El cóctel

(Te sugerimos que leas el relato con la música que tienes encima de este mismo párrafo. Reprodúcela a un volumen suave, para concentrarte en el relato… Al final del mismo, podrás conocer en qué personajes están inspirados. La música, por cierto, ha sido creada por Carmen Nikol. La autora del relato.)

Capítulo I. El hombre del abrigo gris

La invitación había llegado dos días antes del propio evento, metida bajo la puerta de la habitación del hotel sin sello, sin nombre y sin ninguna explicación. Cartulina negra y letras plateadas. Hotel Mirador de Salónica. Azotea privada. Viernes. Medianoche. Debajo, una última línea: Traiga aquello que todavía no haya contado. Algunos invitados pensaron que sería una broma cara. Otros pensaron que resultaría algo excéntrico, quizá algún tipo de exhibición o alguna exposición erótica.

La terraza ocupaba toda la última planta del hotel. Piscina infinita, sofás blancos, lámparas bajas, música suave de piano, quizá para relajar el ambiente que se presumía caldeado. Desde allí arriba el puerto era otro, no parecía el que uno alcanza a caminando por él. Había humo de tabaco flotando sobre las mesas y camareros moviéndose en silencio entre grupos que hablaban poco y se observaban mucho.

El hombre del abrigo gris apareció cerca de la barra sin llamar especialmente la atención. Alto, delgado, algo cansado en la forma de caminar. Tendría unos cincuenta años o quizá algo menos; era de esas personas a las que el tiempo les deja marcas raras y difíciles de calcular. Pidió whisky. El camarero lo miró un instante antes de servirlo.

—No lo tenía visto por aquí.

—Yo tampoco a usted.

La conversación murió ahí.

El hombre cogió la copa y se quedó mirando el mar. A dos metros, una mujer con un vestido rojo de espalda escotada fumaba de un cigarrillo electrónico, mientras escuchaba hablar a un empresario libanés sobre contratos energéticos. No parecía interesada en nada de lo que él decía. Lo miraba a la cara con educación y aburrimiento, como quien espera el momento correcto para irse.

Se giró un momento y cruzó la mirada con el hombre del abrigo gris, disculpándose con su anterior interlocutor para comenzar una conversación con él.

—Pensaba que estabas en Viena.

—Y yo que tú ya no aparecías en sitios así.

La mujer le pidió una ginebra al camarero.

—No me gustan las invitaciones anónimas.

—Entonces podías haberte quedado en casa.

Ella dio un trago corto.

—¿Y tú? ¿Tú tampoco estás aquí por curiosidad?

El hombre no respondió. Desde la barra podían verse casi todos los rincones de la terraza. Un músico argentino hablaba con una periodista italiana junto a la piscina. Un político francés retirado discutía en voz baja con alguien por teléfono. Dos camareros cruzaron el salón interior y cerraron discretamente una de las puertas de cristal.

Fue entonces cuando el empresario turco empezó a sangrar.

Al principio pareció una hemorragia normal. Se llevó un pañuelo a la nariz y siguió hablando. Después la sangre empezó a caerle sobre la camisa. Una sangre demasiado oscura y abundante. Miró alrededor sin entender nada. Caminó hacia el ascensor. Pulsó el botón con insistencia, pero las puertas no se abrían.

Algunos invitados empezaron a callarse. El murmullo cesó al poco.

El empresario golpeó el botón con más fuerza.

Nada.

—¿Qué pasa con este maldito ascensor?

Los camareros dejaron de servir y pasear las bandejas con canapés, pero la música seguía sonando.

El hombre dio dos pasos hacia atrás, mareado. Intentó decir algo más, pero se desplomó junto a la piscina antes de terminar la frase. Su sangre comenzó a entrar en la preciosa piscina y la gente comenzó a gritar.

Aquella copa rodó por el suelo hasta detenerse junto a una mesa.

La periodista italiana retrocedió tan rápido que estuvo a punto de caer al agua. El músico argentino se quedó quieto, mirando el cuerpo sin acercarse. Varias personas sacaron el teléfono al mismo tiempo, aunque nadie parecía tener cobertura.

El hombre del abrigo gris dejó su whisky sobre la barra y caminó hasta el cadáver.

Se agachó despacio.

