Tirando del hilo

(o el crimen del pantalón)

CAPÍTULO I La ropa tiene memoria

Aunque muchos no lo sepan (tampoco yo lo sabía) la ropa es capaz de recordar lo que uno intenta olvidar o pretende eliminar. Y esto no es una metáfora. A mí no me interesan las metáforas. Esto es un hecho directamente relacionado con una propiedad física, dijeron. El algodón guarda humedad, los poros retienen partículas y las costuras atrapan lo que el tejido suelta. Yo, ni por asomo, podía imaginar que la ropa es como una memoria. Así que decidí teñir los pantalones.

Cuando algo termina, hay que recoger, eso les enseñamos a los niños, ¿no? Los jeans estaban sobre la silla, doblados como lo dejaba siempre, con ese gesto automático que se aprende de joven y ya no se cuestiona. A primera vista parecían limpios, y, a segunda, también. La tercera es la que importa: la que se hace con la cabeza fría, sin prisa, buscando lo que no se ve.

Ya no había manchas evidentes. Ningún rojo espectacular, ninguna salpicadura teatral como en las películas. La realidad es menos fotogénica. La realidad se esconde en tonos pardos, en sombras que solo aparecen bajo cierta luz, en la rigidez de una fibra que no debería estar rígida. Me agaché y pasé la mano por la pernera. El tacto del algodón era algo áspero, pero solo yo lo notaría. En mi humilde opinión, para cualquiera estarían limpios, como nuevos. Hasta Sandrine me dijo que habían quedado nuevos, solo que en otro color.

Podría haberlos tirado. O podría haberlos quemado. Es lo que hacen los torpes y los desesperados. Y ambas cosas llaman la atención. Además, no se trata solo de eliminar, sino de recordar. Para mí, no hacía falta crear un hueco en mi armario. Porque, sin duda, la ropa no desaparece sin más. Sobre todo si le tienes apego. Y yo no solo les tenía apego, eran mi fetiche. Además, si la quemas, te pueden ver o pueden olerlo y pueden venir a preguntar. Por otra parte, yo no tenía dónde quemarlos (eso es muy fácil en los contenedores americanos, pero aquí… iba a dar el cante). Mantenerla contigo, que te acompañe, es conseguir formular una reliquia útil e imperceptible, un recuerdo del crimen que no genere sospechas. Las cosas tienen que seguir existiendo para que nadie pregunte por ellas.

Pensé en lavarlos. Tanto Sandrine como mi hermana lavaban sus braguitas manchadas de sangre. Lo hacían con agua fría, casi cada mes las manchaban, aun llevando compresas. Y la sangre se iba (o eso parecía). Luego a la lavadora, con detergente y en un programa normal… y quedaban como nuevas. Funciona para la mayoría de manchas de sangre. Pero lavar es arrastrar, no borrar. Y hay cosas que no se van con agua caliente ni con lejía. Lo sabía porque lo había visto en algún vídeo de true crime alguna vez. Siempre te dicen que algo queda en algunas fibras: restos, trazas. Pero el tinte podría permitirme seguir usándolos y, muy probablemente, lo cambiaría todo.

El color es lo primero que se mira. El ojo humano está entrenado para detectar contrastes, no historias. Si el color desaparece, el resto se confunde. Pensé en eso mientras doblaba los pantalones y los volvía a colocar sobre la silla. Eran azules, un azul muy muy oscuro, casi habían absorbido totalmente el negro del tinte. Así que, teñidos, tenían un aspecto completamente diferente, sin aguas ni desgastes aparentes.

Teñirlos fue una decisión lógica. No impulsiva. No se me ocurrió como una genialidad de último minuto, sino como una solución técnica a un problema concreto. Disponía de tiempo, estaba solo y lo había probado con una toalla para comprobar que funcionaría. Si el color original desaparecía, desaparecía también la expectativa de encontrar algo en él. Nadie busca sangre en unos pantalones negros. Nadie imagina una historia antigua bajo un color reciente. Nadie puede suponer, ni tan siquiera, que un hombre pueda ser tan astuto como para teñir una prenda. 

El tinte tenía que ser oscuro. Negro, preferiblemente. El negro lo absorbe todo, incluso las sospechas. Además, es un color común. Nadie recuerda cuándo compró una prenda negra. Nadie se pregunta por qué alguien cambia de azul a negro. El negro no explica nada y lo oculta todo.

