La primera vez que vi a Mariana fue en la noche más fría del verano. Las calles del pueblo estaban vacías, las farolas temblaban con un viento que olía a ceniza, y una niebla baja recorría los adoquines. Ella apareció al final de la calle Mayor, vestida con un traje blanco que parecía intacto pese al polvo y la oscuridad que se respiraban a través de la misma calle. Sus ojos brillaban con una calma casi inhumana, fría y ajena a lo que la rodeaba.
Me dijo su nombre con una voz muy cálida, nada que ver con su mirada: «Mariana». No pregunté de dónde venía; en el pueblo se sabía que había gentes nuevas a las que no se les preguntaba su procedencia para que se sintieran bienvenidas. Mejor no indagar. Pero, la gente murmuraba historias en la taberna: que si había surgido desde una mina abandonada, que si la habían visto entrar en la iglesia al borde del bosque y quedarse allí a pasar la noche. Pero yo la vi sonreír en ese instante y su sonrisa se me clavó como una promesa sin tiempo.
Durante semanas, la encontré en los mismos rincones: en la orilla del río, donde las raíces se enredaban como manos; en el puente de piedra, donde los pescadores juraban haber sentido el agua saltar sin ver peces; en la iglesia, sentada y murmurando credos desconocidos.
Nunca hablábamos de nada importante. Caminábamos juntos un rato, compartíamos el silencio y, al despedirnos, ella dejaba sobre mi palma una pequeña flor negra, pétalos como de papel quemado, que se deshacía al amanecer cuando quería tomarlos en mi mano para recordarla.
El pueblo empezó a cambiar tras su llegada, más allá de las habladurías. Las lámparas ardían con una luz más fría, y las sombras parecían obedecerla, seguirla, como una bruma. Los perros dejaron de ladrar y los gallos de cantar; las madres arrullaban a sus hijos con historias que hablaban de una promesa rota en las profundidades del averno. Algunos vecinos juraron que escuchaban a Mariana susurrar nombres por la noche, nombres que se parecían demasiado a los hijos del pueblo perdidos en la mina años atrás. Nadie la enfrentó, pues nadie osaba a hacerlo. Era como si fuese una página arrancada de un libro más temido que la propia biblia de cada mesita de noche.
Una tarde, el alcalde, un hombre redondo y acostumbrado a ordenar, reunió al consejo y dijo: «Hay que hacer algo», y su voz tembló, no por miedo a la extraña sino por el peso de la culpa de no haberlo hecho ya. Propusieron seguirla, expulsarla, llevarla ante la iglesia. Yo me ofrecí a hacerlo —una mezcla de arrogancia y curiosidad juvenil, además del deseo de protegerla— y los ojos de Mariana, cuando se lo conté, no mostraron sorpresa. «Si vienes conmigo, sabrás», dijo. Esa noche me condujo hacia la mina.
La mina dormía en la ladera como una boca abierta. La entrada estaba parcialmente colmatada por piedras y recuerdos. Mariana caminó entre los escombros con la seguridad de quien conoce cada recoveco, y cuando pasamos junto a la vieja puerta de la entrada, una risa ligera se escapó de sus labios. «Aquí todo pide memoria, si no deseas perderte», murmuró. Me tomó de la mano y me obligó a sentir el frío que subía de la roca, un frío aterrador que provenía de debajo del mundo.
Al llegar al corazón de la mina, hallamos una galería que olía a hierro húmedo y oxidado. Allí, en la penumbra, descansaba una pila de cascos y botas roídas, huellas de quienes no regresaron. Mariana se detuvo ante ellos, y su rostro cambió; ya no era la sonrisa hospitalaria de la calle Mayor, sino una máscara moldeada por una especie de dolor añejo. «No se fueron. No pudieron», dijo. «Se quedaron conmigo». Sus manos, que hasta entonces habían sido frías, se posaron sobre los cascos y un murmullo de voces, un recuerdo en forma de viento llenó la galería.
«¿Qué quieres de ellos?» pregunté, sufriendo por no comprender. «¿Qué quieres de nosotros?»
Ella me miró con aquella calma absoluta. «Quiero lo que me prometieron», dijo. «Un contrato sellado con un nombre y un voto.» Entonces, lentamente, pronunció una lista de nombres: uno, dos… los apellidos de los mineros que el pueblo había dejado en el suelo como si fueran piedras sin destino. Al escucharlos, supe que los gritos que habían ocupado mis noches no eran alucinaciones.
La mina exhaló. Del suelo subieron manos de polvo, apenas sombras de personas, y los cascos vibraron como si las voces intentaran inclinarse hacia la luz. Mariana colocó una corona hecha de barro y carbón sobre la pila de cascos. «Esto fue pactado», dijo. «Una promesa de regreso, si se llamaba su nombre en la noche en que morían. Promesas que el pueblo olvidó pagar.»
