Eireen

LA LLEGADA A KILRAVEN HOUSE

El coche dejó de avanzar. El conductor redujo la velocidad y se detuvo frente a una verja de hierro oscuro cubierta de rocío. El motor siguió encendido unos segundos más, como si no tuviera claro si debía irse o no. En ese momento, el silencio entre la chica y el desconocido conductor fue algo tenso. Ella no sabía si debía preguntarle si ya habían llegado o si debía esperar una señal de aquel viejo tan bien vestido que parecía más el mayordomo de una gran casa que un mero conductor.

Pasados cinco minutos, Eireen miró por la ventanilla. El campo alrededor se movía bajo el tintineo de la lluvia y brillaba mojado bajo la luna. No había casas cerca, solo muros bajos bordeando árboles con las ramas caídas por el peso del agua; y un camino, un camino de grava que seguía hasta la entrada principal de una mansión infinita.

El conductor, finalmente, apagó el motor y bajó para abrirle la puerta.

—Es aquí —dijo.

Eireen salió con la bolsa al hombro. El aire frío le pegó en la cara de inmediato y casi ni notó la lluvia. En cuanto se giró para fijarse mejor por dónde debía entrar, el coche dio la vuelta sin esperar a que ella respondiera nada y desapareció por el mismo camino por el que habían llegado hasta allí.

De haberse atrevido a increparle, el silencio sepulcral de ese enclave se lo hubiese impedido: la tenía enmudecida. Tantas sensaciones construyendo su personaje hacían que su verdadero yo pudiera calmar el desasosiego.

Se quedó sola. Ahí, frente a la inmensa e imponente casa de estilo inglés que iba a ser su futuro inmediato en aquella Irlanda oscura y prometedora.

Kilraven house estaba al final del sendero, ligeramente inclinada hacia el terreno, como si se hubiera asentado allí con el tiempo, sin necesidad de corrección topográfica. Como todo lo demás, brillaba por la lluvia, a pesar de estar, paradójicamente, hecha con piedras secas. Las ventanas altas devolvían un reflejo apagado del cielo.

Eireen tardó unos segundos en moverse, inquieta por la impronta. Cuando por fin lo hizo, la grava crujió bajo sus zapatos. Una grava que no vería muy a menudo.

El señor O’Kerran la esperaba en la entrada principal. Pero no salió a recibirla, simplemente estaba allí, de pie, con las manos juntas delante del cuerpo, como si llevara un rato esperando sin prisa.

—Eireen O’Connell —dijo, mirándola a la vez que se iluminaba el cielo por un rayo crujiente.

Ella asintió.

—Sí.

—Has llegado bien.

No era una pregunta, así que no respondió.

Él se hizo a un lado.

—Entra.

Dentro, el aire cambió. No era más cálido, más cerrad sólo, pero tan frío como la lluvia y el aire exterior. Olía a madera húmeda, papel viejo y algo que podría haber sido humo antiguo atrapado en las paredes, probablemente de la variedad de incendios que había sufrido la casa a lo largo de los años.

Eireen siguió al señor O’Kerran por un pasillo largo, escuchando el sonido de sus pasos y el roce leve de su bolsa contra su espalda.

En el ala este la dejó frente a una puerta.

—Está aquí —dijo él.

Llamó una vez y abrió sin esperar respuesta.

La señora O’Kerran estaba sentada junto a una ventana. Tenía un libro en las manos, pero no estaba leyendo en ese momento, solo levantó la vista.

Afuera solo se veía niebla y ramas moviéndose despacio.

—Eres la chica nueva —dijo.

Eireen asintió otra vez con un gesto harto ensayado. No sabía si había habido una con anterioridad.

—Eireen.

La mujer repitió el nombre en voz baja, como si probara cómo sonaba dentro de la habitación.

—Puedes quedarte aquí.

No añadió nada más.

Eireen ya había sido advertida de que en esa casa las frases podían no tener continuación. No existía demasiada probabilidad de que fuesen complejas, pero esa simplicidad podía venirle muy bien, o eso pensó…


Esa noche, Eireen no consiguió dormir.

La casa tenía sonidos que no terminaban de encajar con el silencio. La madera se ajustaba sola en algún punto del edificio. El viento golpeaba ventanas sin demasiada presión, pero era constante. A veces se escuchaban pasos en el pasillo, pero cuando ella abría la puerta, no había nadie.

Cuando consiguió dormirse, la despertó un sonido que venía de lejos, como si viniese de un sótano. Eran risas de mujeres.

La biblioteca estaba abierta, en la misma planta que pisaban silenciosamente sus pies. Se acercó procurando no hacer ruido. Dentro había varias personas. Mujeres sentadas alrededor de una mesa larga. Algunas revisando libros; otras, simplemente escuchando.

El señor O’Kerran estaba al fondo. Vestido de mujer.

La señora O’Kerran también.

No ocupaban el mismo lugar en la jerarquía de la habitación, pero tampoco parecía que eso importara demasiado allí.

Cuando el señor O’Kerran la vio, le hizo un gesto corto con la mano para que se acercara.

En cuanto la tuvo a su lado le puso un libro en las manos.

—Lee —dijo.

Eireen tardó un segundo en reaccionar. El libro estaba abierto por una página que mostraba la ilustración de dos mujeres besándose.

Lo tomó y empezó a leer.

Al principio su voz salió normal, sin esfuerzo. Pero después de unas líneas notó algo extraño: todo alrededor parecía ajustarse a su voz. El aire, la atención de las mujeres, incluso la forma en que se mantenían quietas. E inmediatamente se dio cuenta de que no eran damas: todas eran hombres vestidos exquisitamente como mujeres.

No hubo interrupciones porque nadie la detuvo. Solo una atención fija, sostenida.

Eireen siguió leyendo porque detenerse habría sido más extraño que continuar. Su labor, al fin y al cabo, estaba clara desde antes de llegar.

En un momento dado, sintió que se mareaba levemente. El viaje y el humo alrededor, en la perfumada biblioteca, la aturdió por un instante.

Cuando levantó la vista, vio a la señora O’Kerran mirándola. Al segundo, observó como todos interpretaban lo que ella leía.

Eireen, tras esa pausa de una coma que le permitió recomponerse y observar la sala, volvió al texto.

Cuando terminó, bajó el libro despacio.

El silencio se mantuvo unos segundos más. Nadie se movió de inmediato.

Y siguió sentada sin levantarse.

En pocos minutos todos salieron de la sala felicitando a los O’Kerran por la nueva adquisición.


SI ALLANAH HABLA, TODO CAE

A la mañana siguiente, Kilraven House seguía funcionando igual que siempre.

Eso no inquietó a Eireen, pues no sabía cuáles eran los hábitos de la casa. No había dormido prácticamente nada, aunque la dejaron dormir algo más de lo que conseguiría dormir en su día a día.

Repasó cada detalle de lo ocurrido en el ala este, la cercanía de Allanah (la Sra. O’Kerran), la forma en que había permanecido mirándola antes de marcharse, como si estuviera satisfecha con su proceder en la lectura frente a los presentes.

Al bajar al comedor encontró la mesa preparada con varias delicias, presentadas aristocráticamente; el fuego encendido en la chimenea y al señor O’Kerran leyendo el periódico como si nada, a pesar de lo estrambótico de la noche anterior.

Allanah apareció unos minutos después.

Llevaba un vestido oscuro, sencillo, y el cabello recogido de forma descuidada, algo poco habitual en ella. Se sentó frente a Eireen sin evitar mirarla, pero tampoco sosteniendo la mirada demasiado tiempo.

El señor O’Kerran dobló el periódico.

—Callum llegará esta tarde.

Ninguna de las dos respondió, pero Allanah sonrió.

Él tomó un sorbo de café antes de continuar.

—Quiero que estés presente esta noche, Eireen.

—Por supuesto, señor.

—Esta vez quiero que escuches atentamente a Allanah.

Lo dijo como si escuchar fuera una tarea más dentro de sus obligaciones.


Callum Byrne llegó cuando ya estaba anocheciendo.

