas, por supuesto, lo sabían.

Pero en el convento el conocimiento no siempre se convertía en palabras.

La hermana Clara, que era joven y tenía ojos curiosos, la miraba a veces con una mezcla de compasión y miedo. Una tarde, mientras recogían leña en el patio, se acercó a ella.

—¿Te duele?

Minerva levantó la cabeza.

—¿Qué quieres decir?

Clara señaló discretamente su vientre.

—Eso.

Minerva pensó un momento.

—No.

—¿Nunca?

—A veces —admitió.

Clara asintió lentamente. Parecía querer decir algo más. Pero en ese momento sonó la campana del refectorio y ambas volvieron a sus tareas sin añadir otra palabra.


La cocina del convento se había convertido en el lugar donde Minerva podía respirar. Ya no le molestaba el olor del pan. Lo asociaba más con Tomasa que con su tío.

Allí el silencio era distinto al de sus noches o al que siempre hubo en su hogar. No estaba hecho de prohibiciones, sino de trabajo. Además, el ruido de los cuchillos, el hervir de las ollas y el crujido de la leña en el horno formaban una especie de música lenta.

Tomasa dirigía aquel pequeño universo con una autoridad tranquila.

—La sopa primero —ordenaba algunas mañanas—. Luego el pan.

Otras veces decía:

—Hoy amasaremos más. Las hermanas del hospital vendrán a buscar comida.

Minerva la observaba constantemente. Había algo en aquella mujer que parecía hecho de varias capas superpuestas.

No se comportaba como alguien que hubiera pasado toda su existencia entre muros.

Una tarde, mientras limpiaban la mesa después de hornear, Minerva se atrevió a preguntar:

—Hermana Tomasa.

—¿Sí?

—¿Siempre ha vivido aquí?

Tomasa no respondió inmediatamente.

Estaba raspando restos de masa seca con un cuchillo pequeño.

—No.

La respuesta llegó seca.

Minerva esperó.

—Antes vivía en el norte —añadió la monja—. Cerca del mar.

Aquello sorprendió a la niña.

El mar le parecía una cosa casi imaginaria. En el pueblo nadie lo había visto nunca.

—¿Por qué se fue?

Tomasa dejó el cuchillo. Durante un momento miró el horno. El fuego crepitaba detrás de la puerta de hierro.

—Porque a veces —dijo finalmente— el mundo se rompe.

Minerva sintió un pequeño estremecimiento.

—¿Y el convento lo arregla?

Tomasa negó con la cabeza.

—No.

—Entonces ¿para qué sirve?

La monja volvió a tomar el cuchillo.

—Para que el ruido de la ruptura no te vuelva loca. Ya lo comprenderás.


El embarazo avanzaba. Las noches se volvieron más difíciles. Minerva ya no podía dormir boca arriba. El peso en su vientre tiraba de la espalda y la obligaba a cambiar de posición constantemente. El niño se movía más. A veces con suavidad. Otras con una fuerza que parecía imposible para algo tan pequeño.

Una madrugada el movimiento fue tan fuerte que la despertó. Se sentó en la cama y apoyó las manos sobre su vientre.

—Tranquilo —murmuró.

La palabra salió casi sin pensar.

El movimiento se detuvo. Sin saber del todo cómo se había colado ese ser dentro de ella, ya no pensaba en aquella criatura como un problema. Le habían dicho que iba a traer a una personita al mundo. Que había sido elegida para ello. Pensaba en ella como una presencia. Algo vivo. Algo que dependía de ella.

Se levantó y caminó hacia la cocina. Era ya una costumbre. Las cartas seguían creciendo bajo la piedra del horno. Aquella noche escribió:

«Hoy te has movido mucho. No sé si es porque te gusta el pan o si simplemente quieres salir. A veces pienso que te traeré a un mundo que no te merece. No sé bien por qué, pero creo que hay demasiadas incógnitas en él para ti. También para mí. Pero luego recuerdo que el trigo también crece en campos pobres y que, aunque los pobres no merecen su escasez, siempre sonríen. Quizá tú también lo harás junto a mí.»

Doblando el papel, sintió una presión extraña en el pecho y guardó la carta. El horno estaba apagado. Pero el olor de la harina seguía allí. Siempre estaba allí.


