Reflexiones heterodoxas sobre la DANA, el Barranco del Poyo y las soluciones pendientes desde hace siglos

Introducción

En los días posteriores a las dramáticas inundaciones que asolaron la Huerta Sur de Valencia, en octubre de 2024, se hizo tristemente famoso el Barranco del Poyo, un cauce de corto recorrido y casi siempre seco, de aspecto insignificante pero que, a lo largo de la historia, ha sido capaz, cuando las torrenciales lluvias otoñales lo recargan, de producir grandes catástrofes, sin que hasta la fecha se haya puesto remedio mediante la construcción de las infraestructuras necesarias.

La humanidad ha sido capaz de formidables logros técnicos y ha desarrollado una enorme capacidad para hacer frente a las fuerzas de la naturaleza, pero con demasiada frecuencia se olvida que esa capacidad es limitada, y a veces, efímera. Aparentemente, nuestra sociedad puede alterar la superficie de la Tierra de forma ilimitada, pero suele ignorarse que los cambios que introducen nuestras actividades tan sólo afectan a la piel del Planeta de forma mínima, en su delgada capa exterior. Y esas modificaciones no suponen ningún obstáculo para que sigan funcionando los mecanismos y procesos que configuraron el paisaje desde hace millones de años, y que siguen estando activos en la actualidad.

Figura 1.- Vista general de la llanura costera de Valencia desde lo alto del Plá del Palmeral (carretera de Alberic a Tous). Obsérvese la densa parcelación agrícola y urbana superpuesta a la superficie del terreno.

La fértil llanura litoral valenciana es el resultado de la interacción entre la dinámica marina, asociada a las milenarias subidas y bajadas del nivel del mar, y al aporte de sedimentos de los ríos, ramblas y barrancos que drenan con fuerte pendiente los relieves próximos a la costa. Cuando estos cauces llegan a la planicie litoral, por la gran fuerza erosiva que tienen sus aguas cuando acumulan caudal, llegan a encajarse excavando en los blandos sedimentos de la llanura (ver Figura 2). Esta situación sólo puede explicarse por la persistencia en el tiempo de lluvias torrenciales con largos periodos de recurrencia o retorno.

Figura 2.- Encajamiento del Barranco de Pelos (afluente del Barranco del Poyo), en sedimentos aluviales del Pleistoceno superior. La fotografía está tomada cerca de la confluencia entre ambos barrancos, en fechas posteriores a la DANA de octubre de 2024.

En este contexto, es esencial el papel que ha jugado la presencia del relieve costero, generando intensas lluvias convectivas, inducidas por situaciones meteorológicas concretas desde hace (al menos) dos millones y medio de años, en lugares específicos y de manera repetida en el tiempo. Esta dinámica, a lo largo de los milenios, ha ido configurando una fértil llanura gracias a la acumulación de los sedimentos transportados por este régimen fluvial irregular y torrencial.

Los rasgos geomorfológicos característicos de este contexto climático y geológico, como son los abanicos aluviales, los meandros abandonados y las llanuras de inundación, entre otros (Ortega 2022), permanecieron evidentes en el paisaje hasta hace dos milenios, desde la época de la romanización, cuando las actividades humanas comenzaron a implantar la extensiva red de regadíos que cubre toda la planicie litoral.

Hoy, a simple vista se nos hace muy difícil reconocer el paisaje natural oculto debajo de la parcelación agrícola y el desarrollo urbanístico (Figura 1). Sin embargo, esos rasgos, con sus pendientes y sus cauces mimetizados debajo de acequias, caminos y polígonos urbanizados, están ahí, dispuestos a reactivarse tan pronto como la naturaleza vuelva a hacer lo mismo que lleva haciendo periódicamente desde hace millones de años, lanzando de cuando en cuando caudales ingentes de agua por ramblas y barrancos hacia la llanura costera.