La lluvia había empeorado y el sonido del coche sobre la grava hizo que varios criados levantaran la vista al mismo tiempo. Eireen estaba en el vestíbulo cuando él entró.

Llevaba el abrigo mojado y una expresión tranquila, demasiado tranquila para alguien que acababa de cruzar media Irlanda bajo aquel tiempo.

Sus ojos se detuvieron un instante en ella. Se quedó observando su precioso cabello cobrizo y ondulado.

Declan había cumplido su acometido.

—Así que tú eres Eireen.

Tampoco ésa era una pregunta. Claramente, era una afirmación con cierta sorna.

—Sí… Sí, señor.

Callum dejó los guantes sobre una mesa y continuó observándola.

—Me gustas. Mucho más que la anterior —dijo.

Eireen no sabía que Callum era el hermano de Declan. Tampoco si formaba parte de las prácticas en el burdel. Quizá tan solo notó ese je ne sais quoi que las caracterizaba de por vida a todas ellas. A todas. A ellas.


La cena transcurrió despacio. El señor O’Kerran hablaba poco, pero cuando lo hacía, los demás esperaban antes de responderle. Allanah permaneció casi todo el tiempo en silencio.

Callum parecía formar parte de la familia. La casa parecía suya también. En ese rato, estuvo haciendo preguntas sobre habitaciones, empleados antiguos y decisiones tomadas meses atrás. Repitió un par de veces que Eireen le gustaba más que la anterior.

Y cada vez que el señor O’Kerran respondía ya veremos, Allanah dejaba de mover ligeramente los dedos sobre la copa.

Era un gesto mínimo. Pero a Eireen la incomodó. Comenzaba a sentir cierto temor sobre una comparación que no ofrecía más que presión e incertidumbre sobre su destino.


Después de la cena, el señor O’Kerran pidió que le llevaran una botella de su Midleton, el whiskey de principios de siglo que aún conservaban en su bodega particular. Todos los O’Kerran habían contado con varias botellas de aquel whisky exclusivo. Y así debía seguir siendo, por lo que dos decenas del mismo seguían en la bodega y solo se servían en contadas ocasiones.

Eireen se quedó cerca de la puerta mientras los tres hablaban.

La conversación empezó de forma normal, calmada. Hablaban sobre tierras, dinero. Una propiedad cerca de Galway.

Pero poco a poco el tono cambió. Callum habló de documentos desaparecidos. El señor O’Kerran le respondió que necesitaba tiempo. Y Allanah seguía sentada junto al fuego, sin intervenir.

Entonces Callum dijo algo que hizo que la habitación entera pareciera detenerse un segundo.

—Aprovecha pues tu tiempo. Y saca provecho de Eireen.

El señor O’Kerran lo miró fijamente.

Callum tomó el vaso sin apartar la vista de él.

—Eireen, vete a descansar.

Entendió que acababa de entrar en el centro de algo que había empezado mucho antes de llegar.


Más tarde, Allanah fue a buscarla.

Eireen estaba en el pasillo del ala este cuando escuchó sus pasos. La casa estaba casi a oscuras. Solo algunas lámparas pequeñas seguían encendidas.

Allanah se detuvo frente a ella sin hablar inmediatamente.

De cerca parecía cansada. Estaba rígida, como si llevara demasiado tiempo sosteniendo la misma tensión.

—No deberías alterarte por lo que conversan. Ni fijarte demasiado en Callum —dijo finalmente.

—Sí, señora.

Eireen notó un leve cambio en la respiración de ambas. La cercanía empezaba a sentirse distinta desde la noche anterior. Siendo perfectas desconocidas era difícil de ignorar que algo compartían.


Cerca de las tres de la madrugada escuchó una puerta cerrarse y salió al pasillo. La luz del despacho del señor O’Kerran seguía encendida. Y alguien estaba discutiendo dentro.

Eireen se acercó despacio.

Reconoció primero la voz de Callum.

—Ella ya lo sabe.

Silencio.

Luego la voz de O’Kerran:

—Solo sabe por qué razón la hemos contratado. Nada más.

Callum respondió casi inaudible. Eireen no logró escucharlo completo.

Después llegó una frase clara.

—Todo va a depender de Allanah.

Eireen sintió frío de inmediato. Un pavor espeluznante. Sabía que no estaba allí por casualidad, que no la habían escogido solo por su lectura dentro de aquel antro. Deseaba saber si de aquella conversación saldría algo que, por fin, le dejase claro el porqué, pero tuvo que retroceder antes de que pudieran verla.


ADVERTENCIAS

Pasados dos meses sin que apareciese Callum y disfrutando de cierta normalidad, Eireen consiguió dormir varias noches seguidas. Llevaba demasiado tiempo sin descansar y se le notaba, por lo que Allanah procuró que nada interrumpiese su sueño durante las noches.

Se dispuso que dormiría en la planta superior, por lo que las noches en la biblioteca no iban a despertarla. Además, dormía junto a una criada que tenía un sueño muy leve, por lo que si se despertaba no llegaría a bajar.

No había ningún detalle concreto en la casa ni en sus propietarios que hubiese vuelto a desconcertar a la joven Eireen. Tal vez el silencio sepulcral de los pasillos.

Los criados evitaban detenerse frente a su habitación. Órdenes de la Sra. O’Kerran. Las puertas se abrían y cerraban rápido y en silencio.


Una mañana, cuando Eireen bajó al comedor, encontró al señor O’Kerran desayunando solo, con el periódico desplegado frente a él y una expresión tan tranquila que resultaba difícil no desconfiar de ella.

O’Kerran levantó la vista apenas un instante.

—Hoy has dormido poco —dijo.

Eireen no respondió.

Él dobló una página del periódico con cuidado.

—En esta casa conviene no escuchar conversaciones ajenas. ¿No lo estarás haciendo?

La frase fue pronunciada con suavidad. Eso la agravó.

Eireen sintió un escalofrío subirle por los brazos. El Sr. O’Kerran siempre se lo provocaba, pero consiguió mantener la expresión estable.

—No lo hago, señor.

O’Kerran sostuvo su mirada unos segundos que para Eireen fueron interminables.

Después volvió al periódico. Se lamió el dedo índice y pasó a la siguiente página. La miró de nuevo con un gesto desafiante antes de retomar su lectura, y sin cambiar el gesto le dijo:

—Tiene consecuencias.


Encontró a Allanah cerca del mediodía.

Estaba en el invernadero, sentada junto a una mesa llena de plantas húmedas y herramientas de jardinería algo roídas. La lluvia golpeaba el cristal del techo con insistencia, aportando un sonido relajante, adormecedor.

Eireen se quedó observándola unos segundos antes de acercarse. Allanah parecía agotada, algo común últimamente.

Había encontrado un frasco de láudano en el cajón de su mesita de noche. Lo halló porque la propia Allanah parecía haber querido que lo encontrase. Una tarde le pidió que sacase del cajón los polvos para darle un retoque, algo que jamás le había pedido con anterioridad. Al fin y al cabo, ella no era su criada.

Cuando dejó la planta que estaba podando, Allanah le preguntó, como quien pide el informe del día, si había notado algo diferente el día anterior.

—Anoche escuché a Callum y a O’Kerran discutir. Hacía mucho que no había vuelto a escuchar la voz del señor Byrne y me sorprendió. Por eso lo sé —dijo Eireen.

Allanah no reaccionó enseguida.

—¿Nada más?

—No, señora, nada más.

Allanah siguió mirando las gotas deslizarse por el cristal de las paredes del invernadero.

—Entonces deberías irte.

La respuesta la desconcertó. No era una advertencia teatral. Sonó sincera. Eireen se acercó un poco más.

—Pero, señora ¿dónde debería ir? No tengo dónde ir. ¿Por qué desea que me vaya?

—No me gusta que me mientan. Te puse a prueba y te pregunto de nuevo, ¿nada más?

Ahora sí Allanah levantó la vista.


Desde la primera noche, no había vuelto a verla sonreír ni a participar en nada. Había momentos en los que parecía resignada, casi ausente.

Eireen se lo atribuyó a ese frasco de láudano que parecía una reliquia.