Fui a comprar el tinte por la mañana, temprano. Las tiendas abren antes de que la gente tenga tiempo de pensar. En la droguería nadie me miró dos veces y nadie iba a recordarme porque no era la de mi barrio. Me aseguré de que fuese una droguería sin cámaras y de que el barrio tampoco tuviera cámaras en exceso. Llevé una gorra y conduje un buen rato. El tinte estaba en una estantería baja, entre quitamanchas y suavizantes. Leí la etiqueta con atención. Algodón, lino, mezclas. Temperatura recomendada. Fijador incluido. Todo parecía sencillo, casi insultantemente sencillo. Solo me hacía falta medio kilo de sal. Cinco cucharadas por cada litro de agua.

Pagué en efectivo. Nada particular, lo hago por costumbre. El efectivo no deja huella y detesto el poder de los bancos. Salí con la bolsa en la mano y la sensación incómoda de haber resuelto algo importante demasiado deprisa.

En casa, lo preparé todo meticulosamente, con calma. Cubrí el suelo con una sábana, abrí las ventanas y me dispuse a llenar el recipiente con agua caliente, la temperatura justa para que el tinte reaccionara sin dañar el tejido. Disolví el contenido siguiendo las instrucciones, removiendo despacio para evitar grumos. 40 minutos mínimo y removiendo cada tanto. Usé unos guantes de látex que tenía desde la pandemia. El líquido se volvió oscuro, espeso, prometedor. Metí los tejanos con cuidado, asegurándome de que quedasen completamente sumergidos. Cada vez que los mueves, has de procurar que acaben siempre sumergidos. Los bordes pueden delatar el tinte.

Se coló algo de tinte en los guantes, al girarlos parece que lo hice con demasiado impulso. Pero me lavé las manos enseguida. Aún así, algo de tinte se me quedó en las comisuras de las uñas de la mano derecha y en el dedo índice. Desapareció al cabo de dos días, lavándome con lejía. Mi mujer me decía que bueno, que no me preocupara. Solo que no me los iba a chupar. ¡Qué graciosa!

Mientras esperaba, pensé en lo absurdo que es que todo dependa de detalles tan pequeños. Un color es un pequeño detalle. Una decisión tomada en un minuto cualquiera. La gente cree que los errores son grandes, visibles, espectaculares. No lo son. Los errores son mínimos y pacientes. Esperan. Pero el luminol no iba a ser un problema, no en mi caso.

Saqué los pantalones cuando el tiempo indicado se cumplió. Los enjuagué un poco, los metí en la misma palangana que había usado para teñirlos y los lavé usando la lavadora. Cuando los saqué, tenían un color oscuro precioso, uniforme, profundo. Aquel azul había desaparecido por completo. Cuando los colgué para que se secaran, me alejé unos pasos para mirarlos con distancia. Parecían otros pantalones. Eso era lo importante. Ya. Ya estaba. Objetivo cumplido y pantalones a estrenar. Hasta sentí cierta ilusión por mi nuevo talento.

Me acerqué cuando ya estaban casi secos. Pasé los dedos por las costuras, por los bolsillos, por las perneras. El tejido había cambiado; el hilo no tanto. No me gustó, pero tampoco me alarmó. Las costuras siempre destacan. Es su función. Sujetar, marcar, definir. Y que el hilo tenga otro color les aporta un toque que a mí me gustaba.

Pensé que el hilo no tiene nada que contar. Me repetí esa idea varias veces, no como un mantra, sino como una comprobación lógica. Soy un tipo lógico. No había nada que me pareciese destacable.

Cuando los guardé en el armario, entre otras prendas negras, desaparecieron. Literalmente. El ojo los perdió de inmediato. Eso me tranquilizó más que cualquier razonamiento. Si yo no los veía, nadie los vería.

La gente cree que el problema es la sangre, o el barro, o cualquier resto visible. No lo es. El verdadero problema es el tiempo. Todo se puede manejar si has cometido el crimen en un lugar adecuado, sin mancharte demasiado y, sobre todo, dispones de tiempo. El tiempo es una capa y yo había añadido una capa nueva, reciente, limpia. El tinte es otra capa.

No descuarticé el cuerpo, lo metí en un contenedor de basura justo antes de que pasara el camión. Me había hecho amigo de los que recogían la basura porque coincidíamos cada tanto. Ya nos hacíamos bromas o nos pedíamos fuego. Al principio, solo nos saludábamos. Lo preparé para que pareciese que regresaba de trabajar cuando ellos pasaban. Así cada día. Fue fácil porque solían pasar siempre sobre la misma hora. 

Ella era una furcia a la que ahogué con mis propias manos en una campa por donde pasean los perros mis vecinos. No hay cámaras y era oscuro. Estaba cerca del contenedor y sobre las seis y media de la mañana pasaron mis colegas, los de la basura. Hasta ahí todo bien, iba a ser perfecto, creo. Pero, como la tipa tenía la regla, me manchó los pantalones por un pequeño descuido. Al ver la mancha, me levanté y goteó un poco por la pernera. Solo un poco. Fácil de ocultar con el tinte. Todo dentro de las posibles opciones que había barajado.