Las sospechas empezaron a circular entre algunas monjas. No sobre el embarazo —eso era evidente— sino sobre la historia que lo rodeaba. En el convento se decía que Minerva había sido enviada allí por problemas familiares. Pero la imaginación humana es un animal inquieto.

Una tarde, en el huerto, la hermana Clara susurró a otra novicia:

—Dicen que el padre del niño era un hombre del pueblo. El panadero, dicen…

—¿Quién lo dice?

—Nadie.

—Entonces no lo digas.

Pero Clara no pudo evitarlo. La curiosidad es una forma de hambre.


La única que nunca preguntó nada fue Tomasa. Sin embargo, una noche, mientras amasaban pan para el día siguiente, dijo algo inesperado.

—Los hombres pueden ser como el fuego.

Minerva levantó la vista.

—¿Cómo?

Tomasa dobló la masa con fuerza.

—Si los controlas, te dan calor.

—¿Y si no?

La monja miró directamente a Minerva.

—Te queman.

El silencio que siguió fue espeso y Minerva se estremeció. Sintió que las palabras querían salir de su boca. Pero no salieron. Solo pensó que su tío la había quemado. No había pasado a verla ni un solo día, a pesar de repetirle incesantemente cuánto la quería.

Tomasa continuó trabajando.

Pasaron varios minutos antes de que volviera a hablar.

—Yo tuve un marido.

La frase cayó sobre la mesa como una piedra. Minerva nunca había oído a una monja decir algo parecido.

—¿Un marido?

Tomasa asintió.

—Hace muchos años.

—¿Murió?

—No.

—Entonces…

La monja sonrió con una tristeza suave.

—Digamos que el mundo se lo comió.

Minerva recordó esa misma frase.

—¿Le hicieron daño?

Tomasa tardó en responder.

—No directamente.

—¿Entonces?

—Bebía.

—¿Mucho?

—Lo suficiente para que el mundo se lo tragase como un buen vino.

El horno crepitó detrás de ellas.

—Una noche prendió fuego a la casa —continuó Tomasa—. No porque quisiera quemarla. Solo porque olvidó apagar la lámpara.

Minerva escuchaba sin moverse.

—Murieron dos personas —añadió la monja.

El silencio volvió.

—¿Su familia?

Tomasa negó con la cabeza.

—La mía.

Minerva sintió un nudo en la garganta.

—Por eso vine aquí.

—¿Para olvidar?

—No.

Tomasa empujó la masa hacia Minerva.

—Para aprender a vivir con el recuerdo.


El invierno avanzó y la nieve llegó finalmente en febrero. El claustro quedó cubierto por una capa blanca que hacía crujir los pasos.

Las monjas caminaban envueltas en capas gruesas.

La cocina se volvió aún más importante. El calor del horno mantenía la habitación viva y casi todas las monjas pasaba por allí en algún momento que otro del día.

Minerva amasaba cada vez mejor. Sus manos habían aprendido el ritmo. La presión justa. El movimiento exacto.

—La masa te escucha —dijo Tomasa una mañana.

Minerva sonrió.

Aquella frase ya no le parecía tan extraña. Se había acostumbrado al lenguaje de la gran Tomasa.


En el pueblo, mientras tanto, las conversaciones sobre Minerva se habían enfriado. Las personas tienen una capacidad extraordinaria para acostumbrarse al silencio impuesto.

El panadero, Julián, seguía trabajando cada madrugada. Sus hogazas seguían siendo las mejores del valle. Pero, a veces, cuando nadie miraba, se quedaba quieto frente al horno durante largos minutos y se tocaba. Siempre pensaba en Minerva cuando lo hacía.


En el convento el niño estaba cada vez más cerca de nacer. La hermana Clara fue la primera en darse cuenta. Una tarde vio a Minerva detenerse en mitad del pasillo con una mano apoyada en la pared.

—¿Estás bien?

Minerva respiró profundamente.

—Sí.

Pero ambas sabían que algo estaba cambiando. El tiempo del secreto estaba terminando. Y como ocurre con la masa en el horno, había llegado el momento en que el crecimiento ya no podía ocultarse. La vida estaba a punto de romper la superficie. El feto, como la levadura, estaba avanzando en la dirección correcta.


Aquella noche Minerva escribió otra carta.