La Historia nos cuenta que la ciudad de Valencia fue fundada por excombatientes romanos en una isla entre dos brazos del Turia. Y que la ciudad contaba con un puerto fluvial. Con el exiguo caudal que le queda hoy al río después de desparramarse por la extensa red de acequias, cuesta trabajo imaginarse un Turia navegable, a pesar del pequeño calado que tenían las embarcaciones de la época. Por inverosímil que parezca, algunos vestigios de aquella estructura urbana están aún patentes en el callejero de la ciudad, como atestigua la presencia de una Calle de las Barcas, nomenclatura que sólo puede explicarse, teniendo en cuenta  la larga distancia hasta la costa y los poblados marítimos, por la actividad de calafates de ribera  que persistió durante siglos en la misma calle, a pesar de la desaparición de los brazos navegables del río.

Las excavaciones realizadas en el subsuelo de la ciudad atestiguan esta historia, por muy difícil que nos resulte hoy a sus habitantes reconocer aquella antigua estructura. Sin embargo, no le ocurre lo mismo al agua, que tiene muy buena memoria y, tan pronto como la naturaleza le permite salirse de los canales donde las obras humanas han querido constreñirla, vuelve a sus antiguos cauces, recuperando e inundando los dominios que han sido suyos desde siempre.

El litoral mediterráneo español en general y la ciudad de Valencia en particular han sido testigos durante los últimos milenios de esta particular contienda entre la ordenación urbana y las fuerzas de la naturaleza. Las excavaciones arqueológicas en Valencia han permitido encontrar sedimentos dejados por inundaciones de los siglos I y II a.C., de los siglos I al IV d.C., y también durante la época musulmana, entre los siglos IX y XI.  

El conjunto de datos arqueológicos de las excavaciones realizadas en la ciudad, han permitido detectar la presencia de tres brazos del Turia que, si bien no tuvieron un caudal continuo, al menos estuvieron funcionales durante sus crecidas: uno que cruzaba la Plaza del Mercado, otro que discurría por la plaza de Tetuán y la calle Navarro Reverter, y un tercero que, saliendo a la altura del puente del Mar, discurriría al norte del actual trazado. Durante los siglos de dominación romana, visigótica y árabe, las sucesivas murallas que rodearon la ciudad, además de actuar como barrera protectora contra invasores enemigos, debieron también servir  como dique para detener las aguas desbordadas del Turia. Esta situación se mantuvo hasta finales del siglo XVI, siendo la Junta de Murs i Valls la encargada de mantener en buen estado las murallas y sus fosos, para impedir la entrada de las inundaciones al interior del recinto urbano.

Desde el inicio del Renacimiento, los registros del Llibre del Consell atestiguan que, desde 1321 hasta la actualidad, se han contabilizado 27 inundaciones en Valencia, con un intervalo promedio de unos 25 años, es decir cuatro riadas por siglo. En todas ellas, el agua desbordada buscó la querencia hacia sus antiguos caminos, ignorando los obstáculos construidos por la mano del hombre. En 1589, una terrible riada rebasó las defensas amuralladas y arrasó la ciudad, por lo que se decidió crear nueva institución, la Fàbrica Nova del Riu, que tendría como misión construir los pretiles en ambas orillas del río, para evitar así que las crecidas superasen los bordes del canal. La construcción de dicho canal, de dimensiones colosales para la época, se prolongó durante casi dos siglos, entre 1591 y 1789, salvando a la ciudad de varias inundaciones, o al menos minimizando sus consecuencias. Este antiguo cauce constituye hoy una magnifica zona ajardinada que atraviesa la ciudad dibujando un enorme meandro de color verde oscuro, que va desde las afueras hasta el puerto viejo (Figura 3). En esta misma figura, dentro del ángulo que dibuja ese meandro, se puede reconocer por la diferente textura de sus calles, el recinto amurallado de ciutat vella.

Figura 3.- Imagen Sentinel 2 MSI (ESA, Agencia Espacial Europea) del área de Valencia (26 octubre 2024). Se aprecia con claridad el Viejo Cauce del Turia, el Nuevo Cauce y, al Sur, la rambla del Poyo de camino hacia la Albufera.

