Capítulo I
—El pueblo ya sabe lo que trae la noche cuando las farolas se apagan— dijo Ana, apoyada en la barandilla del puente que mordía la orilla del casco antiguo. No necesitó mirar a los demás; sabía que sus ojos, en la penumbra, buscaban la misma figura que ella, la que había estado rondando el puerto desde que llegaron las noticias: tres luces verdes que se movían por el agua como si buscaran a alguien, mientras la bruma se pegaba a los adoquines como si fuera sal húmeda.
Ana siempre usó las palabras como si fueran manos, tocando al otro con precisión. Esa tarde su voz había sido cuchillo y caricia a la vez. Marta, que fumaba sin encender su pitillo, observaba la superficie del río con una mirada enajenada. Esa mirada la había traído de vuelta al pueblo después de siete años en la ciudad, y ahora no podía evitar sentir que había llegado en tiempos extraños.
—No sabemos si vienen para nosotros o contra nosotros —murmuró Marta—. ¿Ésas es la jodida diferencia?
A su lado, Samuel ajustó la correa de su cámara como si aquello fuese un ritual de defensa. Le gustaba atrapar imágenes entre las sombras. Le gustaba que las sombras estuviesen ahí para él, como aliadas para destacar como fotógrafo. El clic metálico de aquella cámara crucificó el silencio. —Si son linternas, deberían poder verse desde la orilla opuesta —dijo calmadamente y con el ojo clínico que le caracterizaba.
—No son linternas normales —replicó Ana—. Mi abuela las llamó los ojos de la marea. Dijo que aparecían cuando alguien había dejado una deuda que la noche quería cobrar.
La palabra deuda colgó entre ellos como una moneda en la cuerda de la garganta. De ahí que ninguno de los tres hablase por un rato.
La gente pasaba con prisa por la calle principal; la iglesia, con sus vidrieras apagadas, proyectaba una sombra que parecía una mano gigante sobre el suelo y, frente a esa sombra, dividieron sus caminos para regresar a sus casas.
Capítulo II
El primer recuerdo vino en forma de olor: una combinación de incienso, té frío y sal húmeda. Lo percibió Elena al abrir el baúl en el desván de su casa, entre cajas de papel antiguo.
Había vuelto al pueblo para organizar la casa que su hermano había heredado y que a la vez parecía pedirle a gritos que la ordenase para poder regresar a la tranquilidad. Encontró una caja de cartón envuelta en cuerda y, dentro, tres pequeños objetos envueltos en terciopelo: tres linternitas de jade, cada una no mayor que una manzana, con grabados casi desgastados. Al sostener la primera entre las manos, notó un calor extraño, apenas tibio, como una bocanada de aliento.
Elena no creía en supersticiones. Creía en facturas, en correo atrasado y en las reglas del banco. Pero esas piezas de jade tenían una presencia que la desafiaban. La segunda linterna parecía contener un reflejo azul en su interior, la tercera una luz verde azulado que se retorcía.
Cuando se lo contó a Ana, esa misma noche, ésta le respondió que toda la vieja guardia del pueblo conocía la leyenda, Elena sintió cómo su corazón empequeñecía y también se agrandaba, notó cada pulsación en sus giros de tamaño y se percató de que no era la única que había regresado.
—Mi abuelo me habló de una caja que apareció tras derrumbarse el techo de un desván después de una tormenta —dijo Ana, a media voz—. Me dijo que dentro había cuatro luces y que los que las encontraron fueron marcados. Mi abuela cortó la cuerda que las sujetaba, y un hombre, el que se las trajo, se llevó la linterna más pequeña. No volvieron a verlo.
Samuel inclinó la cabeza, interesado por lo que esa historia implicaba: una desaparición que la gente interpretaba como sacrificio o castigo. Una historia que ahora podía repetirse, pasadas tras décadas, y preguntó cómo las había encontrado Elena, a lo que la pobre no pudo responder. Se quedó muda tras escuchar lo que Ana había expresado.
Capítulo III
La primera linterna se encendió en la casa del viejo pescador, Don Matías. Nadie recuerda la noche exacta; la recuerdan por fragmentos: el ladrido de un perro que no cesaba, la marea que subía más de lo habitual, pasos apresurados sobre la pasarela. Lo encontraron en la mañana, en la orilla del muelle, sentado en el borde con los ojos fijos en el agua y la linterna abierta en su regazo. La luz salía de ella en ondas mansas y verdosas, como si el jade ondulara una pequeña bioluminiscencia en el un líquido viscoso y la emanara con dulcura hacia el aire. Don Matías parece ser que murió sin dolor, o eso decían.