«Hoy la capilla olía a incienso. La madre superiora decía que lo había usado para hacer una oración especial por mí y por mi criatura, para que saliese de mí sin problemas.

He pensado en el mar. La hermana Tomasa dice que es enorme. Me pregunto si tu vida también lo será. Aunque dicen que serás muy pequeño. Yo te siento grande. Espero que seas libre. Ojalá nunca tengas que aprender a guardar silencio. Tomasa dice que eso es la libertad.»


Capítulo 4 — El secreto

La nieve había empezado a derretirse en los patios del convento cuando el secreto dejó de poder esconderse.

Durante semanas había crecido lentamente, igual que la masa madre que usaba Tomasa. Crecía en un cuenco profundo como un vientre. El de Minerva era primero apenas una curva, luego un peso; después, una forma que ya no podía negarse. El hábito prestado que vestía se tensaba sobre su vientre como si la tela misma supiera que estaba guardando algo que no le pertenecía.

Las monjas, callaban. El conocimiento en los conventos no siempre produce palabras. A veces produce silencio. El silencio, decían ellas mismas en sus oraciones, era la forma que tenían de proteger la paz, de entregar sus pensamientos a Dios.

Aquella mañana el sol entraba débilmente por las ventanas altas de la cocina. Minerva estaba amasando. Sus manos se movían con más seguridad que cuando llegó al convento. La masa obedecía su presión: se doblaba, se abría y volvía a cerrarse bajo sus dedos.

La hermana Tomasa la observaba desde el otro lado de la mesa.

—Más despacio —dijo.

Minerva levantó la mirada.

—¿Por qué?

Tomasa señaló la masa con el mentón.

—La estás castigando y te estás esforzando demasiado.

La niña aflojó el movimiento.

—No sabía que se podía castigar al pan.

—Todo se puede castigar si se aprieta demasiado.

El comentario quedó flotando entre las dos.

Minerva bajó los ojos hacia la mesa.

Durante unos segundos la cocina se llenó solo del sonido húmedo de la masa golpeando la madera.

Luego Tomasa añadió:

—El pan necesita espacio para crecer. Como tu hábito.


Las monjas comenzaron a mirar su vientre con más frecuencia, sin hostilidad. Ni siquiera con curiosidad abierta. Pero sus ojos quedaban prendados de él cuando Minerva no las miraba.

Una tarde, en el lavadero, la hermana Clara se acercó a ella con una cesta de ropa húmeda.

—¿Falta mucho?

Minerva tardó en comprender la pregunta.

—No lo sé.

Clara dejó la cesta en el suelo.

—Mi madre decía que los niños llegan cuando quieren.

Minerva se sorprendió.

—¿Tu madre?

Clara asintió.

—Antes de entrar aquí tenía una familia. Claro, como todos.

La frase fue dicha con naturalidad, pero Minerva sintió que había en ella una grieta.

—¿La echas de menos?

Clara sonrió con una tristeza leve.

—A veces.

—¿Por qué viniste entonces?

La joven monja se encogió de hombros.

—Porque algunas personas no saben qué hacer con las niñas.

Minerva pensó que aquella frase también le pertenecía.


Las noches empezaron a volverse más difíciles. El niño se movía con fuerza ahora. A veces parecía empujar contra las paredes de su vientre como si estuviera buscando una salida. Minerva despertaba sobresaltada. El cuarto estaba siempre oscuro y silencioso. Cuanto más crecía su vientre, más necesitaba oler las paredes, la vela o las mesillas. Se olía a sí misma. Cada día aumentaba en ella un olor diferente. No era desagradable, era solo diferente. Y, antes de volver a dormirse, iba hacia las cocinas para impregnarse de más olores que la calmaran hasta encontrar un resquicio de sueño. En ocasiones, la despertaban en algún pasillo.

Una madrugada decidió bajar otra vez a la cocina. El hábito chocaba contra las paredes del pasillo mientras caminaba. Se sentía patosa y no controlaba bien las distancias.

El convento dormía. Minerva levantó la piedra del hueco. Las cartas habían empezado a ocupar casi todo el espacio. Había muchas más de las que recordaba haber escrito.

Tomó una al azar y la abrió. «Hoy he soñado con el campo. No sé si alguna vez lo verás. Pero si lo haces, fíjate en el trigo cuando el viento lo mueve.»