Pero, a pesar de sus enormes dimensiones, el encauzamiento no fue capaz de contener algunas de avenidas extremadamente violentas, como la acaecida en 1776 o la que ocurrió dos siglos y medio más tarde, en 1957, que arrasó el centro de la ciudad (Figura 4). Esta catástrofe dio lugar al planteamiento de un ambicioso proyecto, la construcción de un canal alternativo, con dimensiones todavía mayores, varios kilómetros al sur de la ciudad, el denominado Plan Sur, así llamado porque rodea la ciudad por su parte meridional (Figura 3). Este nuevo cauce, gracias a su gran capacidad, fue providencial en octubre de 2024 para salvar a la ciudad de una nueva catástrofe. Además, como se puede apreciar también en la imagen de la Figura 3, esta obra permitió la ampliación del puerto de Valencia, que estaba constreñido entre la antigua desembocadura del río Turia por el sur y los arenales de la playa de la Malvarrosa por el norte.

Figura 4.- El cauce viejo del río Turia, a su paso por Valencia, desbordado por la riada de 1957

Antecedentes y datos históricos.

Durante las semanas siguientes al 29 de octubre de 2024, fueron numerosos los artículos y publicaciones que recordaron al ilustrado naturalista Antonio José Cavanilles, que en su completísima obra Observaciones sobre la Historia Natural, Geografía, Agricultura, Población y Frutos del Reyno de Valencia, publicada en 1795, describe así el comportamiento del Barranco del Poyo, refiriéndose a las inundaciones acaecidas veinte años antes de la publicación de su obra, en 1776: El barranco empieza en las montañas de Buñol con dirección a Chiva y continúa por el término de Cheste, cruza el llano de Quart junto a la venta del Poyo, pasa después por las cercanías de Torrent y de Catarroja, y desagua en la Albufera de Valencia. Su profundo y ancho cauce siempre está seco, salvo en las avenidas cuando corre tan furiosamente, que destruye cuanto encuentra. En Chiva, sorprendió a media noche sus vecinos, asolando un número considerable de edificios, esparciendo en varios kilómetros los tristes despojos y los cadáveres de los pobres que no pudieron evitar la muerte.

Pero no fue Cavanilles el único que prestó atención a este barranco. En el Archivo Histórico Municipal de Valencia (AHMV), existe abundante información sobre los estragos que causaron sus riadas. Por lo que se refiere a la de 1776, los documentos registran que se llevó por delante numerosas casas, molinos y huertas en Chiva, produciendo la muerte de unas cuarenta personas, y una docena de ellas fueron arrastradas por las aguas hasta Cheste. Aguas abajo, en Villamarchant, Aldaia, Paiporta y Catarroja y Paiporta se llegaron a contabilizar más de un centenar de fallecidos. La similitud de lo ocurrido entre aquella riada (de hace unos 250 años) y la reciente tragedia de 2024 es palmaria, y habla por sí sola de las oportunidades que se han perdido a lo largo de dos siglos y medio para adoptar las medidas que hubiesen podido evitar la tragedia.

Del mismo modo que ha ocurrido ahora, fueron numerosos los informes para analizar la catástrofe y sus causas. Entre ellas, se mencionaba la influencia de los azudes, los problemas derivados del transporte de maderas por el río por los gancheros o la presencia de plantaciones de árboles en el cauce del río (existía un plantío municipal), que dificultaban la circulación del agua y causaban la rotura de puentes y muros de contención. Además, se prestaba una especial atención al desbordamiento del Barranco del Poyo, que cuando se producía  en paralelo con el del río Turia, aumentaba dramáticamente las consecuencias de la riada al converger con él y aumentar significativamente su caudal .

En uno de los informes realizados en 1776, inmediatamente después de la inundación, el agrimensor Casanova detalló que se produjo un rompimiento (es decir, que el agua se salió de su cauce buscando un camino diferente), empezando a correr paralelamente al camino de Madrid, que discurría por un trazado muy próximo a la actual autovía A-3. La única explicación posible para que ocurriese este desvío natural es que el desbordamiento aprovechase un antiguo cauce, que debía discurrir por los aledaños del camino de Madrid. Si se tiene en cuenta la dirección dominante Este-Oeste  de los barrancos próximos (Pozalet, Gallego o Santo Domingo, ver Figura 6), esta posibilidad es perfectamente coherente con el contexto regional.

El rompimiento del barranco se había producido a la altura de la Venta del Poyo, un caserío situado en las proximidades del cruce entre la A-3 y la autovía de la circunvalación a Valencia, el denominado by-pass (ver Figura 5), uno de los lugares más conflictivos en la reciente DANA de 2024. Como solución, el agrimensor Casanova sugirió que se desviasen las aguas del Barranco del Poyo a un embalse en Quart de Poblet, y desde allí que fueran encaminadas hacia el Barranco de Torrent y evitar así que llegasen hasta el Turia.