La sangre seguía saliendo por la boca del empresario. Entre los dientes tenía algo metálico.

Metió dos dedos y lo sacó.

Una moneda.

Pequeña. Antigua. Negra por el desgaste.

El relieve apenas se distinguía ya, pero él lo reconoció enseguida.

La mujer del vestido rojo llegó hasta su lado.

—¿Qué es eso?

El hombre tardó unos segundos en responder.

Miró alrededor antes de hablar, como si quisiera comprobar quién estaba escuchando.

—Esto no es una fiesta.

Y por primera vez desde que había llegado, pareció realmente preocupado.


Capítulo II. El cierre de las puertas

El cuerpo no había sido retirado todavía. Dos camareros lo habían intentado, pero se detuvieron cuando alguien les habló por el pinganillo. Después de eso, dejaron el cadáver donde estaba y comenzaron a limpiar alrededor como si nada hubiera ocurrido. El suelo seguía mojado cerca de la piscina, y la gente evitaba esa zona sin ponerse de acuerdo. Nadie quería ser el primero en tomar decisiones claras.

El hombre del abrigo gris regresó junto a la barra. La moneda estaba en su mano, ya guardada en el bolsillo. La mujer del vestido rojo no se había movido de su lado.

—Esto no es un accidente —dijo ella.

—No.

—Entonces ya sabes lo que es.

Puede, respondió.

Desde el interior del hotel llegaron dos hombres con traje oscuro. No parecían de un cuerpo de seguridad normal. No llevaban auriculares visibles ni placas. Uno de ellos se acercó al grupo más cercano al cadáver y habló en voz baja. El otro fue directamente hacia el micrófono del cantante y se dirigió a toda la sala.

—La terraza queda cerrada hasta nuevo aviso —dijo sin elevar la voz.

Algunos protestaron. Otros intentaron acercarse a las escaleras. Ninguno consiguió avanzar más de unos pasos. Las puertas de acceso al interior estaban bloqueadas. Los ascensores seguían sin funcionar.

El músico argentino se acercó al hombre del abrigo gris.

—¿Ha visto algo al acercarse?

—No.

—¿Y qué cree que es entonces?

El hombre no respondió de inmediato. Miró hacia el borde de la terraza, donde el mar seguía inmóvil, sin reflejar casi ninguna luz.

—Alguien está marcando a la gente, creo.

El músico soltó una risa breve, incómoda.

—Eso suena ridículo.

—Sí, lo cierto es que sí.

La mujer del vestido rojo observaba a los dos hombres del traje oscuro. Uno de ellos hablaba ahora con el exministro británico, que había dejado de fingir que todo era normal.

—No es una emergencia médica —decía el hombre del traje oscuro—. Es una medida preventiva.

—Ha muerto alguien delante de nosotros —respondió el exministro con cierto enojo y asombro. ¿Algo más?

—No sabemos si hay más muertes previstas.

El hombre de gris, la mujer de rojo y el músico creyeron escuchar lo mismo.

El hombre del abrigo gris se separó de la barra. Caminó despacio, abriéndose camino entre los asistentes, y se dirigió hacia la entrada de servicio que daba al interior del hotel. La encontró cerrada. Allí vio a otro hombre de traje oscuro, apoyado junto a la puerta.

—No se puede pasar.

—Necesito ver quién ha dado la orden.

—No es necesario.

—Para mí sí.

El hombre del traje oscuro lo miró por primera vez con atención.

—Usted no pertenece a esta planta.

—Ya me lo han dicho.

Hubo un silencio breve. El guardia no se movió.

Desde el otro lado de la terraza se escuchó un grito corto. Alguien había intentado usar el ascensor de emergencia.

La mujer del vestido rojo llegó detrás del hombre del abrigo gris.

—No van a dejarte entrar.

—Ya lo veo.

—Esto no es un hotel ahora mismo.

—No.

Ella se apoyó en la pared.

—Dejen de hablar.

El guardia abrió finalmente la puerta, no hacia el interior del hotel, sino hacia un pasillo lateral. Y no dijo nada más, solo señaló que la mujer no podía entrar.

El hombre del abrigo gris dudó un instante; después, entró.

El pasillo estaba casi vacío. Sus luces casino iluminaban. La alfombra era gris. Al final, una puerta entreabierta. Desde dentro llegaba el sonido de voces bajas, como si varias conversaciones se superpusieran sin orden.