Los criados reaccionaban a pequeños cambios en su humor. El señor O’Kerran modificaba conversaciones enteras dependiendo de si ella estaba presente.

Y Callum… Callum la observaba como alguien que esperaba algo de ella.

También Eireen empezó a mirarla de otra manera. Ya no solo como alguien a quien proteger, sino como su cómplice. Allanah le dejó claro que no le iba a tolerar ni una sola mentira, ni un solo silencio desleal. Su propio destino en la casa dependía de esa señora.


Y la revelación llegó esa misma noche. Callum encontró a Eireen sola en la biblioteca. No parecía sorprendido de verla allí. Cerró la puerta detrás de él antes de hablar.

—¿Qué te ha contado Allanah?

Eireen no respondió inmediatamente.

Callum observó los libros abiertos sobre la mesa y luego volvió a mirarla.

—Nada, Sr. Byrne.

—¿Nada?

Él soltó una pequeña risa cansada.

—Allanah, a pesar de verse cansada, es la que manda en Kilraven House. Todo lo que en esta casa importa forma parte de la esencia de la Sra. O’Kerran. Y no lo ha hecho siendo pasiva. ¿Recuerdas tu primer día en la biblioteca? Procura analizar con detalle todo lo que recuerdes.

Eireen permaneció quieta y pensativa. La lluvia seguía golpeando las ventanas.

Callum caminó lentamente alrededor de la mesa antes de continuar.

—Cuando conocí a Allanah, O’Kerran estaba a punto de perder Kilraven House. La casa estaba llena de deudas. Él necesitaba a alguien capaz de cautivar a banqueros y empresarios. Cautivar su deseo de pagar por formar parte de su exclusivo club de lectura.

Eireen escuchaba con atención y observando si se acercaba algún sirviente.

—¿Y Allanah? Quiero decir… la Sra. O’Kerran…

Callum asintió.

—Ella aprendió rápido que iba a ser gracias a ella que todos estos hombres pagasen elevadísimas sumas de dinero por compartir ratos frente a ella, escuchándola leer.

Hubo un silencio breve.

Después añadió:

—Demasiado rápido, si tenemos en cuenta que también domina al Sr. O’Kerran.

Eireen recordó entonces pequeños detalles que había ignorado. La manera en que Allanah dirigía conversaciones sin parecer hacerlo. Siempre parecía un paso por delante. Los sirvientes se dirían solo a ella. Pero, nada fuera de lo que se esperaba la dueña de una casa. Incluso su madre, siendo pobre, era la ama de su humilde morada.

Callum volvió a hablar.

—Al principio pensé que estaba atrapada aquí, igual que todos. ¿Te has fijado en que nunca sale?

Eireen lo miró fijamente y pensó que ella misma tampoco podía salir.

—¿Pero, debería de haberme dicho algo? No entiendo, Sr. Byrne, por qué me ha preguntado si me ha dicho algo.

Callum sostuvo su mirada.

La puerta se abrió antes de que Callum pudiera responder.

Allanah estaba allí.

No parecía alterada. Miró primero a Callum. Luego a Eireen y entendió inmediatamente por qué había cesado la conversación.

Callum se apartó despacio de la mesa.

—Ya era hora —dijo.

Allanah no respondió. El silencio entre los dos tenía demasiados años dentro.

Eireen observó a Allanah. Ese poder en su mirada la hacía estremecer. Pero no como le ocurría con el Sr. O’Kerran. Allanah la fascinaba. Agradecía su sometimiento.

—Yo te escogí, Eireen. ¿Era eso a lo que te referías, Callum? —dijo.


EIREEN Y BRANNA

Eireen todavía recordaba el olor del puerto. No solo el del mar, todos los olores del muelle: madera húmeda, pescado fresco, carbón mojado, vapor y cerveza derramada sobre tablas que nunca terminaban de secarse. Durante años creyó que ese olor pertenecía únicamente a la pobreza, pero más tarde entendió que también pertenecía a los que podían permitirse comerciar o viajar con un par de maletas. La gente en el puerto siempre parecía esperar algo: trabajo, barcos, dinero, noticias, mujeres, nuevos destinos o simplemente una razón para no volver a casa demasiado ebrios.

Ella y su hermana crecieron allí. En dos habitaciones pequeñas encima de una taberna donde el suelo vibraba cada noche con las canciones de hombres borrachos y discusiones que a veces terminaban en burdas peleas.

La taberna era de su padre y de su tío y se accedía a ella como se hacía en las casas rurales de entonces: por la parte trasera. Culchie, para evitar traer la suciedad. Así que sí, se podía considerar la taberna más limpia, a pesar de los vómitos, que casi siempre eran reogidos a tiempo con algún tipo de barreño.

La idea fue de su madre y su padre la respetó. Era una mujer muy escrupulosa y, al final, los clientes parece ser que lo agradecían.

Su madre murió demasiado pronto como para dejar recuerdos claros, más allá de los que su propio padre comentaba los ratos que conseguía pasar con ellas. Siempre les dijo que era la ama de la casa.

De su padre, Eireen recordaba sus manos: ásperas, siempre cortadas y de movimientos demasiado suaves para regentar una taberna. Se esforzó en enseñarlas a leer bien. Era la única herencia que podía brindarles.

El año de aquel invierno en que todo empezó a romperse, primero faltó el trabajo. Luego faltó la comida. Y el colera hizo ciertos estragos. Siendo una ciudad portuaria, parece ser la que trajo algún marino. Afortunadamente, a ellos no les afectó. Su padre había muerto un año antes y su tío estaba demasiado borracho para poder levantarse a abrir la taberna.

La hermana pequeña de Eireen, Branna, seguía intentando jugar en medio de aquello. Tenía una forma extraña de sonreír. Era una mueca entre triste y alegre que siempre expresaba cuando entendía que algo iba mal, pues solo comían pan con agua y lo que los vecinos tuviesen a bien ofrecerles. Principalmente, pescado.

Eireen odiaba tener que ocuparse de ella. Y al mismo tiempo la quería más que a nadie. Dormían juntas durante ese invierno para soportar el frío. Branna se pegaba contra ella bajo las mantas y le pedía que le hablase hasta dormirse. Eireen le contaba historias inventadas, recuerdos deformados, sueños absurdos sobre casas enormes donde siempre había comida caliente y nadie gritaba de madrugada.

—Cuando salgamos de aquí —decía Branna— quiero una habitación solo para dormir.

Eireen se reía.

—Eso ya existe.

—No. Una habitación donde nadie haga otra cosa que dormir.

Entonces Eireen no entendía por qué esa frase le producía tristeza. Hasta que vio a su tío, borracho, abalanzándose sobre ella.

¿Por qué habían muerto sus padres, siempre ebrios, y ese desgraciado seguía vivo?


La noche que las separaron estaba lloviendo, como casi siempre allí. Llegaron dos hombres y hablaron con su tío. Al cabo de un rato él subió las escaleras sin mirarlas directamente.

—Preparad vuestras cosas.

Branna dejó de moverse.

—¿Por qué? ¿Para qué?

El tío tardó demasiado en responder.

—Va a ser mejor para vosotras.

Eireen tuvo un escalofrío que le subió por toda la espalda y le encogió la nuca. Estaba tan aturdida que hasta la mirada se le nubló por un momento, pero tuvo el instinto suficiente para no soltar la mano de su hermana ni un solo segundo.

Las llevaron en coche hasta Galway, cruzando el Loch Coirib.

Branna se quedó dormida apoyada sobre ella durante parte del trayecto. Eireen no consiguió cerrar los ojos ni un instante y le pareció un paisaje precioso. Disfrutó del trayecto hasta desvanecer su inquietud.

Hicieron una parada en St. Nicholas Church, donde la mujer que las acompañaba paró para confesarse. Cuando terminó, les preguntó a las muchachas si ya se habían confesado, si habían confesado sus pecados alguna vez, a lo que ambas reaccionaron con un silencio propio de la ignorancia.

—En nuestra profesión, muchas no se confiesan. Quizá vosotras tampoco lo hagáis, pero a mí me gusta verle la cara al cura cuando nota que me acerco para confesarme.