Otro informe, realizado un año más tarde por tres peritos (Bartolomé Olmos, Pablo García y Bartolomé Garcés), contratados por los propietarios de los terrenos afectados por la riada, aportaba más detalles sobre el rompimiento del Barranco del Poyo. Según ellos, una acumulación de materiales y sedimentos arrastrados por las aguas, hizo que la corriente se desviase para seguir (coincidiendo con las conclusiones del informe anterior de Casanova) una trayectoria paralela al camino de Madrid. Pero, además, en este segundo informe se hace referencia a dos rompimientos más: uno en las proximidades de la masía del Oliveral y otro antes de llegar a Quart de Poblet, de lo que puede deducirse que el trazado original del Barranco del Poyo difería bastante del actual. Las soluciones propuestas por estos tres peritos consistían en la limpieza del cauce del barranco en el lugar del «rompimiento», removiendo los materiales acumulados, y la realización de obras (un canal y muros de protección) para que el Barranco del Poyo desaguase completamente en el Barranco de Torrent, sin llegar al Turia. Esta propuesta permite confirmar, de acuerdo con el contenido del informe de Casanova  antes mencionado, que hace dos siglos y medio, el trazado del Barranco del Poyo era distinto del actual

A partir de los documentos disponibles en el AHMV sobre la riada de 1776, Faus Prieto (1999) reconstruyó los hechos, estableciendo la siguiente secuencia:

  1. Como consecuencia del rompimiento, el Barranco del Poyo abandonó el cauce que le conectaba con el Barranco del Gallego.
  2. La corriente de agua se bifurcó, de forma que una parte siguió su camino paralelamente a la autovía A-3, hasta que llegó a la masía del Oliveral, donde se estancó y retomó su camino hacia el Barranco de Torrent. La otra se dirigió ligeramente hacia el Norte, dibujando un amplio arco hasta regresar de nuevo a la A3.
  3. En este punto, probablemente convergiendo con las aguas del Barranco de Pozalet, el agua se volvió a bifurcar. Un ramal cruzó entre Aldaia y Alaquàs, inundó la huerta de Xirivella y llegó a cortar el Camino Real de Madrid a la altura de la Cruz Cubierta (actualmente, el inicio de la Calle de San Vicente). El otro ramal, pasando junto a la ermita de San Onofre en Quart de Poblet, desembocó directamente en el Turia. Debe recordarse que en este momento aún no existía el cauce nuevo, por lo que el agua no encontró obstáculos para llegar hasta la ciudad.
Figura 5.- Reconstrucción idealizada de los flujos de corriente de la riada de 1776, según la reconstrucción realizada por Faus Prieto (1999). Información cartográfica basada en los mapas del Instituto Geográfico Nacional (IGN).

En la Figura 5 se ha esquematizado esta secuencia de flujos sobre una base topográfica actual, donde la cruz de color verde señala el punto en que se produjo el primer rompimiento, que desvió las aguas de su cauce. En el gráfico, la flecha de color morado representa el tramo abandonado del Barranco del Poyo, que le conectaba con el Barranco del Gallego, mientras que las líneas negras representan el flujo de la avenida.

Los documentos disponibles en el AHMV permiten comprobar que la eficacia y diligencia de los dirigentes de la época no era muy diferente de los políticos actuales. Diez años después de la riada, todavía no se habían emprendido ninguna de las obras que habían aconsejado los expertos. Por otra parte, es también reseñable que el naturalista Cavanilles no las mencionase en sus Observaciones sobre la Historia Natural, Geografía, Agricultura, Población y Frutos del Reyno de Valencia. Teniendo en cuenta la meticulosidad y la sistemática precisión en las observaciones de este sabio ilustrado (la precisión de algunas de sus observaciones es todavía hoy constatable sobre el terreno), la ausencia en su obra de referencias a los trabajos de encauzamiento o desvío hace suponer que en 1796, 20 años después de la riada y cuando su libro fue publicado, los trabajos propuestos seguían sin realizar y aún estaba todo por hacer.