Dentro había un hombre sentado frente a una mesa estrecha. No llevaba traje como los otros. Vestía de forma simple, casi neutra. Tenía una carpeta abierta delante y un bolígrafo que no dejaba de pulsar, con ese sonidito pesado que le llevó momentáneamente a su infancia. No levantó la vista cuando el hombre del abrigo gris entró.

—Usted no estaba en la lista —dijo el hombre de la mesa.

—Eso ya lo sé.

El hombre de la mesa pasó una página sin prisa.

—No debería haber subido.

—Alguien me dejó.

—Sí, sí… como siempre.

El hombre del abrigo gris miró la carpeta. Nombres. Fotos. Marcas al lado de algunos.

—El de la piscina —dijo él—. ¿Quién lo ha autorizado?

El hombre de la mesa levantó la vista por primera vez.

—No ha sido un caso aislado. Estas cosas pasan.

Silencio.

Desde la terraza, amortiguado, llegó otro grito. Esta vez más largo.

El hombre de la mesa cerró la carpeta.

—No debería seguir aquí arriba.

—Y sin embargo aquí estamos.

El hombre de la mesa se puso de pie. No parecía preocupado, pero tampoco cómodo.

—Hay procedimientos que no están funcionando como deberían.

Se quedaron mirando un segundo.

El hombre de la mesa señaló la salida sin moverse del sitio.

—Vuelva con los demás.

—¿Quién está organizando esto?

La pregunta quedó sin respuesta.

Cuando el hombre del abrigo gris salió, el pasillo estaba vacío. El guardia ya no estaba en la puerta.

En la terraza, la gente empezaba a agruparse cerca de la barra. Las salidas seguían cerradas. La música había parado.

La mujer del vestido rojo lo vio volver.

—¿Qué has visto?

—Efectivamente, esto no es el hotel.

—Ya lo sabía.

—Hay alguien gestionando esto desde dentro.

Ella asintió sin sorpresa.

—Entonces no es la primera vez.

No respondió.

La noche parecía haberse detenido en un punto incómodo, como si el lugar esperara algo que todavía no había llegado.


Capítulo III. La lista incompleta

La gente dejó de moverse, tras el último comunicado por el micro. Dejen de moverse hacia las puertas, vamos a servirles cócteles y algo de comer, si les apetece. Hasta que se puedan abrir las puertas y retirar el cuerpo, estarán servidos, no se preocupen.

Una frase a medias aquí, un gesto de calma forzada allá. El cuerpo junto a la piscina seguía sin ser retirado. Habían puesto una lona fina encima, más por costumbre que por respeto. Nadie había explicado por qué no se acudía la policía. De alguna manera ellos sí deberían poder subir. Quizá con los bomberos…

El hombre del abrigo gris se quedó cerca de la barra otra vez. La mujer del vestido rojo no se separó de él. Ahora miraba el interior del hotel con atención, como si intentara reconstruir algo que ya había visto antes.

—No van a abrir las puertas —dijo ella.

—No hasta que acabe esto, sea lo que sea…

—¿Y qué es esto?

No respondió. No lo tenía claro. Sólo se encogió levemente de hombros. Ambos pidieron un gin tonic no muy cargadito y brindaron, como si se fuese a acabar el mundo, pero para no dejar de esta algo lúcidos. Lo mismo hicieron con mayor o menor carga de alcohol la mayoría de los asistentes. Algunos pidieron whisky, otros coñac, pero casi todos bebían alcohol. El desespero…

Uno de los camareros pasó con una bandeja vacía, de vuelta a la barra. Tenía la cara tensa, pero seguía trabajando. En la cocina, se oían golpes metálicos y órdenes rápidas. Como si el servicio siguiera siendo lo importante.

El músico argentino volvió a acercarse.

—Hay gente intentando llamar —dijo—. No funciona nada. Parece que no hay cobertura.

—¿Nada? —preguntó la mujer de rojo.

El hombre del abrigo gris asintió sin sorprenderse.

—¿Han visto al de seguridad?

—No. Creo que la mayoría de los de seguridad se han retirado tras el último comunicado.

La mujer del vestido rojo se giró ligeramente.