No pensé más en los pantalones durante varios días. Eso también es importante. Pensar demasiado es una forma de confesar en silencio. Sí, es así porque notas en tu cara el recuerdo del crimen y el disimulo de lo que has escondido. Yo seguí con mi vida, con mis horarios, con mis gestos habituales y follándome a Sandrine con la típica pasión que nos caracterizaba y que, en realidad, a mí me encantaba. Pero, no era suficiente.

Usé otras prendas. Dejé que el negro se integrara en el conjunto. Luego me lo puse en casa varios días para que envejeciera un poco, que perdiera el brillo inicial. El negro nuevo canta un poco. Al ponérmelos, sentí una satisfacción breve y excitante. Recordé su último aliento y se me puso dura. Un día me los dejé puestos para dormir y casi los mancho de blanco y esa mancha costaba más de quitar. No los iba a teñir otra vez.

Al principio estaban un poco rígidos, pero en un par de días ya tomaron una forma más holgada. Caminé, me senté, crucé las piernas. Nada chirriaba. Nada delataba ni manchaba. Eran unos pantalones más. Como decía la caja del tinte, sin manchas. No mancharon ninguna prenda más al meterlos en la lavadora, aunque Sandrine siempre separa lo oscuro y lo claro y eso ayudó.

Si alguien me hubiera preguntado entonces si estaba tranquilo, habría dicho que sí. Y habría sido verdad. Había hecho lo que había que hacer. Había resuelto el problema de la forma más racional posible. No había improvisado. No había dejado cabos sueltos visibles. Impecable.

No sabía aún —porque no podía saberlo— que el error no estaba en el crimen ni en el tinte, sino en haber creído que el color manda. El color engaña al ojo, pero no al hilo. Y el hilo tiene memoria.


CAPÍTULO II | El algodón tampoco engaña

El pantalón llegó al laboratorio dentro de una bolsa de plástico sellada, como llegan siempre. No era una prenda especial. No lo son casi nunca. Un vaquero negro, de talla común, sin roturas deliberadas ni marcas llamativas. Podría haber estado colgado en cualquier armario de cualquier casa.

La sala de recepción olía a detergente industrial y a metal. El técnico que lo registró siguió el protocolo: anotó la fecha, la hora y la procedencia. Con el simple código alfanumérico. 

El procedimiento es una forma de higiene mental: evita que uno empiece a pensar antes de tiempo. Otra forma más de evitar errores. La ciencia forense funciona, principalmente, por descarte y por identificaciones idénticas: balas, fibras… Pensar antes de tiempo suele ir ligado a quienes maquinan, no a los que basan su pensamiento en evidencias científicas y descartes.

Extendieron el pantalón sobre la mesa de examen preliminar. Luz blanca, homogénea. Nada a simple vista. El negro era uniforme, mate, sin brillos recientes. No había manchas evidentes ni restos visibles. Eso no significaba nada. A simple vista no se ve casi nada que importe.

—Las costuras —dijo alguien, sin levantar la voz.

No fue una orden; fue una sugerencia. En un laboratorio, las sugerencias suelen ser más eficaces que las órdenes. Giraron la prenda. Bajo, bolsillos, entrepierna. Las costuras estaban intactas, sin desgaste excesivo. El hilo tenía un color tirando a mostaza pero algo oscuro. Los hilos de coser industriales suelen ser de poliéster o de mezclas sintéticas; el tejido de los vaqueros, algodón en su mayor parte. Esa diferencia, que para un usuario es irrelevante, para un forense es una invitación.

Pasaron a la lupa estereoscópica. Aumentos bajos primero. Diez, veinte. El tejido mostraba una absorción homogénea del colorante. Las fibras estaban teñidas en profundidad, no solo en superficie. Eso indicaba un proceso con agua caliente y tiempo suficiente. No era un tinte superficial rápido. Alguien había seguido instrucciones.

El hilo, en cambio, contaba otra historia. El color estaba ahí, pero no había penetrado igual. Se veía una capa irregular en algunos tramos. Un hilo algo viejo para un pantalón tan teñido. No era un defecto; era una característica. El poliéster no reacciona con los tintes reactivos usados para algodón. Se colorea por adherencia, no por reacción química. Eso no se borra con el uso, pero tampoco engaña a quien sabe mirar.

Apagaron la luz blanca y encendieron la ultravioleta. El tejido respondió de manera uniforme, con una fluorescencia apagada, normal para un algodón teñido. El hilo respondió distinto: pequeñas variaciones, discontinuidades. No era llamativo, pero era consistente. La consistencia es lo que importa.

—Teñido posterior al de fábrica—dijo la forense, esta vez con más seguridad.