La gente murmuró y cerró puertas. Cada vez que alguien encontraba una de las linternas, algo en ellos cambiaba: no siempre físicamente, pero el pueblo sentía que el ritmo vital se alteraba. Algunos se volvieron taciturnos; otros, peligrosamente conversadores. Las vecinas se miraban en silencio, preguntándose vagamente cuándo alguien obtendría la siguiente luz. Pero nadie se atrevía a preguntar quién las reunía y las guardaba de nuevo. Si eran tres, ¿Cómo era posible que se fuesen encontrando cada tanto? ¿O acaso eran más?
Capítulo IV
—Si se enciende, si la luz te busca, no la mires demasiado tiempo —había dicho la abuela de Ana una vez, cuando le mostró un folleto amarillento con poemas y anotaciones en los márgenes—. Porque la linterna parece preguntar. Y, si respondes, te responde con lo que más temes. Ana se sonrió pero su abuela se puso muy seria y le dijo que no estaba bromeando.
Elena, que tenía miedo de todo aquello que escapase a su control, llenó la casa de barreras prácticas: cerraduras, candados en el sótano, seguros en las ventanas. Aun así, la tercera linterna, la más pequeña, decidió que su lugar era un estante de la cocina donde ella guardaba el azúcar. Bueno, más bien ella decidió colocarla allí. Se sentaba a escribir cuentas en la mesa mientras sentía esa presencia diminuta, esa radiación que curvaba la luz del lugar. Esa noche soñó con una puerta que se abría al mar y con voces sumergidas que recitaban su nombre en un idioma que ella creyó entender. Pero, al despertarse, no recordaba lo que le habían dicho.
Samuel, cuyo trabajo era congelar momentos y exponer su verdad, comenzó a registrar las luces. Sus fotos eran hermosas y turbias a la vez: halos que no se podían replicar con linternas normales, sombras humanas que se desvanecían, manchas de color que sugerían labios, muslos, olas. Las imágenes tenían algo de morboso que le agradaba y a la vez le hacía temblar las manos. Empezó a dormir menos y a mirar más. Se volvió furtivo en sus paseos nocturnos. No lograba alcanzar cómo esas imágenes le provocaban cierto disfrute, siendo las primeras imágenes que no captaban la realidad que tenía frente a sus ojos.
Marta sintió la llamada de las luces como un tirón en las costillas. No era amateur en cuanto a peligros: venía de la ciudad donde había aprendido que la intimidad era una transacción y que la verdad podía pagarse con billetes y gestos fríos. Aquí las luces activaban algo distinto: no se trataba sólo de deseo sino de lo que aparecía en sus sueños como unas memorias colectivas de antaño. Aquellas linternas parecían contener no sólo imágenes propias y ajenas al resto sino relatos acumulados, como si hubieran sido testigos de amores, traiciones, pactos antiguos. Marta pensó que eran un archivo que estaba intentando regresar a la realidad.
Capítulo V
Una tarde lluviosa, los tres se reunieron en la taberna de Lurdes. Era una sala con mesas de madera, humo de cocina y un olor a vino barato que pegaba a la garganta. Sentados alrededor de la mesa, compartieron lo que había ocurrido desde que cada uno había tocado o visto una linterna. Hicieron una suerte de inventario: quién había soñado qué, quién había cambiado y en qué o dónde, quién había escuchado canciones desconocidas al cerrar los ojos. Por alguna razón, comenzaron a incrementar el contacto físico, pluralizando las caricias de complicidad en su miedo.
—Estas linternas —dijo Marta, sin rodeos— creo que no se limitan a mostrarnos imágenes o a hacernos escuchar historias. Yo creo que nos están pidiendo un compromiso. El compromiso de sonsacar lo que nos ofrecen. Y en una comunidad, sobre todo aquí, un compromiso es una tensión que puede partir por la mitad a cualquiera, en un momento dado. Así que mejor seamos discretos. Lurdes está comenzando a notar que algo nos afecta. Si no, no se acercaría tanto esa pequeña arpía. ¿No os parece?
Ana, observando los vasos tintineantes, recordó a su abuela levantando las manos hacia el techo sacudido por rezos, según ella, dijo: mi familia perdió a alguien por ellas. Una vez, la linterna se prendió en las manos de mi tío y a la mañana siguiente se fue nadando, se llevó la barca y no volvió.