—No han desaparecido —corrigió—. Han sido retirados.

El músico la miró sin entender.

—¿Qué significa eso?

Ella no respondió y fijó la vista en otro punto. Como si tuviese la vista de un lince y el instinto de una bruja se quedó mirando al siguiente cuerpo que encontraron. Ella fue la primera en verlo. La encontraron sentada, apoyada contra la pared junto a los ascensores, con los ojos abiertos y la respiración detenida. No corría la sangre, ni había signos claros de violencia. Solo una quietud demasiado perfecta.

Nadie más se había percatado.

El exministro británico intentó acercarse, pero uno de los hombres del traje oscuro le bloqueó el paso.

—No toque nada.

—Ha muerto otra persona.

—No, no me lo puedo creer.

El hombre del abrigo gris llegó al pasillo donde estaba el cuerpo. Esta vez no lo tocó. Sólo miró alrededor. No había marcas evidentes.

Pero, en ese momento, vio que las cámaras habían dejado de funcionar. Ya no tenían el piloto rojo activado.

La mujer del vestido rojo apareció detrás.

—Esta tampoco estaba en la lista completa —dijo ella.

—¿Qué lista?

Ella tardó un segundo en responder.

—La que nadie quiere enseñar.

Uno de los hombres del traje oscuro se acercó con una tableta. Revisó algo, sin mostrarlo.

—Esa mujer no debería haber estado aquí —dijo.

—Pero estaba —respondió el hombre del abrigo gris.

El hombre de traje oscuro no discutió.

—Hay invitados que han sido incluidos sin autorización final.

—¿Y otros?

El hombre dudó un instante.

—Y otros que no deberían salir.

La frase quedó suspendida sin explicación.

El exministro británico volvió a aparecer en el pasillo.

—Esto es una operación encubierta —dijo—. ¿Por qué no me lo dicen claramente?

El hombre del traje oscuro no lo miró.

—Cállese, no es el momento de hablar. Ni siquiera con usted.

El músico argentino llegó detrás, más pálido.

—Han aparecido unos nombres en una pantalla. Ha sido un momento —dijo.

Nadie respondió de inmediato.

—Una lista —añadió.

El hombre del abrigo gris miró a la mujer del vestido rojo.

—¿Tú sabías esto?

—Sabía que la lista no era estable.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Un pitido breve interrumpió la conversación. Uno de los hombres del traje oscuro recibió una llamada. Escuchó sin hablar. Después colgó.

—Han cambiado el protocolo —dijo.

—¿Qué significa eso? —preguntó alguien.

El hombre no respondió.

En ese mismo momento, la puerta de la terraza cercana al segundo cadáver se desbloqueó durante cinco segundos. Los suficientes para sacarla.

Cinco segundos exactos.

Luego volvieron a cerrarse.

La mujer del vestidocio la escena, igual que el hombre del abrigo gris.

—Lo estás entendiendo.

—Esto está organizado por capas.

—Sí.

—Y nosotros estamos en la última.

Ella no negó nada.

El músico argentino dio un paso atrás.

—¿La última de qué?

Nadie le respondió.

En la pantalla del móvil del exministro, que seguía sin conexión, apareció una notificación que no venía de ninguna red conocida.

Un nombre.

Solo uno.

El suyo.


Capítulo IV. Nombres que se borran

El exministro se quedó mirando su móvil sin tocarlo. La notificación no desaparecía, pero tampoco abría nada útil: solo su nombre, escrito como si alguien lo hubiera tecleado erráticamente. Intentó bloquear la pantalla y reiniciar el teléfono, procurando que volviera a la normalidad. Pero no lo consiguió.

—Esto no tiene cobertura —dijo el músico argentino.

—No es cobertura —respondió la mujer del vestido rojo.

El exministro levantó la vista.

—¿Qué significa entonces?

Ella no contestó de inmediato. Se acercó a la barra, pidió agua, bebió un poco antes de hablar.

—Significa que no estás en una red normal.

El hombre del abrigo gris observaba a los hombres del traje oscuro. Uno de ellos hablaba por un auricular y el otro revisaba la lista con la tableta con una premura irritante, sin parar de consultar con lo que parecía un superior, citando nombres sin orden alfabético.

—Quiero ver esa lista —dijo el hombre del abrigo gris.

