La casa surgía del desierto como una aparición mineral, aislada entre kilómetros de arena endurecida y colinas de roca rojiza, allí donde el viento arrastraba el polvo fino como si fuera humo. Durante el día, sus muros de hormigón absorbían los tonos naranjas del paisaje hasta confundirse con él; al caer la noche, sin embargo, la piscina que rodeaba parte de la terraza devolvía una luminosidad turquesa, fría y artificial, que hacía pensar en un magnífico oasis enfermo o en el decorado abandonado de un sueño aterrador.


Nerina llevaba varios minutos observando el horizonte desde el gran ventanal principal cuando vio aparecer las luces. Primero fueron apenas dos puntos atravesando la oscuridad creciente; luego el resplandor de un automóvil negro opaco abriéndose paso entre las dunas secas. No sintió sorpresa. En aquella casa, las visitas siempre llegaban al anochecer, como si el desierto sólo permitiera acercarse a ella cuando el sol dejaba de vigilar.
A su espalda, César preparaba bebidas con movimientos tranquilos. El hielo chocó contra el cristal y el sonido resonó en el salón, rompiendo el silencio. Vestía una camisa blanca remangada, abierta a través de su pecho, dejando ver el moreno de su piel y un vello abundante; y desprendía ese atractivo propio de una masculinidad severa, con algo de sudor que permitía oler su perfume amaderado desde cualquier punto de la sala. Quizá gracias a eso, Nerina aún deseaba su cuerpo. A veces lo odiaba por ello, pero el deseo sobrevivía incluso cuando la confianza había empezado a pudrirse, pero la complicidad era inevitable.
—Han encontrado el camino —dijo ella sin siquiera girarse.
César alzó la vista hacia las luces lejanas y bebió un pequeño sorbo antes de responder.
—Todos lo encuentran al final —dijo acercándole una copa rojo oscuro.
La frase quedó suspendida en el aire igual que algo ya repetido muchas veces.
Aquel automóvil finalmente se detuvo frente a la casa, levantando una estela de arena cobriza. Del asiento del conductor descendió un hombre alto y delgado, vestido con un traje color gris oscuro, demasiado elegante para aquel lugar. Llevaba gafas de sol, completamente opacas pese a que la noche ya se había instalado sobre el desierto. Su rostro era afilado, hermoso de una manera abrumadora, y sonreía con la calma peligrosa de quien ha sobrevivido a demasiados excesos. Se llamaba Adrián.
Después salió una mujer. Salomé. Su vestido turquesa, combinaba con el color de la piscina y se adhería a su cuerpo con una naturalidad obscena, como si la tela hubiese sido pensada únicamente para destacar el movimiento de sus caderas al caminar. Iba descalza. Mu confiada. El calor de la arena no parecía afectarle. Tenía la piel dorada por el sol y unos ojos claros, turquesa a juego con su vestido y la piscina. Tenían luz propia y captaban la atención de inmediato. Pero a Adrián ya no le atraían. Siempre recordaba lo que le dijo un amigo suyo, americano, un pianista excelente, Brian: si no amas a una mujer siempre habría otra con más tetas y mejor culo o, al menos, una que la comerá mejor; a Salomé, por su parte, con tan solo una vez que coincidieron, le soltó que siempre habrá uno con más pelo y que lo coma mejor.
Cuando Salomé pasó junto al anfitrión, éste no pudo evitar darle un repaso: tabaco rubio, alcohol caro y un fondo salado que recordaba al sudor después del sexo. Pensó que su nombre, Salomé, le venía al pelo, ideal para aquel desierto y para aquella casa llena de cuadros turquesa, azul y arena. Al fin y al cabo, Salomé era el nombre de aquella princesa idumea e iba a ser merecedora de todo lo que allí le pudiera devenir.





Salomé tampoco pudo evitar darle un repaso a César y sentirse absorta por su presencia. En cuanto volvió a levantar la vista, se cruzó con su mirada, y destacó que no dejada de relamerse el labio inferior con una lascivia más que evidente.
Las mujeres como Salomé sabían perfectamente el efecto que producían entre los hombres. Y disfrutaban de ello.
—La casa es incluso mejor de lo que recordaba—dijo Adrián mientras entraban.
Su voz grave llenó el salón.
César dejó dos vasos sobre la mesa de mármol.
—Sí, suelen decirlo. Pero siempre decepciona al final. ¿Eso lo recuerdas?
Salomé sonrió apenas mientras notaba cómo la miraba Nerina. Caminó lentamente por el salón observándolo todo: los vinilos apoyados junto al tocadiscos, las botellas alineadas en la barra, las lámparas de cristal ámbar proyectando reflejos cálidos sobre los muros y la salida al patio exterior a través de un arco flanqueado por columnas. Había fotografías antiguas en las paredes. Rostros hermosos, fiestas, piscinas iluminadas y gente abrazándose bajo luces naranjas. Esa casa y el cocktail que César estaba preparando presagiaban buenos momentos.