Cuando llegaron, se asomaba el ocaso del día. El burdel estaba en una calle estrecha detrás de varios almacenes del puerto. Otro puerto. Desde fuera parecía una casa más. Las ventanas tenían cortinas gruesas y la pintura estaba tan gastada que el edificio parecía intentar pasar desapercibido.

Al entrar, sintieron un leve golpe de calor. Una mujer de pelo rojo oscuro las recibió sin sorpresa, como si ya supiera exactamente quiénes eran antes de abrir la puerta.

Miró primero a Branna. Luego a Eireen.

—La pequeña no se queda aquí.

Eireen sintió alivio durante menos de un segundo porque inmediatamente entendió lo que significaba.

—¿Adónde la llevan?

La mujer encogió un hombro mientras se quitaba los guantes.

—A otro sitio.

—¿Qué sitio?

No hubo respuesta.

Branna empezó a agarrarle la mano más fuerte y a chillar hasta sacar toda la voz que le quedaba.

—Eireeeeeeen… Eireeeeeeen… Eireeeeeeen…

Ella intentó mantener la calma.

—No pasa nada, Branna. Nos veremos pronto. Deja que te cuiden. Comerás bien, ya lo verás. Cuando te vayas a dormir, piensa en las historias que te contaba y mándame un beso de buenas noches. Yo lo sentiré y podré dormir junto a ti. Nos veremos pronto, seguro Branna.

Pero estaba mintiendo. Y las dos lo sabían. No hace falta ser un adulto para conocer las mentiras piadosas.


La separación fue rápida. Absurdamente rápida. ¿Qué sentido tiene separar a dos hermanas en cuestión de minutos?

No hubo tiempo suficiente para aceptar lo que estaba pasando. Un hombre apareció desde otra habitación, tomó a Branna del brazo y empezó a llevársela mientras la niña seguía girándose para mirar atrás.

Eireen todavía recordaría siempre la expresión de su hermana en ese último momento.

Eireen intentó seguirlas, pero la mujer pelirroja la sujetó con fuerza.

—No hagas esto más difícil.

—¡Branna!

Eireen empezó a llorar entonces e intentó zafarse de aquella indeseable mujer despiadada. Gritó y la insultó con todas las palabrotas que pudo recordar de su tío.

Pero la puerta ya se había cerrado.


Después de eso, Eireen dejó de llorar durante mucho tiempo.

En el burdel aprendió a leer silencios, miradas, cambios mínimos en el tono de voz. Aprendió cuándo un hombre quería sentirse poderoso y cuándo quería sentirse perdonado.

Y sobre todo aprendió algo que más tarde le serviría en Kilraven House: las personas muestran su verdadera naturaleza no cuando desean algo, sino cuando creen que ya les pertenece.


ALLANAH EN LA HABITACIÓN AZUL

Allanah todavía recordaba la primera vez que O’Kerran pidió subir a la habitación azul.

En el burdel todas las habitaciones tenían nombre. La azul era la más cara. Estaba decorada con telas de terciopelo azul oscuro y apartada del resto, al final de un corredor donde el ruido llegaba amortiguado y las ventanas daban directamente al puerto. Cuando había niebla, parecía suspendida fuera de la ciudad.

Los hombres importantes la pedían porque allí podían fingir ser refinados.

O’Kerran empezó a reservarla dos veces al mes. Después todas las semanas. Más tarde dejó de preguntar si estaba libre. Simplemente asumía que lo estaría para él.


Al principio Allanah creyó que sería igual que los demás: entraría, bebería algo, intentaría sobarla demasiado pronto y terminaría confesando miserias personales antes de irse, si no acababa vomitando.

Pero O’Kerran no hacía nada de eso.

La primera noche dejó un libro sobre la mesa baja junto al sillón y le pidió que leyera. Allanah no solo era de las pocas que podía leer, era la única que tenía una voz cálida, como el terciopelo, y un ritmo pausado y candente, capaz de transportar a cualquiera que la escuchara.

La priemra vez, Allanah lo miró sin entender. Él permanecía sentado cerca de la ventana, observando la lluvia caer sobre el puerto mientras se quitaba lentamente los guantes.

—Empieza por donde quieras —dijo.

Ella abrió el libro.

Era una recopilación de relatos eróticos franceses, antiguos y excesivamente ornamentados. Nobles arruinados, mujeres encerradas en mansiones, sacerdotes obsesionados con sus pecados, prisioneros…

Allanah empezó a leer esperando que en algún momento él la interrumpiera, pero no lo hizo.

La miraba fijamente, fascinado por haber encontrado por fin a una mujer que, desnuda o con ropas muy sugerentes, pudiera leer para él los relatos que le habían acompañado desde muy joven, siempre imaginando que una mujer hermosa y atractiva se los leería en algún punto de su vida. Y, por fin, había dado con ella. Llevaba mucho tiempo buscándola.

Aquella forma de atención resultaba más intensa que el deseo abierto de otros hombres, pensó Allanah tras recibir el primer pago por parte de O’Kerran.


Las visitas empezaron a repetirse.

O’Kerran llegaba siempre impecable, con el abrigo aún húmedo por la lluvia irlandesa y el mismo gesto tranquilo de alguien acostumbrado a que los lugares cambien para recibirlo.

A veces traía libros. Otras veces, páginas sueltas escritas a mano.

Relatos donde las escenas íntimas se mezclaban con confesiones, humillaciones lentas y fantasías de obediencia disfrazadas de literatura sofisticada. Los relatos más obscenos llegarían ya viviendo con él.

O’Kerran reaccionaba a las pausas. A las respiraciones breves antes de ciertas frases. A la forma en que ella sostenía el silencio después de leer algo particularmente íntimo.

Y cuanto más tiempo pasaba con él en aquella habitación, más entendía que O’Kerran no buscaba un placer inmediato. Ni siquiera osaba a tocarse delante de ella y jamás se le acercaba, quería observar toda la escena y a ella en el centro.

Ya por entonces se la imaginaba en su propia biblioteca, leyendo para él y para su círculo de lectores. Así lo llamaba, si bien solo leía una mujer de la que nunca sacó demasiado rédito.


La habitación azul empezó a cambiar.

Los criados del burdel dejaban whisky antes de que él llegara pues él mismo había dejado varias botellas allí para su degustación mientras disfrutaba de Allanah. El fuego ya estaba encendido cuando subían, y el whisky se disponía en una mesita redonda, pequeña, al lado de un sillón de terciopelo rojo con botones de capitoné, algo desvencijado.

Y Allanah comenzó a notar algo ciertamente inquietante: ella misma esperaba aquellas noches. En esa habitación dejaba de sentirse mercancía durante unas horas. Y, sobre todo, disfrutaba de su verdadero arte: la seducción mediante la lectura.

O’Kerran, desde el segundo día, comenzó a traerle regalos. Los primeros fueron guantes de algodón blanco. Los segundos, vestidos de seda bordados. Y, a partir de ahí, abalorios para el pelo, guantes de cuero negro, carmín, corsés… Llegó a tener un baúl y, sin poderlo remediar, tuvo que dejarle alguno a la madame.


Una noche, mientras ella leía un relato sobre una mujer mantenida durante años dentro de una propiedad aislada, Allanah levantó la vista y descubrió que O’Kerran ya no estaba escuchándola. La estaba observando pero absorto, como si estuviera resolviendo algo.

Allanah dejó de leer y el silencio entre ambos duró varios minutos.

—¿Qué le ocurre? —preguntó finalmente.

O’Kerran tomó un sorbo de whisky y se apoyó sobre su bastón con puño tallado en marfil antes de responder.

—Nada. Ya lo entenderás en su debido momento.


Con el tiempo, las sesiones cambiaron. O’Kerran comenzó a acariciarla mientras leía. Un día el pelo; el siguiente, los muslos; el último, sus adentros. Quería comprobar cuánto podía mantener la lectura, a pesar de estar siendo estimulada.

Muchos días, ella leía desde el sillón junto al fuego mientras él permanecía en silencio de pie, junto a la ventana, viendo a las furcias buscar clientes o ser directamente abusadas.