No obstante, el análisis realizado por Faus Prieto (op. cit.) concluye que, atendiendo a la situación hoy observable de la red hidrográfica, el desvío artificial de algunos cauces sí que debió llegar a realizarse (en algún momento, en fechas aún por determinar entre finales del siglo XVIII y el siglo XIX), tal y como ha sido recientemente propuesto por Barbadillo (2025). Sin embargo, la construcción de presas de regulación aguas arriba de los barrancos, con un dramático paralelismo con las recientes decisiones políticas (el derogado Plan del transvase del Ebro preveía también una presa en un emplazamiento próximo al propuesto por los tres expertos en 1777), nunca fue aprobada.

Figura 6.- Red de drenaje de los barrancos que vierten desde los primeros relieves costeros de la llanura litoral hacia la Huerta Sur de Valencia y la Albufera. Información cartográfica basada en los mapas del Instituto Geográfico Nacional (IGN).

La red de drenaje que vierte hacia la Huerta Sur de Valencia

Desde hace décadas, los estudios geomorfológicos realizados en la llanura costera valenciana han permitido confirmar la verisimilitud de las descripciones anteriores sobre la inundación de 1776 y otras riadas anteriores. El trabajo de Carmona (1995) sobre la red de drenaje estableció su carácter desorganizado, con numerosos puntos de rotura, detectando, en conformidad con las conclusiones de Faus Prieto (op. cit) ya mencionadas anteriormente, que los cauces de los barrancos del Poyo y del Gallego fueron reexcavados artificialmente para dirigirlos hacia el Barranco de Torrent.

El Barranco del Poyo, que adquirió un triste protagonismo durante la catástrofe, recibe varios nombres a lo largo de su trazado. En ocasiones, se refieren a él como el Barranco de Chiva o el Barranco de Cheste. Además, como se puede comprobar en la Figura 6, después de converger con el Barranco del Gallego, cambia de nombre para denominarse Barranco dels Cavalls, hasta que aguas abajo, después de recibir las aguas del Barranco de Santo Domingo y de la Horteta (ver Figura 6), cambia nuevamente de nombre para convertirse en el Barranco de Torrent. Desde allí hasta la Albufera vuelve a recibir distintos nombres locales, según la población por donde discurre, conociéndose en su desembocadura en la Albufera como Barranc de Massanassa, al ser ésta la última localidad que atraviesa.

La Figura 6 ilustra también las diferencias que existen entre la textura de la red de drenaje en el cuadrante inferior izquierdo (donde el relieve es escarpado y los cauces configuran una estructura dendrítica) y las zonas llanas, dónde los cauces dibujan trazados de tendencia rectilínea, dirigiéndose hacia la costa (barrancos de Pozalet, Gallego y de Santo Domingo). Sin embargo, en la zona central (aproximadamente entre la Masía del Oliveral y las localidades de Aldaia y Alaquàs), se localiza un área claramente anómala, donde los barrancos giran bruscamente hacia el Sur.

El origen más plausible de estos repentinos cambios de orientación, sin que sea posible buscarles explicación por causas naturales, es que se trate de los encauzamientos artificiales a los que se ha hecho referencia anteriormente para redireccionar los flujos de agua hacia el Barranco de Torrent. Sin duda, el ejemplo más ilustrativo de estos cambios repentinos de dirección puede observarse en el tramo del Barranco del Poyo situado inmediatamente al sur de la Masía del Oliveral (véase círculo verde en la Figura 6), cuyo cauce gira bruscamente hacia el sur hasta converger con el Barranco del Gallego. Desde el punto de vista geomorfológico, es imposible que, en una zona llana y sin accidentes geológicos reseñables (cambios de litología o fracturas en el subsuelo), un cauce fluvial realice un cambio de dirección así de brusco sin intervención de la mano del hombre.