El del traje oscuro lo miró.

—Eso no a a ser posible.

—No es una petición.

Hubo un silencio breve. El camarero pasó entre ellos sin detenerse, pero fijando la mirada en la expresión del hombre del abrigo gris.

—No es un documento público —dijo el hombre del traje oscuro—. Es operativo.

—Pero nos está afectando a todos.

—No, no a todos.

Pronunció esa última frase con una mirada tajante y dejó de atender a D. Traje Gris.

Desde el fondo del pasillo, se escuchó un golpe seco. Luego otro. Como si alguien intentara forzar una puerta sin éxito. Dos invitados corrieron hacia allí, pero se detuvieron antes de llegar, cuando una barra les cortó el paso, sujeta por dos soportes de color negro, idéntico al tono de los hombres de negro. La puerta estaba cerrada desde el otro lado.

—Están cerrando sectores —dijo alguien.

—¿Sectores de qué? —preguntó el músico.

Nadie respondió.

El hombre del abrigo gris se acercó a la mujer del vestido rojo.

—Esto no es solo un control de acceso.

—No.

—Es selección.

Ella asintió.

—Me muero de curiosidad por saber cuál es su criterio de selección —dijo un músico argelino— Al fin y al cabo, yo aún estoy en mi horario laboral y, por ahora, solo están muriendo infieles.

Empezaron a percibir dos zonas claras: la terraza, donde seguían los invitados, y el interior del hotel, que parecía haber cambiado de funcionamiento sin sigilosamente.

Uno de los camareros dejó de trabajar de repente. Se quedó quieto junto a la barra, mirando al vacío, bloqueado.

—¿Estás bien? —preguntó otro.

No respondió.

Cuando intentaron tocarlo, cayó al suelo.

Sin violencia. Sin convulsiones. Simplemente dejó de sostenerse.

Un grito esta vez más contenido recorrió la terraza. Ya no era sorpresa pura. Era acumulación de estrés. Pero los de su alrededor estaban mudos. El miedo les paralizaba. Nadie más gritó, tenían los sentidos puestos en los hombres del traje oscuro.

Uno de ellos, que hablaba por el auricular, colgó de golpe.

—Hay más entradas activas —dijo.

—¿Qué significa eso? ¿Serán salidas? ¿Podemos salir ya? —preguntó el exministro.

—No. Significa que el sistema está ampliando el rango.

El exministro lo miró fijamente.

—Pero… ¡¿Qué sistema?! Deben comunicarse conmigo. ¿Lo entienden?

El hombre del traje oscuro no corrigió sus palabra.

El hombre del abrigo gris volvió a la barra. El músico argentino lo siguió. Pero el músico argelino siguió tocando su mandola, tan argelina como él, otorgando a todas esas escenas una amenización ciertamente extraña pero bellísima, casi hipnotizadora.

—¿Qué estarán decidiendo desde la lista? ¿De veras se trata solo de quien es el siguiente en morir? ¿Y quién decide quién entra? —dijo la mujer de rojo.

El hombre del abrigo gris miró hacia la zona del pasillo interior.

—Parece que tienen un superior. Pero no parece estar aquí. Es como si tuviesen un dron encima nuestro. Cámaras hay, por lo menos dos.

La mujer del vestido rojo apareció detrás.

—Deben de tener un superior pero, tal y como responden de inmediatamente, en cada momento, y con autoridad, a mí no me lo parece.

El músico argentino, que ya hacía mucho que no había vuelto al escenario, frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—Para ti no.

En ese momento, las luces de la terraza bajaron un punto. No fue un apagón, sino un ajuste. Como si alguien hubiera girado un control desde otro lugar.

En la pantalla de la tableta del hombre del traje oscuro que revisaba la lista, los nombres comenzaron a moverse. Algunos desaparecían. Otros aparecían de nuevo.

El hombre del abrigo gris lo vio.

—¿Están reconfigurando la lista? ¿Qué ocurre? —preguntó una diplomática española.

Hubo un silencio.

El exministro se acercó, más tenso.

—Solo uno —dijo el hombre del traje oscuro.

Bajó la tableta y dirigió su mirada hacia el ministro.

—Hay solo un nombre que queda fijo en la pantalla.

La mujer del vestido rojo miró al hombre del abrigo gris.