No afirmaba un delito. Afirmaba una secuencia. Primero existió el pantalón con su color original. Después alguien decidió cambiar ese color. El orden de los factores, en este caso, sí importa.

Tomaron una muestra mínima del bajo, de una zona que no afectaría a la integridad visual de la prenda. Cortar es siempre un gesto delicado. Nadie quiere ser el que estropea una prueba. La muestra pasó a un portaobjetos. Microscopía de mayor aumento. Cuarenta, cien. Las fibras de algodón mostraban una tinción homogénea incluso en el lumen, el canal interno. Eso solo ocurre cuando el tinte ha tenido tiempo y temperatura. No era un retoque rápido. No era una chapuza.

Buscaron contaminantes. Tierra, partículas minerales, restos orgánicos. Nada evidente aún. No se concluye una ausencia sin mirar más de una vez. Cambiaron el ángulo de la luz. Las fibras devolvieron sombras distintas. En algunas zonas, entre las hebras del hilo, aparecían microdepósitos. Demasiado pequeños para el ojo humano, suficientes para un informe.

—¿Cómo lo ensuciaría? ¿Dónde? —dijo alguien.

La suciedad, cuando queda atrapada antes de un teñido, se comporta de manera distinta que cuando llega después. El tinte la recubre, no la desplaza. Queda encapsulada. Es una cuestión de capas, como en la pintura o en la geología. El tiempo se ordena en estratos.

Anotaron todo. Fotografiaron. Compararon con muestras de control: vaqueros teñidos de fábrica, vaqueros teñidos en casa, vaqueros lavados repetidas veces. El patrón se repetía. El negro de fábrica es distinto. Más estable, más uniforme entre tejido e hilo. El negro doméstico deja diferencias. No por mala calidad, sino por procedimiento y por química.

Pasaron a la espectroscopía infrarroja. FTIR, siglas que fuera del laboratorio no significan nada, pero que ahí deciden historias. El espectro del tejido mostraba picos compatibles con un tinte reactivo común. El del hilo mostraba otra cosa: la señal del polímero base intacta, con restos superficiales del colorante. Dos materiales distintos, dos comportamientos distintos. Dos verdades que no se contradicen, pero tampoco se mezclan.

El informe preliminar no hablaba de culpables. Hablaba de procesos. Prenda teñida con posterioridad a su uso. Tinte doméstico compatible con productos comerciales de uso común. Diferencias significativas entre tejido e hilo debidas a la naturaleza de las fibras. Análisis de sendos tipos de fibras. 

El laboratorio entrega los primeros análisis y pueden desarrollar posteriores basados en los anteriores, así como los necesarios para seguir investigando. Pero son otros los que deciden qué hacer con ellos, así que tienen que poder ser explicados frente a jueces, policías y jurados.

Antes de guardar la prenda, volvieron a mirarla bajo luz normal. El pantalón seguía siendo negro. Para cualquiera, solo negro. Para ellos, ya era un objeto con pasado y con matices de color. Un objeto que había sido una cosa y luego otra. Un objeto que había intentado parecer nuevo sin dejar de ser viejo.

—El algodón teñido no miente —dijo la forense, cerrando la bolsa—. Solo hay que saber cuándo llegó el color a la prenda. Es pura química.

El pantalón volvió a su estantería, etiquetado, clasificado. Esperaría allí hasta que alguien necesitara que hablara un poco más.


CAPÍTULO III | El error no está en el tinte

Empecé a repasar mentalmente el camino que podría llevar hasta los pantalones. No desde el crimen, sino desde el presente. ¿Cómo llegarían a mi armario? ¿Por qué? ¿Con qué justificación? Las hipótesis eran pocas y todas improbables. La gente no entra en tu casa para mirar tus vaqueros. La gente entra para buscar respuestas grandes, no costuras. Buscan salpicaduras de sangre, si la víctima ha sido apaleada o ha sido sujeto de una brutalidad. Pero a mí no me excita la barbarie. Me excita la muerte, por lo que procuro que sea con métodos agónicos, ver cómo se escapa la vida de la mirada de mi víctima.

No hay un momento exacto en el que uno empieza a sospechar. Es más bien una suma de pequeñas fricciones, como cuando una puerta roza el marco y no sabes decir desde cuándo. Nada había cambiado de forma evidente, pero yo empecé a notar retrasos. Llamadas que no llegaban cuando solían llegar. Preguntas que parecían casuales y no lo eran. El mundo no se había vuelto hostil; se había vuelto meticuloso.

Me dije que era normal. Que después de cualquier cosa importante uno tiende a verse reflejado en todo. Proyectar es un vicio común. Pero yo no quería caer en eso. Seguí con mis horarios, con mis trayectos, con la disciplina mínima que exige parecer normal sin exagerar. Exagerar es el error de los nerviosos. Yo no. Yo no estaba nervioso.

