Los solteros

En Mică, en la Rumanía de mediados de los 60, todas coincidían en que el problema ya pasaba de gris claro a un negro oscuro, todavía quedaban treinta mujeres solteras en edad de casarse. Y, por cada cinco de ellas, solo se contaba con un solo soltero, considerando en este punto que un soltero era un chico joven, si bien algunos jóvenes ni siquiera podían ser considerados como posibles pretendientes, pues Mică había procreado varios muchachos fruto de la consanguineidad y, por aquellos entonces, ya sabían que debían intentar evitarla.

El equilibrio perfecto del pueblo —que contaba con treinta mujeres solteras con hambre de boda y treinta madres preocupadas por sus hijas— se transformó en un caos permanente, como si alguien hubiera soltado un rebaño de nervios con piernas en mitad de una jauría femenina.

Casi todas las chichas eran fuertes, metidas en carnes. Digamos que, si se les antojaba un buen abrazo, podías notar como si las costillas te fueran a crujir. Quizá por ello algunos solteros las temían. Otros las deseaban (carnalmente), pero no se veían compitiendo con ellas por un pedazo de pan; y, cuando se les ocurría brevemente, pensar en ellas como esposas, con las exigencias que ese posible futuro pudiera acarrearles, dejaban tal pensamiento en una cajita bien escondida dentro de todas las que conformaban sus cerebros. De facto, en la cajita de los peores temores a considerar.

Doina fue la primera en actuar con cierto método, lo cual era harto peligroso tratándose de ella. Se presentó en la plaza con una libreta y dijo, sin levantar la voz, que aquello no podía seguir así porque «no era sostenible esa soltería masculina», frase que hizo que varios hombres se escondieran detrás de un carro de verduras deseando huir de la futura tormenta. En ese momento, las treinta madres que estaban escuchando a Doina, asintiendo con la cabeza como si de un cencerro invertido se tratase, entraron en estado operativo, que en la práctica significaba mirar a cualquier hombre como se miraba a un cerdo bien fornido.

Los hombres, en nada abandonaron la plaza con la excusa de regresar al trabajo y, por su parte, no tardaron en organizar su propia asamblea de supervivencia en los bancos de la iglesia, donde Petru, el carnicero, expresó con total seriedad que «la velocidad con la que se estaba proponiendo lo de Doina» lo apabullaba porque, en Mică, una conversación de dos minutos podía ser interpretada como una promesa vital. Uno de los jóvenes dijo que también sentía pavor: había sonreído a la panadera por cordialidad y llevaba tres días recibiendo bollos gratis, lo cual inicialmente parecía un beneficio, hasta que añadió que los bollos venían acompañados de frases como «esto es lo que comerás en casa cuando estemos casados. Deliciosos ¿verdad?», y había soñado con esas palabras hasta llegar a mojar las sábanas, y no por ningún tipo de fantasía sexual, sino por miedo.

Los padres de todos, de ellos y de ellas , habían pasado por esas temibles etapas previas al matrimonio y, asimismo, habían sufrido las consecuencias de casarse en Mică: todos habían sonreído a su mujer alguna vez, en su juventud, y ahora estaban casados, por lo que comprendían perfectamente que los más jóvenes no desearan llegar a ese tramo vital. La crisis generacional, al menos, no era de género (les comprendían a la perfección). Además, conocían a sus propias hijas, quiénes las tenían y, si bien muchos deseaban que se las llevasen de casa (incluso pagando dote por ellas), casi todos preferían evitar las guerras maritales que se pudieran avecinar. Mejor lo malo conocido (tenerlas en casa solteras) que lo bueno que no iba a ser.

Las que eran hermanas de chicos, no solo presionaban a sus hermanos a casarse sino que también les presionaban para provocar que alguno de sus amigos se les insinuasen, cosa que nunca pasaba por lo que los chicos, teniendo que sufrir a sus propias hermanas, consideraban que bastante tenían con sufrirlas ellos mismos, como para regalarles ese sufrimiento a sus amigos. Y, así, pensaban todos.

En las cervecerías, los jóvenes, padres y ancianos habían llegado, inicialmente, a un pacto tácito para evitar futuros matrimonios; con el tiempo, se convirtió en el tema principal entre brindis y carcajadas. Mientras no hubiera ninguna mujer, en las cervecerías y tabernas, se podían permitir el gusto de reírse de los pactos sociales habituales. Preferían que Mică se extinguiera con ellos que provocar la infelicidad de los jóvenes. Y si necesitaban darse a los gustos de la carne, cogían el tractor o el coche con la excusa de comprar algo en los pueblos aledaños y alguna fulana cubría esas necesidades.

El primer choque serio ocurrió en la fuente, donde cinco mujeres decidieron, sin ponerse de acuerdo, coincidir «casualmente» con el hijo del barrendero que, en ese momento, estaba llenando un cubo de agua, intentando no mirar a nadie. La conversación empezó con un «buenos días» normal, pero en Mică los buenos días eran como invitaciones de alcoba. A los treinta segundos ya se debatía su estado civil, su futuro emocional y su capacidad para criar pollos con responsabilidad. Ion intentó escapar diciendo que tenía prisa, pero eso Doina se quedó mirando su trasero mientras Ion se apresuraban en escapar, lo cual multiplicó su interés de inmediato. El pobre Ion acabó rodeado de ofertas de matrimonio indirectas: que si una propuesta de visita familiar, una invitación a un baile o una señora abriendo el escote de su hija mientras le cortaba el paso al pobre zagal.