La furia del pueblo no se hizo esperar cuando supieron que yo había descubierto la galería. Vinieron con antorchas, ordenando que la mina fuera sellada de nuevo. Pero no fue la fuerza lo que cambió la noche, sino el silencio de aquellos que se sentían llamados por la culpa. Mariana apareció en la plaza al amanecer, envuelta en la niebla, y sus ojos eran dos carbones encendidos. «¿Qué harán ahora?» preguntó, y su voz no buscaba venganza sino cumplimiento. «¿Perdonarán lo que enterraron?»
El alcalde, que siempre había preferido las soluciones limpias, aceptó una ceremonia: una misa que sería pagada con la verdad. Se dispuso una lista de nombres, y uno por uno se pronunciaron en la iglesia, con campanas que sonaban como si alguien las tocara desde abajo.
A la noche siguiente, los que habían sido llamados por culpa acudieron al río y dejaron flores, y las flores no se deshicieron al amanecer. El pueblo empezó a recordar, torpemente, y con el recuerdo vinieron lagunas de alivio.
Pero Mariana no se conformó con ceremonias. «No reparan lo que no reconocen», dijo una noche. Fue entonces cuando comprendí lo que era: no era una forastera, ni un ángel ni un demonio; era la guardiana de los contratos olvidados entre los vivos y los que miran desde abajo. Su blancura no era pureza, sino un vestido de novia cosido con promesas rotas. «La novia del averno», la llamaron en susurros, y el nombre no era peyorativo sino titular: ella era la presencia que reclama lo que le fue jurado antes de que la muerte hiciera su parte.
Con el tiempo, el pueblo aprendió a nombrar otra vez. Colgaron placas con nombres sobre la puerta de la iglesia, restauraron las lápidas de la fosa común, y en las noches de luna algunos jóvenes se acercaban al borde del bosque para escuchar si las voces seguían. Mariana siguió apareciendo, pero ya no para reclamar —al menos no siempre— sino para observar. A veces se iba sin dejar rastro; otras se quedaba hasta la madrugada y cuando se marchaba, sobre mi almohada dejaba una flor negra, intacta.
Una tarde, volvió al río con la ropa húmeda y un brillo más tenue en los ojos. «Vi la última casa», dijo. «La que todavía está cerrada con llanto.» Me tomó la mano y me llevó hasta allí. Era la casa de una madre que había esperado el regreso de su hijo durante décadas, y detrás de la puerta había una caja con cartas sin abrir. Mariana abrió la caja, leyó las cartas, y el viento pareció organizar las palabras: «Te haré justicia, hijo. Llamaré a la novia del averno.»
Con el paso de los meses, el término «novia del averno» dejó de ser un epíteto temeroso y se volvió una advertencia: cuando alguien prometía algo sobre un cuerpo o un juramento, debía cumplirlo. La gente aprendió a honrar pequeñas cosas: una lápida, una comida en memoria, un nombre recordado al pasar por la puerta. El pueblo no volvió a ser el mismo.
Con el tiempo, se sellaron leyendas nuevas: de cómo Mariana se sentaba a la orilla del pozo y cantaba nombres en lenguas que nadie entendía; cómo, en una noche de tormenta, salvó a un niño que se había caído al río al guiar su mano entre la corriente con una certeza que no parecía humana… Esas acciones suavizaron el miedo en la gente y, poco a poco, la curiosidad reemplazó a la hostilidad.
Una noche, sin embargo, Mariana no apareció. Dejé mi casa y caminé hasta la mina esperando encontrarla, o al menos una flor negra aún sin entregar. La entrada estaba cubierta por plantas nuevas; las manos de polvo que antes subían se habían reducido a un susurro que apenas se oía entre las piedras. En la galería encontré una nota, escrita con tinta que olía a humo: «Gracias», decía, «gracias a todos por aprender a recordar, a valorar.»
No supe si partió o si por fin se permitió descansar, si su vestido blanco se manchó de otro color o si se disolvió en lo que juramos recordar. Lo único cierto es que en las noches de luna, cuando la niebla baja se asienta sobre el pueblo, siento la presencia de una promesa cumplida y otra que aún pide nombre.
A veces, en el susurro del viento, me parece oír una voz decir mi nombre, y una flor negra espera, doblada en la mesa donde dejo las llaves. Pero soy yo quien la coloca. Me obliga a recordar, me ayuda a no dispersarme en las tareas del día a día.
La novia del averno no fue una venganza ni una maldición. Fue la memoria quieta que obligó a un pueblo a mirar bajo sus pies. Y cuando se fue, o cuando dejó de buscar, dejó en su lugar una lección escrita en carbón: no dejes promesas sin cobrar, porque hay quienes vienen por las cuentas que nadie quiere pagar.
La novia del Averno
por Carmen Nikol
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