Rosas en el páramo

En el páramo no crecía casi nada. Había hierba baja, piedras y charcos que aparecían después de la lluvia. Cuando el viento soplaba, el frío se te calaba en los huesos; cruzaba la llanura entera y hacía que las plantas pequeñas se inclinaran hacia el suelo.

Cada primavera, sin embargo, aparecían las rosas. Preciosas y de un perfume sutil. No crecían en grandes jardines ni formaban filas ordenadas. Nacían en grupos pequeños, separados unos de otros. Algunas surgían junto a una roca. Otras encontraban refugio en una hondonada donde el agua permanecía unos días más. Eran rosas sencillas, de tallos firmes y pétalos de colores suaves.

Una niña llamada Miranda caminaba hasta allí siempre que podía. Tenía once años y muchas preguntas. Había escuchado a ciertos adultos hablar sobre la vida de las mujeres, como si fuera algo difícil de explicar. Su madre decía que se aprendía viviendo y su abuela decía que se aprendía observando, que también se podía aprender de lo vivido por los demás. Miranda pensaba que algo de razón tenía su abuela, pues ella aprendía cada día un poquito más de su gran referente.

Una mañana encontró a una mujer que trabajaba en el páramo. Llevaba una pala pequeña y un cesto. Estaba quitando malas hierbas alrededor de unos rosales.

—¿Son suyas las rosas? —preguntó Miranda.

—No, éstas no —respondió la mujer—. Estas rosas le pertenecen al páramo. Yo solo las cuido un poco.

Miranda se quedó observando cómo aflojaba la tierra alrededor de las raíces.

—¿Y usted sabe por qué crecen aquí si el lugar es tan feo?

La mujer sonrió.

—No es un lugar feo. Es un lugar duro. No es lo mismo.

La niña pensó en aquello durante un rato.

—¿Y por qué vienen las rosas?

—Porque encuentran una forma de hacerlo.

Aquella respuesta tan mal completada la dejó con más dudas, así que decidió seguir preguntando.

—Quizá nos quieran enseñar algo, ¿no? Mi abuela dice que los aprendizajes pueden provenir casi de cualquier ser vivo. ¿Usted qué cree?

La mujer dejó la pala en el suelo y sonriendo se giró de nuevo hacia Miranda.

—Pero, para eso, hay que observar a los seres vivos durante mucho tiempo. Si crees en ello, te puedes proponer mirar a estas rosas durante varias temporadas. Seguro que sí, que aprendes algo.

—¿Usted cree?

—Seguro que sí.

Miranda regresó cada pocas semanas. Al principio vio brotes pequeños. Después aparecieron hojas nuevas. Algunas plantas crecían con fuerza. Otras parecían quedarse atrás.

Un día encontró un rosal roto y, en cuanto vio de nuevo a la mujer del páramo, le preguntó.

—¿Qué ha pasado?

—Este viento insolente. De él seguro has aprendido algo —respondió la mujer.

—¿Se morirá?

—Tal vez. Pero las plantas son seres sabios. Llevan en la Tierra más que los humanos…

Cuando volvió semanas después, descubrió que el rosal seguía vivo. Había perdido una rama, pero las demás continuaban creciendo.

—He venido a ver cómo estaba. ¡Jo! He pasado una semana con mi otra abuela y me ha costado dormirme pensando en él. Mi yaya me compró un cuento sobre un rosal y me lo leía cada noche. Pero, aquel rosal estaba en un jardín y lo cuidaban…

—Tranquila. Si es por mí, seguirán siendo cuidadas, tanto como pueda. Aunque estén en este páramo —dijo la mujer.

Pasó el verano. Las rosas abrieron sus flores. Algunas eran perfectas. Otras tenían pétalos dañados por la lluvia o por los insectos.

—Estas son más bonitas —dijo Miranda señalando las flores intactas.

—Son más fáciles de admirar —respondió la mujer—. No siempre es lo mismo.

La niña no entendió del todo la diferencia.

Llegó el otoño y los pétalos comenzaron a caer. Los rosales parecían más pequeños cada semana.

—Ahora sí se están muriendo —dijo Miranda.

—Ahora están preparándose para el invierno.

—Pero se están muriendo.

—No Miranda. En invierno, como hace frío, todos nos recogemos más. Tú estarás más en casa. Y yo también. Las rosas guardan sus fuerzas para poder florecer de nuevo el próximo año. ¿Y cómo guardan sus fuerzas? No sacando su belleza exterior. Pero, eso no quiere decir que están muriendo. Sólo se están recogiendo y eso hace que no sean tan bonitas.

Durante los meses fríos, apenas quedaban ramas desnudas. El páramo volvía a parecer vacío. Miranda sólo fue una vez al páramo. Y fue con su madre. Pero no coincidieron con la mujer.

Sin embargo, al regreso de la primavera, una tarde, encontró a la mujer sentada sobre una piedra.

—Señora, ¡Qué alegría! Recuérdeme cómo se llama.

—Dunia —dijo la mujer.

—Ya he descubierto en qué se parecen las rosas y las mujeres.

—¡Ajá! ¿Y en qué se parecen?

—He visto que las rosas nacen.

—Sí.

—Que crecen.

—Sí.

—Que algunas se rompen y continúan.

—Sí.

—Que unas flores duran más que otras.

—Sí.

—Y que cuando parece que todo termina, todavía queda algo vivo. Y se recuperan. Son fuertes.

La mujer asintió.

—Eso es. Así son las personas y así es la vida para muchos sere vivos.

Miranda se sentó junto a ella.

—La vida es crecer donde una ha nacido o donde ha conseguido quedarse. Hay veces que la vida te lleva a vivir en sitios que no son los de tu origen. También es aprender a resistir cuando llegan tiempos difíciles. Es seguir adelante después de las pérdidas. Es cuidar de otras vidas sin dejar de cuidar la propia. Ya has visto que eso es lo que yo hago aquí. Y es aceptar los cambios sin olvidar quién se es. Tanto los de una como los de la gente tu alrededor o, incluso, los lejanos. Es respetar el espacio de los demás. Y sus tiempos. Es permitirse tiempo para conocer tus límites. Es tener instinto para reconocer qué no te conviene y temer lo que es una amenaza. Las rosas, por ejemplo, temen el invierno y se esconden, no le ofrecen sus pétalos porque el viento y el frío los marchitaría rápidamente y se los llevaría. Y es aprovechar los momentos de bonanza para disfrutar de lo mejor de la vida. Pero, querida Miranda, date tiempo, no lo quieras aprender todo ya…

Meses más tarde regresaron las primeras hojas verdes. Las rosas comenzaron otra vez su trabajo silencioso y Miranda las contempló durante largo rato.

—Doña Dunia. ¿Me permite una pregunta más’

—Claro, Miranda. Dime. ¿Qué te inquieta ahora?

—¿Me podría enseñar a plantar un rosal?


Rosas en el páramo
Cuento y música por Carmen Nikol


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Publicado por Entrevisttas.com

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