Samuel oyó la historia como si ésta añadiera una página más a su colección de imágenes oníricas. Pero la curiosidad que lo empujaba le podía: ¿qué buscaban las linternas en realidad? ¿A quién, o a qué, pertenecían esas voces que el jade guardaba?
Capítulo VI
La primera tormenta del verano fue la que lo cambió todo. Ocurrió de noche, con truenos que golpeaban las contraventanas y olas que trepaban por las escaleras de la bahía. Las luces aparecieron en el agua antes del amanecer, una de ellas junto a un farol viejo y dos más formando una diagonal. Parecía un mensaje. La gente se amontonó en la costa. Las linternas no flotaban estáticas: avanzaban con intención, dejando detrás una estela verdosa como un dibujo de luz.
Ana, Marta, Samuel y Elena caminaron hacia el puerto. Había más gente: niños con cascos de plástico, ancianas con mantones, marineros encogidos al abrigo del temporal. Todos vieron cómo la luz de jade iluminó el perfil de una embarcación que había naufragado hacía décadas, una silueta de madera cubierta de algas que el pueblo había creído enterrada en la memoria.
—Es una llamada —dijo alguien en la muchedumbre—. La marea está reclamando algo.
La embarcación, cubierta de conchas, comenzó a moverse. Los tablones crujieron como si despertaran de una larga siesta. Y allí, en la proa, apareció un cuerpo. La criatura tenía unas manos que terminaban en dedos finos como ramas y su cabello flotaba en mechones que brillaban con la misma tonalidad que las linternas. Sus ojos parecían huecos, y dentro de ellos, pequeñas luces palpitaban.
Dirigió su extraña mirada hacia el pueblo y todos quedaron fascinados, petrificados y estupefactos.
Capítulo VII
Los días siguientes, con sus noches, varios comenzaron a recordar. No fueron recuerdos neutros: eran escenas carnosas, llenas de manos, de miembros y de promesas; de rostros que habían ocultado la verdad en las panaderías, en los coches, bajo las escaleras.
La noche de la criatura fue la única noche apareció. Y esa misma noche, tras haber dejado atónitos a los presentes, desapareció y nadie se atrevió a mencionarla. Pero todos tenían presente que algo iba a pasar.
La tensión sexual en el pueblo se volvió visible en las miradas: antiguos amantes se encontraron y se tomaron de la mano; esposos celosos hicieron preguntas que no toleraban demoras; los jóvenes empezaron a besarse en las plazas con una urgencia que la duda no permitía. El jade pedía que se pagara su despertar, pero el pago podía tomar formas incómodas, inesperadas, de secretos confesados, incluso de sacrificio.
Elena empezó a soñar con el cuerpo de su hermano difunto, con caricias que nunca se permitieron en presencia de otros. Soñó también con la cosa en la proa que la nombró y, al despertar, supo que la linterna en su cocina solía humedecerse como si lloviera solo para ella. Sintió una necesidad de reconciliarse con lo que había sido, como si la luz fuera un cirujano que acertara curar. Pensó que si el pago por despertar lo que había sido ocultado y siniestro en el pasado iba a ser tener esos sueños húmedos… debería sentirse afortunada.
Marta sintió la llamada en otra dirección: recordó un reformatorio del que escapó para regresar al pueblo , los favores que entregó por silencio y el precio que aquello tuvo. Le apetecía entregarse a una intensidad que sólo había conocido en secreto, y la idea de hacerlo en el pueblo, con la complicidad de las linternas, le dio vértigo. Para ella, la luz era una oportunidad de limpiar la cuenta.
Samuel, en cambio, se vio tentado por la cámara. Cada vez que un recuerdo se manifestaba, él quería capturarlo. Hubo una ocasión en la que, al hacer una foto de Elena mientras la linterna latía y reflejaba en las paredes su verde humedad, la imagen mostró algo que sus ojos no habían visto: una mano con anillos hundidos en la carne, que parecía salir del pecho de Elena y dirigirse hacia él. Cuando reveló la foto en su cuarto oscuro, vio a Ana tras Elena, besándose con Marta.
Capítulo VIII
La luz empujó a la gente a la iglesia, de noche, un lugar que no había llenado sus bancos en años. Muchos fueron sin saber por qué y otros para averiguar por qué se dirigían hacia allí los demás.
Unos tras otros fueron incorporándose a un juramento recitado en aquel idioma ajeno y, sin embargo, asumido como propio por todos los que conocieron la existenvcia de las liternas de jade:
Jen vara kai jadeth-lun, esh meran kolvar en. Nai kolvar shen, nai kolvar dor, luneth kai meran thar.