Volví a ponerme los pantalones una mañana cualquiera y el negro había perdido algo de intensidad, como debe ocurrir. El uso es el mejor camuflaje. Me miré en el espejo sin buscar nada en concreto. Las costuras seguían ahí, visibles como siempre. Nada nuevo. Nada alarmante.

Sin embargo, empecé a fijarme en detalles que antes no me interesaban. La rigidez del hilo en ciertos puntos. La manera en que la luz se reflejaba en los bordes de los bolsillos. No porque hubiera cambiado, sino porque ahora yo miraba distinto. Estaba claro que, aunque no quisiera caer en ello, lo estaba haciendo.

Pensé en el tinte. Recordé la etiqueta, las instrucciones, el tiempo exacto. No había improvisado. El tinte era correcto para algodón. Lo había disuelto bien. La temperatura había sido la adecuada. El fijador había cumplido su función. Si alguien examinaba el tejido, vería un negro convincente. No había motivo para dudar de eso. No creo haber dejado ninguna mancha entre materiales y la zona del lavadero de casa. 

Un poco paranoico y nervioso sí que estaba. Pero nadie lo iba a notar.

El hilo era otra cosa, pero siempre lo es. Nadie espera que el hilo se comporte como el tejido. Es una diferencia asumida, integrada en la mirada común. Para que eso importara, alguien tendría que estar buscando algo muy concreto. Y nadie busca sin motivo. Pero, pueden tirar del hilo, como dice la expresión…

La lógica es una herramienta útil cuando no se la fuerza. No había una línea directa entre lo ocurrido y esa prenda. Había, como mucho, una red de posibilidades débiles. Y, por supuesto, las redes débiles se rompen solas. Me pregunté si el hecho de que tuviera la regla se podría ver tras haber pasado por el camión de la basura; si se verían las marcas de ahogamiento en el cuello. Si el hueso hioides estaría intacto o se le habría roto.

Ayer, mientras giraban en la lavadora, pensé en la cantidad de cosas que dependen de materiales que no entendemos del todo. La gente confía en el acero, en el plástico, en el tejido, sin preguntarse cómo reaccionan ante el tiempo, el calor o la presión. Yo había confiado en el color. En su capacidad para imponer una versión única de la historia. Quizá había sido suficiente. Quizá lo seguía siendo. O quizá no. Seguro que sí…

Cuando los saqué, estaban como esperaba. Un negro algo más apagado, más vivido. Las costuras no habían cambiado. Tampoco tenían por qué hacerlo. Me dije que ese era el punto final. De algún modo, me convencí de que podía aplicar a mi prenda lo que decían los romanos: excusa non petita, acusatio manifesta. No les iba a dar más importancia anymore.

Esta tarde, alguien mencionó de pasada la palabra laboratorio. No dirigida a mí, no en mi presencia directa. Fue en una conversación ajena, escuchada sin querer. El tono era neutro, como mi detergente. Eran dos policías en la cafetería de mi mujer. No había acusación ni urgencia. Precisamente por eso me llamó la atención. Cuando algo se investiga, no se anuncia. En todo caso, me saltaron algunas alarmas. ¿Me estaban investigando? ¿Querían mi ADN? No pensé que así fuera, pero me asusté un poco y procuré ser tan cordial con ellos como siempre, como con los basureros. Besé a Sandrine antes de salir y me despedí de ellos por ser los únicos que había en la cafetería en ese momento.

Cuando lo teñí, Sandrine me preguntó que por qué estaban manchados de sangre y le dije que me corté con una máquina de la fábrica. Pero, en cuanto vio que los teñía pensó en mí como ese marido que tanto le gustaba: un hombre apañado, discreto, que ayuda en casa y que no da más faena que la justa. Esa noche, en la cama, me hizo un par de bromas picaronas y me montó. Doble punto para el pantalón. Me dormí con esa idea, sonriendo y congratulándome por haberlo teñido. Crimen sin castigo y con pluses en casa. 

Cuando me desperté, Sandrine ya estaba trabajando, llevaba horas trabajando. Me los puse de nuevo y me volví a la cama. En un momento dado, recordé el anuncio de el algodón no engaña. Y me reí. Ahora a carcajadas. Al rato, me dormí de nuevo. Dormía siempre profundamente porque aún no sabía que el camión de la basura se paró de inmediato, en cuanto Ángel, uno de los basureros, vio el cuerpo de aquella desgraciada. 