La dobló otra vez. Durante un momento se preguntó si aquellas palabras tenían algún sentido. Tal vez el niño nunca las leería. Tal vez nadie lo haría, pero escribirlas era lo único que le permitía crecer a la vez que su vientre.

Guardó la carta.

El horno estaba frío.

Apoyó la frente contra el hierro oscuro.

—Las manos siempre dejan algo —murmuró.

Era una frase de Tomasa. Y ahora empezaba a entenderla.


El embarazo también había cambiado su forma de mirar el convento. Al principio los muros la agobiaban. Ahora empezaban a parecerle una protección. El mundo exterior estaba lleno de preguntas. Dentro solo había tareas. La rutina tenía una cualidad tranquilizadora.

Las campanas marcaban las horas. Las monjas caminaban en silencio. La cocina producía pan, sopa, dulces y, algunas veces, sabrosos embutidos. El huerto de las monjas producía legumbres, coles, lechugas, cardos, aromáticas y algunas hortalizas. También contaban con una pequeña granja de gallinas, borregos y cerdos. Las cabras solían ser salvajes y pastaban junto a so burros y una mula.

Todo seguía un ritmo constante. Solo su cuerpo parecía vivir en otro. Uno más profundo.


Una tarde, mientras pelaban patatas para la cena, Tomasa habló de algo inesperado.

—Los niños siempre nacen con hambre.

Minerva levantó la vista.

—¿Todos?

—Todos.

—¿Incluso los que no son queridos?

Tomasa dejó el cuchillo.

—El hambre no depende del cariño.

Minerva bajó la mirada.

—Entonces el mundo debe de ser un lugar difícil.

Tomasa la observó durante unos segundos.

—Lo es.

—¿Por qué ha de ser así?

La monja volvió a tomar el cuchillo.

—Porque la gente tiene miedo de lo que no puede controlar.

Minerva pensó en el pueblo. En las ventanas cerradas. En su madre y en las conversaciones que se detenían cuando alguien entraba en casa.

—¿Y el miedo se cura?

Tomasa sonrió levemente.

—No.

—¿Entonces qué se hace con él?

—Se aprende a vivir con él. A veces es muy útil. Con el tiempo lo aprenderás.


Mientras tanto, en el pueblo, el invierno también estaba cambiando las cosas. En la panadería de Julián el humo de los cigarrillos se mezclaba con la nube de olores a pan para formar una nube aún más espesa bajo las vigas.

Don Esteban, el alguacil, bebía vino en una mesa cerca del fuego.

—Hace meses que no se habla de la chica —dijo.

Julián encogió los hombros.

—Es normal. Está oculta entre esos muros.

Doña Amalia, sentada en su rincón habitual, intervino:

—Esos muros ocultan algo más que Minerva.

Los hombres la miraron.

—Pero no es un cementerio —continuó la anciana—. Y las cosas, si no se entierran, se pudren y huelen o vuelven a salir.

Nadie respondió. El fuego crepitó en el horno y el silencio quemó sus miradas.


En el convento la primavera empezaba a insinuarse. La nieve desaparecía lentamente del huerto. Las primeras hierbas verdes aparecían entre las piedras.

Minerva caminaba más despacio ahora. El peso del vientre la obligaba a inclinar ligeramente su pequeño cuerpo adolescente.

Las monjas comenzaron a mirarla con una mezcla de preocupación y ternura. Una mañana la madre superiora la llamó a su despacho. La habitación olía a incienso. Era el olor habitual de a superiora, seguramente porque siempre lo usaba para sus oraciones en la capilla cuando iba sola.

—Hija —dijo la mujer con suavidad—. El momento se acerca.

Minerva asintió.

—La hermana Inés sabe atender partos. ¿Ya te han explicado cómo has de traer al mundo esa pequeña maravilla que llevas en tu vientre?

—Me han dicho que me va a doler. Pero que el dolor merece ser vivido.

—Está bien. Quizá no sepas qué haremos para que puedas brindarle luz a esa criatura, pero sabes lo suficiente para entregarte con toda tu voluntad.

El corazón de Minerva dio un salto.

—Pensé que…

No terminó la frase. La superiora la miró con calma.