Entonces Salomé se detuvo frente a una imagen concreta y sintió un escalofrío. En la fotografía aparecía ella misma, más joven, sentada junto a varias personas desconocidas alrededor de aquella misma piscina turquesa. Sonreía sosteniendo una copa mientras un hombre besaba su cuello. La fecha impresa en el borde inferior tenía más de quince años. No podía ser ella. ¿Sería su madre?
Salomé acarició el cristal de la foto con la yema de los dedos.
—Sin duda es tu misma mirada —murmuró Nerina.
Salomé sintió cómo la sangre se le enfriaba.
—¿Nos conocemos?
Adrián soltó una leve carcajada y se quitó al fin las gafas oscuras. Sus ojos estaban inyectados de cansancio. Conducir bajo el sol del desierto resultaba agotador para esos ojos verde claro.
—No digas tonterías, Salomé. Este sitio es el fin del mundo. Y tú eres una inglesita del montón, con un papá desaparecido y una herencia que no sabes manejar —dijo Adrián.
—Pero, Adrián, eso dicen todos la primera noche. ¿Nos conocemos? —respondió César.
El viento golpeó entonces los ventanales. Afuera, las sombras del desierto se espesaron hasta formar una masa gris azulada alrededor de la casa. Dentro comenzó a sonar música de un tocadiscos del que nadie había alcanzado a estar cerca. Una especie de chillout que recorría toda la casa, tal que musitando con el sonido inigualable de los BOSÉ. Era música para cuerpos agotados por el sol y copas interminables.
César cerró los ojos un instante mientras se movía suavemente al ritmo de la música.
Nerina lo observó.
—Lo echaba de menos.
—Yo también —respondió él sin dejar de bailar desprendiendo todo su sex appeal.
Las luces del salón descendieron de intensidad y el ambiente cambió lentamente de temperatura. El aire se volvió más cálido, más denso, cargado de perfumes y de humo, al contrario de lo que podría esperarse ya en la noche de cualquier desierto. Nerina se acercó a la barra, tomó el Bourbon de César, que se había sentado y observaba a Salomé, y bebió del vaso sin pedir permiso. Luego sostuvo su mirada sobre él mientras una gota descendía lentamente por su garganta hasta desaparecer bajo el escote del vestido.
Estaba esperando a que la noche terminase su juego para aliviar sus ansias de poseerlo.
Salomé empezó a comprender que algo no iba bien y quiso hacerle un gesto a Adrián para que se fueran, pero Adrián estaba deleitado con el deseo de Nerina y la miraba sin cesar y sin César que le importase. De hecho, cuanto más compartían los tres más deseaba a Nerina. Cada ocasión que visitaba la casa con una invitada era un festín carnal, en todos sus sentidos.
Y entonces aparecieron los demás.
Primero vio reflejos en el cristal de la terraza. Después figuras moviéndose junto a la piscina turquesa. Hombres y mujeres surgían de la oscuridad igual que invitados retrasados a una fiesta interminable. Todos eran hermosos. Todos desprendían riqueza, deseo y decadencia. Algunos reían demasiado fuerte. Otros fumaban apoyados contra las columnas exteriores. Una mujer pelirroja bailaba sola con los ojos cerrados mientras un hombre de cabello plateado la observaba beber directamente de una botella.
Salomé creyó reconocer varios rostros. Un cantante desaparecido años atrás en México. Una actriz encontrada muerta en una villa italiana. Un financiero acusado de tráfico de menores cuyo avión había caído sobre el Pacífico. Todos seguían allí, moviéndose bajo las luces naranjas de la terraza como animales atrapados en un lujo eterno.
Adrián observó el desconcierto de Salomé y sonrió con una mueca de tristeza fingida.
—La casa atrae a cierta clase de personas. Los que lo tuvieron todo y descubrieron demasiado tarde que no era suficiente. Algo así como tú…
—¿Qué es este lugar? —preguntó ella.
Nerina respondió mientras se acercaba lentamente a César y le tocaba su miembro, ya tan duro como una piedra.
—Un refugio.
Luego sonrió.
—O una condena. Depende quién lo mire.
La música aumentó de volumen y el desierto desapareció detrás de los ventanales hasta convertirse en pura oscuridad. Y mientras las sombras grises entraban en la casa,
Salomé comprendió la verdad que llevaba años evitando: Adrián no era una persona y nada bueno podía traer a su miserable existencia.
En un instante, Salomé estaba bajo los cuerpos de todos ellos mientras Nerina, César y Adrián se fundían en un ritual tan salvaje como habitual.
Esa casa en el desierto. Esa casa en el desierto…
Esa casa en el desierto
por Carmen Nikol
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