La primera vez que vi a Mariana fue en la noche más fría del verano. Las calles del pueblo estaban vacías, las farolas temblaban con un viento que olía a ceniza, y una niebla baja recorría los adoquines. Ella apareció al final de la calle Mayor, vestida con un traje blanco que parecía intacto peseSigue leyendo «La novia del averno»