—Este niño también es una criatura de Dios.

Minerva sintió que algo se aflojaba dentro de su pecho.

—Mi madre dice que los dioses se ocuparán de decidir si ha de ser niño o niña. Gracias. Sé que está siendo muy pacientes y muy buenas conmigo.

—No me des las gracias —respondió la mujer—. Solo debes cumplir con tu promesa de discreción y hacer todo lo que te digamos cuando sea necesario para que salga sano y con la fuerza que necesitará para vivir en este mundo terrenal.


Aquella noche el niño se movió más que nunca. Minerva apenas pudo dormir. Se levantó y caminó hasta la ventana para ver la noche estrellada. El cielo brillaba más que nunca. Parecía inmenso desde allí.

Pensó en cómo podía ser que un vientre tuviese algo dentro que se convertiría en una personita. En si la querría tanto cuando ya hubiese salido.

Luego pensó en el pueblo. Pensó en su madre y en por qué la superiora y el resto de monjas debían de ocuparse de ella y no su propia familia. Y pensó en su tío y en todas las tardes que había penetrado en su cueva. Aún se preguntaba por qué su madre la acusaba de haber provocado a su tío. ¿Cómo? ¿Cómo lo había hecho?

De repente sintió una punzada fuerte en el vientre. Se apoyó en la mesa. El dolor desapareció al cabo de unos segundos. Pero algo había cambiado. Minerva lo supo inmediatamente. Igual que se sabe cuando la masa ha terminado de subir, sin mirarla si quiera. Es como un tiempo oculto en las entrañas de quienes se ocupan de ella. Igual que se sabe cuando el pan está listo para entrar en el horno. No hay secreto en ello. Solo sabía que lo que estaba dentro de ella estaba a punto de salir y convertirse en una nueva vida.

Y nada volvería a ser igual.


Capítulo 5 — El alumbramiento

La primera contracción llegó antes del amanecer. Minerva no supo inmediatamente lo que era. Durante unos segundos creyó que se trataba del mismo dolor sordo que la despertaba algunas noches desde hacía semanas. Una molestia profunda que aparecía y desaparecía como una ola lenta.

Pero esta vez no desapareció del todo. Se quedó allí. Apretando desde dentro. Minerva abrió los ojos en la oscuridad de la celda y dio un chillido. Respiró despacio y, en poco minutos apareció Clara junto a tres monjas más que solo había visto en un par de ocasiones.

La presión en el vientre volvió a darse, más fuerte esta vez, y luego se aflojó de nuevo. Se sentó en la cama. Las manos de esas monjas fueron directamente a su abdomen.

—Tranquila. Respira con calma, como te enseñó Sor Tomasa para amasar mejor —le susurraron.

El silencio del convento parecía escuchar. Pasaron varios minutos antes de que el dolor regresara. Era como si una faja tensa se cerrara alrededor de su cuerpo y luego se soltara lentamente.

Minerva comprendió que había llegado el momento del alumbramiento. Le dijeron que se nombrar así porque era traer a la luz a un nuevo miembro del reino del señor.

Se levantó. El suelo estaba frío bajo sus pies. El hábito le rozaba las piernas mientras caminaba hacia la puerta. El pasillo estaba oscuro. Solo una lámpara pequeña iluminaba el cruce de corredores cerca del claustro. Minerva avanzó despacio.

La segunda contracción la obligó a detenerse a mitad del pasillo. Apoyó una mano en la pared y respiró como le habían enseñado. Tras de ella la seguían las monjas.

De pronto gritó de nuevo y se tensó. Comenzó a pensar en que la masa que llevaba dentro, como la del pan, iba a crujir en breve, dentro de su cuerpo.

Cuando pasó, siguió caminando. La cocina estaba al final del corredor. Allí estaban preparando ya los paños húmedos y los barreños con agua. Pero no era por eso que Minerva se dirigía hacia allí. Siempre terminaba allí cuando algo dentro de ella se agitaba.

Empujó la puerta y le inundó el olor a pan y magdalenas de Tomasa. El olor del pan estaba presente a todas horas. No había fuego en el horno, pero las piedras conservaban la memoria del calor del día anterior.

Minerva se sentó en un banco y respiró. Posó sus manos sobre su vientre.

