Agatha Christie no era un buen blanco

Agatha Christie no era un buen blanco

(Capítulo XII de Las carnes del tiempo)

ㅡ De Mrs. Christie me lo espero todo, Ms. Rebeca. ㅡme comentaba el director de la policíaㅡ Estoy seguro de que no ha muerto.

Así se las gastaba Agatha y así la concebían. Pero, en aquella ocasión, no se trataba de un personaje de ninguna de sus novelas y, por entonces, ya vivía de ellas. Gracias a su estilo prolífico y a sus excelentes ventas, el matrimonio se había comprado una casa en Sunningdale (al sur de Inglaterra) a la que pusieron por nombre Styles, inspirándose en la primera novela que le proporcionó el éxito. También se compraron un coche: un Morris Cowley de cinco puertas que aparecíó en una cuneta, en Newlands Corner (cerca de Guildford, en el sudeste de Inglaterra).

Mientras charlábamos, pude confirmar que tenía en su interior varias de las pertenencias que allí dejó: un carné de conducir caducado, un periódico arrugado y una maleta abierta con varias prendas desperdigadas. Era de suponer que no se habría podido ir muy lejos, pues su abrigo de pieles también había aparecido allí. Y, por supuesto, debía de andar algo turbada pues estaba claro que había dado al menos una vuelta de campana.

Solicitaron la presencia del vendedor de aquel coche. Ese hombre, Mr. Norton, era un transtiempo del pasado y era, también, mi contacto. Me facilitó alojamiento y, juntos, preparamos un pequeño plan. Le solicité que me hiciese pasar por su hija y ambos fuimos a ver el vehículo volcado. Para cuando llegábamos, los buzos ya estaban registrando el Silent Pool, un lago cercano, y Archie estaba siendo interrogado por el jefe de la policía de Surrey. Archibald Christie tenía una buena coartada: estuvo esos días en Surrey, sí, pero acompañado por su amante, Nancy Neele. Un amigo de Agatha, Peter Ritchie-Calder, sabedor del affaire de su marido, sugirió que le fuesen a buscar y, efectivamente, estaba con ella. Para sellar su garantía, además, podían probar que habían pasado unas jornadas de campo, por lo que no podrían acusarles. 


¡Qué ganas tenía de vivir en persona la investigación! Tras la situación de tensión que había padecido con mi jefa habiéndole confesado que soy una transtiempo, Concha y yo habíamos decidido hacer una piña: sufriendo la sospecha de que Macron y May estarían vigilando qué publicábamos en El Íntegro, queríamos dejar a un lado la continuación de mi investigación y despistar con un artículo entretenido. Una desaparición. La de Agatha Christie era la perfecta y no solo por ser la autora más vendida de la historia (la más editada, después de la Biblia y de Shakespeare), sino por estar ahora en los carteles de todos los cines con la última versión de Asesinato en el Orient Express (la excelente versión de Kenneth Branagh).

Concha, al contrario de lo que podría haber ocurrido (que me echase del diario), había llegado a la conclusión de que mi confesión había sido un regalo: ya no teníamos que discutir por mis ires y venires. De hecho, ella iba a ser fundamental para averiguar más datos sobre la muerte de mis padres y hasta me puso una habitación en su piso para que pudiese regresar de cualquier transviaje con carácter de urgencia. Aquel día, partí desde esa misma habitación.