La situación escaló cuando las madres activaron el Plan de Optimización Familiar, que consistía en acompañar a las hijas a cualquier lugar donde pudiera aparecer un hombre soltero, con la misma naturalidad con la que cualquiera lleva un paraguas cuando llueve. Los escotes amplios y abiertos se multiplicaron, las faldas recogidas también, y así comenzaron a sustituir el recato de los trajes tradicionales de la huerta.

Los hombres, al verse superados por la situación, activaron la estrategia de invisibilidad voluntaria. Salían de noche a arar. Y, solo los que recibían presión de sus hermanas y/o madres, atendían en los comercios, si bien procuraban estar siempre indispuestos (y algunos, verdaderamente, lo estaban). Los hombres comenzaron a sentir dolores estomacales, se resfriaban más a menudo o lloraban como si fueran niños (eso sí, hasta llegar a las tabernas, donde ellas no solían entrar).

El alcalde intentó intervenir y pedirles a todos algo de mesura y comprensión. La necesidad de aumentar la población del Mică era imperante y solicitaba a los hombres jóvenes que dejase de ser tan infantiles.

La verdadera crisis llegó el día en que se anunció la llegada de un técnico de telecomunicaciones. Treinta mujeres lo detectaron antes de que bajara del coche, treinta madres animaron a sus hijas a acercarse a tal posible pretendido y treinta hombres rezaron mentalmente por una buena cobertura móvil para buscar trabajos en otro lugar.

El técnico, que solo quería arreglar una antena, cometió el error de decir «vengo unos días», lo cual en Mică equivalía a declarar disponibilidad afectiva atemporal. En menos de media hora tenía invitaciones a comer, a cenar, a pasear «sin compromiso» y a conocer «casualmente» a las familias completas de cada mujer, incluyendo a las abuelas que ya tenían sus opiniones.

Al bajar del coche, vieron que tartamudeaba y algunas comenzaron a chillar por la desesperación, mientras que otras no pudieron dejar de seguirlo por tal de averiguar si su tartamudeo había sido momentáneo, de manera que le dieron conversación hasta que el técnico decidió terminar lo antes posible para salir corriendo de aquella inquietante aldea.

Los padres, que observaban todo desde los bancos como si fuera una obra de teatro divertida, admitían que, allí, ni siquiera los viudos se iban a librar de esa vorágine, pero que… al menos ellos se casarían con una mujer más joven. Y, entre eso y el deseo de librase de sus mujeres, el ambiente se estaba convirtiendo en algo demasiado singular.

Y entonces Doina propuso la solución definitiva: si había treinta mujeres, lo lógico era hacer un sorteo. Escribir los nombres de los hombres solteros y meterlos en un bol; era lógico organizar emparejamientos al azar, olvidarse de ser en ningún modo exquisitas en su selección de marido, y hacer una evaluación y seguimiento certero de tales hombres, porque «la espontaneidad había demostrado ser un desastre estadístico». Los solteros protestaron diciendo que aquello parecía un mercado y que ellos no eran número y, mucho menos, iban a dejar de decidir sobre su propio destino.

Pero, con el tiempo y las persecuciones sistemáticas de las mujeres, ayudadas por las madres de los propios hombres que se los querían quitar de encima, la idea se aprobó por agotamiento general, que en Mică es la forma más estable de consenso. Se organizó una feria matrimonial en la que todos parecían estar desesperados: ellas por casarse y ellos por librarse del matrimonio. Solo iban a jugar, pero en ningún modo iban a ceder.

Un hombre tropezó y una mujer lo ayudó a levantarse, lo cual provocó una reacción inmediata en cadena: dos madres empezaron a hablar de posibles nombres de nietos, un padre dijo «ya está hecho» y el hombre, que solo había caído por torpeza, comenzó a temer consecuencias legales.

Al final del día nadie sabía exactamente quién estaba prometido con quién y si de veras se iban a llevar a cabo los matrimonios fruto del sorteo. Y mientras la plaza se llenaba de discusiones y planes, los padres volvieron a sentarse juntos y a fumar, mirando entre risas aquel desastre. Encendieron cigarrillos, y disfrutaron de su posición de hombres casados, deseando volver a ser solteros.


Los solteros
por Carmen Nikol


¿Te ha gustado la música? Puedes escuchar más y de múltiples estilos aquí.

¿Deseas colaborar con tus artículos, relatos, reseñas o entrevistas?
No dudes en contactar: entrevisttas.blog@gmail.com

Publicado por Entrevisttas.com

Entrevisttas.com comienza su andadura sin ánimo de lucro, como el blog personal de Carmen Nikol. Se nutre, principalmente, de entrevistas y artículos realizados por ella misma y por algunos colaboradores. Con el tiempo, desarrolla su sistema de colaboraciones con autores de renombre en diferentes materias como las ciencias, el derecho, la investigación, el deporte... Y busca constituirse como una revista. ¿Quieres colaborar? No dudes en contactar. Todos lo hacemos de forma gratuita.

Deja un comentario