CAPÍTULO IV | Costuras

El laboratorio no tiene prisa. La prisa pertenece a quienes urgen de respuestas; el laboratorio, en cambio, se limita a formular preguntas correctas, pautando las respuestas en los momentos adecuados. Y, si cuenta con el tiempo suficiente, los análisis son perfectos. Si existe un tipo de perfección en el mundo ha de estar ligado a la ciencia forense. 

La prenda llevaba ya varios días catalogada cuando decidimos volver a ella. Afortunadamente, el comisario no nos estaba apremiando. Tenían otro caso más urgente, de alguien más prominente, y éste era sobre una mujer desconocida. Aún no le habían puesto nombre.

Colocamos de nuevo el pantalón sobre la mesa grande, la que se usa cuando hay que verlo todo de una vez. La luz cenital caía de manera uniforme. Luego, cambiamos el ángulo, bajamos la intensidad e introdujimos luz rasante desde un lateral. Las costuras reaccionaron de inmediato. No de forma espectacular, pero sí constante. Allí donde el hilo emergía del tejido, el color parecía distinto. La diferencia no era cromática en sentido estricto, sino estructural. El ojo entrenado distingue eso sin necesidad de medirlo. 

El origen de su análisis no era la sangre sino lo que la policía había indicado.

—Ve la etiqueta trasera del pantalón. Ángel, el basurero, nos dijo que este pantalón estaba teñido. Se lo había visto al presunto asesino varias veces y se fijó en la etiqueta para comprarse uno igual. Al ver a la chica en el camión, antes de sacarla, ya concluyó que estaba muerta y que pretendían deshacerse de ella. De inmediato pensó en quién pudo haberla tirado y, cuando lo volvieron a saludar, como casi cada día, se fijó en que el pantalón estaba teñido. En cuanto se giró el presunto homicida, vio que la etiqueta trasera del pantalón, la de la cinturilla, estaba teñida —dijo el comisario, señalando la etiqueta—. Este tipo es un sabueso.

Efectivamente, el hilo mostraba microfisuras en la capa de colorante. No roturas sino interrupciones irregulares en la adherencia del tinte. Eso ocurre cuando el color se deposita sobre una superficie que no lo absorbe. El algodón bebe el tinte; el poliéster del hilo de las costuras solo lo soporta. Son verbos distintos, pensé, y recordé a Vicente, mi profesor de Lengua Española en COU. Un tipo peculiar, interesante, que nos enseñaba con meticulosidad la importancia del uso de los verbos.

Tomaron muestras del hilo. No muchas. Las costuras no se pueden desmontar sin alterar la prenda, y alterar es siempre el último recurso. Bastaron unos milímetros. Bajo el microscopio, la sección transversal del hilo era clara: núcleo sintético intacto, con una película externa de colorante. No había penetración. No había reacción química. Era una capa superpuesta.

Lo comparamos con hilos teñidos de fábrica. En el teñido industrial, el hilo se fabrica ya coloreado, el pigmento forma parte del polímero. Aquí no. Aquí la capa exterior del color había llegado después, como una pintura mal aceptada. Definitivamente, ese pantalón estaba teñido.

Encendieron la luz ultravioleta de nuevo, esta vez con filtros distintos. El tejido absorbía y devolvía la radiación de manera predecible. El hilo no. En algunos puntos aparecían pequeñas fluorescencias residuales. No eran del tinte. Eran de otra cosa.

—¿Contaminación previa? —pregunté con el tono de una pregunta retórica y con una mirada forense graciosa. Aunque yo era el novato, me gradué cum laude, el mejor de mi promoción. Me tenían siempre en cuenta. En esa ocasión, al girarse sonrieron. Bromas de forenses.

Contaminación es todo lo que no pertenece al material original. Restos orgánicos, partículas minerales, aceites, sudor… sangre. Si contaban con algún rastro de sangre, probablemente, podríamos detectarlo. Aunque era altamente improbable porque la prenda había sido lavada en múltiples ocasiones. Aún así, en ocasiones, se puede recuperar algo.

El informe empezaba a tomar forma. Ya no hablaba solo de personas y de actos concretos. Hablaba de materiales, de procesos, de incompatibilidades. El hilo no se tiñe igual que el tejido no es una opinión; es una ley básica de la química textil. Lo sorprendente no es que ocurra, sino que alguien espere lo contrario. Pero un juez no tiene por qué saberlo, así que se apunta todo. 

Antes de cerrar la sesión forense, revisaron las zonas menos obvias: el interior de la cinturilla, las costuras ocultas, los remates internos. Esos lugares suelen ser menos intensos en la absorción del tinte en los teñidos domésticos. Yo iba apuntando todo lo que me indicaban. Ahí encontraron lo que buscaban: restos del color original, apenas perceptibles, atrapados en pliegues donde el tinte no había llegado con la misma intensidad. Un azul antiguo, algo más oscuro pero reconocible. Y una gota de sangre teñida. La destinamos al análisis de ADN.