Figura 7.- Naturaleza del tramo con orientación N-S del Barranco del Poyo, de acuerdo con la base de datos del IGN sobre la red hidrográfica

Contradictoriamente, la información disponible sobre la red hidrográfica en la  página web del IGN (véase el segmento de color turquesa y la base de datos asociada en la Figura 7), se indica que este tramo con orientación N-S se trata de un cauce natural no alterado. Sin embargo, como se desprende del análisis morfológico de la superficie del terreno y coherentemente con la información histórica disponible, esta información no parece correcta. Cabe pensar por lo tanto que parte de la red hidrográfica en los aledaños del Barranco del Poyo haya sido modificada artificialmente. Y, las consecuencias de estos cambios han sido dramáticas (Martínez Abraín, 2025).


La red hidrográfica y la DANA de octubre de 2024

Las intensísimas lluvias caídas en los relieves situados a poniente de la ciudad Valencia el 29 de octubre de 2024, hicieron que se precipitasen hacia la llanura litoral enormes cantidades de agua. El cauce nuevo del Turia, construido durante la ejecución del Plan Sur, gracias a sus formidables dimensiones, fue capaz de canalizar el enorme flujo que descendía por el río. Pero no ocurrió lo mismo en la red de barrancos aledaños, donde la afluencia de agua desbordó su capacidad de drenaje.

Figura 8.- Comparativa entre la red de drenaje en el entorno de la Masía del Oliveral con imágenes satélite Sentinel II MSI, una anterior y otra posterior a la Dana del 29 de octubre de 2024.

En la parte superior de la Figura 8, se muestra en detalle la red hidrográfica en el entorno de la Masía del Oliveral (el mismo tramo del barranco del Poyo, ya comentado en la Figura 7, también circunscrita por un círculo), mientras que en la parte central se muestra la imagen satélite de la misma zona correspondiente al 26 de octubre de 2024 (antes de la DANA), y en la parte inferior otra imagen de la misma zona, correspondiente al 10 de noviembre de 2024, pocos días después de la DANA. Las diferencias entre las dos imágenes satélite son evidentes, marcadas por la abundancia de zonas de color ocre en la imagen inferior, que corresponden a las áreas sin vegetación como consecuencia de la sedimentación y erosión producida por las aguas desbordadas.

Es reseñable observar cómo el tramo de cauce comentado anteriormente, el que gira en ángulo recto, es desbordado por la crecida. También se observa cómo desde allí, el agua sigue hacia el Este, recuperando sus antiguos caminos con una trayectoria similar a la registrada en la riada de 1776 (comparar las Figuras 5 y 8), aunque, inmediatamente al sur de la A-3, el agua gira de nuevo bruscamente también hacia el Sur, sin llegar a rebasar las zonas urbanizadas.

Figura 9.- Comparativa entre la red de drenaje en la zona sudoeste de la ciudad de Valencia con imágenes satélite Sentinel II MSI, una anterior y otra posterior a la Dana del 29 de octubre de 2024.

A una escala más amplia, la parte superior de la Figura 9 se ha representado la red hidrográfica en el sudoeste de la ciudad de Valencia (con las fechas indicativas de la trayectoria del agua en la riada de 1776), en la parte central se muestra la imagen satélite de la misma zona correspondiente al 26 de octubre de 2024 (antes de la DANA), y en la parte inferior otra imagen de la misma zona, correspondiente al 10 de noviembre de 2024, pocos días después de la DANA. Como en la Figura 8, las diferencias entre las dos imágenes satélite están señaladas por las zonas de color ocre, consecuencia de la riada. En la imagen inferior es apreciable como los efectos más importantes de la inundación se concentran en la zona situada en el cuadrante inferior derecha, entre el Barranco de Torrent y el cauce nuevo de Turia. También, la comparación entre el mapa de la parte superior y la imagen inferior permite comprobar que los flujos de corriente que estuvieron activos hace dos siglos y medio han sido severamente modificados. En efecto, de las tres direcciones de flujo que se constataron en 1776, las dos más septentrionales (la que se encaminaba hacia Mislata pasando por Quart de Poblet y la que se dirigía a Xirivella pasando entre Alaquàs y Aldaia), apenas son detectables en la imagen, aunque también sufrieron el embate de las aguas como consecuencia de los aportes del Barranco del Pozalet.