Cuando la acercaba hacia él, no deseaba alterar la voz de Allanah recorriendo aquellas historias cargadas de deseo.

Antes de irse, la sometía cuidadosamente hasta que ella quedaba extasiada.


La madame, burda como su propio burdel, intentaba hablar con O’Kerran al bajar la escalera. Quería averiguar por qué en las últimas sesiones Allanah gemía y gritaba de placer.

Una noche detuvo a Allanah antes de que subiera.

—Ten cuidado con ese hombre. Aquí ninguno nos da placer.

Allanah se volvió.

—Él es mi mejor cliente. ¿Por que debería temerle?

La madame encendió un cigarrillo lentamente.

—Porque los hombres ricos se obsesionan de maneras distintas. Y los peores son los que se obsesionan. ¡Hay tantas que se han creído el cuento de que se las iban a llevar!


La última noche en el burdel empezó como cualquier otra.

Lluvia y whisky para cada cliente que lo pagara. Vino barato o cerveza para el solía poderlo pagar. Alternar era obligatorio antes de subirse con ninguna de ellas.

La habitación azul ya iluminada, solo por el fuego y una lámpara pequeña junto al sillón rojo.

Allanah estaba leyendo cuando O’Kerran la interrumpió por primera vez en días.

—Déjalo.

Ella bajó el libro lentamente.

O’Kerran la observó en silencio unos segundos.

Después dejó un sobre grueso sobre la mesa.

—He hablado con la madame.

Allanah sintió un cambio inmediato en el aire de la habitación y recordó lo que la madame le había dicho, así que comenzó a sentir cierto temblor.

—¿Sobre qué?

—Sobre ti.

El fuego crepitó detrás de ellos.

Allanah no tocó el sobre. El no la dejó hasta que Allanah cumplió sus órdenes de bailar para él. Parecía una gitana, suelta y grácil. Perfecto, era lo último que necesitaba corroborar.

La paró con tres golpes de bastón y le puso el sobre en la mano.

—No estoy en venta.

O’Kerran sostuvo su mirada sin alterarse.

—Todo en este lugar está en venta. Solo cambia el precio. Puedo comprarte a ti o comprar a otra; o, simplemente, comprar todo el local y echarlo a bajo. O quemarlo con todas dentro.

La frase la atemorizó. Ahí sí sintió terror.

Sin embargo, reconoció para sus adentros que parte de ella ya sabía que aquello terminaría ocurriendo. Y lo deseaba… desde hacía mucho, mucho tiempo.


La madame aceptó la oferta a regañadientes, pero también ella temía a O’Kerran. A ella no hacía falta que le dijesen qué era capaz de hacer. Y la cantidad era demasiado alta para rechazarla. Allanah era solo otra furcia. Jamás iba a conseguir amasar tanto dinero por ella a base de servicios estándar.

Ese dinero iba a ser suficiente para reformar el edificio completo, pagar deudas antiguas y comprar silencio donde hiciera falta.

Cuando Allanah bajó al despacho privado de la madame, el contrato ya estaba firmado.

La mujer evitó mirarla directamente. Hubiese sido como reconocer que se equivocaba con los clientes que deseaban comprarlas. Tampoco quiso que su mirada le mostrase que había sido más valiosa que el resto, incluso que ella misma.

—Podrías negarte —dijo en voz baja.

Y se puso a reír a carcajada limpia.

Allanah permaneció quieta unos segundos. Después la miró, miró hacia la ventana empañada del despacho, donde la lluvia seguía cayendo sobre el puerto. Y también ella se puso a reír.


DECLAN & CALLUM BYRNE

Allanah permaneció en silencio un momento después de decirle a Eireen que había sido ella quien la escogió.

La biblioteca de Kilraven House estaba casi a oscuras. Solo quedaban encendidas dos lámparas bajas junto a los sillones y el fuego reducido a brasas rojizas dentro de la chimenea. Afuera, la lluvia golpeaba los ventanales con una suavidad constante.

Eireen seguía mirándola sin terminar de comprender.

—¿Qué significa exactamente escogerme? —preguntó al final.

Allanah apoyó despacio el vaso sobre la mesa. Se acercó a ella y mientras le acariciaba los labios, contestó:

—Que llevábamos años buscándote sin saber quién eras todavía.

La frase produjo un silencio inmediato.

Eireen sintió una incomodidad lenta, difícil de ubicar. Pero disfrutó de la suave caricia de los frágiles dedos de la Sra. O’Kerran.

—¿Llevábamos? —preguntó.

—O’Kerran empezó. Después Callum. Y finalmente su hermano menor. Él ocupó más horas de su valioso tiempo en saber que, claramente, ibas a ser tú.

Allanah levantó la vista hacia las estanterías altas de la biblioteca, como si parte de la historia siguiera allí, atrapada entre los libros.

—Declan Byrne.

Eireen no había oído ese nombre antes.

—¿El hermano de Callum?

Allanah asintió.

—Más joven. Más inteligente de lo que aparenta. Y bastante peor que Callum.


Declan Byrne había llegado a Kilraven House por primera vez siendo apenas un muchacho rico aburrido por todo demasiado pronto. Un Lord Byron, excesivo, plural en todo tipo de excesos. Elegante y depravado.

A diferencia de Callum, nunca fingía tener principios sólidos. Disfrutaba observando a las personas como si fueran mecanismos interesantes que desmontar lentamente.

Y desde el principio entendió qué ocurría realmente en las veladas privadas de O’Kerran. Esas ceremonias íntimas disfrazadas de sofisticación. La generación de su hermano mayor y de Sir O’Kerran fueron sus primeras veladas de travestismo y obsesión por los cuentos eróticos. Agradecía que le introdujesen a una pronta edad.

Cuando conoció a Eireen, tan solo tenía 19 años y ya había estado en cientos de burdeles de todo el mundo. Había salvado la economía de la familia con su mente afilada para los negocios y sus violaciones, para afilar su otra mitad.


Las noches comenzaban siempre igual: whisky servido lentamente, un fuego encendido y cortinas cerradas. Y Allanah sentada en el sillón negro junto a la lámpara de lectura mientras los hombres ocupaban sus lugares alrededor de la biblioteca.

A veces eran tres. Otras, cinco o seis. O más de 20.

Empresarios, abogados, políticos locales, propietarios de media Irlanda occidental.

Sus esposas pensaban que iban a la mansión del Sr. O’Kerran a disfrutar de momentos de lectura, sí. Era un club de lectura, pensaban. En noches algo tardías, pero solo así podían ir, pues por sus trabajos y labores no disponían de otro horario de esparcimiento.

El resto del tiempo, eran la élite de la ciudad, incluso de toda Irlanda del Sur, el reciente Estado Libre de Irlanda, orgullo de todos ellos, su Saorstát Éireann. Todos muy católicos. Todos muy católicos.

Pero Allanah sabía la verdad. Su religión debía permitirles ciertas atrocidades.


Allanah había perfeccionado su voz durante años. No era teatral. Eso lo habría arruinado todo.

Leía despacio, dejando que ciertas frases permanecieran suspendidas unos segundos más de lo normal. Y se permitía levantar la mirada para observar la fascinación de su masculina audiencia.

Y O’Kerran, a su vez, lo observaba todo. Siempre.

Observaba quién bebía más rápido y pedía más bebida y quien estaba tan embelesado que no sentía ni sed ni ningún dolor más allá de los que las lecturas narraban. Atrocidades, sí, para sus inocentes mujeres, sin duda.

Quién empezaba a respirar distinto cuando Allanah bajaba ligeramente la voz en ciertos pasajes oscuros.

Y, sobre todo, observaba quien se despedía de él agradeciéndole ser invitado a tales veladas con un generoso gesto significativamente dispendioso, incluso mayor del entregado antes de la velada.


Declan Byrne fue el primero en expresarlo diáfanamente.

Una noche, después de que los demás se marcharan, permaneció sentado junto al fuego mientras Allanah cerraba el libro.

—Tienes un valor incalculable. Nos sufrir con cada latigazo, con cada mordisco —dijo.

—Gracias, Declan. No esperaba menos de ti.