Antes de irse el comisario, amigo de la forense, ella le agradeció que le hubiera dado los detalles de lo del basurero. Luego quedó claro que había sido un error hacerlo porque era parte del secreto de sumario. Pero, allí, todos éramos tumbas. Otra parte del humor forense.

Cuando lo guardamos de nuevo, nadie dijo nada durante unos segundos. El objeto parecía haber hablado todo lo que podía. Ahora le tocaba al resto del mundo actuar.

Fuera del laboratorio, alguien seguía poniéndose esos pantalones de vez en cuando, convencido de que el negro había impuesto silencio. No sabía —todavía— que las costuras no sirven solo para unir piezas de tela; también sirven para unir cabos. Y que, en ese límite exacto entre tejido e hilo, el color había dejado de mandar.


CAPÍTULO V | Excusatio non petita

Sandrine sabía que les tenía especial cariño. Y ella siempre me decía que eran los pantalones que mejor me quedaban, aunque ahora parecían otros. Yo le decía que, a veces, al sentarme, notaba la costura de la entrepierna un poco más rígida de lo habitual. Me dijo que así me mantenía más a tono. Sandrine siempre soltaba una de esas: picarona pero con la lágrima fácil y algo inocente.

El hilo siempre es más duro que el tejido, quizá por eso estaba más tensa la costura de la ingle. No sé: ese es un tema que nadie puede advertir antes de teñir un tejano. Pero, el cuerpo percibe lo que la cabeza no ha sabido prever. Me dije que eso no significaba nada. Y no lo significaba, en efecto. Mi percepción no era una prueba.

Empecé a entretenerme con reflexiones estúpidas como que el tinte es como en una capa de barniz. No cambia la madera, solo su apariencia. La madera sigue siendo madera y el pantalón sigue siendo el mismo. El barniz protege, unifica, disimula. Con el tiempo, se raya, se apaga, se integra en el uso. Como el tinte. Nadie rasca un mueble para ver qué hay debajo si no tiene un motivo previo. Y yo no había dado motivos para que observasen, y menos para que rascasen, el tinte del pantalón.

Los llevaba puestos el día que me hicieron preguntas. No sobre los pantalones, no directamente. Preguntas generales. Horarios. Rutinas. Cosas que se preguntan cuando todavía no se sabe qué se está buscando. Me senté frente a ellos en mi salón con los jeans negros, cruzando la pierna con comodidad. El tejido cedió casi como siempre. 

Mientras hablaba, pensé en lo irónico de la situación. Había sido meticuloso con el teñido para poder seguir usando la prenda, y ahora ese mismo gesto podía leerse como audacia o como descuido. La gente cree que el culpable evita el objeto comprometido; una lógica ingenua, refutada hace siglos (excusatio non petita). Me dio tiempo a pensar, con ese pensamiento trasero que se puede tener mientras se habla, en que la expresión no era romana, aunque fuese una locución latina. Era medieval. Para los agentes de policía, en cambio, que los llevase puestosno era más que un fetiche —así me lo dijeron después—.

Respondí con frases cortas. Sin adornos. El tono adecuado es el que no destaca. Me levanté para hacerles un café y ese fue el momento en que me leyeron mis derechos y me obligaron a quitarme los pantalones. Me sentí desnudo incluso antes de quitármelos. No me lo podía creer: me sugirieron silencio. Como en las películas: podrían usar cualquier cosa que dijera en mi contra. Me pilló completamente desprevenido y quería gritar y tomarme el maldito café.

Parecía que mis pantalones habían hablado, ellos sí habían gritado, y seguirían haciéndolo en mi contra. Mis aliados, mi fetiche, en mi contra.


CAPÍTULO VI | El hilo y la etiqueta

En el juicio, me quedé estupefacto al ver aparecer a Ángel, el basurero. No quiso mirarme y siempre había sido muy cordial al saludarme. Venía a declarar. Yo tenía claro que la cosa no iba a ser favorable para mí.

Su declaración me pareció estúpida, simple. Pero me desarmaba. Declaró que siempre se había fijado en mis pantalones porque pensaba comprarse unos iguales (ya ves tú qué cosa más estúpida iba a ir en mi contra) y que el día que encontraron a aquella desgraciada dentro del camión, a tiempo para pararlo, pensó en mí, en que yo era la única persona que podía haberla dejado allí a esas horas. Que, claro, no podía estar seguro de que hubiese sido yo pero que al fijarse en que mis pantalones estaban teñidos, por la etiqueta trasera (así se dio cuenta…), le dio una corazonada más fuerte, por lo que se había presentado en comisaría con ese detalle. Creyó que no le iban a hacer caso, pero se decidió a presentarse allí y comentarlo.

