La fertilidad de la tragedia

La fertilidad de la tragedia. Capítulos I y II.

Capítulo I. Los oficios de la obediencia

El comandante Zorquén, revisando los informes desde su despacho, comprendió que nunca volvería a pensar como antes. Habían cruzado la línea que separaba la administración militar de la masacre y aconsejó a su superior que tuviesen en cuenta las posibles consecuencias, sobre todo, entre jóvenes oficiales y soldados: contar con una población femenina irremediablemente destinada a morir iba a sugestionarles de maneras inauditas, sin duda.

Alfonso XII comenzaba a sufrir muertes masivas de jóvenes fértiles. Ya había tenido que levantar cabeza tras la muerte de su primera esposa, María de las Mercedes. Pero, esto… esto era, a estas alturas, increíblemente inabarcable. Puso al mando de las matronas y cuidadoras a Dolores Aleu Riera, con la esperanza de que no le llegase pronto la muerte. Ella sabría ir formando y reponiendo a las personas necesarias. Debería trabajar junto al Dr. Bercovich. Efraím Bercovich pondría el laboratorio y los contactos internacionales apropiados, de ser necesario.

Cuando el decreto entró en vigor, nadie lo anunció con trompetas ni proclamas. Ocurrió una mañana opaca, de esas que parecen repetirse sin variación, y quizá por eso resultó más eficaz. En Madrid, donde las chimeneas dibujaban una geografía más estable que los mapas oficiales, los periódicos redujeron la noticia a un párrafo técnico, enterrado entre los partes de guerra. El lenguaje, cuidadosamente desprovisto de adjetivos, hablaba de medidas excepcionales de salud pública. En la práctica, significaba que la medicina había sido reclutada. Médicos, cuidadoras, matronas y militares formaban parte de los oficios de la obediencia.

Lo mismo ocurrió en el resto de capitales de provincia, así como en las poblaciones de cierta enjundia.

El doctor Efraím Lázaro Bercovich leyó el decreto de pie, en el andén cubierto que conducía al Hospital de Santa Brígida, mientras los trenes de vapor dejaban escapar bufidos de animal cansado. Había aprendido a leer así —de pie, con prisa— durante sus años de formación, cuando la vida todavía parecía una suma de decisiones personales y no un expediente. Era un decreto muy necesario. La estabilidad del país dependía de él. Cerró el periódico sin doblarlo y lo guardó en el bolsillo interior del abrigo mientras recordaba cuántas veces sus padres le habían dicho que su nombre, Efraím, significaba fructífero en su lengua materna (el hebreo) y que esperaban mucho de él. Si hubiesen sabido cuál iba a ser su destino estaba seguro de que le hubiesen puesto Yasser (Dios nos cuidará).


Santa Brígida se levantaba al final de una avenida de plátanos raquíticos. Era un edificio victoriano de ladrillo oscuro, con ventanales altos y pasillos concebidos para que la autoridad se desplazara sin mezclarse con los enfermos. Al cruzar el vestíbulo, Bercovich fue consciente de que, pese a los años, y especialmente en esta dura etapa, aún experimentaba un orgullo silencioso al pertenecer a ese mundo, al de los hombres que deciden con bata blanca. Era un orgullo incómodo, pero persistente.

En el despacho lo esperaba Matilde Orenza, supervisora general, viuda temprana y mujer de confianza del Consejo Sanitario. Tenía sobre la mesa tres carpetas atadas con cuerda y una expresión de diligencia.

—Han empezado —dijo, sin preámbulos.

Bercovich no preguntó quiénes. Sabía que en tiempos como aquellos las frases debían ahorrar sujetos.

—¿Cuántas? —preguntó.

—Muchas, doctor.

Matilde abrió la primera carpeta. Fotografías, informes clínicos, gráficos con flechas ascendentes que parecían burlarse de cualquier noción de pudor. La mortandad de mujeres fértiles había alcanzado, en apenas dos estaciones, una proporción que volvía irrelevante el duelo individual. Los úteros jóvenes se apagaban como lámparas defectuosas; los viejos, estimulados con procedimientos experimentales, ofrecían una respuesta errática pero real.

—Esta ciencia se siente como una aritmética desesperada. Pero he de conseguirlo. Se lo debo a mis hijas.