Con el tiempo, Declan empezó a asistir más seguido que su propio hermano.

Llegaba tarde, permanecía en silencio y observaba a los demás hombres casi tanto como a Allanah.

Una noche llevó consigo a varias muchachas de Galway para entretener la velada después de la lectura. Mujeres bonitas, jóvenes, elegidas cuidadosamente.

O’Kerran apenas tuvo la debilidad de observó hablar, reír, intentar seducir a los hombres de la sala.

Después se volvió hacia Allanah.

—Asegúrate de cobrarles más y de que vuelvan otro día, pero no anuncies aún cuándo —dijo.

Allanah no respondió. Estaba cansada del tono de su marido. Quizá seguía creyendo que era su esclava.

Callum tomó whisky lentamente.

—Pero ninguna sabe leer. Necesitamos alguna más que nos deleite como tú. Mi hermano podría conseguir una. ¿No te parece?

Declan, sentado junto a su hermano, mientras pellizcaba los generosos pezones de una de aquellas jovencitas, respondió al desafío con una sonrisa desafiante y asintió.


Aquello empezó como un juego perverso entre ellos, una apuesta.

Declan comenzó a recorrer burdeles de Cork, Galway y Limerick buscando muchachas capaces de leer como Allanah.

No bastaba con saber pronunciar las palabras. Eso cualquiera podía aprenderlo.

Buscaba a Allahah, otra Allanah. Con la pausa correcta. La intuición. La capacidad de convertir una lectura en una forma de intimidad privilegiada.

Y durante meses no encontró a nadie. Las mujeres exageraban. Actuaban demasiado. Intentaban sonar refinadas o provocativas. Pero no entendían realmente lo que ocurría en aquellas habitaciones.


Hasta que apareció Eireen.


Fue en un burdel pequeño cerca del puerto de Galway.

Declan había ido sin demasiada expectativa. El lugar era mediocre comparado con otros donde solía moverse por el resto del país: las cortinas olían a humo viejo y el piano del salón principal sonaba algo desafinado, aunque se notaba que habían hecho una pequeña reforma, pues los muebles contaban todos con maderas nobles y los sillones eran todos hechos al estilo capitoné, en terciopelo.

Ni siquiera fue él quien la vio primero.

Fue Allanah. Le acompañó. Aquella noche había viajado con Declan para mostrarle dónde conoció a O’Kerran, ataviada con una elegante capa encapuchada. Tenía la intuición de que sería allí y, por primera vez en mucho tiempo, salió de Kilraven House.

Las mujeres fueron pasando una a una por el salón privado.

Leían fragmentos breves. Poemas. Relatos franceses. Escenas cargadas de insinuaciones elegantes que ninguna terminaba de comprender realmente.

Declan empezó a aburrirse. Hasta que entró Eireen.


Declan tomó otra postura, más erguida. Eso fue lo que hizo que Allanah alzara la vista.

Eireen parecía demasiado contenida para aquel lugar. Demasiado bella para ser una más.

Le dieron un libro. Ella lo abrió sin apresurarse. Y empezó a leer.


La habitación cambió casi de inmediato. Las demás la escuchaban y la madame comenzó a calcular cuánto cobraría esta vez.

Eireen leía como alguien acostumbrado a hacerlo sola, sin espectadores. No intentaba seducir. Parecía concentrada únicamente en las palabras. Pero su ritmo y su voz eran sutiles, sensuales, sin siquiera pretenderlo.

Y precisamente por eso resultaba más íntima que todas las demás.

Allanah se identificó con ella.

Las pausas. La respiración leve antes de ciertas frases. La manera en que dejaba descansar el silencio sin miedo a él. Cómo sus manos giraban las páginas. Su delicadeza e inocencia al mirar a Declan si alguna vez levantaba la vista. Cómo dejaba caer un tirante de su camisón si la escena lo requería.

Y entonces ocurrió: Eireen levantó un instante la vista del libro, otro pequeño instante, y encontró los ojos de Declan clavados en ella.

Allanah pagó más de lo que habían pagado por ella misma. Quiso que la madame sintiese la humillación de recibir tal cuantía de sus manos.


Al cabo de los meses, no solo estaban todos los hombres de Kilraven House enamorados de la nueva lectora; también lo estaba Allanah.

Comprendió que había introducido algo verdaderamente peligroso en Kilraven House.


CORTINAS TRANSPARENTES

La biblioteca de Kilraven House brillaba distinta esa noche. El pequeño altillo que contenía el atril de las lecturas quedó detrás de unas cortinas rojas de una seda transparente. Callum las había conseguido a petición de Allanah.

A lo largo del día, fueron ataviando la biblioteca, convirtiéndola en una estancia aún más imponente. Pusieron luces estratégicas sobre algunos libros, con candiles antiguos de metal labrado, resultando aún más íntima, más sinuosa.

«Juliette o las prosperidades del vicio», «Justine o los infortunios de la virtud», «La marquesa de Gange», «Eugenia de Franval», «Aline y Valcour» y «Los 120 días de Sodoma» del Marqués de Sade, entre otros como «Las once mil vergas» de Guillaume Apollinaire quedaron abiertos para mostrar ciertas ilustraciones. Otros libros destacaban con borlas colgadas desde su lomo de piel labrada.

En los frisos superiores, imágenes de vírgenes dando de mamar al niño Jesús. Eran, no cabe duda, muy católicos. Pero también profanos, cómo no. Sabían combinarlo, colocando estatuas inspiradas en la antigua Grecia, con figuras desnudas repartidas por doquier, buscando un equilibrio espacial y sensorial.

Los sillones se distribuían formando un semicírculo alrededor del fuego y de la mesa baja donde descansaban las botellas de whisky y algunas copas pesadas de cristal. El humo de los cigarros se acumulaba lentamente bajo el techo alto, difuminando la luz.

Los hombres hablaban poco antes de empezar. Nunca parecían completamente cómodos al inicio de aquellas veladas, la inquietud de la intimidad compartida les abrumaba. Había algo en el ambiente que los volvía cautelosos, como si todos entendieran que estaban participando en algo que, verdaderamente, sólo querían sí mismos, como si sus cómplices fueran una molestia necesaria.

O’Kerran ocupaba siempre el mismo lugar, ligeramente apartado del resto.

Declan Byrne estaba cerca del fuego, acariciando un gato negro.

Callum, aquella noche, permanecía más atrás, observando la habitación entera con una tensión silenciosa que Eireen empezaba a reconocer en él.

Allanah se erguía de pie junto a las columnas del decorado mientras Eireen tomaba asiento por primera vez en el sillón negro de lectura.

El mismo sillón. La misma lámpara. La misma posición desde donde Allanah había leído durante años.

Eireen había subido un escalafón. Dejó el sillón verde de sus inicios para compartir escenario con Allanah.

Eireen notó inmediatamente el peso de todas aquellas miradas. Había muchas más que en sus anteriores lecturas. Muchas caras desconocidas.

Hasta los criados eran otros.

Pero no sintió miedo. Se sentía alagada y estaba resuelta a cautivarlos a todos.

No se trataba solo de satisfacer la perversión de ciertos hombres, sino de procurar que los magnates quisieran regresar y regresar. Se trataba de conseguir que Kilraven House fuese el mayor centro de negocios de toda Irlanda del Sur. Iban a poder manipular a cualquier empresario, banquero o político que por allí apareciese para disfrutar de sus veladas únicas. Ellos se beneficiarían de contar con un club privado de placer y negocios y Kilraven gustaría de tener entre sus secretos las intimidades de todos ellos.

Así se lo comunicó Allanah. Y le dejó claro que, llegado el momento, se dejase llevar.


El libro que sostenía entre las manos era antiguo, encuadernado en cuero oscuro. Uno de los textos privados de O’Kerran. Lo había escrito él mismo, empapado de toda inspiración erótica de textos releídos una y otra vez por su amada y odiada esposa.

Relatos escritos para ser leídos en voz alta. Con obscenidad directa. Con momentos de un ritmo crucial. Respiraban. Las escenas gemían.

Con insinuaciones tan cuidadas que obligaban a quien escuchaba a completar mentalmente el resto o a exclamar de placer sin poderlo evitar.