Por el contrario, la trayectoria más meridional es claramente dominante, concentrando toda la avenida del Barranco del Poyo (que anteriormente se dispersaba en los tres flujos mencionados), además del caudal de los otros barrancos procedentes del Oeste hacia el Barranco de Torrent. Este cauce, que atraviesa las localidades más importantes de la Huerta Sur, fue el responsable principal de la tragedia, con enormes pérdidas de vidas humanas y daños materiales. Esta interpretación es coherente con las reconstrucciones realizadas sobre la secuencia de la riada, como por ejemplo la que puede visualizarse en este enlace. En estas imágenes se puede apreciar claramente cómo la corriente orientada Este-Oeste que dirigía antiguamente caudal del Barranco del Poyo hacia Quart de Poblet y hacia Valencia, paralelamente a la A-3, sólo aparece muy tardíamente y de manera apenas apreciable, ya que todo el caudal se canaliza hacia Torrent por el Barranco del Poyo. También es perfectamente apreciable cómo el agua que inunda la zona del centro comercial de Bonaire y las localidades de Aldaia, Alaquàs y Xirivella procede del Barranco de Pozalet, con un caudal muy inferior al del Barranco del Poyo. En la secuencia gráfica, se aprecia perfectamente que cuando el agua del Pozalet empieza invadir estas localidades, los pueblos ribereños del Barranco de Torrente están ya totalmente inundados. Por último, es también apreciable cómo el agua que llega en primer lugar a la zona cero de la inundación (Picanya-Paiporta), procede del sur, del Barranco de la Horteta (Figura 6),  pero que la inundación masiva no se produce hasta la llegada del agua procedente del Barranco del Poyo.

Por otra parte, es indiscutible que la enorme capacidad de evacuación del cauce nuevo del Turia ha salvado a la ciudad de Valencia de una nueva catástrofe. Sin esta obra, las aguas del Turia hubiesen retomado sus antiguos cauces, ocultos bajo el asfalto, del mismo modo que había ocurrido repetidas veces a lo largo de los siglos. Pero también debe reconocerse que, esa misma obra, ha agravado las consecuencias de la riada en la Huerta Sur. En efecto, en la imagen inferior de la Figura 9, es perfectamente visible cómo el cauce nuevo del Turia actuó como dique de contención, agravando la inundación (véase el área marcada por el círculo amarillo en la zona inferior derecha).

Debe concluirse que el desarrollo urbanístico del entorno metropolitano de la ciudad de Valencia, en combinación con las modificaciones de los cauces realizadas en épocas antiguas, han resultado letales para las poblaciones de la Huerta Sur.  Como indica Martínez Abraín (op. cit.), al desviar los caudales del Barranco del Poyo hacia el Barranco de Torrent para aliviar las inundaciones de la ciudad de Valencia, se ha aumentado dramáticamente el riego de inundaciones en la Huerta Sur, con aportes adicionales de agua que antaño fluían en otra dirección. Esta decisión, que pudo considerarse acertada en su momento y que durante muchos años supuso un alivio para la ciudad de Valencia, sin causar problemas en las poblaciones ribereñas del barranco, merece hoy una consideración completamente diferente, dada la densidad de población y la intensiva urbanización del área, tanto por el crecimiento de los núcleos urbanos como de los polígonos industriales.


Conclusiones

En un artículo anterior, se expuso que no debía buscarse la explicación a la catástrofe del 29 de octubre de 2024 ni en el cambio climático ni en una causa única, sino en la fatal convergencia de varios factores: la complejidad de la propia naturaleza, la carencia de infraestructuras adecuadas, la gestión inadecuada de la vegetación en los cauces y los cambios radicales en el uso del suelo, además de la falta de eficiencia y coordinación de los organismos oficiales, tanto de la administración central como autonómica y municipal. De cara al futuro, poco podemos hacer para cambiar la complejidad de la naturaleza o para modificar radicalmente los usos del suelo en áreas que ya están intensivamente urbanizadas. Sin embargo, sí que debería estar en nuestra mano (al menos, teóricamente) construir las infraestructuras necesarias, limpiar adecuadamente los cauces y mejorar la coordinación y eficiencia de las instituciones.