Agatha Mary Clarissa Miller era una mujer muy inteligente. Como le ocurrió a Mata Hari, su padre había dilapidado su capital siendo ella una niña pero, antes de eso, había tenido una infancia muy feliz, bajo el techo de una familia bien avenida y pudiente de la Inglaterra victoriana. Nacida el 15 de septiembre de 1890 en Torquay, un precioso pueblo costero inglés, era la tercera hija (y la última) de un matrimonio convencido de que la cultura inglesa gozaba de supremacía sobre el resto de culturas. La niña había aprendido a leer sola, con tan solo 5 años. Frederick, su padre, un norteamericano de Jersey que negociaba con propiedades inmobiliarias y era un reconocido corredor de bolsa, moriría de neumonía cuando Clarissa tenía solo 11 años (un fuerte revés para toda la familia). Y, con ello, la fantasía de la niña comenzó a crecer: sus musas, esos amigos imaginarios, la acompañarían el resto de su vida (como ella misma decía). Recuperó en breve la alegría y, a los 16 años, su madre la envió a París a aprender música y canto. Sus profesores le decían que no tenía talento para la interpretación y, al regresar a Torquay, decidió vivir una vida gloriosamente ociosa (en sus propias palabras), por la que asistía a bailes y eventos, además de disfrutar de cuestiones algo más masculinas: fue la única mujer de la zona que viajó en uno de los primeros vuelos en avioneta y era sabido que le encantaba conducir buenos coches. Esto último, para mí, iba a ser muy útil cuando buscase su compañía pues, aunque ya contaba con 6 novelas cuando la fuese a conocer y aunque era algo tímida, me serviría de esa baza para invitarla a pasear en mi coche. Estaba segura de que no iba a renunciar a esa oportunidad.

En uno de esos bailes, y ayudada por esas tendencias atrevidas, Agatha se enamoró de Archibal Christie, el cual la correspondió fervorosamente. El teniente Archibal Christie era un año mayor que ella y era aviador del Royal Flying Corps. Se casaron la nochebuena de 1914, con tan solo dieciocho meses de noviazgo. Dos días después, con la IWW en pleno auge, destinaron a Archie al norte de Francia (donde recibió varias condecoraciones). Agatha, mientras esperaba su regreso, trabajó en un hospital como voluntaria, se tituló en Farmacología (algo que le serviría —y mucho— en su futuro como escritora) y comenzó a escribir una novela de misterio, retada por su hermana mayor (se tituló The Mysterious Affair At Styles).

Al regreso de Archibal, en septiembre, se reunieron en Londres, donde él había conseguido un empleo como consejero judicial. En agosto de 1919 tuvieron a Rosalind, su primera y única hija.

Me recordaba a la historia de Mata Hari porque coincidían en varios aspectos vitales: niñas de buena familia victoriana que se quedan sin progenitor, con un mundo interior importante y con un carácter atrevido para viajar, que se casan con un militar y que tienen una niña, capaces de ser intrigantes… Pero, no: eran dos gotas de dos océanos muy lejanos en su verdadero yo. Así que a Agatha la conocería de otro modo. Además, ésta me llevaba mucha ventaja en el desarrollo de posibles misterios (aunque yo tuviese uno demasiado increíble como para podérselo contar o como para que ella lo pudiese ni tan siquiera sospechar).

Cuando llegábamos Mr. Norton, mi padre ficticio, y yo a la zona del accidente, pude sugerirles que incorporasen en la investigación a D. Arthur Conan Doyle (el autor de Sherlock Holmes). Seguramente, con la conmoción que esta desaparición iba a provocar en el mundo literario inglés, querría participar encantado, ayudando a Scotland Yard. Y así fue: le arrebató el interés por investigar qué había podido pasar. Aunque iban a destinar 15.000 hombres a buscar a Agatha Christie, Doyle podría averiguar algo más desde el conocimiento del cerebro de la asesina en serie más famosa hasta el momento; sus libros podrían tener claves que solo otra mente dedicada a la intriga podría discernir. El jefe de policía de Surrey, que ya sospechaba que no fue un suicidio (pues la gente se solía suicidar en casa y no dejando un coche en la cuneta), tomó la sugerencia de buen grado. En aquel momento, poco se imaginaba el coste económico y mediático que aquella escritora iba a acarrear a su jurisdicción.

Al cabo de un par de días, Archie estaba declarando acobardado, comentando que habían discutido el día de su desaparición. Tuvo que admitir que Agatha estaba pasando por una crisis nerviosa tras haber tenido que visitar la casa de su infancia para darle entierro a su querida madre y que él, a su regreso, en vez de apoyarla le había comunicado su decisión de, finalmente, abandonarla por tal de continuar su vida con Ms. Neele, su amante; que ya no le importaba que tuviesen una niña ni la fama que Agatha cultivase. 