Eireen abrió el libro lentamente, tras la cortina transparente, de un color rojo oscuro.

La habitación quedó en silencio.

Y comenzó a leer.


Su voz llenó la biblioteca despacio. Leía con una calma extraña, como si las frases fueran apareciendo en el aire antes incluso de pronunciarlas completamente.

Los hombres dejaron de moverse poco a poco, inclinándose sobre sus propio cuerpo para escuchar con la mayor atención posible, evitando ver al resto de asistentes.

El hielo dejó de sonar dentro de las copas.

Declan apoyó el vaso sin apartar la vista de ella.

Callum observó primero a Eireen. Después a Allanah, que apareció al cabo de un breve capítulo, mejorando la escena y sus expectativas..


La historia describía una casa aislada junto al mar, una mujer incapaz de dormir y otra mujer contratada para leerle durante las noches.

Por un momento, Eireen no pudo evitar pensar en su hermana, pero la borró de su mente de inmediato. Nada erótico pensaba de ella. Sólo la quería recuperar.

El siguiente capítulo lo comenzó Allanah. Eireen se levantó del sillón negro y se tumbó en un diván. Mientras leía, Allanah fue acariciando el precioso cabello pelirrojo de Eireen, enredando sus dedos en él hasta llegar a acariciar su cintura.

Luego Allanah, se puso de perfil y depositó el libro sobre el respaldo del diván. Eireen se ocupaba de pasar las páginas. Las manos apenas se rozaron y un suspiro se escuchó en la sala.

Ralentizaron la lectura y cada una comenzó a leer un párrafo. Fueron cambiando de posturas hasta que Eireen posó su cabeza sobre el regazo de Allanah.

Eireen podía sentirlo. Ese silencio, las bocanadas. Todos fumaban de cara a la escena que contemplaban; todos, inclinados ligeramente hacia delante, todos con la copa quieta, helada, sin hielo (ya derretido entre sus manos).


Entonces Allanah se movió y puso sus manos sobre un pecho de Eireen mientras ella leía. Siempre cumpliendo con su parte de la escena. Manteniendo la cara relajada para ir pasando a una cierta excitación.

Algunos hombres se levantaron para observar de cerca, pero los criados les devolvieron con gestos amables a sus sillones.

Allanah levantó apenas la vista hacia ella sin interrumpir la lectura. Un simple momento, para confirmar que Eireen estaba bien, que no se sentía incómoda.

Cuando Eireen acabó de leer su parte de la escena. Allanah estaba acariciándole los pies. Se levantó sutilmente y desapareció por un lateral, dejando sola a Eireen.

Esperaban un aplauso pero la reacción fue un silencio inquietante, excepto por uno de los asistentes de los que se habían levantado que exclamó bramido por ¡Bravo!


La transición tras ese espontáneo ¡bravo! fue tan natural que, durante unos segundos, pareció que hubiera estado previsto. Como colofón. Como último extremo de complicidad. Un lenguaje de notoria solemnidad, a pesar del tono de las lecturas y de la excitación de los presentes.

Un gramófono antiguo reproducía música de Wagner, alternada con Debussy, Saint-Saëns, Chopin y Gabriel Fauré.

Sir 0’Kerran, sin duda, tenía buen gusto musical. Cada velada alternaba música de grandes compositores de clásica, resistiéndose aún a usar los ritmos populares del jazz. En ocasiones contadas, distinguía momentos festivos con música popular irlandesa, sobre todo cuando invitaban a señoritas a disfrutar de bailes como los jigs, los valses o las polcas.

Así conseguía suavizar la atmósfera, hacerla festiva, para olvidar las lecturas y concentrarse en beber, divertirse y, con la última copa, fraguar negocios.


La noche del 31 de agosto, con la excusa de celebrar la independencia del dominio británico sobre toda la isla, la lectura fue especiada con aromas de canela y sándalo.

El texto, de nuevo de O’Kerran, trataba sobre las ninfas de un sátiro sibilino, una rareza más.

Allanah se acercó un poco más mientras leía. Eireen sintió el roce de sus dedos sobre el respaldo del sillón. Después sobre su hombro. Leve. Casi ausente. Pero suficiente para alterar el ritmo de su respiración durante una frase.

Declan sonrió apenas desde el otro extremo de la sala.

O’Kerran no sonrió. Se estaba dando cuenta de que Allanah deseaba a Eireen y ésta comenzaba a sentirse complacida.

Observaba, como siempre. Y vio cómo Eireen, por primera vez, fue la que tomó el mando sobre su extasiada esposa.


La lectura continuó.

Las voces bajaban de intensidad a medida que avanzaba la noche, obligando a toda la habitación a escuchar más atentamente.

Allanah gimió al recibir el azote de Eireen en la última escena.

Los criados bajaron un telón de terciopelo y la sala comenzó a aplaudir; uno tras otro fueron aumentando el ritmo del aplauso hasta vitorear, chillando por la emoción acumulada.

O’Kerran les invito a dirigirse al salón de baile.


Allanah se vistió con un vestido de tul y terciopelo con miriñaque, verde y azul. Una excentricidad bordada con flores pequeñas y ramas de laurel. Eireen apareció desnuda, cubierta solo por un camisón blanco abotonado, reducido en la cintura con un cinturón de seda azul. Portaba una coronan de laurel, para completar el atuendo junto a Allanah.

Eireen apareció bailando, atada con unas correas que partían de los guantes de Allanah y se fundían con la forma del cuello de la joven. Cuando Allanah consideraba el momento adecuado, entre todos los asistentes al baile, tiraba fuerte de las correas para que Eireen, completamente maquillada de blanco, cayese en el suelo, interrumpiendo el baile.

Cuando lo había llevado a cabo unas cuatro veces, las risas dejaron paso a la admiración y Allanah comenzó a desabrochar el primer botón del camisón de Eireen frente a las parteners del baile, ahora arrinconadas.

Con una calma casi insoportable, todos los asistentes fueron descubriendo la intimidad entre las protagonistas, ahora sentadas en el centro de la sala, sobre el sillón redondo tapizado, asimismo, con las telas escogidas para sus vestidos. Había momentos que, por la baja luz, no se distinguía si se trataba del vestido de Allanah o del propio sillón. Era una fusión desconcertante.

Eireen levantó la vista y miró como un can desvalido a su ama. Aulló y todos reaccionaron sonrientes y algo espantados y excitados, a excepción de las fulanas que tenían claro que eran simples acompañantes frente a esas dos mujeres con poder.

Allanah, con sus ojos maquillado en extremo, miraba a Eireen y le gritaba: de rodillas. Un poco de humor no les venía mal, siempre combinado con el erotismo. A esas alturas de la noche, todos estaban desmasiado bebidos como para que se les levantara.

Y durante un instante el salón desapareció alrededor de ellas.

Solo quedaron las voces bajas. El fuego. Las correas.

Y Allanah comenzó a recitar un pasaje lleno de ternura mientras estiraba cada vez más las correas hasta poner la cara de Eireen frente a la suya.

Se escuchaban respiraciones cada vez menos estables.

Cuando la tuvo a su altura, le arrancó el camisón y comenzó a besarla.

Los criados, inmediatamente, las cubrieron y desaparecieron de la sala entre vítores para que se quedaran.

Esa noche, Allanah no durmió con O’Kerran.


O’KERRAN

Esa primera noche, Allanah la pasó completa en la habitación de Eireen y la casa entera sufrió al notar que el cambio podía ser peligroso. Parecía una amenaza para el destino de Kilraven House. Se había roto un equipo dentro de los O’Kerran.

Aquella mañana, Callum llamó a su puerta y, cuando le dieron paso, le invitaron a participar en el desayuno. Poco después, se acercó su hermano y acabaron recordando la velada anterior, riéndose entre miradas cómplices.

O’Kerran desayunaba solo en la gran mesa del salón-comedor, recordando la primera vez que visitó la habitación azul del burdel en el que descubrió a Allanah.

En ese momento, decidió que Allanah debía morir. Su traición y su soberbia eran imperdonables.