Jen lun jadetha, esh noren vael. Esh kelvar torim, esh selvar narim. Thara kolven esh, thara kolven nar. Vaelun kai selven, vaelun kai toren. Jen luneth jadetha ardan, na mor kolvar sen. Na mor shadar ven. Sar vael, sar meran, sar luneth en. Vaelor. Vaelor. Vaelor.
Se traducía así:
Bajo la luz de las linternas de jade, reconozco mis culpas. Las culpas antiguas y las culpas nuevas. Que la luz las revele. Ante el jade luminoso, busco redención. Perdonaré a los demás,
y aceptaré sus debilidades. Expiaré mis errores, expiaré mis deudas. Concederé perdón,
y recibiré perdón. Mientras las linternas de jade permanezcan encendidas, ninguna culpa será eterna, ninguna sombra prevalecerá. Por la redención, por la misericordia, por la luz. Lo juro. Lo juro. Lo juro.
En el púlpito, la inquietante criatura de la proa se apareció con ojos huecos pero con una forma humana, y a su alrededor orbitaban luces de color jade. Cada linterna buscó a un cuerpo y, al tocarlo, derramó sobre él fragmentos de pasado que se desplegaban como fotografías húmedas. Las confesiones caían en cascada: infidelidades, abandonos, pactos con el contrabandista local, un asesinato que había sido etiquetado como accidente, el incesto y el abuso del cura del pueblo, allí presente y alucinando… La comunidad escuchó cada confesión y cada una fue seguida por una petición: un sacrificio para un olvido permanente y un perdón eterno.
Capítulo IX
La propuesta de sacrificio fue simple y cruel: para que las linternas dejaran de exigir, alguien debía ir con ellas al mar y sumergirse en la noche. No se trataba de un homicidio: habían entendido que la criatura de la proa habló de un intercambio, de un verdadero balance. La comunidad se dividió entre quienes defendían la idea del sacrificio y quienes proponían engañar a las linternas con mentiras, rostros falsos y gestos. Nadie quería sacrificar a los suyos, llegado el caso. Entre el juramento multitudinario de la iglesia, de hecho, no todos juraron. El mercado moral del pueblo se abrió como una herida.
Marta fue acusada primero por la gente del mercado que recordaba un favor, en forma de la comida de una semana, que no retribuyó. Ella no negó lo que había hecho. La acusación casi convirtió su cuerpo en una moneda. Samuel, que había fotografiado a casi todos en el pueblo, sintió que las imágenes que había escondido ahora lo delataban. Elena se vio obligada a hablar del hermano que ya no estaba y a reconocer un pacto de protección que había silenciado una culpa. Ana, por su parte, comprendió que su abuela había preferido la continuidad del silencio a la claridad del juicio. Y muchos más reconocían su posible candidatura al sacrificio.
Capítulo X
La noche citada para el pacto fue clara y luminosa. Una multitud fue al muelle, y el mar parecía respirar a través del sonido de las olas.
La creatividad humana intentó engañar a la tradición: se llevaron maniquíes al muelle, se encendieron fogatas, se hicieron ofrendas de pan y vino. Pero las linternas, como jueces marinos, rechazaron todo lo que fuera impostura. Insistieron en una entrega verdadera.
Alguien se ofreció en un gesto que cortó el aire como una cuchilla caliente: Lurdes, la tabernera, se acercó. Era una mujer grande de manos ásperas, con la voz de quien había cargado secretos ajenos como si fueran bolsas de harina. Llevó en su delantal una fotografía de una joven que había desaparecido cuando su bodega tuvo un fuego. La había entregado a un bebé para acunarlo un momento y decidió matar a la madre para quedárselo. Quemó la bodega para quemar los restos de la pobre viajera. Lurdes lo recordó delante de todos y dijo que ella tomaría la deuda.
Elena, Marta, Ana y Samuel se apresuraron a detenerla. No porque la quisieran salvar de un destino que parecía inevitable, sino porque la idea de pagar la factura con la vida de alguien les parecía demasiado atroz. —¡No eres la que debe! —gritó Ana—. Pero Lurdes respondió con suavidad: —La deuda no entiende de merecimientos. Yo la llevo porque así lo decido. No puedo soportar más la culpa. Solo os pido que, cuando Adriana regrese de la universidad, nunca sepa que yo no era su verdadera madre.
La criatura de la proa se acercó. La linterna se posó en las manos de Lurdes y una luz tibia lamió su piel. Ella cerró los ojos y pronunció palabras en voz baja, uniendo su aliento con el ritmo del mar.