—Ya lo han visto.

Él no respondió.

El músico dio un paso atrás.

—¿Quién?

Nadie lo dijo en voz alta.

Pero en ese momento, en la pantalla de todos los dispositivos activos dentro de la terraza, apareció el mismo nombre.

El del hombre del abrigo gris.


Capítulo V. La invitada que faltaba

Ver el cuerpo de un segundo camarero desplomado, fue demasiado. Esto acabó con cualquier intento de mantener la calma. Algunos exigían salir. Otros pedían explicaciones. Los hombres de seguridad ya no parecían tener respuestas para nadie. La organización que había controlado la noche desde el principio empezaba a mostrar grietas.

Hermes —aunque nadie lo llamaba así desde hacía siglos— observaba la terraza desde la barra. Durante toda la noche había tenido la sensación de que faltaba una pieza. Había visto la moneda. Había visto las listas. Había visto cómo algunos nombres aparecían y desaparecían de los registros. Y en ningún momento dio su nombre, así que solo era el hombre del traje gris.

Alguien había reunido allí a antiguos dioses, héroes y criaturas que llevaban siglos viviendo como personas normales. Y, por alguna razón, llevaban siglos sin reconocerse.

Pero alguien quería que se reconocieran. Justo allí y justo en esos momentos modernos.

La mujer del vestido rojo, sentada frente a Hermes, había llegado a la misma conclusión.

—No nos han invitado por separado.

—No.

—Nos han invitado a nosotros, justo a estas personas —respondió el músico argelino, que ya había bajado del escenario.

Hermes asintió.

—Y eso es lo raro.

Durante siglos, se habían evitado. ¿Cómo habían conseguido olvidarse de su pasado común? ¿Fue por sus formas humanas?

La inmortalidad tiene una consecuencia extraña: uno termina alejándose de quienes te puedan reconocer, necesitas algo de privacidad, ser como un humano: tener posiblidad de aislarte, dejar tu universo atrás.

Un dios que había compartido mesa con otro dios hacía dos mil años no siempre tenía ganas de repetir la experiencia en el siglo XII.

La mayoría había construido vidas nuevas. Profesiones nuevas. Familias nuevas. Eso les había brindado su forma humana.

Algunos incluso intentaban olvidar lo que habían sido en el pasado, su propia identidad.

Por eso resultaba tan inquietante aquella reunión. Para todos ellos lo era.

Lo que parecía un encuentro de gente de alto standing en un hotel de lujo, no solo no era un encuentro, era una convocatoria.

Las puertas del ascensor se abrieron súbitamente y la música de la lista de Spotify que habían optado por poner cesó de pronto.

Una mujer salió sola por una de las puertas. El resto, las miraba con temor.

Ella vestía de forma sencilla. Ninguno de los presentes habría girado la cabeza al verla entrar en cualquier restaurante de Europa. Quizá por ser una mujer tan sencilla, tan fuera de orden allí, no quisieron salir tras sus pasos.

Sin embargo, algunos la reconocieron en el mismo momento que empezó a cruzar la puerta. Otros tardaron unos segundos más.

Hermes fue uno de los primeros.

Y comprendió por qué nadie había conseguido encontrar al responsable de la noche.

La responsable llevaba observándolos desde mucho antes de que existieran los hoteles, los ascensores o las ciudades modernas.


Capítulo VI. Lo que quedaba después

Nadie se acercó a recibir a Mnemosine.

Ella tampoco parecía esperar nada parecido de ninguno de ellos.

Volvió a entrar por la puerta que había salido y caminó entre las mesas, observando a los invitados. Algunos apartaban la mirada. Otros la sostenían durante unos segundos antes de rendirse. Había personas allí que no se veían desde hacía quinientos años. Otras no se encontraban desde la caída de Roma. Y luego estaban las que llevaban tanto tiempo fingiendo ser humanas que casi habían olvidado cómo empezó todo.

Mnemosine se detuvo en el centro de la terraza.

—No os he reunido para castigaros.

La frase alivió a varios.

—Ni para juzgaros.

Algunos parecieron respirar mejor.

—Os he reunido porque estabais desapareciendo.

Aquello llamó la atención de todos.

Durante siglos habían creído que estaban sobreviviendo justamente por haberse distanciado.