Con estas noticias, el morbo iba creciendo y hasta El Daily Mirror ofreció una recompensa a cualquiera que pudiera encontrar a Agatha Christie. Quisieron suponer varias hipótesis: que, conmocionada por el accidente, estaría vagando por el bosque de Surrey; o bien que estaba intentando darle una lección a Archie y poner en evidencia que estaba teniendo una amante; también se especuló sobre una posible acción publicitaria para su recién publicada novela y sobre una posible fuga disociativa (un truco psicológico, involuntario, para huir de una situación de máximo estrés).

El por entonces coronel Archie Christie tendía a pensar que era una argucia, una venganza bien planificada. Cuando, ese domingo, le entrevistó el Daily Mirror, él comentó que su esposa se había planteado la posibilidad de desaparecer a voluntad y que no se lo había solo a él, sino que a su propia hermana también le había comentado que podría desaparecer si le apetecía (pues ya tenía claro cómo hacerlo). Mr. Christie había osado menospreciar la capacidad de su esposa, la intrigante escritora que pagaba muchas facturas con sus exitosas novelas. Parecía como si no se hubiese percatado, con su arrogancia y su deseo por aquella mujer 10 años menor que él, que Agatha no era un buen blanco. Buscar su desdicha, consciente o inconscientemente, no iba a resultarle algo gratuito.

Yo debía encontrarme con Agatha antes de que nadie más pudiese dar con el paradero de aquella mujer de 35 años, de cabello ondulado y pelirrojo, que vestía con una falda y un cardigan grises, con jersey y zapatos verdes y que quizá llevase un bolso con 5 ó 10 libras (estos fueron los datos que publicó el superintendente de Workingham, Mr. Charles Goddard y con los que disfrutaba de la ventaja típica de los transtiempo).

Entré en el hotel donde sabía que la encontraría (no en vano ya la había estudiado antes de transviajar para realizar el artículo). Agatha no se hallaba cerca de donde había dejado abandonado su coche. Se había desplazado, en el primer tren de la siguiente mañana, a una zona cercana a Manchester (a unos 500 kilómetros de Surrey). Antes pasó por Londres, desde donde le había enviado una carta a su hermano. El Swan Hydropathic Hotel, en North Yorkshire (en Harrogate) era un lugar selecto y rápidamente entendí por qué lo había escogido.

Cuando la vi, estaba leyendo el periódico, sentada en el hall. La imité, procurando que ella viese cómo me fijaba en el anuncio de un coche. Poniendo cara de muy interesada en el motor, le solicité al camarero información sobre la ubicación del teléfono del hotel, pues quería llamar para preguntar por ese precioso chasis. Mrs. Christie, de pronto, me dijo que le parecía una buena elección, que era un muy buen coche. Le dije que estaba ahí unos días y que no pensaba comprar ningún coche pero que me había impresionado ése en concreto. Luego le dije que el mío estaba en la puerta y la invité a verlo. Me había hecho con un Silver Ghost y, en el mismo momento que se lo mencioné, quiso acompañarme. No se podía creer que estaba frente a esa máquina y, con cierta timidez, me miró como felicitándome por disponer de tal carruaje. Era mi oportunidad: le propuse que diésemos una vuelta y que condujese ella. Le indiqué un par de particularidades para que pudiese llevarlo sin problemas y comenzamos nuestra marcha.

Aquel excepcionalmente soleado día de diciembre, pude disfrutar de la sonrisa de mi piloto, la magnífica Agatha Christie, esa maravillosa mujer que, en ese momento, no contaba con ninguna mirada intrigante: solo se le veían una sonrisa y una tranquilidad inigualables. Le pregunté de dónde era y me dijo que de Sudáfrica y que estaba allí de vacaciones. Que esa zona era su lugar preferido. Se presentó como la Sra. Neele (el apellido de la amante de su marido; muy guasona).

ㅡMe gusta que me cocinen y aquí lo hacen todo exquisito. Además, me permito bailar cada noche sin tener que hacerlo con nadie que conozca. Sumado al gozo de estas aguas, me siento obligada a venir de vez en cuando.