—Todavía no —murmuró.

Pero el niño no parecía dispuesto a esperar mucho más.


Pasó toda la noche descansando. Parecía como si esas contracciones fuesen solo un aviso para prepararlas a todas. No había roto aguas y, sin podérselo creer ninguna, durmió toda la noche del tirón.

Tomasa fue la primera en verla aparecer en la concina. Había bajado antes del amanecer, como hacía siempre, dejando en su habitación a las parteras descansando, derrotadas por esperar que no despertase y se pusiera de parto. Fue a ayudar a Tomasa a encender el horno y preparar la masa del día.

Cuando abrió la puerta, Tomasa vio a Minerva sentada junto a la mesa, con el rostro pálido y las manos apretadas sobre el abdomen.

Tomasa no dijo nada al principio. Solo la observó y pensó que esa chiquilla era más fuerte de lo que todas pensaban.

—¿Cuándo empezó? —preguntó finalmente.

Minerva levantó la mirada.

—Hace un rato.

Otra contracción la dobló hacia delante.

Tomasa caminó hasta ella y apoyó una mano firme sobre su hombro.

—Bien —dijo con calma—. Entonces ha llegado el día.

La serenidad de la monja era casi desconcertante.

—Voy a llamar a la hermana Inés.

Minerva asintió.

El dolor se retiró otra vez. Durante unos minutos solo se escuchó el sonido de los pasos de Tomasa alejándose por el pasillo.

El horno seguía frío, pero Minerva tenía la sensación de que el aire de la cocina estaba lleno de una atmósfera caliente y denso. Como cuando la masa empieza a crecer.

La hermana Inés llegó poco después. Era una mujer pequeña, con el cabello gris escondido bajo el velo y unas manos sorprendentemente firmes. Había sido comadrona antes de entrar al convento.

—Vamos a llevarte a la enfermería —dijo con suavidad.

Minerva se levantó con ayuda de Tomasa. El camino por el pasillo fue lento. Las contracciones empezaron a acercarse entre sí. Cada una llegaba como una ola que subía desde la espalda y apretaba el vientre hasta quitarle el aire.

—Respira —le indicó Inés.

Minerva intentó hacerlo, pero el dolor tenía su propio ritmo.

La enfermería estaba iluminada por una lámpara de aceite. El cuarto era pequeño, con una cama estrecha y una mesa llena de telas limpias.

Inés la ayudó a recostarse.

Tomasa se quedó cerca de la puerta.

—Esto puede llevar horas —dijo la comadrona.

Minerva cerró los ojos.

Horas. La palabra parecía demasiado grande para un cuerpo tan pequeño.


Las campanas del convento anunciaron el amanecer. Las monjas de su habitación comenzaron a despertarse. Algunas ya sabían lo que estaba ocurriendo. Otras lo intuyeron por el movimiento inusual en los pasillos. Pero nadie hizo preguntas.

El convento tenía una forma particular de acompañar las cosas difíciles: las envolvía en silencio. Al fin y al cabo, tenían la costumbre, por su hábito de hacerlo así.

En la enfermería, el trabajo avanzaba lentamente. Las contracciones se hicieron más fuertes y Minerva sudaba, agarrando la sábana con fuerza.

A veces soltaba un gemido involuntario.

Tomasa le ofrecía agua entre una contracción y otra.

—Bien —murmuraba Inés—. El niño sabe lo que hace.

Minerva no estaba tan segura. El dolor era profundo, animal. Sentía que su cuerpo se abría desde dentro.

—No puedo. ¿Alguna ha parido aquí? —susurró en un momento.

Inés la miró con firmeza.

—Claro que puedes. Yo soy madre y sé que puedes.

Pero pensó que su cuerpo era demasiado pequeño para enfrentarse a tal atropello.

—No…

—El cuerpo sabe.

La contracción siguiente la hizo gritar.

El sonido llenó el pequeño cuarto y atravesó todos los muros del convento.


Mientras tanto, en el pueblo, el día comenzaba como cualquier otro. La chimenea de la panadería empezaba a echar humo. Julián Roldán había encendido el horno antes del amanecer. Él no se levantaba de madrugada para hornear el pan, pero se pasaba el día en la panadería.