Mnemosine afirmaba exactamente lo contrario. Para ella, la falta de memoria era el fin.

Hermes comprendió enseguida lo que quería decir.

No hablaba de muerte. Hablaba de identidad.

Los antiguos habitantes de los mitos se habían mezclado con los humanos hasta el punto de convertirse casi en otra cosa. Habían dejado atrás sus nombres. Sus historias. Sus relaciones. Incluso los recuerdos compartidos.

En sí, no era una tragedia. No en un sentido estricto. Era un proceso lento que podía conducir a la no recuperación del Olimpo. Sin Mnemosine, muerta la memoria, ¿Cómo podrían recuperarlo?

Quizá una fotografía que pierde color durante años se pueda recuperar, entre humanos, pero ellos no eran humanos. Eran un conjunto, para bien y para mal, a pesar de todos.

La mujer del vestido rojo fue quien hizo la pregunta que todos estaban pensando.

—¿Y las muertes?

Mnemosine bajó la mirada unos segundos.

—Fueron reales.

Nadie esperaba otra respuesta.

—Pero no formaban parte de mi plan.

Aquello sí era importante.

Las muertes no eran un sacrificio. No eran un ritual. Ni siquiera eran una prueba.

Habían ocurrido porque algunas de las antiguas estructuras que mantenían separados ambos mundos estaban empezando a fallar.

La reunión simplemente había acelerado algo que ya estaba sucediendo.

Durante un rato nadie habló.

Después comenzaron las conversaciones.

Las de verdad. Y, en su Olimpo, no se hablaba ni de política ni de negocios, ni de inversiones.

Los invitados empezaron a hablar de épocas que ningún historiador había conocido. De personas desaparecidas hacía siglos. De ciudades que ya no existían.

Por primera vez en toda la noche parecían reconocerse unos a otros.

Cuando amaneció, las puertas estaban abiertas y algunos se marcharon enseguida, tras despedirse con un hasta pronto. Otros permanecieron en la terraza observando el mar.

Hermes seguía sentado, cuando Mnemosine pasó junto a él.

—¿Y ahora qué?

Ella sonrió.

—Ahora nada.

—¿Nada. Seguiréis con vuestras vidas de humanos, si lo deseáis. Como yo misma. Pero, siempre os volveré a recordar quiénes sois, de un modo u otro.

Hermes la observó alejarse.

—Pensaba que habría algo más.

—Siempre pensáis eso. Vuestra humanidad os ha trastocado.

Y siguió caminando.

La luz comenzaba a entrar sobre el puerto de Salónica.

Por primera vez en siglos, Hermes tenía la certeza de poder relajarse.

Su destino siempre iba a estar claro.


Revelación final de los personajes principales

Hermes (el hombre del abrigo gris)
Mensajero de los dioses y guía entre mundos. Durante toda la historia actúa exactamente como Hermes: conecta personas, cruza puertas, busca respuestas y se mueve entre todos los grupos sin pertenecer del todo a ninguno.

Perséfone (la mujer del vestido rojo)
Reina del inframundo. Su personalidad encaja con alguien acostumbrado a vivir entre dos realidades distintas y a observar más de lo que habla.

Mnemosine (la organizadora)
Titánide de la memoria. Su objetivo no era crear un ritual ni una conspiración, sino reunir a quienes habían olvidado quiénes eran.

Caronte
Nunca fue el protagonista. La moneda encontrada en el primer cadáver era simplemente una señal de que las viejas fuerzas relacionadas con la muerte seguían presentes en el mundo.

Los demás invitados
Eran antiguos personajes de la mitología griega —dioses menores, héroes, ninfas, reyes y criaturas legendarias— que llevaban siglos viviendo bajo identidades modernas.


El cóctel
por Carmen Nikol


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Publicado por Entrevisttas.com

Entrevisttas.com comienza su andadura sin ánimo de lucro, como el blog personal de Carmen Nikol. Se nutre, principalmente, de entrevistas y artículos realizados por ella misma y por algunos colaboradores. Con el tiempo, desarrolla su sistema de colaboraciones con autores de renombre en diferentes materias como las ciencias, el derecho, la investigación, el deporte... Y busca constituirse como una revista. ¿Quieres colaborar? No dudes en contactar. Todos lo hacemos de forma gratuita.

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