Orenza no le respondió pero pensó en lo preciosas y jóvenes que eran las hijas de Bercovich y en los pocos días que pudo llorarlas. Hannah y Sarah fueron de las primeras en morir en Madrid. Mezcló el recuerdo de ambas con el que ella misma evadía por la pérdida de su nuera y el suicidio de su propio hijo. Eran sanitarios y debían estar a la altura. Sentía que tenían un deber descomunal: superar la originaria voluntad de Dios. Sí. Ayudar a mujeres marchitas para garantizar la vida humana en esta tierra hostil. Y, ya que no era capaz de suicidarse ella misma, debía colaborar tanto como estuviera en su mano para conseguir un mundo mejor.

La primera paciente ingresó a media mañana. Se llamaba Aurembiax Kroll y había sido profesora de música en un colegio de señoritas que ya no existía. Traía consigo una maleta pequeña y una manera de caminar que delataba disciplina. En la sala de evaluación, donde las lámparas de gas proyectaban sombras que deformaban los gestos, Aurembiax escuchó la explicación del procedimiento con una atención que incomodó al médico. No era lo habitual.

—¿Quién se beneficia? —preguntó cuando él terminó. A ella sí le interesaban los sujetos.

Bercovich vaciló. Estaba acostumbrado a preguntas sobre el dolor, sobre la duración, sobre las probabilidades. Aquella no figuraba en ningún protocolo.

—La sociedad —respondió finalmente, con una honestidad que lamentó de inmediato.

—Entonces —dijo Aurembiax—, procure que al menos sea una sociedad que recuerde nuestros nombres. El mío no es fácil de olvidar, esperemos que eso ayude.

No firmó el consentimiento hasta después del almuerzo. Lo hizo con una letra firme, sin adornos. Su nombre era lo único en la rúbrica.

A primera hora de la tarde, Bercovich recibió la visita de Magnus Virelai, industrial del acero, proveedor del ejército y miembro no declarado de todos los comités relevantes. Virelai inspeccionó el despacho con una curiosidad distraída, como si evaluara los atributos de un producto.

—Doctor —dijo—, el Estado confía en su criterio.

—El Estado no se equivoca —respondió Bercovich, consciente de que esa frase lo comprometía más que cualquier firma.

Hablaron de seguridad, de traslados, de custodias privadas que pronto reemplazarían a la vigilancia pública. Virelai no mencionó cifras. Ni hacía falta. Cuando se marchó, dejó sobre la mesa un reloj de bolsillo detenido, un obsequio simbólico que Bercovich no se atrevió a rechazar.

La intervención se realizó al anochecer. El quirófano olía a éter y metal caliente. Aurembiax ni siquiera gritó. El monitor galvánico emitía un zumbido constante, casi tranquilizador. Bercovich ejecutó cada paso con una precisión que habría sido admirable en otras circunstancias. Deseó, mientras suturaba, que su destreza perdurase lo necesario para terminar con esa pandemia.

Horas después, cuando los resultados preliminares confirmaron una respuesta positiva, Matilde se permitió una sonrisa mínima fruto del alivio administrativo.

—Habrá demanda —dijo.

—Habrá conflictos —corrigió Bercovich.

Esa noche salió del hospital más tarde de lo habitual. En la avenida, el farolero iba encendiendo los faroles mientras silbaba una especie de nana. Un grupo de soldados discutía en voz baja junto a un camión sin distintivos. Más allá, en las sombras, alguien afinaba un violín y confundió la melodía del farolero. Dejó de silbar aprovechando para saludar al doctor.

Bercovich caminó despacio, con el reloj detenido en el bolsillo. Por primera vez desde que había leído el decreto, comprendió que su oficio ya no consistía solo en curar o crear procedimientos experimentales, también en administrar consecuencias. No se detuvo a reflexionar sobre la culpa; eso vendría después, cuando la costumbre hiciera su trabajo.


Capítulo II. El valor de uso

La casa de Nolberto Saunier estaba situada en una calle secundaria de la Barcelona, donde los edificios parecían haber sido levantados con la intención de no llamar la atención de nadie importante. Ninguno era modernista en ese momento. Entró en uno que, desde fuera, no se distinguía de los demás: fachada estrecha, persianas siempre a medio bajar. Su distintivo era una placa antigua de abogado que nadie se había molestado en retirar. Era un lugar elegido para que el poder entrara sin anunciarse y saliera sin dejar rastro.

Saunier llevaba años ocupando ese espacio intermedio que no figura en los organigramas. No era funcionario ni empresario, tampoco delincuente, al menos en el sentido clásico. Era, más bien, un organizador de inevitabilidades. Así se consideraba a sí mismo. Cuando la crisis de fertilidad alcanzó cifras que hicieron inútil la estadística compasiva, hombres como él se volvieron imprescindibles. No porque resolvieran el problema, sino porque lo distribuían.