ㅡMe parece una idea fabulosa, Sra. Neele.

Tras mi comentario nos comenzamos a reír como si fuésemos amigas de toda la vida. Esa tarde, jugamos al billar y luego salimos a pasear. Un paseo frugal en el que me contó una película que nada tenía que ver con su vida real. Se había registrado en el hotel como Theresa Neele (por lo que no podía ser que hubiese sufrido de amnesia, como se indicó que fue la razón de su desaparición en la versión final del suceso).

Por desgracia para mí, porque estaba disfrutando de su compañía, llegó el momento: el mayordomo del hotel la reconoció. Y dos músicos de la banda de aquella noche, también, los cuales junto con sus mujeres, decidieron llamar a la policía para confirmar la noticia. El superintendente advirtió a su marido para que no se convirtiese en un problema con la prensa y éste viajó hacia Harrogate en el primer tren que pudo. Al llegar, descubrió a su esposa, disfrutando (riéndose conmigo) también en la entrada del hotel. 

ㅡAgatha.

ㅡArchie, ¿qué haces aquí?

ㅡVamos a tu habitación.

Me miró con cara de haber desvelado un misterio y yo la miré con la complicidad de quien ya lo sabía. Acto seguido, subieron a la preciosa habitación que ella tenía en el primer piso. Llevaba allí diez días. Una vez dentro de la habitación, acordaron dar la misma versión a la prensa, por el bien de su hija.

A su regreso, Archibald hizo un comunicado a la prensa con el que quiso dar la seguridad de que su mujer había sufrido de una pérdida de memoria por el accidente. Era el 14 de diciembre y, cercanos a la Navidad, no quisieron incidir más. Tampoco querían beneficiar a la escritora favoreciendo una posible campaña de prensa para aumentar las ventas de “El asesinato de Roger Ackroyd“. Sin embargo, no pudieron evitar que en la publicación de su siguiente novela, The Four, se vendiesen más de 9.000 ejemplares en una primera tirada (más del doble de la anterior), ni que las ventas de sus posteriores publicaciones fuesen aumentando cada año.

La investigación de aquel caso supuso un coste que rondó las 3.000 libras, además del agotamiento de los voluntarios de la zona que deseaban ayudar en su recuperación (viva o muerta). Estoy segura de que Agatha no quiso provocar estos males colaterales. Pero, es cierto que ella nunca jamás, en el futuro, reconocería nada sobre si había llevado a cabo esta estrategia de un modo consciente ni, mucho menos, bien articulada desde su origen.

Se divorciaron y Archie murió al cabo de un par de años. Ella, tras una serie de sesiones psiquiátricas, viajó a Oriente. Era un destino que siempre le había llamado (algo tenían las mujeres victorianas inglesas más intrépidas con aquel destino -como fue, también, el caso de Gertrude Bell). Y, con esa decisión, mejoró su vida hasta el día de su muerte, compartiendo su vida con el arqueólogo Max Mallowan (15 años más joven que ella) hasta el final de sus días.

En mi artículo, pude ampliar toda la información que de la vida de la escritora fui sabiendo por su propio puño. Tras despedirnos, en el hotel, me continuó enviando cartas y libros. 

Espero poder dejarlo escrito en este diario, cada vez que llegue el momento…

Concha, cuando regresé, me tenía preparada la habitación pero no estaba en su casa. Regresó de madrugada y me despertó. 

ㅡRebeca, ¡por fin has regresado! ㅡme dijo con cierta inquietud.

ㅡ¿Qué ocurre?

ㅡAyer pisaron las oficinas de El Íntegro dos matones. Registraron todo. Pudimos ver, en directo, cómo entraban. Pero rompieron las cámaras. Gabriel estaba allí y no sé nada de él todavía. No hay restos de sangre. Parece que se lo han llevado…


Agatha Christie no era un buen blanco
por Carmen Nikol
Capítulo perteneciente a Las Carnes del Tiempo
(puedes leer el resto aquí)


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Publicado por Entrevisttas.com

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