Pasadas dos noches de reclusión en la habitación, Eireen despertó antes del amanecer.

La lluvia seguía golpeando las ventanas y la habitación estaba apenas iluminada por el resplandor grisáceo del cielo irlandés.

Allanah dormía de espaldas a ella, cubierta solo parcialmente por las mantas oscuras.

Dormida parecía más joven. Más vulnerable de lo que permitía verse durante el día.

Eireen observó la línea lenta de su respiración y recordó la noche anterior fragmentada en escenas: la biblioteca vacía después de la lectura, las manos de Allanah deteniéndose sobre su cuello mientras seguían hablando en voz baja junto al fuego, el largo silencio compartido antes de subir juntas la escalera del ala este.

Nada había ocurrido con brusquedad. Excepto las miradas de O’Kerran.

Todo entre ellas parecía avanzar del mismo modo que las lecturas en Kilraven: despacio, como si cada gesto necesitara tiempo suficiente para convertirse en algo inevitable.

Allanah abrió los ojos unos minutos después.

No se sobresaltó al verla despierta. Solo permaneció observándola en silencio, todavía somnolienta.

Y durante unos segundos Eireen tuvo la sensación extraña de que aquella era la primera vez que Allanah dejaba de interpretar una versión de sí misma delante de alguien.

Después Allanah volvió a convertirse lentamente en Allanah.

La mujer que medía las palabras. La que nunca mostraba completamente lo que pensaba. La que parecía sobrevivir controlando el ritmo emocional de cada habitación donde entraba.

—Me vas a hacer perder el control. Lo pagaremos caro —dijo finalmente.

Eireen sonrió apenas.

—Necesito algo antes de que debamos pagarlo, si es así.

Allanah no respondió de inmediato porque las dos sabían que era verdad, que el precio iba a ser devastador. Su dimensión no se correspondía con agradecimiento por las noches prestadas. Nunca dejaron de ser furcias dentro de una empresa mayor.

Eran meros objetos de deseo, herramientas para el placer de los hombres, para favorecer los negocios.


O’Kerran recibió la noticia sin sorpresa visible.

Callum había ido a encontrar a la hermana de Eireen y la había ubicado en un piso de su propiedad. Ese día, Eireen iría a verla.

El señor de Kilraven House estaba revisando documentos junto al fuego como si nada hubiera cambiado. Levantando la vista para observar a Allanah cada tanto. Con desprecio.

Declan cerró la puerta detrás de él al entrar.

—¿Y bien?

O’Kerran siguió leyendo unos segundos más antes de levantar la vista.

—¿Qué esperas exactamente que haga?

Declan soltó una risa breve.

—Tu esposa se ha estado acostando con la muchacha nueva delante de media casa.

—No delante de media casa.

La corrección fue tranquila.

Fría.

—Lo han hecho frente a todos. Como dos furcias.

Declan volvió a sonreír y permaneció observándolo en silencio.

O’Kerran estaba calculando cómo ocuparse de ellas y, si a estas alturas, necesitaba invitar a más empresarios o ya contacta con suficiente economía para vivir solo allí.

Porque Allanah no era únicamente su esposa. Era Kilraven House. Y debía dejar de serlo.


Declan tomó su whisky lentamente.

—La estás perdiendo.

O’Kerran levantó apenas una ceja.

—Nunca la tuve, realmente. Estoy seguro de que desean irse, dejarme desvalido entre tanto estamento influyente.

Durante un instante el despacho quedó en silencio salvo por el crepitar del fuego.

Después Declan habló más bajo.

—Entonces ¿qué harás con la chica?

Ahora sí apareció algo distinto en los ojos de O’Kerran. ¿Por qué deshacerse de Allanah si podía deshacerse de Eireen? ¿Qué mejor venganza que robarle su nuevo amor y obligarla a continuar con sus deberes?

Porque Eireen complicaba todo.

Si Allanah hubiera tomado un amante cualquiera, sin abandonar la alcoba de O’Kerran, la situación habría sido sencilla. Escándalo discreto, distancia temporal, algún acuerdo silencioso.

Pero Eireen había alterado el equilibrio interno de Kilraven House de una forma mucho más profunda.

Los asistentes a las veladas estaban fascinados con ella. Con su voz. Con la tensión visible entre ambas mujeres durante las lecturas.

Incluso Declan Byrne había admitido que las noches eran ahora más intensas que nunca.


Esa misma noche hubo otra lectura. Una con más asistentes de lo habitual.

La noticia se había extendido sin necesidad de palabras claras. Los hombres llegaban a Kilraven con esa mezcla de curiosidad y excitación elegante que siempre rodeaba los rumores dentro de ciertos círculos ricos.

Ahora las lectoras de Kilraen House estaban enamoradas, exultantes en sus lecturas.

Y O’Kerran, observándolo todo desde el fondo de la sala, decidió cuándo acabaría con Eireen. La desagradecida.

FINALE

Branna reía y lloraba, sintiéndose afortunada por volver a encontrarse con su hermana. Faltaban solo dos horas para volver a encontrarse con ella.

Eireen se despidió de Allanah deseando regresar a Kilraven House con su hermana. Así lo habían acordado. Una mujer más en la casa era una decisión acertada. Formarían una pequeña familia dentro de aquellos muros de los que nunca salían.


Cuando sonaron las doce en la Catedral de la Santísima Trinidad de Dublín, Branna estaba esperándola en la puerta principal.

Callum era el que las iba a llevar de vuelta a Kilraven House. Y sabía que a O’Kerran no le iba a gustar. Pero, ante todo, era el aliado de Allanah.

O’Kerran había llegado junto a Declan. Fue él mismo el que le dijo que Callum se iba a ocupar del reencuentro. Aunque Callum fuera su hermano, con O’Kerran compartía haber conseguido las lectoras adecuadas para sus propósitos y espera ser su sucesor, su heredero en Kilraven House.

Eireen vio de lejos a Branna. La notó diferente, mucho más bella, bien vestida. Con una boina y un vestido de calicó. Su melena estaba recogida en una trenza abullonada terminada con un lazo de terciopelo.

Se bajó del coche de Callum y ambas comenzaron a correr para fundirse en un abrazo. ¡Un tan deseado!

En cuanto Eireen comenzó a gritar Branna, Branna, a punto de conseguir abrazar a su hermana, O’Kerran le disparó, cayendo Eireen en los brazo de Branna como una pluma.

Branna comenzó a llorar y a gritar. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Quién ha sido? Noooooo…

Callum salió del coche y reconoció a su hermano y a O’Kerran, avisando a los dos policías que pasaban frente a la iglesia en ese momento.

O’Kerran no tuvo tiempo de huir. Le arrestaron junto a Declan. Debían averiguar quién había sido. En breve, tuvieron claro que había sido O’Kerran. Él mismo lo confesó.

Declan fue arrestado por cómplice. Mientras se lo llevaban, miró con desprecio a Callum.


O’Kerran fue asesinado por un borracho en la prisión de Kilmainham, mientras caminaba junto a Declan, el cual comenzó a ser violado por el cabecilla de los que provocaban los peores altercados.


Allanah heredó Kilraven House y decidió ocuparse de Branna. Callum la ayudaría buscando nuevas lectoras. No iba a ser difícil. Los mismos empresarios corrieron la voz entre los burdeles para conseguirlas lo antes posible, más aún sabiendo que ahora era Allanah la dueña de la mansión.

Kilraven House contaba con una nueva familia, una formada por Callum y Allanah, junto a Branna. Ellos serían los nuevos anfitriones.

Los invitados continuaron disfrutando de las veladas, con la ilusión de la carne fresca, de nuevas jóvenes lectoras.

Allanah se aseguró de que las lecturas cumpliesen con el nivel esperado, incluso mejoraron. Ella misma escribía los textos, ayudada por Callum.

Y Branna, honrando a su hermana, se ocupaba de servir las copas y de coser los vestidos de las nuevas protagonistas.

Todos los vestidos llevaban una E bordada.

Todas las invitaciones estaban firmadas por Eireen y Allanah.


Eireen
por Carmen Nikol


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Publicado por Entrevisttas.com

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