La masa descansaba en grandes cuencos sobre la mesa. El panadero trabajaba en silencio. Sus manos conocían el movimiento sin necesidad de pensar. Pero aquella mañana algo lo distraía. Dos veces olvidó añadir sal a la masa. Y una hogaza se quemó ligeramente en el horno.

Julián frunció el ceño. No era propio de él cometer errores así. Apoyó las manos sobre la mesa de madera, frustrado.

El olor del pan caliente llenaba la panadería y, como siempre, ya inundaba la plaza.

Durante unos segundos permaneció inmóvil. Como si escuchara algo que venía desde muy lejos.


En el convento el parto se acercaba a su momento final. La tarde comenzaba a caer y la nieve derretida del patio brillaba bajo una luz gris.

Minerva estaba agotada. El dolor llegaba ahora con una intensidad brutal.

Cada contracción parecía partirla en dos.

—Empuja —dijo Inés con voz firme.

Minerva negó con la cabeza, llorando y sudando como nunca antes.

—No puedo.

Tomasa tomó su mano.

—Mírame.

Minerva abrió los ojos.

La monja la observaba con una expresión que mezclaba dureza y ternura.

—Recuerda el pan.

Minerva la miró confundida.

—La masa —continuó Tomasa—. Cuando llega el momento, se abre.

Otra contracción la atravesó.

—Ahora —ordenó Inés.

Minerva gritó y empujó con todas sus fuerzas.

El mundo se volvió un torbellino de dolor y respiración.

Luego, de repente, todo cambió. Un sonido nuevo llenó la habitación. Un llanto agudo y vivo.

Minerva dejó caer la cabeza hacia atrás. El aire volvió a sus pulmones.

Durante unos segundos no pudo moverse.

—Es un niño —dijo Inés.

La palabra flotó en el aire.

Niño.

Minerva giró la cabeza lentamente, apoyada en Tomasa.

La comadrona sostenía una pequeña criatura envuelta en tela.

El llanto continuaba, fuerte y obstinado.

—¿Quieres verlo?

Minerva asintió, sin fuerzas e Inés le acercó al bebé.

Era pequeño, con la piel rojiza y los ojos abiertos y oscuros. Extrañamente atentos.

Minerva lo miró.

Algo profundo se movió dentro de su pecho. Algo que no tenía nombre. Alargó la mano y tocó la mejilla del niño. El llanto se detuvo por un instante. Solo un instante. Pero fue suficiente.

Inés se lo acercó al pecho y, posándolo del modo adecuado, el bebé comenzó a mamar.


La noche cayó sobre el convento. Minerva dormía ahora, exhausta. El niño descansaba en una pequeña cuna junto a la cama.

Tomasa estaba sentada cerca de la ventana. Miraba la oscuridad del patio.

Inés se acercó a ella.

—Ha sido fuerte.

Tomasa asintió.

—Lo será aún más cuando llegue el momento.

—¿El momento de qué?

Tomasa miró la cuna.

—De separarlos.

Inés suspiró.

—Sí.

El silencio volvió a llenar la habitación.

El niño respiraba suavemente.

La vida había comenzado.

Y, como ocurre siempre con la vida, ya estaba preparando las complicaciones del futuro.


En el pueblo, el horno de la panadería seguía ardiendo. Las últimas hogazas de la noche estaban listas. Julián sacó una del horno. La sostuvo entre las manos y la corteza crujió.

Durante un momento el panadero se quedó inmóvil. Luego frunció el ceño, extrañado. Nunca antes un pan había crujido al sostenerlo. No sabía por qué, pero tuvo la extraña sensación de que algo importante había ocurrido en el mundo.

Algo que, como la levadura en la masa, estaba empezando a crecer en silencio.


Incienso y levadura
(capítulos 1 a 5)
por Carmen Nikol


Publicado por Entrevisttas.com

Entrevisttas.com comienza su andadura sin ánimo de lucro, como el blog personal de Carmen Nikol. Se nutre, principalmente, de entrevistas y artículos realizados por ella misma y por algunos colaboradores. Con el tiempo, desarrolla su sistema de colaboraciones con autores de renombre en diferentes materias como las ciencias, el derecho, la investigación, el deporte... Y busca constituirse como una revista. ¿Quieres colaborar? No dudes en contactar. Todos lo hacemos de forma gratuita.

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