Sin embargo, todavía hoy, varios meses después de la catástrofe, esas mismas instituciones siguen echándose los trastos a la cabeza, sin que ninguna de ellas se digne a asumir la parte de responsabilidad que les corresponde, y sin que se estén proponiendo, por vía de urgencia, las soluciones que deben adoptarse. La geología y la historia nos proporcionan argumentos suficientes para asegurar que este tipo de fenómenos atmosféricos son recurrentes a lo largo del tiempo, y que pueden volver a presentarse en cualquier momento. No debe olvidarse que el registro histórico antes mencionado de cuatro riadas por siglo es sólo un promedio, y no sería la primera vez que las inundaciones se presentan en años consecutivos o muy próximos. La documentación almacenada en los archivos indica que la construcción de un embalse para laminar las crecidas del Barranco del Poyo estaba ya planteada desde hace más de dos siglos, sin que haya culminado hasta la fecha de hoy.

La geología y la historia nos proporcionan argumentos suficientes para asegurar que este tipo de fenómenos atmosféricos son recurrentes a lo largo del tiempo, y que pueden volver a presentarse en cualquier momento.

Por otra parte, además de las causas y problemas anteriormente expuestos, podemos constatar también que los conocimientos disponibles en los mapas sobre la red hidrográfica son insuficientes, porque (como hemos visto) algunos tramos de barrancos que están considerados de origen natural, corresponden realmente a encauzamientos antiguos, destinados a desviar el curso de las aguas. Resulta paradigmático que, en el derogado plan hidrológico del trasvase del Ebro, los trabajos que estaban previstos en esta zona no se reducían solamente a la construcción de una presa, sino que también se iba a hacer algo más. Al menos, eso parece deducirse del título o epígrafe del apartado correspondiente en el mencionado plan: restitución y adaptación de los cauces naturales del Barranco del Poyo. Estas breves palabras sugieren que el problema planteado en este artículo, así como las soluciones requeridas, eran ya conocidas desde hace tiempo.

Por todo lo anteriormente expuesto, parece evidente que es indispensable estudiar y evaluar cuidadosamente la situación de la red hidrográfica responsable de este tipo de situaciones catastróficas, para proponer e implementar las medidas correctoras necesarias de acuerdo con su propia naturaleza. Y, sobre todo, que cuando la próxima DANA catastrófica haga acto de presencia (algo que indefectiblemente ocurrirá, tarde o temprano, del mismo modo que ha venido ocurriendo desde hace más de dos millones de años) esas soluciones estén por fin operativas y no debamos lamentar por enésima vez la falta de infraestructuras.


Agradecimientos

El autor desea agradecer al Prof. Alejandro Martínez Abraín (Departamento de Biología, Universidad de la Coruña) su amabilidad al proporcionar algunas informaciones esenciales para la preparación de este artículo y también por la revisión del manuscrito. Igualmente, agradecer a la Prof. Raquel Niclós (Departamento de Teledetección, Universidad de Valencia), por su ayuda para acceder a las imágenes satélite utilizadas en esta publicación y a Gabriel Castelló Alonso por la supervisión de los datos sobre la Valencia antigua .


Referencias bibliográficas

Barbadillo, J. (2025).- Encajando tormentas. Quercus, 467, pp. 6-7.

Carmona, P. (1995).- Análisis geomorfológico de abanicos aluviales y procesos de desbordamiento en el litoral de Valencia. Cuadernos de Geografía, 57, pp. 17-34.

Faus Prieto, A. (1999).- La ciudad de Valencia ante las riadas del Turia de 1776. Cuadernos de Geografía, 65 – 66, pp. 123-142.

Martínez Abraín, A. (2025).- Clima y adaptación. Quercus, 472, pp. 12-13.

Ortega Gironés, E. (2022).- Encuadre geológico de la evolución de la geografía física de la Ribera del Júcar durante la prehistoria. Editorial UPV, Estudios de Historia Local 1, 35 pp., ISBN: 978-84-1396-057-9.


Reflexiones heterodoxas sobre la DANA, el Barranco del Poyo y las soluciones pendientes desde hace siglos.
Por el geólogo Enrique Ortega Gironés


Publicado por Enrique Ortega Gironés

Soy, por ese orden, geólogo y escritor. O simplemente, un geólogo al que le gusta escribir. Primero, docente e investigador en el Departamento de Geotectónica de la Universidad de Oviedo. Luego, en las minas de Almadén (Ciudad Real), y durante los últimos 20 años, consultor independiente.

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