Aquella mañana revisó los informes médicos con una atención meticulosa, casi respetuosa. No le interesaban los detalles técnicos del procedimiento —inyecciones, descargas, fallos orgánicos— sino sus consecuencias prácticas. Cada mujer reactivada suponía una cadena completa de decisiones: traslado, custodia, destino, propietario. Saunier pensaba en términos de flujo, no de personas, y sin embargo sabía distinguir los casos corrientes de los problemáticos.

El de Aurembiax Kroll pertenecía, desde el primer momento, a la segunda categoría. Y no lo era porque el procedimiento hubiera sido especialmente exitoso —los informes hablaban de una respuesta moderada en la producción de óvulos—, sino por la reacción que había suscitado. En menos de veinticuatro horas, tres solicitudes formales habían llegado a su mesa, todas procedentes de hombres con acceso directo al Consejo Militar. Todos para conseguirla a ella. La escasez de reactivadas generaba ansiedad entre militares, políticos, industriales y terratenientes, pero la ansiedad rara vez se expresaba con tanta prisa entre hombres de cierto rango. Saunier comprendió entonces que el mercado empezaba a perder la paciencia, y cuando eso ocurría, la violencia dejaba de ser una amenaza abstracta.

Dos plantas más abajo, Aurembiax aguardaba en una sala de espera improvisada. El mobiliario había sido retirado para otros usos y solo quedaban dos sillas enfrentadas y una mesa desnuda. Matilde Orenza entró y cerró la puerta con cuidado. Durante unos segundos no dijo nada. Observó a la mujer sentada frente a ella con una curiosidad que no reflejaba profesionalidad. Sólo algo de compasión y de orgullo por el éxito del procedimiento.

Aurembiax no mostraba signos visibles de miedo. Tampoco de esperanza. Había en su actitud una atención sostenida, casi intelectual, como si estuviera asistiendo a una lección desagradable pero necesaria. Matilde pensó que eso la ayudaría en lo que se le avecinaba.

—Van a decidir su traslado —dijo finalmente—. Pero no será hoy.

Aurembiax asintió. No pidió detalles. Había aprendido, quizá en otra vida o quizá lo heredó de sus ancestros medievales, que la información siempre llega tarde a quienes más la necesitan.

En el despacho, Saunier recibió a Magnus Virelai con la cortesía mínima. El industrial habló largo rato de estabilidad, de seguridad nacional, de inversiones futuras. Saunier escuchó sin interrumpir. Sabía que ese discurso no estaba dirigido a él, sino a la propia conciencia de Virelai. Cuando terminó, Saunier colocó sobre la mesa una hoja simple, sin membrete, y con una cuantía muy elevada: 100.000 pesetas. No figuraban condiciones morales ni promesas de protección. Solo cifras, plazos y una cláusula final que Virelai leyó dos veces. Cada uno entendía de sus propios números y, en este asunto, los fundamentales eran los que manejaba el tratante, no el comprador. El documento establecía que la mujer no sería considerada propiedad, sino activo estratégico temporal.

Virelai no protestó. Preguntó, eso sí, por las garantías.

Saunier respondió con una mueca algo cruel. Le explicó cuántos hombres armados serían necesarios, cuántos sobornos previsibles, cuántos errores administrativos podían esperarse antes de que el sistema empezara a devorarse a sí mismo. Y le sugirió, medio bromeando, que fuera pensando en castrar a sus ayudantes y allegados más interesados en la misma mercancía. Sobre todo, por su bien, que fuera discreto.

—No es una inversión limpia —concluyó—. Es una apuesta. Y las garantías no dependen solo de nosotros, también dependen de las decisiones que tome usted.

Virelai firmó.

Esa tarde, Aurembiax era conducida a un alojamiento provisional que no figuraba en ningún registro oficial.

Saunier supo que algo había cambiado. No en el procedimiento, ni siquiera en el mercado, sino en el lenguaje. Ese tono y esas palabras iban a formar parte de su propio repertorio a partir de esa firma.

Horas después, un error en la transcripción del contrato hizo circular tres copias distintas del mismo acuerdo, cada una con un destinatario diferente. El fallo fue detectado, corregido y archivado. Se iniciaba un largo periodo de fallos inexplicables y debían extremar las revisiones entre los contratos.

Nadie notificó a Aurembiax nada más. Se durmió a la espera de nuevas indicaciones.

Al amanecer, en un cuartel de la periferia, un oficial recibió órdenes incompatibles y decidió obedecer ambas. Por si acaso. Los oficiales andaban algo alterados y supuso que ninguno se enteraría.


La fertilidad de la tragedia
Capítulos I y II
por Carmen Nikol


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