Luego, declaro el comisario. Vino a decir que él se sentía orgulloso de darle importancia a todos los detalles. Y, en este caso, le preguntaron por qué, a lo que no se cortó un pelo y dijo que su madre había sido prostituta pero siempre le había animado a ser comisario y no abandonar los casos que otros desestimarían por ser mujeres como ella misma. Yo volví a pensar en las películas que había visto y no recordaba ninguna en que declarase un comisario y menos en que le dejasen decir tonterías romanticuchas. Paparruchas románticas. Me tenía que tocar a mí ese comisario y esa escenita.

No me dio pena, solo me jodió que le hicieran declarar eso y lo de su madre. Y no por él, sino porque me estaba dando las razones por las que aquella jodida desgraciada había conseguido ser importante, lo suficiente como para tenerme allí sentado escuchando esa cantidad de mamarrachadas. También porque mi mujer se puso a llorar mientras él declaraba. La pobre Sandrine… ¡Que engañada la tenía! 

Siempre pensé que ella sería una coartada pero no funcionó. En cuanto me esposaron y me obligaron a quitarme los pantalones se le giró el gesto y, también ahí, se puso a llorar.

Una de las preguntas fue la del hueso hioides. Lo tenía partido. ¡Mierda! Yo creí que al pasar por la trituradora del camión de basura, de tenerlo roto, sería difícil encontrarlo. Pero como Ángel y su compañero la sacaron antes… ¡Me jodieron esa posibilidad! Debí ser más precavido con eso.

Tras declarar el comisario, llamaron a Sandrine y, entonces, ya no me dio pena que hubiese llorado mientras declaraba el comisario. Se irguió, se secó las lágrimas y se acercó al micrófono con una expresión dura y distante. Les indicó que yo había teñido el pantalón, efectivamente, que fue la misma mañana posterior al crimen y que, sí, tenía gotas de sangre. Recordaba una gota que estaba cerca de una costura. Mi mujer siempre había tenido visa de lince y memoria de elefante.

Al aparecer la forense, me vi entrando en prisión. El puto pantalón… ¡Lo tenía que haber quemado! ¡Ni excusa non petita ni ostias! O habérselo regalado a un pordiosero de otra ciudad y haberme comprado otros, aunque hubiese llegado más tarde a casa. ¿No me preocupé de comprar el tinte en una droguería de otro barrio? ¿Qué cojones estaba pensando con quedarme el pantalón? Tan listo me creía y, ahora, me sentía un imbécil. Un delincuente de poca monta.

La jodida forense vino con la prueba acusatoria y con un informe con el que decía que habían tirado del hilo. Se permitió hacer una broma. ¡Puta loca! Me estaba mirando mientras decía eso. Y que, si bien el hilo dejaba claro que el pantalón estaba teñido, lo que asombró a todos es que habían encontrado sangre. No me lo quise creer. Yo tenía claro que un pantalón lavado no mantenía la sangre. O eso creía recordar de un capítulo de Archivos Forenses cuando lo teñí. Por lo que pensé que si estaba teñido, además de lavado, ni de coña iba a haber sangre. Pero quizá me dormí antes de terminar el capítulo, me solía pasar, y perdí más información crucial. Lo que me vino a la cabeza entonces fue el dicho de que nadie comete el crimen perfecto o el de el delito siempre deja rastro. Pero, ¿Cuántos delincuentes somos los que pensamos que lo haremos bien? El ego nos permite subestimar a los forenses…

Luego, les presentó todo el análisis, explicándolo con palabras y detalles que hacían fácil su comprensión. De tanto en tanto, me miraba con cara de reto vencido, como si hubiese sido una lucha entre ambos y en la que ella estaba ganando. La muy zorra… ¡La hubiese matado también a ella, pero con más saña! 

El jurado, popular, lo tenía claro. También ellos me iban mirando con cara de te-vamos-a-encerrar. No conocía a ninguno y todos me resultaban cercanos. Si los tengo más cerca… ¡Uf! Notaba que se me estaba hinchando una vena. Tanto que hasta me dolía el cuello. Estaba tan furioso que, cuando no pude más, les grité que qué coño miraban.

El juez, con eso, solicitó que se terminase la vista. Para sentencia, dijo. 

Tardaron media hora en deliberar.

Hoy, tras una año con el mierda de mi compañero de celda, me siento vigilado. Ya me han tenido encerrado en celdas de especial seguridad. Creen que puedo intentar lesionarme o suicidarme pero… no. No. No Mi ego aún está conmigo. Y mi sed.

Yo no tengo espíritu suicida. Yo lo que quiero es matar. Yo… lo que necesito… es matar. 


Tirando del hilo (o el crimen del pantalón)
por Carmen Nikol


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