Nadie pudo describir exactamente lo que ocurrió después: algunos dijeron que Lurdes se disolvió en la espuma; otros que caminó hacia el horizonte y se perdió en la nebulosa. Lo que sí se supo constató que el aguase la tragó.
Capítulo XII
Los días que siguieron a la entrega fueron extraños y bellos. Las linternas dejaron de aparecer cada noche y la gente parecía feliz. Se instauró una costumbre: ir al muelle a dejar objetos que fueran recuerdos de lo que habían callado. Cartas, anillos, fotografías… El acto de dejar allí un recuerdo y coger lo depositado por otra persona era una ceremonia de limpieza. Se quedaban con amuletos que o bien colocaban en collares o bien dejaban en algún tipo de altar improvisado en su hogar.
Ana, que había temido siempre la condena del silencio, aprendió a aceptar que su abuela había elegido lo que consideró mejor. Marta decidió que el pasado no tenía por qué ser la única medida de la verdad: podía construir ahora, con riesgo, un presente diferente. Samuel dejó de coleccionar imágenes íntimas robadas y se dedicó en cuerpo y alma a fotografiar sonrisas, pequeñas cosas cotidianas, y a tender una red de confianza. Elena guardó la linterna en un cajón con un gesto de cariño y respeto y, al cerrar la caja, volvió a orar.
Capítulo XIII
Con el tiempo, el pueblo recuperó un ritmo. Obreros repararon el muelle; los zaguanes se llenaron de plantas y, en su mayoría, se inspiraron en el mundo oriental, en tributo y memoria de las luces de jade. El rumor de las noches donde todo cambió se convirtió en leyenda para los forasteros y en memoria viva para quienes habían visto la cara del monstruo de las linternas de jade. El mar, por su parte, siguió llevando y trayendo objetos. A veces, en las mareas altas, se veían brillos verdiazules que desaparecían antes de que alguien pudiera señalarlos. El pueblo sonreía y guardaba silencio en partes iguales.
Una tarde, mientras Ana caminaba por la orilla con Marta y Samuel, se detuvieron porque vieron tres pequeñas luces en la distancia, alineadas y serenas. Habían regresado, tal vez, para ver el resultado, para comprobar si la deuda había sido bien pagada o si el pueblo todavía tenía cuentas pendientes. Las tres linternas flotaron en la bruma, dejaron una estela diminuta, y luego, en silencio, se movieron hacia el horizonte.
Samuel levantó la cámara, pero esta vez no apretó el obturador. Había decidido que no todo debía pertenecer a sus archivos. Marta soltó una risa breve, apoyando su mano sobre Samuel y Elena comenzó a recitar la promesa mientras Ana la acompañaba con su guitarra.
Capítulo XIV
Años después, los viajeros que pasaban por el pueblo oían hablar de la noche en la que las luces pidieron y la gente respondió. Algunos dudaban (demasiada fantasía); otros querían una linterna para sí, atraídos por la leyenda. Pero las linternas no se entregaban a capricho. Aparecían cuando la deuda era real y cuando el pueblo necesitaba recordar algo que no podía ignorar. Era un mecanismo extraño: no favorecía a los justos ni a los pecadores; favorecía a la memoria.
En la taberna de Lurdes, una fotografía permaneció en la pared, una imagen borrosa que mostraba a una mujer con las manos juntas, mirando al mar y con un bebé en sus brazos. Nadie sabía si era el rostro de Lurdes o el de otra mujer. Pero, frente a esa imagen de pechos imponentes, siempre saltaba algún borracho diciendo alguna barbaridad, fraguando nuevos momentos en los que se necesitaría de un franco arrepentimiento, creando una deuda.
Capítulo XV
En la orilla, una joven con las manos frías se encontró una piedrecita verde en la arena. La colocó en la palma de una de sus manos y sintió, por un instante, un calor que le recorrió la muñeca. No era miedo lo que la invadió, sino sorpresa. Caminó hacia el muelle y, como si nada, dejó el pequeño objeto sobre la baranda. La marea lo reclamó en la mañana siguiente y, de noche, lo devolvió al mimo lugar. Esta vez lo encontró Ana, ya mayor y sola en el pueblo; y, en ese mismo momento, recordó a Samuel, Elena y Marta y también a su abuela. Había llegado el momento de pagar nuevas deudas. Y, aunque ella estaba allí con intención de entregarse al mar, no era ella quien las iba a pagar…
Las tres linternas de jade
por Carmen Nikol
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